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Sylvia, de Celso Castro

Sylvia

SylviaMe gusta Celso Castro porque escribe pequeño, en minúscula, sobre asuntos tan grandes como el amor, que es una búsqueda, es pregunta y es respuesta, o lo contrario al amor, que a veces no sé muy bien si es el odio o el desamor, o un estado intermedio, o ninguna de las dos cosas. Lo contrario al amor es perderse. Al otro y a uno mismo. Pero también es el dolor, como ese cuchillo de obsidiana del que habla Sylvia. Un dolor pequeño y localizado, como sus textos, que se siente tan infinito que a veces lo ocupa todo.

El problema del protagonista de su última novela publicada por Destino es que, en su caso, el dolor, la tristeza, es algo que parece crónico. Marcado por una experiencia traumática en su infancia –en esto presenta similitudes con su obra anterior, Entre culebras y extraños–, y un afecto maternal casi tan intenso como el que le mueve a él a buscar a la amada a pesar del rechazo, Sylvia es una historia de amor no correspondido o, a veces también, mal correspondido, sobre un joven con una sensibilidad especial que se enamora de una mujer que, a su vez, está enamorada de otro. Su amor, como su dolor antes, durante y después, es un amor adolescente, casi enfermizo, que se arrastra por sus párrafos e implora de rodillas, tan grande que solo es posible escribir de él como lo hace Castro.

Así, en minúscula, con un estilo muy personal y particular, el monólogo interior de su protagonista en primera persona fluye poéticamente sin puntos al final del párrafo que pongan fin a ese sentimiento que no hace otra cosa que crecer en todas las direcciones. O abrirse paso entre sus páginas. Allí, el autor gallego consigue dar textura a la tristeza y al dolor, que más bien es depresión, algo que, diría, a veces va más allá de la propia Sylvia y se enrosca con la ausencia del amor paterno, tampoco correspondido.

Su lectura es un placer que a veces duele y casi siempre gusta. Íntima, personal y lírica. Celso Castro construye la voz atormentada de un joven, casi adolescente, que se deja llevar, casi arrollar, por sus excesos emocionales. Y eso que su texto logra contener en pocas palabras tanto y tanto dolor hasta que, de algún modo, este se desborda fuera del mismo. En ello tiene que ver la facilidad con la que escribe su autor. Sin ruido alrededor que enturbie el sentimiento.

Bien es cierto -y esto ya es una cuestión más de entrañas- que no parece llegar siempre con la misma intensidad.  O al menos a mí, su final no me ha movido del todo, ya sabéis, como mueven esas lecturas que te pellizcan desde dentro. Como si aún esperara leer algo más sobre el amor, el desamor, la angustia o el sobreseimiento de todo lo anterior. O me supiera a poco. Tal vez tenga que ver con su breve extensión, que no llega a las 120 páginas. O a mis ganas eternas de más. O quizás porque aún no haya comprendido del todo que para hablar de las cosas grandes de la vida, hay que hacerlo precisamente así, en pequeño. Como lo hacen los poetas.

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Las guerras clon

guerras-clonNo me canso nunca de este mundo. Y sé que nunca habrá tiempo ni dinero suficiente para abarcarlo entero pero debo reconocer que Star Wars es uno de mis vicios confesables. Cada película, cada muñeco, cada comic, cada juego… todo destila fantasía y un aroma a mi infancia que me hace sentir como un niño cada vez que me sumerjo en ese universo. Y eso pasa con este volumen de Las Guerras Clon. Un volumen que aglutina las primeras entregas de ese hilo argumental, con tapa dura y un acabado maravilloso.

En consonancia con la tradición de anteriores tomos publicados por Planeta DeAgostini que agrupan un puñado de tebeos en un formato único, tales como Herederos del Imperio o Imperio Oscuro, esta nueva edición Leyendas de “Las Guerras Clon” hace lo propio con cuatro volúmenes publicados previamente en la misma editorial. Entre las páginas de esta pequeña joya galáctica podemos ver de todo, espionaje, duelos de sables láser, batallas espaciales y un largo etcétera. Esta serie representa Las Guerras Clon por antonomasia en el mundo del cómic relativo a “Star Wars”.

Fue Obi-Wan Kenobi en “Star Wars: Una nueva esperanza” el que mencionó por primera vez las guerras clon. No se vosotros pero yo me quede “como un conejo cuando le dan las largas” y aquello disparó mi imaginación. ¿Qué eran las guerras clon? ¿Cuándo sucedieron? Nuestra mente echó a volar soñando con un ejército de Jedis luchando contra robots. Bendita ignorancia. El mismo George Lucas nos demostraría años después que lejos estábamos de la realidad.

Hay que hacer un aviso antes de adentrarnos en un tomo de estas características: no recomiendo su lectura a los neófitos en el universo expandido de “Star Wars“. Aunque no es del todo imposible seguir la línea argumental habiendo visto la película El Ataque de los Clones, que es donde “Las Guerras Clon Vol. I” inicia su camino, los más eruditos en esta épica espacial sacarán más provecho del mismo si antes han leído tebeos tales como “Emisarios a Malastare”, “Crepúsculo” (no confundir con la saga de vampiros con escamas que estudian tercero de la ESO) o “El Fin del Infinito”.

“Del Lado Oscuro el velo ha caído, la Guerra Clon comenzado ha…”. Con esta demoledora afirmación pronunciada por el maestro Yoda a Obi Wan Kenobi, damos por iniciada una de las más épicas batallas que se ha dado en el Universo de Star Wars.

Uno de los Jedi protagonistas de este volumen es Quinlan Vos, un kiffar con graves problemas de memoria, a quien Yoda ordena infiltrarse en el las filas separatistas con el fin de descubrir los planes del Conde Dooku. Su lucha interna, sus constantes devaneos con el Lado Oscuro y su relación con su padawan Aayla Secura le convierten en uno de los personajes más complejos de la colección.

El dibujo de este volumen es maravilloso. Artistas de la talla de Jan Duursema, Tomas Giorello o Brian Ching, cuyos lápices dan forma a los guiones de Haden Blackman, John Strander y Scott Allie dibujan los personajes, de la saga y sus efectos especiales en una representación digna de Lucasfilm. No es casual que la pareja John Ostrander/Jan Duursema es ya todo un clásico en la parte gráfica de “Star Wars”.

Star Wars siempre ha sido una saga eminentemente cinematográfica, aunque el desarrollo de ciertas etapas vinculadas a la franquicia se ha hecho específicamente para el universo expandido. En ese sentido, el cómic es un pilar fundamental de ese trabajo y ha contribuido a mantener la abundante base de aficionados que tiene el universo creado por George Lucas.

Como curiosidad podemos comentar que en la tercera parte del volumen llamada “La Última Esperanza de Jabiin”, que es donde se cuenta la batalla que se libró en dicho planeta, vemos por primera vez a los conocidos AT-AT y AT-ST, maquinaria pesada del ejército clon que posteriormente será usada por el Imperio.

Como hemos dicho, el tomo goza de una excelente calidad en sus páginas, tramas que enganchan, un dibujo impresionante y una compleja línea argumental coherente de principio a fin. En definitiva nos encontramos ante uno de los mejores tomos integrales de la franquicia Star Wars. Si quieres saber todo lo que ocurrió entre en Episodio II y el Episodio III, no te lo pierdas. Este es un tomo que debes tener.

 

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Si no despierto, de Lauren Oliver

Si no despierto

Si no despierto¿Qué pasaría si revivieras el último día de tu vida? ¿Cambiarías algo? ¿Pensarías que te estás volviendo loco? Este es uno de los temas que trata Si no despierto, un libro que salió a la venta hace casi siete años y uno de los libros  que más ganas he tenido de leer desde que salió. No sé por qué no lo hice, pero ahora que va a salir su adaptación cinematográfica, supe que había llegado el momento.

Samantha Kingston, una de las chicas más populares de su instituto, lo tiene todo: un grupo de buenas amigas, un novio “perfecto” y, además, es la hija ejemplar para su feliz familia. Sin embargo, cuando una noche de fiesta termina teniendo un accidente de coche y se despierta y revive ese mismo día más de una vez, comienza a pensar que puede que haya algo que esté haciendo mal… Pero, ¿qué es?

Desde que leí Delirium, una de las sagas más conocidas de “Young adult” y de esta misma autora, supe que tenía algo de especial. No sabía si era la capacidad de crear una historia que atrapa al lector o la de crear personajes muy especiales que van evolucionando en el desarrollo de sus novelas, pero supe que tenía algo. Ese algo que me ha llevado de nuevo a leer otro de sus libros.

Lo que parece ser una historia de chica popular de instituto que únicamente está preocupada por los chicos, las fiestas, la ropa y sus amigas se convierte en una apasionante historia sobre quiénes somos realmente y en quiénes nos queremos convertir, pasando por las cosas que tenemos que cambiar de nosotros mismos para lograrlo. Aunque al principio de la novela no podía aguantar a la protagonista, Sam (o Sammy, como la llama su inaguantable novio), por su hedonismo, su superficialidad y su afán de aparentar, a medida que iban ocurriendo distintos acontecimientos, la empecé a entender y vi que trataba de cambiar de parecer, así como de enmendar todos sus errores.

Esta evolución del personaje principal me ha encantado y es lo que más me ha atrapado en toda la novela. Sin embargo, al revivir el mismo día una y otra vez, no puedo negar que se me hizo bastante repetitivo en algunos momentos, casi hasta el punto de abandonar la lectura. Pero me alegro de haber continuado porque la narración de esta autora esconde, a pesar de tener un ritmo lento y quizás demasiado descriptivo, mucho sentimiento y ternura y hace que te vayas enamorando de sus personajes y de todo lo que estos experimentan. De tal forma que es muy difícil no empatizar con ellos, porque además de Sam, hay otros personajes muy importantes en el libro sin los cuales la trama no habría tenido ningún sentido.

Si no despierto es de ese tipo de libros que te hacen replantearte lo que has hecho mal y lo que puedes hacer para tratar de enmendar los errores que hayan podido causar daño a cualquier otra persona. Sufres con el personaje principal al igual que creces junto a ella y es increíble cómo humaniza Lauren Oliver a esta protagonista. Todos hemos cometido errores porque somos humanos, lo único que podemos hacer es darnos cuenta de en qué hemos fallado y tratar de cambiarlo, aunque sepamos que no viviremos más.

Esta es una novela de lágrimas y sufrimiento, tampoco puedo mentiros, porque no hay nada divertido en ella. Pero también creo que ha sido escrita solo para hacernos reflexionar, tengamos la edad que tengamos y vivamos en Estados Unidos o en España. Porque muchas veces no nos damos cuenta de lo que nuestras acciones pueden repercutir en los demás, tanto positiva como negativamente. Estoy deseando ver la adaptación al cine y ver si disfruto tanto como en su lectura.

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Un buen día para desaparecer, de Sanz i Vila

Un buen día para desaparecer

Un buen día para desaparecerHoy os traigo otra apuesta de la editorial Lunwerg, especializada en
libros de arte y fotografía. Un buen día para desaparecer es una de las novedades de su atractivo catálogo y sobre este libro vengo a hablaros. El título me gustó, la verdad. Siempre es un buen día para desaparecer. Cuando leí la frase que aparece debajo del título me perdí un poco: “Mi viaje inesperado con el aro tricolor”. ¿Cóoomorrr?, me pregunté a mí misma. ¿Qué carajo es un aro tricolor y cómo se puede viajar con eso? Y como soy muy cotilla, la única manera que tenía de averiguarlo era leyendo el libro.

Vaya por delante que la portada no me gusta nada. Creo que es una de las más feas que Lunwerg ha sacado últimamente. Si el libro tuviera que venderse por la portada no creo que tuviera mucho éxito. ¿Cuestión de gustos? Supongo. Pero de verdad, me parece muy poco acertada. Creo que cualquier otra ilustración del autor hubiese funcionado mejor.

¿Quién es el autor del libro? Pues Sanz i Vila, un alicantino nacido en 1990 y que es bastante conocido entre los artistas de su generación. Licenciado en Bellas Artes, el ilustrador es autor de otros dos libros: Triamor y Los novios de Gael y su trabajo ha sido  exhibido en ferias de arte como Arco y Mulafes. Ha colaborado también para varias marcas de prestigio. La gran peculiaridad de este autor es que siempre dibuja con tres colores: rosa, azul y amarillo. Algo que llama la atención, pero que para él es simplemente su forma de trabajar y de pensar y que le ha permitido crear un sello y un lenguaje propio (muy pop y naif, todo sea dicho).

Estoy segura de que a vosotros también os han entrado unas ganas terribles de desaparecer una temporada, pero claro, no siempre es fácil. Su tuvierais un anillo tricolor eso estaría solucionado. Este libro, una continua mezcla de ficción y realidad, cuenta las aventuras del protagonista cuando un día descubre un extraño aro de piedra que le permite viajar con solo desearlo. Eso sí, el destino lo decide el aro tricolor y tú solo puedes dejarte llevar. Suena bien, ¿no? Creo que necesito uno de esos. No me vendría nada mal poder teletransportarme de esa manera.

Así, el protagonista de este libro viaja con su aro a lugares como las Cuevas de Chauvet, las Pirámides de Guiza o la isla de Pascua y sus increíbles Moáis. Hay un elemento común en todos estos viajes: en ellos la naturaleza, el arte y los animales.

También las dos caras del ser humano aparecen representadas en este libro en dos mujeres que encontrará en sus viajes. Una representa el lado más afable y la otra el más oscuro. Esos dos aspectos que, sin duda, todos tenemos.

Este libro es un viaje y al mismo tiempo es una fábula. Todos esos viajes, todas las vivencias en las que se ve inmerso el protagonista esconden mucho más de lo que podemos ver a simple vista. Hay una suerte de moraleja esperando a cada lector y es tarea nuestra aprender de ella.

Un buen día para desaparecer no es una maravilla de libro, no voy a engañaros. Tampoco se va a convertir en uno de mis preferidos, pero es un libro entretenido para pasar un rato y, por un momento, evadirse. O mejor aún, desaparecer.

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El diario de la princesa, de Carrie Fisher

el diario de la princesa

el diario de la princesaLa luz rojiza del atardecer iluminó la sonrisa que se había dibujado en mi rostro tras dejar atrás la penumbra de la vasta sala de cine en la que había disfrutado de la película Rogue One: Una historia de Star Wars. La sonrisa había sido consecuencia de ese final de la que, por el momento, era la última entrega de la saga galáctica más célebre. Un final que no solo enlazaba a la perfección con Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza, sino que además tocaba la fibra sensible de nostálgicos, recuperando, como si no hubieran pasado los años para ella, a aquella princesa menuda, pero estoica, que luchaba con la fuerza de un titán. Sí, la princesa Leia Organa.

Minutos después, y ya en casa, una noticia que corría como un reguero de pólvora por internet dinamitó mi sonrisa hasta convertirla en un puñado de escombros. Carrie Fisher acababa de morir. ¡Qué cruel es en ocasiones el destino! Fue en ese preciso momento cuando dos pensamientos fugaces cruzaron por mi mente para convertirse en dos dolorosas revelaciones. La primera: Cuando esos famosos a los que has admirado desde niño empiezan a morir (de una muerte más o menos natural) es que ya no eres tan niño. Y la segunda: De la princesa Leia lo sabía todo. En cambio de Carrie Fisher, ¿qué sabía? Solo lo poco que me había molestado en buscar en internet, que, no os voy a engañar, tampoco fue mucho. Supe que podría ponerle remedio al asunto al conocer la noticia de que Nova publicaría El diario de la princesa. Por fin iba conocer los secretos de Carrie Fisher, los derroteros que había tomado su vida tras rodar Star Wars, sus pensamientos más íntimos… ¡y todo contado por ella misma! Las páginas de El diario de la princesa serían como un susurro desde el más allá, y eso, en cierto modo era tan triste como emocionante.

El diario de la princesa se convirtió en un proyecto que llevar a cabo en el preciso momento en el que Carrie Fisher encontró los diarios que escribió cuando era solo una muchachita de diecinueve años. Esas reflexiones timoratas e ingenuas, los poemas ñoños no aptos para diabéticos y esos eslóganes de reflexión vacua, que bien podrían haber estado escritos en la carpeta de una adolescente, sorprendieron a una Carrie Fisher ya adulta. Desde la perspectiva que dan los años decidió que tal vez había llegado la hora de dar ciertos matices a aquellos pensamientos donde los únicos colores que parecían imperar eran el funesto negro y el cándido rosa.

Lo primero que llamó mi atención a las pocas páginas de empezar a leer (a parte de la facilidad que tenía la autora para encontrar las palabras adecuadas) fue su sentido del humor. Nunca hubiera imaginado que Carrie Fisher gozara de un humor tan incisivo. Con la ironía, el sarcasmo y en ocasiones el gamberrismo más refrigerante como estandarte principal de su narración, no duda en ningún momento en hallar esos trazos de comicidad que le rodearon durante el rodaje de la primera película de Star Wars y que siendo más joven fue incapaz de vislumbrar. Humor que tiene que ver con los fans, con sus compañeros de rodaje o con ella misma y con lo que significaba convertirse en una súper estrella de la noche a la mañana. “No creo que nadie pueda pensar en Leia sin que yo merodee también por sus pensamientos. Y no estoy hablando de masturbación.” Humor que incluso llegaría a ser profético. “Resulta difícil imaginar una necrológica televisiva que no use una foto de esa niñita de cara redonda con sendos absurdos rodetes a los lados de su escasamente experimentada cabeza.”

Ese humor rápidamente se diluye y Carrie Fisher desgarra sus vestiduras y descubre su alma a los lectores. Sin inhibiciones, y solo guardándose para ella las escenas más morbosas, nos hace partícipes de unas reflexiones imprescindibles para entender cómo funciona la insaciable maquinaria de Hollywood. Dinero y reconocimiento a una edad muy temprana. ¿Qué podía salir mal? Mientras leía, mientras Carrie hablaba sobre los peajes que tendría que pagar por rodar por la autopista de la fama, un viejo proverbio chino me vino a la mente: Ten cuidado con lo que deseas. Una vez más la sonrisa se diluía en la amargura de la nostalgia.

Una extensa parte de El diario de la princesa está dedicado a Harrison Ford. El Harrison Ford que interpretó al inolvidable Han Solo y del que la jovencísima Carrie Fisher se enamoraría hasta las trancas. Un amor prohibido. Un amor imposible descrito en los cuadernos manuscritos que acompañan al libro y que en ocasiones dan cierta vergüenza ajena y en otras resultan conmovedores. La Carrie Fisher adulta arroja luz sobre la verdad en su relación con Harrison Ford; cómo era él, cómo la trato y qué es lo que todavía sentía por él son algunas de la incógnitas que encontrarán su respuesta.

¿Y qué hay de Star Wars? Sí, es evidente que también habla de la película. Pero más que del producto final Carrie Fisher se hace eco de los entresijos de aquel set de rodaje, de las curiosidades, las anécdotas y las fiestas (con ese secuestro, del que ella fue víctima, perpetrado por varios miembros del equipo que a mí, sinceramente, y a pesar de que lo describe como una broma, me resultó algo espeluznante).

El diario de la princesa es un libro escrito a cuatro manos: las de la jovencísima, ingenua y enamoradiza Carrie Fisher y las de la adulta, sagaz pero también enamoradiza Carrie Fisher. Unas memorias divertidas, apasionadas y de evidente carga nostálgica que revelan no solo lo bien que se desenvolvía Carrie Fisher a la hora de escribir, sino también lo aguda y certera que llegó a ser en sus críticas hacía la industria del cine.

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No más miedo, de Erica Jong

No más miedo

No más miedoMe gusta mucho la portada de este libro. Esa cremallera desde el ombligo me parece muy sugerente. Leí además que Erica Jong tuvo mucho éxito con otra novela del mismo estilo, escrita hace bastantes años (1973), Miedo a volar, que es un clásico del erotismo. Me suelen gustar este tipo de novela que trata de las mujeres, que nos analiza desde dentro, en primera persona, tipo autobiografía. Yo era un renacuajo en 1973, pero estoy segura de que la mayoría de lo que cuenta se puede trasladar a nuestros días sin problema, porque aunque la vida pasa, nos modernizamos y la luna nos parece casi una parada de metro, hay cosas que no cambian, nunca. La relación que las mujeres establecemos con nuestros cuerpos, aunque nos influya el entorno y las modas, más o menos es igual siempre, así como la forma de interactuar en el sexo.

En No más miedo, Erica Jong nos cuenta las aventuras y desventuras de una mujer madura, por la sesentena. La verdad es que cuando empecé a leerlo me pareció que no iba a poder identificarme con el personaje, que me parecía muy diferente a mí. ¿Qué tengo yo que ver con una mujer que pasa de los sesenta, rica, que vive en Nueva York, que parece preocuparle mucho su aspecto y ha declarado la guerra a las arrugas, que tiene perro, que lleva ya el tercer o cuarto marido, judía, actriz y no sé cuantas cosas más? Así, a bote pronto, para mí, igual que un marciano. Pero… es una mujer y la sororidad existe y se siente, hermanas. Así que vas avanzando y empiezas a sentirte en su piel y la entiendes muy bien. Tiene unos padres ancianos, que necesitan cuidados 24 horas, por los que siente un gran cariño, a los que recuerda llenos de vida y a los que no le gusta ver así, con el cuerpo marchito y el cerebro nublado. Reconoce el sentimiento contradictorio de desear que descansen en paz y la pena de que se marchen para siempre; creo que esto es universal. Tienes dos hermanas con las que hay mucho tira y afloja, como en todas las relaciones fraternales.

Está casada con un hombre mayor, y la edad y la rutina han hecho que su vida sexual esté muy reducida, por no decir que no la tiene; esto la mata. Ha sido una mujer muy activa en todos los aspectos. Se lanza a la aventura de buscar pareja sexual esporádica por internet y es muy gracioso con lo que se encuentra. Durante la novela, evoluciona hasta ese sentimiento, otra vez contradictorio, de que necesita un desahogo físico, seguir sintiéndose atractiva y deseable y el cariño que siente por su marido. Acaba dándose cuenta de que el sexo, sin sentimiento, llegados a este punto, es un ejercicio físico que no lleva a ninguna parte y no es placentero, para nada.

Es muy importante la relación con su hija, también universal, de querer protegerla y a la vez, dejarla vivir su vida. La relación con su amiga Isadora Wing (protagonista de Miedo a volar) es entrañable y sincera. Las dos mujeres tienen unas conversaciones muy interesantes, llenas de sabiduría. Son mujeres fuertes, que llevan las riendas de su vida, aunque se les pongan zancadillas y sientan el peso del paso del tiempo. La edad no perdona, da igual la condición social que tengas.

El libro está contado de forma bastante simpática, aunque me cuesta pillar algunas bromas, usa muchas palabras en yidis, pero la esencia la entiendes y sobre todo el sentimiento. Está lleno de diálogos aunque sea un libro muy reflexivo, no es pesado ni filosófico. Es sincero y directo, casi íntimo en muchas ocasiones. Me ha recordado a Come, reza, ama, de Elisabeth Gilbert, aunque el estilo de escritura no tenga nada que ver.

En la solapa, hay una foto de la escritora que rezuma alegría, tiene una sonrisa enorme y brillante. Me ha recordado a Barbra Streisand y a Bette Midler, ese tipo de mujeres con mucho carácter, talento y una vis cómica. Yo le he puesto esa cara a la protagonista de la novela.

 

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Ese mundo desaparecido, de Dennis Lehane

Ese mundo desaparecido_135X220No soy fan de Dennis Lehane; en eso, como en muchas otras cosas, me diferencio de Stephen King, que recomienda calurosamente todas y cada una de las novelas de Lehane; al menos, así lo aseguran las campañas de lanzamiento de cada nueva obra del de Boston. Hubo una novela de la cual el de Maine aseguraba que le había ayudado a salir del pozo de la depresión, o algo así. Para decir eso de una novela y de un escritor, tienen que significar mucho y ser muy queridos para uno, eso está claro.

En mí, la primera obra que leí de Lehane tuvo un efecto muy diferente: me indignó. No lo bastante para abjurar para siempre de un autor tan laureado, pero sí para enfadarme con él. No podía creerme que una novela por lo demás tan bien tejida, tan emocionante, tan interesante psicológicamente, acabara tan en falso, de una forma tan cruel, tan gratuita, tan estúpida, tan miserable. Sin embargo, le di más oportunidades a Lehane y leí dos o tres más de él. No me parecieron maravillosas novelas, ni inolvidables por ningún motivo, ni siquiera por un desenlace tan profundamente fallido, tan inmoral, tan poco humano como el de aquella primera novela que leí. Me parecieron lecturas entretenidas, eso sí; quizás seguía disgustándome un poco la afición –o la facilidad, no lo sé- del autor por la crueldad, y digo crueldad por parte de sus personajes y crueldad hacia sus personajes (quizá sea la misma cosa, si es que hablamos de novelistas); pero seguramente ése sea problema mío como lectora, no de él como autor, ya que, diré que lamentablemente, las novedades editoriales abundan en temas y escenas escabrosos.

Ahora, he aprovechado la oportunidad de leer Ese mundo desaparecido, y debo decir que esta novela sí me ha parecido lo que las anteriores no. En efecto, es una novela perfectamente armada, muy bien escrita, entendiendo por escribir no sólo la plasmación y composición de frases que conforman una historia, sino la buena dosificación de información; los giros argumentales bien medidos y administrados y colocados con admirable tino y sentido de la oportunidad; la maravillosa alternancia de historias, subhistorias, puntos de vista, ambientes y humores; y, sobre todo, la magia que hace que algunos personajes e historias no sólo parezcan, sino sean de verdad reales y otros, tan bien o incluso mejor escritos, no. Es la misma magia que desprende la pluma del rendido admirador de Lehane, Stephen King, aunque no sea el escritor con mayor sentido de la poesía ni el de vocabulario más extenso ni el de variaciones argumentales más ricas y sorprendentes. Sencillamente, esta vez sí, esta vez Dennis Lehane me ha atrapado, y no he podido abandonar la lectura hasta saber cómo terminaba el libro.

Y no es que lo ignorara cuando empecé a leer. Porque ésa es otra de las virtudes de escritor que deja bien patente Dennis Lehane en Ese mundo desaparecido: sabe marcar el tono. Hay autores que lo saben hacer muy bien. Al leer las dos primeras páginas, uno piensa: ya sé cómo va a terminar el libro. Lo sabe, porque Lehane se lo hace saber en los primeros compases. Ya: estamos a punto de leer una auténtica tragedia griega ambientada en el mundo del hampa de alto standing de los años 40 en EEUU. Y sabemos cómo va a acabar, casi con exactitud. Nada de ello va en detrimento del interés que suscita la historia, más bien al contrario: precisamente porque sabemos cómo va a terminar este sórdido asunto, queremos seguir leyendo, para ver cómo se van confirmando una a una nuestras sospechas, y porque, a veces, no hay espectáculo más hermoso que ver al gran héroe griego cumplir su pathos. Es quizá por ello por lo que puedo arriesgarme a decir que, seguramente, esta novela no es en absoluto inferior a sus dos predecesoras en la trilogía: Cualquier otro día y Vivir de noche.

Ese aire trágico que permea toda la novela es un enorme valor añadido y forma parte de su poder de atracción. Lo embellece todo, hasta las acciones más retorcidas, mezquinas, arrastradas e indignas de los personajes que pueblan Ese mundo desaparecido. Son, y ellos lo saben, dioses con pies de barro que han erigido su imperio subiéndose a lomos de cientos de cadáveres de hombres, mujeres y niños asesinados en nombre de la codicia y del afán de poder; son menos que hombres, son seres infrahumanos capaces de cualquier cosa con tal de retener un día más el control sobre sus pequeños territorios, cerrados a sangre y fuego en torno a sus tronos de corruptos reyezuelos. Hombres que sólo viven para sí mismos y para la alimentación de sus inflados egos y que llaman a lo que ellos hacen heroísmo, vivir al margen de la ley, tener honor, respetar a la familia y ser leales hasta la muerte; pero que, llegado el momento de la verdad, son capaces de vender a sus mejores amigos, a aquellos a quienes llaman hermanos y con quienes antaño forjaron pactos de sangre.

Dennis Lehane dibuja el mundo del hampa de los años 40 como lo que fue, un auténtico baño de sangre, un juego de tronos en el que todo el mundo acabó perdiendo, empezando por los más débiles. Un mundo de hombres que mataban a sangre fría y morían llamando a gritos a su madre e imploraban un segundo más de vida al congénere que les estaba apuntando con su arma. Un mundo de muerte y pérdida, pero eso sí, revestido de hermosas palabras: orgullo, honor, linaje, familia, lealtad, hombría, coraje. Todo mentira, como nos lo demuestra el protagonista, Joe Coughlin, antaño rey de la mafia de Florida y actualmente duque de la misma y mano derecha del jefe de los jefes, Dion Bartolo, y bien conectado con todo el mundo; un tipo listísimo, capaz de hacer ganar dinero a espuertas a todo aquel que estaba colocado justo por encima, de modo que a todo el mundo le conviene que siga vivo y bien de salud. O eso cree Joe, hasta que llega a sus oídos que alguien planea matarlo el Miércoles de Ceniza. Porque, eso sí, todos los gángsters de esta novela, o casi todos, son hombres de fiesta de guardar, misa de domingos y cruz de ceniza en la frente.

La galería de personajes de este cuento de corrupción sin límites es maravillosa. Cada personaje tiene su propia historia,  que no hace falta oír desde el principio para saber de qué trata; la magia de Dennis Lehane hace posible ese conocimiento por ósmosis. Vemos a los personajes, sabemos de qué son capaces y podemos predecir sus siguientes pasos, porque el autor nos los da a conocer perfectamente, porque nos expone sus almas corrompidas y grises y con eso nos basta. Y el personaje más asombroso y más atrapante de todos es el propio Joe Coughlin, el príncipe de los gángsters venido a menos, un hombre que ha sido responsable de la muerte de muchos otros, incluso de niños, y que tiembla de miedo ante la posibilidad increíble de morir antes de cumplir los cuarenta; un hombre que ha mutilado familias pero cuya sangre hierve de indignación ante la idea de que alguien pretenda dejar huérfano a su hijo, el mestizo Tomas. Un tipo que ha cometido los peores crímenes pero que tiembla de ira justiciera ante demostraciones de racismo. El mejor de los malos o el peor de los buenos, no se sabe bien.

Es difícil, o imposible, congraciarse con casi cualquier personaje de Ese mundo desaparecido, con la excepción del pequeño Tomas Coughlin, el único verdaderamente noble, el único llamado a ser un hombre de verdad. Su nobleza brilla con la autenticidad de un diamante enterrado en estiércol.  Nos preguntamos si Lehane va a retomar a este personaje y despejar nuestras dudas: ¿acaso Coughlin padre era así de inocente, de bueno, de noble cuando era pequeño y se corrompió en contacto con el mundo, o todavía podemos tener algo de fe en que los corazones buenos aguantan carros y carretas sin teñirse de negro?

Ese mundo desaparecido constituye una mirada desengañada pero sincera sobre el mal, que, en muchas ocasiones, es tan perfectamente banal que no es digno de la literatura, pero del cual Lehane hace muy buena literatura. Que el mundo no es blanco ni negro sino de una gran variedad de grises ya lo sabíamos, pero nunca la ambigüedad del mal estuvo mejor retratada que en Ese mundo desaparecido, una novela que hace de la corrupción moral un material de primer nivel literario, con una potencia y un magnetismo que no había encontrado desde aquel El poder del perro que aun hoy me cuesta olvidar, con una clara ventaja sobre aquél: un desenlace hermosísimo, sí, hermosísimo.

 

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Los últimos días de Nueva París, de China Miéville

Los últimos días de Nueva París

Los últimos días de Nueva ParísLlevo leyendo a China Miéville desde que tengo uso de razón lectora. Desde que no es otro sino yo quien elige en qué libro se sumerge, con qué autor gasta el tiempo. Podría haberme equivocado. Podría haber caído en manos de alguien que no enciende, que no ilumina. Gracias a los dioses di con este señor de aspecto poco amable y capacidad inventiva por encima de la media. Y entendí que había obviado la parte más fascinante de la literatura. Aquella que te lleva a lugares en los que nunca has estado porque nunca te has salido del camino marcado, de la bibliografía recomendada. Pero sucede que si te atreves, si sales de la norma imperante, la norma subversiva alecciona de un modo diferente, convierte las batallas perdidas en segundas oportunidades. La fantasía deja de ser algo para niños inquietos y se convierte en el pan de adultos que no fueron bien domesticados. Ese es el sustento que nos da el señor Miéville con cada una de sus novelas. Y esta última, publicada por Nova, no es una excepción en la excelente producción del autor inglés.

Si has leído más de un libro de este señor, sabrás que cada nueva incursión literaria abre un mundo completamente nuevo dentro de su trayectoria. Rompe con lo que había hecho hasta la fecha para darle rienda suelta a la oportunidad de sorprenderse a sí mismo y por ende al lector que le sigue. Ahora hablamos de ucronías y la posibilidad de reinventar la historia de nuestro tiempo. Concretamente esta novela nos lleva a las calles de un París invadido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial y una resistencia completamente surrealista. Literalmente. Y es que desde los ojos de Thibaut, uno de los últimos combatientes de los artistas que se sublevaron ante la ocupación, vemos una ciudad llena de manifs. Obras surrealistas que cobran vida a raíz de una bomba de origen desconocido. Estas piezas de batalla ingobernables hacen frente a la invasión alemana de formas totalmente insospechadas. Claro que el bando enemigo no se quedará atrás ya que para contrarrestar el arte combatiente han decidido invocar demonios a través de pactos con el Infierno, por lo que la ciudad, aislada, se ha vuelto irreconocible, lejos del aquel París romántico de los años 40. Ahora, para sobrevivir en este contexto, uno debe protegerse de cualquier tipo de arte y alianzas si no quiere caer en el fuego cruzado.

Aunque sea una novela mucho más breve de lo que nos tiene acostumbrado el autor inglés, lo cierto es que Últimos días de Nueva París deja entrever muchos de los rasgos identificativos del autor. Los comienzos son difíciles y más aún si hablamos de una novela de China Miéville. Esa transición entre no entender y entender propia de cualquier libro del autor inglés aquí vuelve a tener lugar. Nos sumerge en un mundo desconocido para nosotros –olvídate del París del título, nunca antes habías estado en esta versión de la ciudad-. Y uno avanza como puede hasta que empieza a esclarecer términos, a deducir y a contrastar. Este modo de proceder deja indefenso al lector durante un buen tramo del recorrido, pero una vez conquistado el terreno, la satisfacción que provoca es mucho más reconfortante. Fall Rot, cadáveres exquisitos, La Main á plume… Un mundo por descubrir con sus propios neologismos y su capacidad para definir pedazos de la realidad que carecían de nombre. La magia Miéville ha hecho su efecto y uno se plantea la relectura tras finalizar la novela con el fin de descubrir pasajes ocultos, rutas secundarias o un entendimiento de la obra completamente nuevo.

Hay ideas poderosas. Hay ideas que buscan realmente su lugar sin importar el precio que tienen que pagar para cumplir con su cometido. Si algo nos ha enseñado el arte es a reconfigurar nuestra idea del mundo. Expandirlo y reformarlo para que una nueva conciencia tenga cabida. El arte es la revolución a marchas forzadas cuando la evolución ha detenido su curso. Y justo en estos términos es cómo el arte se subleva en la novela de Miéville. Rompe y arrasa allí donde el humano ya no puede avanzar y le otorga otra oportunidad, una senda completamente nueva que nadie podría haberse imaginado. Este libro es una auténtica clase de historia. Claro que no en el sentido en el que te esperas. Los hechos históricos no son certeros, pero la red establecida para hacer frente al enemigo no puede ser más auténtica. China habla de una revolución cultural, una batalla del pensamiento allí donde las balas son insuficientes, donde los partisanos carecen de energía para contraatacar. Y es que el arte de la guerra nunca se había vuelto tan explícito como en este libro. El enfrentamiento contra el opresor nunca había dejado una mancha tan indeleble en nosotros, mancha que bien podría protagonizar un lienzo u otro tipo de arte que nos invite a defendernos.

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Your name, de Makoto Shinkai

Your name

Your nameDesde que era pequeña siempre me he sentido muy atraída hacia el género. Crecí viendo la mítica serie Sailor Moon y de mayor disfruté de la archiconocida Death Note. No sé de dónde viene esta obsesión por este género, pero cada vez me gusta más. En cuanto a este libro, lo descubrí después de ver el trailer de su adaptación cinematográfica, que me llamó especialmente la atención por su originalidad. Pero llamó más mi atención cuando me llegó a casa y descubrí que no era realmente un manga, sino la versión narrativa en forma de novela de la película.

Your name trata la historia de dos jóvenes, Taki y Mitsuha, que un día descubren que se intercambian los cuerpos y se obsesionan por conocerse el uno al otro, a pesar de que viven en entornos muy diferentes y de que se olvidan de este intercambio al poco tiempo de producirse.

Realmente hay pocos libros que atraigan tanto a través de una simple sinopsis. Sin embargo, creo que este es especial, ya que sabe cómo conectar con el lector con unas pocas frases acerca de lo que trata el libro. Ha sido muy curioso, además de divertido, leer cómo me sentían tanto Taki como Mitsuha en el cuerpo del otro. Su experiencia en primera persona nos ayuda a conocer más a cada uno de ellos como personajes y nos acerca a sus vivencias y a los sentimientos que experimentan al estar en un cuerpo que no es el suyo. Esto me ha parecido un tema bastante original e interesante, que creo que debería tratarse más en las novelas. Solo recuerdo un libro que hablara de lo mismo, Cada día, de David Levithan, del que también disfruté bastante.

Volviendo a Your name, aparte del intercambio de cuerpos y de cómo lo narra el autor, hacia la mitad de la novela se revela otra gran sorpresa. Y es que este libro es maravilloso, entre otras cosas, por lo imprevisible que es. A medida que iba leyendo me iba dando cuenta de que no está nada claro ninguno de los hechos que ocurren en la novela. ¿Acaso es un sueño? Se pregunta Taki más de una vez. Pero no, no se trata de ningún sueño, se trata de algo bastante más complejo que eso y tiene que ver con una cometa que cada 9.000 años destruye la región de Itomori, en Japón… No revelaré más, ya que creo que esta parte debería descubrirla el lector por sí mismo.

Alejándonos de lo que trata la historia, me ha encantado la narración ágil y descriptiva, a dos voces (la de Taki y la de Mitsuha), que emplea Makoto Shinkai en esta novela. También me han parecido realmente interesantes las descripciones que realiza sobre algunas de las costumbres de la cultura japonesa, que personalmente desconocía y que me ha gustado mucho descubrir a través de esta lectura.

Creo que hay pocas historias de manga que me hayan gustado más (excepto Death Note, que no debería entrar en esta lista por las grandes diferencias que presenta) que esta. No solo me ha hecho reír y empatizar con los personajes sino que me ha hecho reflexionar acerca de los recuerdos que conforman nuestra vida, esos que nos hacen esbozar una sonrisa y querer volver a revivirlos.

Pero Your name, en tan solo doscientas páginas, no solo me ha hecho pensar en este tipo de recuerdos, sino que también me ha hecho darle vueltas al tema de que hay recuerdos de los que no nos acordamos bien y que luchamos por recordarlos cada segundo de nuestra vida. Quizás esos son los que son realmente importantes y necesarios para darnos cuenta de quiénes somos y de lo que hemos vivido. En definitiva, una novela para pensar, reír y disfrutar hasta el final. Estoy deseando ver su versión cinematográfica, pues no me cabe ninguna duda de que será igual de buena.

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Llamadme Alejandra, de Espido Freire

Llamadme Alejandra

Llamadme AlejandraLa protagonista de esta obra, su entorno y su tiempo constituyen sin duda une escenario atractivo para una novela, la certeza de su destino y el papel que juegan en el imaginario colectivo logran que una parte del camino ya esté andada antes de abrir el libro. Alejandra Fiodorovna, la última zarina, sería por tanto una protagonista excepcional de una novela histórica al uso, algo que desde luego no es Llamadme Alejandra, lo que habla muy bien del valor de la autora que no se limita a escribir un texto con baile, lujo, amor, intrigas y sangre aprovechando que quien más quien menos conoce parte de la historia y sabe del trágico destino de los protagonistas, Espido Freire se deja abducir por Alejandra (es reseñable la profundidad psicológica de su retrato) y cuenta su historia, la historia de una mujer triste, en primera persona. El relato en primera persona tienen un riesgo evidente, el de resultar parcial, pero la autora logra transmitir la diversidad desde la particularidad. Verlo casi todo mirando desde unos ojos. Ayuda sin duda que son unos ojos muy particulares, unos ojos extranjeros en un país que sienten suyo del que obtienen muchas cosas, sin duda, pero la popularidad no es una de ellas.
La voz narrativa es necesariamente original puesto que debe ser la de una protagonista con unos condicionantes muy particulares. Su educación es, en todos los aspectos, diferente, por no decir antagónica de la de su entorno. En una corte dada al exceso, ella es tímida, austera y celosa de su intimidad. Fue una mujer sumamente impopular, incluso odiada por su pueblo, una extranjera en un país que precisamente entró en guerra con el suyo de origen, lo que sumó a su condición de foránea la de enemiga. La sensación que transmite Llamadme Alejandra es la de una mujer que creó una burbuja, su familia, en la que estar relativamente a salvo un ambiente hostil, lo que paradójicamente aumentó su impopularidad y sin embargo no dejó de convertirla en una mujer triste. Llama la atención la sencillez de la voz protagonista, sin duda un aspecto más de la identificación que logró la autora con su protagonista, en contraste con la complejidad de la situación que con ella se logra transmitir.
Las relaciones familiares y sociales también tienen un lugar muy destacado en la obra, singularmente entre las primeras su abuela, la reina Victoria, y entre las segundas Rasputín, un personaje siempre misterioso. Pero sobre todo son sus hijos y la relación con su marido, el zar, las que dan sentido no ya a la novela, que también, sino a la vida de la protagonista. Una relación entrañable en tanto que llena de amor, sí, pero sobre todo en cuanto que se mantiene frente al mundo. El tono familiar y desenfadado en el que se retrata a estos últimos Romanov (uno no espera leer que a Nicolás II le llamen Nikki, pero en su contexto es incluso lógico) redunda en esa empatía que tanto y tan bien genera la novela. Y tiene su mérito, ver a los protagonistas en su ámbito familiar más íntimo consigue que veamos a una familia que era todo menos normal como si lo fuera. Hay también fragmentos de diarios de las hijas que abundan en esta sensación. Sin embargo la realidad se abre paso como algo relativamente lejano pero muy presente, que se sabe que está ahí pero que la protagonista, aunque preocupada y tratando de influir en ella, no logra ver de otra manera que como algo ajeno a su inmutable realidad.
Y la forma en que la realidad se hace finalmente presente es brutal. Narrativamente inesperada pese a que se espera desde la primera página.
Lo que me gusta especialmente de Llamadme Alejandra es que, pese a ser un relato en primera persona de un personaje histórico que evidentemente interesa a la autora, quien reconoce haber tardado quince años en dar forma a la novela, no es un panegírico, no se trata de una reivindicación personal ni histórica sino de un retrato personal, íntimo. Espido Freire no juzga a Alejandra, el personaje históricamente controvertido que fue será igualmente complejo y contradictorio, literariamente hablando, a ojos del lector. Puede que tras leer el libro su idea sobre ella cambie o se mantenga, pero en cualquier caso será la suya.
La constante tensión entre el tono sencillo e incluso desenfadado con el que la protagonista recuerda su vida a sus hijas en los últimos días de su reclusión en contraste con la gravedad del momento histórico es un motor narrativo de primer orden. El atractivo de una mujer triste que vive contra su entorno, de una familia que vive contra su destino, hace el resto. A mí nunca me ha interesado especialmente la familia Romanov, aunque sí su contexto histórico, sin embargo el inteligente enfoque de la autora ha logrado que disfrute enormemente con este libro.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez

los peligros de fumar enla cama

los peligros de fumar enla camaYa me tocaba leer otro libro de relatos de terror. De esos relatos a los que me acerco con precaución, no porque tenga miedo de lo que me vayan a contar, sino por hacerme ilusiones de pasar miedo y que al final se quede en eso, en mera ilusión. Eso siempre es lo peor. El “autohype” (palabra que no sé si existe pero me la quedo igualmente) es aún peor que el hype porque no puedes echar la culpa a nadie más que a ti, a ti y a ti.

Obviamente, lo primero que me llamó la atención, como volutas de humo elevándose hacia la nada, fue el título: Los peligros de fumar en la cama. Todo el mundo sabe que es peligroso, pero que un libro de relatos terroríficos tenga semejante comienzo ya es un punto a favor. Lo segundo, la portada con esa mujer portando en su cabeza una corona de velas, que tanto me recordaba al personaje de Hades de la nueva etapa de Wonder Woman.

Luego ya vino la contraportada con su enumeración y breve sinopsis de algunos de los cuentos… Decidido. Tenía que leerlo y lo hice. Y no me arrepiento para nada.

Mariana Enriquez escribe con frases cortas, con vocabulario argentino (y comprensible por el contexto), lenguaje fácil, con el misterio propio de la temática y con tinturas góticas. Con un gusto también por la escatología (sin llegar a caer en la cerdería injustificada, sino formando parte de una estructura argumental bien elaborada), el sexo y las relaciones entre familias, parejas y amigos.

La forma de contarnos las cosas me ha parecido muy hábil e inteligente. El ritmo que imprime no es ni lento ni rápido, es el justo. El necesario. El que te hace avanzar con miedo de saber/no saber lo que te vas a encontrar a la vuelta de la página, pero a la vez queriendo desvelar el desenlace. Por otra parte, lo que más me ha gustado (y de esto no me he dado cuenta hasta un tiempo después de leer los cuentos) es que el mal gana siempre.

De los doce cuentos que integran Los peligros de fumar en la cama, los que más me han gustado/aterrorizado han sido:

La Virgen de la tosquera: por esa crueldad inherente al ser humano, sobre todo en el humano adolescente, y ese buen narrar y meterte tan bien en una historia con un final de espanto.

El carrito: porque comienza con una “mierda floja casi diarreica” y el clima se va enrareciendo de forma terriblemente malsana hasta un final apocalíptico.

El mirador: por tener un narrador tan peculiar y una historia tan hipnotizante.

Dónde estás corazón: porque seguramente hay gente así, tan rara como en este cuento. Porque, a pesar de ser raro, está tan bien contado que te lo crees todo, y por ese final tan de ¿Poe? e inesperado a la vez.

Cuando hablábamos con los muertos: por saber desviar tan bien la atención cuando lo más lógico (y trillado también) era centrarse en lo evidente del “juego”.

Que de los doce haya destacado cinco no quiere decir que los demás están mal. En absoluto. Es mi top cinco. No hay ninguno que sobre. Todos tienen algo estremecedor, algo que te deja mal cuerpo, una oscuridad que avanza imperceptiblemente y te atrapa… Pero si tuviera que elegir cinco, esos serían mis seleccionados.

Mariana Enriquez se ha hecho ya merecedora de ser seguida en adelante por aquellos que quieran sufrir con sus lecturas un terror al margen de la corriente fácil, comercial y  convencional. Mariana Enriquez nos regala un terror escondido en lo cotidiano. Un terror que cautiva con muy buen gusto. Un terror que hace pensar.

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Otras maneras de usar la boca, de Rupi Kaur

Otras maneras de usar la boca

Otras maneras de usar la boca

Recuerdo que el otoño pasado muchísima gente en Instagram subía fotos de su ejemplar de Milk and honey, título original del poemario del que voy a hablar hoy aquí. Fue un fenómeno que acaparó la atención de todo el mundo en las redes a pesar de que llevaba publicado desde 2015. Citaban poemas completos, extractos y sensaciones depositadas en el texto que aumentaban la expectación y ayudaban a crear el aura de misterio y magnetismo que envolvía sus páginas. Nadie es nuevo aquí. Todos sabemos que las modas en internet vienen y van sin ningún tipo de filtro. Elevar cosas al estado de obra maestra o denostarlas hasta que nadie las mire. Ese es el pan nuestro de cada día. Sin embargo, con los poemas de Kaur había algo que funcionaba de otro modo. Persistían en su falta de grandeza. Ahondaban en esas ideas de belleza y de feminismo que comulgan con lo orgánico, con el propósito de evitar una guerra ya sea contra los demás o contra sigo misma. Una portada negra con dos abejas blancas posadas en su superficie. El enfrentamiento a lo establecido desde la quietud. Intenté hacerme con un ejemplar en inglés, arrastrado por la legión de fans que estaba acumulando, pero se cruzaron otras lecturas y aparqué la idea hasta otra ocasión. Esperando en el fondo de la sala, en secreto, para saber si estaba ante uno de esos fenómenos caducos o ante el poemario de nuestra generación. Durante dicha espera, la línea de poesía de la editorial Espasa decidió traer el libro a nuestras fronteras y ahí ya no pude aplazarlo más. Hoy vengo para hablaros de Rupi Kaur y para anunciaros que hay otras formas de usar la poesía. Quiero avisar antes de que haya algún malentendido o tergiversación que yo también he caído en las redes del fenómeno Kaur.

Rezan unos versos del último tramo del libro que nunca debes / cambiar la honestidad / por el reconocimiento y creo que esto define bien la piedra sobre la que se sustenta gran parte de los poemas de Kaur. Porque si hay algo que destaca en esta colección es el uso de la verdad a cualquier precio. Se vuelve obscena y cursi y genuinamente reivindicativa, pero en cada uno de estos versos hay sangre. El uso del escándalo del que es dueña busca conmover al lector. Todo lo que sucede tiene una dimensión vivencial que nos empuja a la identificación. Proyectamos en sus poemas nuestras carencias emocionales, nuestros excesos sexuales, nuestra necesidad de conciliarnos con el padre antes que con nosotros mismos.

La ruptura y el desenlace como motores en la poesía no son algo nuevo, sin embargo prevalece un nuevo estado de ruptura en el que la hermandad te alimenta mientras agonizas. La comunidad cobra vida en estos poemas de un modo casi necesario. Cuando uno no puede creer en el estado, cuando lo local es la realidad próxima que nos conoce y que sabe qué necesitamos, el grupo cobra fuerzas. No estamos solos. Y hay una dimensión digital implícita en todo esto que me sorprende y que me ayuda a entender el fenómeno de los poemas de Kaur. Muchos de nuestros amigos suceden en la pantalla de un móvil y la familia puede que sea una sucesión de fotografías subidas a Facebook. Toda esta tecnología social ya es inseparable de nuestra realidad y por ende del arte que busca su reflejo en la realidad. Algunas de las composiciones aquí presentes parecen sacadas de una conversación de Whatsapp a altas horas de la madrugada. Es posible que, de hecho, así sea. Porque estos son los materiales que hoy conviven con la poesía. Y porque se ha convertido en un lenguaje universal del que todos participamos y del cual todos conocemos sus reglas.

Es a colación de esta oda implícita a la tecnología donde quiero hablaros de ese nuevo feminismo. Esa idea de cobijarse en manada. El número es fuerte y amplifica el mensaje llegando a rivalizar con los medios imperantes revirtiendo las ideas nocivas que nos llegan como boletines oficiales. Y es que si hubiese un diccionario de términos que sustentan el universo privado de Rupi Kaur los conceptos de mujer y hermana serían indivisibles. Los cuerpos de otras mujeres / no son nuestros campos de batalla. Estés donde estés, seas quien seas, suceda la extensión de mujer en ti a través de todas sus infinitas posibilidades, perteneces a la hermandad. Esa es la idea que deriva de este poemario/manifiesto. De esta idea surge todo lo que sobrevive en la poesía de esta mujer. Por eso verás el libro en mochilas, en mesas de cafeterías, entre personas charlando, en alguna fiesta invitado por alguien. La gente quiere leer extractos en voz alta, quiere compartir sus poemas favoritos con sus personas favoritas. Hay como bien reza la traducción del título Otras maneras de usar la boca. No todo consiste en tragar y dejarla cerrada porque es así cuando estás más guapa y cuando menos molestas.