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Atravesé las Bardenas, de Eduardo Gil Bera

Atravesé las Bardenas

Atravesé las BardenasCuando alguien como yo, amante de la literatura y de la naturaleza, que vive en el corazón de las Cinco Villas, se encuentra con una fotografía como la que ilustra la portada de este libro, no puede resistirse a quererlo, es imposible. Piensas que, si ya Acantilado te da una seguridad en cuanto a la calidad de la lectura, lo que haya detrás de esa imagen debe ser especial, sobre todo porque una novela narrada en poco más de cien páginas ha de ser una pequeña exquisitez literaria.

Eso al menos pensé yo cuando andaba hacia casa con la sonrisa de quién cree haber encontrado un gran tesoro. Y ya les adelanto que con, Atravesé las Bardenas, no me equivoqué.

Y fue por todo ello, y porque el pueblo en el que vivo es la entrada natural desde Aragón a esas Bardenas que tan bien conozco, por lo que me decidí a seleccionarlo como una de mis lecturas para el día de San Jorge.

Eduardo Gil Bera, del que no tenía noticia anterior, es de Tudela (Navarra). Si miran ustedes en un mapa, verán que entre Tudela y Ejea de los Caballeros solo median las Bardenas: La Bardena Negra y las Bardenas Reales o Bardena Blanca.

Un lugar que desgraciadamente para muchos vecinos de las localidades limítrofes está asociado, no al bello parque natural que deberíamos poder disfrutar todos libremente, sino a ese campo de tiro del Ministerio de defensa al que año tras año solicitamos su desmantelamiento. A pesar de ello, nadie debería dejar de visitar en alguna ocasión toda la zona de Las Bardenas.

Tampoco pasa nada porque yo ahora les meta un poquito de historia y así aquellos que no sepan de qué hablamos al referirnos a “Pueblos de Colonización”, se puedan hacer una idea.

Terminada la Guerra Civil, y a la vista de la devastación producida, se crea el Instituto Nacional de Colonización, un organismo dependiente del Ministerio de Agricultura, y creado por la necesidad de realizar una reforma tanto social como económica de la tierra, con el objetivo de efectuar una transformación del espacio productivo mediante la reorganización, reactivación y producción del sector agrícola con el aumento de tierras de labor y la superficie de riego.

Nacen entonces una serie de pueblos llamados de “colonización” que transformarán muchas zonas de España. Especialmente las Comunidades de Aragón, Andalucía, Castilla, Cataluña, Extremadura, Navarra y parte de la zona Levantina.

El Plan General de Colonización de la Zona de Bardenas se aprobó en 1954, y el autor centra su historia en los inicios del año 1956, fecha muy cercana al 8 de abril de 1959, en que Franco inauguró el pantano de Yesa, el canal de Bardenas y los pueblos de El Bayo, Santa Anastasia y Bardena del Caudillo.

Según el historiador D. Jesús Guallar Pérez, “fue así como esta extensa zona de Bardenas, que une las provincias de Zaragoza y Navarra, se vio sometida a una transformación profunda: nivelaciones, acequias, carreteras y caminos, construcción de poblados y plantación de árboles. Un gran trasiego de hombres y maquinarias… Los trabajos para la puesta en riego aliviaron la situación de penuria de la comarca y un número importante de trabajadores de otros lugares del país se asentaron en Ejea, algunos con sus familias.

La zona de Bardenas había sido dividida por el INC, a efectos de planificación y administración, en dos subzonas: norte y sur.

Bardenas Norte que comprendía seis pueblos nuevos: Figarol, Rada, Gabarderal, El Boyeral y San Isidro del Pinar en la provincia de Navarra, más Camporreal en el término municipal de Sos del Rey Católico, y Bardenas Sur, toda ella en la provincia de Zaragoza, la conformaban nueve poblados: Bardena del Caudillo, Santa Anastasia, El Bayo, Pinsoro, Valareña y Sabinar dentro del término municipal de Ejea; Sancho Abarca y Santa Engracia en el de Tauste, y Alera en el de Sádaba. El número de colonos se pensaba que ascendería a 3.967 pero tan solo se instalaron 1.353 en quince poblados, de los cuales uno, El Boyeral, está abandonado en la actualidad.

Una vez superada esta pequeña lección de historia, les contaré que Atravesé las Bardenas se puede leer perfectamente sin conocerla, pues el autor nos cuenta un relato en el que el señor Yaben, un ingeniero del Instituto Nacional de Colonización, proyecta la construcción de un pueblo en una zona de su propiedad de las Bardenas; lo proyecta teniendo como base de ese futuro pueblo a toda la población reclusa de Tudela, tanto de hombres como de mujeres.

En su narración, dividida en tres partes que a su vez se subdivide en pequeños capítulos, cada una de las partes va precedida de una frase de Heráclito, y no es de extrañar, ya que el libro es de una gran profundidad humana y filosófica, y sobre todo es mucha la simbología que encontramos en ella; pues como bien dice la contraportada, es una alegoría de la realización de los sueños humanos, que reúne en el desierto de Navarra la condición humana en toda su desnudez, y se convertirá en una fábula de tientes bíblicos.

Así nos adentramos en esta historia que nos hará conocer la zona y la vida de Dámaso Torrentera, y les advierto que ni una ni otra nos dejará indiferentes…

“EL AÑO DEL FRÍO

En febrero de 1956 vivía en Mélida un joven llamado Dá¬maso Torrentera. Aquél fue el mes de febrero más frío que nadie recordaba. Por la noche, la temperatura bajaba hasta quince grados bajo cero, y durante el día el sol no llegaba a deshelar los charcos. Torrentera sufría congelación en las manos y no dormía con los demás presos. Tenía permiso para pernoctar en una corraliza más cerca de Mélida e ir al médico.

Llegaba al pueblo caminando por la tierra crujiente por el hielo y se paraba, envuelto en su manta, ante la casa del señor Yaben, que le hablaba desde la ventana.
—¡Entra!
—No…
—¿Has ido al médico?
—No. Ahora voy.
—¿No vas entrar? ¡Entra!

Torrentera negaba con la cabeza, sin contestar.

—Pues anda al médico.

Cada mañana de aquellos días glaciales, se repitió la escena. Torrentera se detenía ante la casa del señor Yaben, que le invitaba, pero el joven preso nunca entró.

Se produjo las lesiones de congelación en las manos durante la extinción del incendio de la fábrica azucarera de Tudela, cuando los presos que trabajaban en la construcción del poblado de colonización de Rada fueron trasladados para luchar contra el fuego. Fue idea de Yaben, siempre empeñado en conseguir beneficios de redención para sus presos.”

Es una historia especial que gustará tanto a aquel que quiera acceder a una narración sencilla, como a aquellos que buscan siempre algo más en la literatura, aquellos que adoran los dobleces, los símbolos, las referencias filosóficas y el trasfondo más humano, en definitiva para los que intentan llegar a la esencia de las cosas y de la vida a través del pensamiento, y recurriendo para ello a la filosofía más tradicional, como la de Heráclito que nos habla de que todo está en movimiento y por ello todo cambia de una forma constante, lo que es en este momento nunca más lo volverá a ser y lo que fue en su momento, nunca más lo será.

Ya ven, aquí he venido yo a descubrir a través de este libro de tintes filosóficos, Atravesé las Bardenas, la historia de la zona en la que vivo, y también a un escritor en el que reconoceremos que ha sido traductor de grandes autores como Séneca, Marco Aurelio, Epiceto y también del inconfundible Joseph Roth, y eso se nota, así que no creo que tarde en volver por aquí para hablarles de alguna de sus otras novelas como aquellas por las que consiguió los Premios Alfonso X el Sabio y el Miguel de Unamuno, o quizá para comentarles la publicada por esta misma editorial en 2015 titulada Esta canalla de literatura, una obra que ya, por ese título, me está interesando… Y mucho.

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El tamaño del mundo

El tamaño del mundo

El tamaño del mundo Para mostrarnos El tamaño del mundo, regresa Ramón Acín, aquel que tan buen sabor de boca me dejó con “Siempre quedará París”, ese narrador de historias de la Historia de su amada tierra. Esas tierras fronterizas que tanto marcan al ser humano, más si son de montaña, y no solo en tiempos inestables, sino a lo largo de toda la vida de sus habitantes.

Regresa con esos dichos y refranes tan aragoneses, con esa forma de narrar tan entreverada de datos geográficos e históricos que sirven de soporte y dan mayor fuerza y credibilidad a la parte más novelada. A través de esta parte de la historia de Aragón nos mostrará El tamaño del mundo.

[“El mundo son los otros” fue el susurro que desde niño excitó el magín de Julián y también el arrullo que con el tiempo acabó por dar total solidez a su vida.

Hubo más susurros y arrullos, como “la vida es un viaje al vacío”, “la verdad se urde con tiempo” o “la memoria, un depósito de cadáveres”, que, junto a otras varias frases de parecida enjundia y que ahora no vienen a cuento, aun habiendo cincelado en buena medida la personalidad de Julián, no enraizaron, ni germinaron en sus entresijos mentales con la misma intensidad. Todas ellas habían surgido de labios de Pedro, el admirado tío paterno de Julián, bien en tertulias de carasol o bien al calor del hogar cuando la holganza del invierno, entre ventiscas y frío, solía brindar en Monte Oscuro ocasión para acarrear en familia nostalgias del pasado …”]

Así inicia el autor el relato de la vida y la historia de Julián. Corre el año 1902, y por este recién estrenado siglo XX avanzaremos con nuestro amigo a través de la historia de Aragón hasta más allá de la Guerra Civil Española. El protagonista crecerá junto a su tío Pedro, superviviente de la Guerra de Cuba.

Es curioso cómo, tanto en los libros de Ramón Acín como en los de otros autores de la zona del Pirineo, siempre está presente el éxodo de la población hacia otros lugares. Como ocurre en este libro, y que tan bien nos explica Acín, es fundamental la historia y derecho de los mayorazgos en las montañas con el fin de preservar las escasas tierras familiares, esto empujaba al resto de los hermanos al servilismo, y para huir de él, muchos optaban bien por el ejército o por lanzarse a la aventurarse de los viajes en busca de oportunidades y mejores condiciones de vida, pero también había un punto de curiosidad por saber qué había más allá del frío, de la nieve y de las altas montañas.

El libro está dividido en cuatro largos capítulos, y una pequeña introducción, a modo de prólogo o Liminar, que nos adentra en ese inicio del siglo. Y a través de las páginas y del paso del tiempo iremos conociendo a todos aquellos que importan en la vida de nuestro protagonista, padres, hermanos, esposa e hijos. Bien trabajados todos aquellos que serán fundamentales para la historia que nos quiere contar. Pero más allá de los personajes está la interesantísima recreación de la época, que nos da una buena idea de cómo se vivía, como se hablaba, y hasta de cómo se sentía.

Es importante saber cómo se forjan los hombres y mujeres de estas tierras montañesas para comprender por qué cada cual actuó de una forma u otra durante la contienda. en El tamaño del mundo notamos que a Ramón Acín le gusta hablarnos de estas historias de la guerra porque de alguna forma él es parte de esa historia que no quiere ni debe quedar silenciada. Hace bien en novelarla y hace bien en contárnosla, porque la que no se cuenta es una parte de la historia que se pierde para siempre, que quedará dormida en la pluma que no la quiso o no la pudo escribir.

Pero además, importa como lo cuenta, porque me ha hecho desempolvar el diccionario, y me he sentido otra vez alumna en una clase en la que deseaba aprender, comprender y aprehender algunas palabras que por haber caído en el desuso o por tener un origen aragonés yo desconocía, quería saber con exactitud su significado, no me valía el contexto, y cuando esto pasa es que el interés por lo que haces y lees es alto.

Un libro que bien pudiera ser de iniciación, pero de esos que precisan del acompañamiento del docente comprometido con la literatura y la historia.

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La sirena de Gibraltar, de Leandro Pérez

La sirena de Gibraltar

La sirena de GibraltarQué bien me lo he pasado leyendo este libro, qué bien escribe este hombre, qué placer supone tener un gran trabajo literario entre las manos y qué responsabilidad hacer la reseña de esta novela. Cuando los libros pasan al sobresaliente, yo me siento empequeñecer a la hora de valorarlos. Es como al que le gusta el fútbol, juega en el equipo del barrio y de repente tiene que jugar con Messi o Cristiano, que puede ser un gran honor, pero te acojonas o acongojas, como más os guste. Así que yo me quito el sombrero y pido permiso para poder hablaros de La sirena de Gibraltar.

Leandro Pérez vuelve a utilizar a Juan Torca que también fue el protagonista de su primera novela Las cuatro torres. Burgalés (como el autor), antiguo soldado, mercenario por el mundo y “auditor de conocimiento”. Lleva un tiempo en Madrid, medio retirado, intentando llevar una vida algo menos movidita, por decirlo de alguna manera, ahora corre por el Retiro cuando le apetece y se levanta cuando le da la gana. Ahora solo acepta algún encargo, casi siempre de su compadre, Luis Laguna, que dirige una agencia de detectives. Todo muy serio y formal. O eso dice.  Está viudo y es padre de Rodrigo, un buen chico, un policía serio.

La novela comienza con la aparición del cadáver de Rebecca Cruz en el Manzanares. La chica es de Gibraltar y tiene dos hermanas gemelas, Maddie y Lisa, famosas porque son grandes nadadoras, de ahí el apodo de sirenas. Juan Torca sabe que el asesinato de la chica es el encargo que le habían propuesto hace un mes y que rechazó por instinto. Pero no le cuadran las cuentas, esa chica no es el perfil de víctima que le habían propuesto, hablaban de prostitutas. Su olfato ya le decía que la proposición tenía algo oculto, turbio y sucio. Se siente algo responsable por no haber alertado a las autoridades, pero lleva demasiado tiempo en el estrecho borde entre lo legal e ilegal y prefirió dejarlo pasar. Conoce a una de las hermanas gemelas, Madelaine, y el asunto pasa a ser algo personal, así que empieza a investigar con la ayuda de sus antiguos compadres, ya que el encargo suponía otro cadáver en Gibraltar y está seguro de que va a ser una de las hermanas gemelas. No cuenta todo a la policía, pero colabora con ellos, sobre todo por su hijo, al que no quiere meter en problemas.

La historia lleva un ritmo trepidante, es rápida y emocionante. Nos iremos con el protagonista a Bilbao, Málaga y Gibraltar. Recibiremos golpes, tiros y sustos. Nos emocionarán las palabras de Maddie Cruz, que nos va contando sus impresiones en un diario que lleva. Sentiremos la angustia de sus compadres y su hijo, cuando Torca vaya por libre. Es muy entrañable la relación con sus amigos. Hay malvados y sicarios. Una novela policíaca o negra completa, con un final inesperado.

Me gusta el personaje de Juan Torca, muy del estilo de Pepe Carvalho, de esos que te gustaría en una serie de novelas o de televisión. He visto a ratos a Clint Eastwood, aunque menos sucio que Harry. Hasta su falta de compromiso con las mujeres después de enviudar le va bien al personaje. Aunque eso no quiere decir que no sepa relacionarse con las chicas o no sienta nada. Se intuye algo más profundo.

Me ha encantado la forma de contarlo, la forma de escribir es una maravilla. Directa, rápida, efectiva, certera, sin florituras ni palabrería superflua. Ni falta ni sobra nada. Es que no sé cómo explicarme, es como si te lo estuviera contando un amigo, con un vocabulario sencillo, de andar por casa, pero el conjunto es brillante. Quizá muchos no están de acuerdo conmigo y esto abre alguna discusión, pero en algún momento de la lectura he recordado a algún personaje salido de la pluma de Arturo Pérez Reverte, en estilo y forma. Torca no es tan canalla como Falcó, pero se da un aire, ni es tan pícaro como Max Costa, pero podrían ser amigos. Las comparaciones son muy subjetivas, así que esto es solo una humilde opinión.

Dice en la solapa del libro que Leandro Pérez guardaba sus manuscritos en un cajón hasta anteayer y que ha escrito un par de narraciones que jamás publicará. Escribe en otros medios y me encantan sus maneras. El oficio de escritor es difícil aunque en algunos momentos se banalice, esto es muy serio. Escribir es mostrarse a los demás y eso da mucho vértigo. Señor Leandro Pérez, yo entiendo sus reservas, tiene pinta de ser muy exigente, pero hombre, si todo lo que tiene por ahí guardado es de este calibre, dispare, por favor.

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La bruja debe morir, de Sheldon Cashdan

la bruja debe morir

la bruja debe morir¿Quién no conoce BlancanievesCenicienta, Hansel y Gretel, La bella durmiente, Caperucita roja Pinocho? Los cuentos de hadas son nuestro primer contacto con la literatura. Algunos nos quedamos prendados de ella para siempre, pero incluso los que nunca más vuelven a abrir un libro recuerdan con cariño estas historias. ¿Por qué será? ¿Qué tienen estos cuentos para permanecer en nuestras cabezas a lo largo de los años y pasar de generación en generación? En La bruja debe morir. De qué modo los cuentos de hadas influyen en los niños, Sheldon Cashdan nos hace revisitar los cuentos de hadas de nuestra infancia y nos explica cómo su fantasía y su folclore nos impactan psicológicamente.

A través de los siete pecados capitales a los que los niños se enfrentan durante su desarrollo —vanidad, glotonería, envidia, mentira, lujuria, avaricia y holgazanería—, Cashdan nos muestra una nueva forma de entender los cuentos de hadas, descifrando los sentidos profundos que hay detrás de la sucesión de aventuras y dramas que viven los personajes. ¿Por qué los padres suelen estar ausentes o muertos? ¿Por qué el héroe y el villano comparten el mismo defecto? ¿Por qué es necesario que la bruja muera para que todos sean felices al final? Nada es arbitrario en los cuentos de hadas. Están cargados de simbolismos que percibimos de manera casi inconsciente durante la niñez y que interpretamos de modo muy distinto durante la edad adulta. La repetición de patrones hace que conectemos con estas historias y canalicemos nuestros conflictos psicológicos a través de ellas. Por eso, hoy en día se siguen utilizando para que un niño aprenda a gestionar la envidia que siente hacia su hermano, pero también como herramienta para tomar decisiones en las consultorías empresariales. Los tenemos tan interiorizados que son el escenario ideal para representar nuestros dilemas internos o la metáfora más socorrida para plasmar nuestras aspiraciones.

Sheldon Cashdan, además de poner en valor la utilidad psicológica de los cuentos de hadas, hace un repaso a su evolución histórica desmontando los mitos que existen alrededor de ellos, nos cuenta las diferentes versiones de los cuentos más populares, sin olvidar las adaptaciones Disney, y recupera aquellos que cayeron en el olvido por su alto contenido sexual o macabro. De este modo, La bruja debe morir. De qué modo los cuentos de hadas influyen en los niños se convierte en un ensayo tremendamente ameno y lleno de datos e interpretaciones sorprendentes, imprescindible para aquellos adultos a los que estos cuentos siguen generando intensas emociones y quieren desentrañar los significados ocultos que las provocan.

Tras leer La bruja debe morir nos queda claro que los cuentos de hadas están lejos de ser solo para niños y quizá alguno se lleve más de una desilusión al conocer las sombras de los personajes y las dobles lecturas de los peligros en los que se ven envueltos. Nunca volveremos a ver estos populares relatos con los mismos ojos inocentes, pero por fin tomaremos consciencia del porqué de su enorme impacto sobre la literatura y nuestras vidas. Por muchos años que pasen, los cuentos de hadas seguirán siendo el mejor camino para encontrarnos con nosotros mismos.

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El abismo, de Neal Shusterman

el abismo

el abismoNada vuelve a ser igual después de conocer el abismo. Neal Shusterman lo sabe bien: lo vio de cerca porque uno de los suyos se hundió en él. Y ha escrito esta novela para que sintamos el descenso. Quiere que estemos preparados por si mañana cae uno de los nuestros… o nosotros mismos.

Las enfermedades mentales son ese abismo que nunca se menciona. Igual infravaloramos el poder destructor de la depresión o la ansiedad que huimos de los psicóticos por miedo a que nos hagan daño o nos contagien su locura. Sin embargo, según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada cuatro ciudadanos padeceremos alguno de esos trastornos a lo largo de nuestra vida. Por eso es necesario conocer a los monstruos que quizá se agazapan en las profundidades de nuestras mentes o en las de nuestros seres queridos para que, si un día nos arrastran, sepamos a qué nos enfrentamos.

En El abismo, Neal Shusterman cuenta la historia de Caden Bosch, un chico de quince años normal y corriente… hasta que deja de serlo. Poco a poco, su capacidad para relacionarse con los demás se deteriora, comienza a comportarse compulsivamente, aparecen los delirios, las alucinaciones, la paranoia, las voces en su cabeza, la manía persecutoria… Lo que lleva a sus padres a internarlo en un psiquiátrico para jóvenes. Allí, la mente a la deriva de Caden, a bordo de un barco conducido por un capitán tuerto y un loro subversivo, buscará el norte para volver a la realidad, acompañado por una tripulación formada por personajes tan variopintos como el oficial de la derrota o el oficial del entusiasmo.

Como avisa su autor, esta novela no es ficción: las emociones de Caden, los dibujos con los que las expresa, los efectos que le provocan los medicamentos, la relación con su familia y sus compañeros, todo se lo ha transmitido su hijo, que se hundió y resurgió de los rincones más oscuros de su mente. De ahí que la lectura de este libro nos golpee con tanta contundencia, aterrándonos y conmoviéndonos a la vez. La historia que nos narra El abismo es la historia de muchas personas de nuestro alrededor, las conozcamos o no, cuyos pensamientos y actos nos enfadan, nos asustan o nos avergüenzan porque no los entendemos, y somos incapaces de mirarlas de frente y empatizar con ellas. Neal Shusterman logra que comprendamos cómo se sienten los que padecen enfermedades mentales, rompiendo esos tabús que los estigmatizan socialmente y dejándonos claro que nada es inevitable, ni siquiera la locura.

Hay centenares de libros que nos hacen viajar a lugares lejanos que nos encantaría visitar, pero muy pocos que nos hagan mirar dentro de nuestras mentes, a esos monstruos escondidos que nunca desearíamos conocer de primera mano. Por eso, esta novela ha sido galardonado con el National Book Award en 2015 y con el Golden Kite Award en 2016; son los merecidos reconocimientos a un libro necesario para la literatura y para la vida. Desde ya digo que será uno de mis favoritos del año, pues ha cambiado mi forma de ver muchas cuestiones. Nada volverá a ser igual después de haber leído El abismo.

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Un amar ardiente. Poemas a la virreina

Un amar ardienteCreo que hace un par de años, o incluso más, porque hablo de memoria y mi memoria es lo peor que hay en mi cabeza, estaba con unas amigas, la fotógrafa o artista de la cámara “Anvica” (Ana Victoria Campos) y Anabel García Capapey, ya saben, mi cuentoterapeuta de cabecera (y escritora de cuentos infantiles), andábamos hablando de fotografía y literatura; de hecho se presentaba una colección de fotografías que estaban relacionadas cada una con un libro, ese día tocaba hablar de poesía porque se presentaba la imagen que iba asociada a uno de mis poemas.

Y allí estábamos rodeadas de buenas gentes y hermosas imágenes a las que puse voz compartiendo y recitando una parte de mis poemas, y con ellos una parte de mi propia vida. En un momento de conversación con el público una persona me preguntó qué opinaba sobre la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz…

¡¡¡MADRE MÍA!!!

A alguien que había escuchado mis poemas le interesaba mi opinión sobre Sor Juana, esto ya me pareció de nota ¡¿Qué publico había en sala además de nuestras familias y amigos?! Fue una sorpresa inmensa, tan inmensa que solo puede decir que la Poeta Mexicana me parecía extraordinaria como mujer y como poeta una referente de intelectualidad e independencia.

Algo sabía yo de la autora, pero he de decir que si me hubiese pedido que recitase algo de ella nada podría haber recitado más allá del inicio de sus famosas Redondillas:

“Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?…”

Ya ven, algo había leído, pero saber, lo que se dice saber, solo esto.

Pasado el tiempo he profundizado más en la vida y en la obra de esta extraordinaria mujer que yo creo que abrazó la religión para que la dejasen poder vivir su vida con mayor libertad. Parece una incongruencia, pero no podemos olvidar que Sor Juana Inés de la Cruz nació a mediados del Siglo XVII y pocas o ninguna posibilidad de libertad había para una mujer que de no ser religiosa terminaría abocada a casarse… Una mujer que se inicio en la escritura a los tres años y que con diez ya había escrito una Loa eucarística no estaba hecha para el matrimonio. No eran tiempos aun para poder disponer de una habitación propia 😉

Y así, por la pura curiosidad, es como llego a este Un amar ardiente de la ya considerada como una de las más importantes figuras de las letras hispanoamericanas. Unos poemas de amor que dedicó a la virreina María Luisa Gonzaga Manrique de Lara y que el también poeta Sergio Téllez-Pon ha reunido en este libro con el que nos sorprende la editorial Flores Raras.

Así pues, “Un amar ardiente. Poemas a la virreina” es el título completo de esta edición que se inicia con un prólogo del Doctor en filología y activista por la erradicación de la homofobia, D. Ramón Martínez, en el que nos habla de la falta de referentes que han tenido siempre las personas no heterosexuales y la necesidad de “traducir” ese mundo ajeno a su propio mundo el colectivo LGTB.

De la mano del Compilador me adentro, ahora sí, ahora sabiendo que voy hacía un mundo desconocido para muchos, al centro de esos amores, al fondo de estos poemas, de su poesía, quizá al fondo de su propia vida.

“Ser mujer, ni estar ausente
no es de amarte impedimento;
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo”

Aquí tienen una pincelada que la editorial nos regala en la contraportada.

Lo bueno que tiene la introducción es que nos mete en momento histórico y en la situación personal que rodea a nuestra autora y poetisa. Nos muestra a la mujer que impresionó a toda la corte y que utilizó su influencia para defender el derecho de las mujeres a acceder a la cultura y al conocimiento.

Nos invita Sergio Tellez a que leer “sin una venda en los ojos, sin prejuicios ni tabús sexuales”, insistiendo en que “las relaciones humanas son lo mismo de apasionadas sin importar el género o la sexualidad de los enamorados”.

“…¡Oh, Lisi, de tu belleza
contempla la copia dura,
mucho más que en la hermosura
parecida a la dureza!…

Lisi es la forma en que sor Juana nombra a la virreina, y así vemos en este otro fragmento como se refiere a ella en relación a un cuadro que le han pintado

Acción, Lisi, fue acertada
al permitir retratarte,
pues ¿quién pudiera mirarte
si no es estando pintada?

¡Oh, Lisi, de tu belleza
contempla la copia dura,
mucho más que la hermosura
parecida a la dureza!
Vive, si que el tiempo ingrato
te desluzca; y goza, igual,
perfección de original
y duración de retrato.

Si tuviese que tomar las palabras de alguien para hablarles de esta poeta, sin duda lo haría con la voz de Octavio Paz:

“Sor Juana sobresale en la expresión del sentimiento amoroso y de sus trances: encuentros, despedidas, celos, llantos, risas, soledad. Poesía no del amor divino, sino del humano y que sólo puede compararse a la de Lope de Vega y a la de Quevedo. No es un torrente como la del primero ni un abismo como la del segundo: es un remanso de agua en la que el enamorado, aun tiempo, se retrata y se anula.”

Nunca podemos dejar de sorprendernos con la poesía, incluso con aquello que pensamos que ya está dicho, siempre puede decirse de otra manera, la poesía que es puro sentimiento envuelta en literatura, siempre depende del poeta del que brota, de su vida y de su momento, y por eso no puede haber dos sentimientos amorosos o desgarrados o fascinados exactamente iguales. Cada poema es único, como cada poeta.

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Manual de exilio, de Velibor Čolić

Manual de exilio

Manual de exilio“No te metas con los bajitos”, este es uno de los consejos que le dan al protagonista cuando acaba en la calle.  Porque los bajitos llevan toda la vida peleando duro para que no los destrocen aquellos que son más grandes que ellos y están más acostumbrados a devolver los golpes. En cambio, los altos nunca han tenido que meterse en una pelea. Solo con su tamaño han logrado evitar la mayoría de enfrentamientos. El protagonista de la novela mide cerca de dos metros. Con esta metáfora, Velibor Čolić, autor y al mismo tiempo protagonista del texto, define a su personaje y a sí mismo.

Bosnia, 1992. Velibor es escritor, ha ganado premios literarios y lleva un programa de radio. No es soldado. No quiere ser soldado. Pero eso al ejército le importa poco. Por eso, va a la guerra y tras un tiempo en el frente, deserta del ejército bosnio. Con 28 años y apenas tres palabras de francés (Jean, Paul y Sartre), recorre media Europa y se planta en Rennes pidiendo asilo político. Se convierte en un refugiado. Sí, como esos que están muriendo a miles en el Mediterráneo. Pero él consigue llegar a su destino, Francia le acepta, le dan ayudas.

¿Y ahora qué?

Manual de exilio trata sobre ese “ahora qué”, sobre cómo vives cuando lo has perdido todo y tu nuevo país te tolera (es decir, no te mete en un CIE) pero te da la espalda (chaval, apáñatelas). El libro nos deja ver, por unas horas, la vida de esas personas que nos cruzamos por la calle y de las que huimos, porque nos dan miedo. Nos deja desnudos con nuestros privilegios y nuestros prejuicios. Y Velibor Čolić se las apaña para que, por encima de todo esto, te rías con él. Solo con el subtítulo “Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones” ya nos dice por dónde van los tiros.

Esta novela, autobiográfica, de autoficción, cómo queramos llamarla, no es Los bosnios, la obra, también publicada por Periférica, en la que Čolić describió, punto por punto, con un estilo seco y sin humor ni ironía (¿cómo iba a tenerlo?) el horror que vio durante la guerra. Manual de exilio habla de lo que pasa cuando te quedas solo, después de salvar el pellejo, y empiezas a pensar (o evitar pensar a toda costa) en lo que has visto.

También trata sobre la pérdida de todo referente social o personal. Sobre la pregunta: ¿y ahora quién soy? Sobre la obsesión con la literatura como único referente compartido con el país de acogida. Sobre el abandono institucional. Sobre  la depresión. Sin adjetivos. Sobre la nostalgia. El desasosiego. La pérdida. La soledad. Pero también sobre la belleza. Tiene momentos de una belleza fulgurante encuadrados en escenas cotidianas, como descripción de los gestos de una cajera de supermercado o del piso destrozado de su vecino en Budapest.

La narración empieza en 1992, con el personaje llegando a Rennes una mañana lluviosa*, y termina en Estrasburgo en 1999, pero estos siete años pasan como un suspiro para el lector. Porque apenas sucede nada y pasan muchas, muchísimas, cosas. El protagonista escribe de manera frenética tres o cuatro novelas (muchas de ellas publicadas más tarde), aprende francés a marchas forzadas, hace el ridículo, busca imposibles en los cuerpos de algunas mujeres, se emborracha, le publican, cena con Toni Morrison y Salman Rushdie, trabaja como mozo de almacén (durante dos horas), vive en Milán, en Budapest, cita a Verlaine en plena cogorza, se cree Borges, desprecia sus textos, recorre kilómetros y lee miles de páginas, se ve incapaz de salir de la cama… Y al terminar la novela, te quedas con la sensación incómoda de que la historia no ha acabado, pero ¿cómo terminar una historia así? ¿Qué final hollywoodiense esperábamos?

Lo que más me ha gustado de esta novela es su estilo, cómo está escrita. La lengua, las metáforas, las imágenes y el juego que hace Velibor Čolić con su lengua de adopción, el francés, pese a pasarse la mitad de la novela repitiéndose que no lo domina. Manual de exilio es uno de esos textos raros que el editor no necesita explicar para que el lector se interese por él. Con mucho acierto, Periférica ha usado las primeras líneas de la novela como texto promocional. En cuanto las leí, sabía que tenía que leer este libro. Os las dejo aquí. Y, sí, es todo así, no baja el nivel en ningún momento:

Tengo veintiocho años y llego a Rennes con tres palabras de francés por todo equipaje: Jean, Paul y Sartre. También llevo mi cartilla militar, cincuenta Deutsche Mark, un boli y una gran bolsa de deporte desgastada, color verde aceituna, de marca yugoslava. Su contenido es escaso: un manuscrito, algunos calcetines, un jabón deforme (parece una rana muerta), una foto de Emily Dickinson, una camisa y media (para mí, una camisa de manga corta sólo cuenta como media camisa), un rosario, dos postales de Zagreb (sin usar) y un cepillo de dientes. Estamos a finales del verano de 1992, pero voy vestido como para una expedición polar: dos chaquetas pasadas de moda, una bufanda larga, y en los pies las botas de ante, dadas de sí, tras sufrir diez mil mordiscos de la lluvia y el viento. Soy un caballero liviano, un viajero de rostro marcado por un frío metafísico, el último grado de la soledad, del cansancio y de la tristeza. Sin emociones, sin miedo ni vergüenza. Murmuro una queja estúpida e infantil, a sabiendas de que las palabras no pueden borrar nada, de que mi lengua ya no significa nada, de que estoy lejos, y de que ese “lejos” se ha convertido en mi patria y mi destino.

 Laura Gomara @lauraromea

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Yo voy conmigo, de Raquel Díaz Reguera

Yo voy conmigo

Yo voy conmigoQué bonito el primer amor, ¿verdad? Esas mariposas en el estómago, ese tú me das un caramelo y yo te doy un regaliz, tú me prestas tu gorra y yo te regalo un cromo. Sí, hablo del primerísimo amor, el amor inocente e infantil que todos hemos sentido cuando estábamos en el colegio. Bien pensado, además del primer amor, es el amor más puro, ¿no os parece? Porque ahí sí que no había reproches, ni celos, ni nada que echarse en cara. Eso era amor, inocente sí, pero amor al fin y al cabo. ¿Lo recordáis? Seguro que sí.

De esto trata Yo voy conmigo, del amor más puro, ese que no te pide nada a cambio. Hace poco os hablaba sobre ¿Hay algo más aburrido que ser una princesa rosa?, un genial cuento de la escritora e ilustradora Raquel Díaz Reguera que ha sido todo un éxito. El libro del que hoy os hablo también es obra de esta autora y lo cierto es que tiene su inconfundible sello. Además de las ilustraciones, que son realmente preciosas y achuchables, este cuento tiene ese toque brillante que Raquel Díaz Reguera sabe bien cómo dar a sus libros. No es una historia cualquiera, no es cuento sin más. En sus páginas hay mucha sabiduría y una enseñanza tan positiva que creo que este libro debería ser también lectura obligatoria.

“¿Estamos dispuestos a cambiar lo mejor de nuestra forma de ser para gustar a los demás? ¿Vale la pena?”

Esta es la frase que aparece en la contraportada del libro y es también la idea principal de este cuento. Muy acertada es también la cita de Juan Manuel Serrat que encontramos al principio de libro: “No escojas solo una parte, tómame como me doy, entero y tal como soy, no vayas a equivocarte”.

A nuestra pequeña protagonista le gusta Martín y lo sabe bien. Cuando pasa por su lado le pica la nariz y sus rodillas se ponen tontas. Pero parece ser que Martín no se ha dado cuenta. Él nunca se ha fijado en ella.

Entonces, todos sus amigos empiezan a decirle lo que tiene que hacer: estarás más guapa con el pelo suelto. Las gafas no te quedan bien. Borra esa sonrisilla de tu cara. Deja de canturrear. Y ella decide hacerles caso. Pero claro, como veis, todos los consejos que la niña recibe pasan por cambiar no sólo su aspecto, sino quién ella es en realidad.

¿Estará dispuesta a renunciar a ser ella misma para que su querido Martín se fije en ella?, ¿valdrá la pena?

Yo voy conmigo me ha enternecido y me ha encantado. Me parece un libro muy necesario con un mensaje auténtico que deberíamos inculcar a nuestros pequeños (y de paso, revisar nosotros mismos). Ya os digo yo que no merece la pena. El amor no pide cambios ni quiere cortarnos las alas.

Si Raquel Díaz Reguera sigue sacando libros tan preciosos como estos, se va a convertir en una de mis autoras infantiles favoritas y yo no tengo ningún problema, reconozco que ya me tiene ganada.

 

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La sonrisa de los peces de piedra, de Rosa Huertas

La sonrisa de los peces de piedra

La sonrisa de los peces de piedra No me extraña en absoluto que este libro se haya llevado el XIV Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. Se lo merece y creo que es un libro muy adecuado para recomendar en el instituto. Ojalá hubiese existido cuando yo estudiaba y mi profesor de literatura de por aquel entonces no se empeñara en obligarnos a leer Don Gil de las calzas verdes (sí, debo tener un trauma con este libro). Pero parece que esté empezando por el final, ¿no? A ver, me centro: voy al grano.

La autora de La sonrisa de los peces de piedra es Rosa Huertas, autora madrileña realmente prolífica. Ha publicado varias recopilaciones de cuentos, obras didácticas y varios libros infantiles y juveniles con los que ha obtenido varios premios. La verdad es que cuenta ya con una buena bibliografía y se nota su pasión por contar historias repletas de emociones.

A mí me gusta mucho leer novelas infantiles y juveniles. Quizá porque en mi época no nos recomendaban libros tan entretenidos y adecuados como los que se publican hoy día. Ya os digo, lo que hubiera dado yo por haber tenido al alcance estos libros cuando era una adolescente. Como no puedo volver al pasado, lo remedio leyendo ahora los libros que más me llaman la atención de entre todos los que se publican. La sonrisa de los peces de piedra ha sido el último. Con un título tan llamativo y una sinopsis tan intrigante, no pude resistirme.

Jaime es un adolescente que, al morir su abuelo, descubre un secreto que su madre ha estado ocultándole toda su vida. En una de las visitas al cementerio, Jaime conoce a Ángela, una chica de dieciséis años que pasa el tiempo sentada y comiendo pipas sobre la lápida de su recientemente fallecido padre. Una chica de ojos azules que enseguida llama la atención de Jaime y con la que, poco a poco, comienza a entablar una importante amistad. Mientras tanto, Jaime le pide explicaciones a su madre sobre ese gran secreto: quién es su padre. Ella, incapaz de sentarse cara a cara con su hijo y explicarle la historia de su vida, decide ir escribiéndola poco a poco en un cuaderno que su hijo va leyendo cuando ella no está en casa.

La historia de su madre es la historia del Madrid de los años 80, de aquellos años en que la movida inundaba los míticos bares como el Rockola y se expandía por todas las disciplinas artísticas, principalmente la música. Unos años de liberación, de desinhibirse, de encontrar su camino. La mejor época de la madre, quien junto a sus amigos, exprimía al máximo en aquellas noches de locura y de encontrarse a uno mismo entre tanto ruido.

Al mismo tiempo que Jaime va descubriendo más sobre la historia de su madre, la relación con Ángela empieza a cruzarse demasiado con su vida, hasta el punto de ir siempre en paralelo. Jaime pronto descubrirá que la vida de esa extraña está inexorablemente vinculada a la suya, a ese secreto y a su presente.

La sonrisa de los peces de piedra engancha, y mucho. Yo me he dejado llevar por esta maravillosa historia llena de emoción y sentimientos hasta el punto de encadenar capítulos y capítulos sin poder levantar los ojos del libro. He disfrutado mucho el estilo de Rosa Huertas y su manera de contar historias, de hacernos partícipes de los universos que crea para sus lectores.

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Poesía reunida, de William Carlos Williams

Poesía reunida

Poesía reunidaCuando estudiaba en Salamanca algo completamente ajeno a una carrera de letras, merodeaba por los soportales de la Plaza Mayor un personaje extraño, humano y no a la vez, que asaltaba a los turistas y a los locales con unas hojas mecanografiadas al grito de “¿te gusta la poesía”? Todos, románticos perdidos, le dijimos que sí la primera vez a aquella señora, mezcla estética de la Bruja Avería y Pris Stratton, para descubrir con disgusto a continuación que aquellos poemas que vendía “por la voluntad” eran lo peor que nos habíamos echado a la cara hasta aquel entonces.

Quizá fue en ese momento cuando aprendí algo que luego me ha acompañado toda la vida. No me gusta la poesía, tal cual, como no me gusta la música per se ni cualquier película. Me gustan cierta clase de poemas, de sonido y de cine. Eso, que es fácil de entender cuando se compara el glam con el reguetón (y no diré cuál de los dos adoro), a veces sigue siendo necesario de explicar cuando se toca el tema literario.

Todo esto para decir que ya sabía que me gustaba William Carlos Williams cuando empecé este Poesía reunida que ha publicado Lumen. Igual que me gustan Walt Whitman, anterior, y Ferlinghetti, entre los muchos que vendrían después. Entre todos forman una suerte de árbol genealógico de mis lecturas y preferencias en el que todas las ramas parten del mismo tronco. Sin renunciar a la búsqueda de los límites del lenguaje, se trata de poetas que convierten sus creaciones en campos de ideas más que en alambradas de palabras. Cierto aire de ruptura une a todos ellos, pero también de cotidianidad, un deseo por nombrar las cosas pequeñas y por apurar en ellas cualquier gota de belleza sin tener que exprimirlas hasta que revienten. Por eso me encuentro mucho más cerca de ellos que de contemporáneos suyos, como Pound y Eliot, por poner un ejemplo que viene al caso.

El libro no ha hecho más que confirmar esa impresión, que ya había tenido anteriormente leyendo Paterson y alguno de los poemarios que aparecen en este volumen. Porque lo primero que hay que advertir es que aquellos que hayan visto la película de Jarmusch y lleguen hasta aquí buscando Paterson ya pueden darse la vuelta y volver por donde han venido. Poesía reunida contiene cuatro obras de William Carlos Williams, de entre una creación total que ronda la cuarentena, así que no es ni una antología ni una poesía completa, y ni siquiera es una compilación hecha por el propio poeta en vida. Incluye eso sí, quizá sus tres obras más importantes fuera de Paterson (La música del desierto, Viaje al amor y Cuadernos de Brueghel) y una de las más destacadas de su etapa inicial (Kora en el infierno).

Kora, precisamente, aparece por primera vez volcado al castellano. Buena noticia. Cargado de ritmo, mucho más lleno de improvisación que sus obras posteriores, una especie de Williams en crudo, en el que se permite además ciertas diatribas contra sus coetáneos. En este sentido la introducción resulta bastante explicativa, y es imprescindible para entender esta época del autor su desacuerdo con Pound y Eliot y su giro hacia lo que sería una poesía estadounidense propiamente dicha, fuera del sesgo europeísta de aquellos. Tiene un valor indudable, pero desde el punto de vista de la coherencia del volumen no termino de ver el sentido de su inclusión junto a los otros tres, teniendo en cuenta además que se colocan en orden cronológico y Kora, admitámoslo, es el más indigesto de los cuatro.

Después de esta primera etapa, nos zambullimos de lleno en el Williams posterior a Paterson, un pediatra con varios infartos a sus espaldas que comienza a ver cómo se le escapa el aliento vital y enfrenta la decadencia con lo mejor que tiene: sus palabras. Las páginas de lo que serían sus tres últimos libros de poesía están llenas de referencias a la muerte y al descenso, son un viaje por la memoria y por los estertores del deseo sexual. Williams no pierde nunca de vista su particular fraseo (el “pie variable”) con el que trata de asemejar el ritmo de sus poemas al habla de la calle. Esto es lo que lo hace verdaderamente original y un hecho diferencial que podría haberle hundido pero que terminaría por alzarlo a los altares de la poesía, alabado por Wallace Stevens o Allen Ginsberg.

Poesía reunida llega publicado por Lumen en una edición primorosa, robusta y de calidad con un precio bastante decente, para la que no puedo tener más que buenas palabras. La introducción de Juan Antonio Montiel resulta completa y nada tediosa, y por último el hecho de que sea bilingüe permite que pueda incluso apreciarse el famoso “ritmo” que el autor imprimía  a cada poema. Espero que a nadie le asusten sus más de 500 páginas y dentro de un tiempo se hable más de William Carlos Williams por alguno de estos poemas que por una (buena) película. Y de la poesía como campo de batalla de luchas variadas y amores múltiples.

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La hija del comunista, de Aroa Moreno Durán

La hija del comunista

La hija del comunistaExisten dos tipos de muros: los físicos y los interiores. Los primeros pueden estar hechos de piedra, de espino, de agua e incluso de la nada, de la ausencia de tierra; y los segundos, están hechos de rechazo, de negación, de olvido… ¿Cuál es más difícil de destruir?

Aquel río, el Morava, partió mi vida en dos. Ni siquiera tuve que tocar esta Alemania para darme cuenta. Sus aguas negras, bajo las que quedaría para siempre el gorro de mi madre, comido por el musgo y el barro, dejaron atrás todo lo que conocía. Lo demás estaba mojado. Nunca me permitiría pensar profundamente en todo aquello y menos aún en las consecuencias que pudo tener mi decisión. Cuando un recuerdo lograba colarse en mi rutina, la niña, las flores de las ventanas, la casa, lo apartaba, ponía la televisión o salía a hacer la compra. Como si dentro de aquella frontera yo no tuviera una familia, y no solo fuera apátrida, sino huérfana, como si nunca hubiera recorrido las calles de esa ciudad y todo lo que quedara de aquella mujer educada en el socialismo fuera una ama de casa con pocas o ninguna ganas de demostrar nada a nadie.

El muro físico más famoso de la historia es el que dividió Alemania en dos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, de 1961 a 1989. 45 kilómetros que partían la ciudad de Berlín en dos, y otros 115 que rodeaban su parte oeste aislando la República Federal de Alemania de la República Democrática Alemana. En los últimos tiempos, otro posible muro se ha llevado toda la atención mediática, el que Donald Trump quiere construir en la frontera entre Estados Unidos y México. Pero, tal y como nos cuenta Aroa Moreno Durán al final de La hija del comunista, existen en el mundo más de quince muros con los que se trata de impedir el flujo de personas de forma violenta. ¿Te sorprende? No debería porque todos nosotros somos expertos en erigir muros y barreras para separarnos y no ver a las personas o los sentimientos que no nos gustan o nos hacen daño. Al principio decía que los muros están hechos de piedra, espino, agua, vacío, rechazo, negación, olvido… pero lo único que tienen en común todos estos bloques, físicos o metafóricos, es el miedo como desencadenante de todos ellos.

Muro de Berlín

Como supongo que ya habréis adivinado, el libro que hoy os quiero recomendar es La hija del comunista, de Aroa Moreno Durán. Un libro que va sobre muros, tanto los físicos como los interiores. La novela nos cuenta la historia de una familia de emigrantes españoles en la Alemania del Este tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en boca de Katia, la hija mayor de la familia, que nos cuenta en primera persona su vida en el Berlín Oriental, hasta que un día se atreve a traspasar el muro para huir a la Alemania Occidental siguiendo a un chico. Esta huida, en la que abandona a su familia sin despedirse, levantará el segundo muro de la novela, el que la propia Katia crea para dejar atrás su pasado, su antigua vida y el arrepentimiento por lo que ha hecho, la pérdida de lo que ha dejado atrás. La vida de nuestra protagonista quedará dividida en dos –como la ciudad, el país y el mundo en esa época– y nos adentraremos en la historia de la Katia madre y esposa en la Alemania Occidental, que no termina de encontrarse en su nueva vida, en su nuevo papel.

Ahora vivía en un vértice estrecho por el que caminaba como una funambulista que tiene miedo a caer por cualquiera de sus flancos.

La hija del comunista es un libro que pincha, que muerde, que hace daño porque nos muestra las consecuencias de las elecciones, la nostalgia de una persona que deja sus raíces atrás, el arrepentimientos y la culpa de quien sabe que ha hecho daño a quienes más lo quieren, la búsqueda de una libertad y de un sentido a la vida que no se encuentra, las ruinas que quedan cuando un muro largo y fuerte cae y nos deja ver lo que durante tanto tiempo ha permanecido oculto… Aroa Moreno ha escrito un libro que es puro sentimiento. Con frases cortas y directas, casi poéticas, y con insinuaciones e incluso elipsis –porque a veces los silencios, lo que no se cuenta, nos deja ver mucho más que lo que sí se dice–, nos habla de la búsqueda de la identidad. Nos muestra también, en menos de doscientas hojas, el impacto que la Historia –como la del emblemático muro que hace más de 50 años separó dos maneras de entender el mundo– tiene en nuestras vidas.

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Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald

Suave es la noche

Suave es la nocheUna de mis novelas preferidas es El gran Gatsby. Ya os hablé en esta reseña sobre su adaptación al cómic y mi pequeña manía con las líneas finales de la novela. Y aunque, quitando algún cuento suelto, sólo había leído este libro del autor, Fitzgerald estaba también en mi lista de escritores favoritos. Ahora, después de haber leído Suave es la noche, debo decir que Fitzgerald está, sin duda, en mi particular top five de escritores. Lo suya es una literatura desgarradora, brillante y totalmente embaucadora. A mí, al menos, me atrapa como pocos escritores consiguen hacer.

Suave es la noche está en la línea de El gran Gastby. Si no habéis leído el libro (cosa que no os perdono), podéis haceros una idea con esta reseña. Aun así, os pongo en situación con sólo unas palabras: años veinte, opulencia, excesos, romances y descenso a los infiernos. Algo parecido a lo que pudimos leer en El gran Gatsby, pero contado desde otro prisma mucho más personal, más genuino e hiriente, si cabe.

Publicada por primera vez en 1934 en la Scribner’s Magazine en cuatro entregas, esta desesperada novela es la más autobiográfica del autor. Durante los ocho años que tardó en escribirla, el propio Fitzgerald experimentó muchas de las sensaciones que recrea en Suave es la noche. Desde el internamiento de Zelda, su mujer, en un sanatorio hasta su propio declive. El libro no tuvo muy buena acogida, tampoco por su ya ex-mujer, que vio reflejada su propia historia en la novela.

Los Diver son el matrimonio reflejo de los Fitzgerald en Suave es la noche. Un matrimonio brillante formado por Nick Diver, un lúcido psicoanalista y su mujer, Nicole, una adinerada y hermosa joven. Los dos conforman una de las parejas más influyentes y encantadoras de la Riviera francesa, lugar donde el glamour de aquellos locos años alcanza gran esplendor. Parejas acomodadas que ocupan sus vidas en viajar por la Europa de postguerra, en asistir a cenas y eventos lujosos, en ser simplemente encantadoras. Personas que lo tienen todo y que, aparentemente, no tiene que preocuparse por nada. Pero claro, lectores, ya sabemos que las apariencias engañan. Es algo que Fitzgerald también nos mostró con Gatsby y es algo que vuelve a salir a relucir entre estos personajes tan atrayentes.

Nick Diver, el joven doctor capaz de enamorar a todos, de hacer lo que esté en su mano por mantener a todo el mundo atrapado en su telaraña de encantos y lisonjas, es quien más fuerte experimenta ese declive del que os hablaba. Él es quien ve derrumbarse su idílico mundo ante su enferma mujer, su fugaz y eterna amante Rosemary y todo el círculo de extravagantes e influyentes personas que le rodean. Todo dejará de tener sentido, las apariencias, la cordialidad y la magia van dando paso a sus propios excesos, su intento por mantener la cordura en un mundo que él  mismo ha creado, hecho a su imagen y semejanza. Sólo el tiempo nos pone en nuestro lugar, sólo él es capaz de acabar revelando  nuestra propia naturaleza, ese vital destello que Nick sabe bien, o sabía, cómo modular a su antojo.

Suave es la noche es la novela perfecta, porque en ella cabe todo. No sólo la magnífica prosa de Fitzgerald y su manera de crear geniales personajes que nos atrapan. No es sólo la forma de narrar la magia y los sueños rotos. Con Fitzgerald me ocurre que cuando leo sus novelas, quiero quedarme atrapada en ellas, vivir en sus libros. Y eso es algo que pocas veces me ocurre. Brillante Fitzgerald, escritor grande entre los grandes.

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