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El hombre que cayó en la Tierra, de Walter Tevis

El hombre que cayó en la Tierra

El hombre que cayó en la Tierra*Nota: si tienes Spotify o YouTube a mano, Starman de David Bowie es la banda sonora de esta reseña (al menos es la canción que he escuchado en bucle mientras la escribía).

Suelo huir de la ciencia ficción como un político español de una fecha de investidura. Quizás sea por falta de imaginación o por miedo a lo desconocido, pero casi siempre recurro a narraciones que podrían ocurrirme a mí o a cualquier persona corriente. Es que es leer algo de combates interplanetarios o de personas que conversan con robots como si fueran íntimos amigos y me tiendo a evadir de la historia, no puedo remediarlo. El hombre que cayó en la Tierra, por ello, ha sido todo un atrevimiento por mi parte, una salida de mi zona de confort literaria de la que no me arrepiento para nada.

Thomas Jerome Newton es un extraterrestre con unos rasgos físicos muy similares a los humanos. Su planeta, Anthea, ha acabado devastado por múltiples guerras y los escasos habitantes que sobreviven parecen tener su destino escrito, debido a la escasez de agua y de otros recursos naturales esenciales. Por ello, Newton es enviado a la Tierra con una misión hartamente compleja: reunir los recursos necesarios para construir una gran nave espacial que pueda trasladar a los antheanos supervivientes a nuestro planeta. Su principal baza es que su especie está mucho más desarrollada que la nuestra, lo que le lleva a amasar una gran fortuna muy pronto, al fundar una empresa que lanza al mercado diversos inventos revolucionarios.

Es en este contexto donde Walter Tevis desarrolla una historia atípica, que se distancia de las habituales tramas de invasores alienígenas para exponernos las vivencias de un ser con una personalidad muy compleja. Newton manifiesta tempranamente fuertes sentimientos de soledad y melancolía, que le llevan a pasar largos periodos de tiempo aislado en su mansión y a destrozar su frágil cuerpo con litros y litros de ginebra. Su inadaptación al mundo, su falta de humanidad hace que, paradójicamente, resulte más humano. El otro gran personaje del libro es Nathan Bryce, un profesor universitario que, atraído por los inventos de Newton, que él considera que escapan de las capacidades humanas, comienza a trabajar en su empresa para poder conocerle y descubrir qué hay detrás de ese peculiar sujeto.

En esta edición de la editorial Contra, los homenajes a David Bowie son numerosos, desde la sobrecubierta a la cubierta, pasando por el marcapáginas. Y es que El Camaleón del Rock fue el encargado de interpretar a Newton en la versión cinematográfica de la obra, estrenada en el año 1975. Quién mejor que él para encarnar a un ser tan extraño, solitario y sobresaliente. Bowie tenía muy presente al personaje, hasta el punto de que uno de sus últimos proyectos antes de fallecer fue un musical a modo de secuela de esta historia, bajo el nombre de Lazarus.

No sé si El hombre que cayó en la Tierra me ha acercado más a la ciencia ficción o no, dado que considero que Tevis toma las porciones justas de fantasía y de futurismo para presentarnos una historia mundana y profundamente crítica con la sociedad moderna. Lo que sí que tengo claro es que estamos ante un clásico cuyo mensaje no ha quedado desfasado con el paso de las décadas, dado que la soledad y la inadaptación están cada vez más presentes en hombres y mujeres de nuestros días, que no han tenido que caer en la Tierra para sentirse extraños en ella.

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El hombre que cayó en la tierra, de Walter Tevis

El hombre que cayó en la tierra

El hombre que cayó en la tierraHace poco os hablé de Bowie, el libro que publicó la editorial Sexto Piso. Hoy le toca el turno a la editorial Contra, que ha publicado El hombre que cayó en la tierra y cuya edición es, como siempre, una delicia. Se me cae la baba con los detalles, las fotografías y hasta el marcapáginas. Gracias Contra, a vuestros pies.

Si habéis leído la reseña de la que os hablo al principio, sabréis que David Bowie es una de mis debilidades y si no, ya os lo digo yo: Bowie es (porque sigue siendo) Dios. ¿Herejía? ¿Blasfemia? Arderé en el infierno. Pero arderé bailando una canción de Bowie. Let’s dance.

Quiero hablaros de este libro y de su adaptación al cine llevada a cabo por el director Nicolas Roeg en 1976. Justo este año se cumplen cuarenta años de su estreno (¡cuarenta años!, ¡se dice pronto!) y he leído que van a sacar una nueva edición de la película remasterizada  y con todas esas moderneces de hoy en día. En realidad, podría decirse que El hombre que cayó en la tierra es una película de culto en el mundillo de la ciencia ficción. Quizás en España no sea tan conocida o yo es que soy muy poco freak, pero tanto el libro como la película tienen bastante buena fama.

Antes de ver la película en versión original, como buena hipster, me he leído el libro. ¿Prefiero el libro o su adaptación cinematográfica? Insertar aquí ruido de violín de Juan Tamariz: tendréis que seguir leyendo para averiguarlo.

Thomas Jerome Newton es el protagonista, un extraterrestre de Anthea que viene a la tierra con el objetivo de poder llevar agua a su planeta, que sufre una gran sequía. En la película, Newton es un espléndido David Bowie de veintinueve años en su primer papel protagonista. Cualquiera lo diría. Es alucinante ver actuar a Bowie, aunque mi papel preferido siempre será el de rey de los Goblins en Dentro del laberinto. Pura elegancia lo suyo. Para poder regresar a su planeta, el extraterrestre Newton necesita conseguir dinero para construir su propia nave espacial que lo lleve de vuelta a casa. Gracias a la ayuda del abogado de patentes Farnsworth, interpretado por Buck Henry, Newton funda World Enterprises Corporation. Con esta empresa de tecnología súper avanzada (sí, los extraterrestres son más inteligentes y mejores que nosotros, qué esperabáis) Newton logra su objetivo: hacerse en unos años con millones de dólares para su nave. Pero claro, no todo es tan fácil. En estos años que nuestro visitante pasa en la tierra conoce de primera mano nuestros secretos y debilidades. Con Mary-Lou, una humana con la que acaba conviviendo y que hace las veces de secretaria, amante y ama de casa, Newton descubre los vicios terrenales: alcohol, sexo y televisión. Una combinación capaz de tumbar al más inteligente de los extraterrestres. Por cierto, el personaje de Mary-Lou, interpretado por Candy Clark, resulta algo más maternal en la novela que en la película. Pero claro, el morbo y el sexo venden, aunque se trate de una lujuria interplanetaria.

Otro personaje importante es Nathan Bryce, en la película Rip Torn, un químico que atraído por la genialidad de las nuevas tecnologías inventadas por Newton, consigue trabajar para éste en su empresa. Bryce se convertirá en lo más parecido a un amigo que Newton tenga en la tierra y ante sus constantes sospechas, acabará revelándole su verdadera identidad.

No quisiera yo spoilear vuestras mentes con el desenlace de esta trama, para eso tenéis la novela o la película. Aunque sí os diré algo, si queréis ser realmente fieles a la historia tenéis que leer la novela. Ahora sí ha llegado el momento de deciros la verdad. Redoble de tambores. Yo también vengo de Anthea. ¿No cuela? Vale, sí, me ha gustado mucho más la novela que su adaptación al cine. La película está bien. Buena para la época, papeles bien interpretados, surrealismo a tope y música estridente, pero me pregunto por el éxito que hubiese alcanzado si el protagonista no hubiese sido el gran David Bowie. Me temo que ni la mitad.

La novela, sin embargo, es una maravilla que he disfrutado mucho leyendo. Una vez más, amigos, se cumple aquello de que los libros superan, con creces, sus adaptaciones a la gran pantalla.

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Almóndigas del espacio, de Craig Thompson

almondigas del espacio

A vecesalmondigas del espacio viajo sin moverme del sitio. Una rebanada de pan, un chorrito de aceite y un trozo de chocolate, forman un vínculo capaz de conjugar tardes soleadas en las que las incógnitas de un futuro incierto me importaban un bledo. Vuelvo a viajar. Un fresquito vaso de leche es el carburante que me catapulta a veranos de colegios desiertos y de aventuras imaginarias por el parque junto a mis amigos. O los dibujos animados, que ahora emiten a todas horas, me recuerdan los madrugones del fin de semana para apoderarme de la única televisión de la casa. ¡Ay la morriña, cómo duele! Por fortuna ese niño aún vive dentro de mí y en ocasiones sale a corretear. Es como un Mr. Hyde, pero inofensivo, jovial, impulsivo y alocado, que se manifiesta después de que un olor, sabor o sensación, convertidos en el suculento cebo para atraer recuerdos de infancia, me envíe a un estado pueril tras capturar a uno. El sabor del algodón de azúcar, esa fugaz sensación de que montar en bicicleta forma parte de un juego más que de un deporte, las viejas fotografías de un pueblo que hace tiempo que no piso o el olor a papel repleto de aventuras de las almóndigas. ¡Sí, almóndigas! Pero no unas almóndigas cualquiera. Almóndigas del espacio de Craig Thompson, por supuesto.

Craig Thompson tiene un poder de sugestión y ejerce sus habilidades a través del papel. Con Blankets (obra de arte con mayúsculas) probé las virtudes del amor y sufrí por el desamor. En Adiós, Chunky Rice me mostró que no hay límites si existe amistad. Habibi me conmovió mediante el afán de supervivencia. Y ahora Almóndigas del espacio, un cómic que a todas luces podría parecer más enfocado a un público infantil. Y sí, por supuesto que un niño podrá leerlo, pues es una historia cándida que se puede disfrutar a diferentes niveles. Pero es una lástima que algunos vayan a descartar esta lectura, este viaje épico, por esas estúpidas ideas preconcebidas de que un adulto solo debe hurgar entre las cosas exclusivamente para adultos.

En Almóndigas del espacio se narra el periplo de Violet por encontrar a su padre. Hasta hace poco su vida era apacible y la única preocupación que la familia tenía era la búsqueda de un nuevo colegio, pues el suyo fue devorado por ballenas espaciales. Emm… sí; ballenas que surcan las galaxias y que de tanto en tanto se zampan cosas. La ocurrencia y lo absurdo dándose la mano. El inicio es algo lento y se mueve a la misma velocidad que lo haría una estrella fugaz a través de una balsa de miel. Este farragoso previo no es más que una muestra de la importancia que da Craig Thompson a los personajes, pues es ahí donde nos presenta con detalle a cada uno de ellos: cómo son, sus inquietudes y sus principios morales. Gracias a ello, a ese tramo que pensasteis que era un rollazo, luego entenderéis las motivaciones y decisiones de cada uno.

Este cómic puede que no sea tan “serio” como otras obras de Craig Thompson. Tal vez tenga semejanzas con Adiós, Chunky Rice, en donde la amistad más férrea era el motor que daba impulso a toda la historia. Pero a diferencia de las aventuras de la pequeña tortuga, Almóndigas del espacio es menos melancólica y oscura. Ayuda mucho el que sea la primera obra del autor en color. Un color bello, con una paleta infinita que convierte ilustraciones en dibujos animados, y en donde Dave Stewart (titán, artista y amo del color) pinta humanos de pieles rosadas, extraterrestres de tonalidades variopintas, estructuras de frío matiz metálico y galaxias repletas de estrellas. ¡Maldito Big Bang, Dave Stewart debería haber coloreado el universo y no tú!

¿El dibujo? Excelente. El autor nos deleita la vista con diseños de innumerables personajes inverosímiles. Además por las páginas se mueven toda clase de artilugios: cachivaches que recuerdan a barcos de pesca, naves nodrizas con la forma de animales que encontrarías en una mariscada, hamburguesas voladoras, automóviles con caparazón y hasta bolas que no recuerdan a nada pero que molan mucho. Craig Thompson transita de forma grácil entre las grandes viñetas y las gigantescas viñetas recargadas de detalles, y de ahí a las splash pages (en muchas ocasiones a doble página) donde abunda el universo, la basura espacial, las metáforas sobre la vida y las ballenas.

No solo el drama y la aventura están presentes en este cómic, el humor también tiene sus momentos y éstos vienen de la mano de los dos extraños y alienígenas niños que acompañan a Violet en su misión de rescate. Por un lado está Zaqueo (un bicho de color anaranjado y con una morfología corporal similar a una mandarina): impulsivo, valiente pero algo pendenciero. “¡Para ya con tus lecciones de historia de sabelotodo!” Elliot, en cambio, es un pollo (perteneciente a una raza de aves de corral que evolucionaron gracias a la manipulación hormonal) bastante sabihondo, extremadamente miedoso, algo repipi y propenso a sufrir inoportunos ataques de ansiedad. “Mis cálculos son más sofisticados que los tuyos”. Y así a todas horas. Pero a pesar de que siempre andan a la greña, debido sobre todo a lo opuestos que son, deberán trabajar juntos y vencer sus miedos, como lo hicieran el famoso cuarteto protagonista de El mago de Oz, por el bien de su amiga.

En Almóndigas del espacio Craig Thompson no solo difunde un bello mensaje de amor (entre amigos, dentro del entorno familiar y hacia a los más desfavorecidos) sino que además, maquillada de fábula dulzona, nos deja un agudo relato sobre ecología y la importancia vital de cuidar el medio ambiente. Pero sobretodo, y especialmente, nos hace viajar sin movernos del sitio. Nos traslada de nuevo a nuestra infancia, en la que abundaban las golosinas, los pensamientos puros que se originaban en el corazón sin necesidad de cruzar el peaje del frío y calculador cerebro, las rodillas llenas de arañazos debido a las caídas en bicicleta y las aventuras imaginarias junto a tus inseparables amigos tejidas con el hilo de la fantasía.

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Cuchillo de agua, de Paolo Bacigalupi

cuchillo de agua

cuchillo de aguaA estas alturas al señor Paolo Bacigalupi lo conoce todo el mundo; responsable de la multipremiada La chica mecánica, del libro de relatos, también premiados, La bomba número seis y de la novela juvenil El cementerio de barcos, Cuchillo de agua es su última novela.

Ambientada en un futuro cercano -y devastador- Bacigalupi nos propone unos Estados Unidos arruinados, devastados y desmantelados por la falta de agua. Las ciudades a las que no llega agua han sido abandonadas y arrasadas, y en las que aún llega, la población se divide entre los que sobreviven en los suburbios malviviendo del agua de los surtidores de pago y con los que se pueden permitir vivir en los lujosos complejos verticales donde el agua y el aire son de primera calidad, igual que los ingresos de sus inquilinos.

La lluvia no hace acto de presencia desde hace años, la mayoría de los ríos se han secado, así como las reservas subterráneas y los lagos, las grandes ciudades viven de algunas presas que se alimentan de los deshielos, algunos lagos y algún paupérrimo río que aún no está agotado. La guerra por el agua es atroz, los derechos sobre el agua –y las zonas por donde pasa esa agua- son auténticos tesoros que se compran y venden al mejor postor, derechos que se roban, con los que se especula, se chantajea y se asesina. A más derechos sobre agua más poder, más dinero.

Las guerras entre ciudades están a la orden del día, aunque todo el mundo mire hacia otro lado cuando una presa que abastece a otra ciudad explota en pedazos o una depuradora estalla en mil bolas de fuego bajo el impacto de decenas de misiles disparados desde unos cuantos chopperes. Todo este sinsentido ha dado lugar a una sociedad híper-clasista donde la prostitución, los carteles, las mafias y un montón de escoria controlan los suburbios, exigiendo impuestos sobre cualquier venta, negocio, cuerpo o lo que a ellos se les ocurra. Al otro lado de toda esa podredumbre social están los habitantes de las Arcologías Taiyang, los complejos de lujo para ejecutivos, abogados, directivos, capos de los carteles y cualquiera que gane el dinero suficiente para permitírselo. En ese escenario Bacigalupi desarrolla Cuchillo de agua, un auténtico thriller de principio a fin, pasado, eso sí, por el cedazo del americano, por su estilo tan peculiar y que tantas ampollas levanta.

Tres son los ejes de esta historia, podríamos hablar de un protagonista y dos coprotagonistas. Ángel es el actor principal, un tipo rudo, violento, fuerte, un poco el arquetipo de los thrillers, menos guapo –aunque goza de esa erótica del poder- lo tiene todo. Lucy, segunda de abordo,  una periodista afamada, lista, que se mueve como pez en el agua en las redes y que no deja de denunciar el estado de putrefacción social en el que está cayendo Phoenix, le preocupa la falta de agua y el futuro de la cuidad. Y la que hace tres, María, apenas una adolescente refugiada de los suburbios que se ve sometida al control de las mafias para poder vivir un día más.

La ciudad de Phoenix, en plena decadencia, es el escenario principal, aunque salen salpicados California, las Vegas, Colorado y algún lugar más. Ángel es un cuchillo de agua, un tipo que se dedica a proteger los intereses de la más temida de las especuladoras de derechos de agua. Su jefa es tan virulenta, impredecible y atroz como un huracán y sus métodos son implacables. Una de las misiones de Ángel se cruzara en la vida de Lucy primero y en la de María después, vidas que quedaran unidas y mezcladas por el interés, la supervivencia y la codicia.

La novela toca temas de primer orden hoy en día: la inmigración, la ecología, la economía, la política, las sociedades de consumo. La trama resalta el tema de la inmigración, ya que el   peso del escenario se apoya en esos suburbios plagados de inmigrantes de otros estados donde el agua se ha agotado, inmigrantes –tejanos caso todos- que nadie quiere, que todo el mundo odia, que las mafias asesinan sin pudor, pero que todo el mundo necesita para levantar esos majestuosos complejos de lujo autosuficientes para los más ricos del lugar.

¿A alguien le suena esto de algo?

Bacigalupi, como os comentaba al principio, bebe de la fórmula del thriller para construir esta novela -ritmo vertiginoso, personajes arquetípicos, trama lineal y trepidante, subtrama erótico-festiva, desarrollo predecible y final un poco edulcorado- solo que la adereza con un escenario de ciencia ficción y con su ya comentado estilo personal. Además de unas cuantas escenas bastante crudas. Ese estilo personal al que no dejo de referirme y al que mucha gente no le acaba de pillar el qué, viene determinado porque Bacigalupi  lanza al lector a la trama sin ningún tipo de información; nada de infodumps, nada de worldbuilding, nada de descripción de personajes, objetos o cosas así, apenas cuatro pinceladas y la confianza en el lector. A mí personalmente este recurso me encanta, me gusta el desafío que supone y lo prefiero a largos y tediosos párrafos o páginas de explicaciones. Y todo, además, trasladado a nuestro idioma con una fluidez exquista, como viene siendo habitual en las magníficas traducciones de Manuel de los Reyes.

En general, y si ser un amante de los thrillers, sean del género que sean, Cuchillo de agua me parece una fantástica novela de aventuras en primer lugar y una buena historia de juicio y reflexión en segundo, para conocer hacía donde podríamos estar dirigiéndonos, si no nos concienciamos un poco sobre todo lo que nos rodea.

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La liga de los jinetes, de Chuck Dixon

La liga de los jinetes

La liga de los jinetesYeeha! ¡Vuelven las historietas del viejo oeste! Y anda que a mí no me va una de vaqueros. Me siento como Clint Eastwood en La muerte tiene un precio. Melodía silbada incluida. O como cuando leía algunas novelas de Silver Kane (Francisco Ledesma) en la que los pequeños pueblos mineros eran acosados por unos rufianes montados a caballo hasta que eran expulsados por el sheriff. Y las de indios. Me encantaba una de indios. Bueno, en esta indios no salen, pero sí un árido pueblo de bandoleros con todo su atrezzo en orden; su salón, sus pistoleros, su rastrojo de paja rodando por el camino de polvo, la oficina del sheriff (¡frijoles, con la sheriff!) y hasta robots. Espera, ¿robots? Si, aguarda, ahora entro en materia. Llega La liga de los jinetes.

El Universo DC, en pleno apogeo de los universos compartidos que cada vez, desde mi punto de vista, sesgan parte de creatividad para no salirse de la línea temporal/argumental que parece haberse iniciado entre cómics, series de televisión y películas y en la que los planes de futuro no tienen límite, me ha permitido salir de todo ese entramado para pasarlo en grande leyendo una historia aparte, un Otros Mundos con las que disfruto más que con las series regulares. Por su originalidad, su descaro, el riesgo de atreverse con algo más canalla, y aún así, conseguir que mantenga todavía lazos unidos con los héroes del Universo. En esas, en este cómic de tan añejo gusto por el western, algunos de los héroes, a veces de primera línea, otras de segunda y hasta tercera, les rescatan para introducirles en el lejano oeste en una aventura que mezcla de forma generosa acción, duelos en pleno salón, cabalgadas montados a caballo y ciencia ficción de estética steampunk. Todo un flipe.

El pueblo Paraíso es arrasado por una fuerza brutal y desconocida para la sheriff Diana Prince (Wonder Woman). Con la ayuda del pistolero más rápido, Kid Flash (Flash) y Katar Johnson (Hawkman), se aventurarán por los desiertos montando sus caballos hacia Helldorado en busca del causante de tan cruel matanza. En el camino se les unen más personajes a su cruzada dispuestos a derrotar el mal. Al llegar al pueblo, no pueden dar explicación a lo que ahí se encuentran; un territorio adelantado a su tiempo y que escapa a su comprensión. ¿Podrá la Liga de los Jinetes derrotar a tan preparado rival?

Cuando leí algún comentario sobre el cómic, lo ponían como una suerte de la película Wild Wild West aderezado con guiños a los poderes de los personajes que conforman la historieta. Y sí, a mí me dio esa impresión. Los escenarios del oeste, pues como todas las del oeste. ¿Cómo si no ambientar una de vaqueros si no va a ser con todos sus elementos tal y como nos los han mostrado ya la cultura popular? Pero claro, luego llega la parte steampunk de la historieta y ahí el cuento cambia. No veas si mola. Hay una viñeta que me encantó. Os adelanto una pista: tiene que ver con un tren. De portada. Solo os digo eso. Hablando de portadas, la que acontece, con la sheriff Diana Prince, pistola humeante desenfundada y sus forajidos detrás sobre el árido terreno anaranjado, es clase pura.

Y además, me gusta mucho el guion escrito por Chuck Dixon ya que tiene ese recurso narrativo de dejarte con la intriga hasta que pasas la siguiente página. Le viene que ni pintado a este tipo de historias. No resulta un argumento muy enrevesado ni demasiado ambicioso. Al ser una historia conclusiva no permite meterse en jardines de subtramas ni rellenar páginas y bocadillos con diálogos que haya que estudiar. Donde algunos puedan verlo como algo rápido y ligero, yo me quedo con que es una historieta amable, de lectura adictiva y de acción, con momentos que te permiten recrearte en esas barras de bar de madera tomando una zarzaparrilla mientras Diana y Flash deciden como emplear sus balas contra el villano.

En cuanto a los guiños de sus protagonistas con sus personajes en sus respectivos universos, son bastante reconocibles y algunos quedan muy bien. No conozco a todos los personajes. Ya digo, algunos de ellos son de segunda o tercera línea, pero aún así me ha molado ver parte de sus rasgos más característicos trasladados a una tierra del viejo oeste.

Si a ti también te gusta leer las historietas de cómic de a dos duros en el kiosco (este son un poquito más, pero bueno), y te apetece pasar una tarde de entretenida lectura de acción con forajidos heroicos en una calurosa tarde veraniega, La liga de los jinetes ha conseguido acercarse al estilo de los mejores western.

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El atlas de las nubes, de David Mitchell

el atlas de las nubes

el atlas de las nubes¿Te has parado a pensar en que todo lo que haces, todas esas acciones que llevas a cabo de forma casi inconsciente, como un acto reflejo, repercuten en la vida de los demás de tal forma que es posible que sean esa minúscula chispa que con el paso de los años pueda llegar a crecer e inflamar conciencias hasta incluso llegar a cambiar el curso de la historia? Unas palabras de ánimo para aquel que su día amaneció gris. Un reproche injustificado. Un inesperado y cálido abrazo. Una sonrisa sincera. Unas palabras que rezuman bilis sin venir a cuento. Tender una mano al necesitado. Una sugerente pieza musical ejecutada con habilidad. Responder con el más flagrante desprecio al que busca refugio. La lectura de un libro inspirador en el momento adecuado. Un acto de amor o un arrebato de odio. “Todo está conectado” ¿Y si nuestra mera existencia solo fuera un insignificante pero valioso grano de arena que forma parte de una duna y esta a su vez es la pequeña porción de un inimaginable y gigantesco desierto? ¿Podría esta reseña, con este preámbulo de tintes New Age, llegar a ser el texto principal de unos panfletos propagandísticos que sembraran la semilla de una revolución? Pésima hipérbole a modo de ejemplo pero, a decir verdad, cosas más raras se han visto.

Y hablando de rarezas: ¿es raro que el Sant Jordi pasado, y sobretodo porque me atrajo la portada (¡oh sí, podéis tildarme de superficial!), me comprara Relojes de Hueso y tras terminarlo me pareciera uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo y por ello decidiera que, por todo los medios, aunque fuera de forma desordenada, tenía que leer todas las obras de aquel autor británico capaz de atrapar al lector con su metamórfica prosa? Debo confesar, querido lector, que con literatura de por medio mi obsesión compulsiva parece hasta beneficiosa; o como dice el refrán: sarna con gusto no pica. Sarnoso perdido. Pero sí que hay algo que me pica, y es la curiosidad de saber si David Mitchell padece algún tipo de desorden de personalidad múltiple. No logro encontrar otra explicación satisfactoria a esa capacidad sobrehumana que le lleva a escribir y a imaginar como si de seis personas diferentes se tratara. Porque El atlas de las nubes, la obra de la que hoy quiero hablarte querido lector, son seis libros diferentes que se entrecruzan. Seis géneros literarios. Seis viajes que te cambian. “No hay viaje que no te cambie un poco”. Seis protagonistas, separados por el tiempo, que descubrirán que sus vidas, que los gestos que llevan a cabo, son consecuencia de lo que previamente hicieron otros y que los suyos propios, y sin que ellos si quiera lleguen a sospecharlo, marcarán de alguna forma transcendental las siguientes generaciones.

¿No es magnífico pues, pagar por un libro y llevarse seis? Una historia de historias. ¡El vademécum de la ficción! No me odiéis por mi emoción algo sobreactuada, pero, y repito por si no ha quedado claro: en estos tiempos de crisis indefinida, ¿no es magnífico pagar por un libro y llevarse seis? Seis existencias que se cruzan sutilmente, pero fácil de percibir cuando llega el momento, a lo largo de eones y que comienzan con las prometedoras aventuras, en formato diario, de un notario a bordo de un navío en el siglo XIX. Seguidamente David Mitchell nos sumerge en la dura, bella y emotivamente desgarradora vida, narrada en epístolas, de un joven compositor arruinado. ¡Música maestro! Este tramo no se lee, se escucha con deleite. De aquí saltaremos a los años setenta y a un electrizante thriller político de ritmo vertiginoso, y antes de que podamos recobrar el aliento estaremos llenando el silencio de carcajadas con la divertida (humor inteligente y corrosivo) parte en la que un editor de libros, de nombre Timothy Cavendish, se las tiene que ver con un puñado de gente bastante indeseable. ¡Pero aún hay más lector! Faltan las dos historias de ciencia ficción: la que habla de un mundo distópico al más puro estilo Un mundo feliz de Aldous Huxley y la que finalmente nos lleva a un lugar post apocalíptico en el que primitivas microsociedades intentan evitar el esclavismo al que otros congéneres les quieren abocar. Y luego salto hacia atrás con tirabuzón y vuelta a empezar.

Y es que David Mitchell (¡qué envidia, qué forma magistral de narrar! No es peloteo, es admiración, ¡carajo!) lleva las seis historias de El atlas de las nubes al punto álgido, al cliffhanger que deja sin aliento, que obliga a roer uñas y que magnifica la curiosidad del lector. Luego, como una montaña rusa que ha ascendido seis cuestas a la vez, se lanza a descenderlas a toda pastilla, haciendo un estudiadísimo cambio de vías en pleno descenso, para saltar así a otra historia y dejarte asombrado y sin aliento. Y todo este recurso narrativo “condensado” en casi 700 páginas sirve para mostrarnos que la tiranía de aquel que ejerce el poder siempre pervivirá. Pero de igual forma lo hacen el amor, el coraje y la amistad, además de la insaciable búsqueda de la verdad y la sed de conocimiento, ascuas imposibles de extinguir que son el germen de las rebeliones que buscan un mundo justo, libre e igualitario.

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Planos del otro mundo, de Ryan Boudinot

planos del otro mundo

planos del otro mundo

¿Cuánto nos exigimos como lectores? No sé si os lo habéis planteado alguna vez. ¿Elegís las lecturas dentro de una zona de confort más o menos amplia y conocida? ¿Os dejáis aconsejar por personas que están fuera de esa zona de confort? Qué demonios; ¿Os va la juerga? ¿El alboroto? ¿Sois de lecturas fáciles y lineales y de argumentos masticados? ¿O todo lo contrario? ¿O estáis en una zona intermedia? ¿O depende del momento? ¿O del café que hayas tomado?

Tengo un gran amigo que siempre me dice que no hay que tenerle miedo a ningún libro, que hay que atacarlos a todos por igual, aunque uno se enfrente a El arcoíris de la gravedad, por primera vez, sin saber quién es el tal Pynchon que sale en la cubierta.

La literatura tiene que ser para los valientes o no tiene que ser, sería un bonito blurb para, por ejemplo, el libro que hoy intento reseñar. Planos del otro mundo, un majestuoso y magnífico juego de espejos, de realidades, de historias dentro de historias, una novela con personajes arrancados directamente de las páginas de una novela de Donald Barthelme o del mismísimo ya mencionado Thomas Pynchon. ¡Que me aspen si no me lo he pasado tan bien como cuando leí El rey o Vineland o incluso El padre muerto!

¡Y eso que a mí las comparaciones no me gustan! Pero es inevitable, el señor Ryan Boudinot – de Seattle…y poco más- es uno esos autores, como los ya citados, que tiene la capacidad de mezclar géneros, de diluirlos, de hacerlos picadillo, y con las masa resultante, formar un género propio –deudor de alguna manera de todos los otros- y lanzárselo a la cara al lector para que él se apañe con el resultado. Joder ¿No os encanta eso? A mí rotundamente sí.

Boudinot nos ofrece un escenario de ciencia ficción – ¡de su ciencia ficción claro!- para Planos del otro mundo. Una ciencia ficción posmoderna claro; intrincada, solapada, incluso a veces meta literaria, donde la misma historia se repliega sobre sí misma.  ¡Pero no nos asustemos! Una ciencia ficción, una novela, totalmente asequibles. ¿Un mundo donde el hombre ha creado clones de sí mismo llamados neohumanos y que éstos, con el tiempo, se han vuelto contra sus creadores, dando lugar a una cruel y brutal guerra llamada La Era de las Catástrofes y las Hostias más conocida como CAHOS?  Con-ce-di-do. ¿Una sociedad donde los humanos llevan pequeños implantes en el cerebro que les permitan segregar estimulantes, fármacos y hasta curarse heridas de cualquier tipo, o borrar recuerdos a selección, pero que también los pueden convertir en simples avatares si dan su control a un DJ con el peligro que eso supone? ¡Concedido también! ¿Un campeón mundial de lavar platos con ataques de agobio que le hacen perder el conocimiento y  con una hermana inmensamente gorda que sirve de cultivo de tejidos con domicilio en una caravana? ¡Por supuesto!

Y un exmilitar retirado, paranoico y de pasado ultra violento, una estrella del cine prefabricada y con el apellido más jodidamente genial que hayáis visto, una archivista rodeada de clones Federicos en una versión gamberra y lisérgica de Alicia en el país de las maravillas y más, mucho más. ¡Incluso sale un pescarrobot en una de las escenas más memorables y divertidas de todos los siglos!

Articulada en capítulos alternos, casi como si fuera un fix-up, Planos del otro mundo constituye una especie de diario de dos épocas. Por un lado los capítulos dedicados a la época post-CAHOS, una vez ya se ha restablecido de nuevo la paz en la tierra y los humanos y los neohumanos viven de nuevo en armonía y por otro la época pre-CAHOS, presentada en una suerte de entrevista a un tipo que nos cuenta la clave de unas cuantas cosas…o no.

Boudinot es un tipo maravilloso, a estas alturas ya os habréis dado cuenta. No solo retuerce el género, como ya os comentaba antes, además lo hace escribiendo inmensamente bien -¡Y menuda traducción la de José Luís Amores!- con un ritmo buenísimo y con un estilo sobrio y señorial pero que esconde al tipo más loco de todo el barrio. Un poco como ver a alguien con un inmaculado traje negro entallado y, asomando por sus pies, unos deliciosos calcetines color rosa, que se suman a la corbata verde menta y a la camisa amarillo canario que sirve de fondo a este collage imposible pero distinguido.

Boudinot deja al lector la decisión de cribar la verdad en estas historias, de ver entre el humo y los espejos, de quedarse con una verdad de las múltiples que se abren. O de no hacer nada. ¿Sátira infinita, denuncia aplastante de la sociedad consumista, aviso inminente de un futuro oscuro donde dejaremos en manos de otros nuestras vidas, relato atroz del mundo en el que ya vivimos? ¿Simple divertimento? ¿Qué demonios ha escrito Boudinot?

Cada uno que elija lo que más le guste.

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Luna: Luna Nueva, de Ian McDonald

Luna. Luna Nueva

Luna. Luna NuevaLos fans de la ciencia ficción no nos podemos quejar. Tras el olvido sufrido por las editoriales que apostaban siempre por el caballo ganador, parece que algo está cambiando. Al menos lo están haciendo en Nova. Hace unos meses nos trajeron el último mastodonte de Neal Stephenson, Seveneves, que ya fue reseñado en esta casa. Y en septiembre nos harán lo propio con la novela china que está sorprendiendo a propios y extraños, El problema de los tres cuerpos. Pero no son estas los libros de los que quiero hablar hoy. Dejemos el pasado para los historiadores y el futuro para los visionarios. Porque la última novela en engrosar la lista de lecturas espaciales obligatorias es Luna de Ian McDonald. Estamos ante la primera parte de una trilogía cuya continuación veremos en inglés a principios de 2017. Pero ¡qué primera parte! Nada de lo que te hayan contado te preparará para lo que vas a encontrar entre estas páginas. Todo es muy diferente a lo visto hasta la fecha y es que hacía mucho que no visitábamos nuestro asteroide. Tanto que ahora está absolutamente irreconocible. Olvídate del verano del 69 cuando dimos el primer paso sobre su superficie. Y céntrate en sobrevivir. Sí, como decía Heinlein, la luna es un cruel amante y, para sorpresa de todos, ha dejado de querernos.

Los recursos de la Tierra llevan siendo explotados desde hace siglos y el consumo es insostenible. Lo que no sabíamos es que la solución estaba flotando sobre nuestras cabezas. Y justo es allí donde se ubica toda la acción de la novela. Cinco familias compiten por la supremacía y la explotación de los recursos selenitas con el fin de abastecer al planeta Tierra y de paso sus egos descontrolados. Porque este quinteto de casas nobles, arribistas y mentirosas buscan el control absoluto a cualquier precio. De forma frontal, entrando por la puerta de atrás o durmiendo en la cama correcta.

La historia nos sitúa en el seno de una de estas familias, los Corta. Una casa de origen brasileño que explota Helio 3 con el fin de mantener vivo el iluminado terrestre. Frente a ellos, los Mackenzie. Australianos que buscan pisotear a los Corta con el fin de quedarse con toda la cuota de mercado. El fuego cruzado está servido. Y aún falta por introducir a las otras tres casas restantes cuya aportación es de todo menos superficial. La traición, las alianzas inesperadas y los planes maestros orbitan en torno a estos personajes con la misma fuerza con la que la luna se mantiene a flote. Y el terreno gris e inhóspito será implacable. Teniendo siempre la última palabra sobre quién reina y quién es polvo.

La historia construida por McDonald se sustenta sobre unos cimientos sorprendentes. Y es que la sociedad lunaria ha establecido sus propias reglas y sus propios códigos cuya divergencia de los terrestres es asombrosa. El consumo de los cuatro recursos básicos –agua, oxígeno, datos y carbono- es una preocupación constante en los personajes debido al coste que implica su uso. Respirar tiene un precio. Comunicarte y vestirte debe de estar siempre supeditado a los ingresos que acumulas en tus cuentas. Además, el sistema legal ha empapado hasta el último recodo de la vida. Careciendo por completo de delitos al uso, todo deriva en una compensación económica entre el que comete el daño y el que lo recibe.

Pero si hay algo en lo que Luna me ha dejado con la boca abierta es en sus posibilidades sexuales. Todo lo que imagines tiene cabida. El espectro de manifestaciones basadas en el contacto es infinita. Entender su terminología y sus constantes evoluciones es divertido y confuso. McDonald se saca de la manga hasta un tercer sexo que, si bien toca de puntillas, apunta maneras y augura una mayor proyección en las continuaciones de esta trilogía. Puede que peque de pervertido pero, de todo lo que aporta McDonald con esta novela, sin duda, es el estudio de las sexualidades lo que más me ha marcado. Por diferente, por peligroso y por lo vergonzosamente necesario que resulta en perspectiva la asunción de que el sexo sólo debe ser un contrato de mutuo acuerdo entre el que folla y el que es follado.

La falta de gravedad en la luna tiene un trasunto en las cuestiones más controvertidas. Nada pesa lo suficiente, nada es lo suficientemente sagrado como para no poder negociarlo. ¿Es la luna un reflejo de una fase anterior de nuestra civilización? Una anarquía controlada en la que nadie quiere asumir responsabilidades. ¿O estamos ante la más absoluta evolución del hombre como especie? Un salto cualitativo en el que los dioses del Antiguo Testamento ya no tienen vigencia. Ian McDonald ha parido el escenario más interesante que se ha visto en la ciencia ficción de los últimos años, creando el Dune de las nuevas generaciones, pero siendo mucho más retorcido y visceral que Frank Herbert. Nos ha llevado a rastras a la cara oculta de la luna y nos ha obligado a mirar.

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Paper Girls 1, de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang

Paper Girls 1

Paper Girls 1Madrugada de Halloween. Calabazas aún decorando los jardines de la barriada de Cleveland donde una pandilla de jóvenes rezagados continúan buscando diversión, por supuesto, disfrazados. Y por supuesto, gamberros. Hay un Freddy Krueger. También hay un póster de Depeche Mode decorando las paredes de una habitación. Y hay cuatro chicas. Cuatro chicas que montan en bicis y reparten periódicos. Es 1988. Es Estados Unidos y, según nos ha enseñado la cultura popular norteamericana, a un grupo de adolescentes que montan en bici les suelen ocurrir cosas muy molonas. Y es justo lo que va a suceder en Paper Girls 1.

Hacía bastantes semanas que no leía cómics. Mi atención lectora se ha basado últimamente en novelas de ficción, libros de Historia y los textos de los ingredientes de la comida de mi gato. En serio, ¿qué les damos de comer a nuestras mascotas?
Al lío. Alguien me comentó un poco por encima de qué iba este cómic —esto es, menos de lo que llevo escrito aquí— y me convenció. Me convenció porque las historias sobre repartidores de periódicos, en este caso, repartidoras, siempre ha sido un elemento popular de la cultura estadounidense que me ha gustado mucho. Y porque la trama iba a tener muchos tintes de las películas de los años ochenta con grupos de jóvenes como protagonistas. Y porque los creadores estaban mostrando un profundo interés en no querer dar apenas detalles de los sucesos misteriosos que iban a ocurrir en la historia. Total, que dije: esto mola.

Después indagué quienes eran los creadores y descubrí que el guión lo escribía Brian K. Vaughan, autor de Y, el último hombre y Saga. Ambas las tengo pendientes de leer, por lo tanto, en cuanto a guión, no estaba muy seguro de qué me iba a encontrar. Ahora, en cuanto a dibujo, esto es otra cosa. A él le conozco bastante mejor y me encantó. Se trata de Cliff Chiang, que ha realizado un trabajo excelente en su reciente etapa en Wonder Woman junto al guionista Brian Azzarello. Puedes leer las reseñas que Diego Palacios le dedicó en Lyl.

Cliff Chiang ha ideado unos personajes muy definidos con estilos bien diferenciados y con sus ilustraciones ofrece una narración tan visual que consigue que las viñetas cobren movimiento, contando la historia sin necesidad de textos. Por supuesto, los que hay, son perfectos. Buenos diálogos que te meten de lleno en la historia y te permiten apreciar el registro de cada uno de los personajes. No sé vosotros pero yo, según veía los dibujos y los diálogos, leía poniendo distintas voces a cada una de las repartidoras. Especial atención a una de las viñetas en las que una de las chicas habla mientras se enciende un cigarrillo. Comprobadlo y decidme que no lo habéis leído simulando tener el cigarrillo entre los labios. Y en cuanto a color, la labor de Matt Wilson es sensacional, aplicando una limitada paleta de colores sólidos para crear la ambientación e iluminación correcta en cada una de las viñetas.

Como la idea principal de sus autores es no desvelar apenas nada sobre lo que va a suceder, yo no seré quién para destripar nada de lo leído en Paper Girls 1, al menos, no nada relevante, pero sí puedo adelantar, y es algo que a mí me ha cautivado, y es su intención de transportarnos a una época de juventud más inocente, con más encanto. Si bien es cierto que las referencias visuales con películas como Los Goonies o la más reciente de inspiración retro, Super 8, van a ser una constante durante toda la serie, también nos va a ofrecer originales giros argumentales y sorpresas que nos dejen con ganas de leer el siguiente número.
Aquí debo incidir en algo importante; el cómic, perteneciente al sello Image, se ha editado en España gracias a Planeta Cómic respetando el formato grapa de su edición original. Benditas sean las grapas.

Y benditas sean porque esta serie de cómics ha nacido con la idea de contarse de forma periódica dejándonos con la miel en los labios hasta el siguiente mes —que en España será en septiembre—. Leyéndolo de ese modo es como más se puede apreciar esa sensación de suspense con el que, al igual que han hecho en este primer número, nos dejan en su última página. Os sorprenderá.

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I.D., de Emma Ríos

I.D.

I.D.

Qué ganas de hincarle el diente a Emma Ríos, la española dibujante de cómics que triunfa en el mercado ameri … ¡¡BOOM!!

-¡Policía, las manos en la cabeza y no se mueva!

-¿¡Pero qué cojones pasa!? ¿Qué..? ¡¡ZAS!!

-¡Joder! Qué hostia fina me habéis cascado así sin venir a cuento ni nada…

-Por preguntar. Cierre el pico. Queda detenido por acoso mental a la ciudadana humana E114 Emma Ríos.

-¿Qué? ¡Pero… pero… de qué habla?

-Usted ha pensado y escrito sus intenciones de morder a una mujer hace cinco segundos.

-Sí que son rápidos, pero…lo de hincarle el diente era una forma de hablar! Y no me refería a ella sino a su obra.

-Eso ya se lo contará a la Castradora, que será quien decida que hacer con alguien como usted.

-¿Eh? ¡No! ¡No! ¡No me lleven a la Castradora! ¡Noooo!

Aterrador, ¿verdad? En estos casos en los que la policía se equivoca (o no…) siempre me pregunto quién paga la puerta destrozada.

 

Al grano. Este futuro que acabo de medio inventar medio fusionar, a lo Minority Report/Juez Dredd pero extendiendo más el campo de acción, no es el que se nos describe en I.D., pero bien podría serlo. O, bien mirado, puede que incluso esté pasando y no se nos ha contado esa parte. Tecnológicamente sería posible. Aunque no, no lo creo. Y de todas formas da igual.

Lo que se nos cuenta en este cómic es algo que va más allá: el trasplante de personalidades. Que por lo que sea quieres o necesitas cambiar tu envoltorio exterior por otro que te guste más, pues vas a la clínica en la que lo hacen y eliges en el catálogo el cuerpo donado que más te guste.

Como ya he dicho antes de que la pasma irrumpiera sutilmente en la casa, tenía ganas de leer a esta gallega que ha logrado hacerse no solo hueco, sino un nombre en el universo yanqui del cómic gracias a su fichaje por Marvel para Doctor Extraño. Y eso es motivo de orgullo, pero ella quería algo más. Como dijo en una entrevista: “Marvel paga bien, pero no es tu obra”.  Así que, bastantes trabajos después, entre ellos la notable y próximamente reseñada Bella Muerte, Emma ha dado a luz a su propia creación. Una obra enteramente suya: dibujo, color y guión… Y el resultado no puede haber sido más satisfactorio.

Noa es una mujer que se siente hombre, Miguel quiere cambiar su cuerpo por algún motivo oscuro relacionado con su pasado y Charlotte… Charlotte simplemente se aburre.  Los tres están en una cafetería cuando unos disturbios provocados por un ataque terrorista a una colonia marciana les obligarán a ir al piso de Charlotte. Ahí estrecharán un poco los lazos y conoceremos algo más, tampoco mucho, de ellos y de sus motivaciones.

Un puntazo a favor es que para hacer toda la parte científica creíble, Emma ha contado con el neurólogo Miguel Alberte Woodhard, quien la ha asesorado y ha escrito un artículo que puede encontrarse al final del tomo. Dentro de la historia esa parte científica se lee bien y se entiende. Logra su propósito, no te saca del argumento y “entiendes”, más o menos, el proceso.

No obstante,  no hay que olvidar que al final, lo que importa siempre en una historia, al margen de su marco temporal o espacial, son los personajes. Sus conflictos, sus decisiones y las relaciones entre ellos.

En I.D. los caracteres vienen bien definidos apenas sin esfuerzo, tanto por gestos del dibujo como por los diálogos, y eso logra meterte de lleno muy pronto en una historia que ya de por sí es atrayente.

Es cierto que en la parte final flota algo de misterio. No se sabe por qué un determinado personaje ha hecho lo que ha hecho, pero no importa. En realidad es hasta un final mejor así, sin saberlo todo de todos.

También es cierto que se podría haber ahondado algo más en todas las repercusiones éticas, y sobre todo, en lo más llamativo: la adaptación tras la operación a un cuerpo que no es el tuyo, y que nos explican que es un proceso de rehabilitación de seis meses en los que debes aprender a respirar, caminar, tragar… Habría sido interesante ver ese aprendizaje plasmado en viñetas.

Como nota curiosa hay que decir que todo el cómic, todo todo todo, esta “construido” (Emma es arquitecta), solo con los colores rojo (en varias tonalidades) y el blanco (en toda su blanquitud).

El dibujo recuerda algo al manga, y es muy bueno y ágil. La composición de viñetas es también un acierto. Sin ir más lejos, la primera hoja, con los círculos, es genial.

Me alegra comprobar que una española triunfa allá y acá y sobre todo merecidamente, y espero poder ponerme al día con su obra cuanto antes.

¡Buen trabajo, Emma!

PD: me debes una puerta como responsable subsidiaria.

@palati77

Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo

 

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Anna, de Niccolò Ammaniti

Anna

Anna

Imagina qué pasaría si todo acabara. Si un día te despertaras y vieras que todo lo que hay a tu alrededor ya no es como era antes. Si estuvieras en un mundo en el que solo rige la ley del más fuerte. Si casi toda tu familia hubiera muerto. Si tuvieras trece años y no supieras qué hacer para sobrevivir.

Eso es exactamente lo que le pasa a Anna, una niña siciliana que tiene que ver cómo todos los adultos de su alrededor mueren lentamente a causa de un virus atroz. Todas las personas mayores de catorce años son aniquiladas por él; entre ellas, sus padres. Este virus la deja huérfana y con la obligación de hacerse cargo de su hermano pequeño, que no es demasiado consciente de lo que está pasando. Anna se ve obligada a madurar de golpe, a convertirse en adulta y a sobrevivir. Aunque, por otra parte, sabe de sobra que cuando cumpla los catorce años ella también morirá. Entonces, ¿para qué esforzarse si todo se va a acabar dentro de poco?

Al leer el libro me he topado con sentimientos que, sinceramente, no esperaba encontrarme. Niccolò Ammaniti nos describe la historia desde el punto de vista más crudo posible. Nos la cuenta tal y como sería, sin adornos ni florituras. Las descripciones hacen que sientas dolor, asco, miedo, impresión y ansiedad a la vez. A medida que iba pasando las páginas, era capaz de vivir la angustia que Anna sufría, de ponerme en su piel y sentir las cosas al mismo tiempo que ella. Había momentos en los que la dureza de las palabras de Ammaniti me hacía plantearme si sería capaz de seguir leyendo. No demuestra ningún miramiento a la hora de describirte un cadáver putrefacto o contarte cómo Anna pasa por encima de cuerpos de niños sin inmutarse apenas. Pero es eso precisamente lo que hace que no puedas parar de leer. Sus descripciones son como telarañas, que te enredan y hacen que quieras saber más detalles sobre la historia.

Es un libro que ha hecho que me pregunte qué haría yo si estuviera en una situación como la de Anna. No sé si sería capaz de tener la entereza que ella demuestra a lo largo de la historia o si me daría por vencida ante la primera dificultad. Tener que buscar comida, sin luz ni agua corriente, cuidando de un niño tan pequeño y al que dentro de poco voy a dejar solo, con alimañas rodeando mi casa y con el resto de humanos que seguramente se hayan convertido en seres peores que esas alimañas…

No sé, quizá el instinto de supervivencia sea mucho más fuerte de lo que pienso, quizá fuera capaz de encontrar una última esperanza a la que aferrarme, como le pasa a muchos de los personajes de esta historia. Ya se sabe, ante estas situaciones falta tiempo para que salgan a la luz los más supersticiosos. En este caso, hay algunos que creen que todavía existe un adulto con vida y que si le encuentran y hacen una serie de ritos, podrán vencer al virus. Anna incluso llega a toparse con un chico que cree que existen unas playeras que si te las pones hacen que no te contagies jamás. Ante esto, Anna se demuestra bastante escéptica, no cree que exista ese adulto milagroso y mucho menos que una playeras vayan a hacerla inmune al virus. Pero sin un objetivo no puede vivir, debe desafiar a la muerte como sea; es entonces cuando se le ocurre la idea de que fuera de la isla en la que vive puedan existir todavía adultos. Y así comienza su viaje junto con su hermano, hacia la Península italiana, buscando un motivo por el que seguir con vida.

De lo que estoy segura es que después de leer este libro va a costarme mucho recomponerme de toda la explosión de sentimientos que he sufrido. Anna es un personaje que llega muy adentro, que se queda con uno cuando termina el libro. Lo demás pasará a un segundo plano, pero Anna se hará inmortal dentro de nosotros, sea cual sea el futuro que nos depara.

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La resistencia es inútil, de Jenny T. Colgan

La resistencia es inútil

La resistencia es inútil

Creo que hoy es un buen día para preguntarme qué haría si me topara de frente con un alienígena. Está claro que no sería un bicho verde, con antenas y una sonda en la mano. Sino uno de esos que ahora están tan de moda; con aspecto de ser humano, pelo y piernas de ser humano y esas cosas pero que, por su forma de actuar, deja ver que tiene algo raro. En este caso nuestro protagonista es, además de alienígena, un friki de las matemáticas, por lo que no sabría muy bien si esa aureola de rareza vendría dada por el rollo interespacial o por sus extraños gustos. De una forma u otra, yo sabría que hay algo extraño en él y que, literalmente, no puede ser de este planeta. ¿Lo raptaría para que un laboratorio le analizara el ADN? ¿Lo expondría cual mujer barbuda en un circo de los horrores? ¿Lo vendería por Ebay? ¿Me enamoraría de él?

Es una buena cuestión que todos deberíamos plantearnos. Si me hubieran preguntado por esto antes de leer el libro y sin imaginarme un extraterrestre entrañable estilo E.T. (sino más bien esos bichos asquerosos de Mars Attacks!), hubiera dicho que la opción de analizar su ADN no me parecería tan descabellada. Ya se sabe, por el bien de la ciencia y todas esas excusas baratas que a veces ponemos para no pensar en la dudosa ética de nuestros actos. Aunque quizá sería la opción más lógica si el fin es aprender cómo ha conseguido llegar hasta nosotros. Pero por otra parte, el pobre extraterrestre acabaría muriéndose de agotamiento, pues estaría condenado a ser carne de laboratorio durante el resto de su existencia. Lo de exponerlo en un circo o venderlo por Ebay podría ser considerado como trata de personas, así que mejor lo olvidamos.

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