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La guerra de los mundos (II), de H.G. Wells

La guerra de los mundos

La guerra de los mundosMe he mudado una decena de veces en la vida. En muchas ocasiones, curiosamente, a sitios más pequeños cada vez, como si encogiera mi existencia. Nunca he querido arrastrar demasiadas cosas en las mudanzas, y siempre he aprovechado para regalar un buen puñado de libros, cuyas pesadas cajas odiaba cada vez que había que trasladarlas.
Al tiempo que he ido perdiendo de vista todos aquellos libros manumisos, he ido creando también una categoría de libros intocables. Esos ni siquiera los embalo, procuro llevarlos de la mano o colgados del hombro en alguna bolsa de tela, siempre distinta de mudanza a mudanza. En esta última categoría están los libros que no se prestan por razones sentimentales, los que no quiero perder de vista porque sé que no voy a poder encontrarlos de nuevo o los que creo, simplemente, que van a acompañarme de por vida. Creo que la edición que Zorro Rojo ha hecho de La guerra de los mundos va a entrar de lleno en este último grupo.
La historia es bien conocida y de hecho en Libros y Literatura ya reseñamos anteriormente La guerra de los mundos. H.G. Wells, básicamente, imagina la primera invasión alienígena de la Tierra. Los marcianos, miembros de una civilización más desarrollada que la nuestra pero también más cerca de su final, llegan para conquistar nuestro planeta sin miramientos. Lo hacen a través de varios cilindros que van cayendo en Inglaterra en días sucesivos, y de los que van saliendo unos artilugios mecánicos dotados de largos apéndices que siembran el pánico y la destrucción allá donde van. El relato de Wells no carece de ninguno de los elementos que luego resultarían tan comunes a las novelas del género: un protagonista narra en primera persona su experiencia y cómo se va librando de caer a manos de los invasores. Estos enfrentan primero a un ejército motivado y optimista, al que vencen sin problemas, y después se lanzan a masacrar a la población con un arma terrible: el Rayo Ardiente. La capital del mundo de aquella época (Londres) es el blanco principal de los ataques, y los humanos han de utilizar todo su ingenio, y una pizca de suerte, para derrotar a los atacantes.
Resulta curioso comprobar la base científica del texto, en la que Wells pone cierto empeño, y que sería el camino a seguir por la ciencia ficción dura. Aparte de su indudable valor como novela de género, una de las cosas que destacan en La guerra de los mundos es que, fiel al espíritu de otras de sus obras, H.G. Wells también trata de introducir una serie de enseñanzas más allá del divertimento propio del texto. Por un lado, intenta abiertamente que el lector reflexione sobre cómo actúa el ser humano cuando coloniza, y sobre el abuso que hacemos de nuestro poder frente a especies más indefensas. Por otro lado, también exalta los valores del trabajo en común y de la buena organización, más allá de los individualismos, como manera de resolver los problemas.
Porque la invasión se resuelve, claro, si no no estaríamos aquí contándolo. Pero si quieren saber cómo, tendrán que leer hasta casi la última página.
El libro ya me gustaba de por sí, pero no había hecho más que sacarlo de las bibliotecas un par de veces para leerlo, hace ya años. Libros de bolsillo, nobles y robustos, pero nada que ver con este volumen. Esta nueva edición ilustrada, en tapa dura, es un lujo. Rescata las ilustraciones (que desconocía) de Henrique Alvim Correa, un dibujante brasileño coetáneo de Wells, publicadas únicamente en una minúscula edición belga poco posterior a la original. El trazo de Correa es fiel al relato de Wells pero a la vez resulta original, capta perfectamente la atmósfera caótica y desordenada de las semanas de la invasión y aporta un valor añadido al relato. Además, el volumen conserva la traducción de Ramiro de Maeztu, que todavía resulta perfectamente legible. Me parece un acierto recurrir a ella y no a una nueva traducción, o a una más reciente, esa decisión dota de coherencia toda la edición.
De La guerra de los mundos de H.G. Wells hizo Orson Welles su ya famosa narración radiofónica, y luego vinieron películas e incluso un musical. Pero contra una edición como esta, no hay nada que hacer: yo prefiero el libro.

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Paper Girls 3, de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang

Paper Girls 3

Paper Girls 3Brian K. Vaughan (Saga, Y, el último hombre) es, además de un escritor como la copa de un pino, un escritor de fondo. Esto es aquel que desarrolla la trama y sus personajes con paciencia, con calma, dando pequeños detalles y abriendo nuevos frentes y enigmas que tocará esperar para saber su origen y destino. No es en absoluto una contra. Al revés, si se realiza del modo correcto, es una virtud. La virtud de un escritor que se sabe vencedor de una gran historia que en su cabeza ya ha funcionado y nos deja pequeñas muestras mes a mes —veinte páginas en cada uno de ellos— haciendo que la trama avance con lentitud pero sin llegar al estancamiento.

A veces, sobretodo en las ediciones españolas de cómics extranjeros, normalmente comprimen toda la historia en un tomo recopilatorio que incluye mogollón de números. Un mamotreto, vaya. Si bien resulta a la larga más económico y puede que como un álbum compacto para apreciar las ilustraciones en su totalidad, en cuanto a lectura de la trama resulta más pesado. Al menos eso me ha ocurrido con unos cuantos títulos como Locke & Key de Joe Hill (una pasada, por cierto). Nadie le quita valor al cómic, pero, como lector, cuando te plantas delante de un libro de semejante tamaño la primera impresión es que el cómic va a ser de lectura y digestión lenta. Esto no tiene nada que ver con la calidad de la obra, insisto, va más relacionado con la primera impresión que te deja. Con Paper Girls está sucediendo al contrario. Es una trama que tiene pinta de desarrollarse de forma lenta, avanzando en la historia poco a poco, y leerlo en el formato de grapas de veinte páginas resulta más práctico y cómodo que si a Planeta se le hubiera ocurrido editarlo todo en un tomo de más de cuatrocientas páginas.

Paper Girls 3, la serie de cómics con nostalgia ochentera que está siendo un éxito rotundo en ventas y críticas, arranca con el subtítulo de «La muerte es eterna». Continúa la trama en el punto de tensión con el que cerró la segunda entrega: un disparo en casa de Mac. Como está siendo habitual en esta serie, la portada indica sobre quién recae el protagonismo y, en esta ocasión, se trata de Erin, la novata del grupo de repartidoras de periódicos. Aquel encontronazo con el arma de Mac va a conseguir ponerla en serios apuros. Eso hará que sus amigas actúen con rapidez y demuestren sus aptitudes solas ante el peligro mayor que las rodea, que no es, ni más ni menos, que una invasión de seres de otro mundo que parecen haberse colado por un portal en el mundo real. En este número introducen a un nuevo personaje que parece capitanear esa legión de seres de otra galaxia y a esos extraños personajes con los que se encontraron el intrépido grupo de chicas en el primer número. Por supuesto, aún faltará para descubrir bien su identidad y propósito. Lo que comentaba sobre la escritura de fondo.

En Paper Girls 3 se siguen dando detalles sobre ese extraño suceso que ha hecho que toda la urbanización haya desaparecido, o bien aniquilada, o abducida o huido aterrada de esas extrañas señales que zumban desde el cielo.

Cliff Chiang (Wonder Woman) vuelve a dejar su sello en los dibujos que tan bien ambientan la barriada de Stony Stream donde se desarrollan estos paranormales acontecimientos. Fascinantes son las viñetas donde muestra el portal que se forma en el cielo, con esos tonos sólidos, y donde una bandada de animales alados en medio de una tormenta eléctrica amenaza la población.

Sigue siendo una de mis series de cómics favoritas gracias a su apuesta por la ciencia ficción, parte de terror con acento amable e inocente de una época pasada y mucho sentido del humor de sus personajes protagonistas.

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Crononautas, de Mark Millar

crononautas

crononautasBueno, bueno… No tenía ni idea, pero ni de lejos, de lo mucho que iba a disfrutar este cómic. Me ha encantado. Y tampoco decía mucho la sinopsis. Lo justo. Es lo bueno de dejarte guiar a veces por tus intuiciones. Lo único que sabía de él era lo que aparece en la web de Panini: “Dos genios científicos se embarcan en el primer viaje en el tiempo de la historia, que les llevará desde la Antigua Roma hasta los mejores conciertos de los años ochenta, pero jugar con la Historia no siempre tiene consecuencias divertidas”.

Viajes en el tiempo y cómic es algo que siempre combina bien (aunque ahora mismo no recuerdo el título de ninguno). Pero viajes en el tiempo, cómic y Millar… ¡Por Odín bendito! ¡Compro, compro! ¡Toma mi dinero, Millar, y cuéntame lo que te salga de… de donde te salgan las ideas! Supongo que no hace falta decir quién es Millar, ¿verdad? Da igual, de todas formas, lo diré por si acaso: otro Midas de los cómics. Guionista de Wanted, Kick Ass, Kingsman, Superman: Hijo rojo, Lobezno: El viejo Logan, The Ultimates, Civil War… Un guionista al que se acusa de hacer cómics con miras a que sean trasladados al cine. Puede que sea verdad, (y eso que Civil War, la serie de superhéroes más vendida de la industria en los últimos veinte años, surgió cuando las pelis de estos todavía estaban muy lejos de ver la luz), pero, ¿realmente importa? Si entretiene, si es visual y argumentalmente bueno, ¡¿qué más da?! Que yo sepa, nadie se ha quejado de que a Stephen King le adapten al cine o a la televisión la mayoría de sus libros… (Por cierto, Crononautas se va a llevar al cine –imaginad un emoticono de guiño aquí–).

A lo que iba: Millar es sinónimo de diversión, de historias originales y muy visuales, que conectan con el gran público y hasta con la crítica.

Aclarada la identidad de Millar, y siempre sin confundir con otro grande, Miller, sigamos.

¿A que parece que ya se ha hecho de todo con los viajes en el tiempo? Pues va a ser que no. Y es que esto de los viajes temporales, como casi cualquier tema, tiene tantos enfoques y variaciones posibles como se nos puedan ocurrir. ¿Y qué faltaba? El toque gamberro.

Sí. Si algo es Crononautas es gamberro. Es algo que se nota desde la primera hoja y nada más ver el dibujo, que por cierto, es soberbio. Mientras lo estaba leyendo no dejaba de pensar: “hay que ver lo mucho que se parece este dibujo al de American Vampire…” Y eso es porque el arte corre a cargo de Sean Gordon Murphy. Ahí es nada. Un dibujo de trazos simples y ligeros pero no por ello menos bueno. Qué va. Es grandísimo, es cojonudo. Me mola muchísimo. ¡Te da la vida ver ese dibujo!

Y todavía no he hablado del meollo, que en resumen es que el científico Corbin ha conseguido hacer la máquina del tiempo en forma de satélite y  retransmitir por televisión la batalla de Gettysburg de 1863. Poco después, el doctor Reilly, amigo del alma de Corbin logra mejorar la máquina y adaptarla a unos trajes que también retransmiten la señal de video. Lógicamente el siguiente paso no es otro que viajar en persona y ahí se lanza Corbin. Pero algo va mal y durante el salto temporal la base pierde el contacto con el viajero. Sin pensárselo dos veces y con la inicial oposición del resto del equipo técnico, Reilly irá al rescate.

Samarcanda 1504, Egipto 3000 a. C., Japón 1220, Nueva York 1929, Belén hace 2000 años, algún lugar del planeta hace 65 millones de años… son algunos de los lugares y momentos a los que acudiremos en compañía de estos dos tíos que parecen más salidos de una peli tipo Colega, ¿dónde está mi coche? que científicos.

Millar se concede la licencia de saltarse esa máxima sagrada de todo periplo temporal consistente en no tocar o alterar nada del pasado porque cualquier insignificante acción podría acarrear consecuencias impensables en el futuro. Lo dicho, para ser científicos se pasan la física cuántica bastante por el forro. Pero no importa, nosotros también se lo vamos a pasar por alto.

Y aunque hay mucho, muchísimo humor, o comedia mejor dicho, también hay hueco para la introspección personal y para saber que Corbin está a gusto en cualquier época y lugar mientras no sea el presente.

Está en el aire saber si habrá más números de esta serie y aunque aún no es seguro, todo parece apuntar a que sí. Yo lo espero de verdad porque Millar con este juguetito que se ha inventado puede hacer auténticas virguerías, provocar situaciones descojonantes y aterradoras a la vez si juega bien las cartas y dejarnos a todos con la sensación de un dinero más que bien invertido y con ganas de más. Y, además, es que, ¡maldita sea, tiene que hacerlo!

La historia, la forma de contarla, los giros, los carismáticos y cabroncetes protas, las anécdotas, los gags, dibujo y color,… todo me parece fantástico.

Un buen cómic que me ha sorprendido y entusiasmado y el cual recomiendo absolutamente.

Diversión total.

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Superman. American Alien, de Max Landis

Superman. American Alien

Superman. American Alien¿Es un pájaro? ¿Es un avión?

Llegó a una granja aislada de Smallville, Kansas. Marta y Jonathan Kent decidieron adoptarlo. ¿Pensaron en las consecuencias? ¿Creyeron que podría criarse como uno más entre el resto de personas? Pero, ¿qué otra opción les quedaba? Para ellos era especial. Era un regalo venido del cielo, y el mundo tarde o temprano aprendería a aceptarlo, pensaban. Realmente, ¿está la Tierra preparada para convivir con un alienígena con poderes?

Superman. American Alien es una nueva visión de los momentos más destacados en la vida de Clark Kent, desde que aterrizó en la granja de los Kent hasta una lucha titánica en medio de las calles de Metrópolis. Todo ello contado de una forma más desenfadada y actualizada. El guionista de cine Max Landis que dirigió la película Chronicle donde ya demostró su pasión por los superhéroes de una forma moderna y con muy buen gusto ha escrito esta historia en la que cuenta siete etapas distintas en la vida del personaje más emblemático de la historia de los cómics, Superman. Para ello, ha formado un equipo de auténticos galácticos en cuanto a ilustraciones se refiere. Entre ellos —son varios— destacan Nick Dragotta o el onirismo de Jael Lee (Antes de Watchmen: Ozymandias).

El tomo recopilatorio de ECC presenta siete números muy distintos entre sí. El primero cubre la etapa más joven de Clark Kent, cuando apenas es capaz de controlar sus poderes y es su padre adoptivo, Jonathan, quien le tiene que enseñar a mantener el vuelo por los maizales de su granja de Smallville. En la historieta se producen las primeras confrontaciones de Clark con su propia naturaleza diferente al resto de sus amigos de la escuela. Momentos muy entrañables acompañados de un dibujo más expresivo y amable.

En palabras del propio autor, el segundo número es brutal, y no desmerece en absoluto; el tercero, sexy. Y no se equivoca, además de muy divertido y colorista: Superman borracho perdido dando tumbos por el yate de Bruce Wayne suplantando su identidad. Muy recomendable. En el cuarto, con los lápices de Jae Lee, te encontrarás al Clark Kent periodista, su llegada a la redacción del Daily Planet y su primer contacto con Lois Lane y Lex Luthor. Lo que más me gustó de este número, sus páginas finales con un interesante encuentro con Batman. En cuanto a dibujo, no es de mis artistas favoritos, pero no sé que tendrán sus ilustraciones que resultan tan atractivas quizás, por su modo tan personal de ser dibujados. Estos son los números que más destaco del tomo recopilatorio: la creación paulatina de la figura del súper hombre. Los tres restantes son los que cuentan algunas aventuras a las que se enfrenta Superman en Metrópolis. A mi juicio, menos interesantes pero aún así con buenos momentos como el reencuentro con sus antiguos amigos de Smallville en el sexto número.

Clark Kent, a medida que madura y se va asentando en Metrópolis, ve que sus esfuerzos por ayudar a los habitantes de la ciudad van en aumento además de empezar a temer qué ocurriría si él no pudiera ayudarlos a todos. Se plantea qué esperan de él, si realmente ese es su cometido; el plan que han trazado para él sus verdaderos padres allá donde estén.

Superman nunca fue mi personaje de cómic favorito y solo algunas pocas historietas destaco de él. Este cómic que reseño entra dentro de esos ilustres. Por su desenfadado estilo sobretodo en la primera etapa del personaje como Clark Kent, por la diversidad de dibujantes en la que no desmerecen ninguno, por las historietas intermedias del propio Max Landis y por la portada, que solo puedo catalogarla como sublime. Un buen modo de acercarse a la figura de aquel ser que vino de Krypton para quedarse entre nosotros.

¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Superman. American Alien.

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El piso mil, de Katharine McGee

el piso mil

el piso milLas novelas juveniles han cambiado mucho en lo que llevo en esto de las reseñas. Durante una época nos invadieron aquellas que tenían en su interior una historia de amor entre un ser fantástico y un ser humano. Y digo invadieron porque no había más que echar un vistazo a las librerías, a la sección juvenil concretamente, para ver que se había abierto la veda para todas aquellas historias que no hacía tanto pasaban desapercibidas. Más tarde, cuando ya parecía que todo estaba dicho, llegaron las historias que nos contaban una nueva realidad, en una época futura, donde las catástrofes y la extinción de la raza humana era una evidencia. Es ahora, en la actualidad, cuando los argumentos empiezan a dar una vuelta de tuerca y, aunque arrimadas a la ciencia ficción, son las historias para adolescentes más reales las que hacen acto de presencia. El piso mil ha sido comparada – en su solapa al menos – con las historias de Gossip Girl y, aunque algo de ese halo elitista haga acto de presencia, personalmente me parece diferente por una cuestión: será que no estoy muy metido en el mundo de la literatura juvenil pero pocas veces he leído historias tan reales y a la par tan duras para un público del que siempre se dice que leen historias vacías, llenas de poco interés, devaluándolas sin razón o, me temo, por simple desconocimiento. ¿Será que los tiempos en la literatura juvenil están cambiando o que, al menos en mi círculo, nos hemos vuelto menos quisquillosos?

Año 2118. En el skyline de Nueva York se alza una torre donde las plantas superiores están habitadas por los ricos y las inferiores por los pobres. Los secretos de lo que encierran sus habitantes están a punto de estallar cuando una chica caiga desde el último piso, haciendo que lo que parecía perfecto salte por los aires.

Lo primero que hay que decir de El piso mil es que hay que leerlo sin prejuicio alguno. Parece una obviedad y que eso es lo que debiera hacerse en cualquier lectura que nos llevemos a las manos, pero todos sabemos que no es cierto. Lo que nos propone Katharine McGee puede parecer simple: sacar a la luz los trapos sucios de sus personajes. Lo que no suele decirse es que hacerlo, en este tipo de libros, es casi un laberinto donde es muy fácil perderse y donde caer en errores de base. En esta novela no es así. Sorprendido por el inicio, concretamente por un dato que se da en los primeros pasos que damos a la hora de conocer a la protagonista principal, seguí leyendo y entendiendo que lo que estaba descubriendo no era una simple historia sino todo un mundo creado para que los lectores disfruten. En eso se resume todo al fin y al cabo: en poner la carne en el asador, en saber cómo cocinarla, y que después seamos nosotros los que pongamos la nota decisiva a una obra. ¿Es la mejor novela para adolescentes que se publicará este año? Esas palabras, que he leído por las redes, quizás me parezcan excesivas. No soy quien dice que una novela es lo mejor que se ha leído hasta que un año ha tocado a su fin, pero lo que sí puedo decir es que ha sido de las más entretenidas que he tenido la suerte – y en ocasiones la desdicha – de leer.

Katharine McGee teje muchos hilos, los zarandea, los revuelve, y a medida que vamos leyendo El piso mil observaremos una especie de caleidoscopio donde todo se relaciona y donde las palabras, los silencios, los secretos, la familia, los amigos, no es lo que parece. Al fin y al cabo, siempre se ha dicho que valemos más por lo que callamos que por lo que decimos. Y además, la inclusión de todo esto en un mundo de ciencia ficción se realiza con la naturalidad suficiente como para que no nos parezca absurdo lo que estamos leyendo. Y es que para mí ese es uno de los puntos flacos que suelen tener este tipo de historias: la parte del género que acaba convirtiéndose en el lastre que no hace que entremos en la lectura y nos haga abandonarla. Una lectura, por tanto, más tendente a la tranquilidad que a la acción pura y dura donde lo importante no es una explosión o la carrera por salvar una vida, sino lo que guardamos en nuestro interior que pugna por salir, por estallar y por hacer que todo lo que creíamos cierto salte por los aires. Aquí nadie se salva y es muy posible que nosotros, como lectores, tampoco.

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2084. El fin del mundo, de Boualem Sansal

2084. El fin del mundo

2084. El fin del mundo“Duerma tranquila, buena gente, todo es absolutamente falso y lo demás está controlado”.

Si algo nos ha quedado claro en los últimos años es que el Estado Islámico, por desgracia, es un proyecto tan sólido como difícil de combatir. Fundamentalista en sus dogmas, moderno en su modo de transmitirlos, ha conseguido aterrorizar al mundo con sus ejecuciones y atentados, cada vez más violentos. Parece muy complicado que, llegado a un punto, este grupo de radicales desalmados consiga hacerse con la suya e imponer su interpretación extremista de la Sharia pero, ¿qué podría pasar si un proyecto como el suyo llegase a triunfar y a imponer su credo en todo el mundo?

Este es, a grandes rasgos, el planteamiento que propone el escritor argelino Boualem Sansal en su última novela, 2084. El fin del mundo, en la que nos presenta una sociedad regida por un gobierno dictatorial, creada en torno a los dogmas de una religión monoteísta y basada en el control férreo del pensamiento y de la actuación de sus individuos. El Estado de Abistán, como vemos, no difiere mucho de los sueños húmedos de los fieles del Estado Islámico. De hecho, en la novela se habla continuamente de la Guerra Santa, de las terribles ejecuciones a los rebeldes, del papel residual de las mujeres…todo bajo los preceptos del dios Yölah y de su representante en la tierra, Abi. Los paralelismos con 1984, la obra de George Orwell, también son manifiestas y, como se puede apreciar ya en el título, el autor no sólo no ha huido de ellos, sino que los ha tomado como propios.

El personaje protagonista es Ati, un hombre a quien su curiosidad innata le lleva a encontrar incongruencias en la narrativa creada por el régimen y a darle vueltas a los orígenes del mismo. Me gusta especialmente el proceso inicial por el cual Ati comienza a despertar, a darse cuenta de la mentira en la que vive. Por mucho que lo intenta no consigue apagar sus ansias de libertad, o más concretamente, de conocer qué hay más allá de esa frontera que el Gran Hermano vende a sus conciudadanos como límite de todo. Así, la historia se enarbola en torno al viaje de Ati por entender el mundo en el que vive.

El realismo de Abistan es sorprendente; el mundo distópico creado por Sansal está muy bien construido, con mucho detallismo, tanto en las descripciones de los escenarios como en las reglas que operan en el Estado. Una dictadura tan violenta como ineficaz ya que, como históricamente ha ocurrido en los regímenes autoritarios, en ella la burocracia es enorme y la pobreza aflora. Como apunte seguramente innecesario pero completamente real, durante esta lectura he tenido déjà vus con otras obras de ficción como con Fahrenheint, 1984, Un mundo feliz, Mad Max, Matrix, Los juegos del hambre, Star Wars… Creo que es todo cosa de mi cerebro, al que cuando se le pone el reto de imaginar cosas que se escapan demasiado de lo que ya conoce, tiende a buscar referencias cercanas para no tener que trabajar demasiado.

Sí que he echado en falta algo más de frescura en la narración. En esta novela hay muy pocos diálogos y muchas reflexiones y monólogos interiores, por lo que en ocasiones la lectura puede hacerse algo tediosa. Eso no evita que sea un libro realmente interesante, una potente crítica al fanatismo religioso en general, y al proyecto del Estado Islámico en particular.

Siendo francos, no creo que 2084. El fin del mundo esté al nivel de las grandes distopías clásicas. Al fin y al cabo, hablamos de obras de mucho renombre y a las que el paso del tiempo les ha dado mucho valor profético. Por ese mismo motivo, por la cuenta que nos trae a todos, esperemos que el libro de Samsal no acabe siendo más que una obra de ficción y no una advertencia sobre el futuro que le espera a nuestro planeta.

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Hecatombe, de William Gerhardie

Hecatombe

Hecatombe“Recibiré con gusto el cambio que anuncia el Apocalipsis. Porque el tiempo es una estafa y la vida es una trampa. La maldición de la vida temporal es que solo puede ofrecernos una cosa en cada momento, mientras que el recuerdo latente del Edén es el de disponer de todas todo el tiempo.”

Este extracto de Hecatombe es el que creo que mejor define la esencia de este libro. Al mismo tiempo que su autor, William Gerhardie, anuncia en este libro el fin de los tiempos, describe una sociedad en la que nada es suficiente para que las personas que forman parte de ella alcancen la felicidad.

Pero quizás habría que comenzar desde el principio. La historia comienza cuando Frank Dickin (en muchas ocasiones confundido con el famoso novelista Charles Dickens), un escritor inglés apenas conocido y de escaso poder económico, presenta un folletín a un magnate de la prensa llamado lord Ottercove. La historia, que narra las aventuras y las desdichas que el propio escritor vivió al conocer a una excéntrica familia rusa, enamora al rico hombre de negocios y decide que hará lo que sea necesario para conducir a Frank a la cima del éxito. Sin embargo, durante el camino ambos se encuentran con varios obstáculos ý con otros personajes que les impedirán lograr lo que desean. Además, aparece en escena un científico que espera acabar con el mundo de un día para otro…

Nunca había leído nada de William Gerhardie. Sin embargo, tras leer este libro, este autor me ha recordado bastante a otro de sus coetáneos que sí he leído: F. Scott Fitzgerald. Creo que el interés de ambos radica principalmente en la ambición de su época, el retrato social y la importancia del dinero. Pero, mientras las historias de Fitzgerald me parecen más realistas y serias, esta obra me ha parecido divertida, original y me ha demostrado que el autor tiene una imaginación desbordante. Pero no son buenas las comparaciones y yo soy una apasionada de Fitzgerald. Así que, volviendo a este libro y una vez puntualizado esto, debo decir que no se parece a nada que haya leído antes. Introducir el elemento de la ciencia ficción a una historia de retrato social y comedia es especialmente original para la época en la que publicó el autor, los años 20. Además, no parece un tema que parezca sacado de la manga sino que está muy bien justificado dentro de la historia.

En cuanto a la construcción de los personajes, Gerhardie nos presenta a unos personajes muy bien definidos y desarrollados a lo largo de la historia. Los protagonistas representan los temas principales a los que se hace referencia a lo largo del libro: la ambición, la pasión, la lujuria, el amor (o lo que creen que es amor) y el dinero (que parece que todo lo compra en esta historia). Sobre todo este último. A pesar de que la mayoría de ellos no disfrutan de una vida acomodada, viven como si lo hicieran, y disfrutan acudiendo a la ópera, a bailes de gala y comprando ropa, joyas y muebles de la mejor calidad. Este es uno de los temas recurrentes en este libro, el retrato social de la media y alta sociedad de la época, tan frívola y tan atenta del dinero, que desatienden lo que realmente importa en la vida. De ahí la vuelta de tuerca del autor a la voluntad del científico de acabar con el mundo que le rodea…

A pesar de su ritmo lento y de un lenguaje demasiado descriptivo en general, Hecatombe engancha desde el principio y te lleva a querer saber en todo momento lo que va a ocurrir con esos personajes, tan infelices en realidad y tan carentes de valores más allá del dinero. Me ha parecido una novela muy entretenida, divertida y que me ha hecho reflexionar en cada uno de sus capítulos. Me alegro de haber conocido a su autor y espero tener la oportunidad de volver a leer otra de sus obras muy pronto.

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Apocalipsis suave, de Will McIntosh

Apocalipsis suave

Apocalipsis suaveLas novelas que han caído hasta ahora en mis manos con temática apocalíptica tenían todas -más o menos- un guion compartido; civilizaciones arrasadas, sociedades colapsadas, mundos devueltos a la casilla de salida. Esas historias llegaban al lector una vez todo había terminado y el mundo tal y como lo conocemos era solo un recuerdo. El pasado.

Infecciones, virus, bombas, inundaciones, colapsos financieros, clima, flora y fauna desatados, hay cientos de posibilidades para deshacer una sociedad, para revertirla, para acabar con ella. Y casi…no, todas son culpa nuestra. La premisa de Apocalipsis suave no es muy diferente de las demás premisas de novelas apocalípticas, pero si hay una sutil diferencia que hace que se diferencie en mucho del resto de historias que todos más o menos tenemos en mente. Apocalipsis suave narra, como su propio nombre indica, la caída de la sociedad desde un futuro muy cercano, prácticamente el que conocemos. De manera que asistimos a las primeras revueltas, los primeros conflictos, las primeras pandemias, la crisis en estado embrionario, el estallido a cámara lenta, a una dolorosa cámara lenta, de algo que empieza a arrasar ciudades, más tarde estados y después, países.

Parte del desasosiego de esta novela es por la proximidad con nuestra sociedad actual, con esas escenas en que quien solo meses antes era considerado de clase media, es ahora un sin techo, un nómada que se arrastra de una ciudad a otra mientras los que aún conservan sus casas los apedrean y los insultan. O con aquellas en que trabajar en un supermercado es un privilegio por tener apenas unos dólares de sueldo pero con el riesgo constante de un saqueo o un asalto, cosa que pasa habitualmente. O con aquellas otras que unen en una misma escena la violencia que mana del miedo a lo desconocido, el pillaje, la fuerza bruta masculina, las violaciones y el asesinato.

Cuando la sociedad se parte y se rompe y se desmenuza y solo vale el individualismo, porque quizás tu vecino te tosa encima o estornude y mueras, o puede que a tu madre o a tu hermana les hayan pinchado sin darse cuenta en la cola del supermercado con el ultimo virus de diseño. Solo los grupos reducidos sobreviven. Los más fuertes, los más listos, los más osados. Las tribus que viven a las afueras de las ciudades, llenas de universitarios, de médicos, de abogados, de ingenieros, de exmilitares.

Un día eres una estrella de rock, un médico que investiga como detener las muertes, un gerente de un supermercado, y al día siguiente tu ciudad está ardiendo sin control, los disturbios se generalizan, los comercios estallan, la gente huye sin control entre disparos y tú te arrastras por las vías del tren hacia un destino desconocido.

Eso es Apocalipsis suave, una sociedad desmoronándose día a día, minuto a minuto; Wallmarts arrasados y reconstruidos al día siguiente, policía que se desentiende de los delitos, patrullas ciudadanas, palizas, bandas, eco-terroristas, ejercito. Ciudades con una estabilidad tan precaria que el más mínimo disturbio desencadena el caos. Un espejismo. Una mentira piadosa para seguir viviendo, para engañarse e intentar seguir adelante. Acostumbrados a las historias donde todo ya ha acabado, Apocalipsis suave nos enfrenta con el miedo intrínseco a perderlo todo, a perder cada día una parte de lo que conforma nuestras vidas. Un día el agua, la semana siguiente el suministro de luz, al cabo de un mes el puesto de trabajo, puede que en cuatro meses nuestra casa. No hay nada más doloroso y brutal, que perderlo todo a cámara lenta, a plazos, sin que puedas hacer prácticamente nada.

Will McIntosh narra no solo la caída de unas cuantas ciudades, de los estados o de una sociedad, nos cuenta la pérdida paulatina de valores –cuando pasamos de personas a simplemente salvajes- narra el colapso de la sociedad del bienestar, desmenuza las jerarquías, las clases, la política, la convivencia y lo vuelve todo a un estado primitivo, arcaico, fundacional, regido por la supervivencia, la fuerza y la violencia.

Apocalipsis suave es entretenida y oscura, con un mensaje subyacente sobre a donde nos podríamos encaminar si no empezamos a prestar un poco más de atención a cuanto nos rodea y a cuantos nos rodean…

Por cierto, si en vuestras ciudades veis que el bambú prolifera de manera excepcional o que crece sin control y que la gente sonríe mucho, está muy feliz y tiene la mirada un poco perdida… ¡Corred, por el amor de Dios, corred y no paréis!

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Paper Girls 2, de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang

Paper Girls 2

Paper Girls 2La nostalgia es muerte. Así de contundente se abre Paper Girls 2. Bien se podría aplicar a esas hordas de chavales que intentan imitar, con dudoso gusto, las vestimentas de una época pasada como fueron los ochenta. Podría incluso ser válida esta afirmación para aquellos modernos, muy numerosos en los barrios más cool de Madrid, también denominados hipsters, que recuperan el gusto por lo analógico (cámaras fotográficas, bicis BH e incluso algún walkman he llegado a ver colgando de un vaquero de estrecheces imposibles, de esos que parecen tatuados a unas piernas de ciclista). Hum…lo siento, chicos y chicas, pero si seguís utilizando aplicaciones de móviles y las fotos de saltos en la playa para cuyo título de foto empleáis una retahíla de palabras sin espacios precedidas del símbolo de la almohadilla de vuestro teclado, la nostalgia, en vuestro caso, es pura fachada. Es decir, muerte.

Pero no todo está contaminado. El buen hacer con la nostalgia también nos ha otorgado gratas y necesarias sorpresas como en el caso de la serie de televisión Stranger Things. La serie que ha recuperado el placer de contar historias de terror y ciencia ficción tal y como se hacía en los gloriosos años de Spielberg o John Carpenter. Con una espléndida Winona Ryder y con el apoyo incondicional de uno que sí sabe bastante de ese tipo de historias como es Stephen King. Él mismo llegó a decir que ver Stranger Things era como ver sus grandes éxitos. Y en la misma línea de esta serie, el galardonado guionista Brian K. Vaughan (Saga, Y. El último hombre) ha creado un monstruito ochentero en cómic que es de lo mejorcito que he leído en mucho tiempo: Paper Girls, o lo que es lo mismo, las repartidoras de periódicos.

En el primer número de la serie que edita Planeta nos situaban en la noche de Halloween de 1988 y nos presentaban al grupo de cuatro chicas que, montando en sus bicis, reparten periódicos por la barriada de Cleveland donde residen. Ellas son Erin, la recién llegada al grupo, KJ, siempre armada de su stick de hockey, Tiffany y Mac. Un descubrimiento muy extraño serviría para dejarnos con la miel en los labios y hacernos esperar unos meses para poder saciarnos en Paper Girls 2, el número que nos ocupa en esta reseña.

La portada, de llamativos y sólidos colores primarios, nos muestra a Mac, la más chunga del grupo. En ella se centrarán las páginas del cómic. Al ser una serie regular y, de momento, con una acogida bastante buena de ventas y seguimiento, el guionista se va a permitir el lujo de ir presentando a cada miembro del grupo cediéndoles el protagonismo y dejándonos conocer más a fondo a cada uno de ellos y su entorno. Con un comienzo muy al estilo de la serie que mencionaba antes, yo diría prácticamente calcado, nos deja con uno de los trucos que van a ser marca de esta serie; un enigma que espera ser resuelto más adelante. Hay por ahí una mano recogiendo un walkie-talkie que vete tú a saber de quién es…Y el final, en unas escenas bastante interesantes con la madre de Mac, impactante. De esos para morderse las uñas esperando la publicación siguiente.

El ritmo narrativo, gracias a los dibujos y al fabuloso guión, no decae en ningún momento. Para mí, la dupla Brian K. Vaughan/Cliff Chiang se ha convertido en uno de los equipos creativos más interesantes que se puedan disfrutar en cómics actualmente. Además de realzar con mucho encanto una época, la de los años ochenta, con muchos de sus detalles (walkman, bicis con luces nocturnas, publicidad de la campaña de Bush Senior a la presidencia…) sin hacer que parezca forzada, el argumento y el cómo está contado, engancha. La nostalgia, en este caso, no es ni mucho menos muerte. Es un placer disfrutar de historias bien contadas y dibujadas sea cual sea la época en la que se ambienten. Ya seas de los que visite con frecuencia la barbería, montes en una BH para ir al trabajo o a clase, o escuches a Depeche Mode en casete, o nada de eso, seas uno más del siglo XXI, si lo que buscas es un cómic divertido, con personajes interesantes e historias llenas de misterios con un marcado gusto por la ciencia ficción, esta serie de cómics es más que recomendable.

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MPH, de Mark Millar y Duncan Fegredo

mph

Pumphedes obtenerla si un rayo cae en el laboratorio en el que trabajas. Caprichos del azar. O tenerla por pertenecer a una raza extraterrestre y que esa particular habilidad no sea nada del otro mundo en tu lugar natal pero que en la Tierra resulte ser poco menos que increíble. También puedes conseguirla si un mago te obsequia con un conjunto de poderes y, entre ellos, se encuentra esa capacidad. Magia de la buena; sin trampa ni cartón. Haberla conseguido por herencia genética; sí, una opción tan válida como otra cualquiera. O, simplemente, haber nacido con el don porque algo en tu interior mutó. ¡Dejen paso a la evolución! O ser un dios; por supuesto, si eres un dios das por sentado haber sido agraciado con la súper velocidad. ¡Qué menos! Pero alguien ha ingeniado una nueva forma de correr más rápido que un bólido. ¿He dicho un bólido? ¡Más que un jodido avión supersónico! Y quién sabe, tal vez hasta más rápido. Rompiendo todos los récords, destrozándolos hasta pulverizarlos. Haciendo fosfatina la barrera del sonido en lo que dura el latido de un corazón. Mach 10, o lo que se tercie. Ahora, y a un precio muy asequible, la tan ansiada súper velocidad viene contenida en una insignificante pastillita. Una gragea similar a la que es capaz de ejecutar, sin compasión, el dolor de cabeza, pero con las propiedades para convertirte en el ser más rápido sobre la faz de la Tierra. Diseñada y elaborada, exclusivamente para ti, en los laboratorios Mark Millar. ¿Su nombre? MPH.

No debería extrañarnos que Mark Millar utilice las drogas como medio para otorgar súper poderes a sus “héroes”. Acostumbra a hacerlo, a transgredir las normas establecidas y a eludir los clichés del cómic de superhéroes. En Kick-Ass convirtió en el azote de los villanos a un friki con un traje de buzo. En Némesis nos mostró como sería alguien como Batman si hubiera decidido pasarse al bando de los malos. Pero si hasta se atrevió con el niño bonito de DC, Superman, en Superman: hijo rojo, convirtiéndolo en el estandarte de la Unión Soviética. En MPH pone a disposición de unos marginados, unos chavales que malviven en Detroit, un poder para cambiar su suerte; su destino. Sin trabajo, sin esperanza y con la única forma de buscarse la vida que trapicheando y delinquiendo éstos decidirán, tras conseguir la súper velocidad, que lo más correcto es… seguir delinquiendo pero a más velocidad. “Nos sentíamos tan bien robando a todos esos peces gordos que habían mutilado Detroit…” ¡Toma ya!

Pero no todo será pegarle palos a los bancos dejando a los más ricos con cara de bobos. Mark Millar guarda varias sorpresas jugosas y algún que otro giro que, sin ser una novedad en el mundo de los velocistas capaces de correr sobre el agua, resultan ciertamente atractivos al hallarse en el punto clave de la historia. Además de esto, dispara a bocajarro unas cuantas críticas, tanto las implícitas a lo largo de la historia como las más explicitas, al capitalismo más despiadado. “Nos lo quitaron todo, convirtiendo una potencia industrial en un sitio del que la mitad escapaba, dejando más de ochenta mil casas vacías”. Correr, entonces, se convierte en la forma de ajustar cuentas, de tomarse la justicia por su mano. “Si la ley hace la vista gorda, nosotros creamos nuestras propias leyes”. Correr por venganza. Castigar por venganza. Robar por venganza. En 2015 El 1% más rico tenía tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto. Así pues, ¡qué carajo!, seguro que empatizáis con Roscoe, Rosa, Chevy y Baseball. A no ser que pertenezcáis a ese 1%.

La parte gráfica de MPH corre (y nunca mejor dicho) a cargo de Duncan Fegredo. Su trazo grueso, muy duro y recargado de sombras, cumple sobre todo en las escenas de acción. Escenas que gozan de menos (no muchos menos, ojo) violencia y litros de tomate frito de lo que Millar nos tiene acostumbrados. Mostrar la súper velocidad en una película (me viene a la mente la escena de Quicksilver en X-Men: Apocalipsis) en la que se puede jugar con el movimiento, o con la falta de éste, es mucho más fácil que hacerlo en una viñeta. Por ello Fegredo tira de ingenio para, mediante algunos trucos de dibujante, transmitir al lector, con bastante atino, las sensaciones de aceleración: cubrir el cuerpo del corredor de rayos y centellas, multiplicar su presencia para dar la sensación de ubicuidad, o incluso moldear los elementos dependiendo de la velocidad (como las gotas de agua, convertidas en esferas cuando el paso del tiempo se observa desde la perspectiva de los protagonistas). El lector por su parte debe comprometerse, para que el conjunto funcione, en poner algo de imaginación (la cual cosa, en mi caso, nunca resulta una tarea ardua). En especial en las escenas en las que el mundo corriente se detiene y el velocista novato se pasea preguntándose por qué cojones todo el mundo está parado.

Voy a ser honesto: MPH no es de las mejores obras de Mark Millar, pero, para ser también justo, debo decir que el autor tiene en su haber obras sublimes, cómics que son verdaderas joyas, ergo es complicado que siempre alcance esas cotas de calidad. Eso solo significa que MPH es un buen cómic. Un cómic con una buena historia y un dibujo acorde. Un cómic que hará las delicias de cualquier aficionado al género y que se lee en lo que dura un chasquido de dedos. Un cómic que engancha, como lo hacen las pastillas MPH. Pastillas que vienen sin instrucciones que leer atentamente y que, en caso de duda, no es necesario consultar con tu farmacéutico. ¡Solo ingiérelas y corre!

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Revival, de Stephen King

Revival

RevivalEn una entrevista para un medio americano, a Stephen King le preguntaron si esperaba ir al cielo tras su muerte y él contestó: «Ni de coña. Al menos no al cielo que me enseñaron cuando era pequeño. La idea de estar tumbado en una nube escuchando a angelitos tocando el harpa me aburre. ¡Yo quiero escuchar a Jerry Lee Lewis!». Dos conceptos, la idea de la religión y el rock and roll, hermanados. Es habitual en el escritor de Maine incluir referencias a la creencia en Dios y a la música rock de la que tanto disfruta. Estos dos elementos se unen para dar cuerpo y alma a su novela Revival.

Inmerso en medio de una trilogía de corte policíaco que arrancaba con Mr. Mercedes, King quiso recuperar parte del halo de oscuridad sobrenatural de muchas de sus anteriores novelas publicando entre medias Revival. Una historia que profundiza en la perdición y la redención, las adicciones y la fe, la muerte y la otra vida.

A comienzos de los años 60, en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, una sombra se ciñe sobre el pequeño Jamie Morton que juega con sus soldaditos en el jardín de su casa. Al girarse, Jamie ve la figura del nuevo pastor de la iglesia, Charles Jacobs. Desde ese encuentro, crean un vínculo muy especial que les mantendrá unidos el resto de sus vidas.

Tras un trágico suceso, el pastor pierde toda su fe en Dios centrándose en una de sus pasiones, el poder de la electricidad con la que se obsesiona en ridiculizar la creencia de la iglesia. Por su parte, Jamie, que durante décadas encarriló su vida por un camino de perdición rodeado de drogas y rock and roll, vuelve a tener noticias de quien fuera su pastor. Al recibir ayuda de Charles Jacobs, sin ser muy consciente de ello, creó un pacto diabólico con alguien que le mostraría una verdad que le aterrará el resto de sus días.

Cuando se anunció la publicación de Revival, con una portada más que atractiva con esa carpa de circo y el amenazante rayo de tormenta que en su nueva edición en DeBolsillo se mantiene, seguí muy de cerca las entrevistas y comentarios que se hacían antes de su publicación. Incluso en aquel entonces ya se habló de su versión cinematográfica, algo, por otra parte, normal en cada una de sus obras. Lo más actual que había leído de él, previo a esta novela que estoy reseñando, fue la inmensa 22/11/63, un mamotreto de los que se te cae la baba en cada página y Joyland, la historia de un chaval que comenzó a trabajar en un parque de atracciones con un corte entre misterio y búsqueda de pistas. Ambas me dejaron claro que, de nuevo, King vivía un despunte de creatividad actual muy interesante. Y para mí, Revival, en el podio de últimas publicaciones del autor, al menos de las que he leído, consiguió el bronce.

El argumento en sí se desarrolla entre la vida de un rockero (yo diría que Stephen King mostró en esta historia la biografía frustrada de lo que le hubiera gustado dedicarse a él mismo si en lugar de escribir novelas se hubiera decantado por el rock and roll) y la disputa interna de un pastor frente a sus creencias y que se dedica a realizar peligrosos experimentos con el poder de la electricidad. En mi opinión, la historia no daría de sí para abarcar una novela de trescientas páginas, de ahí que gane tanta importancia y extensión en la obra las memorias rockeras del protagonista. No las considero prescindibles, todo lo contrario, me pareció una muestra de poderío narrativo de Stephen King de abarcar, dentro de un hecho insólito y terrorífico, ese algo que descubre el pastor empleando la electricidad, la vida de una estrella del espectáculo. Aunque es cierto que en cuanto a caracterización de sus protagonistas no han calado lo suficiente en mí, el crecimiento en la obra del joven Jamie Morton, pasando de sus años de instituto y sus relaciones con los amigos, novias y familia a los turbulentos años de adicciones y vida en los escenarios, resulta una evolución del personaje muy bien llevada por su autor.

El libro se abre con una cita de Lovecraft y bien mirado, el final de la novela, que acojona un rato, podría enlazarse bastante con dicha cita. La inspiración de Mary Shelley también ha dejado su impronta en Revival. Por tanto, se podría decir que esta novela resulta una suerte entre varios elementos que hacen común las historias de Stephen King (no es la novela que recomendaría para un iniciado pero sí a tener en cuenta una vez leídas las joyas de la corona) y un paseo por algunas de sus inspiraciones, tal y como hacemos los autores noveles cuando comenzamos a escribir. ¿Será este un nuevo renacer para la última etapa —Dios quiera que sea larga— de Stephen King?

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Golem, de Lorenzo Ceccotti

Golem

Golem¡Bienvenidos a Roma, cuna del imperio romano! Antaño ciudad de histéricos conductores con la mano siempre adherida al claxon. Hoy metrópolis perteneciente a la próspera Unión Euroasiática, remanso de paz de conductores adoctrinados a circular de forma ordenada y silenciosa. Roma, grandiosa ciudad de oportunidades en la que el paro es un animal mitológico y los bancos, con el refulgir de sus luces y esas vocecitas inocentes que insisten en retar a sus clientes en apuestas que estos últimos siempre pierden, parecen ilusorias máquinas tragaperras. Y luego están los anuncios que copan cualquier esquina de la urbe, de tu automóvil y hasta de tu cuarto de baño. ¡Compra, compra, compra! Roma, la ciudad eterna; así como parecen serlo sus ciudadanos a los cuales se les ofrece la oportunidad de hacerse retoques plásticos en unos minutos y desde el confort de sus hogares. Lo que se ve es lo que cuenta. Roma, ciudad utópica, donde las fuerzas del orden velan por la seguridad de sus residentes vigilándoles a todas horas, sabiendo lo que hacen en todo momento y eliminando a todo aquel que se descarría del buen camino. Roma, lugar placentero para vivir. Tome sus pastillas para no soñar y duerma de un tirón sin pensamientos creativos que entorpezcan su descanso. ¡Bienvenidos a Roma! Una Roma de ensueño.

Esta Roma futurista, que es un personaje pasivo pero transcendental además del telón de fondo del cómic Golem, es el resultado final de la fértil e imaginativa mente de Lorenzo Ceccotti (artista gráfico romano al que no tenía el placer de conocer pero al cual, y tras la lectura de Golem, voy a seguir muy de cerca). Este dibujante (y creo que este adjetivo se queda muy corto) tan pronto engendra el cartel de una película, que ilustra libros de Haruki Murakami, o, como es el caso, crea un cómic que se te queda grabado para siempre en la retina. Golem es una historia distópica al uso: vigilancia, represión y toneladas de “opio” para un pueblo aborregado, además de ser un reflejo distorsionado y extremo de nuestra actual sociedad. “Nuestro poder se basa en la instigación al consumo”. Y por supuesto, revolución. “Llegará un día en que tus sueños se harán realidad”. Y es que, y evidentemente, ese futuro es de todo menos perfecto. Y Steno, un muchacho que no se toma las pastillas que suprimen la capacidad de soñar, despierta cada mañana con la sensación de que ese mundo perfecto, ese arquetipo de ciudad inmejorable, está a punto de desmoronarse. Y sabe con certeza que está a punto de ocurrir. Ese posible cambio de rumbo puede proporcionarlo un descubrimiento, uno que puede redefinir por completo la forma de vivir de toda la sociedad; de todo el mundo. Un mundo, dominado por monopolios, que Lorenzo Ceccotti describe en tan solo una decena de páginas de forma soberbia, convirtiéndolo en algo tan tangible como plausible. Como genial es el concepto del invento: un elemento sencillo, concebible si se suspende la incredulidad (¡obligatorio en cualquier lectura!), insostenible científicamente (si nos ponemos tiquismiquis…) pero a fin de cuentas una idea suficientemente verosímil y seductora como para que el lector quede atrapado y la trama avance. Amigos, esto es un cómic, no un soporífero tratado científico.

Gráficamente Golem es demencialmente delicioso. No es navidad, ni tu cumpleaños pero aquí está, ¡bum!: un regalo para la vista. ¿Soy yo o esas viñetas parecen fotogramas extraídos de un anime? Solo que no hay anime, ni manga, es un cómic europeo. Pero es obvio, con solo echar un vistazo a Golem, que Lorenzo Ceccotti, con su particular estilo, toma como inspiración y rinde homenaje al manga de los 90 pero sin dejar de lado algunos, aunque pocos, rasgos distintivos del cómic europeo. Ninjas armados hasta los dientes con alta tecnología o soldados psicópatas con armas psíquicas que hacen recordar al Ghost in the Shell o al Appleseed de Masamune Shirow. Escenas con acción desenfrenada (justificadas por un guion robusto) que te hacen volar sobre esas páginas en las que también anidan seres gigantescos y aberrantes que rememoran los estados finales de la metamorfosis que sufre Tetsuo en Akira o, incluso, las múltiples transformaciones a las que se ve abocado Ryu en Project Arms de Ryoji Minagawa. O esa luz, ese color, que luce en cada viñeta y que inunda incluso las escenas más tenebrosas, junto al mensaje que subyace bajo tanta acción, que te hacen venir a la memoria los mejores títulos de Hayao Miyazaki. Pero es sin ninguna duda el Katsuhiro Otomo que ideó Akira el gran referente de Lorenzo Ceccotti. Pero entonces, cuando crees que ya lo has visto todo, cuando crees que el autor ya no puede sorprenderte más… Fundido negro, vuelta de página, y te encuentras con un cuadro repleto de claroscuros que parece la creación de un pintor del barroco. No, no hace falta que mires a tu alrededor, no estás en un museo de arte. Te encuentras ante la Roma del futuro. Una Roma con unos pocos aunque obstinados revolucionarios, unos idealistas que quieren cambiar el curso que está tomando la historia. Bienvenidos al inicio de una nueva Roma. Más cívica, más justa, más igualitaria. En donde cada uno sea dueño de las riendas de su futuro. “¡No dejes nunca de soñar!” Bienvenidos a la Roma de Lorenzo Ceccotti.

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