
Esta serie, de la que ya tuve el placer de reseñarles la primera entrega, resulta indispensable para todo aquel a quien le interese la figura de Lev Tolstói por su evidente interés histórico ya que permite contemplarlo a través de la mirada de sus contemporáneos, pero esta segunda entrega, magnífica, es imposible desligarla de su vertiente emocional ya que el primero de los relatos es obra de Sofía Andreiévna Tolstaia, su mujer, y relata nada más y nada menos que su boda, y el último de ellos nos cuenta su funeral. Los relatos que componen Así era Lev Tolstói (II) son:
– La boda de Tolstói (Sofía Andreievna Tolstaia)
– De mi trato con Tolstói (Ilyá Repin)
– Cinco días en Yásnaia Poliana (Tokutomi Roka)
– En los funerales de Tolstói. Impresiones y observaciones (Valeri Yákolevich Briúsov)
La mirada, como se puede comprobar de un vistazo, es amplia, desde su mujer a un pensador japonés que compartió unos días con Tolstói. Desde un artista consagrado, como el pintor Ilyá Repin, a un poeta y dramaturgo que no lo conoció en persona.
El primero de ellos, un relato sencillo de la boda escrito por la mujer, se diría que recuperando sus ojos de novia, resulta de una emotividad difícil de entender para quienes no se hayan sumergido en sus diarios, los de ambos, y sean conscientes de la evolución posterior de la relación. Es un hecho conocido que en sus últimos tiempos se tornó tormentosa, y a consecuencia de ello y de la proyección de la figura de él la historia probablemente no haya sido especialmente justo con Sonia, su mujer, de forma que este relato, tan inocente y refrescante, reconcilia al lector con una mujer cuya vida fue francamente complicada. Y en todo caso la contemplación de su amor, en aquel tiempo tan puro, es un espectáculo francamente hermoso. Puede que sea una apreciación personal o subjetiva, pero les puedo asegurar que leer este relato ha sido un verdadero placer.
El segundo en aparecer en las páginas de Así era Lev Tolstói (II) es el pintor Ilyá Repin, autor de alguno de los más famosos retratos de Tolstói y de obras francamente impactantes como Los sirgadores del Volga. Un grande. Y tal vez sea su tremenda dimensión artística la que permite hacerse una idea bastante fiel de la del propio Tolstói en su época, porque la veneración con la que habla de él es francamente destacable. Se suma además la especial relación que tenía Tolstói con el arte en su madurez, cuando su pensamiento se impuso tan claramente a su faceta más puramente literaria. Ser testigo de las conversaciones entre el pensador y el pintor es un verdadero privilegio.
Y si la veneración de Repin por Tolstói era grande, la que exhibe el pensador Tokutomi Roka no es menor. Es sumamente interesante porque da clara muestra de la influencia de Tolstói más allá de las fronteras de Rusia en una época en la que las comunicaciones nada tienen que ver con lo que son hoy. A la devoción del japonés por el pensamiento y la figura del ruso hay que añadir la descripción de la forma de vida de la familia en Yásnaia Poliana, las rutinas, la alimentación, etc Es un documento de un interés extraordinario.
Pero tal vez la mayor demostración de la dimensión histórica y humana del escritor que contiene Así era Lev Tolstói (II) sea el hecho de que resulta imposible leer la crónica de su funeral aun hoy día sin apenarse. Que un contemporáneo no pueda esconder en sus letras el dolor que le produce la muerte de aquel gran hombre es comprensible, que hoy día le ocurra lo mismo a un lector de una época tan distante y tan diferente es ciertamente digno de reseñar.
Y no puedo finalizar sin dedicar unas palabras a repetir una cosa ya apuntada en la reseña anterior: la figura de Selma Ancira, a través de cuya elegancia hemos podido disfrutar de muchas de las obras de Tolstói y ahora de estos impagables retratos, se ha ligado hasta tal punto en mi subconsciente a la del propio autor que ambos son una garantía de la misma calidad. No sería correcto terminar sin agradecérselo.
Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es



No sé si es buena idea empezar esta reseña diciendo que a mí la Historia nunca me ha llamado la atención. Y eso que yo estudié letras puras. El Latín, el Griego y el Arte me gustaban muchísimo, pero la asignatura de Historia… me hacía tener pesadillas. Nunca supe entenderla y mucho menos estudiarla. Se me atragantaban las tardes en las que tenía que subrayar páginas y páginas de hechos pasados hace tantos años. Por no hablar de los exámenes… Historia fue la única asignatura que manchó un poco mis notas de Bachillerato. Donde todo eran sobresalientes, ahí estaba ese seis que tanto me dolía ver. Cuando empecé la carrera de Derecho, a sabiendas de que tendría alguna asignatura de Historia, me propuse cambiar el chip e intentarlo de verdad, pero no. Tampoco eso me funcionó. Historia del Derecho y, sobre todo, Derecho Romano, me daban escalofríos cada vez que las veía en mi horario. Así que desistí en mi intento por comprender el pasado y me centré en el presente y en el futuro.
Nadie en su sano juicio envidiaría la vida que lleva 


Supongo que, dado que este texto es una reseña de Trabajo, piso, pareja, tendrán alguna expectativa razonable de que la describa según unas referencias comunes, que lo etiquete, por decirlo de forma que se me entienda. Y ya les puedo asegurar que no tengo la menor intención de hacer algo así, en primer lugar porque como no creo en etiquetas hacerlo sería traicionarme, pero también, y esto es lo más importante, porque hacerlo sería traicionar a un libro tan libre y original que seguro que se resistiría al intento con uñas y dientes. Créanme, lo último que quisiera sería enfadar a Clarisa, la protagonista, y a ustedes tampoco se lo recomiendo.
En mitad del desierto y bajo un sol de justicia, una cigüeña llamada Jiri y un zorro bastante afelinado que responde al nombre de Polka tienen calor y pasan sed. Parten en busca de algo que beber, pero, tras una serie de encuentros con personajes a cual más curioso, no encuentran más que un coco. ¿Cómo abrirlo?
Más o menos en la época en la que 
A lo largo de la historia del arte, la simetría ha sido uno de los pilares de la belleza. No hay más que visitar la Alhambra, el Taj Mahal, cualquier catedral gótica, o echar un vistazo al más conocido estudio de Leonardo sobre el cuerpo humano para ver cómo esa especie de propiedad matemática ha sostenido durante siglos nuestro concepto de la perfección.
Me he declarado fan de las sagas como un millón de veces. Pero cuando leo libros como el que traigo hoy para reseñar, llego a ponerlo en duda. Por una sencilla razón: lo desesperante que es tener que esperar a que salga el siguiente tomo. Tuve la suerte de poder leer 
Huracán, la última novela de 
