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Así era Lev Tolstói (II), de Selma Ancira

Asi era Lev Tolstoi (II)

Asi era Lev Tolstoi (II)Esta serie, de la que ya tuve el placer de reseñarles la primera entrega, resulta indispensable para todo aquel a quien le interese la figura de Lev Tolstói por su evidente interés histórico ya que permite contemplarlo a través de la mirada de sus contemporáneos, pero esta segunda entrega, magnífica, es imposible desligarla de su vertiente emocional ya que el primero de los relatos es obra de Sofía Andreiévna Tolstaia, su mujer, y relata nada más y nada menos que su boda, y el último de ellos nos cuenta su funeral. Los relatos que componen Así era Lev Tolstói (II) son:

– La boda de Tolstói (Sofía Andreievna Tolstaia)
– De mi trato con Tolstói (Ilyá Repin)
– Cinco días en Yásnaia Poliana (Tokutomi Roka)
– En los funerales de Tolstói. Impresiones y observaciones (Valeri Yákolevich Briúsov)

La mirada, como se puede comprobar de un vistazo, es amplia, desde su mujer a un pensador japonés que compartió unos días con Tolstói. Desde un artista consagrado, como el pintor Ilyá Repin, a un poeta y dramaturgo que no lo conoció en persona.
El primero de ellos, un relato sencillo de la boda escrito por la mujer, se diría que recuperando sus ojos de novia, resulta de una emotividad difícil de entender para quienes no se hayan sumergido en sus diarios, los de ambos, y sean conscientes de la evolución posterior de la relación. Es un hecho conocido que en sus últimos tiempos se tornó tormentosa, y a consecuencia de ello y de la proyección de la figura de él la historia probablemente no haya sido especialmente justo con Sonia, su mujer, de forma que este relato, tan inocente y refrescante, reconcilia al lector con una mujer cuya vida fue francamente complicada. Y en todo caso la contemplación de su amor, en aquel tiempo tan puro, es un espectáculo francamente hermoso. Puede que sea una apreciación personal o subjetiva, pero les puedo asegurar que leer este relato ha sido un verdadero placer.
El segundo en aparecer en las páginas de Así era Lev Tolstói (II) es el pintor Ilyá Repin, autor de alguno de los más famosos retratos de Tolstói y de obras francamente impactantes como Los sirgadores del Volga. Un grande. Y tal vez sea su tremenda dimensión artística la que permite hacerse una idea bastante fiel de la del propio Tolstói en su época, porque la veneración con la que habla de él es francamente destacable. Se suma además la especial relación que tenía Tolstói con el arte en su madurez, cuando su pensamiento se impuso tan claramente a su faceta más puramente literaria. Ser testigo de las conversaciones entre el pensador y el pintor es un verdadero privilegio.
Y si la veneración de Repin por Tolstói era grande, la que exhibe el pensador Tokutomi Roka no es menor. Es sumamente interesante porque da clara muestra de la influencia de Tolstói más allá de las fronteras de Rusia en una época en la que las comunicaciones nada tienen que ver con lo que son hoy. A la devoción del japonés por el pensamiento y la figura del ruso hay que añadir la descripción de la forma de vida de la familia en Yásnaia Poliana, las rutinas, la alimentación, etc Es un documento de un interés extraordinario.
Pero tal vez la mayor demostración de la dimensión histórica y humana del escritor que contiene Así era Lev Tolstói (II) sea el hecho de que resulta imposible leer la crónica de su funeral aun hoy día sin apenarse. Que un contemporáneo no pueda esconder en sus letras el dolor que le produce la muerte de aquel gran hombre es comprensible, que hoy día le ocurra lo mismo a un lector de una época tan distante y tan diferente es ciertamente digno de reseñar.
Y no puedo finalizar sin dedicar unas palabras a repetir una cosa ya apuntada en la reseña anterior: la figura de Selma Ancira, a través de cuya elegancia hemos podido disfrutar de muchas de las obras de Tolstói y ahora de estos impagables retratos, se ha ligado hasta tal punto en mi subconsciente a la del propio autor que ambos son una garantía de la misma calidad. No sería correcto terminar sin agradecérselo.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El hombre que perseguía a su sombra, de David Lagercrantz

El hombre que perseguía su sombra

El hombre que perseguía su sombraDavid Lagercrantz sigue con la difícil tarea de continuar la saga Millenium, esa que la muerte prematura de Stieg Larsson dejó en una corta trilogía, para disgusto de todos sus fans. Pero también, el autor sueco lucha por acabar con el estigma de la comparación continua con Stieg, esa que le lleva persiguiendo desde 2015, año en el que se puso de nuevo en marcha la maquinaria Millenium con la publicación de la cuarta historia de Lisbeth, Blomkvist y todo el elenco de secundarios, titulada Lo que no te mata te hace más fuerte. Hace dos años fueron muchas las voces disconformes. Primero, por no encontrar sentido a una continuación si no es con su creador original, y segundo, por la comparación a la baja si se trata de valorar los méritos literarios del original y el continuador. Sin embargo, muchos, entre los que me incluyo, vimos en la cuarta entrega una novela casi tan adictiva como las anteriores, por eso esta quinta, El hombre que perseguía su sombra, se presenta como otra interesante oportunidad de seguir disfrutando del noir sueco que más éxitos literarios ha dado a su país.

En esta ocasión todo empieza con Lisbeth Salander cumpliendo condena en la cárcel de Flodberga. Aunque es difícil, intenta pasar desapercibida, hasta que al intentar defender a una joven de Bangladés se pone en el punto de mira de una de las presas más peligrosas de la prisión. Holger Palmgren, antiguo tutor de Lisbeth, le hace una visita en prisión y le consigue unos documentos comprometedores sobre los abusos sufridos en su infancia. Pese a la reclusión, Lisbeth contacta, una vez más, con Mikael Blomkvist, empezando juntos una investigación que les llevará a encontrar un experimento macabro llevado a cabo por el gobierno sueco en la década de los ochenta.

Quizá uno de los puntos fuertes que tiene la literatura de David Lagercrantz es que sabe elegir muy bien qué temas pueden ser más interesantes para desarrollar sus historias. Si en el anterior libro llamaba mucho la atención todo el tema de la NSA y el misterioso August, en esta ocasión la cosa no iba a ser menos. El islamismo radical, la corrupción política o experimentos poco éticos con niños son temas que enganchan a una trama ya de por sí fácil de leer.

Creo que el mejor consejo que se puede dar a un lector para disfrutar de este libro es olvidarse de una vez de la alargada sombra de Stieg Larsson y disfrutar de la nueva historia que nos quiere contar David. Hay que reconocer que la historia engancha desde el principio, y las más de 600 páginas se hacen cortas al lector, algo que no siempre suele pasar. Lo bueno de Lagercrantz es que ha dejado atrás esas tediosas y largas descripciones a las que nos tenían acostumbradas las otras cuatro entregas de la saga. En El hombre que perseguía su sombra todo pasa rápido, y el ritmo es frenético desde las primeras páginas. También ayuda que el personaje de Lisbeth, el que sustenta siempre todo el mundo de Millenium, entre en acción nada más comenzar la historia. Además, poco a poco seguimos descubriendo partes del pasado de Salander que pensábamos oculto, lo que sin duda es un aliciente.

En conclusión, creo que no es muy arriesgado afirmar que esta saga se extenderá en el tiempo mientras que los lectores sigan convirtiendo cada entrega en un éxito de ventas. Además, un personaje tan poliédrico y adictivo como el de Lisbeth Salander bien vale llenar cientos y cientos de páginas de buena literatura negra, siempre que queden todavía facetas suyas por descubrir.

César Malagón @malagonc

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La tierra de las Españas, de Juan Vicente Caballero Sánchez y Rafael Medina Borrego

La tierra de las Españas

La tierra de las EspañasNo sé si es buena idea empezar esta reseña diciendo que a mí la Historia nunca me ha llamado la atención. Y eso que yo estudié letras puras. El Latín, el Griego y el Arte me gustaban muchísimo, pero la asignatura de Historia… me hacía tener pesadillas. Nunca supe entenderla y mucho menos estudiarla. Se me atragantaban las tardes en las que tenía que subrayar páginas y páginas de hechos pasados hace tantos años. Por no hablar de los exámenes… Historia fue la única asignatura que manchó un poco mis notas de Bachillerato. Donde todo eran sobresalientes, ahí estaba ese seis que tanto me dolía ver. Cuando empecé la carrera de Derecho, a sabiendas de que tendría alguna asignatura de Historia, me propuse cambiar el chip e intentarlo de verdad, pero no. Tampoco eso me funcionó. Historia del Derecho y, sobre todo, Derecho Romano, me daban escalofríos cada vez que las veía en mi horario. Así que desistí en mi intento por comprender el pasado y me centré en el presente y en el futuro.

Y aquí estoy hoy. Reseñando un libro de historia. De Historia con letras mayúsculas, mejor dicho. ¿Y por qué? Porque yo soy así de cabezona. Porque si sé que hay algo de mí que debo cambiar, intento hacerlo. Y esta ha sido una muy buena oportunidad.

Justo llega este libro a mis manos en un momento clave. La obra se llama La tierra de las Españas y es una compilación de veintiocho textos escritos a lo largo de veinte siglos que estudian las diferentes naciones que existen dentro de España. Por eso digo que ha llegado en un momento clave. En un momento en el que ya ni enciendo la televisión para ver las noticias porque el tema es siempre el mismo. Ya sabéis de lo que estoy hablando. Los nacionalismos siempre han estado ahí, ¿o no? Aunque bueno, yo no puedo hablar demasiado porque mis conocimientos sobre Historia son mínimos. Por eso este libro ha llegado en el momento perfecto. En el momento en el que yo necesitaba entender qué ha pasado en España a lo largo de tantos siglos para saber la raíz de todo lo que está pasando hoy en día.

Los autores, Juan Vicente Caballero Sánchez y Rafael Medina Borrego analizan la historia de España desde una perspectiva geohistórica. Ellos basan su libro en la situación geográfica de las regiones. El libro trata de dar respuesta básicamente a una pregunta: ¿en España predomina un patriotismo español o un patriotismo regional? Para contestarla, analizan esos veintiocho textos, de diversos autores —entre los que podemos encontrar, por ejemplo, a Pompeyo Trogo, a Claudio Sánchez-Albornoz o incluso a Francisco de Quevedo—, para poder dar una respuesta que no se ciña a un ideal político, sino a una acreditación histórica.

Hay una frase que me ha gustado especialmente y que creo que puede definir el libro que hoy reseño perfectamente y es la siguiente: “idea que procede de la Antigüedad clásica: que la historia de cualquier grupo humano no se comprende si se prescinde del fundamento geográfico que la condiciona”. Rafael Medina Borrego y Juan Vicente Caballero Sánchez defienden que los nacionalismos que hoy en día existen en nuestro país vienen dados por una situación geohistórica, que debe estudiarse junto con un marco geopolítico, teniendo en cuenta además la naturaleza y la cultura del lugar del que estemos hablando.

No os voy a mentir, cuando me enfrenté a La tierra de las Españas me dije a mí misma: “a ver, Ana. ¿dónde vas leyendo tú un monográfico de historia? No vas a entender nada”. Pero yo, cabezota como siempre, lo intenté. Y no solo lo intenté, sino que lo logré. Y no me resultó nada complicado porque todos los textos que constituyen esta compilación son fácilmente entendibles por todo tipo de público, ya sea el lector especialista en historia como todo lo contrario. A pesar de que hay textos que datan de muchos siglos atrás, prescinden de un lenguaje extremadamente técnico que pueda complicar su lectura. Además estos escritos tienen una cosa muy atractiva: cada uno se basa en un territorio en concreto de la Península así como en una época distinta. De esta manera, podremos ir entendiendo poco a poco el porqué de los nacionalismos actuales.

Los autores se hacen una pregunta al inicio del libro: ¿es España una prisión de naciones, o por el contrario es el resultado de un proceso gradual de agrupamiento político relativamente pacífico? Es una pregunta que, dada la situación política actual, me parece muy interesante. Nunca se me había ocurrido mirarlo desde esa perspectiva. Por eso, siendo conscientes de la situación que estamos viviendo hoy en día, ya no solamente con lo acontecido en Cataluña, sino teniendo en la memoria el conflicto vasco también, creo que todo el mundo debería apagar su televisor y dedicarle unas horas a estudiar el tema con un poco más de profundidad. Solo de esta forma se podrá dar una opinión fundada sobre todo lo que está pasando. Estoy pensando más que nada en esa gente que se dedica a comentar y comentar en Facebook o en la barra del bar sin tener como fundamento algo más que lo oído en los telediarios y en las tertulias mañaneras. Seamos un poco más curiosos. Y rompamos nuestras propias barreras, como yo hice con las mías, pues a pesar de declararme no amiga de la Historia, hice un esfuerzo por luchar contra mí misma para poder saber —aunque sea un poquito— de lo que hablo.

Por último, me gustaría apuntar que la editorial Ecúmene ha hecho un gran trabajo con la edición de este libro. Eso es algo en lo que suelo fijarme bastante: en cómo se maneja el libro, que el tamaño de la letra sea cómodo… Y este cumple todas mis expectativas. Además, está muy bien estructurado, ya que se divide por épocas (incluyendo alguna que otra fotografía) y eso nos permite centrarnos en una determinada época, o incluso saltarnos alguna, ya que es un libro que se puede leer a la manera de cada uno. No hay que seguir un orden, como en cualquier obra normal, sino que podemos ir directamente a lo que nos interesa, empezar desde el final o, como digo, saltarnos algo que no nos interese. Me gusta que la edición esté tan bien hecha porque no es el primer libro de Historia que manejo. Sobre todo en la carrera, tuve que hacerme con alguno y normalmente eran libros increíblemente pesados, tediosos y muy difíciles de leer.

A mí nunca me han gustado las fronteras. Nunca me ha gustado poner barreras entre las cosas. Nací en Madrid, igual que mi madre, pero sus padres nacieron en Cantabria. Mi padre nació en Castellón y vivió toda su vida en Zaragoza. Cuando cumplí dieciséis años me mudé a Cantabria, luego volví a Madrid. Y luego otra vez al norte, habiéndome mudado unas ocho veces. Y las que me quedan. También he visitado más de diez países —en quince días se sumará uno más a la lista— y lo que más me gusta es aprender de cada sitio al que voy. Beber de la cultura de cada uno de ellos, conocer nuevas perspectivas, nuevas formas de pensar. Y, sobre todo, descubrir que, independientemente del país, ciudad, pueblo en el que vivamos, al final, no somos tan distintos.

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La banda de los niños, de Roberto Saviano

Nadie en su sano juicio envidiaría la vida que lleva Roberto Saviano. Pese a ser todavía joven (38 años), el escritor italiano lleva más de una cuarta parte de su vida escoltado a capa y espada, concretamente desde que publicó Gomorra, un libro a caballo entre la ficción y la investigación periodística en el que explicaba el modus operandi de la Camorra napolitana. Desde entonces, en lugar de acobardarse por las constantes amenazas de muerte que caen sobre él, Saviano no ha dejado de combatir con sus textos al crimen organizado. No obstante, en el caso de La banda de los niños estamos más ante una advertencia de cómo algunos jóvenes italianos están viendo en la mafia una salida a sus aspiraciones de dinero y rápido y poder.

Así, basándose en el caso real de un grupo de chavales del barrio de Forcella (Nápoles) se nos narra la forma en la que unos adolescentes van descubriendo progresivamente el atractivo del crimen organizado y pasan a formar parte de él con una naturalidad aterradora. Y es que los protagonistas no se nos presentan como jóvenes nacidos en la más absoluta pobreza o en familias desestructuradas. En su mayoría son chicos con padres de clase trabajadora que se preocupan por ellos, pero que se ven empujados por sus ambiciones personales y por la presión de grupo a traspasar las líneas de la legalidad y la moralidad.

Nicolás, apodado Marajá, es el gran protagonista, ya que asume desde el primer momento el papel de capo de la nueva banda mafiosa. A sus quince años presenta muchas de las cualidades necesarias para este cometido: es autoritario, violento con los que le ofenden, protector con los suyos, ambicioso a más no poder… No obstante, a pesar del papel predominante de este personaje, Saviano ha construido una novela bastante coral. Durante sus cerca de 400 páginas el escritor nos introduce en el día a día de los Dientecito, Briato, Dragón, Bizcochito… si bien todas sus personalidades quedan muy tapadas por el capo, que asume la voz cantante en todos los pasos que se siguen para profesionalizar a la banda.

Esta construcción desde cero de una estructura criminal resulta verdaderamente interesante, dado que se va dibujando de forma lenta, pero sin pausa, y con la característica añadida de que nos encontramos ante unos jóvenes que no le dan tanto valor a la vida como podrían darle personas con una o dos décadas más de edad. Así, en cortos capítulos se nos van narrando las pesquisas iniciales que va cometiendo el grupo: desde sus primeros tratos con los mafiosos napolitanos a anécdotas más banales de su día a día. Este proceso de criminalización va acompañado de una progresiva pérdida de inocencia que se palpa en las conversaciones y decisiones que les van acompañando. Dentro de este proceso es especialmente pintoresco, pero también muy creíble, como los protagonistas reflejan en sus actitudes todas las influencias que tienen de las series y películas que han visto a lo largo de su vida, así como de videojuegos y vídeos de YouTube. ¿Cómo no va a ser así con una generación que se ha criado frente a la pantalla?

No puedo decir otra cosa salvo que La banda de los niños me ha parecido una novela redonda: una trama consistente, una prosa cuidada pero muy cómoda de leer y un mensaje que cala hasta en los que no estamos acostumbrados a vivir con la sombra de la violencia a nuestras espaldas. En definitiva, un gran trabajo. Y eso, cuando las expectativas son tan altas como las que ya carga consigo el valiente escritor italiano, es decir mucho.

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Pequeña & GRANDE

Pequeña & GRANDE

Pequeña & GRANDECuando vi este libro,  o álbum ilustrado de la editorial ALBA, titulado Pequeña & GRANDE, y lo ojee de forma rápida en un primer momento, imagino que se me iluminó la mirada, pues llevaba tiempo estudiando la figura de Gloria Fuertes ya que están siendo muchos los eventos literarios en su honor en los que he participado a lo largo de este año.

Pero es que además en la localidad en la que vivo hemos estado celebrando Nuestra XI Semana del Libro y la temática de la Semana ha sido “Reivindicar la poesía y celebrar a los poetas” en general, pero lo hemos personalizado en las figuras de Gloria Fuetes por el Centenario de su nacimiento y de Miguel Hernández por el 75 aniversario de su muerte.

El caso es que Julia Millán, estupendísima divulgadora de literatura infantil que regenta la famosa librería Antígona de Zaragoza, vino a impartir una conferencia monográfica sobre nuestra Gran y querida poeta Gloria Fuertes. Y ahora les puedo decir que de haber tenido en mis manos este precioso libro, Pequeña & GRANDE, Gloria Fuertes, habría ido siguiendo la conferencia a través de sus páginas, pues de forma muy resumida estas ilustraciones y frases pueden servir perfectamente como guión para hablar a todo tipo de público, tanto a niños como a adultos, de la vida y obra de nuestra querida Gloria Fuertes.

Y digo de forma reiterada, querida, porque se le quiere mucho, pero como bien hemos comentado durante estas celebraciones, es una poeta aun por terminar de descubrir y naturalmente para reivindicar todos los días, además, claro está, de celebrarla.

El libro que les presento, hace un recorrido estupendo por la vida de Gloria más que por su obra, aunque a través de una podemos llegar a la otra. La editorial ALBA ha hecho un gran trabajo para acercar la vida de la poeta a los niños, a sus queridos niños. Ya en la portada nos hacemos una idea del cariño que Cinta Arribas, la ilustradora del libro, siente por la poeta. La hace crecer ante nosotros pero conservando su identidad y su particular imagen. Tampoco su cara cambia, porque como nos cuenta la narradora “… como no quería cumplir años siguió creciendo y creciendo, aunque solo en tamaño”.

En estas páginas veremos sus amores y sus desamores, el Madrid de su infancia en la que ya descubrió lo mucho que le gustaba escribir y contar historias en forma de poemas. La paz, otro de los grandes fundamentos presente siempre en su vida y en su poesía. La llegada de su querida Phyllis a su vida, y cómo juntas crearon la primera biblioteca ambulante de Madrid y sus pueblos a los que iban montadas en una moto. Y Gloria Fuertes, que nunca había ido a la Universidad, será profesora de una de las más importantes de EEUU, y además llegará a ser una de las profesoras más queridas ¿Impresiona, no?

Pero un día fallece Phyllis y Gloria se nos viene abajo… Los niños y la poesía mantendrán a la poeta viva, a ellos entregará ya todo su tiempo y dedicación, y a ellos dejó tooooodo su dinero y todos sus bienes cuando murió.

Así, conociendo un poquito de sus historia nos será muy fácil acercar con estas ilustraciones a Gloria Fuertes al público más infantil, y verán como la escritura y el dibujo nos dejan un completo conjunto que darán a los más pequeños una fiel imagen de su poeta favorita.

Yo también la quiero, la reivindico y la celebro.

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Trabajo, piso, pareja, de Zahara

Trabajo, piso, pareja

Trabajo, piso, parejaSupongo que, dado que este texto es una reseña de Trabajo, piso, pareja, tendrán alguna expectativa razonable de que la describa según unas referencias comunes, que lo etiquete, por decirlo de forma que se me entienda. Y ya les puedo asegurar que no tengo la menor intención de hacer algo así, en primer lugar porque como no creo en etiquetas hacerlo sería traicionarme, pero también, y esto es lo más importante, porque hacerlo sería traicionar a un libro tan libre y original que seguro que se resistiría al intento con uñas y dientes. Créanme, lo último que quisiera sería enfadar a Clarisa, la protagonista, y a ustedes tampoco se lo recomiendo.
La originalidad no le viene del tema de fondo, la convivencia en una edad que comienza a ser más adulta de lo que sus propietarios desearían, sino de las voces de los protagonistas. De ambos en conjunto pero muy especialmente de la torrencial, brillante y complicada Clarisa. Uno de esos personajes que desde el primer vistazo anuncia su intención de quedarse a vivir en el recuerdo del lector y que juraría que incluso planta una bandera para reclamar sus derechos como inquilina, porque una de las facetas de su tremendo atractivo es su rebeldía, su voluntad de mantenerse diferente (y no por serlo sino por ser ella misma, diría que no se define en relación a los demás) y de luchar con uñas y dientes por cualquier circunstancia que considere digna de ser defendida. Que vienen siendo todas. Que se lo cuenten a los taxistas.
Él, Marco, es bien diferente, sintoniza muy bien en algunos aspectos como el sentido del humor, del que ambos son pozos inagotables, la diversión o el sexo, pero que en otros, como el orden, la rebeldía o el trabajo no podrían ser más diferentes. Y esa confrontación funciona muy bien, como lo hacen las demoledoras opiniones de Clarisa, que le nacen de natural, entre las que me ha divertido especialmente la que sostiene sobre la librería Tipos infames. No sé que pensarán ellos, los libreros, pero yo primero abrí mucho los ojos y después la sonrisa. Clarisa es alérgica a la corrección política, como bien demuestra en su discurso en la boda de su mejor amiga. Impagable.
La relación de ambos con sus amigos es otro de los valores de la novela y ocurre en ese tema algo similar a lo que pasa con ellos mismos, ellas llaman más la atención, son de una naturaleza expansiva que las rebosa a cada instante, mientras que ellos son más serenos, aunque hay quien diría pánfilos. Sin embargo el peso de la narración se lo reparten bastante equilibradamente. Como ya he dicho, el contraste funciona y Trabajo, piso, pareja es una historia más sobre su relación que sobre ellos mismos. Si acaso tengo la sensación de que ella es más fiel (a sí misma y a ambos) pero no por una cuestión de sentimiento o de engaño, sino porque la relación de Marco con su libro, porque es escritor, llega a desesperar al lector casi tanto como irrita a Clarisa, que logra llegar a tener razón desde una premisa absolutamente equivocada. Y se lo dice alguien que escribe.
Dicho lo cual tengo que decirles que no comparto el concepto de la convivencia que tienen los protagonistas, siempre he defendido la bondad de la costumbre, eso que llamo el amor en babuchas, y no soy de los que piensan que el hecho de que la pasión decaiga sea porque muera sino porque se transforma en cosas mejores. Ellos son diferentes, necesitan que el amor sea visible y corpóreo, parecen desear un trío entre ellos dos y su amor, que debe materializarse en cada detalle y en cada momento, desde el café (otro tema brillante el del café y Matías, se lo recomiendo no sólo para su disfrute lector sino como vacuna frente al esnobismo) hasta el orden en el armario. Se lo digo no porque quiera discutirle nada a Clarisa, Marco o Zahara, la autora, sino porque uno se mete en la historia, es como si le estuviera ocurriendo a dos amigos, y en ocasiones tiene esa frustrante sensación de que sus problemas los han creado ellos y los cuidan con el mimo que corresponde a progenitores entregados. O dicho de otra manera, uno quiere a esos personajes, los adopta desde que es consciente de que se quedarán a vivir donde quiera que sea que lo hagan los personajes literarios que se instalan en su recuerdo, y les desea un amor eterno, indestructible, y los ve ponerlo en riesgo sin especial necesidad. Es, como ven, un libro extraordinariamente pegado a la realidad.
Trabajo, piso, pareja es el segundo libro de verso&cuento que reseño, el anterior fue Primero de poeta, de Patricia Benito, y debo decir que ambos tienen mucha personalidad y rasgos similares. Son frescos, jóvenes, guardan mucha vida dentro de un embalaje sumamente cuidado y, contando mucho, dicen mucho más de lo que cuentan. Pero sobre todo tienen una voz muy personal. No conozco mucho a Zahara en su faceta musical, mis ojos la descubren ahora, pero, qué quieren que les diga, me encanta que me cuenten buenas historias y ésta lo es. Me encanta que además me las cuenten bien, y esta está bien contada. Y me encanta conocer a personajes interesantes y prometerles no olvidarles, estos lo son y se lo prometo.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Sabor a coco, de Renaud Dillies

Sabor a coco

Sabor a cocoEn mitad del desierto y bajo un sol de justicia, una cigüeña llamada Jiri y un zorro bastante afelinado que responde al nombre de Polka tienen calor y pasan sed. Parten en busca de algo que beber, pero, tras una serie de encuentros con personajes a cual más curioso, no encuentran más que un coco. ¿Cómo abrirlo?

A veces, para ser felices no necesitamos más que un trago de agua. Y a veces, no hace falta más que combinar un puñadito de elementos para crear un cómic tan extraordinario como éste. Dos personajes principales, un problema existencial (¿hay algo más existencial que la superviviencia?), un poquito de imaginación, un mucho de absurdo, un montón de talento y… voilà! Una obra sencillamente magistral y magistral sencillamente. Que no es lo mismo.

Dicen los entendidos que en Sabor a coco Dillies rinde homenaje a Krazy Kat, la legendaria tira de cómic que aupó la viñeta a la categoría de arte. Y aunque, a los que no conocíamos al gato en cuestión, un rápido vistazo nos confirma que eso es así, las referencias literarias y las relaciones que evoca esta obra en el lector son incontables. De entrada, la cigüeña y el zorro nos remiten a las fábulas de Esopo (¿recordáis aquélla en que el zorro se pitorreó de la cigüeña, y la venganza que ésta se cobró?). También es evidente que, con esa pipa y ese lenguaje rimbombante, Jiri ha tomado prestado mucho de Sherlock Holmes. Por su parte, el personaje de Polka, de carácter mucho más pragmático y de lenguaje más prosaico, se nos antoja una recreación de Sancho Panza, pero un Sancho pasado por el prisma de Samuel Beckett. En efecto, uno no puede ver a estos dos animalillos vagando por el desierto en busca de un agua que nunca aparece sin acordarse de Vladimir y Estragón, aquel par de vagabundos que, en Esperando a Godot, nos regalan algunos de los diálogos más absurdos y, por ende, más profundos de la historia del teatro.

Y ya que hablamos del teatro, resulta evidente que Sabor a coco también está en deuda con escenarios y pantallas. No obstante, aquí los referentes se nos antojan mucho más eclécticos, hasta tal punto que uno se pregunta si la riqueza visual y la fantasía que Dillies consigue imprimir a un escenario tan desolado no habrá hecho que veamos espejismos allí donde no hay más que arena. Así, ¿es posible que ese enorme pez volador que aparece por las noches esté tomado de Arizona Dream, una película hoy casi olvidada? Y de entre todos los bares que la historia del cine ha plantado en medio del desierto, ¿por qué éste me recuerda tanto al de la olvidable Abierto hasta el amanecer? Pero hay más. Las andanzas de Jiri y Polka, vapuleados por el infortunio e inasequibles al desaliento, no pueden dejar de recordarnos a Laurel y Hardy, o incluso, permitidme la salida de tiesto, a Leoncio el León y Tristón. En definitiva, sean cuales sean sus referentes culturales, todo lector los encontrará reflejados en esta historia sencilla y universal, que, recuperando el sabor de los primeros cómics o del teatro de marionetas, nos cuenta la aventura primordial del ser humano.

Todas y cada una de las páginas de Sabor a coco, y me atrevería a decir, sin miedo a exagerar, que incluso cada una de sus viñetas, es una obra de arte, una deslumbrante puesta en escena de un desierto que es nuestro mundo, y donde, entre flores, garabatos y cuadros enmarcados como paisajes, trípticos o tapices, el telón sube y baja una y otra vez para maravilla de este espectador que, por la magia del arte, vuelve a ser niño y a asomarse por primera vez al misterio y la maravilla del mundo.

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La mirada de los peces, de Sergio del Molino

La mirada de los peces

La mirada de los pecesMás o menos en la época en la que Sergio del Molino terminaba su adolescencia, Ray Loriga escribía en “Tokio ya no nos quiere” aquello de que “la memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier cosa”. No creo que Sergio lo leyera en aquel momento, porque las referencias que cita se encuentran bastante alejadas de Loriga, pero si lo hizo podríamos pensar que en La mirada de los peces pasa el tiempo tratando de llevarle la contraria al Ray de finales del siglo pasado, el tiempo al que salta y del que salta La mirada de los peces. Este último y muy esperado libro, después de La España vacía y La hora violeta, llega cargado de memoria precisamente. Pero una memoria ordenada y obediente, una memoria que va al grano, concisa y relevante. La mirada de los peces revisa su propia adolescencia (y la de muchos entre los treinta y los cuarenta) a partir de un acontecimiento singular y actual: uno de sus profesores de aquella época, Antonio Aramayona, se pone en contacto con él para anunciarle que ha decidido suicidarse y para pedirle ayuda durante los preparativos. Aramayona no es un profesor cualquiera, es un revolucionario, el reivindicativo docente carne de inspección educativa, como lo define muchas veces el autor, empeñado en hacer a los alumnos pensar, más que memorizar. Alguien que, además, en sus últimos años se convierte en un símbolo de la lucha contra los recortes educativos, a pesar de tener graves problemas de salud.

Su petición devuelve a Sergio del Molino a su barrio y a su instituto, convertido en una especie de gloria local, el alumno que ha triunfado con la literatura donde nadie saca la cabeza más que para volver a meterla bajo los escombros. Entre el ruido que rodea el suicidio planeado de Aramayona, el autor no se recrea en tratar de mostrar cómo ha llegado de un punto a otro, sino que regresa directamente a la raíz para poner la lupa sobre ella y hacer una instantánea muy acertada de la adolescencia pretendidamente rebelde de los noventa. La que no hacía más que pelearse con sus padres y ahora solo ansía gozar de la misma vida que tenían ellos, la de los conciertos y las drogas blandas como mayor elemento subversivo. Esta zambullida en el recuerdo se arropa con varios temas de calado que ocupan las páginas del libro: cómo ser sinceros con nuestra propia memoria o cómo nos enfrentamos a nuestras convicciones cuando son puestas a prueba de verdad, al límite.

Así como en La hora violeta conseguía mantener un equilibrio dificilísimo que le impedía caer en la sensiblería y la lágrima fácil, en La mirada de los peces  vuelve a demostrar Sergio del Molino que lo suyo es caminar en el alambre sin caer al vacío, y en este caso no se deja arrastrar hacia un texto nostálgico y ñoño. De nuevo a medio camino entre la autoficción y el reportaje, hay que reconocer que tiene una habilidad singular para que lo que le ocurre, que nunca ponemos en duda como lectores, se convierta en una materia narrativa de primera clase. Otro de los puntos a su favor es que la mirada hacia el profesor está llena de aristas, contradicciones y puntos negros, alejado, como él mismo dice, del mar de hagiografías que rodea su muerte.

Entre el presente de Aramayona y el pasado del autor, el texto salta hacia delante y hacia atrás continuamente. No cae en el desorden, pero sí pierde cierta tensión narrativa que sí conseguía en La hora violeta, donde a pesar de que el final era conocido se tensaba la cuerda continuamente mientras se avanzaba. Por tanto, aunque su prosa sigue siendo excelente y se pasan las páginas con gusto, entra cierto hastío hacia la mitad del libro, cierta sensación de que casi todo lo importante ha quedado ya dicho, que los temas importantes del libro han quedado establecidos y lo que resta es una reflexión interesante pero ninguna sorpresa.

Más allá de esto último se puede afirmar que Sergio del Molino mantiene el rumbo que llevaba pero no se hace repetitivo. Lejos del diez, La mirada de los peces queda como el típico examen con buena nota que ya esperábamos de un alumno de sobresaliente.

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Asimetría, de Adam Zagajewski

Asimetría

AsimetríaA lo largo de la historia del arte, la simetría ha sido uno de los pilares de la belleza. No hay más que visitar la Alhambra, el Taj Mahal, cualquier catedral gótica, o echar un vistazo al más conocido estudio de Leonardo sobre el cuerpo humano para ver cómo esa especie de propiedad matemática ha sostenido durante siglos nuestro concepto de la perfección.

Ello no significa, sin embargo, que la asimetría tenga que ser sinónimo de fealdad. De acuerdo, mi nariz torcida y mis dientes irregulares no hacen de servidor un Adonis, precisamente, pero, por suerte, existen en el mundo otros parámetros para medir la belleza, y gracias a ellos los asimétricos podemos reivindicar nuestra espectacular belleza interior.

Junto con Czeslaw Milosz, Wistawa Szymborska y Zbigniew Herbert, Adam Zagajewski es uno de los grandes nombres de la poesía polaca en los últimos 50 años, y si eso de la poesía polaca os suena a algo remoto que interesa a cuatro avejentados académicos y poco más, os diré que no sabéis lo que os estáis perdiendo. Si bien Milosz puede resultar relativamente “difícil”, signifique eso lo que signifique al hablar de poesía, lo cierto es que se me ocurren pocos poetas más inmediatamente accesibles a cualquier lector que Szymborska y el que hoy nos ocupa, Zagajewski. El impagable trabajo que está haciendo Acantilado con éste último me ha permitido leer maravillas como Mano invisible, Tierra del fuego, Deseo o este emotivo Asimetría, y cada uno de ellos me confirma aún más que estamos ante un grande.

Espero que nadie me pregunte en qué radica el carácter asimétrico del poemario, porque no sabré muy bien qué decir. Zagajewski nos habla en este libro ni más ni menos que de algunos de los temas eternos de la literatura, es decir del recuerdo, de la presencia del pasado en nuestras vidas o de la proximidad de la muerte, que poco a poco nos va arrancando pedazos de nuestra vida, hoy un amigo, mañana a nuestro padre. Nos habla de su relación con los poetas que han marcado su vida, y aunque sólo menciona el nombre de Ósip Mandelstam, los hace revivir a todos en un poema hermoso y, por raro que suene, simpático como “Mis poetas preferidos”:

Mis poetas preferidos / no se han encontrado nunca / Vivieron en diferentes países / y en diferentes épocas / Rodeados de la banalidad / por gente buena y mala / vivieron modestamente / como un manzano en un jardín / Amaron las nubes …

Encontramos también un canto elegíaco por la infancia perdida, en el bellísimo y sencillo poema “Infancia”:

Devolvedme mi infancia / la república de los locuaces gorriones, las infinitas selvas de ortigas (…) / Ahora seguro que sabría / cómo ser niño, sabría / cómo mirar la escarcha en los árboles / cómo vivir inmóvil.

Pero es sin duda el recuerdo de sus padres, siempre por separado, el que predomina. Esa extrañeza y esa sensación de abandono mezclado con liviandad que nos embarga tras la muerte de un ser querido abren el libro, con el poema “En ningún lugar” (Fue un día en ningún lugar al volver del entierro de mi padre…). mientras que “Acerca de mi madre” puede llegar a hacernos saltar las lágrimas:

Acerca de mi madre no sabría decir nada / cómo repetía vas a lamentarlo / cuando ya no esté, y yo no creía / ni en ya ni en no esté…

Que nadie piense, no obstante, que Zagajewski no hace más que mirarse embelesado el ombligo. Al contrario, lo que hace grande a este poeta es su pasmosa capacidad para fundir su experiencia personal con los sentimientos del lector, y para hacer de sus recuerdos más íntimos un referente de la historia de su país. Nos dice en “Autopista”:

Tendría unos doce años / En el desguace debajo del viaducto de la autopista construida / por Hitler buscaba huellas de aquella guerra, huellas / de la edad de hierro…

En pocas palabras, Asimetría es un libro hermoso, emotivo, ameno y hasta divertido. Zagajewski, un poeta enorme.

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La jaula del rey, de Victoria Aveyard

La jaula del rey

La jaula del reyMe he declarado fan de las sagas como un millón de veces. Pero cuando leo libros como el que traigo hoy para reseñar, llego a ponerlo en duda. Por una sencilla razón: lo desesperante que es tener que esperar a que salga el siguiente tomo. Tuve la suerte de poder leer La reina roja y La espada de cristal sin tener que esperar mucho tiempo entre ellos dos. Pero cuando acabé esa segunda parte, que terminaba con aquel final tal chocante e intrigante, tuve que esperar más de un año para poder continuar con la historia. Hoy, por fin, un año después, vengo a hablaros de La jaula del rey, tercera parte de esta saga escrita por Victoria Aveyard que tan desesperadamente he ansiado leer.

Vayamos por partes.

Lo primero que tengo que decir es que este no es el final de la saga… cosa de la que yo no me he enterado hasta que no he terminado el libro. Al llegar a su fin, me encontré con un final completamente abierto y con la eterna pregunta en mi cabeza: ¿y ahora qué? ¿ya está? Así que, indignada, me puse a buscar por internet y descubrí que no, que no estaba. Que todavía falta la última y cuarta entrega de esta saga, que será el desenlace que merecemos —y que por lo visto se va a llamar Tormenta de guerra y que se publicará en mayo del año que viene—. Así que desde ya os lo aviso. Si al terminar La espada de cristal os enfadasteis muchísimo con Victoria Aveyard por dejar el final así de abierto, no os podéis imaginar lo indignados que os vais a quedar cuando terminéis La jaula del rey. Yo me quejo mucho, pero en realidad me encanta ese tipo de libros que me hace estar deseando que la siguiente parte salga al mercado (ejem, George R. R. Martin, no digo nada… que llevo esperando Vientos de invierno como dos años y nada…). Por suerte, Gran Travesía, la editorial que se encarga de traer a España esta maravillosa tetralogía, se está dando mucha prisa en publicarla, tanto que es muy poco tiempo el que pasa desde que se publica en Estados Unidos hasta que llega a nuestro país. Y eso, es de agradecer enormemente.

Lo segundo, vamos con la historia. La espada de cristal me gustó mucho pero me pareció bastante lento, en comparación con la primera parte de la saga. En él, la autora le dedica mucho tiempo a las descripciones de los personajes y las escenas y llega a ser en puntos bastante lento. En cambio, en esta tercera parte, el ritmo aumenta visiblemente, sobre todo en la segunda mitad. En la primera mitad el protagonismo se lo lleva Mare, que está retenida por Maven, que le priva de todos sus poderes. Maven se piensa que secuestrando al símbolo de la rebelión, esta cesará y todos sus problemas se verán resueltos. Pero no es así, ni mucho menos. Maven es un personaje que me gusta mucho. Después de tres libros, todavía no sé si es malo o simplemente es que las acciones que lleva a cabo no son las adecuadas. Y luego está su amor hacia Mare, que puede poner en peligro todos sus planes. Planes en los que no entra Cal, el tercero en discordia y el que tratará de salvar a Mare de las garras de su hermano. Esa primera parte es un poco más lenta, porque es como una preparación de todo lo que viene después. En la segunda mitad, la rebelión está servida y todo estará dispuesto para la gran batalla final. Por lo tanto, estas últimas hojas pasan volando ante nuestros ojos, haciendo que no podamos parar de leer.

Lo tercero, los narradores. En este libro, nos cuentan la historia tres personajes: Mare, Evangeline y Cameron. Así tenemos varios puntos de vista a tener en cuenta. Esta me parece la mejor forma de entender una guerra. Al final, los motivos de cada uno pueden ser igualmente legítimos. Todos acabamos luchando por nuestras creencias, de una manera o de otra. Así que me ha gustado mucho que la autora nos enseñara en primera persona esos bandos para que pudiéramos entender más la historia.

Y, para terminar, el cuarto punto. Me ha parecido que la calidad literaria ha aumentado respecto el anterior tomo, cosa que me alegra, sobre todo porque estas son las primeras novelas de la autora estadounidense. Solo espero que nos dé un digno final para esta tetralogía, ya que podría convertirse así en una de las mejores sagas distópicas de la literatura juvenil. Y, a todo esto, ¿cuánto falta para mayo?

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Huracán, de Sofía Segovia

Huracán

HuracánHuracán, la última novela de Sofía Segovia, me ha gustado a medias. Y no es una frase hecha para no mojarme demasiado, es que, literalmente, me ha gustado la mitad. Si esta novela de doscientas noventa y ocho páginas tuviera cien menos, me hubiera fascinado y la hubiese incluido, sin duda, entre mis novelas favoritas del año. Y es que en la historia de Aniceto Mora, que abre el libro, Sofía Segovia despliega su talento narrativo y construye un personaje profundo, al que primero compadecemos y, después, acabamos odiando. Un pobre niño regalado al que nadie quiere, un porquero que se convierte en un delincuente del tres al cuarto, y eso le llevará a cometer actos con los que cargará el resto de su vida.

Pero, por alguna razón que no termino de comprender, Sofía Segovia interrumpe esa historia de la primera mitad del siglo XX para trasladarnos a los años noventa y que conozcamos a dos parejas que se hospedan en el mismo hotel de Cozumel durante un huracán. Primero presenta a la pareja que llega desde Estados Unidos. Ella espera reavivar la llama de su matrimonio en ese viaje, pero él solo piensa en deshacerse de ella. Después, a la pareja de Monterrey, que no está en su mejor momento por el desgaste que ha supuesto para ellos (y especialmente para ella) ser padres.

Entiendo el significado de ese viaje en el tiempo, que enlaza con la historia de Aniceto Mora en el último tramo del libro, pero no veo la necesidad de dedicarle un centenar de páginas a esas dos parejas. Mientras las personalidades del matrimonio de Monterrey están algo más elaboradas y es posible empatizar con ellos, la pareja estadounidense parece un simple esbozo, la vis cómica de la novela, aunque sea a costa de su patetismo; pero, al final, resultan simplemente odiosos y no aportan nada a la trama.

El tono de la narración de esa parte del libro y la propia construcción de los personajes que la protagonizan no encajan en absoluto con la historia de Aniceto Mora. Me dio la sensación de que se trataba de dos novelas distintas y que el huracán, que está presente tanto en las calles como dentro de cada uno de los protagonistas, solo era un recurso metafórico forzado para unir los diferentes capítulos con cierto sentido.

Quizá, si hubieran sido dos novelas independientes, ambas hubieran ganado. Por un lado, la de las parejas en el hotel, a las que se les hubiera podido dar mayor profundidad y desarrollado mejor sus tramas. La historia del matrimonio de Monterrey, aunque es demasiado sencilla, está más o menos bien cerrada en Huracán, pero la de los estadounidenses no llega a despegar. Y eso que tiene elementos suficientes para que hubiese sido una historia interesante de intriga y traiciones. Y, por supuesto, si la vida de Aniceto Mora se hubiese narrado sin interrupciones, Huracán hubiera sido una auténtica maravilla.

Por eso, a pesar de ese centenar de páginas de más que, para mi gusto, tiene esta novela, no puedo dejar de recomendarla. Porque Aniceto Mora es un grandísimo personaje, por sus tragedias y por sus atrocidades, y porque Sofía Segovia hace alarde de su maestría como escritora cuando narra su historia.

 

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La novia francesa de Ho Chi Minh, de Óscar Sipán

La novia francesa de Ho Chi Minh

La novia francesa de Ho Chi MinhNo es la primera vez que les traigo a este curioso autor, el oscense Oscar Sipán. Curioso porque es un original mago de las palabras que sabe utilizarlas a su conveniencia para crear cuentos que, como debe pasar con una buena historia, no dejará indiferente al lector. Sabe impactar, sabe arrancar la sonrisa y sabe llevar a la reflexión.

De este autor, que en su día fuera editor de Tropo, les he hablado en, por lo menos, tres ocasiones. Me acerqué a él a través de sus cuentos, en un libro desconcertante titulado Concesiones al Demonio. En estos cuentos descubrí que según la mirada que hagamos a lo que nos rodea, podemos tener una imagen estremecedora del mundo.

Después les hablé de Cuando estás en el baile, bailas,  un libro que ganó el Premio Novela Negra de Getafe y que escribió a cuatro manos con el que fuera su socio en la editorial Tropo, y también excelente autor, Mario de los Santos. Una novela negra de las que llegan para quedarse en lo que llamamos Literatura con mayúsculas.

Finalmente les hablé, de otra obra de cuentos o relatos cortos titulada Quisiera tener la voz de Leonar Cohen para pedirte que te marches. Ya ven, otra vez relatos magistrales que no olvidará fácilmente quien se haya acercado a ellos.

Visto esto no es de extrañar que siendo uno de los autores que más premios de cuento y relato corto ha ganando en este país, vuelva una y otra vez a esta fórmula que tan bien domina y con la que sabe inundar de emociones al lector.

La novia francesa de Ho Chi Minh, está dedicada “a Lara Sipán Arellano, mi mejor cuento”.

Lara es su hija, apenas llega al año y ya la deberíamos envidiar por tener acceso a los cuentos que su padre le esté contando en privado y de forma personalizada. Pero está claro que a Lara no le iba a dedicar cualquier libro, y este es un libro que consta de 12 relatos cortos, unos más cortos que otros pero todos sin excepción extraordinarios. Difícil decidirse por uno en concreto, pues sí con el primer relato, La influencia de Nora en los Jardines, nos engancha desde las primeras palabras con la fuerza y el dolor de un personaje como Emilio Vallejo (Cubelo), con el que nos trasporta hasta los primeros años de la posguerra:

“A Emilio Vallejo todos le decían Curbelo. En el primer año de la guerra perdió a toda su familia. Nunca supe si Curbelo acudió al hospicio por caridad o por remordimiento. Buscaba un ayudante y se llevó algo parecido a un hijo…”

Un largo pero “corto” cuento que narrado en primera persona nos introduce en la historia por la vía de las emociones. Sigue uno tras otro con el resto de los relatos. Saltando de una a otra historia, de Drácula al Triángulo de las Bermudas, pasando por el maestro Pio Baroja al que pone voz y de paso, dura crítica al sistema, además de un vocabulario exquisito con el que dulcificar la vida y la muerte.

Verán, cualquiera que siga en las Redes Sociales a este autor, sabe de sus frases breves y lapidarias, de sus cuentos extra cortos, o micro-cuentos que dirán algunos (pero a mí no me gusta la micrología 😉 ); pues bien, para todos esos seguidores como yo, hay un apartado titulado Delirios de grandeza de un liliputiense, que por lo impactante, por lo sonoro, por lo divertido, por lo especial, por lo visual … les recomiendo, Óscar sabe, o debe saber, que es bueno en este menester, y por ello les voy a dejar una pequeña muestra:

“CENA PARA DOS

Cuando descubrió aquellas fotos, invitó a cenar a su vecina.

Su marido infiel también estaba en la mesa.

En la mesa. “

Seguro que cuando vean este libro en sus librerías o bibliotecas, no les pasará desapercibida la estupenda cubierta diseñada por la ilustradora y diseñadora gráfica, Susana Blasco.

Acérquense a estas historias de Sipán, acérquense a la magia de las palabras, de las historias contadas con acierto y brevedad, y con la maestría del que sin duda es uno de los mejores en este género.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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