
Cuando anuncié por las redes sociales que iba a leer la tercera parte de Yo antes de ti mucha gente se puso en contacto conmigo para preguntarme por la saga. Otros muchos me dijeron que habían leído la primera parte por el boom que hubo en su día, pero que después les dio pereza seguir con la historia (visto el final del primer tomo). Y yo que no me lo explico. No lo entiendo. ¿Seré yo la única que estaba deseando que la vida de Louisa Clark continuara? Es imposible, no puede ser. Me cuesta mucho comprender a aquellas personas a las que no les gusta esta trama y que no entienden por qué la autora, Jojo Moyes se ha atrevido a escribir una tercera parte.
Y es que a mí esta saga me encanta. Estoy segura de que esto se debe a la naturalidad de la protagonista, Lou, con la que a veces me identifico tanto que me llego a asustar. En muchas de las escenas me veo tan reflejada en ella que en ocasiones pienso que estoy leyendo algo que podría haber salido de mi propio diario. Y eso da miedo. Y engancha, a partes iguales. Porque, para mí, no hay nada más bonito que leer un libro que te haga perder tu propia identidad hasta el punto de llegar a pensar que tú mismo eres el protagonista.
Es esta nueva entrega, Sigo siendo yo, Louisa Clark viaja a Nueva York, donde trabajará de asistente de una mujer rica que reúne todos los requisitos para ser la típica chica de la Quinta Avenida. Aunque podríamos deducir que Lou se va a sentir como en casa, ya que en principio se podría pensar que Estados Unidos no es tan diferente de su Inglaterra natal, lo cierto es que Lou va a tener que reconstruir su vida desde cero. La existencia en la Gran Manzana se le complica desde el mismo momento que pone sus pies en el asfalto estadounidense y la aparición de Josh, que le recuerda tanto a Will que llega a doler, no ayuda en absoluto. Ella quiere con todo su corazón a Sam, eso es cierto, pero un océano de por medio es mucho. Es mucha distancia, es mucho tiempo, es muy difícil.
Jojo Moyes vuelve a traernos una novela que no es perfecta. Cuando leí Yo antes de ti y llegué a ese final (¡qué final!) me quedé a cuadros. En serio, me quedé mirando la última página y pensando “¿de verdad? ¿esto está pasando?”. Solo podía pensar en las narices que tuvo la escritora cuando publicó el libro que la llevaría a la lista de los bestsellers en una carrera contrarreloj. De hecho, hace poco leí una entrevista en la que ella confesaba que tenía el final pensado antes de escribir el libro, pero que, cuando llegó a ese punto en el que la historia terminaba, le preguntó a su editora que si podía escribir un final alternativo para que los lectores eligieran con cuál quedarse. Su editora se rio mucho y cuando vio que la escritora británica no se lo estaba diciendo de broma, le tuvo que decir que no, que no se podía hacer eso. En fin, Jojo Moyes se preocupa por el lector, pero hace lo que tiene que hacer, tanto en Sigo siendo yo como en el resto de entregas. Por eso sus novelas no son perfectas. Si lo fueran, os lo aseguro, ahora mismo no estaría aquí escribiendo esta reseña, porque no habría pasado del primer libro de ninguna de las maneras.
Y yo la verdad es que me alegro de que la editora le parara los pies, porque si se hubiera hecho eso (si nos hubiera dado el final que todos, en el fondo, queríamos), seguramente, ni siquiera habrían surgido estos dos libros posteriores. Mucha gente considera que son innecesarios, sobre todo este último, pero qué os voy a decir… a mí la vida, la personalidad, la rareza de Lou me gusta tanto, que no me importaría leer más y más sobre ella. Es como cuando le digo a la gente que si Anatomía de Grey siguiera renovándose hasta tener treinta temporadas, yo lo seguiría viendo sí o sí. Porque son historias que me gustan. Vale, quizás no lleguen a sorprenderme como al principio, pero estoy tan a gusto y tan cómoda en ese mundo, que no me importaría pasarme por ahí unas cuantas veces más.
No sé, tal vez sea porque soy una soñadora empedernida como Lou. Una chica que siempre ve el lado positivo de la vida y que intenta levantarse cada día con una meta que cumplir. Y todo ello a sabiendas de que la vida es difícil. Que la vida duele en muchas ocasiones y que es capaz de destrozar todo lo que queremos e incluso por lo que respiramos cada segundo. Pero esto es así. Hay que plantarse, ya sea con unas medias a rayas amarillas y negras o con unos vaqueros normales y corrientes, para decirle a la vida que somos más fuertes que ella. Y Lou ha demostrado que es capaz de hacer eso y mucho más.

Una de las cosas que más me gusta en este mundo es escribir. No hay día en el que no escriba. Bien una de estas reseñas, algún que otro artículo o bien, dependiendo de mi grado de inspiración, un trocito de mi novela o un poema. Me gusta escribir porque me puedo desahogar, porque hay días en los que todo lo que se me ha quedado acumulado dentro sale como una cascada por mis manos para convertirse en letras y letras. Que a veces tienen más sentido que otras, dependiendo del número de sentimientos que se alborotan dentro de mí, pero que, al fin y al cabo, son mi mejor vía de escape.


Imagina esta escena: tienes ante ti al amor de tu vida. Solos tú y esa persona. La miras a los ojos y deseas que todo salga bien, que sigáis adelante juntos.
Mirad esta portada. ¿A qué os recuerda? ¿No es muy parecida a lo que pasó el 8 de marzo en muchas ciudades de España? Una huelga multitudinaria, la unión de millones de mujeres para reivindicar nuestros derechos.
Si alguna vez has deseado que tu vida fuera como un 
Es difícil plantear un escenario más angustioso que el que sirve de punto de partida a esta novela: un padre y su hija pequeña viajan solos a bordo de un barco y cuando, en una noche de tormenta, el padre se acerca a arropar a su hija, que está durmiendo en el camarote, se encuentra con que la niña no está. Y cuando digo pequeña me refiero a una niña de siete años. Se trata además de un libro menudo, no parece que semejante tema pueda caber en esas pocas páginas, cuánto más cualquier otro. Y sin embargo es asombroso hasta qué punto la desaparición de la niña y el viaje por el mar del norte sirven como vehículo para la reflexión sobre la relación entre padres e hijas. La parte argumental es realmente magnífica, está llena de sorpresas, de situaciones brillantemente construidas y de una emotividad fuera de lo común en cuanto que se provoca con tanta honestidad como talento. Pero la que me resulta fascinante es la parte reflexiva. Decir todo lo que dice Toine Heijmans en las pocas páginas de En el mar no es algo al alcance de cualquier escritor. Que un lector y padre como yo se sienta tan absolutamente identificado con ese marinero que recoge a su hija para finalizar una navegación de tres meses en solitario es la mejor explicación de porqué la literatura es tan grande como es. Cierra uno En el mar y siente que ha vivido algo, y eso que lo cierra al poco rato de abrirlo porque es imposible no leerlo del tirón. Y además de sentirse impresionado y conmovido, siente que también ha aprendido algo y no necesariamente sobre el mar, la navegación o la literatura.
El primer libro que leí de Amélie Nothomb fue Cosmética del enemigo. Lo encontré por casualidad en la casa de un amigo al que había ido a visitar. Yo por aquel entonces, con los dieciocho años recién cumplidos, tenía una lista de libros leídos que se nutría básicamente de novelas negras, fantasía y más novelas negras. Tenía una amiga que siempre me decía que debía variar mis gustos literarios, descubrir cosas nuevas, pero yo no encontraba ni el momento ni el libro que me llevara a esas cosas nuevas que me estaban esperando. Pero unos meses después de esa charla en la que, básicamente, me dijo que era una “conformista literaria”, llegó a mis manos Cosmética del enemigo. Lo empecé con un poco de reticencia y no sabiendo muy bien qué iba a encontrar. Así que, antes de seguir, me metí en Internet para ver qué decía la gente sobre él. Leí una y otra vez estas dos palabras: “obra maestra”. Por lo que me entró un miedo horrible: no sabía si iba a ser capaz de apreciar todo lo que 
Dice Ismael Orcero Marín en el epílogo de su primer libro de relatos, El fin del mundo, que estas historias surgieron de momentos reales e inventados y que «el resto es 
No es fácil ser una chica. Tampoco lo es ser chico, ojo. Pero si nuestra vida es una película de terror, ser chico suele ser más fácil. Simplemente basta con resistirse a morir, morir finalmente y ya. En cambio, siendo una chica tienes que ir ligera de ropa y correr por cementerios neblinosos o campamentos donde hasta hace poco alguien te sobaba las tetas o atravesar fríos bosques, golpeándote la cara con ramas y arañándote las piernas con la maleza mientras tratas de escapar de un maniaco con un hacha, cuchillo, motosierra o el fetiche elegido por el tunante de turno para desmembrarte.



Las movilizaciones del 8 de marzo, en defensa de la equiparación de derechos entre mujeres y hombres, fueron todo un éxito en toda España («Desde el ‘No a la guerra’ y la de Miguel Ángel Blanco no había visto nada así», oí decir en más de una ocasión). Sin hacer un análisis profundo, no cabe duda de que una de las principales razones de ese apoyo masivo que demostró la sociedad española es que las peticiones que se hicieron en las calles y plazas de nuestro país eran (y son) tan razonables como justas: eliminar la brecha salarial, combatir con mayor eficacia la violencia machista, fomentar desde las escuelas el conocimiento de los logros de las mujeres a lo largo de la historia… De entre ellas, hubo una que, escuchada a modo de lema, me revolvió por dentro: «Las calles de noche también son nuestras». Qué tristeza, pensé, tener que pedir a gritos algo tan básico.