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Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina

Un andar solitario entre la gente

Un andar solitario entre la genteHoy voy con uno de esos libros que me da cierto recelo reseñar, básicamente porque sé que mis palabras nunca podrían llegar a expresar su grandeza, su majestuosidad, la calidad de unas palabras que si se encontrasen con las mías lo máximo que les ofrecerían sería una palmadita en el hombro. Hace un rato pensaba que este libro es algo así como aquellas bolas mágicas de color negro que hace ya varios años se hicieron famosas y todo niño tenía y que ofrecían respuesta a cualquier preguntaba que tú hicieras. Solo tenías que agitarla y ya está, en una pequeña pantalla aparecía la respuesta. Pensaba en eso porque algo así sucede con este libro, que solo tienes que cogerlo, abrirlo, leerlo y esperar a que tus preguntas, incluso algunas que todavía nunca te has hecho, queden respondidas. ¿Para siempre? Eso ya yo no lo sé. Hoy hablo de Un andar solitario entre la gente, del gran Antonio Muñoz Molina.

Primero de todo debo decir que todavía no entiendo por qué este libro se vende como novela. O quizás sí lo entienda pero no quiera hacerlo. Un andar solitario entre la gente, para que nos entendamos, es el resultado de unos meses en la vida de Muñoz Molina en los que este estuvo (y ha estado y está y estará) recogiendo fragmentos de anuncios, de revistas, de propaganda, de conversaciones para uso personal y público, porque han acabado en este libro. Encabezados siempre por un título que es un lema comercial, los textos de este libro van desde la reproducción exacta de, por ejemplo, la noticia de un asesinato múltiple a la confesión más personal e íntima de un Muñoz Molina que mira desde arriba un pozo que lleva tatuado en la roca su nombre. Todo ello hilado por el caminar del propio autor. La caminata como punto de unión, como nudo de ramajes, como epicentro desde el cual nacen todas las historias de una mente brillante que, probablemente, haya pasado por encima de nuestro tiempo.

Leyendo este deambular pesaroso de Muñoz Molina por las calles de lugares como Madrid o Nueva York, me he acordado de tantos otros que leí y que nunca llegarán al nivel (en cantidad) de todos los que él ha leído y que menciona en este libro al estilo, o casi, hiperreferencial de Borges. Me ha recordado a Annie Dillard, recuerdo que me ha llevado a Thoreau. Me ha recordado por supuesto a Vila-Matas, recuerdo que me ha llevado a Walser. Me ha recordado a Cirlot, a Ortega y Gasset, a Umbral e incluso a Nietzsche; todos ellos caminantes sabedores de que los pies en el camino son el encendido de la mecha del pensamiento. Habla Muñoz Molina aquí de la Deambulología como ciencia, como arte y práctica de tantos que han decidido pensar y crear caminando. Caminantes, paseantes, flâneurs. Habla de tantos él…: Poe, de Quincey, Benjamin, Woolf, Beaudelaire, Wilde, Dickinson, Pessoa, Melville, Joyce, Whitman, Dickens, Proust, etc. Ojalá poder habitar por un día o por un rato o por un instante la cabeza de Muñoz Molina.

Es cierto que hay en el libro pasajes, recortes casi de la realidad, que pueden pasar desapercibidos ante otros de tal grandeza como los que dedica a su pareja (¿para qué nombrarla si ya todos sabemos quién es?) o como los que dedica a esa sombra que siempre persigue a quien alguna vez se ha encontrado cara a cara con ella, la sombra del pesar, de la tristeza, del nunca llenarse de algo sin función de llenado que es la vida. Hay momentos de gran asombro, de genialidad total que hace inevitable el subrayado sobre el papel.

Escrito en el final de un verano, Un andar solitario entre la gente es el zapato que siempre encaja para aquel que se haya sentido alguna vez escritor mientras pensaba caminado o mientras caminaba pensando. Es la certeza de que siendo un caminante se puede crear una vida, de que existe la posibilidad de ser tu propia oficina itinerante. Dice Muñoz Molina en alguna parte del libro, a modo de asceta o filósofo cínico que «Mi oficina, vaya donde vaya, es el cuaderno, el lápiz, la pluma, el tintero, el sacapuntas, las tijeras, la barra de pegamento, una carpeta con recortes, tres o cuatro libros, todos ellos livianos». Podemos hablar de recortes, de fragmentos aleatorios, de grabaciones encontradas; o podemos hablar de parches, de remedos, de suturas perfectas. Yo me quedo con lo segundo. Yo decido coger la mano auxiliadora que ofrece el libro. ¿Y tú?

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We Stand On Guard, de Brian K. Vaughan y Steve Skroce

we stand on guard

we stand on guardLo primero que llama la atención de la magnífica portada de We Stand On Guard es que muestra una guerra en la que los contendientes son Estados Unidos y Canadá. Puede extrañar que dos naciones que han alcanzado importantes acuerdos y que tienen en su haber sociedades que se presumen tan similares puedan llegar a un conflicto bélico. Bueno, el escenario no es tan inverosímil ni la idea tan osada. Digamos que los Canadienses son más de guardar las formas, tomar el té a las cinco e inclinar la cabeza, que no la rodilla y siempre desde su soberanía, ante la reina Isabel II. Es lo que tiene compartir lazos históricos con el Reino Unido. Por otra banda tenemos a los del American way of life, la banderita en el jardín, la comida basura y el rencor eterno hacia aquellos contra los que una vez tuvieron que batallar para conseguir su independencia.

No es de extrañar pues que, con tal acumulación de inquina, los norteamericanos crearan entre los años 20 y 30 del siglo pasado el denominado Plan Rojo. Éste preveía una hipotética guerra contra el Reino Unido. El ejército norteamericano suponía que éstos atacarían desde Canadá, así que ellos tomarían el país antes. Básicamente era un movimiento preventivo contra los ingleses. Lo mejor de todo es que por aquella época los canadienses, oliéndose la tostada, habían trazado también un plan de contingencia contra los EEUU. Cuando toda esta información se desclasificó y se hizo pública las tensiones entre estos dos países, como habréis imaginado, no mejoraron. Y ahí andan desde entonces, manteniendo el tipo mientras intercambian pullitas.

Pero dejemos la historia para ponernos con un cómic de ciencia ficción que arranca en el año 2112 con una impactante escena en la que La Casa Blanca es atacada. Este grave incidente servirá de pretexto para que EEUU vaya con todo contra Canadá. Unos Estados Unidos que sufre una grave sequía contra un Canadá que goza del mayor grupo de lagos de agua dulce de todo el mundo. Una guerra quizá no buscada, pero que para uno de los dos países resultará beneficiosa. Con lo que no contaban es que tras doce años de ocupación unas fuerzas rebeldes todavía se atrevan a plantarles cara. A grandes rasgos esto es lo que nos ofrece Brian K. Vaughan, guionista de carrera prácticamente intachable. Creador de grandes y originales obras como la intrigante y nostálgica Paper Girls o la space opera fantasy Saga.

Quien introduce al lector en este slice of life bélico de ciencia ficción es Amber, una muchacha que perdió a su familia en los primeros compases de la guerra. Al inicio de los capítulos veremos cómo se las apañó para sobrevivir en un país asolado por la guerra, para luego enlazar y mostrarnos a una Amber ya adulta. Un esquema que recuerda mucho a las series de televisión y que consigue que poco a poco vayamos comprendiendo, incluso temiendo, a esa muchacha que en un principio parecía mostrarse casi desvalida. De Amber será de la única que lleguemos a conocer un pasado. De los demás personajes Brian K. Vaughan solo nos ofrece algunas miguitas que en algunas ocasiones son suficientes pero que en otras no llegan a saciar el hambre por conocer las motivaciones reales que les llevaron a crear ese grupo de insurgentes. Con todo, triunfa incontestablemente a la hora de mostrarnos que en la guerra no existen héroes, solo supervivientes con diferentes aspiraciones. Mientras unos se conforman con conseguir la paz, otros no descansarán tranquilos hasta alcanzar la venganza. Por ello, no deja ser incómodo llegar a empatizar con personajes que ejecutan enemigos a sangre fría o que consideran la inmolación dentro de sus tácticas de guerra.

¿Y a nivel gráfico que nos encontramos? Pues perros de metal. Perracos gigantes del tamaño de un puto edificio. Camiones de un tamaño acojonante. Y drones pantagruélicos que sirven como bases flotantes. Éstos, además de otros engendros de guerra, surgen de los lápices de Steve Skroce. Maquinaria de guerra que es una clara y lógica evolución de la que existe hoy en día. Los perros, por ejemplo, no son más que una versión altamente armada y preparada para entrar en batalla de las criaturas que fabrica Boston Dynamics. Algunos de ellos de titánico tamaño son pilotados por humanos, revelando lo que podría ser una combinación entre los AT-AT de Star Wars y el típico mecha japonés pero con una bandera de los USA estampada en su fuselaje. Pero Steve Skroce no solo demuestra defenderse holgadamente en el diseño de armamento futurista, sino que también lo hace a la hora de dotar a sus personajes de un complejo y verosímil lenguaje corporal, consiguiendo que con un gesto corroboren lo que están manifestando con palabras. En lo referente a la narración visual esta es tan rápida como explosiva. Debido en mayor medida a una configuración de viñetas muy limpia, que casi nunca se sobreponen y en las que lo que contienen jamás abandona las cuatro líneas. Una configuración de escenas nada inusual para alguien que, aunque ha trabajado muchísimo en el cómic, también lo ha hecho creando storyboards para películas como la trilogía Matrix o V de Vendetta. La guinda del pastel la pone el colorista Matt Hollingsworth con un color suave pero enérgico que realza y enriquece el trabajo del dibujante.

En definitiva, We Stan On Guard es un cómic publicado por Planeta Cómic que no solo nos narra una historia bélica de ciencia ficción tremendamente ágil y repleta de acción, sino que también busca que el lector reflexione sobre como las guerras cambian a las personas.

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Justo, de Carlos Bassas del Rey

justo

justo“Siempre he sido discreto.
Siempre he sido más de saber hacer que de hacer saber.”

Creo que fue Chaplin el que dijo aquello de que el mundo pertenece a los que se atreven. Y si no era así, era al menos algo parecido. Y hoy vengo a hablaros de un atrevido. ¿Su nombre? Carlos Bassas. ¿Su atrevimiento? Crear a Justo. Estábamos muy a gusto con su personaje de Herodoto Corominas, un inspector de policía culto como pocos. Pero no, el señor Bassas no ha querido darnos otra ración de Corominas y nos ha descolocado a todos con este personajillo del que hoy os vengo a hablar. Ya te vale, Carlos…

Os hablaré de Justo Ledesma. Estamos ante un abuelete tranquilo, un barcelonés de casta que vive por la zona del Born, disfrutando de los paseos entre sus callejuelas llenas de historia, que pasa el día en el Damián, su bar de cabecera, y que de vez en cuando se ve con la Remedios para dar rienda suelta a la aún vigorosa capacidad sexual que le queda. Como todos los barceloneses de pro que quedan por su barrio, está hasta los cojones del circo turístico en el que se ha convertido Barcelona. Hartos de los putos guiris que vienen a emborracharse y a ensuciar la ciudad, y que están acabando con todos los negocios que durante años se asentaron por los alrededores. Menos mal que todavía le queda Damián…

El problema de leer esta novela es que le coges cariño a Justo. Y Justo parece un buen tío, una persona decidida con un plan de vida trazado de forma milimétrico. Pero para otros, Justo puede ser un hijo de puta más grande que la basílica de Santa María del Mar. Porque este viejecillo irascible y gruñón tiene una misión. Es un tzadik, uno de los treinta y seis justos de la tradición judía. De ahí su nombre. Y este justiciero de la tercera edad tiene que mantener a raya el equilibrio entre el Bien y el Mal, por eso no duda en limpiar de escoria su barrio, cueste lo que cueste. El problema es que con su última víctima ha abierto la caja de Pandora y ya no hay marcha atrás. Vamos, que la ha liao parda, como decía aquella chiquilla del famoso video de Youtube.

“Cualquiera puede matar a un hombre, pero convertirlo en un arte discreto lleva su tiempo.”

Contado en primera persona, y con continuos guiños al lector, Justo es un libro que impresiona. Su protagonista sabe que está en la última etapa de su vida, y que no tiene tiempo que perder, de ahí que la novela tenga algo menos de 200 páginas. El lenguaje, despojado de todo lo accesorio, es rápido, claro y conciso. Y con una narración así, la novela se lee de un tirón, casi sin tiempo para coger aliento.

Mira que yo esperaba como el comer otra historia de Herodoto Corominas, pero he de reconocer que quedo satisfecho con Justo, una novela con unos personajes que se alejan de lo que uno espera de ellos y que no paran de sorprender. Esta es una historia de venganza, sangre y acción, pero a la vez un homenaje a una ciudad y unas calles, las del barrio de Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera, que desaparecieron hace años. Y es una muestra más de la calidad literaria de Carlos Bassas, cuyo atrevimiento del que os hablaba al principio se ha saldado de forma sobresaliente.

César Malagón @malagonc

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La Terapia de Neka, de Nekane

La Terapia de Neka

La Terapia de Neka¿Por qué tropezaré siempre dos veces con el mismo homo?

No sé exactamente qué fue lo que más me llamó la atención de esta novela, pero creo que fue esta frase de la portada la que me hizo adentrarme entre sus páginas. Y es que se me hizo imposible no sentirme identificada con ella. ¿Cuántas veces hemos tropezado con la misma piedra? Y cuántas veces seguimos tropezando y tropezando sin parar y sin importarnos la caída, porque sabemos perfectamente cuáles serán las consecuencias y las abrazamos sin más. Sin saber cómo nos sentiremos después de haber caído varias veces en un mismo error.

En el caso de este libro, la piedra es un hombre, o mejor dicho, todos los hombres. Que enloquecen a nuestras jóvenes protagonistas, hasta el punto de llegar el odio. Y aunque es algo que a todas nos ocurre en algún momento de nuestra vida, sobre todo en la adolescencia, en este libro se trata de manera especial. Y es que La Terapia de Neka se centra precisamente en ese miedo a caer en las redes del amor. Esas redes en las que nos sentimos indefensos, desprotegidos pero a la vez ilusionados, con ganas de sonreír todo el tiempo. Pero, sobre todo, en las que nos sentimos con un miedo terrible a perder y sufrir. Y eso nos hace hacernos los duros, a dejar de ser tan humanos y parecernos más a cebollas, con capas y más capas que nos impiden mostrar nuestros verdaderos sentimientos.

Pero Nekane nos muestra que todo esto se puede afrontar de distintas formas. O bien podemos hundirnos, y no ver ninguna esperanza al final del camino, o bien tomárnoslo con filosofía y apoyarnos en nuestra familia y nuestras amistades más cercanas. Y esto es lo que hace Neka y lo que más me ha gustado del libro, esa manera de narrar problemas que en nuestra adolescencia se nos hacen un mundo. Y por eso creo que es también interesante leer esta novela cuando tenemos más edad, así podemos echar la vista atrás y encontrarnos con una parte de nosotros mismos que creímos perdida para siempre. Al menos, eso me pasó a mí al leer esta novela.

Y aunque muchas veces no entendía la forma de hablar de las protagonistas y me costó llegar a comprenderlas y empatizar con ellas y las situaciones que viven, sobre todo por el lenguaje que utilizan, es inevitable encariñarse con ellas a medida que vas leyendo lo que les ocurre y cómo lo afrontan. Como ya he mencionado antes, Nekane utiliza inteligentemente el recurso de la diversión en este libro para mostrarnos que cualquier problema se puede enfocar desde múltiples perspectivas y que no hay nada que no se pueda solucionar.

Las apenas 300 páginas con las que cuenta esta novela se me han pasado volando, gracias a su estilo directo, desenfadado, plagado de diálogos ingeniosos y divertidos, y situaciones que no son tan diferentes a las que todos hemos vivido alguna vez en nuestros primeros años de juventud. Esa inocencia que empezaba a perderse sin remedio, esos años en los que comenzábamos a aprender que quizás no todo es tan fácil. Y que los sentimientos nunca se pueden dividir en blanco o negro, que hay mil y un matices y que un desamor no significa un adiós a los hombres. Un hasta nunca al amor.

La Terapia de Neka es una novela que me ha sorprendido bastante, porque cuando comencé a leerlo pensé que iba a ser el típico libro para adolescentes, con amores imposibles, tonterías de instituto y amigas únicamente preocupadas por la ropa y el maquillaje. Pero me encontré con una lectura que se centra mucho en sus personajes y en los sentimientos y emociones que estos experimentan en sus vidas, no solo en lo relativo al amor, sino también problemas familiares, de autoestima, de falta de confianza en sí mismos.

Y que no solo profundiza en eso, sino que es capaz de narrárnoslo de una forma sencilla, natural, como si no fuera una historia de ficción. Y es que las veces que la ficción supera a la realidad son mis favoritas, porque cuando una novela deja de ser lo que es para transmitirte más cosas, para adentrarse dentro de ti mismo y de tus propios miedos, es cuando se convierte en algo más. Algo que quizás merezca la pena.

 

 

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Una lista de jaulas, de Robin Roe

Una lista de jaulas

Una lista de jaulas“Sé lo que creo, pero la gente no quiere que digas lo que piensas, sino que digas lo que ellos piensan. Y no es nada fácil averiguarlo.”

Las reseñas que más me cuesta escribir son aquellas de los libros que más me han marcado, que más sentimientos a la vez me han hecho experimentar mientras los leía. Y es algo curioso, porque se supone que cuántas más cosas positivas tienes que contar de un libro, más sencillo es. Pero a mí no me lo parece. Creo que ocurre como cuando en nuestra vida conocemos a alguien especial, que nos revuelve y nos emociona. Que por mucho que contemos sobre esa persona sentimos que siempre se va a quedar corto. Son cosas que hay que vivir en primera persona.

Y lo que siente Julian, el protagonista de Una lista de jaulas, es algo que difícilmente se puede describir con palabras. Es algo con lo que te encuentras en cada capítulo del libro, que te hace sufrir y a la vez empatizar con el personaje y la injusta situación que está obligado a vivir cada día. Es increíble cómo Robin Roe es capaz de poner voz a un personaje hasta el punto de transmitir una situación que podría ser real para cualquiera de nosotros. Que podría dejar de ser ficción en cualquier momento y que podría ocurrirle a cualquier persona que se encuentre a nuestro alrededor.

Y cómo reflexiona sobre el sufrimiento en la infancia y la etapa adolescente, y cómo puede marcarnos para siempre si no aparece alguien que nos ayude a afrontarla. Ahí es donde aparece el gran tema de esta novela, la verdadera amistad, la familia que elegimos libremente para acompañarnos en los momentos felices, pero también en los más duros de nuestras vidas. Y es que la autora relata la amistad entre Julian y Adam, dos jóvenes que no pueden ser más diferentes, que va surgiendo paulatinamente a lo largo de la historia y que no puede ser más sincera y desinteresada.

Respecto al otro gran tema que se trata en el libro, que creo que es algo que no se debería revelar, me ha encantado la sensibilidad y todo lo que se transmite, sobre todo desde la mitad del libro hasta el final, ya que consiguió mantenerme pegada a las páginas, sufrir junto a los personajes y preguntarme cómo se puede llegar hasta esa situación. Cómo un ser humano es capaz de infringir dolor y cómo otro es capaz de todo lo contrario. Cómo somos seres imperfectos, llenos de rencor en muchos momentos de nuestra vida o llenos de amabilidad y desinterés en otros. Cómo demostramos el amor según las experiencias que vivimos a lo largo de nuestra vida.

Por eso creo que este libro no lo catalogaría como juvenil en casi su totalidad, por la madurez con la que trata los dos grandes temas en los que se centro. Porque creo que aunque esta novela me ha pillado demasiado mayor para entender y empatizar con algunas situaciones (quizás demasiado de instituto), hasta aburrirme en algunos momentos, creo que Una lista de jaulas es el ejemplo perfecto de que un libro puede marcarte y removerte tengas la edad que tengas.

Que los sentimientos son los que son para todos nosotros. Y revivir nuestros peores momentos y recuerdos es algo que a todos nos ocurre alguna vez y hay que saber rodearse de todos aquellos que nos ayuden a dejarlos a un lado, a demostrar nuestras ganas de vivir y tratar de olvidar. Lo más difícil, pero también lo que más nos ayuda a evolucionar a lo largo de nuestra vida. Por esto, creo que este libro es tan necesario para el público juvenil, y por lo que creo que ha sido catalogado como tal. No puedo hacer más que recomendarlo a todos aquellos que os haya interesado, porque merece mucho la pena.

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Habrá valido la pena, de Daniel Morales

Habrá valido la pena

Habrá valido la penaCreo que todos estaremos de acuerdo en que la portada de Habrá valido la pena, de Daniel Morales, es llamativa. Y sí, la novela da lo que promete: hay sexo, bastante, y explícito. La primera parte podría resumirse en que Hannah es una alemana de dieciocho años que viaja a Málaga para iniciarse sexualmente: quiere perder su miedo a la penetración y, de paso, encontrar a su príncipe azul. Ay, qué soñadora es esta Hannah, lectora de Charles Dickens, Jane Austen y Lewis Carroll. Si hasta se ha tatuado en el pecho a Alicia atravesando el espejo.

No es arbitrario lo del tatuaje, ya que la novela está plagada de referencias a esta novela. En realidad, la literatura juega un papel fundamental. Hannah es una lectora empedernida y a través de la evolución de sus lecturas vemos también los cambios de su vida: de su adorado Lewis Carroll al atormentado Dostoievski, pasando por los libertinos Sade o Masoch y después, la ausencia de libros; sin vía de escape a su realidad.

Al principio, Hannah afronta la virginidad como si fuera la barrera que la separa de la madurez. Llegamos a conocer sus miedos al pie de la letra. No obstante, aunque el relato se centra en su punto de vista, Daniel Morales también logra transmitirnos las inseguridades sexuales de los chicos que se cruzan en su camino: por la eyaculación precoz, por el tamaño, por las parafilias. En definitiva, retrata de forma bastante verosímil la iniciación sexual de Hannah y de los personajes que le ayudan a ello.

Pero esa etapa de descubrimiento no se reduce al sexo. Hannah también se adentra en las drogas: un porro en una fiesta, un poco de MDMA en una noche de desfase, una raya porque la invitan y no quiere hacer el feo… Daniel Morales refleja los efectos mentales y físicos de cada una de ellas, incluso los autoengaños de los que las consumen y no reconocen que se les va de las manos. Y si el retrato de la iniciación sexual ya me parecía acertado, el de adicción al alcohol y a las drogas me parece impactante y muy bien desarrollado.

Sexo y drogas tienen un fuerte nexo en la historia de Hannah: una cosa le lleva a la otra, y sin quererlo, pero sin evitarlo, entra en una espiral de autodestrucción. La degradación de Hannah llega hasta límites insospechados. No es la clase de personaje con el que se conecte o empatice fácilmente (al menos yo no lo hecho porque está en las antípodas de mi forma de entender la vida), pero incluso así he sufrido con su declive, incapaz de creerme que todavía pudiera hundirse más.

¿Cómo cae tan bajo? ¿Cuál ha sido su error? No hay un respuesta clara a estas preguntas ni falta que hace, porque si algo destaca de esta novela es que ni el personaje ni el narrador buscan la autocompasión, lo que hace que esta lectura sea todavía más cruda y, por eso mismo, mejor.

Me llamó la atención el discurso de uno de los personajes del libro: «Escribo lo que me pide el cuerpo, lo que me gusta escribir y lo que creo que me gustaría leer, lo que me divierte y lo que me da miedo, lo que me parece hermoso o terrible, y no me importa que esté relacionado con Dios, con el honor, con los coños o con la culpa, que esté expresado en bellas palabras o con palabrotas». Asocié esas palabras irremediablemente a las intenciones de Daniel Morales al escribir esta novela, porque es exactamente lo ha hecho en Habrá valido la pena: ha mezclado lo serio y lo cómico, el sexo y la filosofía. Y le ha salido bien. Hasta tal punto que ha sido galardonado con el Premio Vuela la Cometa 2017. Así que os recomiendo que dejéis a un lado los prejuicios literarios y os atreváis a descender a los infiernos junto a Hannah. Cuando lleguéis a la última página no tendréis duda de que este libro lo merece.

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Que nadie duerma, Juan José Millás

Que nadie duerma

Que nadie duermaAntes de nada, me gustaría decir algo que hasta leer esta novela no sabía y que quizás tampoco sepa quien esté leyendo esta reseña y así igual podamos congeniar ya de primeras y así restemos presión de algo que no debería tenerla y que es la ignorancia de muchas (muchísimas) cosas: no sabía que Nessun Dorma significa «Que nadie duerma». Ahora sí. Y quién sabe hasta cuándo lo sabré. Este, Que nadie duerma, es el título de la última novela de Juan José Millás que, por supuesto, tiene mucho que ver con la canción, si no, no creo que la mencionase. O sí. ¿Quién sabe?

Que nadie duerma es Millás en estado puro. Dice la faja del libro que estamos ante «El mejor Millás», pero yo creo sinceramente que el mejor Millás llegó hace tiempo a la cima y que, por el momento, no ha decidido emprender el descenso de ella. Sigue ahí arriba contemplando el mundo con su mirada periférica decidido a contarnos cosas de una manera aparentemente llana pero con mucho fondo y, sobre todo, con unos giros capaces de despeinar al lector más frío. Como siempre, el tema que trata es sencillo: en este caso nos presenta a Lucía, programadora informática que se queda sin trabajo y decide hacerse taxista. Tiene la edad en que falleció su madre y algo en su interior que desde entonces pugna con su cuerpo por salir. Pero si quien lea esto ya es conocedor del universo Millás, sabrá que en sus novelas lo importante no es tanto la trama principal sino el cariz que esta toma. Los personajes de Millás siempre esconden algo que todos como humanos tenemos dentro. Un virus inoculado al nacer, un tabú escondido, una filia nunca confesada.

Lucía emprenderá su aventura como taxista enamorada de su misterioso vecino, alguien a quien solo ha visto una vez gracias al Nessun Dorma, que ha abandonado su vivienda dejando a Lucía extasiada y que habitará su conciencia a lo largo de toda la novela. En busca de ese misterioso vecino por unas calles de Madrid que ella convierte en las de Pekín, todas sus carreras serán meros trámites, con sus respectivas aventuras y rocambolescas hazañas que harán disfrutar de lo lindo a los lectores, con los que llegar a la carrera final y decisiva: la que le haga llevar a Braulio Botas, el gran actor, su antiguo vecino.

A medida que avanzan las páginas, los trayectos en taxi, los encuentros curiosos y furtivos entre taxista y cliente, Lucía irá notando que algo crece en su interior. ¿Recuerdas aquello que yo comentaba al principio, ese «algo en su interior» que pugnaba con su cuerpo por salir? Pues eso. La metamorfosis, a lo Kafka o a lo Droguett en Patas de perro, sucederá, y Lucía acabará cerrando el círculo convertida en lo que ella misma sabía que era desde el principio. ¿Que a qué me estoy refiriendo? Tendrás que leer la novela para saberlo.

Humor, intriga, pasión, sexo descarnado, sangre, sudor y lágrimas; lo que digo: Millás en estado puro. Lo siento por Alfaguara, que a todo esto ha hecho una cubierta preciosa y ha escogido un título más que correcto, pero yo no soy capaz de decir que este es «El mejor Millás», aunque pudiera serlo. Aunque lo sea.

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Invisible, de Eloy Moreno

Invisible

InvisibleNo suelo dudar a la hora de hacer una reseña. Normalmente, mientras estoy leyendo el libro, en mi cabeza ya tengo clarísimo qué quiero poner en la reseña, cómo la voy a empezar, cómo la voy a terminar, a qué cosas le voy a dar importancia y a cuáles no.

Pero esta vez… no ha sido así. Pensé que lo tenía todo claro, pero ahora, que me enfrento a mi ordenador con la única compañía de Kenya, mi labradora negra, no se me ocurre qué decir. Y esto se debe a una razón muy sencilla: mientras leía el libro, vi que una de mis compañeras de Libros y Literatura, Virginia, también estaba leyéndolo. Iba a asistir a un encuentro organizado por la editorial en la que el autor, Eloy Moreno, daría una charla sobre su libro. Cuando terminó esa charla, Virginia me escribió preguntándome si había hecho la reseña, a lo que le contesté que no. Y todo era porque el autor pidió, por favor, que si alguien reseñaba el libro no hablara directamente sobre el tema que trata. Yo en ese momento no lo entendí, incluso me enfadé. Pensé: “¿pero qué se ha creído este tío? Cada uno hablará en su reseña de lo que le dé la gana”.

Pero lo he ido pensando estos días y me he dado cuenta de que tiene razón. Ocurre con este libro lo que ocurrió en su día con El niño del pijama de rayas. Había un halo de misterio alrededor de ese libro, ya que la sinopsis no era nada descriptiva y no sabías lo que te ibas a encontrar dentro. Incluso la persona que te lo recomendaba te decía que no podía contarte de qué iba la historia, que simplemente lo tenías que leer y que te iba a encantar. Me imagino que serán muchas las reseñas que hablen de la trama de este libro abiertamente y que podréis encontrar spoilers en cualquier red social o blog de literatura. Pero yo no sé si quiero hacer eso.

Así que he decidido que voy a hacer lo siguiente: voy a olvidar todo lo que tenía en la cabeza, ese esquema que siempre me hago antes de hacer una reseña, y voy a dejar que mi corazón hable por mí. Así que, si no os gusta lo que leéis o no estáis de acuerdo, perdonadle: es nuevo en esto y no sabe muy bien lo que hace.

La sinopsis del libro es la siguiente: “¿Quién no ha deseado alguna vez ser invisible? ¿Quién no ha deseado alguna vez dejar de serlo?”. Y ya está, nada más. En la portada podemos encontrar la sombra de un chico rodeada de gotas de agua que parecen no tocarla. Y las letras del título bien grandes y brillantes: INVISIBLE. No se sabe nada más del libro. No se sabe quién es el protagonista, por qué es invisible o quiere dejar de serlo. No se sabe si el libro trata de marcianos o contiene ricas recetas de cocina. No sabemos nada. Por eso he decidido unirme al club de los que quieren guardar ese misterio para que sea el lector quien lo descubra.

Dentro de sus páginas, el lector encontrará capítulos muy cortitos contados en primera o tercera persona. También podrá ver que son varios los narradores y que cada uno tiene un punto de vista y una posición en el juego muy diferente.

También encontrará un dragón, que está a punto de despertar. Un ratón, un cerdo y un montón de animales más. Por supuesto, encontrará a alguien que es invisible, porque tiene súper poderes, como los protagonistas de los comics y que, aunque no lo admita, a veces le gustaría no tener ese poder.

Y encontrará a una chica con cien pulseras y a un chico con nueve dedos y medio.

Con esas piezas y unos capítulos que al principio parecen no tener sentido, el lector tendrá que ir descifrando la historia, hasta llegar a un final que le dará ganas de volver al principio para leerlo todo de nuevo. Porque entonces todo tendrá una explicación lógica.

No sé hasta cuándo durará este misterio. No sé si directamente esto es una tontería y debería hablar abiertamente del contenido del libro, pero nunca he sido una persona a la que le haya gustado chafar la historia a nadie. Por eso mi corazón ha decidido no contarlo. No porque lo haya pedido el autor, ni porque me parezca imprescindible “guardar el secreto”. Sino porque igual que yo, que no tenía ni idea de qué iba el libro cuando lo abrí por primera vez y me pasé las primeras páginas sin entender demasiado, habrá mucha gente a la que le gustará sorprenderse cuando entiendan toda la historia.

Ahora, mi corazón quiere que os diga también que cuando cerré Invisible mis lágrimas caían a raudales por mis mejillas, como hacía tiempo no me ocurría leyendo una novela. Y que él, mi corazón, estuvo encogido dentro de mi pecho durante las casi trescientas páginas de este libro. Ya solo por eso, mi recomendación está servida.

Recuerdo muchas veces en las que quise ser invisible. Pero yo no tenía ese súper poder que el protagonista de la última novela de Eloy Moreno tiene. A veces lo conseguía y me volvía un poquito invisible, solo un poco. Ahora me encantaría tener un súper poder, pero otro diferente: el de tener un visión que me permitiese detectar a todos los invisibles que hay a mi alrededor que, desgraciadamente, no serán pocos.

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Carmen, de Prosper Mérimée y Benjamin Lacombe

Carmen

CarmenCarmen no necesita presentación. El personaje creado por Prosper Mérimée en el siglo XIX se ha convertido en un mito: es el arquetipo por excelencia de la mujer fatal. Tal y como recuerda el ilustrador francés Benjamin Lacombe en el prólogo de la reciente edición de Edelvives, la sombra de Carmen «puede percibirse en canciones de Stromae o Lana del Rey, en películas de Ernst Lubitsch, Christian-Jaque, Jean-Luc Godard o Peter Brook, y en los poemas de Théophile Gautier».

Añadiría que es también la protagonista de la copla Carmen de España, aunque la letra sea un claro desmarque de la denostada imagen del personaje de Mérimeé. Y lo hago porque a pesar de haber oído dicha canción muchas veces de pequeña, hasta ahora no me había dado cuenta de que aludía directamente a esta obra. No es la primera vez que me pasa. A veces conocemos ciertos personajes clásicos por mil referencias, pero en realidad la imagen que nos creamos es distorsionada, muy alejada de su verdadera esencia. Y para descubrirla no hay nada mejor que recurrir al texto original.

Eso es lo que he hecho yo con Carmen. Aunque reconozco que movida por las sublimes ilustraciones de Benjamin Lacombe. ¿Qué queréis? Lo mío con este ilustrador es fascinación absoluta y no podía resistirme a que esta preciosa edición presidiera mis estanterías, junto al resto de obras que tengo de él: Cuentos Macabros, de Poe, Nuestra señora de París, de Victor Hugo, y La sombra del Golem, de Éliette Abécassis. Y es que el tándem Benjamin Lacombe y Edelvives crea las ediciones más bellas que existen hoy en día en las librerías. Incluso me atrevería a decir que con Carmen han dado un paso más: desde el relieve de la mantilla, en la portada, hasta las siluetas reflejadas en cada inicio de capítulo son una auténtica maravilla.

Y el contenido no desmerece a semejante despliegue de edición. La obra de Prosper Mérimée se ha convertido en clásico por derecho, no tanto por la historia que cuenta (el pasional y destructivo amor entre Carmen, la cigarrera gitana, y don José, el soldado convertido en bandido), sino por el poderoso personaje protagonista. Es cierto que puede parecer que el relato de Mérimée peca de racista y machista en varios momentos: hace hincapié en la maldad de los gitanos y en cómo una mala mujer lleva a la ruina a un buen hombre. Pero más allá de la percepción de Mérimée sobre las costumbres calés y españolas, me parece interesante que Carmen también pueda entenderse como un personaje que echa abajo los tópicos, sobre todo, en su época: ejerce su libertad en todo momento, nunca se doblega a los deseos de los hombres. No seré yo quien afirme categóricamente qué valores transmite Carmen, porque traería cola, pero como decía un profesor que tuve en la universidad: si a unos les parece machista y a otros, feminista, es que no es ni una cosa ni la otra. Y eso demuestra la grandeza de este personaje, lleno de matices y profundidad.

El poder de seducción de Carmen no tiene límites, igual que las ilustraciones de Benjamin Lacombe. Así que os advierto que si miráis la portada de Edelvives tan solo unos segundos, os la tendréis que llevar a casa. Pero tranquilos, que nos os pasará como a don José. Seguro que acabaréis encantados de que se haya cruzado en vuestro camino.

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Cómo llegamos a la final de Wembley, de J.L. Carr

Cómo llegamos a la final de Wembley

Cómo llegamos a la final de WembleyComienza esta novela con un pequeño hurto, o con un regalo. El del título. Porque el original en inglés destripaba la principal intriga del relato, pero, consciente o inconscientemente, su traducción no se parece en nada. Así que si quieren evitar la curiosidad de saber cómo le fue al Steeple Sinderby Wanderers en su temporada más memorable, no caigan en la tentación de mirar la página de créditos; yo no se lo voy a revelar, para que así puedan seguir leyendo esta reseña sin problemas.
Narrada a modo de informe por el secretario del club, el poco reconocido Joe Gidner, Cómo llegamos a la final de Wembley sigue la epopeya del imaginario Steeple Sinderby Wanderers durante su primera participación en la FA Cup, la competición copera por excelencia en el Reino Unido, una verdadera lucha por la supremacía futbolística de las Islas durante la década de los setenta. A diferencia de los equipos profesionales que va encontrando por el camino, el Wanderers no tiene un estadio permanente (juega en un prado), su vestuario es un vagón de tren abandonado y su entrenador, un húngaro director de colegio que no entiende nada de fútbol. Pero su plan es llegar lejos en el torneo, y para ello cualquier ayuda es buena, y así vemos desfilar por su once al párroco del pueblo, convertido en extremo, al lechero como guardameta y a un jugador estrella, ya retirado, al que el amor convence para regresar al campo. Por supuesto la novela va más allá de su desempeño en los terrenos de juego, y las desventuras personales del grupo de futbolistas amateur de este modesto club de las profundidades de Gran Bretaña conforman la verdadera esencia del relato.
En la mejor tradición del humor inglés, Cómo llegamos a la final de Wembley es una mirada ácida y acertada a un fútbol que ya no existe, a un país que quedó atrás y a una sociedad olvidada (la rural), en la que, cómo no, podemos reconocer la crítica a todo lo que ha llegado para sustituir esas tres cosas. En cada giro cómico es sencillo identificar un dardo que unas veces se dirige contra las consecuencias de la reconversión industrial, otras contra la prepotencia de la gran ciudad y en la mayoría da en la diana de lo peor del carácter británico, cotilla y aparente como pocos.
J.L. Carr, en la traducción que nos trae Tusquets, completa una historia dulce, muy llevadera, casi de literatura juvenil. No se complica demasiado con el lenguaje ni tiene grandes descripciones del juego, como, por ejemplo, sí que hacía Sergio Rodrigues en El regate. Esto convierte Cómo llegamos a la final de Wembley en plato de buen gusto para los nostálgicos de los campos de barro y los tacos de aluminio, o para los amantes de las gestas tipo David contra Goliat. Aporta unas cuantas claves poco reveladoras sobre cómo era el juego hace medio siglo, muchos toques costumbristas y alguna que otra sorpresa. Una vez empezada, me atrevo a decir que es imposible de dejar, y se termina en un suspiro (pasa por poco de las doscientas páginas). Así que, aunque no me haya parecido un gran clásico de la literatura deportiva, creo que ha sabido conservar con el tiempo su extravagante e hilarante esencia, y el rescate de Tusquets en año de Copa del Mundo hace que merezca la pena darle una oportunidad entre nuestras lecturas.

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Bellas durmientes, de Stephen y Owen King

Bellas durmientes

Bellas durmientesEn mi casa siempre ha habido una estantería entera dedicada a las obras de Stephen King. Yo todavía puedo recordar cómo las cogía para mirarlas una a una. Sin apenas saber leer, intentaba descifrar los títulos y ver sus portadas. Hasta que llegó It, desencadenando en mí un miedo que nunca antes había sentido. Tiré el libro de cualquier manera y salí corriendo de la habitación donde los guardábamos. Le pedí a mi madre que escondiera ese libro, para que jamás lo volviera a ver. Ese payaso de la portada visitó mis pesadillas noche tras noche. A día de hoy, tal vez ya por costumbre, es el único libro de mi estantería que está del revés, con el lomo mirando a la pared. Jamás me he atrevido a leerlo.

Mi madre, gran aficionada a la lectura, pasaba sus noches de insomnio sumergida en alguna historia de terror del que fuera uno de sus escritores favoritos y yo me acurrucaba a su lado y le pedía que me leyera un poquito, aunque solo fuera una hoja. Ella, sabiendo que no me dormiría hasta que lo hiciera, me leía algún fragmento del libro que estuviera leyendo en ese momento. Muchos de esos fragmentos estaban escritos por King. Pero yo no me enteraba de nada, porque ni sabía la historia, ni sabía quiénes eran los personajes. Solo quería escuchar la voz de mi madre un ratito antes de caer en los brazos de Morfeo.

Y no fue hasta hace unos tres años que me atreví a leer a King. Fue Carrie la primera novela que cogí. Me gustaba tanto que hasta me la llevaba a la facultad para leerla a escondidas mientras el profesor de Derecho Civil daba una de sus peroratas. La devoré.

Pero me resultó como muy intensa, por eso quise dejar que pasara un tiempo hasta que me decidiera a leer otro de los libros del dios del terror. Y ese momento llegó, hace más o menos un mes, cuando salió a la venta Bellas durmientes. Tal vez fue su portada enigmática e hipnotizante, o tal vez la sinopsis tan atractiva que leí antes de que se pusiera a la venta lo que hizo que en mi cabeza se encendiera la bombilla de “has descubierto tu próxima lectura”.

En esta ocasión, según lo que he podido leer por ahí, la idea original de la obra la propuso Owen King, el hijo de Stephen. Quería que su padre la escribiera. Pero ambos fueron añadiendo cosas a la historia, capítulos y más capítulos y llegó un momento en el que ya no se supo quién escribió qué. También he leído por ahí que los grandes amantes de King (esos que se han leído casi toda su obra y a los que no llego ni a la suela de los zapatos) sabrán descifrar qué parte escribió cada uno de ellos con casi total seguridad. Y eso me gusta. Me imagino a alguien leyendo un determinado trozo y pensando: “sí, esto, sin duda, es de King padre”.

Yo solo sé que Bellas durmientes ha sido una de las lecturas más extrañas de mi vida. Veamos: el marco general está claro. Hay un virus, llamado “virus Aurora” que hace que todas las mujeres del planeta se queden dormidas, como encerradas dentro de una especie de bulbo gigante que las engulle y las paraliza durante mucho tiempo. Entonces los hombres se quedan solos en el planeta. Hasta ahí bien. Pero después los maestros King (habrá que empezar a hablar, merecidamente, en plural) empiezan a meter guerras apocalípticas, muertos vivientes, política, ángeles vengativos, parricidios, drogas y cientos de personajes.

Es un lío tremendo.

Pero para eso, padre e hijo nos ayudan grandiosamente agregando al libro una lista con todos los personajes que aparecen, algunas de sus características y qué relación tienen con los demás. Gracias al cielo, porque si aun con la lista es difícil seguir todas las tramas, no me quiero ni imaginar lo que hubiera sido leer este libro “tan pequeñito” (nótese la ironía, ya que tiene casi ochocientas páginas) sin esa gran ayuda.

Le he encontrado un pero, todo hay que decirlo. Y es que en algún momento determinado me ha resultado pesado y varios capítulos me han parecido innecesarios. Creo que el libro hubiera sido mucho mejor si no se hubieran añadido tantísimas tramas y no se hubiera liado tanto la historia. El mensaje está claro, pero a veces se difumina entre tanta trama trasversal que hace que en ciertos momentos la lectura se ralentice. Desde luego, este es mi punto de vista y solo tú, lector, tendrás la última palabra.

Aun así Stephen King, ahora acompañado por su hijo, lo ha vuelto a hacer. Nos ha dado una historia de terror en la que, seguramente, acabará basándose una película. Porque tiene esa descripción que tanto caracteriza a King que hace que te lo imagines todo perfectamente. Que, mientras lees, en tu cabeza ya se han dibujado todos los escenarios, como si en vez de leyendo un libro, estuvieras viendo directamente la película. ¿Todavía no sabéis por qué no he leído It? Pues por eso mismo. Porque me da mucho miedo que al coger ese libro el payaso se quede para siempre dentro de mi cabeza. Pero, al fin y al cabo, esa siempre ha sido la intención de King, ¿no?

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Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika

tiempo de albaricoques

tiempo de albaricoques«¿Es posible que los momentos felices en una época difícil sean más felices aún?». Eso es lo que se pregunta Elisabetta Shapiro, una anciana judía que vive prácticamente recluida en su casa de la infancia, en Viena, en la novela Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika. Como si comiera la magdalena de Proust, se retrotrae a su niñez cada vez que prueba una de aquellas mermeladas que elaboró con los albaricoques de su jardín en los tiempos de la guerra. A esos tiempos en los que su familia era extrañamente tolerada y ninguneada en una ciudad donde empezaban a escasear los judíos, pero también a los años que llegaron después, cuando Elisabetta era ya la única superviviente de los miembros de su familia. De aquella niña que fue, solo le queda Hitler, su tortuga. Y el otro Hitler también, para qué negarlo.

Algunos recuerdos son dulces como los albaricoques recién recogidos del árbol; otros saben a humo, por el fondo quemado de la olla en la que la mermelada fue cocinada. Pero todos ellos alimentan a Elisabetta Shapiro, que vive más en el pasado que en el presente, porque cada día oye las voces de sus hermanas mayores —esas que murieron siendo adolescentes— regañándola por alquilarle una habitación a una joven bailarina alemana. Unas voces que le impiden olvidar todo lo que sufrieron y perdieron por culpa de esos alemanes. ¿Cómo asumir que aquel hombre que antes clasificaba judíos en Operngasse, ahora clasifica el correo? No se lo merece, le repiten sus hermanas. ¿Cómo aceptar que ella se salvó simplemente por un instante de suerte, mientras todos sus seres queridos caían?, se martiriza la anciana.

Pero en Tiempo de albaricoques no solo conocemos a Elisabetta y a su familia mediante sus remembranzas de aquella época, sino que también nos encariñamos de Pola y Rahel, una alemana y una judía de estos tiempos, que no cargan con los recuerdos de ese trágico pasado, pero tampoco pueden abstraerse de todo lo que aconteció a sus abuelos décadas atrás. Y estas dos chicas protagonizan una historia de amistad y amor tan sencilla como emotiva, para añadir unas cucharadas de azúcar cuando los recuerdos de Elisabetta se llenan de amargura.

«¿Por qué hay que recordarlo todo y contarlo?», se pregunta la anciana Elisabetta. Y es que está harta de que los recuerdos a veces sean su tabla de salvación y, otras tantas, sean su condena. ¿Es cuestión de olvidar? ¿De aceptar? ¿O, quizá, de reconciliarse? Con los demás y con una misma. Eso es lo que trata de descubrir a través de las mermeladas y de esa extraña bailarina alemana que se ha colado en su casa, para saber si aún no es demasiado tarde para un nuevo comienzo.

Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika, nos habla de una familia judía en la Segunda Guerra Mundial y, pese a ello, nos deja un sabor dulce tras la lectura. Aunque es una dulzura con toques de amargura, claro está, igual que los albaricoques del jardín de la familia Shapiro. Pero, en esta ocasión, el sentimiento de culpa de los que sobrevivieron y no perdonan no consigue empañar este canto al amor y a la libertad.

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