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Voyeurs, de Gabrielle Bell

Voyeurs

VoyeursAntes de que existieran los friquis, los geeks, los nerds y todos esos términos de nuevo cuño que tan políglotas y modelnos nos hacen sentir, a los tipos como yo nos llamaban, sencillamente, bichos raros. Y mira que servidor lo era. De modo parecido a lo que le sucede a Gabrielle Bell, era capaz de provocar en aquéllos que me rodeaban sentimientos de irritación, compasión, confusión, miedo y muy moderada admiración (los bichos raros solemos ser un pelín más inteligentes que el común de los mortales, modestia aparte).

Una de las características de los bichos raros es que combinamos nuestra sociopatía con un incontenible anhelo de ser queridos. Así, mientras nada hace sentir segura a Gabrielle más que cuatro sólidas paredes, al mismo tiempo nuestra amiga se pasa las horas esperando en vano el tono de una notificación en sus cuentas sociales. Otro de nuestros rasgos es un completo desinterés por la vida privada de los demás, tan absortos como estamos con nuestras pajas mentales. En la primera escena de esta novela, vemos a Gabrielle buscando a todos los que hace un minuto estaban con ella celebrando una fiesta en un piso. Los encuentra en la azotea, mirando a la ventana del edificio de enfrente, donde una pareja se refocila en la cama. Acompañados de refrescos y patatas fritas, y con una actitud más analítica que excitada, comentan la jugada, mientras Gabrielle se queda con una cara de decir “¿de verdad soy yo la rara?”.

No resulta fácil decir de qué trata Voyeurs, si por “tratar de algo” queremos decir que un libro tiene un planteamiento, nudo y desenlace. La respuesta más evidente y sencilla es que en esta novela gráfica Bell nos narra su vida a lo largo de cuatro años, desde 2007 a 2010. Bien. Ahora, si tuviéramos que hablarle a alguien de nuestra vida en los últimos años, la inmensa mayoría de la gente se quedaría en viajes, novios, amigos, trabajo, quizá un par de bodas y algún funeral. Pero a los bichos raros, aparte de todas esas cosas, que también, se nos quedan en la memoria recuerdos y momentos mucho más importantes: una charla con nuestro gato, unas palabras que no dijimos pero que desarrollamos hasta convertirlas en nuestra mejor perorata, escenas que vivieron otros y de las que nos apropiamos con todo derecho, una pelea, una mirada, un puñado de fantasías y muchos temores. Todo lo cual, no me preguntéis por qué, nos conduce al convencimiento de que si somos bichos raros es precisamente porque somos incapaces de adaptarnos a la vida en una sociedad donde la mayoría son bichos mucho más raros que nosotros.

La composición de las viñetas, seis en cada página, sin primeros planos y con frecuencia cargados de detalles, es casi invariable a lo largo de la obra, y contribuye a acentuar esa sensación que atraviesa el libro: “esto es lo que hay, tan raro y tan habitual”. Parece como si estuviéramos delante de un formulario en blanco, que es la vida, y nos limitáramos a rellenarlo (aunque las páginas finales nos deparan una sorpresa). También el modo en que fue concebido inicialmente, como episodios sueltos publicados en su página web, hace que la historia parezca carecer de continuidad, de nuevo como las diferentes secciones de la declaración de la renta. Ya no vivimos la vida, parece decirnos Bell; la vida es simplemente una cosa que dejamos que nos suceda.

La grandeza de Voyeurs radica, por una parte, en esa disección personal y certera de una sociedad tan complaciente con su propio y anodino absurdo, y por otra, en ese ejercicio de ecce friqui que hace la autora, mostrándonos sin tapujos algunas de sus propias miserias, y haciéndolo, en todo momento con divertida resignación, esa resignación que, con los años y las canas, quizá se vuelva orgullosa reivindicación. Como alguien que yo me sé.

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Ordesa, de Manuel Vilas

Ordesa

OrdesaEn los últimos años he descubierto que cuanto más se sincera el autor en sus novelas mayor es la calidad que le ofrece al lector. Es fácil de entender, si hablo de mí y de los míos, por mucho que reforme mi propia historia, quiero mostrar lo mejor, pero sin buenismos, y mostrarlo de la forma más literaria y original.

Llevo tiempo siguiendo de cerca a Manuel Vilas, alias “El Gran Vilas”. A mí me gusta. Me gusta mucho el poeta y en ocasiones me ha costado un poco acercarme al Vilas más prosaico, si es que realmente lo hay. Pero aquí, en Ordesa, he encontrado el punto exacto, quizás ese punto de equilibrio en el que Vilas me ha ofrecido lo que seguramente me apetecía de él.

Ordesa es el acierto del autor. Cuando leí las 20 primeras páginas ya sabía que Manuel Vilas había acertado. Había arriesgado y había ganado. También sabía que había llegado el momento de abrir aquella botella de Enate Caberné que tenía guardada para una ocasión así de especial.

Manuel lleva mucho tiempo buceando por las profundidades de las reacciones humanas, lo ha hecho a través de la poesía, de la narrativa, de los artículos de viajes y del neoperiodismo de opinión pura o de pura opinión. El autor, que ha experimentado muy acertadamente con las redes sociales, ha llegado al fondo del lector de mediana edad, y no duden que llegará con este libro, Ordesa, incluso a los seguidores de redes sociales que no se acercan nunca a la literatura. Y la degustarán y la amarán y ya será lectores eternos.

Además, el autor de Barbastro ha hecho algo importante para la literatura, ha abierto las puertas de la poesía a miles de lectores no habituales. Pero no se preocupen, lo más probable es que nadie note que está ante el poemario de una vida. Porque lo que hay ante nuestros ojos es una novela, la historia en la que Vilas se nos presenta en forma de narrador, y ahí nos irá descubriendo las miserias humanas de nuestra particularísima generación X, esta que en España superó a la conocidísima Generación del Baby Boomer, o lo que es lo mismo, los nacidos en la primera mitad de los años sesenta.

Vilas, como todo buen poeta, es un explorador, ha viajado a EEUU y ha regresado hecho todo un Roth a la española… Mejor aún, un Auster, porque Manuel, como Auster, sí ha tenido la capacidad literaria de sorprenderme con Ordesa, que para mi gusto ha venido a rociarnos de frescura y a recordarnos que “si olemos a limpio es porque otros están sucios”. Incluso que unas veces podemos oler a limpio porque en otras ocasiones la vida nos ha hecho sudar la gota gorda.

Así suena el arranque de Ordesa.

“Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay seres humanos que pueden soportarlo, Yo nunca lo soportaré.

Nunca lo soporté.

Miraba la ciudad de Madrid y la irrealidad de sus calles y de sus casas y de sus seres humanos me llegaba por todo mi cuerpo.

He sido un eccehomo.

No entendí la vida.

…”

Si un poeta se desnuda en sus poemas, ¡imagínense un poeta escribiendo una especie de autobiografía! Poco importa si lo dicho es realmente cierto o no, lo que denota la escritura de Vilas es la honestidad de querer dar dándolo todo. Si no recuerdo mal, en una ocasión subió una analítica personal a facebook y la gente se volvió loca comentando y dándole al “me gusta”… No es de extrañar que ahora nos entregue el resto de sí mismo.

El libro es triste, en alguna ocasión he sonreído, pero mirándolo ahora desde el recuerdo, veo que tiene esa tristeza de saber que te enfrentas a toda una larga vida sin la dulce amargura del chocolate. El libro es triste y es bueno, y es bueno porque el autor ha hecho un trabajo literario único. Alguien de esta generación debía hacerlo, debía adentrarse en el interior de aquellos que hoy son o fueron hijos pero al mismo tiempo se están descubriendo como padres… La familia.

El amarillo es el pasado, pero creo que si hablamos del amarillo como el color de la muerte, también ha de ser presente y futuro. La muerte presente de forma constante en el libro porque la muerte forma parte de la vida. Y la vida puede ser muy larga cuando bebes agua con gas y te has criado en la ribera del Vero…

Me preguntan mis amigos que si merece la pena comprar el libro de Vilas, y yo les digo que hace tiempo que Manuel debía haber salido de pobre, compra uno para ti y regala otro a un amigo. Es un libro personal, un libro que he degustado en pocos días, un libro que ha quedado subrayado y con notas al margen, uno de esos que no podré dejar porque tras la lectura y las notas ya queda pesonalizado, tanto como la historia que nos cuenta el autor.

¿Qué si me gusta Ordesa?

Ordesa siempre será el mejor lugar para encontrarnos con nosotros mismos. Y si viajan a Ordesa con Ordesa en la mano, miel sobre hojuelas.

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El consejo, de Carlos Palanco Vázquez

El consejo

El consejoHace unos años, cuando estaba en segundo de Bachillerato, descubrí cuánto me gustaba la Filosofía. Era mi asignatura favorita y a la que más tiempo dedicaba por las tardes. Cada vez que estudiábamos un autor, acudía a la bibliografía complementaria para leer algo más sobre él. Cosa que, curiosamente, no me ocurrió con Locke, que no sé por qué, nunca terminó de gustarme. Será porque tampoco llegué a comprenderle del todo, cosa indispensable para poder estudiar su forma de pensar.

Cuando terminamos el curso, con la Selectividad mirándonos desafiante, nuestra profesora nos preguntó cuál había sido la técnica filosófica que más nos había convencido. Que si tuviéramos que escoger solo una para intentar solucionar los problemas del mundo, cuál sería. La mayoría de mis compañeros pasó del tema y se quedó mirando el cuaderno intentando que la profesora no preguntara al azar. Y otros cuatro o cinco empezamos a darle vueltas a la cabeza. Yo no he sido nunca de lanzarme, así que esperé a que la profesora me mirara para yo decir que mi corriente favorita era la mayéutica socrática. Si yo tuviera que solucionar los problemas del mundo, empezaría por ahí. Por el diálogo. Ya no solo para conocer a todos los que nos rodean, sino para conocernos a nosotros mismos, punto fundamental. Ya que si lo que queremos es arreglar el mundo, lo primero que tendremos que hacer es arreglarnos a nosotros mismos. Luego ya se verá.

Todo esto me ha venido irremediablemente a la cabeza ya que toda la historia que nos cuenta El consejo gira alrededor de la Filosofía. Nuestros protagonistas viven en el año 2020, en un país llamado Atlántika. Después de haber pasado por una gran crisis, el país va saliendo a flote poco a poco. Mientras tanto, un grupo de cinco personas (tres hombres y dos mujeres) recibirán una carta que les cita en un lugar donde se les revelará una importantísima misión: crear un libro que cambie la historia del país. Estas cinco personas, con grandísimas mentes, formarán El consejo y tendrán que apañárselas para ponerse de acuerdo en cuáles son las mejores decisiones para el Estado. Javier es uno de los miembros, profesor de universidad, filósofo e inconformista. Parece que ese trabajo está especialmente hecho para él.

Tendrán la difícil tarea de analizar todos y cada uno de los problemas que asolan el país e intentar darles la mejor solución, pero no será fácil ponerse de acuerdo. Y mucho menos cuando parece que hay una sociedad secreta que está tramando algo que puede afectar a las decisiones ahí tomadas.

Al final, Atlántika no deja de ser un reflejo bastante fiel de nuestra sociedad actual. Después de una crisis durísima y que ha azotado a todos y cada uno de los rincones de nuestro país, los cimientos económicos, políticos y sociales se han visto dañados. Hay que recomponer la estructura, sí, pero desde abajo. Empezando por el principio. En Atlántika tuvieron muchísima prisa y se consiguió salir de la crisis sacrificando algunas cosas que deberían ser intocables. Hablan de una bajada del paro, por ejemplo, pero a costa de ofrecer trabajos precarios con salarios y contratos irrisorios, cosa que, desde el punto de vista de los miembros de este consejo, es inadmisible. Por eso, cuando leemos esta novela, no podemos evitar comparar su situación con la nuestra propia y analizar, a la vez que los protagonistas, todos los monstruos que asolan a nuestra sociedad.

El consejo es una novela del autor pacense Carlos Palanco Vázquez. Después de una vida entera dedicada a la Medicina, en 2014 publica su primera novela de ficción, Las tres llaves, aunque la vocación ya venía de antaño, ya que también se dedicaba a escribir artículos médicos y relatos cortos.

Cuando leo un libro me gusta indagar un poco en la vida del autor. Saber de dónde viene, a qué se dedica cuando no está escribiendo, qué es lo que le ha llevado a escribir esa novela… en fin, cotillear un poco. Y me quedé muy sorprendida cuando leí que Carlos Palanco estudió Medicina y que actualmente es cardiólogo. Y digo esto porque yo me imaginaba que este escritor sería un catedrático de Filosofía o algo así. Básicamente porque en su libro la Filosofía es lo principal y las conversaciones que tienen los personajes giran todo el tiempo a su alrededor. La crisis social, económica y política que vive Atlántika es analizada desde muchas corrientes filosóficas, que se pueden entrever en las conversaciones de los protagonistas que forman El consejo. Yo me imaginaba que Carlos Palanco sería un profesor universitario, como Javier, pero ya veo que no, no podía estar más equivocada. Así que bravo, porque conseguir escribir un libro como este, en el que la Filosofía lo es todo, sin dedicarte profesionalmente a ella, merece todo mi respeto y admiración.

En cuanto a la narración, es una obra ligera, pese a que puede parecer lo contrario. No paro de decir que la Filosofía es lo principal y eso puede dar a entender que el libro es aburrido y tedioso. Pues no, para nada. Poco a poco nos vamos metiendo en los problemas de Atlántika, siendo partícipes de ellos. Las páginas van pasando y nos descubrimos opinando sobre esos problemas. Pensamos en qué haríamos nosotros si tuviéramos el poder que ellos tienen (al fin y al cabo, son ciudadanos normales y corrientes, no políticos con un alto puesto ni nada por el estilo), qué cambiaríamos, qué mantendríamos, a qué le daríamos unas cuantas vueltas… Y eso al final es precioso y no deja de ser el método de la mayéutica socrática que mencionaba al principio. Cuestionar y cuestionar y, a través del diálogo, descubrir y descubrir.

Así que no penséis que es un libro sin acción, porque esta va aumentando a medida que pasan las páginas. La trama se entremezcla con puntos de misterio que resultan muy interesantes y que hacen que queramos leer más y más.

En cuanto a los personajes, Javier está muy bien desarrollado. Al final digamos que es el que nos está contando toda la historia y con el que más complicidad tenemos. De los otros personajes tenemos menos información, incluso de un par de ellos al principio solo se nos dan unas pinceladas, y esto provoca una sensación: duda. No sabes cómo son, ni cómo piensan. Y por lo tanto no sabes si puedes fiarte de ellos o si su forma de pensar arruinará todo el plan. Eso me ha gustado especialmente, ya que en mi cabeza he podido hacerme una idea de cómo era el resto de personajes, para ir desvelando poco a poco sus verdaderas identidades, así como en el juego Quién es quién.

Si le tengo que poner una pega, es que el autor le tendría que haber dado una vuelta más a la corrección ortográfica. Si este pequeño fallo se pule en las siguientes ediciones, estoy segura de que será un libro que venda muchísimos ejemplares. Eso quiero y deseo para este autor que ha demostrado que sabe de lo que habla y que ha llegado al mundo de la escritura para quedarse.

En primero de Bachillerato tuve el mejor profesor de Filosofía que se puede tener (con respeto de mi profesora de segundo). Eugenio, se llamaba, “el bien nacido”. Él nos enseñó que la gente que gobierna a un pueblo debería ser siempre y ante todo, filósofa. Los políticos deberían estudiar obligatoriamente Filosofía. Deberían aprender a pensar. A analizar los problemas, comprenderlos y darles una solución lógica. Si siguiéramos ese consejo, y el que nos da Carlos Palanco, estoy segura de que ahora no estaríamos donde estamos. No lo sé, ¿tú qué opinas?

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Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov

Muerte con pingüino

Muerte con pingüinoHace falta tener mucho talento para hacer de un pingüino dotado de las habilidades de un pingüino y con el carisma propio de un pingüino un personaje fundamental de un texto. Es necesario ser un escritor descomunal para convertir la presencia de un pingüino deprimido en una influencia trascendental en una novela hasta el punto de que me atrevo a decir que Muerte con pingüino, sin ese ave que ni siquiera vuela, no sería Muerte sin pingüino, sino que no sería.
Por cierto, antes de que la reiteración les ahuyente, me comprometo a moderarme con el uso del término pingüino, que probablemente haya escrito hoy ya más veces que en el resto de mi vida.
Pues esta magnífica novela de Andrei Kurkov destila personalidad desde antes de abrirla, el diseño de cubierta no deja indiferente y todo lo que encuentra uno después, menos. Retrata una Ucrania postsoviética, un país que desde luego no nada en la abundancia si no consideramos como tal el exceso de violencia. Pero no es truculenta, no sé si es la particular influencia de ese pequeño ser en blanco y negro la que hace que todo se viva con un tamiz de aparente sosiego, de espectador. Hay violencia, muere gente, incluso el protagonista sospecha que él mismo tiene algo que ver en muchas de las muertes, pero realmente lo asume como algo inevitable. No es que sea insensible, hay otras cosas que le causan irritación, pero aquello que le rodea en lo que no puede o no quiere intervenir directamente, lo inevitable, no le afecta más allá de una cierta curiosidad. Debe ser cosa del frío.
Con un tono entre divertido y contundente, el autor de Muerte con pingüino nos hace conocer una realidad ciertamente terrible, un país en el que la violencia y la corrupción campan a sus anchas, pero que a la vez tiene cierto encanto. Sorprendente si quieren, pero muy atractivo. El punto de partida, un escritor arruinado que convive con un pingüino (de cuando en el zoo repartieron animales porque no podían darles de comer) comienza a ganarse la vida escribiendo esquelas, estelas en el especial lenguaje del libro, con una pequeña particularidad: los protagonistas están aún vivos en el momento de escribirlas. Y el “aún” es importante porque pese a que son todos personas importantes, sin problemas de salud y en plenitud de facultades, comienzan a morir.
Con las muertes comienzan a suceder cosas extrañas, la vida de Viktor se convierte en una existencia mucho más extraña si cabe de lo que cabe imaginarle a un escritor sin éxito cuya mascota es la que ya se ha expuesto. Las cosas parecen irle objetivamente bien personal y profesionalmente pero en realidad todo es falso, no hay más certeza que la de seguir vivo mientras se sigue.
Qué quieren que les diga, Muerte con pingüino me ha parecido una novela excelente, no sólo por su ritmo y su originalidad, sino por su capacidad de contar cosas cuando aparentemente se cuentan otras, por los diferentes planos de lectura, pero sobre todo por la gran calidad del texto. Léanla, encuentren el valor metafórico del ave en cuestión, conozcan otras realidades, pero sobre todo disfruten. El libro lo merece.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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La Bella Durmiente, de Lola Moral y Sergio Sánchez

La Bella Durmiente

La Bella Durmiente Hay historias que hemos leído, visto y escuchado mil veces, por ejemplo, La Bella Durmiente. Sin embargo, eso no quiere decir que conozcamos de verdad este cuento. La mayoría de personas no tienen ni idea de que el primero en escribirlo fue el italiano Giambattista Basile y que su título original era Sol, Luna y Talía. Aunque muchos sí conocen las versiones posteriores de Charles Perrault o de los hermanos Grimm. Y, por supuesto, prácticamente todos han visto el musical edulcorado de Disney… o alguna vil copia de este. Sin ir más lejos, yo. Sí, lo confieso: la primera película que vi de La Bella Durmiente fue una versión cutre que venía de regalo en algún producto del Carrefour. Y la vi varias veces, además. Años después (muchos), vi la versión Disney, tratando de saldar cuentas pendientes con mi infancia; y al poco tiempo, me regalaron un libro electrónico en el que iba incluido el cuento de Perrault, y fue de los primeros que leí. Nada que ver con el film de 1959, claro.

No es que prefiera las versiones macabras de antaño (que se pasan siete pueblos, hay que reconocerlo), pero es que la famosa película de Disney es demasiado de ñoña y hace un flaco favor a la protagonista: Aurora es la princesa Disney con menos frases de diálogo. Por eso me atrajo la revisión del cuento recientemente publicada por la editorial Dibbuks, que prometía darle un giro actual al archiconocido cuento de La Bella Durmiente.

A través de las ilustraciones de Sergio García y el guion de Lola Moral, por primera vez conocemos la historia de la Bella Durmiente de la mano de su protagonista. ¡Y ya era hora, eh! Porque resulta que esta princesa es de lo más simpática e inteligente, y ese es uno de los puntos fuertes de esta versión: el sentido del humor (con el que los adultos conectarán incluso más que sus hijos). El otro punto que merece ser destacado es su cuidada edición: una concertina de ocho cuerpos en cartoné y a color que desplegamos para contemplar la vida de Talía (el verdadero nombre de la Bella Durmiente) en un solo vistazo: desde su milagroso nacimiento, su desastroso bautizo y sus años de sueño hasta su despertar, cien años después, y las periódicas visitas de príncipes, a cada cual peor que el anterior.

La Bella Durmiente de Lola Moral y Sergio García es un cuento infantil que se lee en un momento, pero su capacidad de abrir la mente a grandes y pequeños es inmensa. A los mayores, porque nos damos cuenta de lo ninguneada que había estado esta protagonista en las infinitas versiones de su historia; y a los pequeños, porque rompe con los absurdos estereotipos que los cuentos han transmitido durante generaciones y les muestra, por fin, a una princesa autosuficiente y dueña de su destino.

No es esta la primera actualización del cuento de La Bella Durmiente ni mucho menos, pero sin duda es una actualización genial que merece ser leída. Ni la historia macabra de Perrault, ni la adaptación low cost que regalaba el Carrefour ni la ñoña versión Disney: La Bella Durmiente creada por Lola Moral y Sergio García se ha convertido en mi versión favorita de este clásico cuento de hadas.

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El Jinete de la Tormenta, de Darío Lozano

el jinete de la tormenta

el jinete de la tormentaCreo que es conveniente que comience esta reseña destacando que El Jinete de la Tormenta, la primera novela (publicada) de Darío Lozano, es una historia divertidísima. Ni por el título ni por la portada me lo hubiera imaginado, ni siquiera por la sinopsis, pero esa ha sido la razón principal por la que me ha atrapado desde la primera página y por la que la he echado de menos cuando no encontraba un hueco para leer.

Yo, que no soy de risa fácil, valoro mucho cuando un libro me hace disfrutar de esa manera. Y es que la forma de ver la vida de Víctor, el narrador de esta historia, recuerda mucho al inolvidable detective sin nombre de las novelas de Eduardo Mendoza, y las rocambolescas situaciones a las que se enfrenta durante el turno de noche del gran hotel donde trabaja, también.

Si El Jinete de la Tormenta se hubiese quedado en un divertimento, ya hubiera quedado plenamente satisfecha, pero es que además es una novela compleja. Solo hay que leer la sinopsis, todo un rompecabezas, para verlo:

«Víctor es una joven promesa de la hotelería que ha sido contratado por el mejor hotel de Madrid para el turno de noche. Convencido de su inminente ascenso a director general, se ha comprado un coche acorde al puesto.
Víctor es un cincuentón divorciado, calvo, gordo y exconvicto, que quema su vida entre un cochambroso apartamento de alquiler de treinta metros cuadrados y su trabajo en el turno de noche de un geriátrico.
Sí, hablamos del mismo Víctor.
El mejor amigo de Víctor es un excéntrico multimillonario, dueño de un pueblo en la costa gallega, acusado de secuestro y pederastia.
Ricardo Espaldier es el seudónimo con el que firma sus novelas el enigmático creador del espía Crusat, una suerte de James Bond español que revienta el mercado con cada nueva publicación y su posterior adaptación cinematográfica.
Ricardo Espaldier es el mejor amigo de Víctor.
Esteban Buonote es un filósofo misántropo que llegó a publicar dos ensayos de escasa tirada por los que los coleccionistas pagan cantidades desorbitadas. Afirma que los Jinetes del Apocalipsis son siete y una vez llegó a ver al quinto: El Jinete de la Tormenta.
Esteban Buonote es Ricardo Espaldier.
Nadie sabe quién es Erika».

Darío Lozano ha sabido manejar a la perfección el ritmo de esta historia, que transcurre a lo largo de tres décadas, aproximadamente, desvelando poco a poco las múltiples caras de los tres personajes protagonistas. Y me resulta sorprendente cómo ha sido capaz de pasar del humor más desenfadado al drama más crudo como si nada, consiguiendo que no me descolgara de la historia por ello y que ni siquiera me chirriara ese radical cambio de tono.

Porque El Jinete de la Tormenta es la historia de la amistad que va surgiendo entre un recepcionista de hotel y un excéntrico escritor a través de encuentros de lo más surrealistas; pero también es un relato descarnado sobre el abuso infantil y el descenso a los infiernos de las drogas y el alcohol. Y por si esto fuera poco, destila amor por los libros en cada página, algo que los bibliófilos como yo siempre agradecemos: anécdotas literarias reales y constantes referencias a cómics, best sellers y clásicos, todo ello aderezado con reflexiones sobre el proceso creativo y sobre los claroscuros del mundo editorial y los medios de comunicación sensacionalistas. Vamos, uno de esos libros que se acaban con una sonrisa y que dan para debatir y recordar durante mucho tiempo.

Por eso, no quiero acabar esta reseña sin felicitar a Darío Lozano por este excepcional debut literario y, de paso, aprovecho para darle las gracias por haberme hecho pasar tan buen rato. No pienso perderme sus próximas publicaciones y estoy segura de que si vosotros os atrevéis a descubrir El Jinete de la Tormenta, tampoco lo haréis.

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Almas muertas, de Nikolái Gógol

Almas muertas

Almas muertasHace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era Anna Karenina, opción que me gustaba más, pero al final el pueblo habló y he pasado los últimos días junto a Nikolái Gógol.

Para mí, la literatura rusa era una gran desconocida. He de decir que solo he leído a Nabokov y, aunque de origen ruso, su literatura es más cercana a la estadounidense de aquella época, por lo que tengo entendido. Así que afronté con un poco de miedo esta obra. No sé por qué, los rusos me han dado siempre muchísimo respeto. Siempre he leído que son unos grandes literatos y que no cualquiera puede adentrarse en sus páginas, así que me alegro de haber empezado con Almas muertas, porque es una obra bastante ligera, entendible y amena.

Cuenta la historia de Chíchikov que, junto a su criado y su cochero se dedica a recorrer varios pueblos con un solo objetivo: comprar almas de personas fallecidas. Así, tal cual. La intención de este personaje (“nuestro héroe” como lo llaman en la edición de Cátedra) es comprarlos para poder después hipotecarlos y hacer fortuna. Lo de las almas tiene su explicación histórica. Resulta que a mediados del siglo XIX, una persona podía poseer siervos como una propiedad. Estos eran considerados como bienes muebles. Pues bien, estos siervos podían venderse, enajenarse o incluso hipotecarse, aumentando así el patrimonio del propietario. A estos siervos se les denominaba comúnmente “almas”. Así, Gógol toma este término para elaborar toda su obra, solo que en vez de comprar almas vivas —siervos vivos—, compraba almas muertas, de siervos que ya habían fallecido.

Nikolái Gógol no quiso más que hacer una sátira, una burla de la sociedad en la que vivía, de ahí esa paradoja de las almas muertas y las vivas. Esto se ve muy claramente en los personajes que Chíchikov se va encontrando a través de los capítulos. En cada pueblo, tendrá que lidiar con un personaje con un carácter fuertemente marcado, respondiendo a los más exagerados estereotipos. Son personajes muy exagerados, llevando su caracterización al extremo. Como si de una comedia se tratara.

Mi edición no la traía, pero este libro tiene segunda parte. Gógol decidió continuar las andanzas de Chíchikov pero, poco antes de morir, el escritor decidió que era mejor quemar el manuscrito para que jamás se publicara. A pesar de ello, se consiguió recopilar la suficiente información como para poder editar esta parte a título póstumo, así que, dependiendo de la edición, se puede encontrar esta segunda parte o no.

En la edición de Cátedra no está incluida, pero en su lugar trae un prólogo bastante extenso (unas ochenta páginas) donde nos ponen en situación con una contextualización muy exhaustiva y con capítulos extras en la parte final que bien podrían servir de aclaración de muchos aspectos que durante el libro se quedan un poco en el aire. Por supuesto, también están las notas a pie de página, que para mí son imprescindibles. Sobre todo al principio, porque te explican la forma que tenían los rusos de llamar a las personas y así no te haces un lío, porque hay personajes que les llaman hasta de tres formas diferentes.

En resumen, ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo, a pesar de que iba con miedo al principio. No sé de dónde viene este temor, la verdad, pero siempre he pensado que hay que haber leído mucho para poder entender la literatura rusa. Y bueno, no ha sido tan terrible. Siendo sinceros, es un libro que hay que leer con detenimiento y que no es una lectura en la que podamos sumergirnos toda una tarde sin apartar los ojos de  sus páginas —al menos en mi opinión—, pero es un libro que al final es muy amable, ya que en muchas ocasiones llega a hacernos reír y el personaje de Chíchikov se convierte en un viejo conocido. Me ha gustado mucho este mes, sin duda. Ahora, me toca elegir a mí la próxima lectura y ya que Anna Karenina no lo podemos leer por haber agotado la nacionalidad rusa… no sé por qué me voy a decantar. Pero desde luego necesito algo que esté a la altura de Nikolái Gógol y sus Almas muertas.

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El destino de la corona, de Evelyn Skye

El destino de la corona

El destino de la corona¡Cuidado, esta reseña contiene spoilers de El Juego de la Corona!

“No nos define lo que podemos hacer, sino lo que hacemos.”

Tras el final de El Juego de la Corona, no podía esperar a saber lo que ocurriría en la segunda y última parte de esta bilogía de Evelyn Skye. Si de la primera parte me sorprendieron sus personajes, su ambientación, la maravillosa narración de toda la magia que la rodea y el desarrollo de la trama, con sus giros argumentales y sus sorpresas; en esta segunda parte, los sentimientos que me provocaron estos y otros elementos se multiplicó por mil. Y es que El destino de la corona mejora considerablemente respecto a su predecesora.

En primer lugar, la acción que desde el principio se marca en esta nueva novela es muy distinta a la de la primera parte. Desde el principio, vemos cómo se avecinan dos peligrosas batallas: una mágica, que enfrenta a Nikolái y a Vika, el amor contra el desamor, y otra real, que enfrenta a las fuerzas revolucionarias decembristas contra Pasha, el futuro zar. Y esto, entre otras cosas, hizo que la novela se me hiciera demasiado corta pese a sus casi 500 páginas. Y es que El destino de la corona es de esos libros que saboreas por todos sus ingredientes desde el principio y hasta el final, sin ningún capítulo innecesario o de relleno.

Además, la acción y el ritmo de esta novela no se conseguirían sin un elemento que me ha encantado de esta segunda parte. La oscuridad se cierne sobre uno de nuestros protagonistas hasta el punto de desencadenar más de un problema para las personas que más le quieren y para el futuro de toda Rusia. Gracias a este factor sorpresa, Skye nos habla sobre el peso de la ambición y las ansias de poder. En cómo desembocan los acontecimientos cuando los seres humanos nos dejamos llevar por la venganza, el desamor y los celos. Y hago hincapié en estos dos últimos sentimientos, ya que son protagonistas en esta nueva novela y que me han llevado a sentir y sufrir de verdad junto a sus personajes. Y esto es lo que diferencia a las novelas que te llegan al corazón de las que no lo hacen: la empatía que sientes hacia los personajes, sus sentimientos, sus vivencias y las decisiones que toman a lo largo de la historia.

Sin embargo, la autora no solo nos habla de esto en este desenlace de bilogía. También trata una cuestión de gran importancia para todos nosotros: qué es lo que nos define y quiénes queremos ser. Nikolái, Pasha y Vika pasan por esta fase, como lo hemos hecho todos en algún momento de nuestras vidas, y se enfrentan a ello con más o menos valentía, pero con determinación. Y nosotros, como lectores, lo vivimos junto a ellos. Y a mí, al menos, me llenó de nostalgia y me hizo pensar en cómo nuestros actos y nuestros errores nos hacen aprender y definen lo que realmente somos.

Y si a todo esto le sumas la brillante mezcla que hace la autora entre realidad y ficción, gracias a la espectacular ambientación que crea, basada en parte en acontecimientos históricos y escenarios reales, y en parte en lugares imaginarios rodeados de una magia inesperada, es todo un placer de leer para los amantes de la fantasía como yo. Siempre dejando claro que la magia tiene un precio y que no todos pueden pagarlo… (Magic always comes with a price!)

Algo que me encantó desde el principio de estas dos novelas es la sensación que me dejaron después de leerlas. El pensamiento de que, a veces, “todo es posible”. Al menos, sí lo es en este increíble universo creado por Evelyn Skye. La magia que se respira mientras lees sus páginas y te sumerges en una Rusia zarista en la que existen los magos y en la que tienen lugar peligrosas, pero a su vez, maravillosas batallas en realidades alternativas. Pero también en sitios reales, como el Palacio de Invierno, las calles llenas de nieve en San Petersburgo… Y ahí es cuando se dispara tu imaginación. “Imagina y se hará realidad. No hay límites”, afirma uno de los protagonistas de este libro. ¿Acaso puede haber algo mejor? Aunque sea únicamente mientras te sumerjes en una lectura especial para ti…

 

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El concilio de los árboles, de Pierre Boisserie y Nicolas Bara

El concilio de los árboles

El concilio de los árbolesHay títulos que tienen un atractivo especial y, para mí, El concilio de los árboles es uno de ellos. Solo con verlo (y la ilustración de la portada también ayudó, no lo niego), tuve que leer la sinopsis de esta novela gráfica de Pierre Boisserie y Nicolas Bara, a ver si el contenido parecía tan sugerente como el título insinuaba: «Perdido en mitad de un oscuro bosque, un viejo hospital infantil es, desde hace días, el escenario de fenómenos extraños. Todas las noches, a las doce en punto, sus jóvenes pacientes entran en trance, como poseídos por una fuerza exterior, y comienzan a bailar una extraña danza en los tejados del edificio. Enviados por el Ministerio Público de Asuntos Privados, Casimir Dupré y Artémis D ‘Harcourt, dos agentes especializados en asuntos paranormales, tendrán que llevar a cabo la investigación con el fin de comprender las razones de estos inquietantes acontecimientos. Unos sucesos cuyo origen parece ligado al inmenso bosque en el que, varios siglos atrás, aconteció una horrible tragedia…».

¿Oscuro bosque? ¿Viejo hospital infantil? ¿Pacientes en trance? ¿Horrible tragedia? ¡Vaya! Este libro tenía los elementos que suelen llamar mi atención. Así que allá que fui a leer esta novela gráfica de estética gótica, ambientada en el siglo XIX. ¿Y qué me encontré? Pues a una pareja protagonista carismática, personajes que no son lo que parecen, mucho humor, giros imprevistos, buenas ilustraciones y ese halo oscuro que lo cubre todo. Vamos, que me lo leí de una sentada y lo disfruté muchísimo.

Tanto me gustó que me supo mal que fuera tan corto. El concilio de los árboles tiene tan solo sesenta y cuatro páginas, y aunque en esa corta extensión a sus autores les da tiempo a despertar nuestro interés por el misterioso fenómeno paranormal y a mostrar de forma efectiva las personalidades de los protagonistas, la resolución de todas las incógnitas es demasiado precipitada. Estos dos investigadores deben ser los mejores en lo suyo, porque es asombrosa la velocidad con la que llegan al intríngulis del asunto, sin necesidad de dar rodeos. Pero como me fue tan fácil sumergirme en la atmósfera gótica creada por Pierre Boisserie y Nicolas Bara y conectar con los personajes, enseguida les perdoné que hubieran resuelto todo con extremada sencillez y solo me quedó la pena de que la aventura fuera tan breve.

No tengo ni idea de si los autores tienen previstos nuevos misterios para el tándem formado por Casimir Dupré y Artémis D ‘Harcourt, aunque, desde mi punto de vista, el final de El concilio de los árboles deja abierta esa posibilidad, cosa que me alegra. Tal vez estén esperando ver la aceptación del público antes de arriesgarse a iniciar una serie, no sé. Así que no le deis demasiada importancia a lo que he dicho sobre la rápida resolución del misterio, fallo que podrían subsanar en las siguientes entregas, y leed El concilio de los árboles, por dios, que Boisserie y Bara sepan que merece la pena continuar. Hacedlo por mí, aunque sea, que quiero vivir junto a estos dos agentes especializados en asuntos paranormales más aventuras.

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Experimental film, de Gemma Files

Que una editorial se bautice como La biblioteca de Carfax ya es un puntazo a su favor y toda una declaración de intenciones. (Por si alguien no lo sabe, –¡ cosa que vergüenza me daría–, la abadía de Carfax es el lugar en el que Drácula se establece en Londres, al lado del manicomio en el que Renfield lleva una dieta sana y peculiar a la espera de poder servir al amo). Queda claro entonces que esta editorial, de reciente creación pero que avanza con paso firme y cuenta ya con siete títulos, se va a dedicar al género del terror (o, más que al género del terror, a la emoción del terror, como dicen en su web).

Y lo hacen bien. Ya tenía ganas de darles un tiento y podía haber escogido cualquier título de su catálogo pues todos me llamaban con poderosísima fuerza y todos querían que los leyera. Pero me decanté por este Experimental film, la novela que ganó el premio Shirley Jackson, –el galardón más prestigioso en el mundo del terror y fantasía oscura tras los Bram Stoker–, en 2016 (año en el que Wylding Hall hizo lo propio en la categoría de novela corta).

La sinopsis era breve, pero lo suficientemente sugerente y atractiva como para provocar el enganche. Una exprofesora de cine en paro (¿trasunto de la autora, que es además de escritora, periodista y crítica de cine canadiense?) descubre unas viejas películas perdidas que podrían pertenecer a la primera directora de cine de Canadá, pero también descubre que esa mujer fue víctima de una fuerza sobrenatural que parece ir ahora tras ella.

En la primera frase ya viene el primer aviso: “cada película, independientemente de su contenido narrativo real, es una historia de fantasmas”. Y ya no hay marcha atrás. No puedes dejar de leer porque la historia que nos cuenta Lois Cairns, aparte de ser una historia de terror, es una clase de cine y del funcionamiento interno de la industria.

Lois asiste a la proyección de una cinta “experimental” a base de cortapegas de otras películas, en la que alguno de esos cortes corresponden a trozos de la cinta Dama del mediodía. Cinta de principios del siglo XX y grabada en el fácilmente inflamable nitrato de plata. Esos recortes afectan y perturban a Lois como si hubiera visto los fotogramas de The Ring (y lo cierto es que algún paralelismo más con esa película se va a dar en el libro). A partir de entonces se obsesionará con dichos trozos e investigará hasta descubrir que la cinta fue dirigida y protagonizada por Iris Dunlopp Whitcomb, y que la historia del cine canadiense puede dar un giro si consigue demostrar que la señora Whitcomb fue la primera cineasta canadiense, y a Lois puede ayudarla a relanzar su carrera y a recibir alguna subvención de la Asociación Canadiense del Cine.

Pero cuanto más descubre sobre Iris Whitcomb más oscuro se va volviendo todo. Su hijo era especial, al igual que el de Lois (y que el de la autora), y desapareció años antes de que lo hiciera la propia Iris Whitcomb en pleno trayecto ferroviario de forma extraña dejando quemaduras en el compartimento, sospechosamente parecidas a las que deja el nitrato de plata al arder. Desde la desaparición de su hijo se obsesionó, como también le sucederá a Lois, con la mitología alrededor de la Dama del mediodía (leyenda de la que yo ni zorra idea tenía y pensaba que la autora se había inventado para el libro, pero que resulta que no es así, y es un antiguo y auténtico mito eslavo). Lois se dará cuenta de que hay muchas coincidencias entre ella e Iris. Demasiadas y demasiado preocupantes.

El personaje de Lois, –y el de todos, en realidad aunque la que nos importa porque es la que corta el bacalao es Lois– está perfectamente perfilado. Es un personaje complejo, que no caerá bien, aunque la entendemos. Es borde cuando tiene y con quien tiene que serlo, pero terca en la búsqueda de sus objetivos y, pese a su egoísmo, muy humana. Las pasa putas con todo lo que ya tenía de antes (dolor de espalda, dolor de hombro, depresión, su madre) y su hijo autista, del cual no sabe si realmente la quiere. Se ve como una mujer madura y fracasada y, desde luego, para nada como madre del año (cosa que la hace aún más humana). Además en algún momento del libro se pregunta a sí misma qué es lo que ha conseguido realmente en la vida, y la respuesta no la satisface en absoluto. Afortunadamente, su marido la apoya en todo y la reconforta.

La trama sigue un buen ritmo, los personajes son muy verosímiles, se lee con gusto, (a pesar de que a veces la organización temporal es deliberadamente caótica al avanzar o retroceder en el tiempo y de que al principio le cueste algo arrancar). La narrativa de Gemma Files tiene el poder o la habilidad de hacerte ver lo que lees, como si estuvieras viendo una película en lugar de leyendo un libro y eso es algo que a mí, particularmente, me gana. Y sobre todo la construcción del personaje de Lois. Perfecta. De los protagonistas con personalidad más sólidamente dibujada que he leído últimamente, no me cansaré de decirlo.

En resumen, terror, terror no me ha provocado, pero como todas las emociones, eso es algo muy subjetivo y lo que a uno puede acojonar a otro puede no le haga saltar del asiento. Sí me ha dado algún susto y es cierto que hay un “algo” inquietante flotando durante toda la lectura que te hace permanecer en tensión. No obstante, Experimental film es un libro que merece mucho la pena leerse. Lo he disfrutado, me ha entretenido y divertido, y ese era el objetivo.

Mitología, leyendas urbanas, investigación, thriller, cine y vida familiar es lo que el lector encontrará aquí. Y terror. Pero, de nuevo, resalto la construcción de personajes y la interacción de estos. Hala, por si no había quedado claro.

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El último apaga la luz, de Nicanor Parra

El último apaga la luz

El último apaga la luzEl último apaga la luz. O dicho de otra manera: ahí os quedáis que yo me voy. El título de la última obra de Nicanor Parra ha resultado ser absolutamente premonitorio: unos meses después de la publicación, el poeta chileno se ha marchado para no volver y nos ha dejado con la luz encendida. Una luz brillante y poderosa la suya, eso sí, encarnada en una obra que ilumina la noche poética como una antorcha infinita.

Pero que también quema, cuidado. Porque la premisa inicial siempre presente en la obra de Nicanor Parra es la revisión de todo lo anterior. Revisión, renovación y ruptura hasta el punto de hacer arder todo aquello inservible,  algo que queda claro desde su primera obra importante, Poemas y antipoemas, cuyo título le hizo cargar para siempre con el sambenito de “antipoeta”.

Afortunadamente, y al contrario de lo que les pasa a otros, a Parra no le pudo el calificativo fácil, y tuvo tiempo y fuerzas para extender su obra más allá de la anécdota. Sin llegar a convertirse en un “superventas” como Neruda, ni a saborear el Nobel como Gabriela Mistral (y el propio Neruda, sí), a Nicanor Parra le han llovido los reconocimientos oficiales y de la crítica en los últimos años. Premio Nacional de Literatura en Chile y Premio Cervantes en España, con él se va el último de los grandes poetas chilenos nacidos antes de la segunda mitad del siglo XX.

El último apaga la luz, publicado por Lumen (no podía ser de otra manera) alterna algunos de sus libros imprescindibles tal cual los publicó (Poemas y antipoemas y Hojas de Parra, por ejemplo) con otras obras dispersas, seccionadas o recopilaciones de poemas sueltos. La explicación a esta selección se da en una decena de párrafos al final del volumen, así que los puntillosos echarán en falta una justificación más extensa y quizá un aparato crítico o una introducción que aporte claves sobre la obra y su autor. Tampoco creo que sea absolutamente necesario. Para lo segundo no hacen falta muchas guías, si por algo se caracteriza Nicanor Parra es por ser un poeta de lectura agradable, sin demasiados escondites, que puede disfrutar cualquiera. Y para quien tenga interés en el resto de su obra, extensa como corresponde a alguien cuya producción literaria abarca siete décadas, ya están las “Obras completas & algo +”, en dos tomos, que el propio autor supervisó hace unos años.

En cualquier caso, la modernidad, necesidad y lucidez de Nicanor Parra se hacen patentes por todo el libro. Maestro del absurdo, es uno de los pocos poetas mayores que incluye con destreza el humor en sus poemas. También la muerte, con un toque único para mezclar ambos. No faltan además la religión, la relación hombre-mujer y su particular visión del mundillo literario, perfectamente documentada en sus Discursos de sobremesa. Un poeta original pero no estridente, siempre pendiente del tú en el poema, tan interrogativo como reflexivo. Imprescindible para desbordar los límites de las páginas y tirar abajo los muros de las bibliotecas.

El último apaga la luz ha sido la obra final, pero bien puede servir de comienzo para todos aquellos que deseen acercarse a Nicanor Parra. Y para quienes quieran continuar más allá, el chileno dejó escrita obra como para que no tengamos que pedirle que resucite y nos escriba más. Además, como escribió en El anti-Lázaro: “Muerto no te levantes de la tumba/ qué ganarías con resucitar/ una hazaña… y después… la rutina de siempre”.

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El arte de escribir, de David Vicente

El arte de escribir

El arte de escribir A menudo me pregunto si la gente subestima el arte de escribir o soy yo quien lo sobrevaloro. Mi pasión literaria viene de tan atrás y soy tan crítica con lo que escribo, que reconozco que me molesta cuando alguien, que apenas sabe redactar sin faltas de ortografía, dice que es escritor solo porque ha colgado su «libro» en Amazon. Eso me recuerda, irremediablemente, aquella anécdota que contó Pérez Reverte en su columna, hace ya algunos años. Estaba él sentado en una terraza cuando se le acercó un hombre a saludarlo. Tras reconocer que no había leído sus libros, ni ninguno en general, le pidió consejo para escribir una novela. No tenía una idea concreta en mente, ni siquiera había escogido un género, pero oye, al hombre le hacía ilusión escribir un libro. Estupefacto, Reverte le dijo que por qué no le había dado por componer música, y el hombre le replicó que eso no lo hacía cualquiera, que para eso había que valer.

Ese es el error más extendido: considerar que escribir literatura no requiere de aprendizaje alguno. Yo, que soy una romántica o, tal vez, muy inocente, pienso que, además de técnica, para escribir se precisa de una mirada especial. Y David Vicente, el autor de El arte de escribir, está de acuerdo conmigo, aunque también está convencido de que hasta eso puede aprenderse.

En este manual de escritura, recientemente publicado por la editorial Berenice, David Vicente no solo resume las enseñanzas que suele impartir en sus talleres de escritura creativa, sino que reproduce casi íntegros cuentos de escritores de la talla de Hemingway o Capote, para que sirvan de ejemplo, e incluye ejercicios al final de cada capítulo. Aunque los lectores no tendrán la suerte de que él se los revise y comente, al menos es una forma de llevar a la práctica lo leído. Después serán la persistencia y el ojo crítico los que harán que este curso exprés de ciento veinticuatro páginas dé sus frutos en los lectores que se adentren en él.

No es la primera vez que hablo de libros de escritura. Ya reseñé aquí La mecánica de la escritura creativa: en busca de una voz propia, una recopilación de artículos de profesores y colaboradores de la Universidad de Alcalá de Henares que reflexionaban sobre los retos y beneficios de la escritura creativa; Escribe con Rosa Montero, un precioso cuaderno donde escribir nosotros mismos, con reflexiones y consejos de la escritora madrileña e ilustraciones de Paula Bonet y Los 65 errores más frecuentes del escritor, un excelente manual para quienes ya llevan muchas páginas escritas a sus espaldas y buscan perfeccionar su estilo. En cambio, El arte de escribir, de David Vicente, está destinado a principiantes y, en ese nivel, cumple perfectamente su función.

David Vicente no se anda con rodeos. Con un lenguaje sencillo y cercano, aborda las cuestiones básicas que todo aspirante a escritor debería conocer: el punto de vista que requiere cada narración, los elementos para una buena construcción de personajes, cómo plantear el conflicto, de qué forma desarrollar la trama y sus nudos, cuándo es necesario introducir diálogos o descripciones, en qué momento plantearnos el tema de fondo de nuestra historia o la importancia de la reescritura. Y, deliberadamente, deja en un segundo plano la publicación, esa obsesión de muchos que, al final, poco tiene que ver con el verdadero arte de escribir.

El manual de David Vicente es una lectura que recomiendo tanto a los que pecamos de sobrevalorar la escritura como a los que la subestiman. A unos, porque comprobamos que hay una serie de conceptos que, bien interiorizados, hacen que cualquiera pueda escribir una historia que merezca la pena ser leída. Y a los otros, porque constatarán que esto del arte de escribir tiene muchísima más miga de lo que parece.

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