
Antes de que existieran los friquis, los geeks, los nerds y todos esos términos de nuevo cuño que tan políglotas y modelnos nos hacen sentir, a los tipos como yo nos llamaban, sencillamente, bichos raros. Y mira que servidor lo era. De modo parecido a lo que le sucede a Gabrielle Bell, era capaz de provocar en aquéllos que me rodeaban sentimientos de irritación, compasión, confusión, miedo y muy moderada admiración (los bichos raros solemos ser un pelín más inteligentes que el común de los mortales, modestia aparte).
Una de las características de los bichos raros es que combinamos nuestra sociopatía con un incontenible anhelo de ser queridos. Así, mientras nada hace sentir segura a Gabrielle más que cuatro sólidas paredes, al mismo tiempo nuestra amiga se pasa las horas esperando en vano el tono de una notificación en sus cuentas sociales. Otro de nuestros rasgos es un completo desinterés por la vida privada de los demás, tan absortos como estamos con nuestras pajas mentales. En la primera escena de esta novela, vemos a Gabrielle buscando a todos los que hace un minuto estaban con ella celebrando una fiesta en un piso. Los encuentra en la azotea, mirando a la ventana del edificio de enfrente, donde una pareja se refocila en la cama. Acompañados de refrescos y patatas fritas, y con una actitud más analítica que excitada, comentan la jugada, mientras Gabrielle se queda con una cara de decir “¿de verdad soy yo la rara?”.
No resulta fácil decir de qué trata Voyeurs, si por “tratar de algo” queremos decir que un libro tiene un planteamiento, nudo y desenlace. La respuesta más evidente y sencilla es que en esta novela gráfica Bell nos narra su vida a lo largo de cuatro años, desde 2007 a 2010. Bien. Ahora, si tuviéramos que hablarle a alguien de nuestra vida en los últimos años, la inmensa mayoría de la gente se quedaría en viajes, novios, amigos, trabajo, quizá un par de bodas y algún funeral. Pero a los bichos raros, aparte de todas esas cosas, que también, se nos quedan en la memoria recuerdos y momentos mucho más importantes: una charla con nuestro gato, unas palabras que no dijimos pero que desarrollamos hasta convertirlas en nuestra mejor perorata, escenas que vivieron otros y de las que nos apropiamos con todo derecho, una pelea, una mirada, un puñado de fantasías y muchos temores. Todo lo cual, no me preguntéis por qué, nos conduce al convencimiento de que si somos bichos raros es precisamente porque somos incapaces de adaptarnos a la vida en una sociedad donde la mayoría son bichos mucho más raros que nosotros.
La composición de las viñetas, seis en cada página, sin primeros planos y con frecuencia cargados de detalles, es casi invariable a lo largo de la obra, y contribuye a acentuar esa sensación que atraviesa el libro: “esto es lo que hay, tan raro y tan habitual”. Parece como si estuviéramos delante de un formulario en blanco, que es la vida, y nos limitáramos a rellenarlo (aunque las páginas finales nos deparan una sorpresa). También el modo en que fue concebido inicialmente, como episodios sueltos publicados en su página web, hace que la historia parezca carecer de continuidad, de nuevo como las diferentes secciones de la declaración de la renta. Ya no vivimos la vida, parece decirnos Bell; la vida es simplemente una cosa que dejamos que nos suceda.
La grandeza de Voyeurs radica, por una parte, en esa disección personal y certera de una sociedad tan complaciente con su propio y anodino absurdo, y por otra, en ese ejercicio de ecce friqui que hace la autora, mostrándonos sin tapujos algunas de sus propias miserias, y haciéndolo, en todo momento con divertida resignación, esa resignación que, con los años y las canas, quizá se vuelva orgullosa reivindicación. Como alguien que yo me sé.



Hace unos años, cuando estaba en segundo de Bachillerato, descubrí cuánto me gustaba la Filosofía. Era mi asignatura favorita y a la que más tiempo dedicaba por las tardes. Cada vez que estudiábamos un autor, acudía a la bibliografía complementaria para leer algo más sobre él. Cosa que, curiosamente, no me ocurrió con Locke, que no sé por qué, nunca terminó de gustarme. Será porque tampoco llegué a comprenderle del todo, cosa indispensable para poder estudiar su forma de pensar.
Hace falta tener mucho talento para hacer de un pingüino dotado de las habilidades de un pingüino y con el carisma propio de un pingüino un personaje fundamental de un texto. Es necesario ser un escritor descomunal para convertir la presencia de un pingüino deprimido en una influencia trascendental en una novela hasta el punto de que me atrevo a decir que Muerte con pingüino, sin ese ave que ni siquiera vuela, no sería Muerte sin pingüino, sino que no sería.
Hay historias que hemos leído, visto y escuchado mil veces, por ejemplo, La Bella Durmiente. Sin embargo, eso no quiere decir que conozcamos de verdad este cuento. La mayoría de personas no tienen ni idea de que el primero en escribirlo fue el italiano 
Creo que es conveniente que comience esta reseña destacando que El Jinete de la Tormenta, la primera novela (publicada) de Darío Lozano, es una historia 
Hace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era 
¡Cuidado, esta reseña contiene spoilers de El Juego de la Corona!
Hay títulos que tienen un atractivo especial y, para mí, El concilio de los árboles es uno de ellos. Solo con verlo (y la ilustración de la portada también ayudó, no lo niego), tuve que leer la sinopsis de esta 
Que una editorial se bautice como 
El último apaga la luz. O dicho de otra manera: ahí os quedáis que yo me voy. El título de la última obra de Nicanor Parra ha resultado ser absolutamente premonitorio: unos meses después de la publicación, el poeta chileno se ha marchado para no volver y nos ha dejado con la luz encendida. Una luz brillante y poderosa la suya, eso sí, encarnada en una obra que ilumina la noche poética como una antorcha infinita.
A menudo me pregunto si la gente subestima el arte de escribir o soy yo quien lo sobrevaloro. Mi pasión literaria viene de tan atrás y soy tan crítica con lo que escribo, que reconozco que me molesta cuando alguien, que apenas sabe redactar sin faltas de ortografía, dice que es escritor solo porque ha colgado su «libro» en Amazon. Eso me recuerda, irremediablemente, aquella anécdota que contó