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Inmersión, de Lidia Chukóvskaia

Inmersión

InmersiónInmersión, un sendero en la nieve es más que una obra bellísima, es todo un testimonio de firmeza moral y de compromiso con la justicia y la libertad. Cuando el simple silencio era más heroico que simplemente digno, Lidia Chukóvskaia elevó su voz frente a la injusticia, frente a la persecución de artistas y escritores de finales de los cuarenta que bajo la acusación de “cosmopolitismo” escondía una purga más, y una de tintes antisemitas. Ella defiende a los acusados colectivamente y lo hace mediante un argumento pertinente y tremendamente sugestivo, algo que siempre he pensado pero que no recuerdo haber visto expresado con palabras: unas denuncias tan abstrusas escritas en un tono tan gris, tan plano, reiterativo y fatuo no pueden ser ciertas. ¿Se puede distinguir una mentira por la forma en que está escrita? Probablemente no siempre, pero en aquella situación desde luego sí. Cosas como «Idealista y formalista, exponente recalcitrante de la escuela comparativista y ferviente defensor de todo lo procedente del extranjero, el profesor Shumílov (alias Shneierman) ha difundido, a lo largo de toda su vida, teorías infames con el fin de degradar la dignidad del hombre soviético y ha embutido en la mente de nuestros jóvenes alegatos contrarios a la patria y a la ciencia» sencillamente no pueden ser otra cosa que burda propaganda, una miserable utilización del lenguaje para disfrazar de delito cualquier sencilla expresión de la naturaleza humana. Es un consuelo que el servilismo pudiera proporcionar todo tipo de reconocimiento y beneficios materiales, pero no talento.
Inmersión no sólo tiene esta vertiente de compromiso con la libertad, también es una obra hermosa que transmite la belleza de los paisajes nevados, la paz de los bosques. La protagonista, Nina Sergueievna, escritora y traductora, acude a una residencia de escritores como premio de la unión de escritores. Un mes de descanso en el campo. Y durante ese mes no sólo trabaja en su obra, para la que requiere de esa Inmersión en sus propios recuerdos, y traduce, también conoce a una serie de personajes que le permite poner en pie un retrato certero de una sociedad dominada por el miedo, la propaganda y la desinformación. Allí va recibiendo noticias de detenciones en teatros o editoriales, allí conoce a críticos mediocres que alardean de sus verdades absolutas con tanta arrogancia como incapacidad, allí conoce a un poeta que comparte con ella su obra y a un escritor antiguo condenado al Gulag que le abre los ojos a ciertas realidades, especialmente a la suerte de su desaparecido marido. Diez años sin derecho a correspondencia, un eufemismo que esconde una suerte trágica que ella se negaba a aceptar. O a la gente del pueblo, que de forma colateral denuncia también las diferencias sociales entre unos y otros.
Nina Sergueievna tiene algo que le proporciona la fuerza necesaria para mantenerse en pie, para respetar su propia dignidad intelectual antes que su integridad personal (algo que también aprende a modular), y es su amor a la poesía. Hay mucha poesía, Pushkin por ejemplo, o Pasternak, que no es solo fuente de citas sino un argumento en sí mismo. No es sólo la belleza de su prosa sencilla lo que confiere el aire tan especial a Inmersión, es también la relación de la protagonista con la poesía la que lo logra. Siente uno unas ganas terribles de leer las memorias de Chukóvskaia en las que narra su relación con su amiga Anna Ajmátova por más de treinta años.
Y hay finalmente una interesante (y emocionante) reflexión sobre el coraje, sobre decir lo necesario. La protagonista en un momento dado puede comprender el silencio, entiende que puede ser preciso no hablar para seguir vivo, pero no logra asumir que en lugar de gritar la verdad o guardar un digno silencio, se proteja uno sumándose a la mentira.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Doctor Pasavento + Bastian Schneider, de Enrique Vila-Matas

Doctor Pasavento

Doctor PasaventoCuando quiero referirme a Vila-Matas, por ejemplo en esta reseña, me da miedo escribir o pronunciar su nombre porque no sé si realmente existe, aunque sepa que existe, aunque sepa que hay alguien que lleva su nombre, que vive en la misma ciudad que yo, que escribe de forma magistral y que tiene libros con su firma que nadie se debería perder. Y me da miedo referirme a él con su nombre porque no sé si realmente es él quien escribe todo lo que firma o es la propia Literatura, en caja alta, quien coge el ordenador, aparta a Vila-Matas (vuelvo a decirlo: si es que existe) y se pone a escribir en su nombre, riéndose de todos nosotros sabiendo que nos vamos a creer por un rato lo que nos cuente, que vamos a seguir leyendo algo que desde un principio no tiene ni pies ni cabeza, y que por ese motivo, por no tenerlos, es tan genial. Esa experiencia es la que se tiene abriendo cualquier libro del barcelonés, y cuesta mucho de explicar, aunque lo intentaré. En estas semanas Seix Barral aparece en las librerías haciendo resurgir una de sus más grandes novelas: Doctor Pasavento, con prólogo de Maurice Nadeau y la novedad de la extraña y breve pieza inédita Bastian Schneider.

Vamos por partes: nunca sabrás quién es Pasavento, pero irás con él a lo largo de más de 400 páginas recorriendo distintas ciudades, sobre todo París y sobre todo la rue Vaneau, calle que acabará convirtiéndose en una especie de protagonista de la novela. Pasavento, que aparece como tal tras varias páginas y que es una especie de doctor en psiquiatría que ha alcanzado cierta fama en la literatura, te habla directamente para contarte su historia, que es algo así como una neurosis íntima en la que se quiere ser una especie de Walser que desparece gradualmente hasta ser nadie y nada. Doctor Pasavento es el camino acompañado (por los lectores, es decir, nosotros) de un personaje que descubre que quiere ser nadie, que se lo marca como objetivo, y que amolda y adapta y configura su vida para alcanzar su meta. ¿Te imaginas decirte a ti mismo que en un tiempo serás nadie? Menos mal que están los libros para imaginar por ellos mismos usando nuestra cabeza como recipiente de pruebas.

Una de las claves para conseguir esa desaparición es escribir. Y menos mal, porque gracias a que Pasavento escribe nosotros vemos cómo avanza hacia ese agujero abismal que es el cero absoluto. Y escribe para él, haciendo oídos sordos al escaparate que le separa de nosotros. Con Walser siempre en mente, Pasavento intentará volver a caminar los pasos del suizo visitando incluso el sanatorio en el que este estuvo ingresado durante años, haciendo incluso el último paseo que disfrutaron los zapatos del escritor. Y buscará quedarse. Y buscará ser un nuevo Walser. O el mismo. Pero también aparecerán otros personajes literarios relacionados con esta diatriba entre el ser en el no ser y el no ser en el ser: Montaigne, W. G. Sebald o Laurence Sterne, entre otros. Otra de las claves de la novela son las señales: Pasavento se dará cuenta en cierto momento de que hay algo o alguien que le presenta señales que él tiene que seguir, algo así como esos mapas de puntos que los niños usan para entretenerse en los restaurantes de los aeropuertos. Para Pasavento, alguien ya ha rellenado ese mapa, mapa que incluye su vida.

A través de lo que se ha llamado semificción, Vila-Matas vuelve a meterse (y no) en su libro para dejarnos con la sensación de que estamos leyendo su vida a la vez que estamos leyendo la de otro. Se puede leer en esa extraña pieza añadida al libro que es Bastian Schneider que «no hay nadie original», lema claro de la escritura de Vila-Matas, quien teje su narrativa a través de la de otros sin buscar ocultarlo. Una de las mayores proezas que veo en sus historias es que aun queriendo sus personajes desaparecer nunca buscan ocultarse.  Siempre están, siempre hablan, siempre son aunque busquen no ser. He dicho una de las mayores proezas, pero la mayor proeza de Vila-Matas es que consigue que lo que buscan sus personajes, desaparecer, lo haga el lector, aunque sea solo por un rato. Gracias, doctor.

 

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Thor Integral, de Joseph Michael Straczynski

Thor integral de J M Straczynski

Thor integral de J M StraczynskiY entonces acaeció el Ragnarok y los dioses asgardianos perecieron.

Y entonces los cielos se abrieron y dejaron paso a Mjölnir: martillo creador de rayos y pulverizador de enemigos.

Y entonces una mano conocida asió el martillo, tomó conciencia del dios que habitaba en su interior, el dios con el que compartía cuerpo, y lo instó a vivir, a seguir luchando.

Y entonces Thor, dios del trueno, volvió a la vida.

Y entonces Joe Michael Straczynski hizo lo que mejor se le daba y nos relató los primeros y nuevos pasos del mito que era dios, hombre y superhéroe.

Si estás un poco verde en esto del cómic el nombre de Straczynski es posible que te suene a dios nórdico más que a guionista de cómics americano. Pero déjame que te lo presente. Este guionista natural de Nueva Jersey fue el creador, allá por los 90, de una serie de ciencia ficción que hoy en día es de culto: Babylon 5. Yo había conocido un poquito antes a Straczynski y fue en su faceta como escritor. Othersyde como título original y Mensajes del infierno como traducción de dudosa fidelidad, fue, y sigue siendo mi novela favorita de terror. Los que ahora disfrutáis con Stranger Things deberíais intentar por todos los medios leerla, con muda de recambio cerquita. Como polifacético que es, Straczynski no tardaría mucho en dar el salto al mundo del noveno arte, en el cual destacaría su trabajo realizado con Spiderman. Vuelta a casa es quizá uno de los mejores arcos argumentales que podáis leer sobre el trepamuros, un esencial con arte de John Romita Jr. ¿Y qué decir de Rising Stars? El guionista debió hacerse la pregunta de qué pasaría si los superhéroes realmente existieran, cómo se comportarían en sociedad, a qué enemigos harían frente… A pesar de ser una obra que tomaba como referencia el Watchmen de Alan Moore consiguió mostrarnos un producto original en el que personas especiales, personas con poderes que sobrepasaban lo inimaginable, debían tomar decisiones de gran responsabilidad que afectarían a sus conciudadanos y por ende a toda la población de la Tierra. Y esto nos lleva hasta Thor.

En este Thor Integral de J. M. Straczynski el dios renacido levantará desde cero el Reino Eterno de Asgard a las afueras de un pequeño pueblecito de Oklahoma. Una escena de apenas diez páginas que finaliza con una splash page que es toda una declaración de intenciones, no solo del guionista sino también del dibujante Olivier Coipel. “Donde está Thor, está Asgard”. Y es que esta vez Thor es más libre que nunca y son sus propias manos las que guían las riendas de su destino, a pesar de compartirlas con su alter ego humano Donald Blake. Es por esto que el Thor de Straczynski deberá sobre todo lidiar con asuntos muy humanos que lo llevarán a presenciar la destrucción y pobreza que dejó a su paso el huracán Katrina en Nueva Orleans o a terminar lo que empiece el doctor Blake en sus esfuerzos por ayudar a una tribu víctima de la erradicación étnica en África. Viajes que realizará en busca de su propio pueblo y que lo llevarán a confraternizar con los humanos a un nivel más íntimo. El anhelo de recuperar a sus congéneres a toda costa, de volver a las raíces, de descubrir quién es realmente y qué es lo que puede o no puede hacer es lo que portará al mismísimo Thor a cometer errores y de forma involuntaria a convertirse en su propio enemigo. Los típicos errores que un humano comete. Porque el Thor de Straczynski antes que superhéroe es dios, pero muy a su pesar también es inmensamente humano.

En esta saga el ritmo también juega un papel fundamental. Lo habitual en este tipo de cómics es insuflar un ritmo demasiado dinámico para que la acción nunca decaiga. En cambio, Straczynski es más amigo de la narración pausada, aquella que desentraña paulatinamente los misterios (ojito con Loki y su inusitada alianza con Doctor Muerte) y moldea a los personajes con delicadeza, utilizando las páginas que sean necesarias para ello, creando ambiente, dotando a los protagonistas de férreas personalidades, no sin obsequiarnos con magistrales momentos de acción desenfrenada. Es por ello que resulta todavía más extraño esa rapidez por acabar, ese acelerón cuando quedan pocas páginas y que nos deja con un final agridulce del cual hay que exculpar al autor y condenar a La Casa de las Ideas que buscaba continuidad para que todo cuadrara con el siguiente evento titulado Asedio.

Pero si este Thor Integral es sumamente épico a la vez que cautivadoramente terrenal es también gracias al excelente trabajo de los dibujantes. Por un lado tenemos a Olivier Coipel con un dibujo de una limpieza y una luminosidad prístina. El diseño de los personajes es simplemente impresionante (su diseño de Thor se convirtió en referente al crear la primera de las películas) con unos asgardianos de robustez marmórea y unas escenas de batalla de una espectacularidad apabullante. Por otro lado tenemos a Marko Djurdjevic (con un dibujo más oscuro y enmarañado) que va a la zaga de Coipiel pero sin sobresalir en ninguno de los anteriores aspectos en los que despunta el ilustrador francés.

El Thor Integral de Joseph Michael Straczynski publicado por Panini Cómics es un brillante ejercicio de armonía entre los mitos nórdicos y la ficción superheroica actual, entre lo divino y lo humano. Un cómic apasionante en lo referente al guion y tremendamente espectacular a nivel visual.

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¡Vaya figura!, de Cecilia Campironi

Vaya figura

Vaya figura

Cuando leí de qué iba ¡Vaya figura!, me llamó muchísimo la atención: ¿y si conociéramos a las figuras retóricas en persona? En este libro, la ilustradora italiana Cecilia Campironi ha convertido veintinueve figuras retóricas en curiosos personajes para que, al describir su personalidad, comprendamos de forma divertida en qué consisten cada uno de estos recursos del lenguaje. Qué idea tan sencilla y tan genial. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes?

Las figuras retóricas están ahí todo el tiempo, en lo que escribimos y en lo que decimos, pero pocas veces somos conscientes de que las empleamos, incluso ignoramos su nombre y su significado. Reconozcamos que si a nosotros nos dicen que nos dejemos de lítotes y cleuasmos, que no saben cómo tomarse nuestros disfemismos o que están hartos de nuestras tautologías, la mayoría no tendremos ni idea de qué nos están hablando. Por eso, aunque ¡Vaya figura! está dirigido al público infantil (a partir de los seis años), me parece un libro necesario para personas de cualquier edad, puesto que pone en valor la riqueza de nuestro lenguaje y nos explica muchos de los recursos que tenemos a nuestro alcance y a los que no les hacemos todo el caso que se merecen.

Los nombres de los personajes son una muestra del humor y de la elocuencia que destila este libro. Conocer al señor Lítote, a mamá Juego de Palabras, a monsieur Galicismo, a tío Disfemismo, a su excelencia doña Énfasis, al dúo Ironía y Sarcasmo, a míster Dissimulatio, a señora Enumeración, al profesor Palíndromo, a la diva Onomatopeya, a su majestad la Metáfora, a princesa Símil, al bebé Neologismo, al mago Oxímoron, al maestro Aliteración, a Mimí Reduplicación, a caballero Tautología, a Chema Zeugma, a vuecencia Anástrofe, a don Cleuasmo, a doña Eufemismo, a maese Clímax, a Nadia Sinécdoque, a Diana Metonimia, a señorita Hipérbole, a comandante Acumulación, a tete Holofrase, a Ña Elipsis y a tata Paráfrasis nos saca una sonrisa, tanto si reconocemos a las diferentes figuras retóricas en estos curiosos personajes o las descubrimos por primera vez. ¡Vaya figura! se convierte así en un libro ilustrativo, divertido y hasta poético, al que se puede volver más de una vez, ya que sus explicaciones y sus atinadas ilustraciones facilitan la tarea de comprender e interiorizar la amplia variedad de figuras retóricas que la lengua pone a nuestra disposición.

Con ¡Vaya figura!, de Cecilia Campironi, la editorial Thule suma otro excelente título a su selección de libros infantiles, y por eso no me cansaré de recomendar su catálogo a grandes y pequeños. Me parece una lectura ideal para compartir entre padres e hijos. ¿Por qué no jugar a encontrar figuras retóricas cada día? Una forma amena de que unos y otros aprendan sin apenas darse cuenta y una manera efectiva de enriquecer el lenguaje que empleamos a diario, pues buena falta nos hace. Porque los adultos deberíamos saber diferenciar las figuras retóricas más allá de la archiconocida metáfora y los niños merecen libros que les ayuden a que su vocabulario vaya más allá de la holofrase.

 

 

 

 

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Sweeney Todd. El collar de perlas, de James Malcolm Rymer

Sweeney Todd. El collar de perlas

Sweeney Todd. El collar de perlasParalela al río Támesis, oculta bajo una espesa capa de niebla, se extiende una de las principales arterias de Londres. La calle, en apariencia de ambiente distinguido gracias a los frecuentados cafés y tabernas de la zona, cobija también un lugar de horror y pesadumbre. No extraña que poco después fuera pasto de las brasas; era el funesto final que el mismo diablo tenía preparado para la adoquinada vía donde se situaba la barbería de Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet.

«Un afeitado rápido por un penique. No hallará a nadie que lo replique». Este es el lema que se cita en un cartel colgado en la entrada de la barbería y desde luego no hay que tomarlo a la ligera; la intención sarcástica del pareado no deja lugar a la duda sobre el misterio que se esconde en su interior. ¿Nadie que lo replique? Obvio, pocos pueden salir de ahí para contarlo.

La editorial La biblioteca de Carfax edita en un volumen único la novela completa de Sweeney Todd. El collar de perlas. La historia del barbero asesino del que aún se duda si realmente fueron hechos reales en los que se basa su leyenda, nos ha llegado a la actualidad gracias a la influencia literaria que dejó en el compositor y director Stephen Sondheim, y su adaptación al teatro musical —ESPLÉNDIDO con mayúsculas— en 1979, de cuya versión se valió Tim Burton para su película con un también magnífico Johnny Depp interpretando el papel del psicótico barbero. En aquellas adaptaciones la historia cambia notablemente con la que en estas páginas se cuenta. Su autor, James Malcolm Rymer, también creador de las historias de Varney, el vampiro, publicó por entregas el debut literario de Sweeney Todd entre noviembre de 1846 y marzo de 1847. El escritor escribía principalmente penny dreadfulls, historias de terror escabrosas y sensacionalistas que se vendían por entregas en la Inglaterra de mediados del siglo XIX por un penique.

Londres, escenario de tantísimas grandes obras de horror y sangre que corre por sus calles, se convierte en otro personaje más dentro de la obra, ya que va a representar el frío, lo hostil, lo claustrofóbico dentro de esta historia llena de enigmas, muertes, degradación, locura y, sí, deliciosos pasteles de carne de la señora Lovett. Borremos, eso sí, la imagen de estrella del rock del Romanticismo que tenemos del último Sweeney hasta la fecha, esto es Johnny Depp. Porque Sweeney, el salvaje y despiadado Sweeney Todd, el barbero, «era un tipo larguirucho, mal proporcionado y contrahecho, con una boca inmensa y manos y pies tan descomunales que se podía decir que era un bicho raro». Trabajaba en su pequeño local de la calle Fleet donde por un penique realizaba el afeitado más apurado que podías encontrar en todo Londres. Por su barbería se dejaban caer toda clase de hombres, pero solo aquellos de alto poder adquisitivo le eran realmente interesantes al siniestro barbero. A su cargo tenía un pequeño mancebo que le ayudaba en las tareas, el joven Tobías. Cada vez que entraba algún cliente en la barbería, una gélida mirada de su maestro y mentor le valía al joven para salir por patas de la tienda a hacer compras. Mientras, Sweeney afilaba sus navajas, observaba por la ventana el exterior, se acercaba al sillón donde esperaba el cliente con la espuma extendida por el rostro y se encargaba de ofrecer su mejor apurado.

Un día, entró en la tienda un apuesto hombre, el señor Thornhill, junto a su perro. Mala elección haber elegido ponerse en las manos de aquel barbero y buena suerte para Sweeney, cuyos objetos personales del señor Thornhill le iban a reportar un más que suculento anticipo de su jubilación. Se trataba de un flamante collar de perlas, objeto de deseo que representa la ambición del hombre por aspirar cada vez a más sin ver los riesgos que ello puede conllevar. El joven Tobías entró en el momento crítico en el que algo extraño estaba sucediendo dentro de la barbería; le iba a salir muy caro entrometerse en los asuntos que solo conciben a Sweeney Todd. Este asesinato va a ser el motor de la historia y la trama girará en torno a él. Alguien más está buscando al señor Thornhill, su perro puso sobre la pista a un antiguo amigo y a un imán más atrayente, la bella Johanna.

En la misma calle se sitúa el local regentado por la señora Lovett. El gentío se agolpa frente a la puerta para degustar uno de los deliciosos pasteles de carne que ahí se sirven. La señora Lovett es una hermosa mujer que trabaja muy duro para poder dar de comer a todos los clientes que ansían hincar sus dientes en uno de esos esponjosos y cremosos pasteles. Y la carne, con ese sabor tan especial. Los hornos se encuentran en los sótanos húmedos y abovedados del local. Lo que ahí ocurre es mejor no conocerlo.

Sweeney Todd. El collar de perlas tiene una lectura adictiva, quizá fruto de la naturaleza de su publicación por entregas. El trabajo inmenso de su traductor, Alberto Chessa, merece una mención por la documentación anotada al pie de las páginas para acercarnos a aquel Londres de mediados del siglo XIX, una época que siempre muestra lo oscuro y escabroso de aquella ciudad, y su siempre siniestro historial de muertes y decrepitud. Un modo de conocer la figura de otro de los célebres personajes que asesinó sin piedad en Londres. Oculto tras el cristal de su barbería espera para dar su afeitado más apurado Sweeney Todd, el diabólico barbero de la calle Fleet.

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Atlas de las constelaciones, de Susanna Hislop y Hannah Waldron

Altas de las constelaciones

Altas de las constelacionesEste otoño Errata naturae ha publicado dos libros que me encantan: una nueva traducción de las meditaciones de Marco Aurelio, que hace unos días le regalé por su cumpleaños a mi mejor amiga, y el Atlas de las constelaciones del que os quiero hablar hoy.

Como yo era una niña de ciudad, las figuras que se dibujan en el cielo siempre me han parecido inaccesibles, casi ficción. Desde mi ventana, se veía la luna, a veces Venus y, como mucho, alguna estrella. Esto, unido a mi nulo conocimiento sobre astronomía, ha hecho que el cielo nocturno me sea desconocido y, precisamente por esa razón, me despierte muchísima curiosidad. Pero, cuando empiezo a buscar información sobre el tema, acabo abrumada de palabros, datos y timos raros de astrología…

Así que cuando oí hablar del libro de estas dos autoras británicas, una escritora y una ilustradora, y leí que se subtitulaba “Las historias que nos cuentan las estrellas”, pensé que, por fin, podría comprender la cartografía del cielo. Y así ha sido.

Porque Atlas de las constelaciones cuenta, con gracia y elegancia, las historias, sean mitológicas, históricas, científicas o personales de las ochenta y ocho constelaciones que hay sobre nosotros, fijadas por los astrónomos en el siglo XX. Y también las ilustra y las sitúa para que, en una noche clara, lejos de las luces de la ciudad, puedas jugar a situarlas. Para hacerlo, la ilustradora Hannah Waldron marca las estrellas con una escala de magnitud para que tengas una buena referencia con la que buscarlas en el cielo, perfila el contorno uniendo las estrellas entre sí, y luego dibuja la figura imaginada, sea un águila, un héroe, una doncella, una monstruo marino, un perro, un microscopio, un lince, un triángulo o un caballo alado. Me hizo reír que, en los agradecimientos, Waldron le diera las gracias a un tal Hugh por su disposición a adoptar todo tipo de poses heroicas para servirle de modelo. La situación me sonaba un poco… Desde aquí mi agradecimiento a todas aquellas personas que vivís con artistas y os toca aguantarnos hablar de nuestras historias o, como a Hugh, haceros posar para dibujar héroes.

En los textos, además de repasar gran cantidad de mitos clásicos, la escritora Susanna Hislop cuenta anécdotas que son curiosas o ayudan a comprender la historia de la astronomía. Por ejemplo, cuenta que hubo un intento de cristianizar el cielo (es decir, de sustituir las paganas por santos) en el siglo XIX o habla del origen de la brújula y su uso, junto a las estrellas, claro, en la navegación (y acaba relacionándolo con la materia oscura de Philip Pullman, unos libros que marcaron mi adolescencia). También cuenta que se reinterpretaron todas las constelaciones siguiendo el texto de Alicia en el país de las maravillas (y que encajaban a la perfección) o te explica qué es un sextante celeste y para qué servía. Siempre de manera amena y didáctica, con un estilo sencillo.

No quiero acabar esta reseña sin tratar uno de los puntos más impresionantes de este Atlas de las constelaciones, que es el libro como objeto. Es una preciosidad: tapa dura con las estrellas tachonadas en naranja, lomo de tela, cosido, a tres tintas y con una maquetación cuidadísima. Es una auténtica joya, un regalo, un libro entretenido, bonito para contárselo a los niños o para llevar de vacaciones si alquiláis una casa en la montaña (habla la niña de ciudad), con un telescopio, y podéis dedicar las noches a explorar el cielo.

Laura Gomara

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Stanley y las mujeres, de Kingsley Amis

Stanley y las mujeres

Stanley y las mujeresTenía ya ganas de hablaros de este libro, la verdad.  Al final he tardado más en leerlo de lo que pensaba, pero éste es uno de esos libros que, en mi opinión, hay que saborear poco a poco. No admite la rapidez ni las lecturas con prisas. Hay que detenerse bien cada página, en cada conversación, en cada pensamiento. O al menos eso es lo que Kingsley Amis, su autor, me ha trasmitido a mí.

Os presentaré al autor, por si no tenéis el gusto. Kingsley Amis fue novelista, poeta, crítico literario y profesor. Este escritor tan british, alcanzó la fama gracias a su primera novela La suerte de Jim. Desde entonces, escribió más de veinte novelas, tres poemarios, relatos, guiones y críticas. Es padre del también escritor Martin Amis, quien escribió brillantemente en su libro Experience, la decadencia de su propio padre debido al alcoholismo.

Sobre Stanley y las mujeres tengo mucho que deciros, pero empezaré contándoos por qué me decanté por él y no por otro libro. Siempre había querido leer algo de Kingsley Amis, porque había oído maravillas de él. Al leer las críticas de este libro, supuse que sería una buena forma de adentrarme en el universo Amis:

“Una obra poderosa, impactante, magníficamente escrita, lo mejor de Amis hasta ahora” (Anthony Burgess, The observer).

“Dura, divertida, tierna y provocadora. Una de las obras más salvajes de Amis” ( Melvyn Bragg, Punch).

No me digáis que con estas críticas no apetece adentrarse en esta novela. Además. Las publicaciones de la editorial Impedimenta y sus ediciones suelen gustarme bastante, así que no tenía más excusas.

Y bien, ¿de qué trata este libro? Pues veamos, Stanley y las mujeres es tan mordaz y brillante como promete. Su protagonista, Stanley Duke, disfruta de su segundo matrimonio con su esposa Susan. Pero todo parece irse al garete cuando su hijo Steve, fruto del primer matrimonio con la actriz Nowell, entra en una etapa de esquizofrenia de lo más movida. Entretanto, Stanley tiene que lidiar no solo con los problemas que el hijo le plantea, sino con los que él mismo se ha buscado a lo largo de su vida. Su animadversión por su ex mujer, su mala gestión con las relaciones sociales (incluyendo amigos, jefes y compañeros de trabajo) y, por si fuera poco, con Susan, su actual esposa, a quien no ve preparada para convivir con su hijo y parece ser que con él mismo tampoco.

Y vemos al verdadero Stanley, un egocéntrico que se mueve entre su propia locura y los desequilibrios de las relaciones que ha desarrollado a lo largo de su vida. Se nos advertía en el prólogo de Kiko Amat, que esta novela era borde, extraña y todo un caso clínico. Y así es. También, quizá, debamos tener en cuenta que cuando Kingsley Amis escribió esta novela, a los sesenta y dos años, acaba de divorciarse y quizá sí que volcó toda esa rabia contenida en esta extravagante novela. En cualquier caso, el resultado es bueno, muy bueno. Stanley y las mujeres es una novela que no deja indiferente y que nos hace replantearnos muchas de nuestras propias ideas. Al menos para ver que, al fin y al cabo, hay gente que está mucho peor que nosotros.

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La pequeña forastera 1: Siúil, a Rún, de Nagabe

la pequeña forastera 1

la pequeña forastera 1Yo no soy de las que eligen los libros por su portada. Aunque si habéis leído otras reseñas mías, como Aura o La sombra del Golem, quizá no os lo acabéis de creer. Pero os aseguro que os estoy diciendo la verdad: yo me muevo por el interior y no por el exterior. Donde se ponga una sinopsis atractiva, que se quiten todas las portadas hermosas del mundo.

Me fijé en La pequeña forastera 1: Siúil, a Rún, de Nagabe, por su sinopsis, que me pareció muy sugerente. Hablaba de que hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy lejano, había dos países: el país exterior estaba bajo el control del dios negro, y en él habitaban uno seres anómalos que, con el simple tacto, contagiaban una maldición; mientras que en el país interior, dominado por el dios blanco, vivían los humanos. Unos y otros no se conocían, pues entre ellos había un enorme muro para mantenerlos separados, pero dos de sus habitantes se acabaron encontrando y así se desencadenó la pequeña historia que se cuenta en este cómic. Las palabras «hace mucho, mucho tiempo», «maldición» y «pequeña historia» despertaron mi interés (lo que me motiva a mí una maldición, oye), pero reconozco que el empuje definitivo lo dio, esta vez sí, su portada, con esa niña cándida y ese ser extraño que parecía sacado del mismo averno. Una mezcla de inocencia y oscuridad que me arrastró sin remedio a leer la primera entrega de este cómic que, según se prevé, estará compuesto por cuatro volúmenes. Y pese a que la ilustración de la portada ya lo anunciaba, estaba lejos de imaginar el derroche de ternura que Nagabe ha dejado en esta pequeña gran historia.

La pequeña forastera 1: Siúil, a Rún apenas plantea el punto de partida, lanzando al aire varias preguntas e intrigas que se irán resolviendo en las próximas entregas. Y no se puede decir que abunden los diálogos o los momentos relevantes, quitado del giro final. Sin embargo, sus dos protagonistas, la niña Shiva y el doctor, me han cautivado por completo. La relación entre estos personajes, que ni siquiera pueden tocarse, es tan entrañable que, de inmediato, queremos que permanezcan juntos y que nadie les haga daño, ni siquiera ellos mismos. Pero la amenaza de la maldición siempre está presente y, como anuncian las últimas páginas de esta primera entrega, Shiva cada vez corre más peligro.

No me suelen atraer las sagas de cómics, aunque si habéis leído mis reseñas de Assassination Classroom y La historia oculta, no os creeréis ni una palabra de lo que estoy diciendo. Pero lo cierto es que, precisamente por seguir esos dos que he mencionado, no tenía ganas de meterme en otra historia contada por entregas. A mi impaciencia no le vienen bien tantas esperas. Pero esa sinopsis y esa portada de La pequeña forastera 1: Siúil, a Rún han podido conmigo. Afortunadamente, la segunda entrega saldrá en diciembre, y como solo son cuatro, pronto llegaré al desenlace. Así que no me arrepiento de haber conocido a Shiva y al doctor. Sé que la historia de La pequeña forastera me va a encantar.

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Mil veces hasta siempre, de John Green

Mil veces hasta siempre

Mil veces hasta siempreNo os podéis imaginar las ganas que tenía de leer este libro. Conocí a John Green relativamente tarde, bastante tiempo después de que se publicara Bajo la misma estrella, título que le llevó directamente a la lista de súper ventas a nivel mundial. Al principio era bastante reacia a leer aquel libro. Porque estaba muy de moda, porque la historia no me llamaba, porque todo el mundo hablaba de él. No sé, llámalo equis. Pero un día me lo regalaron y acabé leyéndolo en una sola noche sin poder despegar mis ojos de las páginas que volaban ante mí. Así que después fue inevitable que viniera Ciudades de papel, luego Buscando a Alaska, también Will Grayson, Will Grayson y, por último, El teorema Katherine. Se me habían acabado los cartuchos con este autor. Vale, todavía tengo pendiente el libro en el que colaboró con otros autores —Noches blancas— y que pronto caerá, pero como que ya necesitaba otra vez la esencia de John Green en mi vida. Necesitaba sus historias para nada corrientes y a sus personajes altamente especiales. Así que, sí, tenía la fecha marcadísima en mi calendario avisándome de que lo nuevo de este autor, Mil veces hasta siempre, salía a la venta. Y me hice con él. Y me lo llevé a Nueva York y casi me lo termino en el viaje de ida. Lo tuve que cerrar para poder traerlo de vuelta conmigo a España y saborear el final lentamente y sin prisas. Y así lo hice. Y así lo terminé. Y ahora estoy delante de mi ordenador intentando ordenar mis ideas para poder explicaros por qué me parece el libro más fascinante escrito por Jonh Green hasta la fecha.

Tenemos que partir de la base de que este libro es una especie de autobiografía. Aunque la protagonista sea una chica y aunque la acción se desarrolle en la actualidad. No esperéis encontrar la infancia de John Green narrada por él, porque este libro no se trata de eso. El autor ha cogido todos sus puntos débiles, que al parecer no son pocos, y los ha condensado hasta que ha conseguido personificarlos en Aza, la protagonista de su obra. Aza es una chica muy especial que vive en una espiral de ansiedad. Dentro de su mente anida otra Aza que va a mil por hora, cuestionándose absolutamente todo lo que está a su alrededor. Sobre todo es una hipocondriaca reconocida que solo se calma cuando toma medicación y acude a las sesiones con la psiquiatra. Esa Aza que vive dentro de la Aza real hace que tenga que desinfectarse las manos constantemente, para no coger la temida bacteria C. diff, por ejemplo. Todos los escenarios que se imagina ella en su mente acaban igual: con ella muerta por una horrible infección.

Menos mal que tiene a Daisy, su mejor amiga y que la entiende mejor que nadie. Sobre todo porque ayuda a que la Aza de su cabeza se vaya durante un rato para que pueda actuar como una adolescente normal. Pero la espiral comienza a hacerse más estrecha y a resultar agobiante cuando se reencuentra con Davis, un antiguo vecino al que hacía años que no veía. Hijo de un multimillonario que ha desaparecido y que ha dejado toda su herencia a una tuátara —esto es una historia un poco larga que no voy a contar aquí—, encuentra en Aza un refugio, aunque esta se empeñe una y otra vez en encontrar a su padre desaparecido. Aza empieza a mirarle con otros ojos y comienza a querer pasar más tiempo a solas con él, pero ¿cómo eres capaz de tener una relación normal con un chico si sabes que cuando te beses con él ocho millones de bacterias pasarán de su cuerpo al tuyo para vivir dentro de ti para siempre? Difícil, ¿verdad?

Así es la vida de Aza, agobiante y caótica. Me ha encantado especialmente la manera de redactar de John Green, porque realmente consigue que esa ansiedad traspase el papel para llegar a tu cabeza. Con los personajes de sus obras me pasa una cosa muy curiosa, y es que llego a ser extremadamente empática con ellos. Consigo entender sus problemas y comprender todas las decisiones que toman como consecuencia de aquellos. Consiguen removerme las entrañas, como si el protagonista fuera mi mejor amigo y de verdad estuviera pasando por todas esas cosas que se cuentan en el libro. Eso, sin duda, es lo que más me gusta de este autor.

Todavía no me atrevo a decir que Mil veces hasta siempre se haya convertido en mi libro favorito de John Green, aunque sí creo (como dije al principio) que es el más fascinante. Tengo que dejarlo reposar unos días y analizar detenidamente todo lo que he sentido al leerlo. Pero sí que os puedo asegurar que está al nivel de Bajo la misma estrella, sin duda. He leído críticas de todo tipo, tanto buenísimas como horrorosas. No sé… yo lo tengo claro. Me parece un libro increíblemente bueno. Será porque a veces me he sentido tan débil como Aza. A veces me he dejado llevar más por mi yo agobiado y que se preocupa por todo que por mi yo racional, hasta el punto de no dejarme disfrutar de la vida como debería. Me estoy dando cuenta que, a medida que avanza el tiempo y me hago consciente de que esa ansiedad que a veces se apodera de mí es real, aprendo a lidiar mejor con ella. Sin ir más lejos, como os decía antes, hace un par de semanas estuve en Nueva York. Yo tenía un plan perfectamente hilado de lo que haríamos durante los ocho días que íbamos a estar allí. Con tan mala suerte que el primer día nos pilló un diluvio y tuvimos que cambiar los planes radicalmente. Al principio me afectó hasta el punto de querer echarme a llorar, porque todo iba a estar mal, porque no era lo que había planeado, porque no iba a ser todo perfecto. Pero me apoderé de esa voz interna tan negativa y que a veces me dan ganas de asfixiar para poder decir: “hasta aquí”. Y disfruté del viaje como nunca. Y me dio tiempo a hacer un montón de cosas que no tenía planeado en un principio. Así que, sí. He amado a Aza durante todas y cada una de las páginas de este libro. Porque la he entendido. He empatizado con ella. Y he sentido todo lo que describía.

Desde aquí quiero dar las gracias a John Green por mostrarnos un poquito de su alma y por haber confesado todos esos miedos que no por tenerlos eres más débil. Y gracias por seguir dándonos personajes inolvidables. También por la parte final del libro donde incluye los agradecimientos, ya que deja el número de teléfono del Centro Español de Información y Formación sobre la Enfermedad Mental (902131067) para que todas las personas que se sientan así sepan que no están solas y que tienen la ayuda que necesitan más cerca de lo que se piensan.

Por cierto, y ya para terminar, si en algún futuro —esperemos, no muy lejano— esta historia pasa a formar parte de un guion de una película… creo que Lily Collins sería una Aza perfecta.

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Paraísos oceánicos, de Aurora Bertrana

Paraísos oceánicos

Paraísos oceánicosEditada con el mimo que merecen las obras cuya recuperación es mucho más que un lanzamiento al mercado editorial, Paraísos oceánicos es sin duda una de las sorpresas más gratificantes que se puede encontrar en las librerías. En primer lugar por motivos estrictamente literarios, si lo que define una buena obra es que te permite vivir otras realidades sin duda ésta lo es porque logra que el lector pasee y se sienta parte de un mundo que ya no existe, pero que en las letras de Aurora Bertrana se puede disfrutar con tal intensidad que deja en ridículo el concepto de realidad aumentada que se utiliza en cuestiones tecnológicas. Pero no son solo literarias las razones de Paraísos oceánicos, algo no especialmente sorprendente tratándose de una edición de :Rata_, una editorial que publica las obras que necesita publicar, no por capricho, negocio o militancia, sino por necesidad literaria y puede que hasta fisiológica. ¿Y cuál es el origen de esa necesidad? Supongo que desde un punto topográfico el origen está claro, las tripas de Iolanda Batallé, pero no se trata de esa búsqueda, esta edición nace, o así lo creo, de Aurora Bertrana, la autora, un personalidad magnética que supo ser mujer y libre cuando la libertad era un lujo para las mujeres, que supo abrir la mente cuando las de sus conciudadanos se cerraban a cal y canto. Y pese a su éxito padeció las consecuencias de ambas cosas, de ser mujer y de ser libre, y que finalmente la condenó al olvido. Al menos fuera de su ámbito geográfico, que debiera haber sido el mundo pero no, me refiero a su Cataluña natal.
Paraísos oceánicos nace de una mirada limpia de prejuicios, de una mujer capaza de buscar la belleza en la belleza, sin condescendencia ni rastro de superioridad moral. Una mujer capaz de elogiar la libertad sexual en una época, en plena dictadura franquista, en que era un concepto herético de más allá de los pirineos. Aurora Bertrana tuvo una vida tan literaria como su obra, los círculos literarios le estaban vedados por su condición de mujer, pero para cuando publico estos paraísos (que gozaron de gran popularidad) ya había vivido en Suiza, en lo que entonces se llamaba, con cierto tono de anatema, “el extranjero” y fundado una orquesta femenina de jazz (en los años veinte, la primera orquestra femenina de Europa). Una mujer que viajó a Indonesia y la hizo suya, no la vivió con espíritu de colonizadora sino de espectadora deslumbrada.
Bertrana no sólo nos transmite sus experiencia y sus opiniones, nos regala la belleza de un paraíso que ya había empezado a dejar de serlo porque los occidentales lo habíamos inundado de alcohol, intrigas y prejuicios, pero que se mantenía lo suficientemente vivo como para que una autora de su sensibilidad nos lo mostrara como la dulce tierra de amor y belleza, pequeño paraíso de luz que vive en estas páginas.
Esta edición contiene, además, una breve biografía, la traducción de un capítulo de sus memorias y diversos paratextos que enriquecen la experiencia hasta convertirla en una de las que no se olvidan. Terminaré con algo que dice en la solapa que me parece es el cierre inmejorable a un texto sobre Paraísos oceánicos: Lee este libro porque, a pesar de todo, el mundo sigue siendo aún el lugar luminoso, abierto e inocente que aquí se describe.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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La casa de los nombres, de Colm Tóibín

La casa de los nombres

La casa de los nombresNos gusta creernos especiales, que nuestros problemas son más importantes y distintos a los del resto, que nuestras vidas y nosotros mismos somos únicos y que lo que nosotros hemos o estamos pasando nadie más lo ha pasado. Nos creemos que nadie más ha sufrido tanto y lo mismo que nosotros; en definitiva, nos creemos el centro del universo. Pero además de eso, también creemos que hemos evolucionado enormemente desde las épocas pasadas. Sí, hemos evolucionado una barbaridad en muchos puntos, pero si hay algo en lo que no lo hemos hecho es en lo personal. Nuestras circunstancias y nuestra manera de vivir han cambiado: nuestra casa, nuestra ropa, nuestra educación, nuestro ocio… Sin embargo, nuestros problemas y nuestros sentimientos más básicos siguen siendo los mismos que han tenido a lo largo de la historia todos nuestros antepasados. ¿Cómo lo sabemos? Gracias a los libros. Lo que estos demuestran es que las vidas de antaño no nos son tan ajenas como creemos. Y, por eso, más allá de la narración y el estilo, muchas obras antiguas son eternas e inmortales, porque podemos sentirnos identificados con lo que cuentan, que se aplica tanto a aquella época como a la nuestra. Éste es precisamente el caso de La Orestíada de Esquilo, una de las grandes y épicas tragedias griegas. Temas y sentimientos como el odio, la justicia, el amor, la venganza, la ambición, la culpa, la muerte… no tienen fecha de caducidad.

Colm Tóibín, autor de Brooklyn y Nora Webster, actualiza estos temas y esta historia en La casa de los nombres, una nueva interpretación de algunos grandes clásicos griegos como La Orestíada, de Esquilo; Electra, de Sófocles; y Electra, Orestes e Ifigenia en Áulide, de Eurípides. La historia comienza cuando Agamenón, rey de Argos, sacrifica a su hija Ifigenia para que los dioses les honren con vientos favorables para ir a Troya. Años después, cuando el héroe regresa a casa vencedor de la Guerra de Troya junto con su amante, Casandra, es degollado por su mujer Clitemnestra y su también amante, Egisto, como venganza. Pero la sangre derramada no acaba aquí, ya que Clitemnestra será asesinada por su hijo Orestes, a instancias de su otra hija Electra, para vengar el asesinato de su padre.

Me he familiarizado con el olor de la muerte. El olor nauseabundo y dulzón que se coló con el viento en las estancias de este palacio […]. Es mucho lo que se ha esfumado, pero el olor de la muerte permanece. Tal vez haya entrado en mi cuerpo y este lo haya acogido como a un viejo amigo de visita. El olor del miedo y del pánico. El olor está igual que el mismísimo aire; retorna igual que retorna la luz de la mañana. Es mi compañero constante.

Los Átridas son una de las familias más sangrientas y conocidas de la historia de la literatura, que inspiraron otras grandes obras como, por ejemplo, Hamlet. Aunque La casa de los nombres se basa en esta historia y en estos personajes conocidos por todos, se podría decir que se trata de una obra completamente nueva, que Colm Tóibín ha reescrito rellenando los “huecos” con su propia imaginación. Las reversiones de libros antiguos son complicadas ya que partimos de la base de que es prácticamente imposible superar a la original, por eso, suelen ser mejores cuando se meten elementos nuevos que aportan algo a la obra original. Pero sobre todo, y más cuando lo que se reescribe es una obra tan conocida, hay que hacerlo desde la humildad y el respeto, lo que en este caso, Colm Tóibín cumple con creces. Mantiene los personajes, el argumento y la forma, pero le da un aire fresco que la convierte es una obra nueva, aunque con la fuerza y el sentimiento de la antigua.

Lo más complicado era meterse en la piel de Clitemnestra, Orestes y Electra; conseguir explicar sus sentimientos, sus pensamientos y sus motivaciones sin destrozar la visión que todos tenemos de ellos y, he de decir, que el autor irlandés lo consigue. Utilizando la primera persona en el caso de las dos mujeres y la tercera en el caso de Orestes, permanece fiel a sus retratos originales pero dotándolos de una nueva vida rica en detalles. Y es que, estos personajes son complejos, no pueden dividirse en buenos y malos, porque todos son héroes y villanos, todos están cargados de razones para pensar y actuar como lo hacen. Son personajes reales, crudos y oscuros.

Cabe destacar que además de sentimientos tan poderosos como el odio, el amor, la venganza o la culpa, en este libro también tiene un hueco importante la religión, pero no de la manera en la que lo esperamos. Mientras que la superstición y la fe en los dioses es lo que lleva a Agamenón a sacrificar a su propia hija; años después, en el periodo en el que se centra el libro, Clitemnestra, Electra y Orestes han perdido la fe y actúan por sí mismos, por sus propias razones, y no por lo que unos dioses déspotas y sangrientos les requieran.

Entre los dioses no hay nadie que ofrezca ayuda, que supervise mis actos y conozca mis pensamientos. No hay nadie entre ellos a quien pueda recurrir. Vivo sola con la estremecedora certeza solitaria de que el tiempo de los dioses ha pasado. No les rezo.

La casa de los nombres es una reversión profunda, poderosa y poética, con el espíritu de la versión original pero recreada con maestría para que tanto aquellos que aman la versión antigua, como aquellos que no se han atrevido a leerla nunca, puedan disfrutarla. Es una obra que se centra en la familia y su dinámica; en el poder y en las luchas que este conlleva; en la muerte y en el asesinato, y en las motivaciones que llevan a ello y la culpa que le sigue. Pero, sobre todo, el libro que nos trae Colm Tóibín, es una obra de lenta digestión, de esas que se te meten dentro y días después te descubres pensando y reflexionando sobre ellas. Es, en definitiva, un libro que llega destinado a quedarse entre nosotros recorriendo los laberintos de nuestra mente, de igual modo que los fantasmas de los asesinados entre los muros del palacio micénico de los Átridas, vagan cada noche por sus pasillos.

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Popsía, de Francisco Félix Caballero

Popsía

PopsíaEl poeta malagueño vuelve tras su poemario La resurrección de los muertos con esta nueva propuesta poética titulada Popsía. Un nombre que, sin lugar a dudas, no deja indiferente y que me parece muy sugerente y acertado.

Me interesan mucho estos rara avis como Francisco Félix Caballero, si el autor me permite llamarle así. ¿Por qué? Porque el poeta del que hoy hablo no proviene del mundo de las letras, como cabe esperar. Francisco es Licenciado en Matemáticas y Doctor en estadística y actualmente ejerce como docente e investigador. Como veis, no es lo normal. Por eso me gusta esta gente todoterreno, capaz de resolverte una ecuación y de escribirte un poema. La verdad es que admiro mucho a la gente de ciencias, es esa espinita que siempre tendré clavada.

Leemos sobre Popsía en la contraportada que “comienza con una “declaración de intenciones” y termina con una “despedida y cierre” y entre medias, encontramos poemas de corte intimista, postales de diversos lugares e instantes temporales (…)”. Y no le falta razón, pero yo, como poeta y reseñista, quisiera desgranar más este poemario. Sacarle su esencia. Vamos a ver si Francisco Félix Caballero se desnuda y nos muestra sus entrañas.

Dice el poeta que “lo peor de mentir es que sabes cuál es la verdad” y estoy de acuerdo con él. Desde luego, como comienzo, sí que es toda una declaración de intenciones. Pero me quedo con estos versos del mismo poema que, de algún modo, me han hecho reflexionar aún más que las mentiras:

“Lo peor de los años es el día que los cumples,

comprobar que no has hecho lo que una vez prometiste”.

Glup, ¿verdad, amigos? Es una flecha directa a nuestro orgullo. Al menos así lo he sentido yo.

Francisco Félix Caballero juega mucho con los contrarios. Lo que en un poema es ficción de repente se vuelve realidad, lo que es amor se convierte en desamor, el engaño y la mentira son a veces las verdades más puras.

“He olvidado las razones

para no volver a tu dormitorio,

para decirte tal vez que aún te quiero

o para recordar por qué te odio”.

Otra vez ese juego de espejos que reflejan lo que se muestra delante, pero también todo lo que está oculto.

Hay poemas muy sensuales, a esa mujer amada (o mujeres amadas). Poemas elegantes y sutiles:

“(…)

Quítate si quieres el vestido,

guarda que no nos vimos nunca,

que jamás nos conocimos,

que este tiempo no existió.

 

Acércate un poco más,

enciérrame en tu libertad;

quema mis labios con los tuyos,

hazme trizas la razón,

agítame con tu ansiedad

deja que te palpe el corazón”.

Pero también hay poemas más directos. Porque ya se sabe que en esto del amor a veces hay que quitarse la máscara y mostrarse tal y como es uno, haciendo declaraciones desnudas, sin vendas. Palabras que van directas a donde tienen que ir:

“Abandonar nuestra ropa en una esquina,

llamar al timbre de cualquier portal

y recorrer desnudos la ciudad,

amanecer sin otra causa que querernos.

 

Empezar por la planta de tus pies,

ir subiendo y besando cada rincón

de tu cuerpo tumbado en mi habitación,

colgar tu ropa interior de mi ventana.

 

Hacer un ruido extremo y no dejar dormir

a los vecinos, a los cronistas de la villa,

a los borrachos que gritan ahí fuera,

a los intelectuales que predican en un muro”.

 

¿Entendéis lo que os quería decir? Es maravilloso cuando el poeta se quita la máscara y deja salir a flote todos estos sentimientos. Es maravilloso porque entonces suceden poemas como éste, llenos de magia, de lirismo, de una sensualidad que embriaga.

Popsía es el segundo poemario de este poeta y ya va por la segunda edición. Como no hay dos sin tres, estoy convencida de que el poeta tiene mucho que ofrecernos aún, así que hay que estar atentos a sus pasos. A ver qué maravilla es capaz de regalarnos entre tanta investigación y tanto número.

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