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Sangre y pertenencia, de Michael Ignatieff

Sangre y pertenencia

Sangre y pertenenciaSería muy fácil hacer un análisis del título. Podríamos empezar con ese concepto tan apasionado e irracional como es “la sangre”, que es ese sitio donde los nacionalistas lo llevan todo: sus sentimientos, su historia, su cultura, su lengua, su cepillo de dientes y un par de mudas. Luego continuaríamos con el otro concepto, el de la pertenencia, igual  de apasionado e irracional, pero con el valor añadido de su infantilismo. “Esto es mío”. “Tú no eres de aquí”. Podríamos pasar después a analizar la acertadísima portada, pero entonces quizá no nos quedaría sitio para hablar del contenido del libro, que es brillante de principio a fin.

Sangre y pertenencia tiene también un jugoso subtítulo que, no tardamos en descubrir, es marcada y quizá involuntariamente irónico: “Viajes al nuevo nacionalismo”. La palabra clave aquí es, desde luego, “nuevo”. Nadie quiere saber nada del viejo nacionalismo, responsable de algunos de los momentos estelares del siglo XX y, por ello, desde hace tiempo completamente desacreditado. Nada que ver con el nuevo nacionalismo, parece sugerir ese subtítulo. Hasta que Ignatieff, apenas iniciado el libro, tranquiliza a este lector:

Con una ingenua ligereza, asumimos que el mundo dejaba atrás el nacionalismo irrevocablemente, el tribalismo, los límites provincianos de las identidades marcadas por nuestros pasaportes, de camino a una cultura global de mercado que iba a ser nuestro nuevo hogar. Visto ahora, silbábamos en la oscuridad. Lo que estaba reprimido ha vuelto, y su nombre es nacionalismo.

En este libro, que el autor escribió en 1993 a la par que se rodaba la serie documental de la BBC del mismo título, Ignatieff se propuso estudiar seis ejemplos de nacionalismo sobre los que apuntaban, a la sazón, los focos del mundo entero: Serbia y Croacia, tras la desintegración de Yugoslavia; Alemania, tras la reunificación; Ucrania, tras su independencia; Quebec, donde el independentismo llevaba décadas en constante aumento; Kurdistán, un pueblo dividido entre cinco países; e Irlanda del Norte, que ostentaba el triste récord de ser la democracia con más asesinatos politicos de todo el mundo.

Llegado este momento, hay que dejar que las ideas de Ignatieff se abran paso ante la interesada lectura de servidor, que, por si no lo habíais sospechado, tiene cosas más importantes que hacer que ser nacionalista: peinarme, hurgarme la nariz y asar castañas. Quiero decir con ello que sería injusto pensar que el autor se propuso escribir un libro contra el nacionalismo. Michael Ignatieff es un periodista y académico demasiado prestigioso como para dejarse llevar por prejuicios tan injustos como los míos.

Una de las premisas centrales de la obra es la que distingue entre el nacionalismo étnico, el de la sangre y el terruño, y el nacionalismo cívico, al cual se adscribe el mismo Ignatieff, hijo de ruso, canadiense de nacimiento, que ha vivido en varios países y está casado con una húngara. El nacionalismo cívico, según Ignatieff, mantiene que “la nación debe estar formada por todos aquellos que suscriben el credo político de la nación, independientemente de su raza, color, fe, género, lengua o etnia. (…) Se llama cívico porque considera a la nación como una comunidad de ciudadanos iguales, poseedores de derechos” [y es] “necesariamente democrático ya que la soberanía reside en todo el pueblo”. Palabras tan sensatas que todos intentan apropiárselas. Los nacionalistas étnicos más que nadie.

Es un gran acierto, pues, por parte del autor, definirse ideológicamente desde el primer momento y, a la luz de esa autodefinición, analizar seis casos de nacionalismo radicalmente diferentes unos de otros. Tanto es así que el libro sorprende, entre otras cosas, por su variedad. El acercamiento de Ignatieff a cada uno de los seis casos es diferente del anterior. En el caso de Serbia y Croacia, por ejemplo, da especial relevancia a la historia, mientras que en Alemania se centra en una interesante cuestión que nos plantea de esta forma:

Coja una nación y divídala en dos estados independientes. Asegúrese de que estos dos estados encarnen filosofías y formas de organización social opuestas. (…) Coloque un muro entre ambos estados e impida, tanto como sea posible, cualquier comunicación entre ellos. Transcurridos cuarenta y cinco años, retire el muro. Haga saber a la población que el experimento ha concluido y que en adelante son, de nuevo, una única nación.

¿Seguirían siendo una sola nación?

En todos estos viajes asistimos a escenas emocionantes, como cuando en Ucrania el autor viaja al pueblo donde vivió su abuelo y habla con personas que lo conocieron; escuchamos diferentes versiones de la situación de cada país, nos deleitamos con la claridad con que Ignatieff expone sus ideas y, sobre todo, aprendemos a entender (entender simplemente es casi imposible, ¿no?) el mundo actual, desde el Brexit hasta esos viejísimos populismos con nueva envoltura. Una lectura iluminadora y apasionante.

El futuro no es prisionero del pasado. Sólo los nacionalistas creen eso.

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La dama de Zagreb, de Philip Kerr

la dama de zagrebMe encanta Kerr. Debo reconocerlo desde el principio y voy a saltarme la introducción. Hay un motivo que hace que me absorba el enfoque de sus novelas. Adoro la novela negra norteamericana y las historias de Phillip Kerr son un homenaje a los clásicos americanos en un contexto histórico y geográfico completamente diferente. Es como si hubiéramos mantenido la manera de contar las historias pero cambiando el escenario y los actores. De la mano de Bernie Gunther descubriremos un pueblo alemán sumiso y manipulable, una Europa mirando hacia otro lado sin saber muy bien qué hacer y mientras tanto campos de concentración, genocidios, eugenesia, genocidios, antisemitismo, genocidios, y la maldad pura de los nazis. Y más genocidios. Y Jesse Owens cogiendo  la supuesta superioridad aria, dejándola en el suelo y subiendo a lo alto de una escalera para mearse encima de ella desde bien arriba.

Nuestro Gunther acabará formando parte de la SS, pese a no haber pertenecido nunca al partido nazi, al fusionarse la Kripo (Kriminalpolizei) con la Gestapo y el SD. Aún dentro de la organización, no duda en criticar a los nazis allá donde puede aunque saluda con el brazo en alto si es necesario. Sabe normal que la gente desaparezca y muera pero no conoce el miedo ni respeta la autoridad. Un tipo duro y honesto. Juez y verdugo de valores (los suyos propios) que no duda en hacer cumplir sentencia a muerte con su propia arma si lo considera realmente justo.

En La Dama de Zagreb tenemos a un Bernie Gunther volviendo de Smolensk tras un encargo de la Oficina de Crímenes de Guerra. Gunther recibe un encargo del mismísimo ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels. Aunque la misión tiene un carácter de interés general al partido, hay sospechas fundadas de que detrás del encargo se esconden intereses personales del ministro. Este encargo le lleva por la teóricamente pacífica Suiza y por las zonas mas conflictivas de la convulsa Yugoslavia.

Goebbels se ha encaprichado de una de las actrices de moda llamada Dalia Dresner. El ministro quiere que ésta protagonice la próxima película dirigida por la compañía UFA encargada de estos menesteres en el partido nazi y perteneciente ya al Ministerio de Propaganda y, por consiguiente, a Goebbels. Dalia Dresner pondrá como condición para hacer la película localizar a su padre desaparecido desde hace tiempo y así se lo exigirá a Goebbels, dossier que terminará por caer sobre la mesa de Bernie Gunther.

Una de las cosa que más llama la atención en esta entrega de la saga es cómo dibuja Kerr la realidad del país helvético. Nos ofrecerá un retrato muy diferente del estereotipo habitual, dándonos detalles de los movimientos que tuvo que llevar a cabo este país para evitar ser engullido por su agresivo vecino alemán en plena expansión invasora.

La narración de Kerr nos relata una guerra muy sucia que se dio en suelo suizo entre los servicios secretos de los participantes en la Segunda Guerra Mundial. Actos de guerra llevados a cabo por ambos bandos, quienes no dudan en ejecutar las más cruentas acciones con tal de hundir a sus enemigos, pero sin mancillar la bucólica imagen del país de los lagos. Y como actor invitado a estas ensangrentadas luchas, Bernie Gunther nos dará otra lección de cómo moverse en estos escenarios casándose únicamente consigo mismo, sin dejar en especial buen lugar ni a los aliados ni a los partidarios del Eje.

La ambientación de la novela es magistral. El retrato de los campos de concentración de Ustacha es demoledor y hacen que el lector asimile que no solo los nazis cometían atrocidades. Bernie Gunther nos descubre que en época de guerra, la maldad a la que es capaz de llegar el ser humano no entiende de nacionalidades ni de razas.

Phillip Kerr ya ha demostrado su valía a la hora de poner axiomas en la voz de Bernie Gunther para deleite de los seguidores de la saga. Un maestro de la lógica que nos regala thriller con mimbres de novela negra, novela histórica y tramas de espionaje en el que nuestro Marlowe alemán se desenvuelve como siempre, a la perfección.

“A todo el mundo le interesa el periodo nazi, y quien diga lo contrario, miente. Los alemanes están perplejos con mis novelas y muchos prefieren dibujar una línea divisoria por encima de la II Guerra Mundial. Pero a los berlineses, que nunca fueron nazis, les gustan mis libros y eso me enorgullece”

Esto aseguraba Phillip Kerr en una entrevista. Desde luego, no sé a los berlineses pero a mí, me encantan sus libros. Y tú lector, si has llegado hasta aquí, a tí también te gustará La Dama de Zagreb.

 

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Pesadilla en rosa, de John D. MacDonald

Pesadilla en rosa

Pesadilla en rosaNuevas aventuras de nuestro querido Travis McGee; nuevos amores, nuevas reflexiones y nueva ciudad. MacDonald se lleva a Trav a Nueva York.

Deslocalizar a un personaje siempre me ha parecido arriesgado, sacarlo de su terreno, de su rutina. Pero si sale bien el efecto suele ser bastante refrescante. En este caso, sacar a Trav de Florida y de su Busted Flush le ha dado al personaje otro punto de vista; más cosmopolita, si cabe, mucho más casanova, si cabe, mucho más profundo, si cabe. En definitiva, creo que sacarlo de su terreno le ha agudizado los instintos, lo ha hecho crecer y le ha dado profundidad. Toda la profundidad que puede tener un subproducto del Pulp con algunas ínfulas mayores. En el buen sentido.

Mike Gibson, un antiguo compañero del ejército, al que Trav le debe una, quiere ayudar a su hermana pequeña. Ciego, impedido y recluido en un hospital para veteranos, Gibson no puede ofrecerle a su hermana la ayuda que esta necesita. Nina, la hermana de Mike, acaba de perder a su prometido en un atraco que se fue de madre con dramáticas consecuencias. Incapaz de asumir el golpe, Nina vive sumida en la tristeza. Y ahí entra el bueno de Trav.

Con Trav en la Gran Manzana empieza esta nueva aventura, que más que negra, tira más a financiera casi, todo un tratado sobre finanzas el que nos da el bueno de MacDonald. Trav irá descubriendo poco a poco que el difunto prometido de Nina, Howard Plummer, trabajaba para un bufete financiero liderado por millonario Charles McKewn Armister, y que todo no es tan pulcramente maravilloso como los diarios y las revistas de sociedad parecen hacernos creer. Trav ira tirando del hilo e ira descubriendo que en la muerte accidental de Plummer puede haber un motivo oculto. Igual de oculto que los 10.000 dólares que Nina encuentra en su casa escondidos por  el difunto Plummmer.

Esta segunda novela de la serie de Travis McGee sigue en la línea de Adiós en azul, con un Trav tremendamente seductor, vividor, súper masculino y el remedio para todas las damas en apuros. Al mismo tiempo MacDonald pone en evidencia una sociedad que falla y saca a relucir los trapos sucios de América, como ya hizo en la anterior novela, cosa que, como ya comenté, me parece muy valiente y estimulante, teniendo en cuenta que la novela está escrita en 1964. Este binomio de Pulp y denuncia implícita funciona (de ahí las ínfulas mayores) y es tremendamente interesante.

En esta novela tenemos a un Trav mucho más reflexivo con su entorno y sobre todo muy melancólico, preocupado. Me casaría mejor una actitud así con la serie más avanzada, como pasa con Rebus, de Ian Ranking, que cuanto más avanza la serie más reflexivo y melancólico es el personaje, más carga sobre sus hombros. Pero colgarle a Trav una mochila así ya en la segunda novela, me ha chocado un poco. No repercute en la trama, que sigue teniendo un buen ritmo, como la anterior, pero es un detalle que me ha llamado la atención.

Para los amantes de la novela negra, las reediciones de las novelas de MacDonald son una muy buena noticia y ponen en perspectiva la literatura de entretenimiento de aquellos años, demostrando que no todo era entretenimiento banal y que muchas obras y muchos autores de la época dorada del Pulp y de lo que vino después, siguen en plena vigencia.

 

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DAN-SHA-RI: ordena tu vida, de Hideko Yamashita

DAN-SHA-RI: ordena tu vida

DAN-SHA-RI: ordena tu vida¿Que qué hago leyendo esta clase de libros? Tranquilos, todo tiene una explicación. No me gustan los libros de autoayuda, partamos de esa base. Y aunque se empeñen en decir que DAN-SHA-RI: ordena tu vida no es un libro de autoayuda sí lo es. No sé qué les costaba admitirlo, no tiene nada de malo. Es que, a ver, un libro que reza “Quédate solo con lo necesario… ¡y encuentra la felicidad!” no puede entrar en otro género. Pero bueno, han querido venderlo como un libro anti-autoayuda, un libro diferente que nos abrirá los ojos de otra forma. Pues vale. Yo lo seguiré denominando de autoayuda, soy así de cabezota.

Y diréis que si no me gustan esta clase de libros, qué hago yo reseñándolos, ¿verdad? Pues es que soy una cotilla y tenía curiosidad por saber qué podría aprender de un libro que ha vendido más de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo. La segunda razón por la que leí este libro es porque trataba de hacer un experimento social conmigo misma. No me da vergüenza decirlo: soy muy desordenada. Una vez leí que la gente desordenada es así desde niño y que básicamente todo está en nuestro cerebro y es algo difícil de cambiar. La verdad es que no sé qué base científica puede tener esa afirmación, pero al menos sirve de consuelo. ¡Eh, yo no soy la desordenada, es mi cerebro que funciona así!

Más que desordenada yo sufro lo que podríamos denominar como “expansión del aura”. ¿A que suena genial? Dentro de poco escribo yo un libro de autoayuda. Allá donde voy, mi aura se expande. Si estoy en un bar dejo mi bolso, la pitillera, el teléfono, la agenda y todo esparcido a mí alrededor. Así me expando. Lo mismo me ocurre en casa, en el trabajo y en sitios ajenos. No lo puedo evitar, me gusta expandirme inconscientemente. La gente que me conoce lo sabe. Sabe que soy desordenada y, a veces, me dejan ser. Otras, como cuando era pequeña, trataban de corregirme. Supongo que algo habré mejorado durante todo este tiempo, pero sigo siendo desordenada, me temo. El único orden que hay en mi vida son los libros y el papeleo. También la escritura me sirve para ordenar mi caótica cabeza.

En fin, viendo el panorama, ahora entenderéis por qué he querido experimentar con este libro. Antes de deciros si ha tenido algún éxito en mi persona os hablaré de él y de su autora.

La japonesa Hideka Yamashita tuvo una revelación al visitar un templo y de esa revelación  surgió el DAN-SHA-RI. Os explico qué es: DAN significa cerrar el paso a cosas innecesarias que tratan de entra en nuestra vida, SHA supone tirar los trastos que inundan nuestras casas. El resultado de estos dos actos es el RI, un “yo” despegado de las cosas que vive en un espacio sin restricciones, en un ambiente relajado. Desde aquella revelación, esta autora se dedica a impartir seminarios y charlas sobre este novedoso método con bastante éxito, la verdad.

Básicamente, y resumiendo un poco, lo que se pretende con este método es cambiar nuestra relación con las cosas y dejar de dotar a los objetos de tanta importancia. Ordenar y clasificar consiste en deshacerse de los objetos que no necesitamos. Para ello, debemos preguntarnos qué relación tiene ese objeto con nosotros en este presente. ¿Realmente lo necesitamos? Si la respuesta es negativa, es hora de deshacerse de él. No hay por qué tirarlo, puede reciclarse o regalárse a alguien que pueda darle un uso adecuado en este momento. De esta forma aprendemos a valorarnos a nosotros mismos, seleccionando los objetos que realmente necesitamos, objetos de una calidad digna para nosotros. Esto es principalmente lo que viene a decir el método. Se supone que el DAN-SHA-RI nos ayuda también a cambiar otros aspectos de nuestra vida, como se cuenta en los ejemplos que aparecen en el libro.

DAN-SHA-RI: ordena tu vida no ha funcionado conmigo. No me han entrado ningunas ganas locas de ordenar mi casa, ni mi vida. Quizás necesite tener mi propia revelación en un templo o, mejor, en un bar. O quizás funcionen mejor conmigo aquellas frases de madres que todos hemos oído alguna vez: ·¡Como no ordenes tu habitación no sales de casa!” O mejor aún, aquella zapatilla voladora que amenazaba con ponernos el culo colorado desde el final del pasillo. Ese sí que era un buen método.

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Ella en la otra orilla, de Mitsuyo Kakuta

ella en la otra orilla

ella en la otra orilla Tenía ganas de leer alguna novela japonesa contemporánea para ver como es la vida de la gente común, sus problemas, sus alegrías, sus sueños e ilusiones; y creo que Mitsuyo Kakuta me ha ofrecido mucho más de lo que yo pensaba que podría encontrar en una sola obra literaria.

Y es que la autora de Ella en la otra orilla me ha parecido una gran transmisora del mundo en el que se mueve, no es de extrañar que sea una de las escritoras más vendidas en Japón, pues de la misma forma que yo he creído lo que cuenta, será interesante para un japonés verse reflejado en las novelas de esta escritora.

Y es que no deja de ser importante tener referentes de este tipo, autores que nos muestran la realidad que estamos viviendo pero desmaquillada, desenvuelta ya de ese papel que la hacía parecer un regalo. Aquí lo que queda es la vida en bruto.

Ella en la otra orilla nos presenta el día a día de Sayoko, una mujer que decidió dejar su trabajo al casarse para dedicarse a su casa y a su familia. En la actualidad tiene un hijo de tres años, Akari. Es posible que en el reflejo de su hijo, de su forma de actuar y sus dificultades de comunicarse con el resto de niños, le haga reflexionar y decidir empezar a tomar decisiones; y no serán fáciles, porque la vida está llena de obstáculos que son más difíciles de afrontar cuanto mayor es nuestro grado de inseguridad.

Sayoko decide retornar a la vida laboral, y la autora nos muestra las inmensas dificultades con las que se habrá de enfrentar, que no son, por otra parte, distintas a las que nos tenemos que enfrentar en el mundo occidental, o por lo menos en este en el que yo me muevo. Las mismas desesperanzas de Sayoco han sido las mías y las de mis amigas mientras nuestros hijos han sido pequeños.  Cambian los mundos y cambian las culturas, pero los problemas de la mujer en general son los mismos en todas las partes.

Aparece en escena Aoi,  su jefa, otro tipo de mujer, una mujer segura de sí misma a la que vernos crecer y evolucionar desde su adolescencia, y de la que tendremos referencias incluso de su infancia. Renace de unan tremenda situación de Bulling que debió afrontar, ya saben ese acoso escolar cada día más habitual o al menos más visible y del que es tan complicado salir;  una historia  contada en dos planos temporales y en la que seremos testigos excepcionales de toda la evolución.

Así pues la novela salta de pasado a presente y del presente al pasado, podemos ver las consecuencias claras de lo que la infancia hace con cada uno de nosotros; por qué es tan importante la educación, no sólo la escolar o la social, sino la familiar, donde tiene que estar el germen de la fuerza para afrontar la vida.

Al pensar en la importancia de la familia no me queda más remedio que recordar el famosísimo arranque de Anna Karenina aquello de que “todas la familias felices se parecen pero las infelices lo son cada una a su manera”.  Una familia feliz y sólida debe ser sin duda el fundamento de la sociedad.  Muchas veces pienso que en la vida estrictamente familiar es donde nos mostramos como realmente somos,  ya saben, de puertas para dentro… Pero esto ya es divagar sobre una de las tantas cosas a las que nos puede llevar esta lectura.

 Me alegra haber leído Ella en la otra orilla, un libro sencillo pero cargado de profundidad, donde queda reflejada la dureza de ser distinto en un mundo tan homogéneo, es triste no poder ser uno mismo, siempre tener que darle a los otros esa parte uniforme de nosotros, cuando seguramente esa otra que queda en el interior es la más relevante, y la que mayor felicidad nos daría de ser libres para mostrarla.

 

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Los excesos del género, de Geneviève Fraisse

Los excesos del género

Los excesos del géneroHoy os hablo de un libro de ensayo no demasiado largo, pero de gran alcance en nuestra historia de la filosofía y de la teoría feminista. Se trata de Los excesos del género, concepto, imagen y desnudez, escrito por la francesa Geneviève Fraisse. Esta autora es una historiadora y filósofa pionera en el campo de los estudios de género. Ha sido también delegada interministerial por los derechos de las mujeres y diputada al Parlamento Europeo como miembro independiente de la izquierda unitaria europea. Una mujer que ha dedicado toda su vida a los estudios filosóficos en el ámbito del género y del feminismo y que ha escrito más de una decena de libros y ensayos. Una mujer realmente interesante.

Los excesos del género ha sido publicado por la editorial Cátedra dentro de su colección de libros de filosofía y de teoría feminista. El título de este ensayo nos desvela, en cierto modo, sobre qué trata el libro. La introducción, escrita por Isabel Morant, es ciertamente esclarecedora. En ella, Isabel nos introduce el concepto que Geneviève Fraisse nos expone en su libro, así como las principales ideas relacionadas con su teoría.

¿De qué trata este libro?, ¿Qué intenta explicar la autora en él? Este ensayo trata, principalmente, sobre la polémica que suscitan las palabras sexo y género, además de una crítica a los estereotipos y a la desnudez en la política. Geneviéve defiende la sexuación del mundo en el ejercicio del pensamiento. Es decir, la autora cree que una nueva mirada sobre el mundo puede permitir el reconocimiento, y la representación, de que los sexos hacen la historia, y que la historia es sexuada. Debemos aceptar, pues, que el género no anula el sexo, aunque esta última palabra adquiera en el lenguaje y en la vida académica una descalificación y una reducción a lo sexual. Sin embargo, la palabra sexo es excesiva en amplios conceptos y por ello la autora cree que persistirá en el lenguaje. De ahí la importancia en utilizar la palabra sexo en el léxico de la investigación, pues sexo es mucho más que la sexualidad.

Es curioso que el creador de la palabra feminismo fuera un médico que en el siglo XIX la utilizó para calificar a un joven cuyo desarrollo, femenino, se había detenido. El lenguaje político, en cambio, pasó a utilizar el término para designar a la mujer que lucha por sus derechos de virago. Cien años más tarde, será el leguaje médico el que formalice el término género para referirse a los seres que no encajan en la clasificación mujer y hombre: los intersexuales y transexuales.

Se estudia también en el siguiente ensayo la imagen del cuerpo desnudo como lenguaje de la emancipación y es que el cuerpo puede ser portador de un lenguaje político. Por ejemplo, el grupo de activistas feministas Femen usa sus cuerpos desnudos, escribiendo sobre ellos mensajes sexuales, políticos e incluso guerreros. El cuerpo es aquí un lenguaje y ya que puede usarse para el lenguaje político, la autora opina que debe ser considerado con más detenimiento. Mujer-desvelamiento-verdad, una ecuación que establece un vínculo entre la verdad asociada a la desnudez de un cuerpo femenino y la verdad social y política oculta.

El feminismo es en sí mismo excesivo por dos motivos: habla de las sexualidades  y combate las desigualdades. Dos grandes tabúes a los que este movimiento se enfrenta.

Los excesos del género es un libro para aprender, para conocer nuestra historia y comportamiento, para esclarecer el debate entre las palabras sexo y género. Iba a decir una tontería. Pensaba escribir que quizá no sea un libro para todos los públicos, por aquello de que se trata de un ensayo filosófico bastante específico. Pero realmente es una gilipollez. Si hay alguien que no sea capaz de leer este libro, es porque realmente no está interesado en este tema. Y eso es una pena. Así que, ya sea ensayo, filosofía o debate, tanto el tema que trata el libro como las reflexiones de la autora son totalmente recomendables.

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Lost in Translation, de Ella Frances Sanders

Lost in translation

Lost in translationTengo varias editoriales fetiche (no diré cuáles, pero si leéis mis reseñas encontraréis una pista). Lo que sí voy  a deciros es que la editorial Libros del Zorro Rojo está entrando en esa lista a pasos agigantados. ¿Por qué? Porque saca libros ilustrados (one point), porque rescata clásicos (two points) y porque publica libros originales y bonitos (three points!). Así que: ¡enhorabuena, Libros del Zorro Rojo!, ¡Moláis!

El libro del que hoy os hablo, Lost in translation, me toca la patata y me trae recuerdos de cuando una era universitaria y asistía a más cafeterías que clases en Granada. A pesar de que la carrera me la saqué en todas esas cafeterías, (¿verdad, querida Carmen?) y que disfruté de más becas Erasmus que un estudiante al uso, al final acabé siendo Licenciada en Traducción e Interpretación. ¿Vosotros os acordáis de los motivos por los que elegisteis vuestra carrera o profesión? A mí siempre se me han dado bien los idiomas. En el instituto hacía una labor social muy grande y altruista dejando que algunos compañeros copiaran mis exámenes de inglés para poder aprobar. Total, a mí no me costaba nada. Aunque ahora que lo pienso debería haber copiado yo sus exámenes de matemáticas, porque eso sí que se me daba mal. El caso es que durante mis años de instituto estudié inglés y francés, y como me interesaban mucho las palabras, los idiomas y las culturas decidí estudiar Traducción e Interpretación. Durante la carrera he estudiado varias lenguas: portugués, catalán, inglés, gallego, francés y hasta tres clases de chino (no era lo mío). Parece que esto sea Linkedin y que esté ofreciendo yo mis servicios (oye, que si alguien quiere contratarme como traductora, aquí estoy), pero en realidad todo este tostón que os he contado es para justificar porque me emocioné cuando supe que la editorial Libros del Zorro Rojo publicaba un libro titulado así.

Lost in translation (no tiene nada que ver con la genial película de Sofía Coppola), es un librito escrito e ilustrado por Ella Frances Sanders. Ya en la portada podemos leer lo que nos vamos a encontrar entre sus páginas: un compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo. Comprenderéis ahora que, como traductora, me parece un libro realmente curioso. Siempre me han gustado esas palabras que no tienen traducción, que sólo existen en determinado idioma y que nos cuesta, de algún modo, explicarlas en otras lenguas. Como se dice en la introducción del libro, es fascinante que en un mundo tan conectado e intercomunicado, todavía existan palabras de este tipo. Palabras que hacen que nos perdamos en la traducción tratando de explicarlas. Es realmente curioso, ¿verdad?

Lo bueno de estas palabras intraducibles es que consiguen poner nombre a sentimientos que ni siquiera podemos explicar en nuestra propia lengua. Estoy segura de que cuando las leáis os sentiréis identificados con lo que quieren expresar y alguna vez habéis sentido la necesidad de que esa palabra existiese. Están ahí, esas palabras existen, aunque puede que en idiomas tan desconocidos para nosotros como el finés, el urdu o el yidis.

Voy a deciros mis favoritas. Cuando leáis el libro, seguro que encontráis las vuestras propias.

En Neerlandés existe el adjetivo Gezellig, que sirve para definir algo que es mucho más que íntimo o acogedor, una sensación de calidez muy placentera que connota el tiempo compartido con los seres queridos. Preciosa, ¿eh?

Kilig, es un sustantivo que se usa en Tagalo para definir algo que todos conocemos: esa sensación de tener mariposas revoloteando en nuestro estómago.

En griego, el adjetivo Meraki, significa entregarte con todo tu corazón a algo, como cocinar, y hacerlo desde el alma, con creatividad y pasión.

La palabra Boketto significa en japonés perder la mirada en la lejanía sin pensar en nada en particular. La traducción más parecida es empanarase. Y a la menda le pasa mucho.

El verbo sueco Fika también me encanta: reunirse en torno a un café y algo dulce para darse un respiro de la rutina y charlar durante horas.

Lost in traslation es un libro que recomiendo sobre todo a los curiosos, a los amantes de las palabras y sus significados. Os gustará.

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Dororo, de Osamu Tezuka

dororo

dororoAlgunas historias son épicas por naturaleza. Son tan grandes y narran hechos tan asombrosos que permanecen en el imaginario colectivo durante generaciones. Son como una sonata bien ejecutada, de sonidos dulces y amargos, crueles y tiernos, que arroba a los oyentes. Esas historias luego se tararean. De boca a oído, sucesivamente, hasta convertirse en leyendas. La mayoría cuentan gestas; y tragedias. Aventuras, traición y amor se conjuran en ocasiones para servirnos un relato apasionante. La muerte también revolotea, recolectando su parte de protagonismo. Esas leyendas presentan un denominador común: un personaje que va desarrollándose a la par que recorre su larga senda de vicisitudes. Un protagonista que deberá llevar a cabo unas misiones muy concretas que le completarán como persona. Ese perfeccionamiento del ser, del alma, es siempre en un sentido metafórico. Pero hay ocasiones en que la metáfora y lo literal convergen hasta diluirse. Este es el caso del manga Dororo. Un relato repleto de heroicidades, amores imposibles, extrañas amistades de inquebrantable lealtad y monstruos. ¡Oh sí! Olvidé decirlo, pero las mejores leyendas tienen un buen puñado de ellos. Pero, dejadme que os explique, brevemente, de que trata Dororo.

Dororo es un jovenzuelo con amor por lo ajeno. Si lo que llevas en tus bolsillos tiene valor o es brillante, olvídate del objeto en cuestión. Él, que da título al manga, es en realidad el inseparable compañero del héroe. Así pues, esta es realmente la historia de Hyakkimaru, un samurái sin amo, un ronin que vaga por el mundo en busca de 48 demonios. Aquellos que le robaron trozos de su cuerpo. Todo empezó con un macabro trato. Pedazos de un bebé, el cual ni siquiera aún había nacido, a cambio de un poder inconmensurable. Su propio padre, Daigo Kagemitsu, fue una de las partes implicadas en el trato. Y cuando Hyakkimaru nació, él mismo fue el encargado de abandonarlo dentro de una cestita con destino río abajo. Ahora, convertido en una especie de ciborg, Hyakkimaru solo tiene un propósito en su vida: encontrar todos esos monstruos y volver a ser un humano completo.

Tras esta epopeya se encuentra un dios: Osamu Tezuka. No, no he enloquecido. Y no lo digo yo. Osamu Tezuka “dios del manga”. Este sobrenombre se lo ganó al revolucionar la anquilosada, cuadriculada y obtusa forma de narrar que el cómic japonés tenía allá por la época de la post guerra. Dororo es un manga perfecto, un ejemplo único y vigoroso, para descubrir esa nueva y ágil forma de narrar que Tezuka concibió. Viñetas con diferentes formas y tamaños. Personajes que se salen de éstas. Splash pages a porrillo. Brillantes transiciones, de gran belleza visual, que nos muestran el pasado de los personajes. Que sí, que ahora hasta el cómic más mediocre ya tiene de todo eso y más. Pero hay que tener en cuenta que Dororo data de finales de los 60. Fue toda una revolución cuando Tezuka tomó los pinceles y, dibujando con total libertad, empezó a romper los moldes de lo establecido.

Aun así hay que decir que el dibujo de Tezuka es engañoso. Cualquiera que haya leído Astroboy, o llegó a ver la tan famosa serie de animación La princesa caballero, recordará aquellas caritas redondeadas que mostraban ojazos similares a los de un cachorro de gatito. ¡Coño, si hasta Hitler parecía buena persona en su obra Adolf! Asimismo, los cuerpos tampoco gozaban de demasiados ángulos y las curvas se llevaban la palma en la fisonomía del cuerpo humano, animal o ser de procedencia infernal. No, no tenían esos rostros angulosos, esos músculos tonificados o esas figuras esbeltas a los que ahora el manga nos tiene más acostumbrados. Así pues, y como he dicho, esto puede llevar al engaño de que vamos a encontrarnos en Dororo una historia infantil. Craso error. Pues un Hyakkimaru de rostro redondito y de músculos esféricos desenvaina su katana cada dos por tres para arrebatar vidas a diestro y siniestro. Un giro de muñeca por aquí, y una cabeza menos. Una estocada, y otra vida que se esfuma. Dororo, aunque risueño, no escatima en argucias para robar lo que sea. Y los villanos, que no escasean, son también de postín: seres sin alma capaces de matar niños, yokais (extraídos la mayoría de la tan rica mitología nipona) que despedazan seres humanos y señores de la guerra que son capaces de esclavizar a su propio pueblo con tal de ganar una batalla. La sangre fluye en las viñetas cuando la violencia se sucede.

Pero Dororo no es una historia plana, no es únicamente un relato sobre violencia. Y es que por ella transitan personajes que deben cargar con el peso de grandes secretos, historias de terror (como la del pequeño Hyakkimaru) que pondrían los pelos de punta a Junji Ito o, como dice el propio Dororo, a Shigeru Mizuki o incluso tramas dignas de las mejores tragedias griegas. En Dororo encontraremos todas esas miserias que el alma humana es capaz de engendrar al igual que todos esos sentimientos benignos que también la forman. Como el amor o la amistad. La redención y el perdón. Arrepentimiento. Compasión. Todo ello a lo largo de más de 800 páginas en las que Osamu Tezuka nos lanza a una aventura realmente memorable en la que además tiene guardada alguna que otra sorpresa. Como algún que otro cameo (incluido el suyo propio) o Dororo hablándole al lector. Sí, Dororo es una leyenda épica, plasmada en papel y transformada en un excelente y divertido manga, que merece ser leída cientos de veces y recomendada otras tantas.

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El niño que amaba a la luna, de Rino Alaimo

El niño que amaba a la luna

El niño que amaba a la lunaHoy vengo a hablaros de una dulce historia, la de El niño que amaba a la luna. Este álbum ilustrado, escrito y dibujado por Rino Alaimo, cuenta cómo un niño se enamora de la luna y supera toda clase de obstáculos y rechazos hasta que logra conquistarla. Se trata de la adaptación de un cortometraje del mismo autor, que la editorial Picarona nos ofrece en esta preciosa edición en cartoné.

En las ilustraciones predominan los tonos cobre y amarillo, como si fueran las sombras de la noche y la luz de la luna, la de un faro, la de la perla más exquisita del mundo, la del ojo de diamante de un temible dragón, las propias ilusiones del niño, que nunca se apagan. Son dibujos de trazo muy sencillo, pero destilan gran expresividad y ternura. La portada, donde el protagonismo lo tiene el título en vez del dibujo, algo poco habitual en los cuentos dirigidos a los más pequeños, no sé si captará la atención de los niños en una estantería junto a otros libros infantiles con los típicos colores vivos, pero a mí me parece una maravilla y creo que derrocha ese halo de sueño y fantasía que tiene todo el cuento.

Como la mayoría de las historias infantiles, su lectura se termina con una sonrisa. Hemos vivido con ese niño todas sus aventuras y derrotas y quedamos satisfechos cuando por fin la luna le hace caso. Por lo tanto, podría verse como una historia de amor, donde los obsequios materiales fracasan frente a los regalos hechos desde el corazón, pero esa no es la única lectura. Personalmente, yo la veo más como la historia de un sueño cumplido: porque ese niño, aunque aspira a algo tan inalcanzable como conseguir la luna, nunca se rinde ni hace caso a los que le dicen que si nadie antes que él lo ha conseguido, él tampoco lo hará. Por eso, por su perseverancia y valor para enfrentarse a cualquier adversidad, solo él logra lo que otros creyeron imposible. También transmite la idea de que lo difícil no es alcanzar la luna, sino mantenerla a su lado, metáfora de una realidad de la que los adultos muchas veces no somos conscientes y que provoca que muchos sueños acaben siendo, a la larga, enormes decepciones.

En definitiva, El niño que amaba a la luna es una historia que no solo hace soñar a pequeños y a grandes, sino que los alienta a creer en ellos mismos y a luchar. ¿Qué os atreveríais a hacer para conseguir el amor verdadero? ¿Qué os atreveríais a hacer para cumplir vuestros objetivos? ¿Cuántos obstáculos seríais capaces de sortear y cuántos fracasos y decepciones superaríais sin cejar en vuestro empeño? Porque alcanzar la luna es costoso, sí, pero cuando se logra, es extraordinario; este niño lo sabe bien.

Rino Alaimo nos lo cuenta en este álbum ilustrado, para que, mientras luchamos por alcanzar nuestras ilusiones, tengamos dulces sueños gracias a esta fantástica historia de amor entre un niño y la lejana luna.

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La temporada de los accidentes, de Moïra Fowley-Doyle

la temporada de los accidentes

la temporada de los accidentesHay libros que tienen magia. No hablo solo de aquellos en los que realidad y fantasía se entrecruzan hasta no saber distinguir dónde acaba una y empieza la otra, sino de esas historias con una atmósfera tan conseguida que logran envolvernos y dotar de credibilidad incluso lo que escapa a toda lógica. La temporada de los accidentes, de Moïra Fowley-Doyle, es uno de esos libros mágicos, en ambos sentidos.

Ha llegado octubre y, con él, la temporada de los accidentes. Cara y su familia saben que en esa época del año todos se vuelven inexplicablemente propensos a los accidentes: golpes, roturas, muertes… Ni las capas de ropa de más ni todas las precauciones posibles les libran de ellos y durante ese mes viven con el miedo de que los accidentes desemboquen en tragedia. Bea, la amiga bruja de Cara, ve en sus cartas que este octubre será terrible, y no sabe hasta qué punto tiene razón, ya que esta vez las heridas serán por dentro y por fuera. Y por si esto no fuera suficiente preocupación, Cara se da cuenta de que Elsie aparece en todas sus fotos: un tobillo, un rizo, su sombra… De una forma u otra, Elsie siempre está en ellas. ¿Cómo no se había percatado antes? ¿Y por qué hace días que Elsie no va a clase y nadie parece acordarse de su existencia?

Moïra Fowley-Doyle se sirve de esta premisa aparentemente paranormal y de otros elementos fantásticos para hablarnos de una realidad en la que todos nos veremos fácilmente reflejados: los secretos. Esos secretos que ni siquiera nosotros conocemos porque nuestros cerebros traicioneros —o, quizá, compasivos— los niegan y nos los esconden. «Tengo miedo de mis secretos. (…) Tengo miedo de los secretos de todo el mundo», escribe Cara en la cabina de los secretos de su instituto —donde todos los alumnos escriben de forma anónima aquellos pensamientos que no se atreven a confesar a nadie—, y esa sensación es la que impregna cada página: la certeza de que lo que se esconde en su interior y en el de cada persona de su entorno es realmente lo que más daño puede causarle.

La novela está narrada en primera persona por Cara y está plagada de situaciones ambiguas, que no siempre tendrán una explicación racional. Fowley-Doyle, en esta, su novela debut, se maneja bien en esa difusa línea entre realidad y fantasía, logrando un atmósfera inquietante a la vez que convincente. Sus personajes y sus inquietudes, unas típicamente adolescentes y otras no tanto, son creíbles. Me ha sido fácil adentrarme en el mundo de Cara y sus amigos y empatizar con ellos, con sus cadáveres exquisitos y su fiesta de Halloween, donde todos deben ir disfrazados como realmente se sienten: con sus demonios expuestos.

La temporada de los accidentes está protagonizada por adolescentes y el instituto es uno de sus principales escenarios, por lo que podría catalogarse como una novela juvenil, pero creo que tiene suficientes elementos para gustar a lectores de cualquier edad. Al menos, yo he conectado con la forma de narrar de Moïra Fowley-Doyle, con su manera de recurrir a la magia para plasmar las inseguridades, miedos y traumas de sus personajes. Será que yo también soy de las que cree que la magia está presente en nuestras vidas: son todas esas situaciones que no sabemos o no queremos explicar. Porque a veces es más fácil creer en la magia y huir de los fantasmas que hacerles frente y convertirlos en realidad.

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La mierda arde, de Petr Sabach

La mierda arde

La mierda arde… y además muy bien. De hecho, en muchos lugares del mundo se utilizan las cagarrutas de vaca en lugar de leña como combustible para cocinar. Desconozco cómo estará el cabrito asado al horno de caca, pero, como podéis imaginar, no van por ahí los tiros con este libro.

Petr Sabach es checo, con todo lo que eso quiere decir. Y quiere decir, en primer lugar, literatura a la eterna e inimitable sombra de Hasek y Hrabal, y en segundo lugar, obra muy poco conocida allende sus fronteras. Y es una lástima, porque libros como éste no se leen todos los días… a no ser que seas como yo y te lazampes dos veces en sendos días.

La mierda arde, como su propio título podría sugerir, es un libro desconcertante. En la primera de las tres historias de las que consta, “La apuesta”, que, hablando en términos musicales, podría ser un divertimento, se nos narra la absurda y divertidísima charla de bar y el increíble duelo posterior entre dos vejetes cascarrabias, de esos que salvan el mundo con cada lingotazo de anís. Sabach se revela aquí como un gran observador y, aunque el inesperado final del cuento nos puede dejar con un ¿eh? en la boca, anticipa una característica fundamental del segundo y extraordinario relato: la creación de un mundo cotidiano, costumbrista y casi anodino donde, sin embargo, en cualquier momento puede surgir, y de hecho surge, el absurdo más delirante.

La segunda historia, “Bellevue”, tanto en su estructura como su desenlace, nos recuerda mucho más a lo que podríamos considerar un relato convencional, salvo que nada en este autor es convencional. Sabach, que escribe con un estilo aparentemente deslavazado en el que el hilo argumental parece cortarse bruscamente con cada nuevo párrafo, nos brinda sin embargo un extraordinario relato, corto, preciso, original, de gran imaginación, divertido y sugerente, en el que, a diferencia de la primera historia, el desenlace es rotundo y contundente. Y seguimos en ascenso, porque ahora viene la tercera.

“Agua con zumo” es, con mucho, el relato más extenso, y en él disfrutamos de una historia de características parecidas a “Bellevue”, a saber, tono costumbrista y de pitorreo, gran número de personajes, multitud de pequeños hilos argumentales y saltos bruscos de uno a otro. Pero esta última historia es mucho más compleja y ambiciosa.

En “Agua con zumo”, el autor nos ofrece, en primer lugar, un  corrosivo relato de la vida cotidiana tras el telón de acero. Sin embargo, lejos de limitarse a Checoslovaquia, Sabach se burla aquí de todo el mundo soviético. Así, le bastan un par de escenas para ridiculizar, por decirlo de manera suave, los grandes progresos de la técnica y el diseño en la RDA y, sobre todo, el inexplicable orgullo que esos presuntos progresos inspiraban a la generación de sus padres.

La represión política es también vista desde un punto de vista no ya divertido, sino hilarante, como en esa brillante escena en que la profesora invita a la escuela a un agente de la policía secreta para que hable a los niños de su trabajo. Lo cierto es que el absurdo alcanza en determinados momentos tales cotas que uno supone que todo lo que cuenta el autor tiene que ser cierto, pues nadie puede inventar semejantes barbaridades. De hecho, en un momento dado el narrador nos jura que cierto sádico juego inventado para entretener a los jóvenes pioneros no es fruto de su perversa imaginación.

Pero este genial relato es también una especie de estudio de las relaciones entre hombres y mujeres. Comienza con una niña descubriendo el poder que su ombligo es capaz de ejercer sobre el sexo opuesto, y concluye con otra disparatada escena en la que la esposa del narrador, que se entromete constantemente en el proceso de escritura, lleva a sus últimas consecuencias la estúpida satisfacción del narrador por haberse conocido.

Servidor, por su parte, a quien está encantado de haber conocido es a este idolatrable iconoclasta llamado Petr Sabach.

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Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie

Todos deberíamos ser feministas

Todos deberíamos ser feministasA finales de 2015, el editor sueco de Chimamanda Ngozi Adichie, junto con varias asociaciones como el Sweden’s Women Lobby, decidió distribuir copias gratuitas de Todos deberíamos ser feministas a los adolescentes del país. La iniciativa saltó a las páginas del diario The Guardian y en cuestión de horas el libro estaba siendo comentado en medio mundo. El hecho suscitó, cómo no, muchas adhesiones y algunas críticas, pero en todo caso consiguió una difusión de esta obra como no hubiera podido conseguir la mejor campaña de promoción.
El texto en sí, para ser estrictos, no es un libro, o no se gestó como tal. Se trata de la adaptación de una charla TED que, con el mismo título, había hecho Chimamanda anteriormente. Está en YouTube, es perfectamente accesible de manera gratuita y no ocupa espacio ni coge polvo en casa. En ese sentido me ha parecido bastante acertada la manera de llevar a cabo la edición, al menos la española (desconozco el resto): un librito muy pequeño, un precio reducido (menos de cinco euros), un tratamiento del texto bastante limpio, sin grandes prólogos, epílogos, justificaciones ni análisis para engordar el volumen injustificadamente.
Puedo decir de entrada que me ha parecido que vale la pena tenerlo, ya no digo solamente leerlo.
Más allá del contundente título, Chimamanda esboza un “abc” del feminismo desde una perspectiva positiva. Esto es, lo define y lo defiende como algo que tiene entidad por sí mismo, y no mediante el enfrentamiento con lo que “no es” o con aquello que supuestamente odia. En sus propias palabras, Todos deberíamos ser feministas retrata la voz de una “feminista feliz africana que no odia a los hombres”.
Una vez establecida esa premisa, el contenido transita principalmente por caminos trillados, por conceptos básicos del feminismo, en su mayor parte a través de experiencias personales de la propia autora. Las diferencias en la educación, diferencias en el trato social y en la consideración dentro de la familia y otros fundamentos de la discriminación hacia las mujeres. Algo que se pone muy de manifiesto es cómo Chimamanda incide en que muchos de esos comportamientos son algo más exagerado en África de lo que pensamos o de lo que experimentamos en nuestra pequeña parte del mundo. Por lo demás, con una lectura superficial el libro puede dar la impresión de no contar nada nuevo.
Y sin embargo esa aparente simpleza no hace que pierda valor, al contrario. A veces es necesario volver a las raíces para aprender de nuevo lo más complicado. Resulta algo frecuente en todos los ámbitos: cuanto más se profundiza en el conocimiento, más se pierde de vista la perspectiva global y más lejos quedan los principios, con el riesgo de acabar perdiendo la base. Si algo consigue Todos deberíamos ser feministas es hacer que el lector recuerde cuatro o cinco elementos fundamentales, en casi todos los casos bastante obvios, pero también bastante descuidados incluso por aquellos que se interesan por el tema y que participan activamente de él. Por eso, este libro de Chimamanda Ngozi Adichie, o cualquiera que se le parezca, tendría que estar no solo en manos de cada adolescente sino en todas las casas.
Vale la pena tenerlo, repito. Habrá mejores textos introductorios al feminismo, más completos, supongo. Lo desconozco porque no he leído el resto. Pues bien, merece tener cerca alguno de ellos, este por ejemplo. Y pensar que hay que leerlo dentro de diez, de veinte y de treinta años. Si hoy, y entonces, no podemos decir que todos los comportamientos que se recogen en el libro están superados, habrá que seguir insistiendo.