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Desayuno en Tiffany’s, Truman Capote

Desayuno en Tiffany's

Desayuno en Tiffany'sParece mentira esto que voy a decir, pero tengo que ser sincera: nunca había leído Desayuno en Tiffany’s. Vale, a lo mejor no os parece tan grave. Será por libros, ¿no? Pero si os digo que Truman Capote me parece un maravilloso escritor y que a A sangre fría es una de mis novelas preferidas quizá lo entendáis. Si además os digo que Desayuno con diamantes es también una de mis pelis favoritas, ya podéis entender plenamente el alcance de mi confesión. No sé por qué nunca había encontrado el momento para leerlo. Pero, afortunadamente, ahora que la editorial Libros del zorro rojo ha publicado una edición ilustrada (y a mí me gustan más los libros ilustrados que a un tonto un lápiz) he pensado que este era el momento. Los libros vienen cuando tienen que venir, no es cuestión de forzar la magia.

Leí Desayuno en Tiffany’s anoche. Son apenas cien páginas y, gracias a la prosa de Capote, la lectura es realmente ágil y sencilla. Así que al meterme en la cama comencé a leerlo y ya no pude parar hasta que lo terminé. A todos nos ha pasado, ¿verdad? “Sólo un capítulo más.” Y de repente te das cuenta de que estás en la última página. Eran las dos y pico de la madrugada cuando me ocurrió eso mismo, menos mal que al día siguiente era domingo y no tenía que trabajar porque tendría que haber lucido, una vez más, las famosas ojeras de lector.

El libro me ha requeteencantado, pero eso ya lo sabía yo. Cómo no iba a gustarme si Truman Capote es un genio, si ya he disfrutado anteriormente de su talento como una enana y además, tenía el referente de la película de Blake Edwards. Era obvio, esto no podía salir mal.

Esta edición es especial porque cuenta con las ilustraciones de la canadiense Karen Klassen. Unas ilustraciones muy vintages, muy coloristas y originales. En sus dibujos se nota que también ha trabajado en el mundo de la moda.

Lo primero que me llamó la atención fue la portada, en la que aparece una joven Holly Golightly con su típico vestido negro, sus guantes, sus perlas y su cigarrillo. Pero, esta Holly tiene el pelo corto y rubio. Claro, todos tenemos en la cabeza a la preciosa Audrey Hepburn interpretando este papel y de rubia no tiene nada. Pero sí, según Capote, la Holly original llevaba el pelo cortado como un niño y teñido de varias tonalidades de rubio. De hecho, Truman Capote tenía en mente a Marilyn Monroe mientras escribía este personaje. En un principio iba a ser ella quien diera vida a Holly, pero su profesor de teatro le recomendó que no lo aceptase, pues no le daría buena fama interpretar a una acompañante. Así que, finalmente, el mítico papel se lo llevó la Hepburn. Esto explica las diferencias que he encontrado entre el libro y la película, empezando por el color de pelo de la protagonista. La Holly del libro es más chabacana y menos refinada. Audrey Hepburn, en Desayuno con diamantes, es pura elegancia. No sólo por su forma de vestir, sino por sus modales, su forma de hablar y su saber estar. Lo cual no quita para que el personaje siga siendo el de una jovencita bastante descarada  y en mi opinión brillantemente interpretado. No son solo éstas las diferencias. La historia en sí, difiere entre el libro y la película. También la historia final del gato al que Holly pertenece es diferente. Hay personajes que en la película no aparecen y sucesos que nunca se filmaron. Pero la esencia de Desayuno en Tiffany’s está en la película, ese aura elegante que sólo Capote pudo inventar.

Ahora, además de que la película siga siendo una de mis preferidas, también lo será el libro. Truman Capote escribe como los dioses, si se me permite la comparación divina. Yo de mayor quiero ser como él.

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La reina de las nieves, de Hans Christian Andersen

La reina de las nieves

La reina de las nievesA pesar de ser una apasionada de los cuentos infantiles, he de admitir que nunca había leído La reina de las nieves. Y no vale decir que me encantó la película Frozen, ya que, aunque no lo parezca, no trata ni de lejos la bella historia que trata este magnífico cuento sino que se basa en su protagonista para crear una historia distinta pero de similar ambientación invernal.

La reina de las nieves relata en realidad la vida de dos amigos, un niño y una niña llamados Kay y Gerda, que se separan cuando uno de ellos desaparece en un frío día de invierno. A partir de ahí, es cuando comienzan las aventuras y cuando ambos se encuentran con una fuerza oscura y terrible contra la que tendrán que luchar a lo largo del libro.

Leer a Hans Christian Andersen es como volver a ser un niño y creer en la magia. Es despertar de nuevo tu imaginación y hacerla volar por los aires. Es creer en las historias en las que los cuervos hablan, los espejos están malditos, las flores te cuentan historias y en las que los ángeles te salvan la vida. Es adentrarte en una realidad inverosímil en la que deseas vivir por un momento y alejarte de tus preocupaciones diarias. Por este y otros motivos es por los que leo a autores como este. Este cuento en particular me ha encantado por los valores que transmite, tanto de bondad, como de amistad y sacrificio por las personas amadas. Creo que este libro enseña tantos a niños como adultos estos y otros valores que no debemos olvidar jamás.

Pero no solo nos muestra grandes valores sino que también nos revela la parte negativa y oscura que todos los seres humanos llevamos dentro. Esa fuerza cruel y malvada que nos aleja, en ocasiones, de las personas a las que queremos y que nos lleva a veces a cometer actos indeseados. Y, según lo que enseña este libro, solo el poder del amor y la amistad puede romperlas. Una idea que quizás se asemeje un poco a la religión católica, a la que también hace alusión este libro con múltiples referencias a Dios, Jesús y los ángeles como herramientas para combatir el mal que podemos encontrarnos en el mundo.

Este cuento se lee en un suspiro, porque apenas llega a las ochenta páginas, incluidas las ilustraciones a caras completas. En cada capítulo narra una especie de microcuento dentro de la historia, hasta alcanzar los siete. Esta edición me ha parecido increíblemente cuidada. Las ilustraciones a todo color son realistas y están dibujadas y pintadas con todo detalle. Además, no pasas dos hojas en blanco sin encontrarte una pequeña o gran ilustración, lo que aporta un mejor libro al cuento. Además, la edición en tapa dura y en gran tamaño ayudan a una lectura más fácil y cómoda.

La reina de las nieves me ha parecido un precioso cuento, que se lee en apenas una hora. Un cuento que me arrepiento de no haber leído cuando era pequeña, puesto que lo habría disfrutado incluso más. Un cuento que me ha trasladado de nuevo a mi infancia y que me ha llevado a creer un poco más en la magia de las historias bien contadas. Si no lo dudaba apenas, ya no lo dudo en absoluto: Hans Christian Andersen es un magnífico escritor, que no solo entretiene, sino que logra transmitir cientos de moralejas en pequeñas y sencillas historias para todas las edades. Porque está claro que estamos todos muy equivocados, los cuentos no son solo para los niños.

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Caer, de Éric Chevillard

Caer

CaerHoy tengo entre mis manos una reseña difícil. Os preguntaréis por qué (y si no ya os lo digo yo): Caer es una de las novelas más raras que he leído últimamente. De hecho, si tuviera que hacer una lista de lecturas raras de narices creo que Caer entraría directamente en el top five. Y eso que he leído mucho.

Voy a intentar aclarar qué quiero decir cuando califico este libro como raro. Cuando decimos que algo/alguien es raro, suele tener un cierto toque despectivo. Lo raro es atípico. Lo atípico es diferente. Lo diferente no entra dentro de las normas establecidas y plaf, queda fuera de la normalidad, que es lo bonito y cómodo. Para mí raro no conlleva ningún sentido despectivo. De hecho, que algo esté fuera de lo común me parece hermoso. Hermoso en su originalidad, entiéndanme, no siempre tiene por qué funcionar.

Leí esta novela del francés Éric Chevillard porque la crítica la relacionaba con el absurdo. Y a mí me gusta mucho el absurdo. Esperando a Godot de Samuel Beckett y La cantante calva de Eugène Ionesco están entre mis lecturas preferidas. También soy muy fan de Amanece que no es poco, una de las películas más absurdas y geniales de la historia. Así que, con estas premisas, supuse que esta novela tenía que gustarme sí o sí.

Y bien, ¿qué es Caer? Caer es una isla. Una isla habitada por personas que esperan el regreso de su salvador. Caer es desconcertante y todo lo que habita en ella, desde las chinches a las personas parecen condenadas a una existencia realmente absurda. Nada es lo que parece en Caer. Cuando se cree que algo tiene sentido, éste desaparece. Cuando se cree alcanzar el fin de la isla, ésta renace.

Toda la novela es el relato de uno de sus habitantes que explica cómo es la vida allí, si acaso eso puede llamarse vida.

“Nuestros brazos suelen rechazar el abrazo, queremos algo mejor: la agarrada; para asirnos más cómodamente hemos imaginado clavarnos unos a otros entre los omóplatos esos puñales que tienen el mango trabajado con amor. Así es como vive nuestro pueblo, desgarrado por odios ancestrales o instantáneos – últimos portadores de la tradición-, reconciliado por una misma esperanza en el regreso de Ilinuk el Polidáctilo. Eso es así desde el origen. El presente de Caer repite penosamente nuestro recuerdo de Caer. Cada día lo verificamos: así es, sin duda.”

Sin duda esta isla es inquietamente absurda y desconcertante. Nada hay en ella que pueda llamarse propiamente vida, y sin embargo, sus habitantes, viven, generación tras generación esperando el regreso de su salvador. Se reúnen en corros escuchando el relato de Yoakam narrando la gesta de Ilinulk, quien consiguió escapar de la isla y a quien esperan que regrese para llevarles con él, fuera de esa isla donde la vida es una broma que carece de cualquier lógica.

Sin duda el término absurdo alcanza su esplendor en las líneas de esta novela. Obviamente, como era de esperar, dentro de este absurdo hay mucha realidad. Nosotros mismos podríamos ser habitantes de Caer. El paralelismo es evidente. El habitante que narra toda la historia podría ser un evangelista, Yoakam el profeta e Ilinulk, el salvador, Dios. Cualquier Dios vale, incluso Godot. Y mientras tanto nosotros, oh fieles, que esperamos no sabemos qué, que vivimos como podemos, en un absurdo e incoherente mundo.

Es cierto que la novela tiene algo de Esperando a Godot, pero también es bastante diferente. El mundo que se nos presenta en Caer es más extraño, más de ciencia ficción. No sé si habéis visto Mad Max: furia en la carretera. Sí, atención a la comparación que me voy a marcar. Los mundos de Caer me recuerdan más a los mundos postapocalípticos y extraños de Mad Max. Lo cual está bien, porque la última de Mad Max me gustó mucho. También me ha gustado Caer, pero sólo se la recomiendo a la gente a la que vaya este estilo. Disfrutaréis con la prosa de Chevillard y este extraño relato, seguro.

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La repetición, de Ivica Djikic

La repetición

La repeticiónCualquier país que ha sufrido una guerra civil sabe que habrán de pasar décadas, quizá siglos, antes de que lleguen a restañarse todas las heridas. A diferencia de lo que ocurre con una guerra entre países, en una guerra civil no hay resquicio, por pequeño que sea, donde no logre introducirse el veneno del odio entre hermanos, amigos y vecinos.

Pasado el tiempo y restablecida la paz, la sociedad se da cuenta de que es tan difícil extraer ese veneno que resulta más fácil dejarlo ahí y seguir con nuestra vida, como un anciano que se empeña en sobreponerse a sus achaques e ir a comprar el pan. Pero el veneno de la guerra entre hermanos no es un achaque, sino una bomba de relojería. En los Balcanes esa bomba ha estallado varias veces, la última de ellas en los años 90.

Las primeras páginas de la novela pueden ser un tanto desconcertantes. Djikic nos lleva al interior de un coche que se ha visto obligado a detenerse en una pequeña ciudad a causa de una nevada. En su interior se encuentra Dijana, quien, probablemente, es lo más parecido a un personaje principal que tiene esta novela, en la que cada personaje tiene una historia que contar y que, paradojas de la vida, en la mayoría de los casos prefieren guardarse para sí. Dijana fuma, espera y llama desde el móvil, y pronto descubrimos que, por pura casualidad, se ha quedado detenida al lado de la casa donde vive la familia de su complicado novio, familia a la que nunca antes ha sido presentada. Y así, con retazos desordenados de información, y desde el punto de vista de un personaje externo, vamos construyendo una historia familiar en la que las tragedias, las grandes y las pequeñas, las de todos y las individuales, las confesadas y las ocultas, están encerradas en el sótano.

Los personajes de La repetición viven, pues, acuciados por los pequeños grandes problemas de la vida. Un jefe que es un tirano, un proyecto profesional que se puede venir abajo, una regla que se retrasa, una persona que se entromete en nuestra relación, una revelación sobre una fosa común, una piedra que entra por la ventana, un marido y padre que desaparece, hasta que un día de repente nos damos cuenta de que lo que parecía un problemita cotidiano se ha convertido de repente en una tragedia. Cuando caminas por un campo minado, y  perdón por la pertinente metáfora, cualquier tropezón puede ser el último.

Cada uno de estos problemas se convierte en una de las muchas pequeñas tramas que Djikic entrelaza con gran maestría en esta brevísima y excelente novela. Se trate de problemas tan serios o tan triviales como los que pueda tener cualquiera de nosotros, en ambos casos los personajes optan por entregarse a la obsesión, como si ello les fuera a brindar protección frente a la amenaza de un pasado que, en algunos lugares del mundo, yace latente, siempre brutal.

Ivica Djikic nos  muestra en La repetición un pedazo de la historia colectiva reciente de los Balcanes, y lo hace con una historia original, de gran dramatismo y perfectamente narrada. Pequeña gran literatura.

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La montaña mágica, de Jiro Taniguchi

La montaña mágica

La montaña mágicaCurioseando por google tras leer esta novela, escribo “Jiro Taniguchi” y le doy a “imágenes”. Entre muchos dibujos hermosísimos, de exquisito detalle y primorosa perspectiva, me encuentro con unas pocas fotos de un señor con bigote y gafitas redondas. Su rostro bonachón y su mirada escéptica, con un toque socarrón, son difíciles de reconciliar con la inmensa melancolía que con frecuencia destilan sus obras. En ellas, desde la inolvidable Barrio lejano hasta El olmo del Cáucaso, pasando por El paseante o El almanaque de mi padre, el maestro Taniguchi nos cuenta historias sobre personajes que, sin llegar a sentirse perdidos, sí sienten que algo o alguien, puede que ellos mismos, quizá muy lejos de aquí o quizá en la tienda de al lado, tal vez ahora mismo o tal vez en otro tiempo remoto, necesita su ayuda, o tan sólo su presencia. Eso, y no otra cosa, es la melancolía.

Dice el propio Taniguchi en la interesantísima entrevista que Ponent Mon ha tenido el acierto de incluir en la edición: “La melancolía es un remedio para equilibrar el espíritu. (…) De entre los sentimientos humanos, [es] el más sutil, inasible, y sin duda precioso. La melancolía no es una enfermedad, sino el estado más puro de un individuo”. Algo, pues, que va mucho más allá de la mera tristeza.

Un niño que a los seis años pierde a su padre, y que, a los once, teme que la enfermedad que sufre su madre acabe por llevársela a ella también, no puede sentir sino una inmensa melancolía. Apenas has empezado a vivir y la vida misma te lo roba todo. Con este planteamiento se abre La montaña mágica, una sencilla y hermosa historia en la que Taniguchi introduce un elemento muy poco habitual en él: la magia.

No busquéis aquí una historia como Barrio lejano o El paseante. Por el contrario, muchos comparan esta obra con la película El viaje de Chihiro, por la presencia en ambas de ese mundo de espíritus japonés que tan ajeno nos resulta. En La montaña mágica, pues, Taniguchi, en lugar de asomarse al mundo de los niños desde una melancolía adulta, lo ha hecho desde un punto de vista infantil. Y el resultado es una sencilla historia de iniciación que, a diferencia de otras obras del autor, gustará mucho a los niños.

¿Y a los adultos? Pues bien, este adulto, algo desconcertado tras la primera lectura, disfrutó en la segunda, por supuesto, con los dibujos de este maestro de la novela gráfica, siempre de una sobria belleza, pero también con la sencillez de un relato que, gracias a los detalles enigmáticos y hasta tenebrosos que lo puntúan, nos deja con la sensación de que algo se nos escapa, se nos escapa, se nos escapó.

No podemos volver a nuestra infancia para recuperar ese algo, pero, por suerte, siempre nos quedará Taniguchi.

 

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De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz

De noche, bajo el puente de piedra

De noche, bajo el puente de piedraCuando una amiga supo que me iba a leer este libro, me dijo que para ella había sido una de las lecturas más deliciosas de su vida. Usamos esa palabra normalmente para referirnos a comida, pero si miramos en el diccionario pone lo siguiente: delicioso/sa: muy agradable o ameno, placentero. Hay muchas cosas en la vida que nos resultan agradables, que nos causan placer, que resultan muy amenas y un libro, efectivamente, puede proporcionar todo eso. En ese momento me resultó algo chocante que usase el calificativo “delicioso” para referirse a un libro, pero estoy de acuerdo con ella en que algunas lecturas son auténticas delicias, pequeños bocados de placer, como un bombón, por ejemplo.

De noche, bajo el puente de piedra es una caja llena de exquisiteces. Es un compendio de relatos aparentemente inconexos pero que dan lugar a una novela. Te sumerge en la Praga de finales del siglo XVI y principios del XVII de la mano del emperador Rodolfo II, excéntrico, desconfiado, enamorado de las artes, católico fervoroso pero que subvencionó a cuanto alquimista y charlatán se tropezaba. O te lleva de recorrido por el barrio judío con las indicaciones del gran rabino, que no solo era un religioso, sino que ejercía de mago, vidente y místico. O te sorprende con la increíble historia de las riquezas del judío Mordejai Meisl, sus comienzos, su crecimiento y el destino de sus tesoros. No es una visión panorámica, sino una sucesión de versiones, en algunas avanzas, en otras retrocedes y vas aclarando muchas dudas que surgen durante las diferentes narraciones. Cuando acabas el libro, se resuelve el rompecabezas, se cierra el círculo.

Una lectura deliciosa, efectivamente, pura poesía en muchos pasajes:

“… Mi día son voces y sombras que me circundan. Paso por él como quien atraviesa la niebla, y no me encuentro a gusto en él, no es real, es mentira…”

Otras partes derrochan ironía, sentido del humor y guiños como:

“… No doy crédito a los comentarios de desconocidos. Un sordo escuchó que un mudo contaba que un ciego vio bailar a un cojo en una cuerda…”

Hay declaraciones de principios que creo que tienen mucho que ver con el carácter y pensamientos del autor:

“… Para mí, más importante que cualquier astro es la naturaleza y el carácter de los hombres, su genio y el raciocinio de su alma…”

Tengo el libro lleno de asteriscos y rayitas, cosa que no hago nunca, pero es que da para sacar frases o párrafos para llenar varias hojas. Sentimientos y pensamientos atemporales y extensibles a cualquiera.

De noche, bajo el puente de piedra se puede clasificar de varias maneras: es una novela histórica, pero contada desde lo cotidiano, desde lo pequeño. También es una novela romántica, porque hay una historia de amor preciosamente descrita y materializada en la relación de la flor del romero y la rosa roja. Tiene un punto de misterio e intriga. Podría clasificarse como realismo mágico por la naturalidad con la que nos mezcla lo real y lo fantástico. Lo irreal forma parte del día a día, como suele ocurrir en las leyendas o cuentos de tradición oral. El punto de humor e ironía típicos también en los cuentos antiguos, de esos con retranca y moraleja, podrían ponerla del lado de la comedia. Hay cuentos que se podrían llevar perfectamente al escenario de un teatro. O sea, que puede ser y es, un montón de cosas. He leído que el crítico Fiedrich Torberg definió las novelas de Leo Perutz como “el posible resultado de una unión ilícita de Franz Kafka con Agatha Christie” y me parece que es una acertada definición.

Leo Perutz tiene una biografía muy interesante, nació en Praga, pero su familia era austriaca y con antepasados sefardíes. Vivió en diferentes ciudades europeas y en Palestina durante la primera mitad del siglo XX y a parte de escribir cuentos, novelas fundamentalmente históricas e incluso teatro, su otra profesión eran las matemáticas. Me hubiera gustado conocerle y poder charlar con él durante unas horas. Estoy segura de que no dejaba indiferente a nadie.

No quiero acabar esta reseña sin mencionar el magnífico trabajo de traducción de Cristina García Ohlrich, porque no tiene que ser fácil tener entre manos una obra de arte de este calibre y saber transmitir toda esa magia.

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Zona, de Mathias Enard

Zona

Zonasin puntos, es lo primero que aprendes de la novela, que está compuesta por una sola frase, casi quinientas páginas de corrido, sin un punto, seguido o aparte, y claro, te llama la atención: Zona, se titula, lo firma Mathias Énard; lo coges con curiosidad porque no te lo terminas de creer pero vas pasando las páginas y sí, hay separación de capítulos y muchas comas y algunos punto y coma pero sigues sin ver ningún punto: un coñazo, piensas, y te acuerdas de Cristo versus Arizona, y de lo que te costó leerla en la adolescencia; es verdad que al principio esta también se hace dura, pero poco a poco entras en Zona y vas cogiendo la velocidad y el ritmo de la novela, no es fácil pero te enamoras un poco de Marianne, te fascinas con el paisaje, te horrorizas con la guerra de los Balcanes y te das cuenta de que el texto no es solamente un experimento formal vacío y sin sentido, que tiene dentro varias buenas novelas, una de espías, una historia del crimen en Europa, una historia de amor; Francis Mirkovic, el protagonista, en cuya cabeza discurre todo, viaja sentado en un tren con destino al Vaticano, un tren actual pero lento, que tarda varias horas en llegar a su estación final: ha perdido un vuelo, o no lo ha querido coger, lo único que le queda es ese tren nocturno que ha de tomar para entregar en la meta un maletín que contiene importantes documentos sobre crímenes de guerra en “la Zona”; durante esas horas recuerda su propia historia, nada limpia, y la va intercalando con un recuento desordenado de hechos violentos desde Napoleón hasta nuestros días, en una especie de Ilíada contemporánea, hasta que se cansa de pensar y se pone a leer y entonces, sí, aparecen los únicos puntos de la novela, que no son pausas en la corriente de pensamiento de Mirkovic sino la puntuación que pertenece al libro que está leyendo, porque después vuelve a cabalgar por las montañas de su monólogo interior y recupera la narración huérfana de pausas fuertes y llena de frases decisivas, de puñales literarios: como Celso Castro, te dices de repente, un poco más acusado en Mathias Énard, que tiene calidad de sobra pero en ocasiones se recrea demasiado, en todo caso ya te has venido arriba, uno de esos libros con los que arder o que arrojar al fuego, te animas, aunque si has llegado a ese momento ya no hace falta animarte, habrás pasado por Beirut y los Balcanes, por Mesopotamia y por Trieste, y si has sobrevivido a la falta de oxígeno en tu ritmo lector y a la violencia que destilan los episodios que narra Francis, entonces te dará igual con quién se compare o a qué te recuerde, que ya vas a llegar al final de Zona a toda costa e incluso te va a dar igual qué pase con el maletín cuando lo entregue o cómo amanecerá en el Vaticano cuando se presente allí, simplemente recordarás que te has pasado media noche en vela tragando páginas y cuando te has querido dar cuenta el libro yacía junto a ti y la alarma estaba sonando y eso sí que ha sido, amigo, un punto final de los gordos.

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Tokyo Zombie, de Yusaku Hanakuma

tokyo zombie

tokyo zombieLlevo muchos años aguardando el fin del mundo. Deseando que toda nuestra sociedad termine de una vez por todas, pero de una forma épica y memorable. Tras meditarlo detenidamente, y descartar varias opciones, he llegado a la conclusión de que un apocalipsis zombie daría ese toque de emoción a mi vida; a la de todos nosotros. A esas vidas que últimamente se han estancado en la más soporífera monotonía. El problema es que un mundo repleto de zombies es muy chungo, además de un muermo. O eso es lo que muchos autores de libros y cómics, además de directores de cine, nos han hecho creer. ¡Pero aún hay esperanza!, pues existe un lugar ahí fuera en el que luchar por tu vida y repartir candela de la fina entre los zombies putrefactos no está reñido con mearte encima de la risa. Ve preparando un buen cargamento de pañales porque, créeme, una vez los muertos empiecen a alzarse en Tokyo Zombie los necesitarás.

No mentiría si dijera que un 80% de las viñetas de este manga me hicieron reír. No es un estudio serio y las fuentes son poco fiables pero por el momento os tendréis que conformar. Sí, también es cierto que el concepto del humor es muy subjetivo, y que lo que a uno le hace gracia a otro podría parecerle una ofensa. Y más en esta era de humanos extremadamente susceptibles y sensiblones que reaccionan ante cualquier chiste poniendo el grito en el cielo porque les parece que es políticamente incorrecto. Ergo, sí, es posible que alguien se sienta ofendido leyendo Tokyo Zombie del mangaka Yusaku Hanakuma, ¿y a quién le importa? Tal vez habría que enterrar toda esa susceptibilidad en el Fuji Negro. ¿Qué no sabéis que es el Fuji Negro? Pues en Tokyo Zombie ese lugar es de vital importancia.

El Fuji Negro es el hermano desgarbado y feo del monte Fuji. Es una montaña pestilente y oscura. Un vertedero descontrolado de proporciones titánicas. La gente va allí a enterrar toda la basura de la que se deshace y, en ocasiones, hasta de las personas. No importa si están vivas o muertas. ¿Te quieres deshacer de la pesada de tu madre? Pues al Fuji Negro. “¿Con quién quieres pasar el resto de tu vida? ¿Con esta vieja o conmigo?” La parienta manda. ¿Eres un profesor de educación física que se le va la mano con sus alumnos? En el Fuji Negro hay hectáreas de sobra. “Los estudiantes de hoy en día no aguantan ni media hostia”. Problema resuelto. Fujio Pon y Mitsuo son dos compañeros de trabajo que en sus ratos libres practican jiu-jitsu. Ellos también acabarán visitando el Fuji Negro tras matar “sin querer” (nótense las comillas) a su jefe que les daba demasiado la brasa. El sueño húmedo de cualquier proletario. El Fuji Negro será la zona cero para el principio del fin.

Si crees que la parte más importante de un cómic debe bascular hacia su parte gráfica, este no es tú cómic; ni siquiera si piensas que debe radicar en un perfecto equilibrio entre dibujo y guion. Tokyo Zombie es un manga de estilo heta-huma, que podría definirse como: dibujo cutre pero guion delirantemente asombroso. Y así es, pues el dibujo parece obra de un dibujante que en un accidente de tráfico perdió ambas manos y tras muchas horas de práctica aprendió a hacer su trabajo con los muñones. Unos dibujos simples e irregulares, casi sin detalles, con viñetas repletas de seres desproporcionados y muy cercanos al monigote, pero todos ellos tan cautivadores como entrañables. Es inevitable acabar enamorado de Fujio Pon, el protagonista, de su magnífico y exuberante cabello a lo afro, del perrito, de los gorrinos sonrientes y por supuesto, del calvorotas de Mitsuo.

Pero Yusaku Hanakuma no solo cumple con la primera de las peculiaridades del estilo heta-huma, pues también satisface en lo referente al guion. No en vano se le considera el máxime representante de este peculiar estilo. En Tokyo Zombie no todo es reír a mandíbula batiente (pero casi) sino que también hay cabida para la crítica más corrosiva hacia la estructura de clases y la desigualdad dentro de una misma sociedad. Con ricos que, en pleno apocalipsis, siguen siendo los que cortan el bacalao y pobres que se la juegan para que éstos no tengan que mover un puto dedo para disponer de un sinfín de comodidades. Sorprende además encontrar conceptos que últimamente han tenido mucho éxito en el cómic Los muertos vivientes de Robert Kirkman en la obra de Hanakuma, que fue publicada unos años antes. Si bien es cierto que, a diferencia de la obra de Kirkman, los personajes creados por Yusaku Hanakuma no se montan tantas pajas mentales y filosóficas y van más al grano. “¿Queréis que la liemos gorda?” ¿Quién quiere circular por carreteras secundarias pudiendo ir a todo trapo por la autopista?

En Tokyo Zombie también hay felaciones, violencia (pero de la sana), litros de plasma sanguíneo, tuertos, palabras malsonantes, diálogos irreverentes, calvos, situaciones absurdamente hilarantes, zombies luchadores, decapitaciones, tertulianos coñazo sabelotodo, desmembramientos, una bella y enternecedora historia de amistad y hasta una piara de cerdos con nombre de mujer. Una mezcla explosiva que te abrirá la mente hacia un mundo tan disparatado como legendario, mostrándote además que por el mundo hay gente que está muy, pero que muy mal de la azotea. Y si con esta historia tan eclética y underground no bastara, va la editorial Autsaider Cómics y le coloca, en la portada, una especie de terciopelo al protagonista que en caso de apocalipsis zombie te ayudará a tranquilizarte con su suave tacto. Sí, a partir de ahora dormiré más tranquilo sabiendo que, si finalmente el apocalipsis zombie nos sobreviene, podría ser como el prometedor y divertido guateque que imaginó Yusaku Hanakuma en Tokyo Zombie. Porque lo peor no es que nuestra sociedad se vaya al carajo, sino en cómo vamos a entretenernos mientras eso sucede.

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Un gran favor, de Joyce Maynard

Un gran favor

Un gran favorLa amistad es un tipo de relación mucho más complicada y con muchos más matices y aristas de los que en principio creemos que puede tener. Como en cualquier otra forma de relación es particular, cada persona es un mundo y la relación que establece con otras personas también lo es. Cada pareja o grupo de amigos asienta su amistad en base a unos preceptos propios y únicos y, por eso, cada amistad es distinta. Aún así, como pasa con todo, por muy únicos y distintos que nos creamos, terminamos cayendo en la homogeneidad y uniformidad de la sociedad, repitiendo los mismos patrones de pensamiento y comportamiento que el resto. Por eso, aunque existen varios tipos de amistad, hay unos patrones reconocibles en los que, tarde o temprano, todos terminamos cayendo. Os estoy soltando todo este rollo por “culpa” de mi última adquisición: Un gran favor, de Joyce Maynard.

Un gran favor cuenta la historia de Helen, una mujer que ha tocado fondo tras perder la custodia de su hijo por ser pillada conduciendo bajo los efectos del alcohol. En esa situación de depresión y desamparo, conoce a Swift y Ava Havilland, una pareja de filántropos ricos y carismáticos que la seducen hasta convertirse, no sólo en sus mejores amigos, sino en el centro de su existencia.

Amigos… He ahí una palabra cargada de implicaciones. Conozco a algunas personas que, cuando hablan de una relación concreta, dicen «solo somos amigos», como si la amistad fuera en cierto modo inferior al vínculo que une a los amantes o a las presuntas «almas gemelas». Para mí, sin embargo, puede que no haya un lazo que, a fin de cuentas, importe más que la amistad. La amistad auténtica y duradera.

Nuestra protagonista es una mujer vulnerable que está metida en un pozo del que no es capaz de salir. Con unos padres ausentes que jamás se preocuparon de ella y un marido egocéntrico y de mal carácter que la abandona por otra mujer, sólo hay dos cosas que ocupan su vida: su hijo, Ollie, al que quiere más que a nadie; y el alcohol, su refugio cuando su hijo duerme y todo el peso de la soledad cae sobre ella. Es este último, el alcohol, el que la lleva a tocar fondo, cuando la policía la detiene por conducir bebida y su exmarido le quita la custodia de Ollie. En ese momento de debilidad, cuando está tratando de salir de ese agujero para recuperar a su hijo, conoce a los Havilland y cae en su embrujo.

Si Helen es la oscuridad por esa vida de tristeza y soledad que acarrea, Swift y Ava Havilland son lo opuesto. Los Havilland son la pareja perfecta, absolutamente enamorados, ricos, solidarios, alegres y tan carismáticos que a sus fiestas acuden decenas de personas. Son tan esplendorosos que Helen inmediatamente se ve atraída por su brillo y por la promesa de una amistad que la ayude a renacer de sus cenizas y recuperar la custodia de su hijo.

Con todo esto, la relación que se establece entre Helen, Swift y Ava es una amistad tóxica y obsesiva. Helen tiene una gran necesitada de amor y de consejo y los Havilland la arrastran en su red de tal forma que que no hay parte de su vida que no gire en torno a ellos, no hay parte de su vida que ellos no dominen. Pero como os imaginaréis, no es oro todo lo que reluce y en esta historia vamos a ver cómo a veces una amistad que crees indisoluble, entrañable y sincera, puede ser interesada, falsa y nociva.

El tema central de Un gran favor, como ya habéis visto, es la amistad, muy bien reflejada con sus distintas caras y facetas en el libro, al igual que sus protagonistas. Pero hay otro factor más que Joyce Maynard plasma a la perfección: el lujo. Además de sus personalidades atractivas y cautivadoras, los Havilland exudan lujo y ostentación por todos sus poros. Sus casas, su ropa y, sobre todo, sus fiestas. Recuerdan un poco a la opulencia y el glamour de los locos y felices años 20 que describían autores como John Steinbeck (Tortilla Flat), Ernest Hemingway (Fiesta y París era una fiesta) y especialmente, Scott Fitzgerald con su Gran Gatsby, obra cumbre de esta época y de la “generación perdida” que describe.

Salvando las distancias, Maynard, nos trae un poco de la pompa y extravagancia de las fiestas de aquella época en el estilo de vida y las fiestas que organizan los Havilland, en contraposición a la vida gris y mediocre que Helen lleva en su pequeño piso cuando no está con sus ricos amigos. Esta atrayente exuberancia unida al desamparo que arrastra desde pequeña es lo que la lleva a involucrarse tanto con Swift y, especialmente Ava, que es a la vez, la madre que nunca tuvo y la mujer que quiere ser.

No quiero desvelar más de la trama, a pesar de que la propia sinopsis de la contraportada peca un poco de ello, porque creo que es mejor acercarse a esta historia sin saber demasiado para dejar que la tensión, que se va mascando poco a poco, nos absorba por completo. Un gran favor, es, en definitiva, un libro fresco y distendido, a la par que amargo y tenso, que nos introduce de lleno en los opuestos estilos de vida de nuestros protagonistas, y que nos engancha y cautiva hasta el final, de la misma forma en que los Havilland lo hacen con Helen, y nos lleva a descubrir que, al fin y al cabo, nada es perfecto y las cosas nunca son lo que parecen.

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Manual de pintura y caligrafía, de José Saramago

Manual de pintura y caligrafía

Manual de pintura y caligrafía¿Qué somos sino nuestras elecciones? Nacemos, crecemos, conocemos gente y nos relacionamos con ellas y el mundo que nos rodea y vamos formando así un presente al que denominamos vida; algunos se encuentran contentos con su actualidad, pero otros, creo que la gran mayoría de este mundo, no. Podemos cambiar o quedarnos en la autocomplacencia, pero nadie puede afirmar que, si optamos por el cambio, ese tránsito hacia lo nuevo será definitivamente fácil. Todo lo contrario, lo bueno y lo real cuesta y mucho, porque no se ampara en la máscara o en la trillada y absolutamente ilógica frase “mañana comienzo una nueva vida” Cambiar una realidad que no nos llena es un camino por momentos tortuoso y Manual de pintura y caligrafía es la historia de un cambio no solo personal, sino también histórico.

H es un pintor mediocre y lo sabe. Dedica sus días a pintar retratos de básica calidad para clientes que no esperan más que una copia mejorada de sus rostros (y sus vidas). H lo sabe, como también es consciente de la llaneza de sus jornadas y de sus relaciones interpersonales. En síntesis, su historia no será recordada por nadie. Sin embargo, está en un momento en el que esa rutina a la que llegó tras tantos años, le resulta insoportable, y decide hacer algo al respecto.

Es cuando opta por dos caminos: por un lado, pintar un segundo cuadro (secreto) de S, un cliente, a través del cual profundizar en esa persona y convertir en arte la verdadera realidad de S, más allá de la superficialidad del primer cuadro. Más tarde, comienza a escribir (y sus textos son el libro que leemos) como ejercicio introspectivo a través del cual analiza, piensa, desmenuza e intenta comprender al mundo que lo rodea, desde sus relaciones de pareja, sus amistades, la política y, en gran parte, el arte como método para encontrarse a su mismo.

Particularmente, tengo que decir que fue la novela que más me costó leer de José Saramago. O tal vez sería mejor decir que fue la única de todas ellas que requirió de mí altas dosis de paciencia, concentración, dedicación y tiempo. No es una novela sencilla, sobre todo porque los pensamientos y el análisis detallado de la condición humana, que rozan lo filosófico, hace que el autor bucee en laberintos mentales más que profundos. Además, su estilo de escritura (estamos hablando de una de sus primeras novelas) dista un poco de la mundialmente conocida manera de contar que tiene el autor, lo que puede resultar difícil para los que veníamos acostumbrados a una manera de leerlo. No obstante, que mi incapacidad lectora no tape el bosque, ya que el hecho de que a mí me haya costado un poco leerlo, no quita que cada una de sus líneas sean de una calidad excelsa y dignas de contarse entre las mejores de su obra.

Como decía al principio, Manual de pintura y caligrafía es la historia de un cambio psicológico lento pero inexorable, que se va produciendo página a página y que, gracias a los ejercicios artísticos (pintura y escritura) y al autoconocimiento, va derivando en modificaciones reales de la vida cotidiana. El mismo Saramago se encarga de compararlo con el caso de las serpientes que mudan de piel cuando ya les resulta incómoda o no conveniente. El cambio personal de H le traerá novedades en sus relaciones (que no contaré aquí para mantener el atractivo) con consecuencias sorprendentes para alguien que en la cincuentena ya no esperaba terremotos. Pero, además, el trasfondo de la novela toca un tema histórico importantísimo de la historia de Portugal y que tiene que ver con la caída de la dictadura militar de Salazar. Así, el país, como si de una gran persona se tratara, también sufre el agotamiento de una manera de vivir y la necesidad imperiosa de un cambio revolucionario.

Es cuando toca elegir y meterse de lleno en el barro, porque como dijo alguien alguna vez, para atacar y limpiar la mierda, hace falta enmierdarse. Con el tiempo, se saldrá de esa batalla más limpio, superado, mejor.

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Seis de cuervos, de Leigh Bardugo

Seis de cuervos

Seis de cuervosEra una tarde normal de un día normal (aunque muy caluroso) de finales de agosto, cuando entré, como de costumbre, en una librería a echar un vistazo de las novedades. Lo que no me esperaba encontrar apareció justo delante de mis narices en la sección juvenil. Un libro del que llevaba oyendo maravillas durante meses, con una puntuación de 4,43 sobre 5 en Goodreads y cientos de reseñas poniéndolo por las nubes. Por si no fuera poco, un libro que ha sido número 1 del New York Times y que ha estado más de 30 semanas en la lista de los más vendidos en Estados Unidos. Como no podía ser de otra manera y como lectora compulsiva que soy, no pude hacer otra cosa que llevármelo y comprobar por mí misma si tantas buenas críticas hacían sombra al libro.

Y, en efecto, así fue. Pero quiero empezar dando algunos detalles acerca de la trama de esta novela. Seis de cuervos relata la historia de un grupo de jóvenes que viven en un barrio de mala muerte de una isla ficticia llamada Kerch. Entre ellos destaca Kaz Brekker, un ladrón conocido como Manos sucias, que es famoso por su falta de escrúpulos y por ser el jefe de los Despojos, una banda de jóvenes criminales que sobrevive a duras penas en la isla. Cuando se le ofrece una misión que podría hacerle ganar millones de krugge (moneda de Kerch), reúne un grupo formado por Grisha (personas con poderes sobrenaturales) y por las personas en quienes más confía y parte en busca de su objetivo…

Cuando te encuentras ante un libro que desarrolla un mundo ficticio, la mayoría de las veces, esperas los detalles necesarios para que tu imaginación haga el resto. En este caso, el mundo que Leigh Bardugo crea alrededor de este libro está muy bien construido y con la cantidad perfecta de detalles. A pesar de que la autora ya había introducido este mundo en su anterior trilogía, Grisha (de cuya publicación desconocía), en esta nos lo vuelve a presentar de tal forma que hace innecesaria la lectura de esta anterior. Sin embargo, revela ciertos detalles que te hacen querer leerla. Volviendo a Seis de cuervos, aparte de la gran recreación que hace la autora de este mundo ficticio, también cabe destacar la construcción de los personajes. A pesar de ser únicamente seis los personajes que más conocemos, logramos descubrir todos los entresijos de cada uno. Y, aunque parece que Kaz será el protagonista, a lo largo de la novela nos encontramos con una narración en tercera persona que nos relata por igual los pensamientos y recuerdos de cada uno de los seis personajes. De esta forma, aporta importancia y protagonismo a cada uno de ellos, dotándoles de una evolución palpable a lo largo de la novela y de una profundidad sorprendente, pues la he visto en pocos libros de temática fantástica juvenil.

Además, la autora logra atraparte por medio de la historia de cada uno de estos personajes desde la primera página y, a través de una narración sencilla y con saltos en el tiempo en la primera mitad del libro, nos conduce a una segunda llena de acción, aventuras y muchas sorpresas. Pero en este libro no solo hay aventura y acción, sino que también nos encontramos ante dos historias de amor, tan diferentes como atrayentes, que aportan un elemento dulce a tantas luchas y traiciones.

Seis de cuervos me ha parecido una lectura totalmente adictiva, que me atrapó desde el principio y que me trasladó a un mundo en el que parece que todo puede ser posible. Con una construcción de personajes ejemplar y un gran desenlace, me ha dejado con unas ganas inmensas de leer su continuación y de querer saber cómo continuará la saga. Aventura, amistad, traición y romance se dan cita en una novela cuya edición es impecable y cuya historia no dejará indiferente a nadie que le apasione la fantasía juvenil.

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Supervivientes, de Java Rosenfarb

supervivientesHace tiempo que no hablo de portadas, pues bien, la que ilustra este libro me gustó, me pareció una portada de un libro de poemas ¡Tan triste me parece y al mismo tiempo tan esperanzadora! Tampoco sabría decir porqué, desconocía el contenido, pero el libro definitivamente se vino conmigo. Se vino conmigo y se quedó en mi, en mi vida y como comprenderán no ha sido solo por la portada o por el continente, sino, naturalmente, una vez leído, por el contenido.

La ilustración de la portada, “Una primavera”, es una obra de Karl Bodek y Kurt Löw, y ha formado parte de una exposición que se realizó en Berlín con pinturas de Supervivientes del Holocausto. Ahora, solo ahora, después de haber leído el libro, entiendo el porqué de la pintura de la portada y el porqué del título del libro: Supervivientes.

Quizá, como algunos dicen, se he escrito mucho y hablado mucho sobre el Holocausto, cosa que yo no creo, porque soy de las que piensa que cada persona que lo padeció o murió merece su propia historia.

En cualquier caso es mucho menos lo que sabemos y hemos leído de aquellos que lograron sobrevivir a aquel horror, poder leer los pensamientos o recuerdos de estas personas me parece un lujo que debemos llenar de respeto.

Hace tan solo unos meses les hablaba de “Y tú no regresaste”, de Marceline Loridan-Ivens, otra de esas Supervivientes que han dejado su historia por escrito y que por ser tan personal es tan profunda e importante.

En el caso de la autora que hoy nos ocupa, Java Rosenfarb, nacida en Polonia y que falleció en 2011, en Canadá, fue considerada como la escritora más importante en lengua yiddish de la segunda mitad del siglo XX. Contarles, porque es de justicia, que vivió su juventud entre el gueto de Lódz, y los campos de Auschwiz, Sasel y Bergen-Belsen, y a la que imagino siempre al borde de la alambrada, siempre en la cuerda floja.

Pero lo que realmente me ha impresionado de esta colección de relatos de Rosenfarb, es observar desde cuantos puntos de vista se puede hablar del Holocausto… de los Campos ¡Qué terrible! Porque incluso cuando no habla de ellos, están. El solo hecho de sobrevivir es visto desde perspectivas tan variadas como casi enfermizas, y se agradece, porque cada vez entiendo mejor lo difícil que debió ser sobrevivir, no solo por haber estado allí, por haber visto de cara a la muerte día a día, después de haber, quizás, sino matado, decidió quien y cuando.

No, sobrevivir nos debió ser fácil.

Pero esta autora va más allá, ha dado el siguiente paso, y además lo hace a través de la literatura, porque lo que nos entrega en estos relatos es comprensión del presente y del pasado más reciente, pero no se equivoquen y que no les equivoquen mis palabras, son relatos profundamente literarios, intensos y en los que dibuja a todo color el alma humana, algunas en gama de grises, es cierto, pero ahí está el Hombre y todas sus miserias.

Relatos completos, redondos, evolucionados. Relatos que unen pasado y presente, Europa y Norte América, el otoño que fue y la primavera que se deseó. La huida hacia el largo invierno…

Hay que agradecer La estupenda traducción del inglés de Daniel Gascón, porque hay que tener una sensibilidad especial para acercarse a esta forma de creación, cuando, como en los poemas, cada palabra es precisa y especial.

Hay un prologo de Goldie Norgentaler, hija de Java, que es quien ha traducido la obra de su madre al inglés… Por nada del mundo se la pierdan, antes o después de la lectura de los relatos, nos ayudará a conocer un poco a la autora y será indispensable para la reflexión que todos hacemos tras las lecturas más intelectualmente humanas.

Me ha gustado que en la solapa del libro haya una fotografía de la autora, con una sonrisa completa, sonríe la cara y sonríe el alma, y descubres en esa mirada que en las palabras, en las frases, o en los poemas, es seguramente, es donde uno encuentra la paz.

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