
Cartas a un buscador de sí mismo, de Henry David Thoreau

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Pasa como los héroes a los que nunca se los baja del bronce que adorna una plaza: sabemos quienes fueron, pero nos lo venden tan idealizados que inconscientemente no nos terminamos de creer que equis persona existió de verdad, sufrió las derrotas y festejó las victorias. Es imposible imaginar a San Martín, Hitler o Napoleón yendo al baño.
Las guerras siempre parecen pasar en otros lados, lejanas, irreales. Por suerte existen escritores como Michael Jones que logran todo lo contrario, y todo lo contrario es excelente, porque no solo nos cuentan la historia sino que nos la hacen sentir como si la estuviéramos viviendo.


Alberto Manguel. De profesión, sus lecturas.
De acuerdo, ha traducido, ha escrito crítica literaria y ensayos. Ha hecho muchas cosas, pero entre Manguel y su actividad profesional siempre ha habido un libro abierto de por medio. Uno de los primeros trabajos de este lector voraz fue a los 16 años, y consistía en ser el lector personal de un ya casi ciego Borges, trabajo que llevó a cabo durante cuatro años. Luego trabajó, también como lector, en varias editoriales, y hoy es conocido sobre todo por sus libros sobre la lectura: Diario de Lecturas, Una historia de la lectura o La biblioteca de noche entre otras muchas.
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No sé cómo he llegado aquí, pero me encuentro en un local sórdido, con poca luz, mucho humo y tanto alcohol derramado por el suelo, que si alguno de los puros que danzan en las rudas bocas de los villanos que me rodean cayera, todo esto ardería en menos de dos minutos.
Estoy sentado en una mesa, jugando al poker, y temo por mi vida. Casi habría preferido no haber aprendido tan rápido los rudimentos de este juego, porque los cinco tipos que están sentados a mi alrededor miran con rencor la pila de fichas que tengo junto a mí, y que hasta hace poco eran de su propiedad. Lo reconozco, soy un pardillo en esto del poker, un “pescao” que le dicen ahora, pero mi costumbre de leer libros como “Jugar y ganar al poker para torpes” me está sirviendo en estos momentos para acumular más fichas que mis rivales, mucho más experimentados.
Miro mis cartas: acabo de ligar una escalera de color imparable. Se me hace un nudo en la garganta y solo puedo pensar en pretender poner cara de poker. Intento tragar saliva despacio, pero me es imposible, así que le grito a la camarera más guapa del sitio, una morenaza con unas piernas larguísimas, “¡Otro whisky, bombón!”
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Escribo no porque sepa, sino para saber
M. Tsevietáieva
No sé si alguna vez se habrán preguntado qué es lo que hay en el interior de un poeta. Si sienten curiosidad, estas cartas del verano de 1926 son una forma magnífica de averiguarlo sin necesidad de recurrir métodos cruentos o invasivos. No de uno, de tres, o en realidad de todos porque lo que nos ocupa es la poesía, es decir, habla de todos nosotros. Y no lo hace sólo mediante poemas, sino mediante cartas. Dejen que Marina Tsevietáieva se lo explique: Una carta es una forma de comunicación fuera de este mundo, menos perfecta que el sueño, pero sujeta a sus mismas leyes. Ni la carta ni el sueño se dan por encargo: se sueña y se escribe no cuando nosotros queremos, sino cuando ellos quieren: la carta ser escrita y el sueño soñado.
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«La base de la vida es la probidad. Si hay probidad, entonces se tiene todo»
Lev Tolstói
En una carta a Korolenko, según cuenta Jorge Bustamante en el prólogo de estas extraordinarias «Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana», Gorki declaró que jamás se sentiría huérfano en este mundo mientras una persona como Tolstói estuviera viva. En realidad nadie debería sentirse enteramente huérfano ni tan siquiera completamente solo mientras Tolstói pueda ser leído, contado o recordado, mientras pueda asirse a algo tan intenso, reconfortante y a la vez delicado como este libro impagable que Fórcola ha tenido el inmenso acierto de regalarnos. En este sentido todos los que hayamos tenido la fortuna de encontrarnos con Tolstói en el transcurso de nuestras lecturas somos en cierto modo su familia, no obstante, su otra familia, la biológica, tenía legítimamente otro punto de vista. En su libro «Sobre mi padre», Tatiana Tolstói decía que su casa era una «casa de cristal», todo lo que allí sucedía era público (según los estándares de la época, claro), y no debió ser fácil vivir en un lugar de peregrinación. Estas «Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana» son los testimonios de algunas de las personas que, desde la admiración y el cariño, se asomaron a esa casa de cristal, conversaron con el anciano Lev Nicoláievich y compartieron con sus conciudadanos sus variopintas impresiones de lo que, en la mayor parte de los casos, supuso una especie de catársis.
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A veces sucede que uno adquiere un libro y este libro no cumple ninguna de sus expectativas. Y en ocasiones, resulta que eso es lo mejor que le puede suceder al lector.
Así, me las prometía yo muy felices cuando conseguí este libro. Había leído por ahí que La liebre con ojos de ámbar seguía los vaivenes de una dinastía de empresarios y banqueros judíos desde mediados del s. XIX hasta finales del XX, en escenarios que iban desde Odesa hasta Tokyo, pasando los París y Viena de fin de siglo. O dicho de otra forma, que teníamos historias sobre pogromos, zarismo, Primera Guerra Mundial, caída del Imperio Austro-Húngaro, vida cultural en los cafés vieneses, auge del nazismo y Segunda Guerra. Todos ellos temas que me fascinan desde hace muchísimos años.
Sin embargo, nos advierte De Waal en un momento dado de lo fácil que sería caer en el cliché del mundo perdido, soltar a diestro y siniestro los nombres de Musil, Schnitzler o Freud, y pecar de cierto sentimentalismo disfrazado de cultura. Y lo que él se propuso con este libro era algo muy diferente…
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Ningún mayor dolor
que acordarse del tiempo feliz
en la miseria
Dante Alighieri
Si Dante tenía razón, vivimos tiempos de dolor porque en la actual época de miseria parece humanamente imposible no recordar tiempos más felices. No obstante todo dolor tiene su tratamiento de elección y yo diría que para combatir el dolor de los tiempos de miseria conviene celebrar la vida. Celebrar a Stendhal, perdón, celebrar a Beyle, es celebrar la vida y este pequeño volumen, este Con Stendhal, que Simon Leys nos regala, es una magnifica forma de hacerlo.


Voy a contar un secreto, algo que no le he contado a nadie. Preparad la tira negra para cubrirme los ojos, difuminad mi cara para que no se me vea demasiado, y modulad mi voz (un poco más aguda de lo normal, puestos a pedir) para que no se me reconozca.
Ahí va: yo también tengo una madre adicta al drama.
Lo sé, es impactante, es un secreto tan revelador que se podría situar a la altura del final de Perdidos, pero qué queréis, estar prácticamente en la treintena y soltarlo así, a bocajarro, tiene su mérito. Porque aquí donde me veis yo he sobrevivido, con estoicismo, con verdadera valentía, con dosis de esfuerzo a frases tan perturbadoras como ·”pues si no lo quieres para cenar, para desayunar” o a consejos ansiosos como “corre, corre, bébete el zumo que sino se le van las vitaminas, pero ¡corre, corre!, ay qué va a ser de mí con este hijo que me ha tocado”. Y es que a mi madre parecía que su hijo le había tocado en una tómbola de esas en las que se juega a muchos boletos y al que más compraba le tocaba el mejor premio. Así que aquí me tenéis, lectores, difundiendo un secreto tan grande como aquel momento en el que mi madre se me quedó mirando fijamente, se acercó tranquilamente y con esa neutralidad en la voz me soltó: “como vaya yo y encuentre lo que te he pedido…”
Y después de esta revelación me entra el miedo en el cuerpo porque, ¿seré yo un drama papá? ¿me convertiré, después de muchos años renegando y jurándome a mí mismo que jamás, pero jamás de los jamases, iba a repetir yo esas frases, en un clon de mi madre? Oh no, me entran sudores fríos. Pero, ¡esperad!, ¿qué es lo que ven mis ojos? Un manual para no convertirte en una drama mamá (que digo yo que nos valdrá igual a los hombres). Voy corriendo a comprarlo, abrirlo, y a leerlo para prepararme para el examen de mi vida. Qué nervios, qué nervios…
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“Uf, es que es complicado”. Todos hemos utilizado alguna vez este latiguillo, sumamente útil para escurrir el bulto ante cuestiones de orden moral o político que se consideran especialmente controvertidas, peliagudas y comprometedoras.
Esta expresión aparece en más de una ocasión a lo largo de este libro, dado que el conflicto palestino-israelí es uno de esos asuntos capaces de convertir una reunión de señoras para merendar té y galletitas en una conflagración nuclear. Por lo tanto, empecemos por dejar claro lo que este libro NO es. Una judía americana perdida en Israel no es un libro pro. Tampoco es un libro anti. No es sionista. No es victimista. No es una denuncia. No es un libro político. Tampoco es exactamente un libro de viajes.
Bueno, eso ha sido fácil. Ahora viene lo difícil. Si no es nada de eso, ¿qué es lo que es?
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Acaso no haya habido días de nuestra infancia tan plenamente vividos como los que creímos que transcurrían sin vivirlos, los pasados con un libro preferido. Todo aquello que nos colmaba, a juicio de los demás, y que rechazábamos como un vulgar obstáculo frente al placer divino: el juego para el que un amigo venía a buscarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol inoportunos que nos obligaban a alzar los ojos de la página o a cambiar de sitio, las provisiones para la merienda que nos habían traído y que, sin probarlas, olvidábamos al lado del banco en tanto sobre nuestra cabeza disminuía la fuerza del sol en el cielo azul y la cena, para la que había que volver a casa y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar en seguida el capítulo interrumpido; todo cuanto en la lectura hubiera debido impedirnos registrar otra cosa que la inoportunidad, grababa en nosotros por el contrario un recuerdo tan dulce (mucho más precioso a nuestro juicio actual que cuanto entonces leímos con tanto amos) que, si hoy todavía se nos ocurre hojear esos libros de antaño, lo hacemos sólo por se los únicos calendarios que hemos conservado de los días que fueron, con la esperanza de sorprender reflejados en sus páginas rincones y estanques que ya no existen.
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