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Bajo los montes de Kolima, de Lionel Davidson

Bajo los montes de KolimaParafraseando en versión libre a Tolstoi, podemos decir que todos los malos thrillers se parecen, pero que todos los buenos thrillers tienen su razón específica para ser buenos, y que cada uno queda separado de sus congéneres por varios mundos de distancia.

Dado que un thriller pone frecuentemente a sus protagonistas en situaciones límite, una buena novela de ese género nos brinda la oportunidad de enfrentarnos y de disfrutar de expresiones extremas de todo lo bueno y lo malo de lo que es capaz el ser humano. Al narrar las vicisitudes de un héroe que ejemplifica -con diversos matices y en distintos grados, algo natural al tratarse de un ser humano- cualidades positivas y que, generalmente, representa al bien en liza con el mal, el thriller puede servir también como magnífico espejo catártico en el que contemplarnos y, por qué no, regodearnos al ver cómo, por regla general y como mandan los cánones, es el héroe con el cual nos hemos identificado el que sale victorioso.

Algo así sucede con Bajo los montes de Kolima, de Lionel Davidson, esta obra de difícil resumen y aún más difícil catalogación pues, a pesar de que es claramente un thriller, es también algo más que un thriller. Considerada unánimemente como la obra cumbre del autor, es no solo su mejor obra, sino también, para algunos (Philip Pullman, sin ir más lejos), el mejor thriller de todos. ¿Es así? Veamos… Tal vez, bajo mi punto de vista, Bajo los montes de Kolima no sea el mejor thriller que he leído, pero sí es una obra diferente, más compleja de lo que pueda parecer en una primera lectura. Cuidado con juzgarla habiendo leído sólo la mitad (casi caigo en ese error); este libro, como sucede con todos los buenos libros, es capaz de sorprender al lector, de metamorfosearse sibilinamente en otra cosa, de dar al traste con los prejuicios con los que todos vamos armados. No crea el lector que sabe más que el autor o que ya ha leído tantos libros que es capaz de predecir también éste.

La acción se sitúa en la Rusia postsoviética, entre otros muchos escenarios, pero es ahí donde se suceden los hechos principales. El protagonista es una especie de -no se crea que lo digo en son de chanza- James Bond indígena americano, más concretamente canadiense. Se llama Johnny Porter y, además de dominar perfectamente varias decenas de idiomas, entre ellos el ruso, el japonés y diversas lenguas indígenas de América y de Eurasia, sabe pelear, conduce como un profesional y sabe de mecánica, es agudo y de rápidos reflejos, es arrojado y valiente sin parangón, es atrevido sin llegar a ser temerario (bueno, salvo cuando hace falta) y es leal hasta la muerte con aquellos a quienes tiene mucho apego. Johnny Porter, ahora bien, no es un superhéroe perfecto; a lo largo de la novela, las diferentes situaciones en las que se ve envuelto le hacen invocar sus bajos instintos, sus apetencias menos dignas, la arrogancia de su superioridad física e intelectual, y el recurso a cualquier arma (literal o figurada) con tal de salir airoso del trance. No es, en efecto, un monaguillo, aunque, dicho sea a su favor, no sabe de ningún  monaguillo que pueda ser buen candidato a cruzar medio mundo en una misión suicida y aun tener esperanzas de salir exitoso de ella.

La misión en cuestión es lo que ocupa la mayor parte de las páginas de Bajo los montes de Kolima: Rogachev, un científico ruso de alto nivel, conocido de Johnny Porter, se convierte en director de un secretísimo centro de investigación gubernamental; lo es hasta el punto de que a ninguno de sus empleados, incluido el director, se le permite salir de allí… jamás. Pero este director tiene algo que comunicar, y el único modo de enviar el mensaje es hacer que un emisario capaz de llegar hasta allí jugándose el tipo lo haga por él: Johnny Porter.

Bajo los montes de Kolima no es un thriller al uso. En realidad, es un thriller descriptivo y, por tanto, es hiperrealista: el autor se preocupa mucho de describir con todo detalle cada paso que da Johnny Porter, las personas que colaboran con él en su misión, los sucesos y los imprevistos en los que se ve envuelto y cómo los solventa, con quiénes se cruza en su camino. En este último punto, sobre todo, Davidson es muy minucioso, presentándonos a toda una galería de personajes secundarios cuyos ires y venires no son necesariamente vitales para la trama principal, pero contribuyen a enriquecer y a espesar la historia, dotándola de realismo, de humor, de momentos de distracción necesarios para aliviar la tensión de la trama principal, de subtramas que discurren y se resuelven (o no) de forma paralela a aquélla.

Davidson demuestra ser un escritor bien dotado para este género, situando a un héroe por demás bastante inverosímil -ya lo decíamos, todo un James Bond, o aun superior y más capaz, en según qué aspectos- en una trama que llega a rozar lo fantástico y consiguiendo, por medio de la magia de la literatura y del trabajo excelentemente hecho, que nos lo creamos todo y que no podamos encontrar ninguna fisura en ese mundo de secretos, espionaje, persecuciones, ingenios y peligros sin fin. Incluso en los momentos en los que Davidson más fuerza la máquina y más increíble parece todo, la profusión de detalles, el amor por la explicación que pueda dar mejor respuesta a las interrogantes que surgen en la mente del lector y la solidez y la excelente arquitectura de la ficción hacen que no exista ningún agujero por el cual se pudiera colar la aquiescencia del lector de participar en el juego de suspensión de la incredulidad; y si existe, ni le hacemos caso, ni nos importa que esté, porque el resto está tan bien ajustado, que el mundo ficticio de la trama de la novela pesa mucho más que los defectos que pueda tener.

Bajo los montes de Kolima es un thriller diferente y sui generis también en el sentido de que consta de diversas partes que forman un todo, sí, pero entre las cuales no existe necesariamente una correlación ineludible. Me explico: la trama se divide netamente entre una parte inicial, donde se nos cuenta cómo se las ingenia el científico (Rogachev) para hacer llegar sus mensajes de socorro, cómo dan con Porter y cómo éste se embarca en la misión; después, el aparente corazón de la trama, es decir, el encuentro entre Porter y Rogachev y la revelación del importantísimo mensaje que éste tiene que transmitir; y, por último, la parte más emocionante y que más se ajusta a los parámetros del thriller, cómo Porter intenta salir del país sin que le echen el guante. Tal como el propio Philip Pullman adelanta en su acertadísimo prólogo, Bajo los montes de Kolima es una novela que sigue el arquetipo de la historia de una búsqueda, tema antiquísimo y recurrente en la literatura (al igual que en la vida). En este sentido, sin embargo, hay que advertir de que la búsqueda en la que se embarca Johnny Porter merece ser leída independientemente de su conexión con el objeto buscado; cuando el misterioso mensaje que Rogachev quiere comunicar es finalmente revelado, el lector se dará cuenta de que podía ser cualquier cosa, absolutamente cualquiera, y ello no restaría (ni añadiría) un ápice a la peripecia de Porter, a lo bien narrada que está y a lo completamente sumergidos en ella que nos ha tenido la habilidosísima pluma de Davidson. (Lo cual no quita tampoco para que el meollo del secreto esté admirablemente narrado y para que, al enterarnos de él, no sepamos si se trata de algo totalmente inventado por el autor o si la ficción está basada en la realidad.) Esa parte central transcurre de forma tan rápida (aunque intensa) que, si parpadeamos, nos la perdemos. La tercera parte, la más convencionalmente ajustada a las normas del thriller, es la que narra cómo Porter intenta huir del país con esa preciosa información.

Como estudio de personaje, Bajo los montes de Kolima resulta también muy digno, y eso que el personaje de Porter es esquivo y hermético, a pesar de que nos acompañe a lo largo de todo el libro. Nos identificamos con él, queremos que gane, que logre escapar, que la misión sea un éxito, y sin embargo nunca acabamos de conocerlo bien; emana de él una frialdad, un desapego por el mundo capaces de rivalizar con el clima de esa Siberia a la que el libro nos transporta. Y otra vez a pesar de esa frialdad, sin embargo sentimos simpatía por Porter, quizá porque, pese a que no siempre se comporta de forma intachable, es un tipo en el que sus amigos pueden confiar.

No puedo dejar de mencionar el subtexto de comentario social y político -con un tinte levemente, sólo levemente satírico-  de la novela. Puesto que, si Johnny Porter sale bien parado de muchas de las pequeñas y grandes crisis y momentos de peligro de su misión, no es solamente gracias a que es un tipo la mar de apañado, en todos los sentidos, sino también a que la ex Unión Soviética es un magnífico armazón  de burocracia, comunicación, trámites, jerarquías y cadenas de mandos, y ello resulta en una inoperancia, en un desbarajuste, en lagunas de información, en desajustes evitables y, en fin, en un caos que haría que un espía medio espabilado (y Porter es espabilado del todo) pudiera navegar más o menos fácilmente por ese entramado sin correr grandes riesgos.

Bajo los montes de Kolima es una pequeña joya que brilla aún más por sus aristas e imperfecciones que lo que probablemente lo haría sin ellas. Ahora que disponemos de su traducción al español -muy meritoria, en mi opinión, y a la que no he encontrado ni una sola pega; Cristina Martín Sanz es su autora-, no hay excusa para no descubrir su poder de seducción.

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Woods Lane, de David Verdejo

Woods Lane

Woods LaneSi uno pudiera buscar en un mapa de Tejas el pueblo de Woods Lane, seguro que encontraría un lugar tranquilo, calmado y anclado en el tiempo. Un pequeño lugar en un condado alejado de las grandes urbes del segundo estado más poblado del país. Una parte de la América profunda que de la que tan poco sabemos y en las que casi nunca pasa nada digno de ser contado… hasta que pasa. Y en el Woods Lane ideado por David Verdejo lo que pasa es el asesinato de Dorothy, un hecho que rompe la eterna paz en la que vive el pueblo. Su sobrino Jimmy, un niño grande de cuarenta años con discapacidad mental parece ser el primer sospechoso, aunque los acontecimientos sucedidos tras el asesinato y antiguos secretos familiares que empiezan a aflorar harán dudar a los investigadores, capitaneados por Karen y George, dos policías locales, y un sheriff bastante taciturno.

David Verdejo ofrece una historia bien construida, sin lagunas y con la tensión narrativa idónea para conseguir que el lector no quiera dejar la novela en ningún momento. Woods Lane es una historia cruda y directa. El autor, con un estilo muy académico, no se anda con rodeos y presenta una trama sin artificios, contando en todo momento lo importante, sin dejarse nada en el tintero. Quizá se podría haber explorado más la personalidad de los personajes, dotar de más contenido a la novela conociendo un poco más la vida de las gentes del lugar, pero lo aparecido en sus poco más de cien páginas es más que suficiente para contar una buena historia.

El libro tiene en desde el principio un estilo muy cinematográfico. Uno lee Woods Lane y parece transportarse a cualquiera de las series norteamericanas que se dedican a resolver crímenes en cada episodio. Cada página de la historia parece descrita por un cámara de televisión que va grabando la escena y avanzando hacia la resolución del caso. Eso confiere mucha agilidad al relato, ayudado también por una ambientación lúgubre y tenebrosa que se transmite desde la misma portada y que se confirma en sus páginas interiores. Quizá como aspecto a mejorar, puestos a pedir, se podrían evitar algunas erratas en el texto, erratas atribuibles más a la editorial que al escritor.

Hay que felicitar a David Verdejo por esta primera novela publicada. Woods Lane es un thriller interesante y que proporcionará un par de horas de buena lectura a todo lector que se atreva a descubrir el secreto que encierra ese tranquilo pueblo tejano.

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Cuchillo de palo, de César Pérez Gellida

cuchillo-de-palo¡Joder, Ramiro! ¡Jo-der! ¡Hay que joderse, hay que joderse y hay que rejoderse…! , como tú mismo dices. ¡Cómo eres! Cuando ya has dejado atrás toda la mierda que tuviste que pasar con Augusto Ledesma y luego un poco más con el secuestro de Margarita Zúñiga, vas tú solito y te tiras de cabeza a una piscina llena de fango y vete a saber qué más…  Mejor sería que te aplicaras uno de tus refranes, o mejor te digo uno que te va que ni pintado: Consejos vendo y para mí no tengo.

En fin. A Ramiro Sancho, nuestro inspector patrio más maltratado por la vida (que tiene sus cosas), amante del rugby, el refranero (¿el apellido Sancho será un homenaje al gran conocedor de refranes Sancho Panza?), la música, el buen comer y el recién descubierto geocaching, le han apartado temporalmente del servicio y decide celebrarlo sumergiéndose en una orgía sin fin de sexo, alcohol y drogas. Parece que ha descubierto en alguna parte de su anatomía un botón de autodestrucción y lo ha pulsado a conciencia, varias veces, no fuera a ser que no funcionara a la primera.

Vive en piso en el fin del mundo, en Pontevedra, porque ahí fue donde se le acabó la carretera. Un pisito de soltero que a cualquier mujer espantaría: alguna silla, un colchón en el suelo y un frigorífico vacío, salvo por alguna cerveza. Ideal, ¿verdad? A eso ha llegado Sancho, amigos.  A ese nivel. A la categoría de piltrafa. Y ha perdido peso. Bastante peso. Si no fuera por su barba pelirroja y la calva, tal vez ni le reconoceríais… Y para colmo, ha puesto tierra de por medio sin decir a nadie, ¡a nadie!, adónde demonios va y se ha deshecho de su móvil.

Así están las cosas cuando nos reencontramos con él. Parece que de tanto follar con la misma puta se ha encariñado de ella y por culpa de esas piernas abiertas van a venirle los nuevos problemas.

César Pérez Gellida aborda de forma minuciosa y detallada en Cuchillo de palo el espinoso asunto de las redes internacionales de trata de blancas y prostitución y para ello no duda en usar a Ramiro, usándolo como mejor sirva a sus propósitos. Hay que ser cabronazo después de todo por lo que ha pasado… (definitivamente el autor tiene algo contra los calvos, ya no hay duda…)

Pero no estamos asisitiendo únicamente a la debacle del excomulgado inspector. Simultáneamente veremos las divertidas peripecias de la Congregación de los Hombres Puros y sus luchas intestinas por el poder; y  de Erika, Ólafur y Uriel perseguidos y perseguidores todos a la vez.

Si hay algo que me gusta de las historias de Gellida es que en seguida te metes de lleno en ellas. Con dos frases ya tienes la intriga y ese deseo de querer saber más, de avanzar en resolver la incógnita del momento: “A esas alturas, colgado por los pies de la viga maestra, maniatado y amordazado, tenía la certeza de que iba a morir”. Una frase en este caso, no dos, es la mecha que marca el inicio.

Y si hay otra cosa que me encanta son los perfiles de los personajes. Cada uno tiene una historia personal tras ellos curradísima. Para presentar a un personaje muchos dan detalles sobre nacimiento, estudios, lugares, logros y poco más. Gellida no se limita a enseñarnos el currículum del personaje de turno por muy secundario que sea, no. Nos da tal cantidad de detalles objetivos trenzados con elementos subjetivos del propio personaje que parece que lleguemos a conocerlos como si siempre hubieran estado a nuestro lado. Los dota de cuerpo, son tangibles y tridimensionales y los hace interesantes aunque vayan a morir en la página siguiente.

Añadimos como ingredientes a la “coctelera” un estilo tan visual que parece cinematográfico (de hecho Gellida podría ser un cineasta metido a escritor; ¡si hasta nos pone banda sonora!), unos diálogos nada forzados sino, al contrario, totalmente fluidos y naturales, y algunos giros inesperados tenemos la receta de este Cuchillo de palo, segunda parte de su segunda trilogía Refranes, Canciones y rastros de sangre la cual comenzaba con Sarna con gusto.

No obstante, me gustaría decir que hay un truquito a mitad del libro que, y no presumo de dármelas de listillo ni nada por el estilo pero, no me lo he tragado en ningún momento. Es lo único en lo que para mí ha flojeado el libro. ¿Hubiera afectado en algo la omisión de ese truco? Yo diría que no, pero vaya, que tampoco es algo grave.

Una novela pulida, cuidada, muy bien documentada –eso es siempre marca importante de la casa–,  mimada, sin cabos sueltos, adictiva y dura también en algunos momentos, como la vida misma, aunque no seamos conscientes.

 Otro joyón más, y van cinco, de novela negra para El Calvo de Valladolid.

No sé cómo lo hace para escribir con tanta rapidez mamotretos (desde el cariño) que siempre rondan las 500 páginas, pero, por favor, que no pare y que haga todas las trilogías, tetralogías o pentalogías  que le den la gana, que aquí estaremos todos los gellidistas para recibirlas con los brazos abiertos.

Enorme.

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Avery’s blues, de Angux y Núria Tamarit

Avery's blues

Avery's bluesDesde que Mortadelo peinaba una recia melena y desde que Zipi y Zape no eran castigados diariamente por don Pantuflo a dormir en el cuarto de los ratones. Ese es, más o menos, el tiempo que llevaba sin leer un cómic/novela gráfica (como novato en este mundillo, no quiero ofender a nadie). ¿Qué me llevó a interesarme entonces por Avery’s blues? La música, sin duda. Una historia que habla de un joven negro dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de que le convierta en el mejor bluesman tenía que leerla, independientemente del formato en que estuviese publicada. Y he de decir que el dibujo en este caso no sólo es estéticamente agradable, sino que además ayuda enormemente a trasladarte a los años de la Gran Depresión americana y, más específicamente, a la región del delta del Misisipi, una de las zonas donde el blues se abrió paso como forma de expresión de la población afroamericana, tan necesitada de una vía de escape en aquellos duros años.

La historia escrita por Angux e ilustrada por Núrica Tamarit está claramente influenciada por la leyenda existente en torno a Tommy Johnson (y tan habitual como erróneamente vinculada a Robert Johnson), de quien se cuenta que vendió su alma a lucifer a cambio de que le convirtiese en el mejor cantante de blues de todos los tiempos. En nuestro caso será Avery, un joven negro harto de una vida servil y miserable, quien firme un pacto bastante similar, pero en este caso el diablo es algo más rebuscado que con Johnson y le exige que le consiga un alma pura para cumplir su deseo; en caso contrario, se llevará la suya y sin contraprestación ninguna. Así que, cuando Avery se encuentra a John, un niño inocente, fruto de una familia alcohólica y violenta, decide llevarlo con él para sellar su pacto con el maligno. A partir de ese momento se nos contará la historia del viaje que llevan a cabo ambos para su encuentro con el demonio, bajo la promesa de la fama eterna.

Uno de los aspectos que más me ha gustado ha sido el lenguaje que ha escogido Angux para sus diálogos: seco, duro y plagado de tacos. Muy fácil de vincular a una época y a una población con pocos recursos y poco interés por el protocolo y los buenos modales. El racismo también está muy presente y los jóvenes protagonistas lo sufrirán en primera persona. En cuanto a las ilustraciones de Núria Tamarit, dentro de mi escasa experiencia como lector de cómics, debo remarcar que lo que más me ha impresionado ha sido lo bien que ha recogido los ambientes, tanto con sus dibujos como, especialmente, con la gama de colores utilizados. Las zonas áridas y los pueblos deprimidos de los años 30 se sienten muy reales.

Avery’s blues es una historia que se lee en apenas media hora y que deja ganas de más, ya que sus dos protagonistas tienen, en mi opinión, una personalidad lo suficientemente atractiva y compleja como para haberles dado algo más de recorrido. Pero, como dicen las abuelas, lo bueno, si breve, dos veces bueno y desde su brevedad este cómic cuenta con un par de giros argumentales que me gustaron y sorprendieron bastante y eso es algo que muchos libros no logran en tropecientas páginas. Y es que, a medida que avance el viaje, iremos conociendo como tanto Avery como el pequeño John tienen secretos muy bien escondidos…

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Lamia, de Rayco Pulido

Lamia

LamiaTengo que reconocer que este cómic ha sido toda una sorpresa cuyos ingredientes ya lo avisaban en su sinopsis: Barcelona en 1943, un asesino sanguinario suelto, un detective privado y una mujer, Laia, con un buen marido, un buen trabajo y un bebé en camino, pero que vive una mentira.

Lees eso y tu mente empieza a imaginar. Ambiente de posguerra, un asesino y una mujer a la que la vida sonríe pero todo es una mentira. Seguro que el asesino es el marido.

Y empiezas a leer, a devorar este Lamia, esperando equivocarte para que no sea tan fácil (y no diré si me equivoqué o no). Y también esperas alguna subtrama vampírica, ya que la lamia es un personaje mitológico griego, la primera vampiro, la asusta niños y seductora de hombres… Y algo de eso hay, aunque sin vampirismos ni sexo.

Bien, y entonces…. ¿qué tenemos aquí? Un buen cómic, que no es poca cosa. Y además en un formato a lo grande y con un precio bastante majo.  Estamos en Barcelona, en 1943, como ya dije. La vida ha vuelto a la normalidad tras cuatro años del fin de la guerra. Eulalia, aunque le gusta más Laia, trabaja como guionista en el consultorio radiofónico de Radio Barcelona. Un consultorio bajo dominio del obispado y en el que el resto de guionistas son un puñado de viejas chapadas a la antigua, chismosas, envidiosas y recelosas de la joven y embarazada Laia, de 32 años.

Laia aparenta ser feliz, pero su marido la ha abandonado. Su vida es una farsa y nadie puede saberlo. Al obispado no le gustaría que una de sus trabajadores fuera una madre soltera porque daría mala imagen, ya ves. Estamos en aquellos tiempos, sí, en los que todo era apariencia, en los que las mujeres que escribían al consultorio se quejaban de que sus maridos les pegaban y las guionistas, como mejor consejo, les recomendaban no hacer nada que irritara a sus parejas, aguantarlos y que les complacieran en todo lo que pudieran, ya que el matrimonio era un lazo inquebrantable…  ¡Ay! ¡Si Laia pudiera…! ,¡les contestaría cosas bien diferentes!…

Laia contrata a un detective para que encuentre a su marido, pero el detective no puede ocuparse de su caso todo lo que debiera, cuando hay un asesino terrible haciendo de las suyas por la ciudad y hasta la policía reclama sus servicios.

Y esto, y no solo esto, es Lamia. Un cómic cojonudo en blanco y negro, con buen dibujo sencillo (tanto que en ocasiones recuerda a lo caricaturesco) y funcional, casi diría art-decó, y una trama negra dividida en dieciocho actos, con sorpresas y giros, que entusiasman desde la primera viñeta, que mantiene el tipo y te deja en suspense.

Es una lectura fresca y rápida que refleja fielmente  una época que, a pesar de no haberla vivido, la reconocemos con más facilidad de la que nos gustaría y de la que, por desgracia, todavía quedan algunos asquerosos vestigios.

Lamia absorbe al lector, tiene algo especial que no se explicar y no diré que es hipnótica aunque lo sea. Es imposible no ser arrastrado por ella,  como los cantos de sirena arrastraban a los marineros… Pensándolo bien, sí que hay algo de esa lamia mitológica…

A modo de curiosidad, recomiendo que busquéis “lamia” en Google porque aclarará bastante el porqué del título. Pero, mejor después de leerlo, no antes.

Una lectura indispensable para este año. Un cómic de los buenos.

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La cita mortal, de David Berniger

la cita mortal

la cita mortalTengo un prejuicio – que, afortunadamente, con el tiempo va desapareciendo – y es el siguiente: no suelo salirme de los circuitos más “oficiales” (por llamarlos de alguna manera) del sector editorial. Esto quiere decir que es muy raro que yo mire en la sección de libros autopublicados o que haya algún libro que me interese especialmente. Supongo que el tiempo ha hecho que me vuelva vago, que no me entre la curiosidad por otro tipo de publicaciones o que la desidia – y cierta crítica que hago siempre a ciertos sectores de esta industria – hayan hecho que prefiera centrarme en lo que una editorial que ya conozco de sobra vaya a ofrecerme. Cuento todo esto porque hoy traigo un libro que, por razones que no vienen al caso, es muy posible que yo no hubiera reseñado, que no me hubiera llamado la atención, y que hace referencia a lo que decía al principio sobre mi prejuicio: ha hecho que vayan bajando mis humos y que me acerque a La cita mortal con una sensación de entretenimiento y buen rato que dejan en evidencia varias cosas que, por no extenderme mucho en esta introducción, iré desgranando más adelante. Hasta entonces, la historia es la que sigue…

Roma, 21 de agosto de 1280. Abraham Abulafia, es encarcelado en los calabozos del Vaticano acusado de la muerte del Papa Nicolás III. Será allí donde narre su injusticia y donde la historia que encierra este libro tejerá de acción e intriga aquellos parajes de la Historia que quizás no hayamos sabido nunca.

Hablaba hace poco con un amigo sobre las novelas de entretenimiento. No es la primera vez que hago referencias a ellas en una reseña, pero con La cita mortal me permito repetirme por una simple razón y una pregunta que aparece todo el rato en mi mente: ¿acaso es necesario que una novela tenga un estudio pormenorizado del ser humano, una complejidad extrema, o se convierta en todo un acontecimiento generacional para que esté bien? David Berniger ha escrito un thriller histórico que acompaña al lector y le propone un juego histórico entretenido y lleno de momentos de tensión que, aunque no aparezca en los carteles publicitarios ni tenga una campaña llena de miles de euros detrás, convierte la literatura, la novela, la Historia, en un juego del y con el que participar sin sentirnos mal por ello. Esta es una de las cuestiones a las que hacía referencia en la introducción y que se agradece en los tiempos que corren: que a uno le den una bofetada, aunque sea liviana, para enderezarle un poco y permitir que pueda ver más allá de lo que las librerías nos pueden ofrecer o de lo que editorales que llevan copando los top de ventas durante años publican. No pretende ser, a pesar de lo dicho, un ataque hacia lo que hoy se publica o se deja de publicar. Esa es otra cuestión de otro debate. Lo que quiero plasmar es que son novelas como la que hoy traigo las que muestran que la literatura, sin entrar en los debates de la dicotomía entre buena y mala que me parecen absurdos, puede llegar a un público y hacer que el tiempo que se pase entre sus páginas sea aprovechado en el simple – y noble, si se me permite – arte de entretener.

La cita mortal es una novela, ya lo he dicho antes, en la que no me hubiera fijado. ¿Quiere esto decir que si yo no me fijo en una novela no merece la pena? A la vista de lo que me ha sucedido a mí la respuesta es obvia: no. David Berniger nos traslada a otra época, a los pasadizos de un momento histórico, a las traiciones e intrigas de otra ciudad, y lo hace con cierta elegancia, casi sin que nos demos cuenta, como si fuera sencillo escribir ya que, para nosotros, la lectura se tornará rápida y habremos llegado al final casi sin que nos demos cuenta. Quizás la única crítica que yo pueda hacerle vaya para su contraportada, en esa necesidad imperiosa que se tiene de comparar novelas y autores, unos con otros, cuando la propia voz de uno debiera ser lo suficientemente interesante como para que tuviéramos que establecer las similitudes y diferencias entre las lecturas. Pero entiendo de marketing. Sé que eso hace que la gente tienda a comprar más novelas. Pero sin embargo sigo creyendo que esta novela puede interesar al lector por sí misma, bien sea por las palabras que los que la leemos vayamos diciendo o escribiendo sobre ella, o porque tú, que has investigado sobre lo que nos propone su autor, hayas decidido elegir un buen thriller histórico que está dispuesto a una cosa que a mí me parece que ya es para estar satisfecho: divertir y entretener al personal mediante la palabra.

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Extraños, de Kimberly McCreight

Extraños

ExtrañosLo admito, el año pasado sucumbí al fenómeno La chica del tren. Era un poco reticente al principio, pero acabé comprándolo en una estación cuando no tenía otra cosa para leer. Y es cierto que, a pesar de ser un poco predecible y teatrero al final, me gustó y me tuvo atrapada durante los dos escasos días que me duró. Desde el año pasado no he dejado de ver nuevos libros cuyas portadas anuncian algo así como: “si te gustó La chica del tren no te puedes perder esta novedad”. He ido esquivando estas recomendaciones como si estuviera huyendo de mil flechas lanzadas a la vez. Pero, si sois fans de Juego de Tronos y habéis visto la última temporada, sabréis de sobra que al menos una flecha, aunque solo sea una, da en el blanco.

Mi flecha particular ha sido Extraños, que también contenía un emblema haciendo mención a la ya famosa chica que viaja en tren todos los días y —sorpresa— a la saga Divergente. Qué mezcla, ¿verdad? Pero pensé ¿por qué no? Cosas más raras se han visto. El caso es que este libro me ha tenido muy engañada durante buena parte de la trama. Os cuento: la historia comienza cuando Wylie se entera de que la que fue su mejor amiga hace un tiempo, Cassie, ha desaparecido sin dejar rastro. Poco a poco se va descubriendo que Cassie últimamente ha estado pasando por una serie de altibajos que han hecho que se juntara con quien no debía, que llevara un modo de vida no adecuado para una chica todavía menor de edad y que se metiera en más líos de los que se podía permitir. También entrará en juego el padre de Wylie, un psicólogo excéntrico que se dedica a estudiar la inteligencia emocional de las personas y que recientemente ha perdido a su mujer, la madre de Wylie, en un accidente de coche. El último factor de la ecuación que queda por descubrir es Jasper, el novio de la desaparecida y que participará en su búsqueda junto con nuestra protagonista.

Al principio me imaginé que sería una historia de asesinatos, un thriller policíaco o algo así. Pero no. Los tiros no van por ahí. Aunque sí que hay misterio —y mucho—, porque la razón por la que ha desaparecido Cassie incumbirá a nuestra protagonista hasta límites que ni si quiera sospecha. Nosotros vamos a ser espectadores y testigos de cómo Wylie va desenredando la madeja de hilos en la que se ha convertido la vida de Cassie. Y la cosa no queda ahí, pues la historia se irá enredando aún más cuando entren en juego unas cuantas personas que harán que la búsqueda no resulte todo lo fácil que se pensaba en un principio. Y, por si fuera poco y la trama no estuviera lo suficientemente enmarañada, aparecerán los Extraños que, por supuesto, no os voy a contar quiénes son. Yo y mis manías de no hacer spoilers.

Es uno de esos libros que yo describo con una frase: “aquí es malo hasta el apuntador”. Me ha recordado un poco a Twin Peaks, donde sospechas de todo el mundo y de nadie a la vez. Donde todos tienen motivos para acabar con la vida de una pobre chica inocente y donde nada ni nadie es lo que parece. Cuando parece que ya entiendes todo lo que está pasando y que sabes de sobra quién es el malo, la historia da un giro de ciento ochenta grados y te quedas con la boca abierta porque vuelves a estar en el punto de partida.

Toda la trama, absolutamente toda, está perfectamente hilada de principio a fin. No quiero explicaros por qué, porque sería revelaros el final, pero sí os digo que todo, repito, TODO, lo que se dice sirve para resolver el misterio. Kimberly McCreight ha dejado el final totalmente abierto, por lo que parece ser que tendremos una continuación y que todo puede enrevesarse un poquito más, si cabe. Así que, poneos vuestra gorra de Sherlock e intentad resolver el misterio antes de que a Cassie le pase algo realmente grave. Entre tanto y mientras decido con qué libro continuar, voy a curarme la herida que me ha dejado esta flecha que, intuyo,  tardará un poco en curarse.

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Parque Gorki, de Martin Cruz Smith

Parque Gorki

Parque GorkiLos buenos libros, además de las cualidades que le son propias a cada uno de ellos, tienen en común una gran virtud: despiertan la curiosidad por otros buenos libros. En este caso, la lectura de El niño 44 me inspiró el deseo y la necesidad (cualquier bibliófilo entiende este término) de leer Parque Gorki, libro que algunos críticos señalaban como anterior a aquel otro en una misma línea temática, vocacional -de denuncia- y cualitativa. Ahora, acabada ya su lectura, queda claro para mí que Parque Gorki es un perfecto ejemplo y demostración de algo que los lectores vocacionales saben muy bien: cualquier libro puede ser eso que se llama alta literatura. Cualquier libro -sí, hasta los vituperados e injustamente criticados superventas, thrillers y novelas policíacas– puede ensanchar los horizontes de aquel que, despojándose de prejuicios y  de creencias ignorantes tomadas en préstamo sin ponerlas en tela de juicio, les dé una oportunidad; puede ayudar a abrir nuestro foco mental; puede proporcionarnos conocimiento sobre el alma humana; puede asombrarnos; puede obligarnos a ejercitar nuestra mente en modos y maneras desacostumbrados y estimulantes.

Parque Gorki aúna varios niveles de lectura, interpretación y disfrute. A un nivel superficial, narra la aventura del investigador moscovita Arkady Renko, tan brillante en su profesión como desafortunado -o desacertado- en el escalafón social y político, donde no ha sabido reinvertir bien su talento ni sacarle réditos como aquellos de los que disfrutan otros ejemplares miembros del Partido Comunista. Renko se hace inmediatamente simpático, tal vez porque es el antihéroe noble arquetípico, como iremos comprobando a medida que transcurra la lectura. Renko debe encargarse de un triple asesinato cometido en el emblemático parque Gorki. La investigación pronto lo conducirá por los derroteros no sólo del crimen y de un horrible asesinato con desprecio total por la vida y la dignidad humanas, sino de la corrupción, la podredumbre orgánica del aparato del estado soviético y de todas sus instituciones, la deslealtad y las pasiones más bajas que puede alentar el alma humana. A medida que se enfrenta a situaciones cada vez más desafiantes y reveladoras, Renko se irá dejando la piel, desnudando para el lector su espíritu totalmente noble, totalmente entregado, totalmente leal y trágicamente inocente, a pesar de todo.

En los tardíos 80, la Unión Soviética ya era un gigante herido de muerte; atendiendo a esta lectura, Parque Gorki es su acta de defunción, o, más precisamente, el informe de su autopsia. La tesis final de Martin Cruz Smith es clara, y el autor no nos la regatea. La ambientación del triple asesinato de tres jóvenes en el parque Gorki es toda una declaración de intenciones. Dado que

[l]a ciudad contaba con parques más grandes donde dejar cadáveres: Izmailovo, Dzerzhinsky, Sokolniki. El Parque Gorki tenía sólo dos kilómetros de largo y menos de un kilómetro en su punto más ancho. Sin embargo, era el primer parque de la Revolución, el parque favorito. Hacia el sur, su extremo angosto llegaba casi hasta la universidad; hacia el norte, sólo una curva del río impedía tener una vista del Kremlin. Era el sitio al que todos acudían: los empleados de oficina, a comer su almuerzo; las abuelas, a pasear a los bebés; los novios, para verse. Había una noria, fuentes, teatros infantiles, caminillos y pabellones ocultos en el terreno. En invierno había cuatro campos y pistas de patinaje.

Colocar tres cadáveres mutilados, despellejados y cosidos a balazos, en el jardín del amor, la belleza y la diversión soviéticos constituye una metáfora tan eficaz como cualquiera otra, pero, por supuesto, el alegato de Parque Gorki va muchísimo más allá.

El desmoronamiento de la URSS sólo terminó cuando todos los libros de historia y todos los noticiarios lo dijeron; había empezado mucho antes, dice Martin Cruz Smith en Parque Gorki, y la defunción se produjo por una larga enfermedad totalmente endógena y de causas tan humanas como prevenibles en su origen, sólo que fuera de control ya a estas alturas. Parque Gorki radiografía la sociedad, la clase política, el poder establecido y el poder en la sombra, la verdad de la vida y la supervivencia en el supuesto paraíso de los trabajadores y en su corazón, Moscú, con una veracidad y una crueldad poco comparables con cualquier otra novela e, incluso o sobre todo, con cualquier aséptico libro de historia contemporánea. La precaria situación de los verdaderos trabajadores; los océanos de diferencia entre un moscovita y otro ruso cualquiera y entre un ruso cualquiera y un armenio, un uzbeco, un lituano o un ucraniano;  la tozuda realidad del crimen rampante, burdamente ocultada bajo una capa de palabrería propagandística; la proliferación de los nuevos aristócratas y millonarios venidos a más al calor de la corrupción, la burocracia, el complicado aparato institucional, el robo, los juegos de poder, el chantaje y el enchufismo… son sólo algunos de los cuadros poco menos que dantescos que Martin Cruz Smith nos da a conocer a través de las vicisitudes de sus personajes.

Y esa tragedia, la de un estado y un proyecto utópico que fracasaron porque la naturaleza humana no está a la altura de esa utopía, no podía tener un héroe más apropiado y más admirable que Arkady Renko, un investigador soviético, un miembro del Partido que debe aguantar los reproches de su mujer por no haber aprovechado su posición para escalar hasta la élite, un hijo casi repudiado por su padre por razones muy parecidas, y un detective que lo es porque ama la verdad y la perseguirá a costa de echar todo lo demás por la borda. Renko es un personaje de talla insuperable, casi mitológica; es un idealista melancólico, porque sabe que su lucha está condenada al fracaso ya que es, además, un idealista realista que sabe contra qué y quiénes se la juega; y ese conocimiento irá creciendo a medida que sus enemigos vayan mostrando sus cartas.  Y, sin embargo, en la misma proporción en que Arkady va desnudando la cruda realidad y perdiendo así todo lo que hace que el mundo lo tenga aún en cierta estima, va ganando en dimensión heroica y va ganándose así nuestro corazón.

Parque Gorki es, además de ese informe de autopsia que hemos descrito brevemente, un thriller palpitante y emocionante, escrito en Estados Unidos pero ambientado en la URSS, protagonizado por soviéticos y visto desde su lado de la barrera, cosa harto exótica en la época en que se publicó por primera vez. Pero su originalidad mayor radica en su capacidad para despojar el crimen -novelado o real, ¿acaso hay alguna diferencia?- de su halo épico, de su aparente complejidad, para mostrarlo tal como es en realidad: un acto malvado inspirado por una cualquiera de las más bajas pasiones del ser humano. Nada menos y nada más. Una vez eliminadas las aparentes capas que envuelven el hecho criminal y lo convierten en algo aparentemente muy intrincado, difícil de desentrañar y de comprender, Parque Gorki nos lo muestra en toda su deprimente desnudez. A diferencia de la mayoría de thrillers, que parten de un hecho horrendo pero muy simple para acabar con una explicación complicada y heterogénea, muy alejada de la vida cotidiana de cualquier lector normal, Parque Gorki hace lo contrario: nos sitúa -muy hábilmente – en un contexto harto complejo, de peliagudas relaciones internacionales, secretos gubernamentales, tejemanejes de agencias de inteligencia estatales, espionaje y contraespionaje, discursos y diálogos casi cifrados para salvaguardar el propio pellejo, etc., para acabar recordándonos, una vez más, que el asesinato, el peor de los crímenes, es algo terriblemente banal.

Deslumbra asimismo y merece comentario aparte la arquitectura de Parque Gorki. La novela está dividida en varias partes y transcurre en dos escenarios principales, y cada bloque tiene su propio misterio, sus propios trucos y su propio ritmo, que se torna vertiginoso en el bloque final. Sin embargo, por encima aun de esas divisiones, destaca el hecho de que la organización de la novela imita y refleja lo que le sucede a nuestro protagonista, Arkady Renko, en su relación con sus enemigos. Y es que Parque Gorki es, en realidad, la descripción de una lucha entre opuestos que, por serlo, se necesitan mutuamente y se definen merced a la existencia del otro, en una lucha antagónica que no necesita casi de más argumentos externos para seguir adelante hasta el final. Y la propia estructura de la novela reproduce ese juego de espejos, pues el final no es más que el reflejo del inicio, aunque un reflejo perfeccionado, pues pocas veces he tenido el placer de leer un colofón tan hermoso, tan perfecto y tan significativo como el que corona esta excepcional novela, cuya brillantez en ningún momento queda deslucida por las ocasionales incorrecciones y desajustes de traducción, en algunos casos más molestos que en otros.

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Mensajes desde el lago, de Mercedes Pinto Maldonado

Mensajes desde el lago

Mensajes desde el lago¿Os acordáis de que hace poco os hablé de la novela Cartas a una extraña? Pues habemus segunda parte. Como os comenté, no suelo leer esta clase de géneros literarios. No es para nada mi estilo, la verdad. Pero, amigos, nunca digáis de esta agua no beberé ni este padre no es mi cura. Todo empezó como un experimento para mí y he de confesar, (¡atención!), que me he enganchado. Si Cartas a una extraña, la primera parte, me pareció algo así como una película de sobremesa de esas que sin tener nada especial te atrapan, la segunda parte no me ha defraudado. Mensajes desde el lago sigue la misma línea que su antecesora. Mercedes Pinto, la autora, sabe lo que sus lectores están esperando y les da lo que quieren leer.

Hay que reconocer el valor de esta escritora, que cuenta con varias novelas publicadas con bastante éxito. No es fácil escribir La metamorfosis pero tampoco es fácil crear una novela tipo best seller que atrape y consiga incluso captar otro tipo de lectores totalmente ajenos a este estilo. No sé, me parece que también tiene su mérito. Entiéndanme, no estoy comparando, sólo digo que no me parece fácil.

En fin, heme aquí confesando antes ustedes que sí, que me he enganchado a este culebrón literario, que no puedo negarlo. ¿Qué le voy a hacer? Soy una persona tremendamente sujeta a las pasiones.

Si no habéis leído la primera parte no tiene mucho sentido que leáis esta reseña. Me temo que la trama es tan enrevesada que necesitáis leer la primera parte para entender qué sucede en Mensajes desde el lago. Afortunadamente, tiene fácil solución. Podéis leer mi anterior reseña para ir abriendo boca. Si con mi reseña os he enganchado (eso significaría que puedo crear mi propio best seller) debéis leer Cartas a una extraña y uniros a esta nuevo vicio mío (será que tengo pocos ya…).

Os resumo muy brevemente la primera parte. Berta, una chica que vive en Londres, debe volver a Madrid tras el fallecimiento de su madre para hacerse cargo de temas legales. Doña Alberta, la madre que en paz descanse, era mala malísima. Yolanda, la hermana de Berta había heredado esa maldad. Así que Berta creció entre dos harpías con la única compañía de Teresa, la tata que cuidaba la casa y a la familia. Al llegar a Madrid, todo se complica y Berta, al descubrir unas cartas en el desván que el exiliado amante de su hermana le escribe durante doce años siente que debe hacer algo. Primero, tratar de probar la inocencia de Saúl, el chico que tuvo que irse del país acusado del asesinato del marido de Yolanda aun siendo inocente. Segundo, descubrir por qué un completo desconocido ha conseguido despertar en ella el amor. Con la ayuda de un detective privado, tratan de solucionar todos estos entresijos. En Cartas a una extraña, Berta consigue finalmente conocer al hombre que le ha robado el corazón, aunque sea brevemente, y consigue, casi por completo, poner punto y final a ese periodo trágico de su vida.

En Mensajes desde el lago, Berta vuelve a Londres a continuar con su rutina en el restaurante, pero ya no es la que era. Algo ha cambiado y no sabe cómo afrontar sus sentimientos. Una llamada, relacionada con temas legales, hace que tenga que volver a Madrid, esta vez en compañía de su amiga Mary. Alfonso, el detective de la primera parte, seguirá presente en esta novela. Hacerse con la custodia de Teresita, la hija olvidada por su hermana será uno de los objetivos principales de Berta. También seguirá leyendo las cartas que Saúl continuó escribiendo, cada vez menos enamorado, cada vez más personales. Y Berta no podrá evitar seguir enamorada de ese extraño al que sólo ha visto durante dos minutos en París.

¿Volverán a encontrarse Berta y Saúl?, ¿conseguirá la custodia de su sobrina Teresita?, ¿podrá poner fin a años de dolor? ¿qué pasará con Alfonso, el detective? Todas las respuestas a estas preguntas están en esta novela. No me digáis que la trama no engancha. He devorado la segunda parte en dos días y no me arrepiento, señor Juez. He caído en las garras de este tipo de novelas dignas de ser llamadas culebrones. ¿Será que me estoy haciendo mayor?

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Tres días y una vida, de Pierre Lemaitre

Tres días y una vida

Tres días y una vidaÉsta es una reseña complicada. Complicadísima, de hecho. Tres días y una vida es una de esas novelas que te mueres por comentar con alguien según las acabas, pero de las que sabes que es casi imposible hablar sin desvelar más de lo que deberías. A pesar de ello prometo que voy a esforzarme en intentar expresar lo que me ha parecido su lectura destripando lo menos posible del libro, porque todos sabemos lo que fastidia un spoiler literario.

Pierre Lemaitre nos sitúa en el pequeño pueblo de Beauval, uno de tantos recónditos lugares donde la vida transcurre entre la tranquilidad y el hastío que provocan la rutina y el saberse con el futuro escrito desde el nacimiento. Esta paz se trastoca en las navidades de 1999 cuando Antoine, un chaval de doce años de edad, golpea en un ataque de ira a Rémi, un niño de sólo seis años, que muere en el acto. A pesar de las fuertes tentaciones por contar lo ocurrido, el chico decide ocultar el crimen y seguir con su vida, a sabiendas de que de quién jamás podrá esconderse es de sí mismo.

Lemaitre, con su habitual claridad y limpieza, consigue en muy pocas páginas lo que a otros autores les cuesta varios capítulos: hacer verosímil tanto la historia que cuenta como el ambiente en el que ésta se desarrolla. Me parece digno de destacar lo bien que recoge la idiosincrasia de los pueblos pequeños, en especial sus miserias: la necesidad de dar buena imagen por el “qué dirán”, los chismorreos en la plaza, los motes crueles y facilones, las habituales rencillas familiares, los cuchicheos en misa… Como residente estival en tres pueblos de pequeño tamaño, puedo decir que la ambientación que recrea el autor francés podría extrapolarse a centenares de localidades españolas sin ningún tipo de problema.

Antoine monopoliza el relato. Se nos muestra desde un principio como un chaval atormentado, no tanto por los remordimientos del crimen cometido, sino por el miedo a ser descubierto y a tener que pasar unos cuantos años en prisión. La psicosis en la que empieza a vivir desde el momento del asesinato está muy bien recogida, con numerosas pesadillas, paranoias, ganas de huir… Es una novela fuertemente angustiosa.

Lemaitre usa el recurso tan habitual como eficaz en este tipo de novelas de lanzar fuertes giros al final de cada capítulo, con lo que consigue mantenernos pegados al libro hasta que tiene piedad y relaja el ritmo narrativo. Aun así, tengo que avisar de que las últimas páginas son enormemente impactantes y adictivas; ahí Lemaitre emplea todos sus recursos para que acabemos el libro al borde del infarto. Pese a ello, el verdadero filón de esta novela no está tanto en lo que ocurre como en lo que no ocurre. Como dijo el escritor Giovanni Papini, todo hombre no vive más que por lo que espera, y la vida de Antoine podría resumirse en esa cita. Este libro es una tortuosa espera, un suplicio agónico del que Lemaitre no nos librará hasta que devoremos la última hoja.

Ya paro, de verdad de la buena. Sólo me queda recomendar esta lectura a todo aquel al que le apasionen las novelas de suspense y tenga suficiente tiempo para leer Tres días y una vida en una semana o menos, ya que de lo contrario pasará unas cuantas horas al día dándole vueltas a cada uno de los retorcidos giros del autor francés. Se lo digo por experiencia.

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La sacudida, de Fernando Goitia

La sacudida

 

La sacudidaHay novelas que te muestran tu propia realidad y hay novelas que te hacen viajar. Algunas logran las dos cosas. Este es el caso de La sacudida, la novela debut del periodista Fernando Goitia con la que viajamos a Centroamérica y al mismo tiempo nos quedamos muy cerca de casa.

La sacudida tiene uno de los mejores arranques que he leído este año. Comienza en Nicaragua ante ese titán que fue el huracán Mitch. Inundaciones, terremotos, riadas de lodo que se llevan por delante pueblos enteros, vientos a doscientos kilómetros por hora, un volcán que sepulta en lava a más de dos mil personas. Y entre toda esa devastación, la más absoluta que podamos imaginar, una mano y un rostro descarnado asoman entre el barro. Un periodista español se acerca al hombre enterrado y empieza a hacerle fotografías pensando que está muerto. Pero está vivo. Así arranca la historia de Miguel y Julio, dos hombres muy diferentes y al mismo tiempo casi dobles. Dos hombres oscuros, que lo han perdido todo, y a los que seguiremos a lo largo de trescientas cincuenta páginas buscando respuestas.

Como podéis imaginar, La sacudida es un thriller, pero al mismo tiempo es una novela que trata temas muy humanos en medio de la destrucción y la huida. Hubiera sido fácil irse por una ficción más peliculera, con páginas y páginas de acción y ríos de sangre pero, si buscáis algo así, La sacudida no es vuestro libro. Esta novela cuenta la historia de dos hombres de carne y hueso que huyen de su pasado. Y, por supuesto, el pasado, como buen enemigo, se empeña en darles alcance y ponerles contra las cuerdas. En esta novela hay dolor, hay sangre y persecuciones, sí. Pero también hay humor, amistad, erotismo y segundas oportunidades.

El argumento de un thriller es siempre es difícil de contar porque temes dar algún detalle clave que pueda considerarse spoiler. Intentaré no hacerlo, os juro que no adelanto más que las primeras páginas de la novela. La sacudida empieza con Miguel, un periodista vasco que vive en Nicaragua y está intentando cubrir para diversos medios la desolación del huracán Mitch. Enseguida sabemos que Miguel Goikoetxea no es su auténtico nombre y que vive en una paranoia constante. La novela nos revelará qué sucedió en España para que Miguel, sea cual sea su verdadero nombre, deba esconderse de este modo. Por su parte, Julio es un exguerrillero reciclado en asesino a sueldo que está en camino de hacer su último encargo antes de irse a vivir, con su mujer y sus hijas, a Estados Unidos. Pero antes de salir en búsqueda de la víctima, le cae (literalmente) un volcán encima. Las consecuencias del huracán Mitch unirán los destinos de estos dos hombres. Como habéis adivinado, Miguel es el periodista que devuelve a la vida a Julio, el sicario que tiene órdenes de matarle. Ya os lo he dicho, uno de los mejores arranques del año.

Es importante decir que la novela está contada en primera persona por sus dos protagonistas y va intercalando capítulos con la voz de uno y otro. Esto hace que no tengas claro en ningún momento quién es la víctima y quién el verdugo, que no puedas escoger bando y añade tensión a la relación entre el salvador y el superviviente. Otra de las cosas que más me ha gustado de La sacudida han sido las descripciones de los espacios, de las costumbres, el habla nica y la gastronomía centroamericana. Como decía al empezar, esta novela te hace viajar. Fernando Goitia, echando mano a sus propios recuerdos, lleva al lector a Nicaragua y Honduras de los años noventa y, aunque nunca hayas pisado esas tierras, sientes que ya has estado allí.

Aunque no olvidemos que la novela se sitúa en una de las peores catástrofes naturales de los últimos treinta años. La sacudida también es un road trip en el que encontramos a secundarios de lujo (quedaos con el nombre de Latania) y testimonios de la desolación y miseria producidas por el Mitch tan realistas que parecen voces grabadas in situ y trasladadas por el narrador a las páginas de su ficción. Todo esto bien macerado con el estilo del autor: personal, preciso y camaleónico a la hora de plasmar el acento y léxico de sus dos protagonistas.

Solo me queda reiterar la recomendación de esta historia y felicitar a Fernando Goitia, periodista y escritor que se estrena con esta novela, y del que espero poder leer más en los siguientes años.

Laura Gomara

 

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Adiós en azul, de John D. MacDonald

adiós en azul

adiós en azulMe gusta cuando una editorial decide reeditar, rescatar, recuperar material de los años dorados del pulp. Ese subgénero maltratado, trillado y un poco mirado por encima del hombro me tiene hechizado. La cultura del pulp, de aquellas historias y las condiciones en que nacieron, sus personajes tan pasados de rosca, tan morales e inmorales a la vez. Me chifla cuando una editorial se lanza a recuperar esas historias de nuevo, o mejor aún, cuando decide editarlas por primera vez en nuestro país.

El caso de Adiós en azul de John D. MacDonald es una recuperación, esta novela y algunas más de la serie de Travis McGee ya fueron editadas en España en los años ochenta, aunque ni de lejos todas las que escribió MacDonald. Y es que este americano nacido en Pensilvania, y que dedicó gran parte de su vida a escribir, llego a publicar 21 novelas de la serie de Travis Mcgee, llegando incluso a ganar el National Book Award con una de ellas.

Adiós en azul, publicada en 1964, es la primera novela de la serie de este personaje tan carismático y diferente que es Travis McGee, Trav para los amigos. Novela negra de los pies a la cabeza, hardboiled  hasta la medula y pulpera en muchísimos aspectos, Adiós en azul es un compendio de lo mejor del género negro y de un periodo, cumple con nota las expectativas de los amantes de género y amplía las miras –bastante encorsetadas- de las novelas populares de aquella época. Incluso de esta.

Adiós en azul es en apariencia una novela negra más, con sus tópicos y sus recursos, pero es cuando estamos inmersos de lleno en ella cuando vemos la agudeza de la escritura de MacDonald; la profundidad que desprende el texto, la trama, los personajes, que nada es simplemente algo, que en todo hay un motivo, la ironía, el humor negro. La trama es encilla, bastante lineal incluso, pero despide aguijonazos constantes, lanza dardos a todos los estamentos posibles, McGee se vanagloria de vivir al margen de una sociedad que en aquellos años estaba en pleno desarrollo, abriéndose a un mundo de posibilidades infinitas, y nuestro protagonista hace bandera de vivir del intercambio, de vivir en un barco y de desconfiar de prácticamente todo lo que le rodea: ¨ …recelo de otras muchas cosas, como las tarjetas de crédito, las deducciones de la nómina, los seguros, las rentas para la jubilación, las cuentas corrientes, los cupones de ahorro, los relojes, los periódicos, las hipotecas, los sermones, los tejidos milagrosos, los desodorantes, las listas de cosas pendientes, los créditos, los partidos políticos, las bibliotecas, la televisión, las actrices, las cámaras de comercio para jóvenes empresarios, los desfiles, el progreso y la predestinación.¨

¡Menuda declaración de intenciones!

Dejando a un lado la pequeña broma que supone esta declaración de McGee, se puede leer entre líneas –y ver durante el desarrollo de la novela- que MacDonald ha creado un personaje con una personalidad fuerte y de carácter irreverente, algo inusual en los años 60 y en este tipo de novelas. Lejos de escribir un panfleto patriótico lleno de clichés, MacDonald opta por una historia inteligente y un protagonista que ve en lo que se está convirtiendo su ciudad, su país, la decadencia que lo envuelve todo, el cambio social que poco a poco se está produciendo.

No es detective, no es policía, no es periodista, no es forense, no es nada; Travis McGee solo es un tipo que recupera cosas, que vive de sus ahorros, que vive en un barco que ganó en una partida de póker. Cuando va corto de fondos y alguien le pide un favor, se pone en marcha para recuperar algo que a otro le han quitado o que ha perdido y si lo encuentra o recupera, él se queda con la mitad. La cosa funciona más o menos así. Si no hay nada que recuperar no hay mucho que hacer. Florida es un sitio tranquilo y no escasean las mujeres, así que McGee no tiene mucho en que emplear su tiempo hasta que una amiga de una amiga le pide que encuentre a un tipo que, al parecer, se ha quedado con algo que era de su padre.

Historia repleta de mujeres; victimas hundidas, desoladas, forzadas, anuladas y arruinadas; supervivientes, luchadoras, enérgicas, valientes; post-adolescentes de belleza impostada, vida difícil y sexo ligero; madres de vida dura, solitarias y autosuficientes, la novela es casi un homenaje al género femenino desde todos los puntos de vista; desde, por supuesto, el gran tópico de icono sexual –que McGee no se esconde en adular- hasta todos los que acabo de nombrar. McGee es co-protagonista con un elenco de mujeres tan diverso, que en muchas ocasiones no queda claro quien está salvando a quién…

Con buenas reflexiones, un estilo afilado, enérgica y muy reveladora, Adiós en azul vuelve para demostrar que muchas historias siguen vigentes aunque pasen cuarenta o cincuenta años, que el pulp, el hardboiled y las novelas populares pueden estar llenas de denuncia, de irreverencia y ser las más vendidas del lugar – ¡que le pregunten a Jim Thompson o a Ross McDonald!- y que además puede uno pasárselo increíblemente bien leyéndolas.

 

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