
Parafraseando en versión libre a Tolstoi, podemos decir que todos los malos thrillers se parecen, pero que todos los buenos thrillers tienen su razón específica para ser buenos, y que cada uno queda separado de sus congéneres por varios mundos de distancia.
Dado que un thriller pone frecuentemente a sus protagonistas en situaciones límite, una buena novela de ese género nos brinda la oportunidad de enfrentarnos y de disfrutar de expresiones extremas de todo lo bueno y lo malo de lo que es capaz el ser humano. Al narrar las vicisitudes de un héroe que ejemplifica -con diversos matices y en distintos grados, algo natural al tratarse de un ser humano- cualidades positivas y que, generalmente, representa al bien en liza con el mal, el thriller puede servir también como magnífico espejo catártico en el que contemplarnos y, por qué no, regodearnos al ver cómo, por regla general y como mandan los cánones, es el héroe con el cual nos hemos identificado el que sale victorioso.
Algo así sucede con Bajo los montes de Kolima, de Lionel Davidson, esta obra de difícil resumen y aún más difícil catalogación pues, a pesar de que es claramente un thriller, es también algo más que un thriller. Considerada unánimemente como la obra cumbre del autor, es no solo su mejor obra, sino también, para algunos (Philip Pullman, sin ir más lejos), el mejor thriller de todos. ¿Es así? Veamos… Tal vez, bajo mi punto de vista, Bajo los montes de Kolima no sea el mejor thriller que he leído, pero sí es una obra diferente, más compleja de lo que pueda parecer en una primera lectura. Cuidado con juzgarla habiendo leído sólo la mitad (casi caigo en ese error); este libro, como sucede con todos los buenos libros, es capaz de sorprender al lector, de metamorfosearse sibilinamente en otra cosa, de dar al traste con los prejuicios con los que todos vamos armados. No crea el lector que sabe más que el autor o que ya ha leído tantos libros que es capaz de predecir también éste.
La acción se sitúa en la Rusia postsoviética, entre otros muchos escenarios, pero es ahí donde se suceden los hechos principales. El protagonista es una especie de -no se crea que lo digo en son de chanza- James Bond indígena americano, más concretamente canadiense. Se llama Johnny Porter y, además de dominar perfectamente varias decenas de idiomas, entre ellos el ruso, el japonés y diversas lenguas indígenas de América y de Eurasia, sabe pelear, conduce como un profesional y sabe de mecánica, es agudo y de rápidos reflejos, es arrojado y valiente sin parangón, es atrevido sin llegar a ser temerario (bueno, salvo cuando hace falta) y es leal hasta la muerte con aquellos a quienes tiene mucho apego. Johnny Porter, ahora bien, no es un superhéroe perfecto; a lo largo de la novela, las diferentes situaciones en las que se ve envuelto le hacen invocar sus bajos instintos, sus apetencias menos dignas, la arrogancia de su superioridad física e intelectual, y el recurso a cualquier arma (literal o figurada) con tal de salir airoso del trance. No es, en efecto, un monaguillo, aunque, dicho sea a su favor, no sabe de ningún monaguillo que pueda ser buen candidato a cruzar medio mundo en una misión suicida y aun tener esperanzas de salir exitoso de ella.
La misión en cuestión es lo que ocupa la mayor parte de las páginas de Bajo los montes de Kolima: Rogachev, un científico ruso de alto nivel, conocido de Johnny Porter, se convierte en director de un secretísimo centro de investigación gubernamental; lo es hasta el punto de que a ninguno de sus empleados, incluido el director, se le permite salir de allí… jamás. Pero este director tiene algo que comunicar, y el único modo de enviar el mensaje es hacer que un emisario capaz de llegar hasta allí jugándose el tipo lo haga por él: Johnny Porter.
Bajo los montes de Kolima no es un thriller al uso. En realidad, es un thriller descriptivo y, por tanto, es hiperrealista: el autor se preocupa mucho de describir con todo detalle cada paso que da Johnny Porter, las personas que colaboran con él en su misión, los sucesos y los imprevistos en los que se ve envuelto y cómo los solventa, con quiénes se cruza en su camino. En este último punto, sobre todo, Davidson es muy minucioso, presentándonos a toda una galería de personajes secundarios cuyos ires y venires no son necesariamente vitales para la trama principal, pero contribuyen a enriquecer y a espesar la historia, dotándola de realismo, de humor, de momentos de distracción necesarios para aliviar la tensión de la trama principal, de subtramas que discurren y se resuelven (o no) de forma paralela a aquélla.
Davidson demuestra ser un escritor bien dotado para este género, situando a un héroe por demás bastante inverosímil -ya lo decíamos, todo un James Bond, o aun superior y más capaz, en según qué aspectos- en una trama que llega a rozar lo fantástico y consiguiendo, por medio de la magia de la literatura y del trabajo excelentemente hecho, que nos lo creamos todo y que no podamos encontrar ninguna fisura en ese mundo de secretos, espionaje, persecuciones, ingenios y peligros sin fin. Incluso en los momentos en los que Davidson más fuerza la máquina y más increíble parece todo, la profusión de detalles, el amor por la explicación que pueda dar mejor respuesta a las interrogantes que surgen en la mente del lector y la solidez y la excelente arquitectura de la ficción hacen que no exista ningún agujero por el cual se pudiera colar la aquiescencia del lector de participar en el juego de suspensión de la incredulidad; y si existe, ni le hacemos caso, ni nos importa que esté, porque el resto está tan bien ajustado, que el mundo ficticio de la trama de la novela pesa mucho más que los defectos que pueda tener.
Bajo los montes de Kolima es un thriller diferente y sui generis también en el sentido de que consta de diversas partes que forman un todo, sí, pero entre las cuales no existe necesariamente una correlación ineludible. Me explico: la trama se divide netamente entre una parte inicial, donde se nos cuenta cómo se las ingenia el científico (Rogachev) para hacer llegar sus mensajes de socorro, cómo dan con Porter y cómo éste se embarca en la misión; después, el aparente corazón de la trama, es decir, el encuentro entre Porter y Rogachev y la revelación del importantísimo mensaje que éste tiene que transmitir; y, por último, la parte más emocionante y que más se ajusta a los parámetros del thriller, cómo Porter intenta salir del país sin que le echen el guante. Tal como el propio Philip Pullman adelanta en su acertadísimo prólogo, Bajo los montes de Kolima es una novela que sigue el arquetipo de la historia de una búsqueda, tema antiquísimo y recurrente en la literatura (al igual que en la vida). En este sentido, sin embargo, hay que advertir de que la búsqueda en la que se embarca Johnny Porter merece ser leída independientemente de su conexión con el objeto buscado; cuando el misterioso mensaje que Rogachev quiere comunicar es finalmente revelado, el lector se dará cuenta de que podía ser cualquier cosa, absolutamente cualquiera, y ello no restaría (ni añadiría) un ápice a la peripecia de Porter, a lo bien narrada que está y a lo completamente sumergidos en ella que nos ha tenido la habilidosísima pluma de Davidson. (Lo cual no quita tampoco para que el meollo del secreto esté admirablemente narrado y para que, al enterarnos de él, no sepamos si se trata de algo totalmente inventado por el autor o si la ficción está basada en la realidad.) Esa parte central transcurre de forma tan rápida (aunque intensa) que, si parpadeamos, nos la perdemos. La tercera parte, la más convencionalmente ajustada a las normas del thriller, es la que narra cómo Porter intenta huir del país con esa preciosa información.
Como estudio de personaje, Bajo los montes de Kolima resulta también muy digno, y eso que el personaje de Porter es esquivo y hermético, a pesar de que nos acompañe a lo largo de todo el libro. Nos identificamos con él, queremos que gane, que logre escapar, que la misión sea un éxito, y sin embargo nunca acabamos de conocerlo bien; emana de él una frialdad, un desapego por el mundo capaces de rivalizar con el clima de esa Siberia a la que el libro nos transporta. Y otra vez a pesar de esa frialdad, sin embargo sentimos simpatía por Porter, quizá porque, pese a que no siempre se comporta de forma intachable, es un tipo en el que sus amigos pueden confiar.
No puedo dejar de mencionar el subtexto de comentario social y político -con un tinte levemente, sólo levemente satírico- de la novela. Puesto que, si Johnny Porter sale bien parado de muchas de las pequeñas y grandes crisis y momentos de peligro de su misión, no es solamente gracias a que es un tipo la mar de apañado, en todos los sentidos, sino también a que la ex Unión Soviética es un magnífico armazón de burocracia, comunicación, trámites, jerarquías y cadenas de mandos, y ello resulta en una inoperancia, en un desbarajuste, en lagunas de información, en desajustes evitables y, en fin, en un caos que haría que un espía medio espabilado (y Porter es espabilado del todo) pudiera navegar más o menos fácilmente por ese entramado sin correr grandes riesgos.
Bajo los montes de Kolima es una pequeña joya que brilla aún más por sus aristas e imperfecciones que lo que probablemente lo haría sin ellas. Ahora que disponemos de su traducción al español -muy meritoria, en mi opinión, y a la que no he encontrado ni una sola pega; Cristina Martín Sanz es su autora-, no hay excusa para no descubrir su poder de seducción.



¡Joder, Ramiro! ¡Jo-der! ¡Hay que joderse, hay que joderse y hay que rejoderse…! , como tú mismo dices. ¡Cómo eres! Cuando ya has dejado atrás toda la mierda que tuviste que pasar con Augusto Ledesma y luego un poco más con el secuestro de Margarita Zúñiga, vas tú solito y te tiras de cabeza a una piscina llena de fango y vete a saber qué más… Mejor sería que te aplicaras uno de tus refranes, o mejor te digo uno que te va que ni pintado: Consejos vendo y para mí no tengo.
Desde que Mortadelo peinaba una recia melena y desde que Zipi y Zape no eran castigados diariamente por don Pantuflo a dormir en el cuarto de los ratones. Ese es, más o menos, el tiempo que llevaba sin leer un cómic/novela gráfica (como novato en este mundillo, no quiero ofender a nadie). ¿Qué me llevó a interesarme entonces por Avery’s blues? La música, sin duda. Una historia que habla de un joven negro dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de que le convierta en el mejor bluesman tenía que leerla, independientemente del formato en que estuviese publicada. Y he de decir que el dibujo en este caso no sólo es estéticamente agradable, sino que además ayuda enormemente a trasladarte a los años de la Gran Depresión americana y, más específicamente, a la región del delta del Misisipi, una de las zonas donde 

Tengo un prejuicio – que, afortunadamente, con el tiempo va desapareciendo – y es el siguiente: no suelo salirme de los circuitos más “oficiales” (por llamarlos de alguna manera) del sector editorial. Esto quiere decir que es muy raro que yo mire en la sección de libros autopublicados o que haya algún libro que me interese especialmente. Supongo que el tiempo ha hecho que me vuelva vago, que no me entre la curiosidad por otro tipo de publicaciones o que la desidia – y cierta crítica que hago siempre a ciertos sectores de esta industria – hayan hecho que prefiera centrarme en lo que una editorial que ya conozco de sobra vaya a ofrecerme. Cuento todo esto porque hoy traigo un libro que, por razones que no vienen al caso, es muy posible que yo no hubiera reseñado, que no me hubiera llamado la atención, y que hace referencia a lo que decía al principio sobre mi prejuicio: ha hecho que vayan bajando mis humos y que me acerque a La cita mortal con una sensación de entretenimiento y buen rato que dejan en evidencia varias cosas que, por no extenderme mucho en esta introducción, iré desgranando más adelante. Hasta entonces, la historia es la que sigue…
Lo admito, el año pasado sucumbí al fenómeno 
Los buenos libros, además de las cualidades que le son propias a cada uno de ellos, tienen en común una gran virtud: despiertan la curiosidad por otros buenos libros. En este caso, la lectura de 
¿Os acordáis de que hace poco os hablé de la novela 
Ésta es una reseña complicada. Complicadísima, de hecho. Tres días y una vida es una de esas novelas que te mueres por comentar con alguien según las acabas, pero de las que sabes que es casi imposible hablar sin desvelar más de lo que deberías. A pesar de ello prometo que voy a esforzarme en intentar expresar lo que me ha parecido su lectura destripando lo menos posible del libro, porque todos sabemos lo que fastidia un spoiler literario.
Hay novelas que te muestran tu propia realidad y hay novelas que te hacen viajar. Algunas logran las dos cosas. Este es el caso de La sacudida, la novela debut del periodista Fernando Goitia con la que viajamos a Centroamérica y al mismo tiempo nos quedamos muy cerca de casa.
Me gusta cuando una editorial decide reeditar, rescatar, recuperar material de los años dorados del pulp. Ese subgénero maltratado, trillado y un poco mirado por encima del hombro me tiene hechizado. La cultura del pulp, de aquellas historias y las condiciones en que nacieron, sus personajes tan pasados de rosca, tan morales e inmorales a la vez. Me chifla cuando una editorial se lanza a recuperar esas historias de nuevo, o mejor aún, cuando decide editarlas por primera vez en nuestro país.