Publicado el

Queremos que vuelvan, de Miguel Ángel Santamarina

Queremos que vuelvan

Queremos que vuelvanEspaña es un país con la sensibilidad siempre a flor de piel. Tanto si se trata de llorar como de reír, aquí siempre somos los primeros en ponernos a la cola. Y si además contamos con un potente altavoz televisivo de por medio, capaz de engrandecer hasta el detalle más nimio, mejor que mejor. Por eso ahora los españoles viven pendientes de Diana Quer, como en su día vivieron pendientes de Miriam, Toñi y Desirée, de Anabel Segura, de la pequeña Mariluz o de Marta del Castillo, entre muchos otros. Los debates matutinos en el bar o en el puesto de trabajo tienen una nueva conversación. Ya no solo se habla de fútbol, también se lanzan hipótesis sobre el paradero de la joven madrileña. Los más sentidos derraman alguna lágrima, deseando no tener que sentirse expuestos nunca al doloroso trámite por el que pasan los padres. Otros, algo más morbosos, alimentan en silencio las ganas de que la investigación destape algún que otro trapo sucio familiar con el que poder lanzar, al grito de “ya me lo olía yo”, las más sibilinas acusaciones. Y para colmo, todo programa televisivo que se precie pone todos sus recursos (técnicos y humanos) para adelantar en primicia cualquier detalle digno de ser contado, ya sea un simple rumor o la declaración más esperada. Y perdónenme esta larga introducción, pero me viene al pelo para presentaros Queremos que vuelvan, la primera novela de Miguel Ángel Santamarina, que retrata muy fielmente la expectación que se genera en España cada vez que afronta un caso tan mediático como es la desaparición de jóvenes en extrañas circunstancias.

En este caso, los desaparecidos son Bruno y Mario, dos adolescentes de Alcorcón sin aparentes problemas, cuyo rastro se pierde el 15 de agosto de 2012. Javier Redondo es un periodista que pone todo su empeño en descubrir el paradero de los chicos y cuya obsesión por el caso le supondrá graves problemas. Las desapariciones pronto se convierten en un caso mediático gracias a Lisandro Meneses, estrella televisiva, cuyos especiales sobre Bruno y Mario sacudirán las conciencias de todos los telespectadores. El avezado presentador, con mucha labia y pocos escrúpulos, irá limpiando sutilmente la superficie del caso, como si de un arqueólogo de tratase, para demostrar a la opinión pública las desavenencias internas entre los familiares e incluso entre los desaparecidos, cuyo perfil angelical dista mucho de ser el real.

En Queremos que vuelvan hay políticos corruptos, banqueros deleznables, policías oscuros, periodistas carroñeros y mafiosos del este de Europa dedicados supuestamente al tráfico de jóvenes. Algo que en otros países podría considerarse literatura fantástica, en España bien puede ser considerada como una novela realista sin que tachen a uno de demente.

Miguel Ángel Santamarina debuta con una historia absorbente, bien contada y estructurada. El autor va proporcionando al lector la información en pequeñas dosis, alternando el presente con los últimos días de Bruno y Mario antes de su desaparición. El punto fuerte de la novela, en mi opinión, está en lo bien que refleja el autor el mundo de la telebasura. No hace falta poner nombres o ejemplos para ilustrar el tema, pero todos sabemos cómo se las apañan en televisión para tocar la fibra del espectador y crear esa tensión dramática que hace que nos quedemos pegados a la pantalla, esperando a que el presentador o colaborador de turno saque más trapos sucios con los que frotarnos las manos o llevárnoslas a la cabeza.

Los que lean esta novela pueden pensar que el autor exagera; que ni las altas esferas son tan oscuras ni la televisión es tan truculenta. Yo creo que no hay exageración, solo las licencias literarias necesarias para que un thriller consiga enganchar al lector. Por eso prefiero pensar que Queremos que vuelvan es una caricatura de la sociedad actual. Quizá ponga demasiado énfasis en algunos rasgos defectuosos, pero no por ello deja de reflejar una realidad que convive con todos nosotros.

[product sku= 9788491267331 ]
Publicado el

Cartas a una extraña, de Mercedes Pinto Maldonado

Cartas a una extraña

Cartas a una extrañaA ver, queridos lectores, voy a seros muy sincera desde el principio. Cartas a una extraña es un libro que nunca habría escogido para leer. Mi sexto sentido literario me manda señales muy claras de que este no es el tipo de lectura que me atrae, ni el título, ni la portada, ni la sinopsis que aparece en la contraportada. En una librería hubiera pasado completamente de largo, alertada por mi radar para libros. Pero, amigos, a veces una reseñista tiene que hacer lo que tiene que hacer. En este caso, leer esta novela publicada por el sello de Amazon Publishing.

¿Qué tiene de especial esta novela? Pues que resultó finalista del Concurso Indie 2015. Algo tiene que tener cuando ha sido finalista. Vamos bien. Además, Mercedes Pinto Maldonado, ha publicado ya de manera independiente ocho libros que han obtenido bastante éxito. Hasta el punto de que dos de sus novelas se convirtieron en best sellers en varios países y estuvieron más de un año en el Top 100 de Amazon. No todo el mundo puede jactarse de estos logros, así que, pensé, algo tiene que tener esta médico retirada y dedicada completamente a la literatura.

Venga, Victoria, sal de tu maldita zona literaria de confort, me dije. Creo que también puede ser bueno que alguien que no suele leer este tipo de novelas escriba sobre ellas, hable desde un punto de vista totalmente ajeno al género y aporte su visión.

Al leer la contraportada de Cartas a una extraña ya tenía claro que me enfrentaba a una trama de esas de pelis de sobremesa. Y la lectura de la novela no ha hecho más que confirmarlo. No tengo yo nada en contra de ese tipo de películas, entiéndanme. Son, sobre todo, ideales para dormir la siesta. Pero también las hay que enganchan. ¿No os ha pasado? Os tumbáis en el sofá, ponéis la televisión, zapeáis hasta encontrar una película cualquiera y os dejáis llevar en brazos de Morfeo. Pero resulta que la película tiene algo, sin ser una obra maestra, sin ser una peli especial, consigue que no te duermas esa siesta, que sigas pegado al televisor, exclamando “¡Venga ya!, ¡Aléjate!, ¡Oh!” y demás interjecciones. Si Cartas a una extraña fuese una película, sería una de ese tipo. Más claro no os lo puedo decir.

La novela lo tiene todo: una madre mala malísima; dos hijas, Yolanda, la mayor, que desde pequeña ha sabido muy bien imitar a su madre y Berta, la protagonista. Hay una tata, hay un detective, padres y amantes desaparecidos, culpables e inocentes. Lo que yo os diga: lo tiene absolutamente todo.

Berta, tras quince años viviendo en Londres, regresa a Madrid por el fallecimiento de su madre, lo cual, después de tanto tiempo de desconexión y de una infancia atormentada, no le provoca ningún sentimiento. Indiferencia, si acaso. Berta ha logrado hacerse a sí misma, recomponerse en la distancia y cree que volver a Madrid para arreglar los temas de la herencia no supondrá ningún revés en su actual vida. Pero se equivoca. Aquellos años pasado en esa casa, la case de Doña Alberta, la déspota madre, se le vienen de repente encima. Berta encuentra en la buhardilla un fajo de cartas que su madre ha guardado con recelo bajo llave. Ahora que ya no está, esas cartas le pertenecen, igual que la obligación de recomponer su historia.

Es todo tan oscuro, tan misterioso y tan difícil de atar los cabos que recomponen su vida que Berta decide contratar a un detective para que le ayude a unir las piezas de un puzle que forman, no solo la vida de Berta, sino la de toda su familia.

Como ya os he dicho, no es mi género. Pero tampoco podía imaginar que iba a engancharme lo más mínimo y sí, lo ha hecho. Mercedes Pinto Maldonado escribe correctamente y sabe cómo atraer la atención del lector, sin duda. Está bien de vez en cuando salir de nuestras rutinas literarias y leer otra clase de libros. A veces hay que dejarse llevar.

 

[product sku= 9781503937499 ]
Publicado el

Final de trayecto, de Emmanuel Grand

Final de trayecto

Final de trayectoLas líneas entre los géneros son cada vez más difusas, y el lector actual parece agradecerlo. La mezcla de géneros, o la disolución de fronteras, supone una mayor libertad para el escritor y una promesa de mayores sorpresas para el lector. Y los críticos se ven obligados a rebuscar mejor en su acervo literario para encontrar similitudes en autores ya consagrados; así, Final de trayecto, la ópera prima del francés Emmanuel Grand, ha sido presentada por algunos medios como “una mezcla entre Georges Simenon y Stephen King“. Ello es debido a que en esta novela hallamos un curioso maridaje entre thriller, novela social de oscuras tonalidades y novela de terror sobrenatural.

 El protagonista es Marko Voronine, un ucraniano inmigrante clandestino en Francia, adonde llega de la mano de una red mafiosa que trafica con personas necesitadas de salir de su tierra. Por avatares del destino, Voronine se ve perseguido por la mafia rumana que lo ha llevado hasta allí, y obligado a esconderse para seguir con vida. No se le ocurre para ello otro lugar que Belz, una isla de 2.000 habitantes en la costa de Bretaña. Sin embargo, en lugar de un refugio, Marko encontrará allí más problemas, al abrírsele otro frente de hostilidad con los locales, una sociedad muy cerrada y endogámica donde no toleran bien a los forasteros y donde ven a Marko como un rival que les disputa la ganancia en su modo de vida como pescadores que faenan en durísimas condiciones y en un sector que ya está de capa caída, donde ellos sólo aspiran a sobrevivir como mejor pueden. Un tercer frente surgirá pronto en forma de oscura amenaza que no es de este mundo y de la cual los habitantes de la isla saben mucho y temen más aún.

Ese resumen da una idea de la amalgama de géneros que nos vamos a encontrar. Casar un thriller poblado por mafiosos de Europa del Este e inmigrantes ilegales, con las dosis de tensión y de violencia que acertadamente podemos imaginar, con novela de terror sobrenatural es una hazaña propia de autores muy avezados, y aquí hemos de decir que Final de trayecto saca a relucir su carácter de primera novela. Era muy difícil hacer que las distintas subtramas convergieran de forma totalmente coherente, fluida y sin fisuras, y el resultado es satisfactorio sólo a medias, pues lo cierto es que, si lo deseable hubiera sido que la parte de novela criminal y la parte de novela fantástica y de terror hubieran discurrido por un mismo cauce y desembocado en un desenlace redondo o, al menos, capaz de responder por igual a los interrogantes e intrigas que cada subtrama por separado despierta, tal objetivo no se consigue y el desenlace resulta desigual, pues el equilibrio, ya de por sí difícil, acaba deshaciéndose claramente  a favor de uno de los dos. Al elegir ­-probablemente, de forma involuntaria- uno de los dos géneros en detrimento del otro, Emmanuel Grand adelgaza y priva de fuerza la solución del otro, lo cual resulta en unas expectativas que fácilmente pueden verse defraudadas, y eso es así porque, hasta el tramo final, la novela es adictiva y suscita muchos interrogantes y, por tanto, ganas de seguir leyendo.

Ya lo hemos dicho: combinar subgéneros es algo al alcance de muy pocos, y, de esos pocos, seguramente ninguno acertó a hacerlo en su primera tentativa. Uno de los dotados para hacerlo es Stephen King, autor que tiene tanto el don como la experiencia necesarios para mezclar misterio, terror y hasta humor y hacer que la novela sea unitaria, que todas las subtramas e historias paralelas se lean como un solo relato y no como varios que corren paralelos y en ocasiones se tocan. La gran diferencia entre el terror que cultiva King y el que elabora aquí Emmanuel Grand es que los monstruos de King son siempre de origen netamente humano; pocas veces se apoya en elementos folklóricos, en leyendas, en entidades que existen en contra del hombre, sino que crea sus horrores a partir del hombre. El monstruo de King es siempre una transposición de la materia oscura del alma y de la psique del hombre, y eso hace que, aparte de infundirnos mucho miedo, nada de lo humano le sea ajeno. El terror que nos ofrece Final de trayecto, por el contrario, es un terror que surge de fuera de los confines del hombre y al que éste se enfrenta. Esto no es ni mejor ni peor, pero sí es una dificultad añadida a la hora de otorgar credibilidad a una novela que quiere conjugar lo humano y lo fantástico. Y es que Final de trayecto puede leerse también como una competición entre horrores: ¿a qué le tenemos más miedo, al matón de la mafia que nos pisa los talones y puede descubrirnos y liquidarnos en cualquier momento, o a un ser ultraterrenal que merodea por los bosques y las costas del lugar donde vivimos? Esos dos miedos que viven en Marko, el protagonista, son antagónicos, y por eso resulta difícil contar una historia que contenga y dé respuesta a los dos.

A pesar de todo lo dicho, Final de trayecto es una lectura muy entretenida y que contiene muchos aciertos. Por ejemplo, Emmanuel Grand apunta maneras en el género de thriller. La historia de los inmigrantes ucranianos es creíble, está contada de forma eficaz y con los detalles necesarios en los momentos oportunos, dotándola de verosimilitud y de hondura, aparte de ser un tema de triste actualidad (aunque ¿no siempre lo es?). También engancha, y mucho, la descripción de las condiciones de vida y de trabajo de los habitantes de Belz; una vida melancólica, porque está condenada al fracaso y a la extinción y a no brindar jamás ninguna prosperidad a los pescadores. Y hay apuntes muy interesantes sobre otros temas, como el maltrato a la mujer, que apenas asoma en la novela pero que está tratado con la complejidad suficiente para no caer en el simplismo ni en el tópico; la penuria de ser diferente -o considerado diferente- en una sociedad cerrada como un clan; la sensación de culpa y la carga que supone, muchas veces insostenible; el choque entre religión y paganismo; y las relaciones entre las mafias y los códigos que manejan. Emmanuel Grand se muestra como un escritor minucioso y de gran valía al tratar todos esos temas, y es de esperar que sus dotes se consoliden y brillen sin sombras en futuras novelas. En cuanto a Final de trayecto, supone una lectura trepidante que será apreciada, a buen seguro, por aficionados a varios géneros distintos, así como a los interesados en el folklore del norte de Francia y de parte del Atlántico.

[product sku= 9788416237067 ]
Publicado el

Cuchillo de agua, de Paolo Bacigalupi

cuchillo de agua

cuchillo de aguaA estas alturas al señor Paolo Bacigalupi lo conoce todo el mundo; responsable de la multipremiada La chica mecánica, del libro de relatos, también premiados, La bomba número seis y de la novela juvenil El cementerio de barcos, Cuchillo de agua es su última novela.

Ambientada en un futuro cercano -y devastador- Bacigalupi nos propone unos Estados Unidos arruinados, devastados y desmantelados por la falta de agua. Las ciudades a las que no llega agua han sido abandonadas y arrasadas, y en las que aún llega, la población se divide entre los que sobreviven en los suburbios malviviendo del agua de los surtidores de pago y con los que se pueden permitir vivir en los lujosos complejos verticales donde el agua y el aire son de primera calidad, igual que los ingresos de sus inquilinos.

La lluvia no hace acto de presencia desde hace años, la mayoría de los ríos se han secado, así como las reservas subterráneas y los lagos, las grandes ciudades viven de algunas presas que se alimentan de los deshielos, algunos lagos y algún paupérrimo río que aún no está agotado. La guerra por el agua es atroz, los derechos sobre el agua –y las zonas por donde pasa esa agua- son auténticos tesoros que se compran y venden al mejor postor, derechos que se roban, con los que se especula, se chantajea y se asesina. A más derechos sobre agua más poder, más dinero.

Las guerras entre ciudades están a la orden del día, aunque todo el mundo mire hacia otro lado cuando una presa que abastece a otra ciudad explota en pedazos o una depuradora estalla en mil bolas de fuego bajo el impacto de decenas de misiles disparados desde unos cuantos chopperes. Todo este sinsentido ha dado lugar a una sociedad híper-clasista donde la prostitución, los carteles, las mafias y un montón de escoria controlan los suburbios, exigiendo impuestos sobre cualquier venta, negocio, cuerpo o lo que a ellos se les ocurra. Al otro lado de toda esa podredumbre social están los habitantes de las Arcologías Taiyang, los complejos de lujo para ejecutivos, abogados, directivos, capos de los carteles y cualquiera que gane el dinero suficiente para permitírselo. En ese escenario Bacigalupi desarrolla Cuchillo de agua, un auténtico thriller de principio a fin, pasado, eso sí, por el cedazo del americano, por su estilo tan peculiar y que tantas ampollas levanta.

Tres son los ejes de esta historia, podríamos hablar de un protagonista y dos coprotagonistas. Ángel es el actor principal, un tipo rudo, violento, fuerte, un poco el arquetipo de los thrillers, menos guapo –aunque goza de esa erótica del poder- lo tiene todo. Lucy, segunda de abordo,  una periodista afamada, lista, que se mueve como pez en el agua en las redes y que no deja de denunciar el estado de putrefacción social en el que está cayendo Phoenix, le preocupa la falta de agua y el futuro de la cuidad. Y la que hace tres, María, apenas una adolescente refugiada de los suburbios que se ve sometida al control de las mafias para poder vivir un día más.

La ciudad de Phoenix, en plena decadencia, es el escenario principal, aunque salen salpicados California, las Vegas, Colorado y algún lugar más. Ángel es un cuchillo de agua, un tipo que se dedica a proteger los intereses de la más temida de las especuladoras de derechos de agua. Su jefa es tan virulenta, impredecible y atroz como un huracán y sus métodos son implacables. Una de las misiones de Ángel se cruzara en la vida de Lucy primero y en la de María después, vidas que quedaran unidas y mezcladas por el interés, la supervivencia y la codicia.

La novela toca temas de primer orden hoy en día: la inmigración, la ecología, la economía, la política, las sociedades de consumo. La trama resalta el tema de la inmigración, ya que el   peso del escenario se apoya en esos suburbios plagados de inmigrantes de otros estados donde el agua se ha agotado, inmigrantes –tejanos caso todos- que nadie quiere, que todo el mundo odia, que las mafias asesinan sin pudor, pero que todo el mundo necesita para levantar esos majestuosos complejos de lujo autosuficientes para los más ricos del lugar.

¿A alguien le suena esto de algo?

Bacigalupi, como os comentaba al principio, bebe de la fórmula del thriller para construir esta novela -ritmo vertiginoso, personajes arquetípicos, trama lineal y trepidante, subtrama erótico-festiva, desarrollo predecible y final un poco edulcorado- solo que la adereza con un escenario de ciencia ficción y con su ya comentado estilo personal. Además de unas cuantas escenas bastante crudas. Ese estilo personal al que no dejo de referirme y al que mucha gente no le acaba de pillar el qué, viene determinado porque Bacigalupi  lanza al lector a la trama sin ningún tipo de información; nada de infodumps, nada de worldbuilding, nada de descripción de personajes, objetos o cosas así, apenas cuatro pinceladas y la confianza en el lector. A mí personalmente este recurso me encanta, me gusta el desafío que supone y lo prefiero a largos y tediosos párrafos o páginas de explicaciones. Y todo, además, trasladado a nuestro idioma con una fluidez exquista, como viene siendo habitual en las magníficas traducciones de Manuel de los Reyes.

En general, y si ser un amante de los thrillers, sean del género que sean, Cuchillo de agua me parece una fantástica novela de aventuras en primer lugar y una buena historia de juicio y reflexión en segundo, para conocer hacía donde podríamos estar dirigiéndonos, si no nos concienciamos un poco sobre todo lo que nos rodea.

[product sku= 9788415831914 ]
Publicado el

Todo lo que vino después, de Gabriel Urza

Todo lo que vino después

Todo lo que vino después

¿De dónde es uno? Y, simultáneamente, ¿quién es de un sitio concreto, y quién decide, si cabe tal cosa, sobre ese origen? Sobre esas cuestiones, hay puntos de vista como para alimentar un debate interminable (de hecho, ese debate existe y, en efecto, no tiene visos de terminar pronto). Algunos afirman que uno es de allí donde ha nacido, y no hay vuelta de hoja; por tanto, los propios de un territorio son solamente los que han nacido en él, da igual si uno ha hecho su vida en otro lugar y su conexión emocional con su país de nacimiento es nula, y da igual si uno ha nacido en otro sitio pero su corazón, su mente y su arraigo pertenecen a un territorio diferente a aquel de su nacimiento. Otros dicen que un pueblo lo forman las personas que eligen formar parte de él; las que viven en él y contribuyen a su prosperidad, independientemente de su origen biológico, étnico y legal. Hay quienes claman por la nacionalidad, además o al margen de todo lo antedicho, por herencia de sangre, de tal modo que el origen, igual que el ADN, pasa de padres a hijos y de tatarabuelos a tataranietos.  Esta última visión es la más extendida en Estados Unidos, donde, si a un norteamericano se le pregunta de dónde es, es común que responda, por ejemplo, “Soy irlandés, alemán, ruso y noruego”, si tiene antepasados de esas nacionalidades. Así pues, la nacionalidad del antepasado se hereda de generación en generación.

Todas ellas son formas válidas y basadas cada una en su lógica para justificar o esgrimir una nacionalidad cualquiera o, mejor dicho, un origen étnico (el concepto de origen es mucho más amplio y complejo que el de la nacionalidad). Pero también es verdad que la visión, la relación, los sentimientos y el vínculo serán muy distintos para un aborigen y para un descendiente que nunca haya pisado la tierra de sus tatarabuelos y cuyo conocimiento de ella se base en la transmisión de historias y en una imagen fundamentada en una idealización.

Reflexiones de ese tipo son las que suscita la lectura de Todo lo que vino después. Se trata de la primera novela de Gabriel Urza, estadounidense de origen vasco. Al debatir conmigo misma sobre el tema principal de Todo lo que vino después, llego a la conclusión de que éste no es otro que el origen y los diferentes vínculos que, según las diferentes personas y sus experiencias vitales y su personalidad, se establecen entre las personas y la tierra que ellos llaman suya, la tierra donde ellos tienen su hogar; además, la distancia que siempre se abre -y que, en ocasiones, puede resultar insalvable- entre una persona enraizada en un lugar y otra que, a pesar de vivir en él, no siente ningún arraigo.

En Todo lo que vino después no hay, en principio, un ánimo especial por tratar el tema de la etnicidad y de la pertenencia a un lugar y, sin embargo, el puñado de personajes protagonistas (hay cierta coralidad en la novela, y ningún personaje destaca sobre el resto de manera clara) y sus historias tejen, entre todos, una narrativa dialéctica sobre aquel tema, ya que las circunstancias y los orígenes biológicos de los personajes son muy diferentes entre sí, aunque coincidan en algunos puntos de intersección, y sin embargo son los contrastes los que ponen mejor de manifiesto lo que cada uno de ellos representa.

Todo lo que vino después tiene, claramente, algo de novela realista, muy basada en la historia contemporánea del País Vasco y su turbio clima político que arranca desde la Guerra Civil, y también algo de drama moderno que descansa en las relaciones entre los personajes. El resumen de la contraportada nos sitúa en un clima posterior al asesinato de un concejal del Partido Popular en un pequeño pueblo vasco, y, sin embargo, no estamos ante una novela sobre ETA, ni ante una novela de corte político; de hecho, el atentado queda relegado casi a la categoría de MacGuffin narrativo, y el concejal, José Antonio Torres, no pasa de ser un personaje muy poco definido y sobre el cual el autor no se detiene más que cuando es absolutamente necesario.

No; la novela se ocupa de otros personajes. Está la mujer del concejal, Mariana Zelaia, una mujer de compleja y contradictoria personalidad; está un anciano profesor estadounidense, Joni Garrett, establecido en el pueblecito vasco desde décadas atrás y, sin embargo, aún considerado por los nativos como “el americano”; está también Iker Abanzuza, que participó en el secuestro y asesinato de Torres; y está, además, Robert Duarte, un joven recién llegado de Estados Unidos, descendiente de vascos y contratado por el colegio local para sustituir a Joni Garrett. Cada uno representa una forma de ser, de estar y de pensar acerca de Muriga, el pueblo en cuestión, en realidad una miniatura representativa del País Vasco: la persona vasca de origen, con sentimientos de amor por su tierra pero no, al parecer, de ideología nacionalista; aquel que ha nacido en Muriga y acaba militando en la causa (y refiriéndose a ella de ese modo, “la causa”); un extranjero que se ha establecido en Muriga y que lo considera su hogar, habiendo perdido todo vínculo con su país de origen; y, quizá el personaje más interesante por cuanto tiene de complejo y de paradójico, así como de revelador sobre un tipo de mentalidad que podemos sospechar bastante extendido en la actualidad, el extranjero que, aun sin conocer de primera mano gran cosa acerca del País Vasco, y no habiendo participado, ni mucho menos, ni en la guerra, ni habiendo vivido la dictadura, ni la eclosión del nacionalismo vasco, ni ninguna otra etapa de la historia vasca, hace gala de sus raíces vascas, domina el idioma (y gusta de hablarlo siempre que puede) y, además, tiene unas ideas muy marcadas sobre el País Vasco y su situación política y social. Ideas que pregona siempre que puede de forma totalmente inequívoca. Será este personaje, Robert Duarte, el americano apuesto y simpático aunque arrogante y dotado de la capacidad de empatía y el calor humano de una medusa,

Es ése, el elenco de personajes, el verdadero punto de interés de Todo lo que vino después. No es su veta de novela negra y thriller, la cual adolece decididamente de falta de consistencia y de densidad suficientes para atraer al lector y resultar creíble. Tampoco su pequeña faceta de novela realista, pues en realidad su mensaje final acerca de la violencia en el País Vasco es poco original y carece de pegada, diluyéndose blandamente en un desenlace que discurre por cauces previsibles y algo inverosímiles. Hay además ciertas dosis de lugares comunes de tipo folklórico, etnográfico e histórico, y elecciones de nombres algo desconcertantes. Detalles menores, por otra parte, y seguramente inevitables en una novela de este tipo, totalmente dependiente del carácter y la historia de un lugar.

Son esos personajes y las relaciones entre ellos, sus diálogos, sus reflexiones, los motivos por los que actúan como lo hacen y las justificaciones con las que tratan de autoconvencerse de cosas en las que no creen, o en las que creen a medias, los que verdaderamente atraen y mantienen el interés de Todo lo que vino después. Los personajes pueden leerse en clave particular o simbólica, representando cada uno una visión y una forma de sentir no sólo sobre el País Vasco, sino en general sobre la tierra y el propio origen. Y es el desenlace en su faceta más intimista el que más argumentos tiene para convencer al lector.

También es meritoria la elección de Gabriel Urza de situar su trama en un pueblo pequeño del País Vasco, alejado de ambientes urbanos más cosmopolitas en los cuales el carácter particular de la sociedad vasca quedaría más disuelto. El ambiente familiar y seguro, pero también controlador y psicológicamente asfixiante de un pequeño pueblo vasco está muy bien descrito y representado, y es elocuente el diferente modo en que Muriga trata a los dos norteamericanos: acoge y acepta como uno de los suyos a Robert Duarte, un recién llegado que sin embargo habla euskera, y se refiere a él como “el euskaldún”, mientras que Joni Garrett, que lleva toda su vida en el pueblo, sigue siendo “el americano”, aunque conozca y ame mucho más el pueblo.

La fuerza de Todo lo que vino después -y, probablemente, de Urza como escritor- radica en esos personajes, precisamente la clave del triunfo de cualquier novela, y en sutilezas que recuerdan el realismo mágico; en este caso, un realismo mágico vasco, algo bastante original para esta tradición narrativa.

 

[product sku= 9788466659246 ]
Publicado el

El atlas de las nubes, de David Mitchell

el atlas de las nubes

el atlas de las nubes¿Te has parado a pensar en que todo lo que haces, todas esas acciones que llevas a cabo de forma casi inconsciente, como un acto reflejo, repercuten en la vida de los demás de tal forma que es posible que sean esa minúscula chispa que con el paso de los años pueda llegar a crecer e inflamar conciencias hasta incluso llegar a cambiar el curso de la historia? Unas palabras de ánimo para aquel que su día amaneció gris. Un reproche injustificado. Un inesperado y cálido abrazo. Una sonrisa sincera. Unas palabras que rezuman bilis sin venir a cuento. Tender una mano al necesitado. Una sugerente pieza musical ejecutada con habilidad. Responder con el más flagrante desprecio al que busca refugio. La lectura de un libro inspirador en el momento adecuado. Un acto de amor o un arrebato de odio. “Todo está conectado” ¿Y si nuestra mera existencia solo fuera un insignificante pero valioso grano de arena que forma parte de una duna y esta a su vez es la pequeña porción de un inimaginable y gigantesco desierto? ¿Podría esta reseña, con este preámbulo de tintes New Age, llegar a ser el texto principal de unos panfletos propagandísticos que sembraran la semilla de una revolución? Pésima hipérbole a modo de ejemplo pero, a decir verdad, cosas más raras se han visto.

Y hablando de rarezas: ¿es raro que el Sant Jordi pasado, y sobretodo porque me atrajo la portada (¡oh sí, podéis tildarme de superficial!), me comprara Relojes de Hueso y tras terminarlo me pareciera uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo y por ello decidiera que, por todo los medios, aunque fuera de forma desordenada, tenía que leer todas las obras de aquel autor británico capaz de atrapar al lector con su metamórfica prosa? Debo confesar, querido lector, que con literatura de por medio mi obsesión compulsiva parece hasta beneficiosa; o como dice el refrán: sarna con gusto no pica. Sarnoso perdido. Pero sí que hay algo que me pica, y es la curiosidad de saber si David Mitchell padece algún tipo de desorden de personalidad múltiple. No logro encontrar otra explicación satisfactoria a esa capacidad sobrehumana que le lleva a escribir y a imaginar como si de seis personas diferentes se tratara. Porque El atlas de las nubes, la obra de la que hoy quiero hablarte querido lector, son seis libros diferentes que se entrecruzan. Seis géneros literarios. Seis viajes que te cambian. “No hay viaje que no te cambie un poco”. Seis protagonistas, separados por el tiempo, que descubrirán que sus vidas, que los gestos que llevan a cabo, son consecuencia de lo que previamente hicieron otros y que los suyos propios, y sin que ellos si quiera lleguen a sospecharlo, marcarán de alguna forma transcendental las siguientes generaciones.

¿No es magnífico pues, pagar por un libro y llevarse seis? Una historia de historias. ¡El vademécum de la ficción! No me odiéis por mi emoción algo sobreactuada, pero, y repito por si no ha quedado claro: en estos tiempos de crisis indefinida, ¿no es magnífico pagar por un libro y llevarse seis? Seis existencias que se cruzan sutilmente, pero fácil de percibir cuando llega el momento, a lo largo de eones y que comienzan con las prometedoras aventuras, en formato diario, de un notario a bordo de un navío en el siglo XIX. Seguidamente David Mitchell nos sumerge en la dura, bella y emotivamente desgarradora vida, narrada en epístolas, de un joven compositor arruinado. ¡Música maestro! Este tramo no se lee, se escucha con deleite. De aquí saltaremos a los años setenta y a un electrizante thriller político de ritmo vertiginoso, y antes de que podamos recobrar el aliento estaremos llenando el silencio de carcajadas con la divertida (humor inteligente y corrosivo) parte en la que un editor de libros, de nombre Timothy Cavendish, se las tiene que ver con un puñado de gente bastante indeseable. ¡Pero aún hay más lector! Faltan las dos historias de ciencia ficción: la que habla de un mundo distópico al más puro estilo Un mundo feliz de Aldous Huxley y la que finalmente nos lleva a un lugar post apocalíptico en el que primitivas microsociedades intentan evitar el esclavismo al que otros congéneres les quieren abocar. Y luego salto hacia atrás con tirabuzón y vuelta a empezar.

Y es que David Mitchell (¡qué envidia, qué forma magistral de narrar! No es peloteo, es admiración, ¡carajo!) lleva las seis historias de El atlas de las nubes al punto álgido, al cliffhanger que deja sin aliento, que obliga a roer uñas y que magnifica la curiosidad del lector. Luego, como una montaña rusa que ha ascendido seis cuestas a la vez, se lanza a descenderlas a toda pastilla, haciendo un estudiadísimo cambio de vías en pleno descenso, para saltar así a otra historia y dejarte asombrado y sin aliento. Y todo este recurso narrativo “condensado” en casi 700 páginas sirve para mostrarnos que la tiranía de aquel que ejerce el poder siempre pervivirá. Pero de igual forma lo hacen el amor, el coraje y la amistad, además de la insaciable búsqueda de la verdad y la sed de conocimiento, ascuas imposibles de extinguir que son el germen de las rebeliones que buscan un mundo justo, libre e igualitario.

[product sku= 9788416634286 ]
Publicado el

En la orilla, de Rafael Chirbes

En la orilla

En la orilla

Cuando agitas un árbol frutal, digamos un naranjo del este mediterráneo, caen los frutos, caen las hojas, cae el nido de algún pájaro, caen ramas débiles; solo sobreviven las ramas que se han desarrollado sobre otras, quedan los hongos parasitarios que viven de la savia del árbol. En 2008 un Rolls Royce chocó contra el naranjo, derribó todos sus elementos débiles, y el dueño del naranjo pagó los desperfectos del coche con la venta de las naranjas que habían caído. Y desde entonces, acobardados y confundidos, corremos a salvarnos de esos coches que vuelven a querer atropellarnos y nos aferramos, en lo alto, a las ramas que podemos alcanzar; a veces, confieso, a costa de otros frutos, otras veces, a costa de nuestro orgullo, de nuestra capacidad de resistencia. “En la orilla” es la memoria de una caída, de esa caída; es la foto del cruel descenso a los infiernos, pero no ya solo desde esa fecha crítica de 2008 cuando comenzó la crisis que se llevó por delante esperanzas, vidas, sueños, creencias, seguridades, orgullos, sonrisas; también el libro es la constatación de que el paso, implacable, de los años -el abismo por el que caen las hojas del calendario- solo nos hace alcanzar la confirmación de que nos han traicionado, pero, también, que hemos traicionado; que no entendemos, que nos nos entienden; que ese suceder de días solo nos lleva a la convicción de que si miras la vida desde la vejez, solo ves un camino bacheado donde has ido dejando pedazos de tu vida, y que has llegado con los restos de todo aquello con lo que empezaste, con los jirones de esperanza y sueños que te ha dejado el camino. Así, que no llegues desnudo no es cuestión solo de actitud o aptitud, sino de suerte y de ceguera

En la orilla del pantano de Olba crecen las pocas plantas que pueden sobrevivir a años de contaminación, se posan las pocas aves que todavía subsisten al agua corrompida, allí, entre las cañas, unos perros apaleados se pelean por unos restos humanos. Todo lo que sucede en ese pantano contagia, con el mismo ritmo de las ondas concéntricas que se crean cuando arrojas una piedra a su oscura agua, esa contaminación, esa corrupción, esa pelea de perros apaleados por un pedazo de subsistencia; al pueblo -al mismo Olba- y a los bares de la carretera y a los clubes de alterne que nunca cierran.

En la orilla” es, ante todo, el monólogo de Esteban, un anciano de 70 años, que debe cuidar a su padre en estado vegetal y moribundo, y que ve que su modo de vida se ha destruido. Su intento de subir a la enorme ola de “ganacias para todos” que ha habido, le ha ahogado entre las arenas movedizas de la crisis. Pero sus recuerdos nacen mucho más allá de estos aciagos días, su mente va y viene del presente al pasado lejano o al reciente: su madre, su padre joven y activo políticamente, su padre preso tras al crisis, su padre que no puede olvidar, su tío que lo educó, sus amigos, sus amores; son el pasado lejano que lo golpea porque ha caído el muro de contención y. por ello,  las ondas, las mareas, lo derriban, y se levanta, pero lo vuelven a tirar. Las elecciones que hizo, las decisiones que no tomó, parecen ser el ariete, el frente de ola, que derrumba sus defensas. Cuando se es mayor, y se mira hacia atrás , hay veces que parece que todo salió al revés de lo planeado, al contrario de las esperanzas que pensaste, del diseño del camino que creaste. Cuando piensa en el pasado reciente, este lo lleva por las partidas de dominó o por los bares de putas, con sus amigos, aquellos que la crisis no ha golpeado, porque han medrado con los poderosos o porque han sido parte y herederos de aquellos franquistas que hicieron dinero en la dictadura. Todos han sabido anclarse en la ubicación recibida de sus padres, agazaparse en su puesto de caza, subirse al helicóptero que lo aleja de la riada. Junto con ellos aparece la figura de la cuidadora de su padre, una colombiana que le enseña, apenas con algunas palabras, con algunas comidas diferentes, con unas sonrisas que ya no disfruta gratis; un mundo diferente al de Obla; ese pueblo que no supo, ni quiso, abandonar.

Paralelos al monólogo de Esteban, aparecen otros escritos que son casi fotos, casi confesiones, casi grabaciones hechas a escondidas, de otros personajes de las historias de Esteban, Siempre actores a los que la vida ha golpeado, a los que la crisis no ha perdonado; siempre comediantes secundarios e involuntarios de un obra de teatro, de una película con final poco feliz de Hollywood, en la que ellos no quisieron participar.

El mundo que recrea Chirbes a través de estas páginas, en las que nos muestra la visión triste y oscura de Esteban, pero, también, activa como una bomba sin explotar, acertada como un disparo en el corazón, afilada como un estilete; es, a la vez, la historia de una familia derrotada en la guerra y en la posguerra, y es el relato de un hombre vencido en el presente. Las derrotas siempre llevan consigo nuevas derrotas, llevan dolor, llevan esperanzas truncadas; solo los hijos detienen o propagan esas perdidas, pero en el caso de Esteban las lleva a su espalda, como una cruz en la que está sujeto su padre y todos los que lo empujaron o acompañaron en su estrepitosa decadencia.

Contar historias reales, ser el médico que muestra el mal, ser el microscopio o el catalejo que muestra más cercanas las cosas; es oficio de los que miran el mundo sin complejos, sin medias tintas, sin reparo. Chirbes hace un sangrante análisis sobre la sociedad actual, sobre un modo de vida centrado en el propio interés, en la que todo vale, en el que la ética es un estudio en declive y la moral se perdió en la entrada, principal, de algún banco. Pisar los pies, hacer un corte de mangas, patear traseros, hacer cuadros de los personajes más temiblemente indeseados; es la función de los pocos elegidos a los que la estúpida, y tupida, red de lo políticamente correcto, de la cobardía a lomos de cerebros bajo cero, de ojos tras gafas de sol recorriendo la noche; ha creído dejar de lado. En sustitución ellos han creado sus personajes a imitar, y, así, verse sacudidos por el reclamo de una oferta de fama rápida y dinero fácil, por ser el primero de los últimos, por portadas en alguna revista, por el poder de lo impersonal, por ser diferentes a costa de ser iguales… , por no tener opinión puesto que compromete…

 

[product sku= 9788433978011 ]
Publicado el

El costado derecho, de Francisco Bescós

El costado derecho

El costado derechoSabes que lo que que estás viendo no es real. O no puede ser real. ¿Seres grises de otro mundo toqueteando tus entrañas? No, eso desde luego no puede ser real. Es inquietante, pero no real. Les ves a todos, rodeándote, mirándote curiosos mientras tú estás tumbado en una camilla, lo sé, yo también puedo verles. También sientes cómo introducen sus dedos largos entre medias de los pliegues de piel que forman la herida, un horrible tajo, que han sesgado por debajo de las costillas, también lo sé, noto que se me revuelven las tripas, pero no, esto no es real. No debería serlo. A veces pasas tanto tiempo dormitando y cavilando dentro de tus propias fantasías que uno ya no sabe cuándo eso que ves puede desvanecerse como si fuera humo que intentas atrapar con tus manos o cuándo ese algo puede hacerte daño de verdad. Hablo del que duele, del que te deja una cicatriz de por vida. Es producto del inmenso poder de tu subconsciente trabajando a toda máquina mientras deliras. Sí, eso debe ser y no otra cosa. Ya has despertado. Seres grises…qué ingenuo. Oh, pero espera, ¿y esa cicatriz en el costado?

Valga esta interpretación libre en formato de relato breve que he inventado acerca de lo que he leído en las páginas de El costado derecho para dar inicio al comentario sobre esta fabulosa novela de alta calidad literaria y no menos estupenda muestra de corruptibilidad de su personaje protagonista. ¿Seres grises extraterrestres? He aquí el argumento:

Carlos Nogueroll despierta en un hospital escuchando las voces de los médicos. Han cometido una grave equivocación: le han extraído por error un riñón para trasplantarlo a otro paciente. A partir de ahí, todo cuanto tenía, su trabajo, su familia, su vida, se ha venido abajo o ha cambiado hasta parecer irreconocible. Las consecuencias de aquel fatídico error van a costarle muy caro, van a cambiar su vida de forma vertiginosa, casi demencial. Nadie le dice la verdad. O puede que se la estén contando y él no quiera escucharla. Su sinsentido existencial solo se ve cubierto intentando localizar al culpable de su desgracia, llegando a escuchar todo tipo de conjeturas por extravagantes que parezcan: conspiraciones, extraterrestres, tráfico de órganos…

Francisco Bescós, ovetense aficionado a hacernos pasar un buen rato de lectura opresiva, fue ganador en 2014 del Concurso de Relatos Policíacos de la Semana Negra de Gijón y su primera novela, El baile de los penitentes, fue también galardonada con el primer Premio de Novela Negra Ciudad de Carmona. El costado derecho es su segunda novela y no estará de más si es seleccionada en los certámenes de este año.
Además, también es publicista, y eso, se nota por fuera. Las referencias a elementos comerciales y populares que he encontrado en la novela consiguen dar más verosimilitud a la historia además de permitirme escuchar, mientras leía, las sintonías de algunos anuncios a los que hace referencia. Ha creado un relato complejo, pero no por su dificultad de comprensión, lo cual resulta todo lo contrario, sino por la abrumadora actitud y la corrupción de la mente que sufre el protagonista a medida que avanza la historia y la negrura que despierta en el lector. Bescós dota a su personaje de una profunda sensación de angustia permitiéndome casi hasta sentir su olor corporal.

Una de las bazas fuertes del relato es sin duda el modo elegido para ser narrado. Esta es una de las alegrías que me está dando la editorial Salto de Página, encargada de publicar la novela y que junto a otras tantas ya leídas, he podido comprobar que está apostando por un tipo de literatura más arriesgada (juguetona, como me gusta llamarla) en la que los distintos discursos y voces se mezclan, dotando a su lectura de una fuerte personalidad.

Una novela a medio camino entre el noir y la ciencia ficción. A ratos tenía la sensación de ir descubriendo el pastel de la trama, por así decirlo. El autor iba dejando ciertas pistas en las que yo, como lector y también aficionado al cine, ya me había topado en otro tipo de historias similares. Caí en la trampa. Francisco Bescós supo jugar con mis referencias cinematográficas o literarias para engañarme y llevar la historia hacia otro posible final el cual aguardaba con ahínco.

Una novela que no sufre de altibajos. Cada capítulo, magistralmente narrado —en ocasiones, con abundante riqueza léxica, en la que según otros relatos breves leídos del mismo autor, parecen marca de la casa— te acerca más a la angustiosa psique del personaje protagonista al que agarras desde la primera página para no soltarle hasta el final.

 

[product sku= 9788416148394 ]
Publicado el

La chica olvidada, de Noelia Lorenzo Pino

La chica olvidada

La chica olvidadaLa pérdida de una persona querida es difícil de digerir. Cuando esa muerte es violenta, a deshora, es todavía más complicado. Si a esto le añadimos que después de catorce años, todavía no se sabe quién es el culpable, la cosa se queda enquistada. Se crea dentro de ti un revoltijo de odio, resentimiento, pena, desconfianza e incomprensión, que no te deja vivir. Duele tanto que a veces no puedes respirar. Todo te recuerda a ese día. Todo te recuerda a cuando estaba viva. Te preguntas qué haría ella si estuviera aquí. Es como si te hubieran amputado un miembro pero sigue doliendo, fantasma. Te prometes a ti, y le prometes, que no descansarás hasta que lo arregles. No habrá paz hasta que descubras quién fue el que te arrebató parte de tu vida y toda la de ella. Aunque la muerte forme parte de la vida y sea natural, un asesinato no lo es.

Noelia Lorenzo Pino lo ha relatado muy bien en La chica olvidada. La gente que rodeaba la vida de Maika, la primera asesinada en el año 1999, ha seguido viviendo, pero pagando peaje. Algunos más que otros, pero todos llevan ese lastre encima. El asesinato de otra chica, Lorea, en circunstancias muy parecidas catorce años después, ha hecho remover recuerdos y sentimientos. La investigación del nuevo caso hace retomar el antiguo, con la esperanza de que la solución de uno, traerá consigo la solución del otro. Maika no está olvidada, para nada, está presente en la vida de sus amigos, especialmente en la de Lía Yoldi, que ahora es ertzaina y en la de su familia, por supuesto.

El libro es una novela negra ambientada en la costa donostiarra. La trama, la investigación, el ir descubriendo pistas y todo lo que acompaña a este tipo de relatos, está muy logrado, es coherente y realista. Resulta difícil dejar de leer, porque necesitas avanzar, a ver si lo que acaban de averiguar les aclara o les lleva a algún lado. Tienes varios sospechosos en mente durante toda la novela. Durante la investigación aparecen asuntos turbios y secretos. Un cóctel con los ingredientes bien medidos y agitados convenientemente. El final es trepidante. Vais a necesitar un rato largo para las últimas 150 páginas porque es imposible dejarlo. Otra noche que me quedé sin dormir mis siete horas. Estos escritores van a acabar con mi salud.

Noelia Lorenzo Pino vuelve a poner al frente de la investigación al mismo equipo de la Ertzaintza de su anterior novela La sirena roja: la agente Eider Chassereau y el suboficial Jon Ander Macua y por lo que he leído en una entrevista, va a seguir con ellos en su siguiente novela. Me gusta esto, los personajes se vuelven familiares y ayuda a que te metas en la siguiente historia más rápido porque ya conoces su forma de ser, de reaccionar, de qué pie cojea cada uno. Los investigadores son personas normales y tienen vida propia, como todo hijo de vecino y eso les hace más creíbles. Esto es un aspecto de la novela que me ha parecido muy logrado; hay una buena reflexión sobre la vida, los sentimientos y las relaciones.

La obra me ha recordado a las de la sueca Camilla Läckberg y sus novelas policiacas con la pareja formada por Erica y Patrik. Hay un aire parecido. Estoy segura de que los que disfrutaron con el detective Dave Gurney en las novelas del norteamericano John Verdon, también apreciarán La chica olvidada.

Noelia Lorenzo Pino es la primera mujer que escribe para la colección Cosecha Roja de Erein. Me alegra mucho tener a una escritora contando este tipo de historias, creo que la visión de una mujer es diferente, no voy a entrar en si es mejor o peor; simplemente diferente, con matices que vemos o valoramos nosotras.

¿La novela negra está de moda? Hay una amplia oferta de esta materia en todas las editoriales. Yo creo que siempre nos han gustado los misterios, pero ahora mismo están por todas partes. Es como las series de la televisión de asesinatos e investigaciones; norteamericanas, desde Las Vegas a Nueva York pasando por Miami o españolas, inglesas, suecas. Algunas más ligeras y otras más retorcidas y sangrientas, pero se llevan las investigaciones. Hasta están reponiendo Se ha escrito un crimen. Tengo dudas de si es porque nos gusta resolver enigmas, porque nos va lo morboso o porque nos consuela que en algún sitio se resuelvan las cosas, aunque sea en la ficción. Coger a los malos alivia y en la vida real, muchas veces, quedan impunes.

[product sku= 9788491091042 ]
Publicado el

Yeruldelgger, muertos en la estepa, de Ian Manook

yeruldelgger_muertos_en_la_estepaNunca hay suficientes policías desquiciados. He leído un buen montón de novelas de género negro y nunca está de más otro policía totalmente perturbado. La verdad es que son mis preferidos. Me aburro bastante con los buenos policías; los que son un ejemplo para el cuerpo, los que cumplen las reglas, los de cuerpos esculturales, las guapas y listas, los que van en parejas, los buenos mossos, los guardias civiles, los policías nacionales; las juezas, los periodistas, las amas de casa, los publicistas, abogados y toda esa clase de investigadores accidentales. Son todos iguales. Aburridos.

Adoro el Pulp. La acción pura, romper las reglas, disparar antes de preguntar. Detectives alcoholizados y tristes y valientes y un poco románticos. A su manera. Gente que pierde los papeles. Muchas veces. Detectives privados con pasados dolorosos. Policías a los que les quitan las placas por insubordinados.

Yeruldelgger no es nada de lo primero y casi todo de lo segundo. Ian Manook –que en realidad se llama Patrick Manoukian y, además de ser francés, es editor, periodista, guionista de comics, escritor de libros juveniles e infantiles y sobre todo conocido por sus reportajes de viajes- se ha sacado de algún rincón de su cabeza a este comisario mongol de nombre impronunciable, carácter explosivo y métodos expeditivos para satisfacer a los que le pedimos a la novela negra un punto algo más incómodo y duro de lo que habitualmente se encuentra en las mesas de novedades.

Y sí, he dicho mongol.

Porque Yeruldelgger, muertos en la estepa está ambientado en Mongolia, concretamente en su capital, Ulán Bator, y alrededores. Incluida la inmensa y solitaria y peligrosa estepa. Y Yeruldelgger, en efecto, es el complicadísimo nombre de nuestro insólito comisario.

Todo empieza cuando una familia nómada encuentra el cuerpo de una niña pequeña enterrado junto a su triciclo en medio de la nada, de la infinita estepa. El comisario Yeruldelgger se desplazará desde la capital hasta la pequeña Yurta de la familia –cinco horas de calor e interminables baches por el desierto- para hacerse cargo del cuerpo y buscar cualquier pista que sirva para resolver el dramático hallazgo. Solo unas horas antes, el comisario estaba ante tres cadáveres mutilados de tres ciudadanos chinos a los que han asesinado brutalmente en una fábrica de la capital. No hay descanso en la ajetreada Ulán Bator.

Con estos dos casos arranca la historia de Yeruldelgger, un tipo duro que no escucha a nadie y que tiene una piedra por corazón. Manook abre la novela con fuerza, con pasajes de esos que se te van gravando en la retina y prácticamente no afloja hasta el final. Una novela ambientada en Mongolia es algo exótico, no nos engañemos, de esas novelas que se salen de lo habitual, como lo fueron las nórdicas, las chinas o las indias en el pasado. Manook nos trae toda la cultura mongola; sus tradiciones, sus rutinas, sus hábitos, su sociedad, sus males, sus puntos débiles, todo, y es absolutamente fascinante descubrirlo con la intensidad con la que Manook lo cuenta.  Como toda buena novela negra, Yeruldelgger, muertos en la estepa ofrece múltiples lecturas, a cada cual más dura. Una de las que más me ha interesado es cómo Manook expone al lector las condiciones  del país frente al desembarco –invasión, irrupción o ataque, según a quién preguntes- de los chinos en Mongolia. Los asiáticos se han hecho con multitud de fábricas mineras, explotando las riquezas del país, de la que ellos sacan beneficio, han abierto negocios por toda la capital, están presentes en las altas esferas de la política mongola, en los círculos financieros, en la policía.

Manook enfrenta estas dos sociedades parasitarias, de mutuo beneficio exclusivo, frente a un país dejado de la mano de sus dirigentes, empobrecido y exprimido hasta la extenuación por los políticos y los empresarios sin escrúpulos. Un país que olvida sus creencias y sus ritos. Un país que, según algunos, está en manos de los intocables y corruptos chinos.

Pero esa es solo una de las múltiples lecturas que ofrece Manook en esta historia, hay muchas más; sobre la perdida y el dolor, sobre el racismo, sobre el amor, la ética, la amistad, una tras otra se solapan en una trama sin descanso que nos lleva por todo Ulán Bator, desde sus alcantarillas hasta sus parajes escondidos más fastuosos e increíbles, desde edificios sucios, arruinados y peligrosos hasta mansiones imposibles con todos los lujos imaginables. Mongolia excesiva y calurosa, arruinada y peligrosa, Mongolia en todo su esplendor.

Pero no nos engañemos, Manook nos quiere contar la historia de Yeruldelgger. La historia de un comisario que iba camino de ser el jefe de policía y que ha acabado siendo un solitario y malhumorado policía, prácticamente sin amigos y sumido en un letargo sin fin con brotes de violencia incontrolada. Manook nos cuenta el porqué de ese descenso al infierno del comisario a través de estos casos y de una sociedad prácticamente desconocida para nosotros, lo envuelve todo en un thriller negrísimo –no apto para todos los estómagos- y nos ofrece una novela diferente en todos los sentidos. Y cuando digo diferente me refiero no solo al paisaje y la ambientación, que lo son, sino también al desarrollo en sí de la trama, a los personajes, todos bastante extremos y peculiares, a la resolución de las tramas, a la historia en sí. Manook mezcla el género negro con pinceladas de otros géneros aquí y allá, lo enriquece, lo transforma, le da su tono.

Yeruldelgger, muertos en la estepa, no es solo la historia de un comisario caído en desgracia, es también todos y cada uno de los que están a su alrededor;  los que lo sufren, lo admiran o lo odian; es la historia de un país, de una cultura enclavada en el pasado; es un tapiz de vidas entrelazadas, mezcladas, cortadas, borradas; es una historia de las muchas que habitan en un país gigantesco, polvoriento, olvidado y del que muy poco sabemos.

[product sku= 9788416237166 ]
Publicado el

Aguacero, de Luis Roso

aguacero

aguaceroLa novela negra siempre ha sido uno de mis géneros favoritos para desconectar del día a día y, de paso, jugar a ser una detective –la primera profesión a la que me quise dedicar cuando apenas superaba el metro de altura–. Tengo cientos de recuerdos de mí misma devorando libros de Agatha Christie o Patricia Highsmith ya en mi más tierna infancia. Fueron de los primeros libros “serios” que leí. Luego, vendrían Conan Doyle, con su archiconocido Sherlock Holmes, y Raymond Chandler. El gran atractivo de estas novelas radica, además de en su temática, que gira, evidentemente, en torno a un crimen, en sus ambientes opresivos, sórdidos y violentos; en sus carismáticos investigadores; y en sus diálogos que le dan ritmo a la investigación. Aguacero, la primera novela de Luis Roso, cumple con todas estas características y me ha devuelto a esos veranos de emoción y tensión de mi infancia.

En Aguacero, nuestro protagonista, el inspector Ernesto Trevejo, deberá trasladarse por orden de su comisario a un pequeño pueblo de la sierra madrileña, Las Angustias, donde han muerto cuatro personas –dos guardiaciviles y el alcalde y su mujer– para ayudar a la Guardia Civil a desentrañar los crímenes. Ya allí, nos encontraremos con un pueblo desolado, sombrío y lleno de secretos. Esta novela tiene tres puntos claves que se corresponden con las características más importantes de la novela negra que decía en el párrafo anterior: el primero es la época en la que se desarrolla, los años 50 de una España en la que ya estaba del todo asentada la dictadura de Franco. Una España, por tanto, cerrada y monjil; que se vuelve aún más encorsetada y oscura en pueblos pequeños como el de la historia. Me ha encantado leer una novela ambientada en nuestro país, en una parte (negra) de nuestra historia –tan rica e interesante como la de cualquier otro país– mostrando cómo era la sociedad y la vida en esos años. Y si bien al reflejar la sociedad de esa época se hace un poco de crítica social, ésta es una pequeña parte del libro porque lo importante, el foco, sigue estando en el caso que se está investigando.

Otro punto a destacar, casi diría que el que más, son los diálogos. En Aguacero ocupan el 90 por ciento del libro y son brillantes. Dotan de ritmo a la narración y nos muestran en todo su esplendor a los distintos habitantes de Las Angustias que están involucrados en el caso. A pesar de que ocupan una buena parte del libro, van de la mano de unas descripciones breves pero precisas que arman un esqueleto sólido para aguantar con facilidad el peso de esta novela.

–Bogart también tiene un aire castellano –afirmó el ingeniero–. O por lo menos europeo. ¿No les resulta calcado a Albert Camus?

–¿A quién? –pregunté, por mí y por el resto de los presentes.

–Es un escritor francés –respondió el ingeniero–. Aunque me imagino que no lo habrán publicado todavía en España. Yo lo he leído en versión original. Es un existencialista. Quiere decir que está todo el día pensando en qué hacemos en este mundo y qué habrá en el más allá.

–Lo mismo que hacemos todos a diario, sin darnos tanto bombo –dije.

–Sí, supongo que sí. Los españoles sois un pueblo muy dado a la metafísica.

–¿Qué es eso, la metafísica? ¿Algún término de su lengua materna?

–Es usted muy ocurrente, inspector. No, la metafísica es la disciplina que estudia el origen del ser, de dónde venimos, adónde vamos, qué significa morir…

–Morir significa morir, se acabó lo que se daba, finito. Tampoco hay que graduarse en la Sorbona para saber eso.

–Ernesto Hemingway, en uno de sus libros que escribió sobre España, puso que le había llamado la atención un dicho de este país: hay que tomar la muerte como si fuera una aspirina. Yo nunca he oído decirlo, y creo que igual fue invención suya, pero me parece que dio en el clavo, que ahí dejó condensado mucho de la manera que tienen ustedes de ser. El humorismo, por un lado, y por otro el desplante y la naturalidad con que asumen el paso a la otra vida.

–Lo natural es morirse, ¿por qué no habría de tomárselo con naturalidad? Las cosas que nos ocurren hay que tomarlas como vengan. Si sale con barba, san Antón, si no, pues eso… Para lo poco que vamos a estar aquí no merece la pena preocuparse tanto por estos temas.

–Estoy convencido de que a usted le gustaría este filósofo que le digo, Camus. Le abriría una nueva perspectiva en su visión del mundo.

–De la visión ando bien, de momento. Pero cuando quiera mándeme algún libro suyo y lo leeré con gusto, aunque no se crea usted que soy un hombre muy de letras.

Por último, el tercer punto destacable del libro son la pareja de investigadores, el inspector Ernesto Travejo y el guardiacivil que actuará como su segundo, Aparecido Gutiérrez. Son dos personajes carismáticos e interesantes por separado, pero cada escena que tienen juntos aumenta el interés y el enganche. No tienen nada que envidiarle a otras parejas famosas de la novela negra y, de hecho, me encantaría poder leer más novelas protagonizadas por ellos dos.

Durante años el epicentro de la novela negra han sido los países nórdicos con nombres como Stieg Larsson, Henning Mankell, Jo Nesbø o Camila Läckberg; pero cada vez más autores españoles están reavivando un género que ya tuvo grandes referentes en nuestro país hace unos años (Manuel Vázquez Montalbán, Francisco González Ledesma y Andreú Martín). Autores como Víctor del Árbol, Rosa Ribas, Cristina Fallarás, Alexis Ravelo, Dolores Redondo, o los mismísimos Alicia Giménez Bartlett y Lorenzo Silva, que son ya referentes de la novela negra de nuestro país, colocan cada libro que sacan directamente en las listas de superventas. A esta lista ya podemos añadir a Luis Roso que con Aguacero ha conseguido escribir una novela negra al más puro estilo de los grandes clásicos y en la que ambientación, narrativa y personajes conforman un libro cerrado y perfecto que se lee con avidez y te deja con ganas de más.

@EvaLColmenero

[product sku= 9788466659215 ]
Publicado el

Normal, de R. López-Herrero

normal

normal

Normal. Seis letras muy peligrosas. ¿Qué es lo normal? ¿Quién es normal? En realidad todos. “Todo el mundo es normal hasta que lo conoces”, gran frase que tengo de lema en mi perfil de whatsapp y que es totalmente cierta. Todos normales, “normalizados” como los envíos de correos, todos cortados por un mismo patrón, todos con nuestras cadaunadas, lo cual es también otra forma de normalidad. No obstante, todos queremos diferenciarnos, pensarnos, creernos y esforzarnos en ser únicos, vestirnos con ropa que nos distinga, escuchar música distinta… para acabar todos aún más normalizados. Incluso los grupos marginales, los excluidos, de forma voluntaria o no, de la sociedad son algo normal que acaban pareciéndose entre sí, y refuerzan esa normalidad ya que, lo normal es que en la sociedad acaben conviviendo las tribus urbanas, los pobres y los “normales”.
Hasta aquí todo normal. O no. Porque, como bien he dicho, todo el mundo es normal hasta que lo conoces y, entonces, de normal poco. Nada. Más bien, bastante anormal.

Pues eso es lo que pasa aquí. Tenemos un asesino tan excesivamente normal por fuera, que los testigos de sus asesinatos no reparan en él. Todos le describen como “no sé, era normal…” y esto saca de sus casillas al policía Félix Fortea, a quien Lara, la psicóloga, intentará ayudar con imposibles diagnósticos como prosopagnosia, o ceguera facial, o amnesia colectiva, sin creérselo ella misma.

Los sucesos avanzan a buen ritmo. Conocemos a los personajes y nos vamos turnando al meternos en la piel de alguno de ellos, incluso en la del asesino. Sus voces están bien llevadas en todo momento, el vocabulario es muy coloquial, sin términos grandilocuentes ni una prosa llena de florituras, lo cual se agradece y es lo que pide el libro. Por otra parte, Fortea, a su edad, sigue siendo un friki que además se liga a la psicóloga buenorra y flipa por eso durante toooodo el libro. (Tengo que reconocer que esta es la única pega que le pongo al libro, la increíble rapidez con la que se la liga o con la que ella se deja ligar).

Pero lo mejor, aparte por supuesto de la fluidez y facilidad con la que avanza la trama, y de pasar miedo por los protas a medida que pasamos las páginas, es la recreación de escenas cotidianas, la relación entre Fortea y Ana y entre Fortea y sus compañeros de trabajo, así como la inclusión de la pandilla friki que vive en La Cueva y que forman la sección informática, de los que no se sabe qué comen, pero los donuts son una apuesta segura.

El estilo de López-Herrero es tan visual, que en muchos momentos parece que estemos visualizando una película o algún episodio del palo de CSI, y eso es algo que a mí personalmente me gusta. Si cuando lees un libro visualizas a la vez lo que estás leyendo, o tienes mucha imaginación o el libro es bueno. O las dos cosas.

Descolocados como están, con teorías que van del asesino en serie a bandas organizadas del este, Fortea irá estrechando el círculo poco a poco, hasta que algo le detiene.

Confieso que hace tiempo que oí hablar de R. López-Herrero, pero no fue hasta hace unas tres semanas cuando me decidí a leer su Antonio mató a Luis con un hacha porque le debía dinero, un policíaco en clave cómica. Confieso también que no me gustó y no pude acabarlo, pero se veía que sabía escribir. Cuando me enteré de la existencia de Normal decidí darle otra oportunidad. Esta vez era un policíaco “serio”, o al menos no cómico. Y no me arrepiento. Lo he leído con mucho interés, he sentido la tensión de algunos momentos, me he sobresaltado en otros, me he llegado a emocionar y también he sonreído.

Los personajes me han perecido muy bien tratados, para nada planos, muy verosímiles y creíbles. La investigación me la creo y el desarrollo ha ido un ritmo que era el que tenía que ser. Y el final… ¡qué jodido gran final! Eso sí que no lo esperaba. Ninguno de los dos finales…

Así pues, si queréis una novela policíaca inteligente, fresca, divertida y muy entretenida para este verano, lo normal sería que leyerais Normal.

@palati77

Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo

[product sku= 9788483658710 ]