
Blancanieves, de Jacob y Wilhelm Grimm





Hace muchos, muchos años… Bueno, quizá no tantos… Hace algunos años, había un apuesto y valeroso joven al que le atraían mucho los cuentos folklóricos. Un día este joven conoció a una hermosa doncella venida de tierras germánicas. Los dos se enamoraron, y el chico decidió estudiar la lengua de su amada. Tras aprobar primero de alemán en la EOI, nuestro héroe, que era muy osado, entró en una tienda y, con gran donaire, le dijo al tendero: dadme ese libro tan gordo de los hermanos Grimm en alemán…
El cuento acababa así: tras un arriesgado viaje por el mundo de los Grimm, nuestro héroe descubría un par de cosas. Una, que con pasión, cierta facilidad para las lenguas, y la ayuda de su enamorada, bien pronto aprendió el vocabulario básico (bruja, lobo, pozo, castillo, rana, sangre, Virgen…) y fue capaz de entender la mayor parte de los cuentos. Y dos, que lo que se consideraban cuentos infantiles, en su versión original desbordaban crueldad a raudales. Por el contrario, la versión conocida en su reino había sufrido una operación de cirugía plástica que los había vuelto irreconocibles, y los había hecho aptos para el público… adulto.


Trece historias victorianas de apariciones, casas encantadas, fantasmas navideños y todo lo que uno espera encontrar en un cuento clásico de terror.
“Siempre he observado que se requiere una fuerte dosis de coraje, incluso en las personas de mayor inteligencia y cultura, cuando de lo que se trata es de de compartir las propias experiencias psicológicas, especialmente si éstas adoptan un cariz extraño. La práctica totalidad de los hombres temen que aquello que pudiesen relatar a ese respecto no hallase paralelismo o respuesta alguna en la vida de su interlocutor, y su relato pudiese provocar suspicacia o risas.”
Ahora que lo pienso, esto es muy cierto: aunque nos encante leer acerca de sucesos misteriosos, paranormales o sencillamente inexplicables no resulta nada sencillo hablar de ellos en primera persona (el temor a que nos tomen por fácilmente impresionables, por cobardes o incluso por locos, la vergüenza cuando se pone en duda nuestra racionalidad o nuestro sentido práctico de la vida). Además, ese pudor contribuye en buena medida a que dichos sucesos se mantengan en la esfera de lo fantástico y posean, en la mayoría de las ocasiones, un halo terrorífico.
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Es cierto que la gente de otros tiempos tenía problemas más sencillos (por empezar, nada de problemas en cuanto al tránsito, las tecnologías de información y los desperfectos eléctricos), pero la realidad es que también muchos escritores empezaron por escribir aquellas cuestiones existenciales y que conforman los comportamientos clave de un ser humano. Shakespeare abarcó en sus obras características de personalidad y situaciones de la vida que parecen muy fáciles al ojo del ciudadano posmoderno. Después de todo, ¿por qué preocuparse tanto por una traición amorosa o la ambición laboral? En todo caso, estos son problemas raíz del abanico que manejan hoy las personas.
Sin embargo, volver a los clásicos (a las raíces, a la inspiración) nos permite enfocar la mente en aquellos problemas principales y en los errores que los hombres comenten de manera sistemática hace siglos. Otelo es una obra que, como el resto de las del autor, busca remover sobre los temas básicos de la existencia. El protagonista es un militar informal que tiene tez morena, una característica de desconfianza para la comunidad de Venecia. Sin embargo, sus hazañas de combate y su habilidad para la estrategia lo convirtieron en una verdadera estrella y al menos, es respetado en su vida cotidiana.


Un volumen que reúne todas las narraciones breves de uno de los principales representantes de Romanticismo alemán en el bicentenario de su muerte.
En 2011 se celebró el bicentenario del fallecimiento del dramaturgo y novelista prusiano Heinrich von Kleist, recibiendo así el merecido reconocimiento por su obra que le fue negado durante dos siglos; hoy en Alemania ya se le considera uno de las principales representantes del Romanticismo y del Nacionalismo alemanes y una de las figuras más destacadas de la literatura en lengua germana. Sin embargo, a pesar de ello y de su gran influencia en autores posteriores, como Kafka, entre nosotros sigue siendo prácticamente desconocido.
Aunque sólo fuese por la manera en que llevó a la práctica los ideales románticos que rigieron su obra, von Kleist ya sería un personaje destacable: luchó contra las tropas napoleónicas, recorrió toda Europa para ampliar sus horizontes y su formación, fue detenido y juzgado como espía ―a pesar de ser inocente; no era aquella una buena época para viajar por el extranjero haciendo preguntas―, vio fracasar todas sus obras teatrales y, con treinta y cuatro años, disparó contra su compañera, enferma de cáncer, y se suicidó después.
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La novela cuenta la historia del coronel Hyacinthe Chabert, que, tras luchar heroicamente en la batalla napoleónica de Eylau, en 1807, es dado oficialmente por muerto y enterrado en una fosa común junto a los demás caídos en combate. Lo que no espera nadie es que el coronel, pese a estar gravemente herido y haber sido pisoteado por ambas legiones, logra recuperar el conocimiento y salir de la fosa de entre la multitud de cadáveres apilados que lo rodean.
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Un divertido y galante sacerdote nos descubre una forma muy especial de viajar en el más moderno de los clásicos.
Un viejo dilema a la hora de escoger una nueva lectura: ¿una novedad o un clásico? Por una parte, la frescura y la innovación de un libro recién escrito, la actualidad del tema, el placer de descubrir un nuevo autor. Por otra, la garantía de un texto consagrado, la sensación de compartir una lectura con tantas generaciones anteriores.
“–Este asunto –dije– se resuelve mejor en Francia.”
Y siguiendo el consejo de Mr. Yorick, el pícaro protagonista y narrador de este libro, nos disponemos a acompañarle en su Viaje sentimental por Francia e Italia
Pero, antes de preparar las maletas, habría que aclarar qué es un viaje sentimental.
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Hacía mucho tiempo que quería leer a Shakespeare, y además quería hacerlo con una de sus obras más adaptadas y difundidas, Romeo y Julieta. Siempre que me iba de casa una temporada me llevaba conmigo un ejemplar creyendo que fuera de mi ciudad encontraría el mejor momento para leerlo, pero por razones que no acabo de distinguir, nunca lo leí hasta ahora, estando curiosamente en la que llaman la ciudad del amor y la luz. Sin embargo, ahora que lo he hecho, no sé si arrepentirme pues, aunque habrá relecturas, ya no podré volver a disfrutar de esta primera tan fascinante.
Precisamente esa fascinación, ese gusto por lo leído, es lo que yo creía necesario para escribir una reseña de corrido y con facilidad, pero lo cierto es que no sé cómo abordar esta obra. Para mí es tanta su grandeza que no creo que ninguna de mis palabras haga entender cómo he admirado al autor inglés en cada palabra y frase, en cada página. Ni siquiera me veo con el derecho a valorarla. Aunque tampoco creo que sea necesario: Romeo y Julieta no está para que sus lectores entren en consideraciones, sino simplemente para que la disfruten. Sí, es una obra para disfrutar, para gozar, para admirar la Literatura y dejarse llevar por una historia que, por otra parte, todo el mundo, incluso el que no ha leído una sola página, ya conoce.


Opinión: “Si las mujeres hubiesen escrito libros, seguramente todo habría sido diferente” estas son palabras de esta autora nacida en 1364. Setecientos años más tarde seguimos en lo mismo. Un libro que puede ser un fantástico regalo para elevar la autoestima de nuestras amigas…, y la propia.
Esta creo que será un larga reseña, porque este ha sido un libro, que como tantos otros, debería haber leído hace mucho tiempo, un libro que me ha sorprendido, impresionado, un libro que ha dejado huella en mí, un libro que me ha hecho reflexionar sobre que si en 1364 ya existía Cristina de Pizán, es una vergüenza que hoy debamos tener un Ministerio de Igualdad, que sigamos hablando de violencia de género, y que las mujeres y los hombres, en definitiva, no hayamos alcanzado la igualdad absoluta.
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Habla de amor. Es lo primero que hay que tener en cuenta si elegimos un libro de Jane Austen para leer. Ya había probado a esta autora inglesa y fue ese conocimiento previo que me llevó a querer leer Emma. Dos cosas siempre me garantiza esta autora: protagonistas masculinos exquisitos y mujeres decididas en una época en que no se las oía. Además, claro, del lugar, la vieja Inglaterra del siglo XIX, llena de tradiciones.
Emma Woodhouse es la “Cupido” de la región, intentando unir parejas donde no las hay. Esforzándose con Harriet Smith, su joven amiga, empezará a desencadenar un enredo tras otro cuando las historias de amor de todos los personajes que aparecen en esta novela se vayan cruzando. Excepto Emma, reacia a la idea del casamiento para cuidar de su padre –un hombre sumamente molesto, si me lo preguntan-mientras su hermana ya está asentada con el señor Knightley.