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Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien

Persiguiendo a Cacciato

Persiguiendo a CacciatoHero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.

Persiguiendo a Cacciato, la novela de O’Brien, sitúa su trama en el año 1968 y cuenta cómo un buen día un joven y tontorrón soldado decide abandonar a sus compañeros destinados en Vietnam con la firme idea de llegar a París a pie. Es decir, emprende una huida con 13 000 kilómetros de distancia por delante. El pelotón al que pertenecía es seleccionado para capturar al desertor y durante esta misión los perseguidores tienen tiempo suficiente para replantearse sus propias aspiraciones.

Tim O’Brien estuvo destinado en Vietnam. Y es algo que se nota. Se palpa en la forma minuciosa que tiene de describir los ambientes, de reflejar el lenguaje y la manera de actuar de los soldados, de desgranar las anécdotas y las ocurrencias menores que van marcando el día a día de los combatientes en territorio enemigo. Y esto es algo realmente relevante, ya que son precisamente esos pequeños detalles, tan poco épicos como verosímiles, los que hacen que el relato te atrape y te afecte. Porque es difícil no empatizar con aquel que está a disgusto en una realidad que no ha elegido vivir.

Y es que, con todo lo que pueda parecer, Persiguiendo a Cacciato no es propiamente una novela de guerra, sino más bien una novela de personas a las que les ha tocado soportar una guerra. Lo verdaderamente relevante de este texto, lo que hace que sobresalga de tantísimas narraciones de este y otros conflictos armados, es la capacidad del autor para transmitir la humanidad de los combatientes, para hacer que dejemos de imaginarlos como soldados y empecemos a verlo como chavales a los que les han puesto un rifle entre las manos. A través de una narración que entremezcla flashbacks con la persecución del soldado rebelde, O’Brien nos permite conocer todo lo que Cacciato y sus compañeros han vivido durante su estancia en el país asiático y cómo esto les ha afectado a nivel personal.

Como digo, la auténtica relevancia de este texto la cobran los soldados y su necesidad de abstraerse, de dejar atrás el conflicto, aunque sea durante unas horas al día a través de una liga de baloncesto, a sabiendas de que al día siguiente les tocará arrasar aldeas humildes y asesinar a civiles inocentes. Se palpan las ganas de escapar, que sólo Cacciato se atreve a materializar. De repente, ese chico aparentemente débil y sumiso es el único que se atreve a dar el paso que tantos otros anhelan.

El juego del gato y el ratón que protagonizan el batallón y Cacciato se hace vibrante por momentos, ya que no son pocas las ocasiones en las que sus antiguos compañeros le pisan los talones, en un largo trayecto que les hace visitar Birmania, Afganistán, Turquía o Grecia. Durante ese viaje somos partícipes de cómo los soldados vuelven a convivir en sociedad, sin armas de por medio y sin un enemigo directo al que asediar o temer. Y de lo a gusto que se encuentran en esa situación, lo que le lleva a más de uno a cuestionarse seriamente el sentido de seguir gastando balas.

Una novela, en fin, que se aleja de lo habitual en su género y que decide apartar el foco del gran conflicto bélico para ponerlo sobre las pequeñas luchas internas. Esas mismas que una vez que las tropas se repliegan y los disparos cesan no hay acuerdo de paz que pueda cerrarlas de cuajo. Son batallas que quedan irremediablemente unidas a aquellos que, muchas veces sin saber cómo, acabaron con un rifle entre sus manos.

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Cortejo en la catedral, de Kate Douglas Wiggin

Cortejo en la catedral

Cortejo en la catedralCualquiera que me conozca bien sabe que estoy un pelín obsesionada con la literatura del siglo XIX. Hay algo en ella que me relaja y que me hace querer leer para conocer más. Esa vida alejada de las tecnologías pero lo bastante adelantada como para permitir a quien quisiera (en realidad, en aquella época no era quien quisiera, sino quien se lo podía permitir) llevar una vida tranquila y viajar para conocer la cultura de otros países.

Quizás por este último motivo esta novela llamó mi atención. Aunque no conocía a la autora, debo decir que lo que me hizo leer este libro fue el viaje cultural que recorría los protagonistas por las ciudades catedralicias inglesas. A priori, me pareció que sería muy interesante leerla y que podría descubrir a una nueva autora que mereciera la pena.

Y no me equivoqué en absoluto. La lectura me pareció interesante desde el principio. Por si no fuera poco, la autora no solo describe detalladamente las catedrales de las ciudades por las que viajan nuestros protagonistas, sino que también añade referencias a otros autores y obras literarias. Quiero destacar aquí la referencia a Persuasión, última obra de Jane Austen, que tiene un significado especial en esta novela. Todo ello a través de una pluma fluida y muy cuidada que refleja sus grandes dotes para la literatura y que me ha transportado por completo a esas ciudades inglesas.

Alejándonos de los aspectos formales y centrándonos en la historia, me ha encantado la forma en la que transcurre la historia, cómo se desarrolla cada uno de los encuentros entre nuestros personajes, un hombre (Jack Copley) y una mujer (Katherine Schuyler) que se encuentran constantemente durante la ruta de las ciudades catedralicias. Además, al estar narrada en dos voces, permite al lector saber lo que piensan cada uno de ellos respecto al otro y cómo la persecución de Jack a Kitty origina más de una situación divertida. Esto ha hecho que me haya leído la novela en una sola tarde y que esté deseando releerla.

A medida que avanzaba con la lectura, me dejaba llevar por la historia y viajaba junto a estos y otros tiernos personajes a su época y me encandilaba con la persecución amorosa (que no resulta ser un acosador, ni nada por el estilo). Esta es una novela simple, que no profundiza en los personajes ni en la historia de amor pero sí lo hace en el desarrollo de su viaje, en los destinos a los que viajan y en los constantes reencuentros que se producen entre ellos. Y también en los que desafortunadamente no se producen, aunque ambos protagonistas lo deseen más que nada en el mundo…

Cortejo en la catedral es una entretenida novela narrada a dos voces que no se me ha hecho larga en ningún momento y que he saboreado por los paisajes, las referencias culturales y la nota divertida de la autora. Ha resultado ser una novela muy fresca y perfecta para verano que me ha trasladado por completo al siglo XIX y al viaje que realizan los dos protagonistas de la historia.

Aunque es muy difícil que un libro tan corto transmita tantas cosas a la vez, me ha parecido que la autora ha sabido aprovechar cada una de las páginas para relatar esta historia de amor, viajes y aventuras. A pesar de no estar muy interesada en el aspecto religioso de las catedrales, la arquitectura me encanta y creo que me apuntaría este viaje para hacerlo en los próximos años… Y si es con un Jack Copley y una Kitty Schuyler, no me lo pensaría dos veces. La diversión y las “aventuras” estarían sin duda aseguradas.

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Cinta negra, de Eduardo Rabasa

Cinta negra

Cinta negraRedactar un currículum es, ahora, casi tan complicado y creativo como escribir la mejor de las novelas. El actual mercado laboral, basado en una competencia sin igual entre los distintos aspirantes al puesto de trabajo, confirman lo que parece la verdadera finalidad del historial de empleo de un trabajador: convertirse en un superventas. Escribir que tienes conocimientos de informática, dominas la lengua inglesa —nivel alto escrito, leído y oral— y haber trabajado en cuatro empresas de las más potentes del mercado ha quedado ya en los noventa, como las carpetas forradas con fotos de Leonardo Dicaprio y escuchar a Bryan Adams. Ahora lo que se lleva es expresar todas tus aptitudes profesionales con voces inglesas, porque según quien contrata, queda más molón, y ser muy imaginativo. El más fantástico. El fuckin’ master de la creatividad. Pues eso, así me va…

En Cinta negra, genial segunda novela de Eduardo Rabasa, nos presentan cómo sería el día a día en una de esas empresas que se ha fijado en tu rebosante currículum. Su protagonista, Fernando Retencio, trabaja para una compañía encargada de crear soluciones imaginativas a sus clientes. Todo tipo de clientes con todas sus manías y excentricidades que esperan obtener una solución, a la cual más novedosa, para llegar a buen puerto. La exigencia diaria es máxima en el puesto de trabajo de Retencio, que se ve obligado a luchar frenéticamente contra sus compañeros de trabajo, los llamados Pérez, e imaginar soluciones disparatadas para contentar a sus clientes. Cada día, un gran panel indica la clasificación de los logros obtenidos por cada uno de los trabajadores con el fin de motivarles y superar sus labores y así acercarse al máximo reconocimiento en la empresa: la cinta negra, lo que en kárate sería el cinturón negro. Toda una secta en potencia.

Retencio no trabajará solo, le acompañará su buen amigo y conserje de la empresa Dromundo. Esta peculiar pareja, al punto, casi una suerte de don Quijote y Sancho Panza, se verá inmersa en diferentes situaciones a la cual más cómica que la anterior. Entre sus clientes están un entrenador de boxeo que teme perder a su gran luchador por culpa de una mujer de la que se ha enamorado y que le intenta arrastrar fuera del ring; el chivatazo de una monja que solicita su ayuda para ayudar a una niñita que mantienen enclaustrada en un convento, con divertidísimas consecuencias entre los protagonistas; o el caso que reclama la total atención de Retencio sobre el más excéntrico de los escritores, un plumilla de altos humos y palabra fina cuyo discurso resulta de una musicalidad rimbombante muy entretenida en su lectura.

Tanta seguridad e imaginación demuestra Retencio en su trabajo como inseguridad en su pareja, que será quien le lleve por la calle de la amargura. Los celos que le causa la cercana relación de su mujer con otro hombre le harán volverse posesivo, paranoico, sexualmente pasional y alterado, lo que conllevará a que se sienta en muchas ocasiones frustrado. Es este un punto importante para conocer la personalidad de Retencio. Un personaje que he odiado y adorado a partes iguales durante toda la novela. Algo genial para meterte más en la historia.

Esa culpa la tiene su autor, Eduardo Rabasa. Dijeron de su primera novela que guardaba el estilo de George Orwell, a quien ha estudiado en profundidad. En verdad, a mí me ha parecido un escritor con una buena historia que contar y de una manera que desde luego no pasa desapercibida; se queda en la mente del lector por su encanto y por contar una verdad patente en nuestro tiempo actual. Su satírico estilo, la introducción de expresiones mejicanas que ofrecen a la lectura mayor diversidad sonora y los contrastes en cada uno de sus personajes muy bien construidos, hacen de Cinta negra un trabajo excelente para mostrar, con cierta sorna, el alto nivel de exigencia al que estamos sometidos en este rápido y mutable ritmo vital y laboral; un estilo de vida fatigoso en el que el miedo a estancarnos, el miedo a no conseguir llegar a esa ficticia cinta negra, hace que la sintamos enredarse alrededor de nuestro cuello amenazando con dejarnos con las piernas colgando.

 

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Parece que fuera es primavera, de Concita de Gregorio

parece que fuera es primavera

parece que fuera es primaveraEs curioso cómo escribir cura el dolor…, y viajar. Alejarte para poder mirar con perspectiva, dicen. Cuando uno lee Parece que fuera es primavera, de Concita de Gregorio, se da cuenta de que no es la distancia lo que cura, porque hay cosas que no se curan, porque no hay cosas que hieren, no hay cosas que te matan por dentro. Sencillamente no hay palabras, aun no existen las palabras precisas para que una madre exprese lo que siente cuando desaparecen sus dos hijas y su marido se suicida.

No hay palabras…

Pero la autora ha tenido una delicadeza infinita en la forma de contarnos esta historia que más que triste, que naturalmente lo es, es desgarradora incluso para el lector que está frente a ella años después. Esta es la historia real de Irina Lucidi. Esta terrible historia sucedida hace 7 años y que se nos narra en forma de crónica para que pueda ser soportable.

¡Qué poco afortunadas son a veces las palabras! Y qué escasas cuando no encuentras el ´termino apropiado para definir una situación… Y qué bien nos lo explica la autora. Uno pierde a su pareja y es viudo, pierdes a tus padres y eres huérfano, pero cuando “pierdes” a un hijo, ¿en qué te conviertes? Yo imagino que en un saco de dolor que solo aspira a sobrevivir. … Y digo sobrevivir porque “la vida sigue”, con o sin nosotros, con o sin nuestros seres queridos, la vida sigue…

La palabra perder está ahí, dando vueltas en el libro, perder, porque realmente Irina sí que pierde a sus hijas y con ellas cree perderlo todo, pero la vida nos hace seres completos, ya ves… el tiempo nada cura, eso está claro en estos casos, pero uno no puede no reír eternamente, la vida siempre se abre paso, por lo general lejos, porque cerca es más difícil. Y que difícil de entender esto cuando el dolor va en el interior.

Todo el libro está lleno de sensibilidad y es por eso que lo que más me ha llamado la atención ha sido la falta de ella que al parecer tuvo la policía suiza, el sistema judicial suizo, la burocracia suiza…, ni podía imaginarlo, ni quiero pensarlo, es importante que sepamos que en los exquisitos países europeos, las cosas que no se comparan con dinero no son tan buenas… Sí, ya sé que en esta reseña hay y habrá muchos puntos suspensivos, como en esos poemas en los que las ideas quedan sueltas al final de un verso, probablemente para que tú lo termines, para que lo pienses y reflexiones, o quizá para darte tiempo pasa suspirar, para relajar tu corazón y tu alma.

La autora, de padre toscano y madre española me hace recordar que aun cuando nos quieren hacer creer que en el sur no hay profesionalidad, la hay, y en el Sur está el futuro de los que no tienen futuro, de los desposeídos de palabras. En el Sur hay filosofía de vida, hay sol, hay mar; y muy, muy al Sur, está Granada.

Hay reseñas imposibles, porque hay libros imposibles, libros que solo se escriben una vez, imposible repetirse, aun cuando uno crea que hay dos personas a las que les ha pasado lo mismo. Imposible, porque las vidas son particulares, y las palabras que a cada cual le faltan para expresar el dolor son aun más particulares.

Perder a los hijos, suponer que tu marido antes de suicidarse te los ha arrebatado, quizá para siempre… ¿Qué? El horror vestido de huecos en blanco, leer entre líneas lo que la autora nos cuenta que le ha contado Irina:

“¿Qué has venido a decirme, Irina? ¿Por qué has llamado a esta puerta? <Quisiera que me ayudaras, si puedes, a coger las palabras ponerlas en fila recomponer todos los trozos que siento desmenuzados y dispersos en cada rincón del cuerpo…”

Porque todos sabemos que llega un momento en que las palabras pueden y deben sustituir a los somníferos, calmantes, antidepresivos, sedantes, a los días sin noches y las noches sin días. Horas que pasan sin control. Vida que no se vive. Y entonces llega algo o alguien que te ayuda a buscar y al buscar miras el más humano de los recursos: Las palabras.

¡Qué importante es recordar esas cosas que nos hacen felices! Hay que hacer ese esfuerzo cuando olvidamos que vivir ya es por sí un acto que nos ha de producir alegría. Es imposible ponerse en la piel de nadie, pero un ser humano puede encontrar vida en el amor de otro. Vida, ilusión, alegría, ganas de ver amanecer, y eso no es olvido, eso es llevar dentro de ti sus vidas, hacer que vean por tus ojos, que escuchen tus palabras, que vivan en tu recuerdo, que crezcan dentro de ti, acompañándote en el resto de tu viaje, deseando que sea un largo viaje para poder hacerlo juntas.

Y aquí en el libro está Irina, y porque está Irina están Alessia y Livia… Más puntos suspensivos para decirles que merece la pena leer este libro, menos de doscientas páginas para contar esta historia que no crean que es lo que esperan, es otra cosa, porque la vida siempre es otra cosa.

Releo esta reseña ahora, aquí, casi al mismo tiempo que todos ustedes, ahora que está a punto de publicarse, y pienso que habrá muchos que aun deban esperar para que les parezca que fuera ya es primavera, y se me escapan unas lágrimas… y regresa de nuevo todo el libro a mi mente, pero sobre todo a mi alma, en la que la autora ha dejado alojadas algunas palabras.

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Los cinco y yo, de Antonio Orejudo

Están las novelas buenas, están las novelas entretenidas, y luego está Los cinco y yo, de Antonio Orejudo.

He dejado reposar (varios días) esta lectura, pero todavía no consigo alcanzar un veredicto con el cual esté completamente conforme. Quizá tenga que releerlo, pero las primeras impresiones son las que cuentan.

¿Sería demasiado generosa si lo calificara de libro genial? ¿De libro que, suficientemente leído y justamente valorado, podría considerarse como revolucionario de la literatura española y, quizá, también de la universal? ¿Hace falta traer a colación la relación totalmente lícita entre entretenimiento y comercialidad, por un lado, y genialidad, por otro, suficientemente demostrada por El Quijote y por muchas otras joyas reconocidas y consagradas de la literatura, clásicos que en su día fueron, no best sellers (porque eran otros tiempos), pero sí lecturas populares y del gusto del gran público? ¿Por qué no puede Los cinco y yo ser perfectamente otro representante de ese fenómeno?
Con Los cinco y yo me pasa lo mismo que me pasó la primera vez que vi Inland Empire, la película más lynchiana de David Lynch: que me di cuenta de que aquello no era una película, ni siquiera un visionado; era una experiencia. Una experiencia asombrosamente vital capaz de cambiar tu percepción de todo; en el caso de Lynch, gracias a su personal e inimitable concepción de lo surreal; en el de Orejudo, gracias a su imaginación, su sentido de la ironía, su capacidad y voluntad para la autoparodia, su cercanía, su inteligencia; armas, todas ellas, que nuestro autor utiliza contra y, a la vez, con su lector, atrayéndolo e implicándolo en una historia que finge ser, primero, un humorístico, divertido, políticamente incorrecto pero, a la postre, inofensivo ejercicio de revisión nostálgica de la historia propia y general (la del Antonio Orejudo nacido en unas circunstancias históricas, en un contexto geográfico y social, como miembro de una generación concreta, aquella del baby boom, niños que superpoblaron ciudades y barriadas y que parecía que iban a comerse el mundo y que luego quedaron emparedados entre la generación anterior y la inmediatamente posterior, que les robaron todo el protagonismo que ellos naturalmente estaban llamados a ejercer en la época de la Transición española) y que de repente estalla como una sucesión de fuegos artificiales que, traca a traca, va deslumbrando al lector, que, para cuando quiere darse cuenta, ya está tan obnubilado con el espectáculo que no le interesa intentar responder al cómo y por qué hemos llegado a este punto. El impulso inconsciente de encajarlo todo bien encajado, de atar todos los cabos, de hilar bien la historia y de obtener todas las respuestas cede a la diversión y al disfrute más puros y más gozosos, de esa clase que sólo una lectura absorbente puede proporcionar; ésa que hace que uno pierda la noción del tiempo y hasta de que se olvide de que está leyendo. Exactamente el tipo de gozo que tan bien describe el propio Antonio Orejudo al rememorar su primera lectura de un libro de Los Cinco; el tipo de gozo que, según dicen, y lo repite el propio autor en un momento determinado de la novela refiriéndose a un personaje adicto a la heroína, sólo se obtiene la primera primerísima vez, y se intenta -en vano- revivir cada vez que se consume.

Pues bien; yo sentí aquel gozo de la primera lectura en la que me olvidé de todo y me convertí en uno con la historia, y lo he vuelto a sentir leyendo Los cinco y yo.

Una novela que va tejiendo o, si se quiere, insinuando paralelismos entre el mundo ficticio creado -a brochazo limpio- por Enid Blyton, cuya productividad deja en mantillas a todo un Stephen King, y el mundo real donde nació y creció Antonio Orejudo, el personaje de esta novela y/o también, puede ser, probablemente, aunque puede que no, el autor; y donde luego fue a la universidad, se hizo escritor y todo lo demás; donde conoció a Rafael Reig, su amigo y compañero y posteriormente influencer, dado que fue causa necesaria (Reig) para que Orejudo (el personaje del libro) se pusiera a indagar sobre Los Cinco y sobre qué fue de ellos una vez que su colección de novelas juveniles terminó. Son, en realidad, varios mundos que se van reflejando e imbricando los unos con los otros, en un ejercicio de creación literaria, metaliteraria, seudorrealista, fantasiosa y ucrónica donde poco importa, al final, dónde se separan las diferentes esferas, dónde se superponen y qué plano corresponde a cada mundo.

El Antonio Orejudo protagonista del libro (y, con toda probabilidad, también el autor que lo firma y que se cuenta a sí mismo corregido y aumentado y nos cuenta todo lo demás) habla con ligereza, con una ligereza que se nota (y se quiere dejar notar) un poco impostada y que descansa sobre un lecho de pesimismo que no es nato, sino que ha llegado a ser por culpa del mundo; está en sus recuerdos de aquel pequeño gamberro juvenil con ínfulas de gran literato, en cómo lo vapulea ahora; está en su retrato, un poco entrañable y un poco cruel, de los viejos -en todos los sentidos- amigos con los que se reencuentra ahora y en lo que han llegado (y no han llegado) a ser; está en el relato de aprendizaje, maduración y decadencia de Julián, Dick, Ana y Jorge (Tim falleció, como es de suponer), aquellos chavales de ficción que son el único bagaje propio e intransferible que la generación de Orejudo puede reclamar, pues fueron los primeros en leerlos traducidos al español.

El mundo actual ha hecho de las suyas con Los Cinco, ahora cuatro. Viven, como nosotros, en un mundo de relaciones virtuales, postureo, hermosas mentiras pero maldades reales como entonces, vulgaridad, consumismo, neurosis y codicia, mucha codicia. El relato del devenir de sus vidas nos divertirá, nos sorprenderá, nos confundirá y nos pillará desprevenidos, avanzando bajo tierra, pasando de una realidad ficticia (o real) a otra a hurtadillas, como hacían ellos en casi cada una de las novelas de Blyton, donde no faltaba el pasadizo secreto que hacía posible un feliz desenlace. Aquí también hay pasadizos secretos, sólo que el mundo real que habitamos (y en el que habitan los dos Antonios de la novela, el relatado y el relator) no asegura finales felices, como sí hacía el de Enid Blyton. Y quienes hayan leído el número suficiente de aquellos libros apreciarán y valorarán en la medida en que lo merece el último párrafo, el colofón brillante e inteligentísimo con que Antonio Orejudo cierra esta meritoria novela y nos deja, quizás, con una media sonrisa triste en los labios.

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Transgénicos sin miedo, de J. M. Mulet

Transgénicos sin miedo

Transgénicos sin miedoSomos lo que comemos. Eso dicen. Si esto fuera verdad, yo no sé qué sería. Vale, no llevo una dieta ideal ni controlo mucho lo que como, pero lo que sí es verdad es que como de todo y muy variado. Durante la semana tomo verduras, legumbres, pasta, arroz, pescado y carne. Todo sin gluten, claro, porque soy celíaca (pero de las de verdad, no de las de autodiagnóstico lohagopormoda o porqueelglutenesmaloquítameloquítamelo). Pues eso, que intento comer de todo y de la mejor manera posible, aunque a veces es muy difícil. Gracias a mis problemillas con el gluten, tengo que leer todas las etiquetas de los productos para ver si llevan algo que haga que me tire tres días sin poder ir a trabajar. Un día, comiendo  por ahí con unos amigos, me puse a inspeccionar la etiqueta de un helado y un chico me dijo que si estaba buscando el ingrediente “aceite de palma”. Él ya me iba a tachar de paranoica y de exquisita, pues como dijo tajantemente, “el aceite de palma se lleva años usando y eso de que da tantos problemas es una chorrada”. Ahí se abrió un debate muy interesante. Que si aceite sí, que si aceite no. Que si cancerígeno por aquí, que si obesidad por allá… Yo, contenta al saber que mi helado era gluten free, quedé ajena a la conversación mientras me lo comía tranquilamente y pensaba en mis cosas.

Pero sí, hay gente que lleva estos temas a rajatabla. No gluten. No aceite de palma. Y, lo que ahora está muy de moda, no transgénicos. No nos engañemos, yo había oído hablar de los transgénicos una y mil veces en todos los medios de comunicación pero no sabía muy bien qué eran ni si el efecto de su consumo era tan maligno como se decía a todas horas en la televisión. Después de leer Transgénicos sin miedo, cuyo autor es J. M. Mulet —que ya me iluminó en su día con La ciencia en la sombra, enseñándonos la ciencia forense desde otro punto de vista— me ha quedado el tema más claro que el agua. Y ahora sé que hasta el jabón que uso para eliminar las manchas de la ropa es un transgénico. Casi todos los productos que consumimos hoy en día (véase aquí que esto no afecta únicamente al ámbito de la alimentación, sino que se puede aplicar a los cosméticos o incluso a la ropa) están modificados genéticamente. Porque los tiempos avanzan y es necesario que todo se adapte al entorno.

J. M. Mulet, en Transgénicos sin miedo, desmantela un mito del que llevamos años oyendo: los transgénicos no son malos. Es más, son necesarios en nuestro día a día. Pero, como él bien, dice, son demasiados los intereses que están en juego y la manipulación de la información que nos llega beneficia a determinados sectores.

No soy quién para dar lecciones sobre si un transgénico es bueno o es malo. No se me ocurriría. Para formaros una opinión contundente que os permita hablar del tema en las comidas familiares (ya sabéis, para hacer un poco “el cuñado”, pero con conocimientos sólidos), os tendréis que dejar llevar por las clases magistrales que este autor Valenciano da en su libro. Lo cierto es que no ha estado mal adentrarme por unas horas en este mundo y descubrir cosas que muchos se callan y que todos deberíamos saber. Al fin y al cabo, somos lo que comemos, ¿o no?

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La máquina del tiempo, de Carlos Giménez

la máquina del tiempo

la máquina del tiempoA veces, la literatura se adelanta al futuro. El género de la ciencia ficción ha ideado inventos que al principio parecían fantasías de un escritor especialmente imaginativo, pero que décadas o siglos después se han hecho realidad gracias a los progresos tecnológicos. Como dijo Albert Einstein, «si puedes imaginarlo, puedes lograrlo». El primer ejemplo que me viene a la cabeza es el de Jules Verne, que en sus novelas describió el submarino (Veinte mil leguas de viaje submarino), internet (París en el siglo XX) o el cohete espacial (De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna) mucho antes de que la ciencia estuviese lo suficientemente desarrollada para llevarlos a la práctica. Otro hombre adelantado a su época fue H. G. Wells. Sin embargo, su grado de anticipación llegó a tal extremo que invenciones como la invisibilidad (El hombre invisible) o el contacto con seres de otro planeta (La guerra de los mundos) todavía no se han materializado (aunque, en el caso de la segunda, mejor que así sea; no me hace demasiada ilusión que nos visiten extraterrestres para exterminarnos). Pero el invento de H. G. Wells que sin duda ha levantado más pasiones es la máquina del tiempo.

La máquina del tiempo, escrita en 1895, fue su primera obra y se ha convertido en la fuente de inspiración de decenas de libros, películas y series. Quién sabe si algún día la ciencia conseguirá que con un movimiento de palanca viajemos al pasado o al futuro; lo que es evidente es que esa historia ha marcado a miles de personas. Como por ejemplo a Carlos Giménez, que ha plasmado su admiración por esta novela corta adaptándola al cómic, una buena forma de darla a conocer a las nuevas generaciones.

En las páginas iniciales, este historietista español confiesa que La máquina del tiempo es uno de sus libros favoritos y que siempre había querido dibujar su visión del mundo del año 802 000 que describió Wells y a sus extrañas criaturas, los Elois y los Morlocks. Su mayor preocupación con este reto creativo ha sido no traicionar el mensaje transmitido por el autor británico, que mostró cómo podía llegar a ser la especie humana en un futuro si seguía por la senda del capitalismo y la lucha de clases, además de plantear los pros y los contras, sociales e individuales, que viajar en el tiempo supondría. Temas que, con los avances cada vez más vertiginosos de la sociedad, están en plena vigencia, por lo que la reinterpretación de Carlos Giménez de esta fábula decimonónica llega en el mejor momento.

A veces, la literatura regresa al pasado para demostrarnos su tremendo poder. No solo porque géneros como la ciencia ficción hayan anticipado inventos y debates sociales que el común de los mortales ni siquiera era capaz de atisbar, sino porque ha planteado cuestiones atemporales que, por muchos años que pasen, siguen suscitando el interés del ser humano. Ese es poder el que convierte a algunos libros en clásicos, y conviene regresar a ellos de vez cuando, ya sea leyendo los textos originales o acertadas reinterpretaciones como la que Carlos Giménez ha hecho de La máquina del tiempo.

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Wonder Woman. El feminismo como superpoder, de Elisa McCausland

Wonder Woman. El feminismo como superpoder

Wonder Woman. El feminismo como superpoderEs difícil hablar del feminismo en nuestros días sin remontarnos a siglos pasados. Y ya no solo a cosas que leemos en los periódicos o que encontramos en internet, sino también a cosas que nuestras propias abuelas nos han contado o todavía nos cuentan. El papel de las mujeres a principios y a mediados del siglo XX no dista mucho del papel de la mujer que nos relataba, por ejemplo, Jane Austen, en sus novelas publicadas durante el siglo XIX. En aquellos tiempos, las mujeres quedaban relegadas a las tareas del hogar y su principal objetivo en la vida era el de encontrar un marido que las protegiera y las cuidara hasta el fin de sus días.

Desde el derecho al voto hasta la oportunidad de trabajar o ser madres solteras, es increíble ver cómo hemos sido capaces de cambiar muchas cosas que ahora vemos como algo obvio, un derecho con el que todas deberíamos haber contado siempre. Sin embargo, me entristece pensar que aún nos quedan tantas otras cosas por cambiar…

Pero, ¿qué papel juega un personaje de ficción en todo esto? ¿En qué ha contribuido Wonder Woman a la causa? A pesar de que muchos puedan pensar que la figura de una mujer sexy y ligerita de ropa poco o nada tiene que decir respecto al feminismo, la verdad es que sí que ha aportado. Y mucho. En este libro, Elisa McCausland nos acerca la figura de Wonder Woman a través de su historia en el mundo del cómic y cómo ha contribuido a la lucha de las (y los) feministas. Y es que la autora hace un recorrido completo desde la aparición de la superheroína y sus diferentes etapas, algo que me ha parecido muy interesante, ya que no he leído todos sus cómics y me hubiera gustado haberme hecho una idea de cómo se la ha representado desde sus orígenes. Además, nos cuenta con detalle cuáles han sido sus contribuciones al feminismo y cómo ha crecido el personaje en sus distintas etapas.

Elisa McCausland me ha sorprendido por su gran conocimiento en el tema y por cómo profundiza sobre él en cada uno de los capítulos de este ensayo. Gracias a esto, lectores que no conocen bien la figura de Wonder Woman y su papel en el mundo del cómic, como es mi caso, pueden descubrir más sobre este arquetipo. Un modelo del imaginario colectivo que es conocido mundialmente, pero no tanto como debiera ser.

Tras esta interesante lectura, me he dado cuenta de quién es realmente Wonder Woman. Una mujer que no solo destaca por sus poderes, sino que es lo bastante fuerte e independiente como para salvar el mundo por sí misma sin depender de ningún hombre, ni tampoco de ninguna mujer. Una heroína imprescindible en la sociedad del pasado siglo, con la que he empatizado ya solo con la lectura de este libro,  y que sigue siendo necesaria en este.

Aún seguimos viviendo en un sistema heteropatriarcal, por eso figuras como esta nos recuerdan que hay que seguir luchando por la igualdad, por el empoderamiento femenino. Lo que no significa, tal y como muchos piensan erróneamente, que la mujer sea superior al hombre y que haya que defender eso a capa y a espada. Esto no es, ni mucho menos, lo que representa el feminismo. Hay que tener muy claro de lo que se habla y conocer muy bien por lo que se desea luchar y por lo que no… Motivo por el que creo que esta lectura resulta imprescindible para conocer los cimientos del feminismo y cuyo epílogo (“El feminismo era  el superpoder”) resume muy bien cuáles son los retos que nos esperan de aquí en adelante.

Y es que el futuro está lleno de incógnitas. Pero lo que sí es seguro es que modelos feministas como Wonder Woman, a pesar de haber sido convertidas en un icono comercial y del consumismo, seguirán trascendiendo y concienciando (o eso espero) a muchas más generaciones de que la mujer es capaz de valerse por sí misma y de salvar, no solo nuestro mundo, sino también de salvar muchos más.

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Este libro te alegrará la vida, de Daniel Gray

Este libro te alegrará la vida

Este libro te alegrará la vidaVale, puede que el título suene un poco presuntuoso, pero sin duda hay libros que nos alegran la vida y dar con uno de ellos es una maravilla. Esa sensación de estar tan completamente metidos en la historia que el tiempo se nos pasa volando mientras leemos, o las ganas de volver a retomar la lectura son las claves de que hemos encontrado un buen libro. En lo que llevamos de verano, haber encontrado Los años ligeros, Crónicas de los Cazalet ha sido una de mis mejores sorpresas, pero hoy no vengo a hablaros de este libro (otra vez).

Lo que realmente me gustó de Este libro te alegrará la vida es el subtítulo: “50 placeres íntimos de la lectura”. Y ahí ya me rindo, porque todo lo que tenga que ver con el placer de la lectura me requeteencanta. Todos esos pequeños placeres que acompañan al ritual de lectura, las manías lectoras y los buenos libros que, sin duda, nos alegran la vida. De todo esto trata Este libro te alegrará la vida, una preciosa carta de amor a los libros y a sus amantes. ¿Cómo no iba a gustarme?

Dividido en cincuenta pequeños capítulos (o placeres), este libro recrea esos placeres que todo buen amante de la literatura ha experimentado tantas veces. Por ejemplo, esas dedicatorias que encontramos en libros antiguos de segunda mano y que nos hacen pensar y tratar de imaginar la historia del libro y su antiguo dueño. Me gusta la idea que propone Daniel Gray en el capítulo: “La próxima vez que regales un libro, dedica un momento a escribir unas breves palabras para el destinatario, porque también estarás tendiendo la mano a alguien que ni siquiera ha nacido todavía”.  Yo siempre escribo dedicatoria.

¿Y qué me decís del placer de ir por primera vez a una casa ajena y poder cotillear libremente las bibliotecas? Es otra cosa que me pirra. Se puede aprender muchísimo sobre una persona simplemente viendo sus libros.

También hay placeres más personales, como aquellos de anotar palabras o ideas en los márgenes de los libros. Yo tengo que confesar que me encanta dialogar con el autor a través de las notas, subrayar frases y escribir ideas. Es algo muy íntimo.

Otro placer que me gusta es ese de perder una tarde organizando nuestra estantería. El otro día me tocó a mí. No sabía cómo ordenarlos. ¿Por género?, ¿por color?, ¿libros que ya hemos leído en una parte y libros por leer en otra? Al final acabé ordenando la mía por editoriales.

Otro placer va dedicado a leer en los bares. Recuerdo que tuve una etapa en la que leía prácticamente en cualquier lado. Ahora soy un poquito más quisquillosa, y necesito más calma para poder leer (aunque también depende del libro, claro). Pero sin duda es otro placer ese de sacar nuestro libro en cualquier momento y olvidarnos de todo lo que nos rodea. Siempre llevo uno en el bolso, nunca se sabe cuándo vamos a tener tiempo para poder leerlo.

Son muchos los placeres relacionados con la lectura y cada lector podría elaborar su propia lista personal. Este libro te alegrará la vida nos propone algunos de ellos y nos hará pensar en los nuestros. Estoy segura de que vosotros también os sentiréis identificados con muchos de ellos y encontraréis otros más personales.

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En busca de New Babylon, de Dominique Scali

En busca de New Babylon

En busca de New BabylonCuando me recomendaron la lectura de En busca de New Babylon me insistieron en la sorprendente renovación del género western por parte de la jovencísima autora Dominique Scali. ¿Quién es Dominique Scali? Pues una periodista canadiense que con treinta años publicó esta obra premiada en varios festivales de novela en Canadá y nominada en otros cuantos de Francia. Una joven escritora nostálgica de todas las épocas que no vivió, pero que con su narrativa consigue evocarlas como si de allí mismo procediera, tal es el caso de la impecable ambientación que consigue desarrollar del Lejano Oeste. Es, precisamente, en la genialidad de su prosa donde el western se eleva a un nivel superior. La historia que, si se llevara al cine, firmarían con gusto los hermanos Cohen y que, en muchos aspectos, podría equipararse a la obra de Ron Hansen, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, también llevada al cine. Lo dicho, no por nada recibió tantos halagos y reconocimientos en Canadá y en Francia.

Antes de este libro, mis incursiones en aventuras de forajidos en el Salvaje Oeste se reducían a cómics de Jonah Hex, alguna que otra disparatada novela de saldo de Silver Kane o aquella del maestro Stephen King que arrancaba con «El hombre de negro huía a través del desierto y el pistolero iba en pos de él».

Esta novela, ópera prima de Scali, consigue recrear de una manera sorprendente una época salvaje en la que la vida de un hombre pendía del revólver de quien bebía a su lado en mitad de un paisaje árido de cactus, burdeles y tabernas polvorientas. Lo hace, además, con una estructura compleja y a la par necesaria para presentar, de forma magistral, a los cuatro protagonistas de esta historia. En el relato se van a mezclar las vidas de cuatro personas durante los años que viajaron de un lado a otro del Oeste americano. Así, en la novela se supeditarán las desventuras del reverendo Aaron, personaje que formará parte de la vida de Charles Teasdale, asesino y pirómano en continua busca y captura por reducir poblaciones enteras a cenizas y que consigue siempre escapar de la horca; Pearl Guthrie, una joven y bella mujer que ansía recorrer el Oeste en busca de un buen marido cueste lo que cueste; Bill el Ruso, bandido y criminal que se afana en fundar su propia ciudad de caos, New Babylon, hogar para todos los repudiados y malhechores.

La autora de En busca de New Babylon ha estructurado la novela en cuatro partes, cada una de ellas enfocada en cada uno de sus protagonistas, junto a un prólogo y epílogo basados en el reverendo, hilo conductor de este fascinante entramado. Arranca la obra con el hallazgo cerca de un rancho del reverendo Aaron al que le han amputado las manos. Así, con efectismo en nada gratuito, Scali muestra la crudeza de un tiempo, 1881, donde la palabra de Dios y la violencia van unidas como un forajido a su sombrero. La familia que lo acoge desea saber su historia, pero él, pese a haberse ganado la vida con la palabra, tan solo pide que lo lleven a un burdel de prostitutas. Comienza, entonces, el viaje por la historia de los diferentes personajes. Viaje tanto físico, a lo largo y ancho del continente norteamericano, como en el tiempo. Diferentes épocas que narran diversos acontecimientos relacionados con los personajes y que sirven para presentarnos sus preocupaciones, sus sueños o su deseo a la muerte. Es el caso de Charles Teasdale, un criminal que adora el fuego y que no duda en hacerlo todo arder una vez consigue sus propósitos. Está harto de vivir en una continua prisión, ya sea libre o encerrado: «Los presos, cuando son liberados, saltan de contentos aunque fuera no haya más que desierto; yo no veo la diferencia», dejará escrito en una de sus notas. En él se refleja el sentimiento de continua búsqueda del peligro cuando ya no se tiene nada por lo que seguir adelante y el vivir y el habla de los hombres de mediados y finales del siglo XIX. Consigue escapar hasta nueve veces de la horca, una de ellas, liberado por el reverendo Aaron. Sus frases y su firma, lo único que desea postergar tras su muerte, encabezan cada capítulo durante todo el libro para que conozcamos mejor su psicología:

«No es el hecho de estar en movimiento lo que me convierte en nómada, sino el hecho de no volver jamás».

La historia de Pearl Guthrie no parece correr mejor suerte. Su mayor deseo siempre fue recorrer el Oeste y conocer a un buen marido, pero vive en una época en la que los hombres tratan a las mujeres como simple carnaza donde desahogarse y quien consigue acompañarla en su aventura no hace más que utilizarla para sus propios intereses. Ahí entra en acción Bill el Ruso, con quien finge falsos matrimonios con el fin de conseguir dinero en las distintas poblaciones que recorren para financiar la construcción de New Babylon, una ciudad que solo existe en los sueños imposibles de hombres perdidos en mitad del desierto, esquivando balas que llevan su nombre escrito. Todas estas narraciones se unirán para desentrañar todas sus sufridas vidas y saber el secreto del reverendo Aaron, su propia historia y de cómo le fueron arrancadas las manos.

Duelos en tabernas, corsés y risas en los burdeles, polvorientos caminos recorridos a caballo, todos y cada uno de los elementos del mejor western se desarrollan a lo largo de una obra sobresaliente, con una narración muy inteligente y un argumento cuidado al detalle por su autora. La editorial Hoja de Lata, a quienes estoy muy agradecido por cederme este libro, descubrió esta historia y decidió incluirla en su catálogo en una edición muy trabajada, perfecta sería decir poco, en cuanto a traducción y corrección. No puedo más que recomendar la lectura de En busca de New Babylon y dejarse seducir por aquello que evoca: el rumor de un vaso de whisky y el olor a madera de las viejas tabernas donde se debaten en duelo unos pistoleros.

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Gente de la Edad Media, de Robert Fossier

Gente de la Edad Media

Gente de la Edad MediaLa Edad Media es una de las épocas más recreadas en la ficción, sobre todo dentro de la novela histórica o la fantasía épica. Grandes festines en castillos, justas de caballeros, trovas de juglares e instruidos monjes leyendo a la luz de las velas. Pero, obviamente, esto no era el día a día de la población en general, sino prácticas ocasionales de una minoría. ¿Acaso las futuras generaciones sabrían cómo somos nosotros si se documentaran con las reuniones de Amancio Ortega y los eventos públicos de Felipe VI? Ni mucho menos. Además, la Edad Media son mil años de historia, por lo que a la fuerza fue un periodo lleno de matices y cambios, y no esa imagen homogénea y estereotipada que  tenemos la mayoría sobre lo acontecido entre los siglos V y XV.

Esta distorsión se debe a que gran parte de los documentos que se conservan de aquellos siglos son de origen aristocrático o eclesiástico. Pero ¿qué sabemos de la gente de a pie de la Edad Media? Porque, reconozcámoslo, las recreaciones de las ferias medievales que ponen en nuestros pueblos, con herreros, canteros y demás, tampoco son una fuente fiable ni nos aportan muchos detalles, ya que recurren a tópicos e invenciones románticas. Por eso, Robert Fossier, un historiador francés especializado en Historia medieval, ha sentido la necesidad de escribir Gente de la Edad Media para hablarnos precisamente de la gente normal y corriente de aquella época y defender que no eran tan distintos a nosotros.

Gente de la Edad Media es, ante todo, un ensayo sincero. Desde la primera página, Robert Fossier reconoce que hace acopio de las investigaciones de otros especialistas, que él no va a aportar apenas datos nuevos. Pero, a cambio, nos ofrece un enfoque novedoso, pues convierte al vulgo en protagonista y a reyes, mercaderes, monjes y caballeros en meros figurantes. Admite cuando se sale del tema, cuando no tiene todas las fuentes que quisiera para hacer ciertas afirmaciones y los terrenos en los que se siente más incómodo por no dominar la materia en cuestión. Incluso se atreve a defender posturas poco populares, pues niega la superioridad de la especie humana y se explaya en argumentaciones al respecto.

Es abrumadora la cantidad de información que aporta en trescientas ochenta y cinco páginas. Abarca tantísimos temas que parece que no deja nada sin mencionar: la concepción que tenía el hombre medieval de su cuerpo, de las etapas de su vida, de la familia y del entorno; la visión de la infancia, la sexualidad y la muerte; su intento de controlar la naturaleza y los animales; su alimentación; la forma de enfrentarse al conocimiento; la evolución de las leyes, la lectura o la escritura; la omnipresencia de la Iglesia… De este modo, desmonta los mitos que tenemos interiorizados sobre esa época y confirma algunos tópicos cuando las fuentes así los avalan.

El mismo Robert Fossier se pregunta si este libro es demasiado simplificador para el erudito, confuso para el estudiante u oscuro para el profano. Y yo, que no me considero ninguna de las tres cosas (si acaso, profana), solo puedo decir que me parece un libro imprescindible para quienes tengan verdadero interés en profundizar en ese periodo y en la antropología misma. Porque, tras su lectura, no queda más remedio que rendirse a la evidencia: la Edad Media no es cómo nos la habían contado ni los seres humanos hemos cambiado tanto como quisiéramos.

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El gran salto, de Jonathan Lee

El gran salto

El gran saltoLos errores en los libros, o los errores en general, suelen no pasar desapercibidos. Saltan a la vista. También lo hacen los grandes aciertos, luminosos párrafos de algunas obras, goles magníficos, polvos de otra galaxia que no deberíamos aspirar a repetir. En un punto intermedio de esos dos extremos, entre otras cosas, podemos encontrar dos categorías interesantes: la mediocridad y la virtud. La primera tiene relativo éxito en esconder los errores, al menos en dejarlos fuera de la vista o del foco, pero lleva dentro la inferioridad de los mentirosos. La segunda simplemente los evita, los fallos, aunque no se regodea tampoco en los aciertos. En este último sentido tan modesto de algo cercano a la perfección se halla la tercera novela de Jonathan Lee, primera en español, El gran salto.
Un joven norirlandés entra a formar parte del IRA en 1978, uno de los momentos álgidos de los enfrentamientos entre los unionistas y los católicos (si se me permite la simplificación del conflicto). En un primer capítulo de manual, Dan, así se llama uno de nuestros protagonistas, es iniciado en las armas por dos viejos y resabiados combatientes. El contexto nos vendrá más adelante, pero se adivina que son tiempos muy duros para los jóvenes como él, y que el conflicto no hace más que recrudecerse.
Seis años más tarde, la semilla plantada en esta introducción germinará bastantes kilómetros al sur, concretamente en Brighton, Inglaterra. Dan, convertido en experto en explosivos, llega a la ciudad costera para preparar uno de los mayores atentados del IRA en suelo inglés, un ataque al corazón de los conservadores británicos durante la convención de su partido, con Margaret Thatcher a la cabeza. El suceso tendrá lugar en el Grand, un hotel de segunda categoría que no obstante tiene el honor de albergar la convención de los tories gracias, en parte, a los esfuerzos de su subdirector, Philip Finch, al que todos conocen como Moose.
Como se comprende rápido, El gran salto no es tanto la historia de aquel atentado y de la lucha en la que se amparaba sino un relato de trazo fino, casi hiperrealista, de las vidas de quienes orbitan el Grand en las tres semanas que transcurren entre que Dan planta la bomba y el día de la convención. Moose, un antiguo saltador de trampolín que, pasados los cuarenta, se siente un perdedor, toma la convención como su última oportunidad de hacer algo grande, de coger un tren que se escapó hace tiempo; Freya, su hija, vive confundida su último verano de adolescente y el primero como adulta, en lo que decide qué hacer con su vida y navega entre el descubrimiento y la decepción. El Capitán, Marina, el surfero John y por supuesto el propio Dan aparecen por las páginas de El gran salto para completar el cuadro de Jonathan Lee.
Enganchando con el primer párrafo, lo que más destaca de El gran salto es la brillante habilidad del autor Lee para escribir una historia balanceada, sin errores. Tiene múltiples caras, es tierna pero a la vez contundente, calmada y avasalladora por momentos, y en todos los momentos consigue un notable alto o un sobresaliente. No cae en la nostalgia ochentera, no se deja llevar hacia la novela de intriga ni deja que el par de tramas amorosas inclinen el libro al romance. En esa virtud y en su capacidad para dotar el conjunto de una prosa de alta calidad pero sin complicaciones está el principal valor de El gran salto.
Es cierto que hay que tener paciencia y tiempo con ella, porque no conviene leerla del tirón. Quizá desespere a quienes necesitan emociones más fuertes, y piensan que el atentado que se anuncia desde la página uno va a ofrecérselas. También a los que traten de encontrar una lectura profunda de la situación política y social del thatcherismo y del conflicto norirlandés. Pero para quienes busquen una lectura tranquila, una novela virtuosa de principio a fin con la que pasar una temporada, El gran salto resultará perfecta. A mí, por lo menos, me ha dejado con la sensación de ser de lo mejor que llevo leído este año.

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