
Si quieres ser escritor para ser rico y famoso, no te molestes en leer esta reseña, porque Escribe con Rosa Montero no es el libro que buscas. En él no encontrarás la receta mágica para crear una novela superventas, ni siquiera para escribir cómo Rosa Montero, pues no se resumen en un puñado de páginas los años de esfuerzo y trabajo que le han costado a ella ser quien es.
Pero sigue leyendo esta reseña si lo que buscas son razones para continuar escribiendo, olvidarte de las mil excusas que te pones para no sentarte a hacerlo, perder el miedo a la hoja en blanco, hallar tu propia voz y que, por fin, lo que plasmes en el papel sea tu esencia, con esa mirada tan tuya que haga que lo que escribas sea diferente a todo lo demás.
Que su título no te confunda. En Escribe con Rosa Montero, las palabras de la prestigiosa escritora madrileña no serán las protagonistas, sino las tuyas. Y es que este libro es en realidad un cuaderno de escritura, con recomendaciones y ejercicios de Rosa Montero y las palpitantes ilustraciones de Paula Bonet para despertar tu creatividad.
Rosa Montero te tomará de la mano y te animará a emprender ese camino solitario que es la escritura. Te dará los consejos de quien tiene las suelas desgastadas por la larga andadura y no ve otra forma de aprender a escribir que escribiendo. Te dirá que poco importa el talento si no tienes tenacidad; que la labor de escribir es en gran parte saber cuándo borrar y que lo que crearás nunca será lo suficientemente bueno si con ello has pretendido enseñar algo a los demás en vez de aprender tú mismo de tus luces y tus sombras. Y Paula Bonet reflejará en sus dibujos ese bullicio de emociones que hay en ti deseando salir convertidas en literatura, y ese vacío que te parece inexpugnable cuando no fluyen las palabras.
Al principio, Escribe con Rosa Montero será ese cuaderno que metas en el bolso cada día para llenarlo con tus inquietudes o que dejes en la mesita de noche para cuando te asalten las mejores ideas en plena madrugada. Y después se convertirá en ese recodo al que regresar cuando te sientas perdido en el tantas veces infructuoso camino de la narrativa, porque no solo estarán allí las palabras de Rosa Montero para volver a motivarte, sino también las tuyas: escenas cotidianas, reflexiones obsesivas, esbozos de relatos; decenas de frases como semillas que esperan germinar.
Ya sé que es una preciosidad y que temerás que tus palabras no estén a la altura del talento de Rosa Montero y Paula Bonet, pero este cuaderno ha nacido destinado a transformarse a tu imagen y semejanza, y el mayor ultraje que le harás a él, a ellas, a ti mismo, será dejarlo vacío.
Si de verdad quieres escribir, escribe. Tan sencillo como eso. Y tan difícil.
P. D.: Si los consejos de Escribe con Rosa Montero cumplen su cometido y, tras acabarlo, sigues sintiendo la imperiosa necesidad de escribir, escribir y escribir, pero todavía no te atreves a caminar en solitario, recuerda que ella está dispuesta a guiarte en su curso de Escritura Creativa en Escuela Cursiva.

No soy mucho de poesía. Más bien nada. Tal vez debería remediarlo. O tal vez no. Pero sí soy de escuchar a Nacho Vegas. A él le amo porque “es liberal”. Y porque su música, en conjunto con sus letras, (tan poco convencionales, tan realistas y a la vez tan directas) y su peculiar voz (¿qué decir de esa voz? Mejor que lo diga Sidonie: “mucha pose y poca voz”. O no, tal vez tampoco, tal vez solo lo digo por meter la frase) que solo pueden atrapar a quien lo escuche.
El Siglo XIX es un siglo fascinante. Es el siglo de los grandes cambios en Europa: una época en la que la ciencia gana importancia, en el que la gente sale a las calles para pedir el sufragio universal y unas mejores condiciones laborales; es el siglo de la Revolución Industrial y de la razón. Y mientras todo esto se cocía en Europa. España y, especialmente Madrid, la capital, enclaustrada entre el cemento de las murallas que la cercaban; trataba de avanzar y de crecer, de pillar al resto de las grandes capitales europeas. El Madrid decimonónico era una cloaca, un gran pueblo de casas bajas y sucio que recibía gente a la que ya casi no podía albergar. Era un Madrid en el que convivía el inicio de algo nuevo con la tradición de siglos pasados; que se debatía entre la razón de los nuevos tiempos y la fe de los viejos. Este Madrid misterioso, único y complejo es el que nos vamos a encontrar en Caen estrellas fugaces, de José Gil Romero y Goretti Irisarri.
Todos tenemos aspiraciones. Todos soñamos con tener una vida idílica, como de película. Una casa enorme, una familia adorable, unas vacaciones recurrentes que llenen nuestras redes sociales de fotos increíbles. Un trabajo que requiera gran parte de nuestro tiempo y energía, ya que eso es sinónimo de que tenemos un empleo importante y cuyo sueldo es proporcional al esfuerzo que se nos pide… en fin. Y todo eso, ¿para qué? ¿para que nuestro vecino vea que tenemos un salón-cocina equipado a la última y mucho mejor que el suyo? ¿para que nuestros amigos de Facebook vean que podemos permitirnos unas vacaciones a sitios paradisíacos y eso nos hace sonreír en las fotos? ¿para que puedas regodearte ante tus colegas de colegio cuando digas que tienes un puesto de alto directivo y que cobras un pastón? ¿para ver si de esa manera consigues ser feliz?
Las expectativas altas son difíciles de cumplir. Eso me ha pasado a mí con 
Justicia. Valor. Benevolencia. Cortesía. Honestidad. Honor. Lealtad.
Afortunadamente las princesas han cambiado. O al menos ese estereotipo de princesas aburridas, rosas y cursis y que nos han intentado vender durante toda nuestra vida. Imaginad si han cambiado que ahora las princesas admiran el cine de Kurosawa (guiño, guiño).
Todos queremos ser 
Siempre he pensado que los cómics son para el verano. Y esto lo dice alguien que lee cómics todo el año. Pero hay algo en la época estival que le otorga un plus de idoneidad a eso de sentarse ante viñetas y viñetas en las largas tardes de julio y agosto. Naves nodrizas colonizando nuevos planetas, mutantes en guerra constante por el derecho de pertenecer o noches alargadas hasta la extenuación en pro de la lucha contra el crimen organizado. Sólo de pensarlo se me ensancha la sonrisa y el viaje atrás en el tiempo está asegurado. Creo que leer cómics me hace contactar directamente con mi yo adolescente, preguntarle qué tal todo, cómo van todas esas expectativas imposibles de cumplir. En verano ese canal de comunicación es más sólido. De algún modo, más auténtico. Debido a ello, haber leído las maravillosas historias que nos presenta Tom Strong: Libro 01 editado por ECC me ha dado más de una alegría. Y es que reinventar a un héroe de mediados del siglo XX con toda la nostalgia y el pulp que requiere dicho acto alquímico sólo podría salirle bien a alguien como Alan Moore.

Cuando disfrutas mucho de un libro rara vez consigues trasmitir su calidad por escrito salvo que digas aquello de «Lo mejor que he leído este año», «Una lectura que te atrapa desde la primera página» o lindezas del estilo tan manidas en otras reseñas y críticas. ¿Cómo puedo, entonces, valorar esta lectura? ¿De forma numérica? ¿Un diez sobre diez?, ¿cinco estrellas? También podría emplear un listado de imprescindibles de esta primera mitad de año en la que La tía Tula ocupara un dignísimo puesto de honor. No, todo eso no valdrá para ser franco con esta espléndida obra. Se aproxima, pero no la hace mucho más distinta de otros libros que saldrán publicados este año. Lo intentaré de esta otra forma: Cuando disfrutas mucho de un libro rara vez se convierte en uno más; pasa a otro nivel, uno que solo su lector conoce y adonde llegan unos pocos.
Que a mí no se me da bien la cocina no es ningún secreto. Que tampoco lo he intentado mucho, también es verdad. En cualquier caso, no es algo que me llame demasiado la atención. Claro que me gusta comer bien, ¿a quién no? Desgraciadamente, mi máximo parecido con Ferran Adrià es cuando salteo. Tenéis que verme saltear calabacines, berenjenas, pimientos o cebollas. Qué arte. O hacer un huevo frito. No se me cae nada de la cáscara en la sartén. O las ensaladas que me preparo, en las que cualquier ingrediente tiene cabida porque para mí todo vale. Y hasta aquí, señores, puedo leer.