
Esta vez he hecho el experimento lector al revés. Los otros dos mangas que he leído de la editorial La otra H fueron La metamorfosis y El gran Gatsby y ambos los había leído previamente y los conocía bastante bien. En esta ocasión he querido leer el manga de Las penas del joven Werther sin haber leído la obra original. ¿El resultado? Os lo cuento a continuación, amigos.
No sé por qué no he leído nunca esta famosa obra de Goethe. Conozco al autor, conozco más o menos su obra, pero nunca me ha dado por ponerme en serio con él. Cuando vi el manga de este libro pensé que sería una buena forma de aproximación a Goethe. O al menos una forma divertida, porque me consta que este escritor alemán un poco espesito sí que es. La culpa no es suya, es del romanticismo. Sí, los románticos eran un poquito densos, para echarles de comer aparte. Pero bueno, Goethe es uno de los principales representantes de la literatura alemana y hay que conocerlo, que no se diga.
Os cuento más sobre Las penas del joven Werther. El protagonista, Werther, es un joven que representa todos los valores del romanticismo. Se trata de un bohemio pintor que no consigue encontrar su lugar en el mundo. Nunca se siente plenamente realizado en ningún lugar ni con la gente que le rodea. Ni siquiera se siente a gusto consigo mismo, lo que le impide alcanzar plenamente su madurez. Por todos estos motivos decide escapar de la sociedad en busca de su lugar y acaba en una aldea llamada Wahlheim. El relato de sus vivencias se narra en forma de cartas a su gran amigo Guillermo, quien conoce bien a Werther y sus inquietudes y pesares. Werther le cuenta a su amigo que una vez estuvo enamorado de una joven que falleció y desde entonces no ha conseguido volver a experimentar aquella sensación tan plena que le recordaba cuál era su lugar en el mundo. En Wahlheim es feliz. La aldea, su naturaleza y sus gentes le encantan y se siente realmente bien allí.
En una de esas cartas a su amigo Guillermo, Werther le cuenta que ha conocido a una joven llamada Carlota, hija de un juez y huérfana de madre, que se dedica a cuidar de sus ocho hermanos como lo hacía su madre. Pero Carlota logra despertar en Werther aquellas sensaciones que parecían haberse perdido para siempre. El joven Werther visitará a menudo a la familia, se ganará la complicidad de los más pequeños y poco a poco consigue convertirse en un miembro más. Todos esos sentimientos que tiene por Carlota no harán más que avivarse cuando Alberto, el prometido de ésta, vuelva a la aldea. Entonces comienza el gran conflicto interno del joven. Sabe que Alberto es bueno para ella, pero no puede contentarse con ello. Como buen romántico, no puede evitar su sino, que él considera que es junto a Carlota. Lo que sucede después es la lucha interna del protagonista por resolver esa situación angustiosa. Y hasta aquí puedo leer. Contaros más sería pasarme de lista, así que os lo dejo para vosotros, lectores.
Como os he dicho no puedo comparar el manga con la obra original porque no la he leído. La adaptación me ha gustado. No es tan caótica como me esperaba y la trama se sigue bastante bien. Conoces la historia de Werther y sus penas y pasas un buen rato leyéndolo y siguiendo sus dibujos. Qué más le voy a pedir a una tarde de jueves.



Soy una fan incondicional de 
Hace unos años, antes de que internet nos pusiera al alcance de un clic de ratón la opción de conseguir la música que nos gusta (por no hablar de otras formas de cultura o vicio), solo se podía disfrutar de un buen tema musical mediante la radio; sin poder controlar los temas que escuchabas, como mucho el estilo dependiendo de la frecuencia que escogieras. De esta manera, y tras machacar nuestros oídos, una y otra vez, con esa balada heavy, ese enérgico tema de rock o aquella canción popera, cuando ya eras un adicto a aquella pegadiza melodía, acababas comprándote el cassette o el cd. En mi caso, no era la primera vez que tras escuchar el álbum entero descubría que únicamente me gustaba aquella canción que me había obligado a acercarme a la tienda de música (ay, qué nostalgia) para hacerme con él. La irrefrenable máquina del marketing había funcionado conmigo centenares de veces. Con los libros que son un compendio de relatos acostumbra a pasar lo mismo, sobre todo si éste reúne historias escritas por varios autores. En estos casos te venden nombres: que si el autor súper ventas de libros de fantasía, o aquella autora que escribe adictivos thrillers de investigación, etcétera; una forma tan lícita como necesaria de promocionar y vender un libro, pero que en más de una ocasión resulta una desagradable sorpresa para el pobre lector que, ingenuo, pensaba que todos los relatos estarían a la altura del narrado por el afamado escritor que se anunciaba en portada. ¿Pero qué pasa si en el libro en cuestión todos los relatos pertenecen a ese laureado autor? Bien, para resolver la cuestión planteada no hay mejor forma que ponerse manos a la obra con un libro que cumpla con estas características: en este caso, y yéndonos al género fantástico, Filos Mortales de Joe Abercrombie parece la mejor elección.
Han pasado diez años desde que 


Hay veces que uno se entera de las cosas que han ocurrido en el mundo de la forma más imprevisible. Sin ir más lejos, hasta que escuché el temazo de U2 Sunday, Bloody Sunday (y la busqué traducida, ya que mi inglés, por aquel entonces, no daba ni para optar a Presidente del Gobierno), no fui consciente de que durante casi treinta años se había vivido un conflicto de gran magnitud en Irlanda del Norte, al que la represión sólo sirvió para alimentar y del que se pudo salir gracias a las cesiones de los bandos enfrentados y de la convicción de que la violencia no había sido más que un obstáculo para el entendimiento.
La locura es un tema muy complicado de acotar, ya que incluye un número casi infinito de posibles manifestaciones. Todos tenemos nuestro grado de locura, de irracionalidad a la hora de actuar y de gestionar nuestras emociones. ¿A partir de qué punto hay que considerar que alguien está loco? ¿Cuál es el baremo para decidir que una persona no está preparada para convivir en sociedad y que, a pesar de que sólo una parte de sus facultades cognitivas están dañadas, debe ser fuertemente medicado y recluido en un centro psiquiátrico?
Descubrí la filosofía sin querer a los trece años, cuando leí El banquete. Y la verdad es que no lo entendí hasta que en primero de Bachillerato estudié a Platón. Recuerdo mi primera clase de filosofía: yo acababa de mudarme desde Madrid a Cantabria y comencé el curso un trimestre más tarde que los demás. Llegué a la que era mi clase y me senté en el único hueco que había libre. Entonces entró Eugenio, el profesor de Filosofía. Lo primero que me dijo fue que me tenía que poner la escafandra si quería estar en su clase. Imaginaos mi cara. Yo, nueva, en una clase donde solo conocía a un par de personas y con una vergüenza que empezaba a reflejarse en mis mofletes. Eugenio me lo repitió otra vez y me explicó que hoy íbamos a viajar a su planeta, porque él no era humano, pertenecía a otro mundo ubicado en mitad de la galaxia y que estaba hecho de oro. Allí, la filosofía se vivía, se respiraba; por eso tenía que viajar hasta su planeta si quería entender las mentes de los grandes pesadores. Y, para ello, era necesario ponerse una escafandra, porque el viaje sería largo y no quería que hubiera que lamentar pérdidas por falta de oxígeno. Así que yo no pude hacer más que, con toda la vergüenza del mundo, ponerme esa escafandra imaginaria, ajustarla perfectamente y prepararme para el viaje en el que iba a embarcar.


Cada uno imagina el infierno a su manera. Para algunos será un sótano con calderas hirvientes e instrumentos de tortura manejados por protervos ángeles caídos de tez candente, mientras para otros será un disco rayado de Juan Pardo en sonido cuadrofónico. En cambio, no cabe duda de que, a la hora de imaginar el cielo, todos estamos de acuerdo: el cielo es una biblioteca con las obras completas de