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Basta con vivir, de Carmen Amoraga

Basta con vivir

Basta con vivirHay historias que, bajo un aparente halo de sencillez, esconden en su interior un mensaje grande, enorme en ocasiones. Y el libro del que hoy os hablo en uno de ellos. Basta con vivir es una historia sencilla, protagonizada por personajes sencillos. No pasan por sus páginas personajes históricos, detectives sagaces o superhéroes de ciencia ficción capaces de convertirse en un reclamo al lector por sí mismo, pero según avanza la historia, vemos como las protagonistas (ahora os hablaré de ellas) se engrandecen de tal manera que no tienen nada que envidiarle a los anteriormente nombrados.

La principal protagonista de esta historia de Carmen Amoraga es Pepa, una mujer madura hastiada de la vida que le ha tocado vivir. Décadas de sinsabores hacen que Pepa no quiera saber nada del mundo que la rodea, metiéndose en una espiral de negatividad que no hace más que acrecentar su angustia y su soledad. Por otro lado, tenemos a Crina, una joven rumana que vino a España pensando en estudiar Medicina y, engañada por su pareja, se ve metida en una red de prostitución de la que es imposible salir. Dos personajes muy distintos, pero con un problema común, la inexistencia de algo a lo que agarrarse para afrontar con fuerzas el día a día. Sin embargo, por diversos motivos, ambas encuentran una tabla de salvación que, si bien no les sirve para reflotar del todo su vida, si supone un punto de inflexión en la misma.

Podría entrar en más detalles de la vida de Pepa y Crina, y analizar parte de su pasado y su presente, pero prefiero centrarme más en los aspectos generales que hacen de Basta con vivir una gran historia. El éxito de este libro se basa en su sencillez, su cotidianidad y la facilidad para empatizar con los problemas de sus protagonistas. Si Crina representa un problema arraigado desde hace décadas en nuestro país, Pepa es el perfecto espejo en el que muchos lectores pueden sentirse reflejados. Y es que cualquier lector puede ver en esta última parte de sus defectos o miedos. Todos recibimos a lo largo de nuestra vida diversos varapalos, pero en nuestra mano está el modo de reaccionar ante ellos. Podemos quedarnos parados y lamentarnos, como Pepa, culpando a la sociedad, a los amigos y a otros factores externos de nuestra mala suerte. O podemos seguir adelante, utilizando las caídas para fortalecernos más aún.

Carmen Amorga construye alrededor de Pepa y Crina una historia llena de vida y verdad. Con su ritmo lento poco a poco nos va envolviendo en ese mundo tan particular, salpicado en ocasiones con una dosis de humor más que necesaria. Como ya me ocurrió con otro libro de esta editorial (Una nueva felicidad), lecturas de historias como esta creo que son necesarias, no solo por lo que aportan, sino también por lo que uno aprende de ellas. Por eso creo, y defiendo la idea, que no hace falta acudir a los libros de autoayuda cuando uno se siente algo perdido. En esas ocasiones, yo prefiero regalar y recomendar libros como este, esperando que el regalado (o recomendado) sepa captar el sencillo pero profundo mensaje que Basta con vivir lleva en su interior. Y es que su autora escribe un canto a la vida, a la solidaridad y a las segundas oportunidades, y solo por eso, ya merece la pena leer algo así.

César Malagón @malagonc

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American splendor, de Harvey Pekar y Robert CRumb

American splendor

American splendorEl arte de verdad no envejece. Tampoco la buena comedia. Respecto a la primera de estos dos frases seudolapidarias, no tenéis más que echar un vistazo a Robert Crumb en google imágenes, y ya me diréis si hay una sola de esas viñetas que corra peligro de quedarse anticuada en los próximos doscientos años.

En lo que se refiere a la comedia, naturalmente, las cosas pueden no estar tan claras para todos. Quiero creer que el humor que a mí me gusta es humor inteligente, mientras que a otros les hace gracia el monologuista por encargo de turno. Cada uno se ríe de lo que entiende, o de lo que no, o de lo que le sorprende, o de lo que se espera. Pero más allá de las diferencias entre un sentido del humor y otro, están esos artistas que crean escuela, y que no siempre suelen ser los más conocidos. Verbigracia, Harvey Pekar.

En una de las comedias que reinó en la televisión norteamericana de los 90, Seinfeld, uno de los episodios nos mostraba a los personajes hablando sobre una idea para una serie de televisión. A la pregunta de sobre qué trataría esta serie, ellos respondían “sobre nada en absoluto. No tratará de nada”. Algo parecido puede decirse sobre las historias de American Splendor, pues viendo al autor hablar, caminar, dirigirse a nosotros y escuchar jazz, uno no puede por menos de pensar que este libro no trata de nada en absoluto. Pero del mismo modo que, según Stephen Hawking, de la nada absoluta nació el universo , podemos decir que de la nada de American Splendor nació, no sólo buena parte del cómic moderno, sino también una nueva forma de reflejar la realidad en literatura, cine y televisión.

En la presentación mutua que hacen los autores, Crumb dice que las historias de Pekar, en las que no pasa nada, son la vida real. En la vida del común de los mortales no hay grandes gestas, nuestras acciones no van acompañadas de una música que indica si va a pasar algo bueno o si alguien va a morir, y las frases que podrían ser memorables se nos ocurren cuando es demasiado tarde. La vida real, esa que hoy algunos directores y guionistas se esmeran en reflejar en sus obras, está mucho más cerca de esas calles de Cleveland por donde se pasea este autor bajito, hirsuto y desaliñado, o de esas oficinas donde hablamos de trivialidades que, con frecuencia, encierran chorradas aún mayores de lo que parece. ¿Verdad que hoy está de moda publicar, por ejemplo, en redes sociales frases absurdas cazadas al vuelo en el bar o el autobús? Y qué originales nos creemos al hacerlo. Lástima que Pekar ya hiciera lo mismo hace cuarenta años.

Nos cuenta Pekar en esta colección de relatos los motivos que le llevaron a decidir que su vida, un arrastrar de pies entre tiendas de discos de jazz de segunda mano y los pasillos de un edifico de oficinas de la administración, por donde empujaba el carrito de la correspondencia, era, a pesar de todo, digna de ser contada. Las situaciones de American splendor, con charlas sublimemente inanes, con anticlímax casi épicos de lo intrascendentes que llegan a ser (o a parecer), situadas en oficinas, en la cola del súper, en el asiento de un autocar o en los escalones de la entrada de un edificio, son condenadamente reales, y cualquiera que, sencillamente, esté vivo reconocerá en ellas momentos de su propia vida. Nada más lejos, pues, del realismo sucio de Bulowski y otros. No hay aquí borracheras, drogas ni prostitutas, sino tan sólo la historia de los inicios artísticos de un autor que ha marcado la ficción contemporánea más de lo que podemos imaginar.

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El hombre menguante, de Richard Matheson (adaptado por Ted Adams y Mark Torres)

el hombre menguante

el hombre menguanteEs curioso: no suelo leer ciencia ficción, pero cuando lo hago, son libros que me encantan. Sin ir más lejos, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? o Jurassic Park son novelas que siempre recomiendo y que no me importaría volver a leer. Y aun así, la ciencia ficción sigue siendo un género al que me resisto. Quizá por eso me dio por leer la adaptación al formato cómic que Ted Adams y Mark Torres han hecho de El hombre menguante, en vez de acudir a la obra original de Richard Matheson. Es una buena alternativa cuando deseo conocer una historia, pero me abruma enfrentarme al texto completo. Ya lo hice con Crítica de la razón pura, de Inmanuel Kant y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust , y como en ambos casos la experiencia fue más que satisfactoria, he decidido repetir.

Puede que muchos no conozcáis esta novela de Richard Matheson escrita en 1956, pero seguro que os vienen a la cabeza algunas de las películas que se han inspirado en su planteamiento. Por ejemplo, a los que crecisteis en los años noventa como yo, os recordará a Cariño, he encogido a los niños. Sin embargo, nada de cómico tiene la historia de El hombre menguante. Al contrario, el trasfondo de la novela, evidente en su magnífico final, es de un calado existencialista que a mí me dejó noqueada. Si hubiera tenido al señor Matheson enfrente, le hubiera dado un aplauso.

¿Qué pasaría si cada día encogieras tres milímetros? Al principio, ni siquiera te darías cuenta, pero poco a poco, ese cambio inexorable de tamaño iría limitando tu día a día y, lo que es peor, la forma de percibirte tú mismo y los demás. Eso es lo que le ocurre a Scott, el protagonista de El hombre menguante. La narración va intercalando episodios en los que Scott mide más de un metro ochenta, pero comienza a notar la mengua, y el momento en el que apenas supera el centímetro de altura y está atrapado en su sótano, donde alcanzar la caja de galletas o escapar de una araña suponen toda una odisea.

Con adaptaciones tan buenas como esta de Ted Adams y Mark Torres, el cómic se consolida como un medio excelente para redescubrir clásicos, pero también reivindica su valor literario. Sus ilustraciones imprimen el ritmo adecuado a la historia y transmiten la creciente inseguridad de Scott, la incomodidad de su pareja, el desprecio de los extraños, la certeza de que desaparecerá en pocos días. De este modo, nos metemos en la piel de Scott, sentimos su desesperanza y su terror y, sobre todo, nos planteemos si nosotros tendríamos también ese instinto de supervivencia.

Para profundizar en la grandeza y originalidad de El hombre menguante, Planeta Cómic ha incluido una introducción de Peter Straub, un prefacio de David Morrell y un artículo de Ted Adams donde explica cómo fue el proceso de adaptación. Como el mismo Adams reconoce, este cómic nació con el objetivo de animar a los nuevos lectores a leer el texto original de Matheson; y lo han logrado, al menos conmigo. Mis estúpidas reticencias con la ciencia ficción tienen los días contados si leo a maestros del género de este calibre.

 

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Visión binocular, de Edith Pearlman

Visión binocular

Visión binocular

La irrupción de Edith Pearlman en el panorama del cuento estadounidense se asemeja al descubrimiento de una supernova. Recién pasados los ochenta años de edad, y tras varias décadas publicando relatos y ganando decenas de premios, hasta hace cerca de un lustro la presencia de esta escritora era inapreciable, al menos desde la galaxia de los lectores normales. De repente, una reacción en cadena provoca su gran estallido y en unos meses pasa al primer plano del firmamento de tal manera que, en la actualidad, parece que pocos permanecen al margen de su intenso brillo.
Visión binocular es la reunión de treinta y cuatro de sus mejores cuentos, que abarcan lo más importante de su creación. Contemporánea, por ejemplo, de John Updike o Alice Munro, nadie diría que median bastantes años entre algunos de los relatos de Pearlman, porque todos, casi sin excepción, tienen cierto aire de clásico atemporal que hace que el lector se sienta a gusto entre ellos, sin elementos incómodos de otra época ni planteamientos éticos desfasados. Esto explica sin duda que pueda estar de rabiosa actualidad con una obra escrita en gran parte en el siglo pasado, y de entrada es una victoria de la literatura sobre la inmediatez.
La prosa de Pearlman resulta elegante, delicada y meticulosa, rica en matices sin caer en la saturación. En sus relatos, de poco más de diez páginas de media, desarrolla al mismo tiempo la historia y el decorado, que se van complementando hasta formar una única imagen, un retrato compacto y sin fisuras. Una visión binocular, por tanto, algo que en los seres humanos es tan normal que la mayor parte del tiempo no somos conscientes de ello. En general huye de la anécdota, de los cuentos de foto fija, y también de los finales abruptos y vistosos. Algunos de ellos, en un ejercicio notable de elipsis, incluso relatan vidas enteras. Muchos personajes principales bordean las últimas horas de su existencia (en “Reliquia y modelo” o en el magnífico “Independencia”), así que la vejez aparece como tema recurrente, al igual que la familia, la religión o, quizá de manera más sorprendente, la multiculturalidad. Habla mucho Pearlman de los judíos y sus tradiciones, y también de cómo se engarzan con las culturas que los rodean (en ese sentido es un Philip Roth de bolsillo).
De esta manera, muchas de sus historias, independientes entre sí, se localizan en diversos puntos del globo, desde Japón hasta Jerusalén, aunque la mayor parte terminan teniendo alguna relación con Godolphin, un barrio residencial a las afueras de Boston. Su particular granja de hormigas, de donde Edith Pearlman escoge la mayor parte de las familias que retrata.
Hay que reconocer que tanta corrección, el párrafo medido, las palabras justas, pueden pasar factura a la hora de leerla. El hilo que une los relatos de Godolphin contribuye a ligar unos con otros, pero en último término el volumen se hace un poco largo y puede terminar siendo una lectura recurrente, en la que picotear en la sala de espera del médico o mientras esperamos a que nuestras magdalenas suban (o no), más que un libro que invite a zambullirse en él y a no sacar la cabeza hasta haberlo apurado por completo.
En cualquier caso hay que alabar a Anagrama, que publica este Visión binocular, y a Alianza, que ha editado recientemente Miel del desierto, quienes han tenido el telescopio más afilado y han podido vislumbrar a Edith Pearlman desde la tierra del castellano en primer lugar. Si no corre el destino de las supernovas, condenadas a extinguirse poco después de su explosión, una vez localizada en el firmamento podremos contemplarla tranquilamente junto a aquellas otras que ya teníamos cartografiadas.

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84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

84 charing cross road

84 charing cross road

Dicen que ver a alguien leyendo un libro que nos gusta es ver un libro recomendándonos a esa persona. Y supongo que todos vosotros, lectores asiduos de Libros y Literatura, habéis sentido alguna vez esa complicidad inmediata que surge entre dos apasionados de los libros, cuando una conversación casual desemboca en un sinfín de recomendaciones literarias.

Algo así le pasó a Helene Hanff, la autora de 84, Charing Cross Road. Allá por el año 1949, Helene Hanff era una escritora pobre y una lectora que sentía predilección por los libros antiguos. Pero en Nueva York no encontraba ediciones que su bolsillo se pudiera permitir y, en las librerías de segunda mano, el estado de los ejemplares dejaba mucho que desear. Así que acabó escribiendo una carta a Marks & Co., una librería londinense especializada en libros agotados, ubicada en el número 84 de Charing Cross Road, de Londres. El solícito servicio de Frank Doel, el empleado que se encargaba de contestar las cartas de Marks & Co., hizo que esa misiva puntual llegara a ser una correspondencia ininterrumpida durante más de veinte años, y el desparpajo de ella la convirtió, sin ninguna duda, en la clienta favorita de todos sus libreros.

84, Charing Cross Road no es ninguna novela, solo una recopilación de las cartas que Helene Hanff se envió con los dependientes de la librería de Londres. Pero es considerado un libro de culto, incluso adaptado al cine y al teatro, porque es una maravilla que ningún lector debería perderse. ¿Cómo no conectar con sus protagonistas? las divertidas pullas de Helene a Frank para poner a prueba su reserva británica; las cartas inesperadas de Cecil Farr, otra de las empleadas de la librería, que quiere saber más sobre esa selecta clienta a distancia; las contestaciones de la mujer de Frank y hasta de la vecina de arriba, que también han cogido cariño a esa neoyorquina que les envía conservas en esos momentos en los que sufren el racionamiento derivado de la Segunda Guerra Mundial… Y es que, como si nada, la solicitud de libros da paso a la vida, a compartir esas pequeñas confidencias y novedades diarias. Y los lectores nos alegramos con cada progreso laboral de Helen Hanff, porque deseamos tanto como ella que por fin pueda viajar para conocer a esos amigos que viven al otro lado del océano.

Esta historia real de pasión por los libros y de amistad que supera las barreras de la distancia y del tiempo es tan sencilla como entrañable, y se gana el corazón de los lectores por derecho propio, sin necesidad de rellenar con ficción ni de recurrir a artificios. Por eso, aunque en estos tiempos sea posible comprar cualquier libro con un solo golpe de clic y saber cómo les va a nuestros amigos casi en directo, a cualquiera de nosotros nos gustaría vivir esas emocionantes esperas de Helene Hanff.

Qué suerte tuvieron estas personas de que su vidas se unieran a pesar de la distancia. Y todo gracias a los libros, capaces de crear las amistades más insólitas e imperecederas.

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Las flores del mal, de Charles Baudelaire

Las flores del mal

Las flores del malCreo que poco necesario y útil sería entrar a discutir la coherencia de que estos poemas estuvieran prohibidos para su publicación durante más de noventa años. Solo hace falta leerlos para darse cuenta de ello. En este caso, Libros del Zorro Rojo presenta los poemas que fueron censurados con el acompañamiento de las magníficas y geniales ilustraciones de Pat Andrea. ¡Ay si vieran aquellos censores las ilustraciones! Disfrutadlas mientras podáis.

Con los poemas en español y francés, esta edición aniversario por los 150 años desde la muerte de Baudelaire, cuenta, además de las ya comentadas ilustraciones de Pat Andrea, con la traducción al español a cargo del poeta Jaime Siles. No hace falta decir que la edición es exquisita, algo ya rutinario en todo lo que hacen en Libros del Zorro Rojo.

Me da bastante reparo y respeto comentar los poemas de un genio como Baudelaire, así que creo que eso se lo voy a dejar a tantos profesores de institutos y universidades a los que les toca hacerlo. Lo que sí diré es que encontramos en ellos esas menciones tan “baudelairianas” al amor lésbico, al sexo descarnado, al erotismo sangrante, al infierno y al cielo climático que ofrece el tan desconcertante amor. El amor para Baudelaire no se entiende sin pasión, sin freno, sin ningún tipo de atadura. Amar es elevarse a los más altos cielos con la certeza (que no quita la sorpresa) de que se bajará a los más desgarradores infiernos. Pero todo ello de la mano siempre de la más pura y sincera poesía. La poesía es la cuerda que amarra al poeta a la realidad mientras él se encuentra sumergido en las más turbias y removidas aguas del desconocido e imprevisto amor. ¿Has amado alguna vez? Si es que sí, nunca podrás dejar de entender al poeta francés.

Esta selección de poemas fue censurada, apartada de aquellos que sentían algo que el francés estaba contando. Leer no es más que escuchar por los ojos aquello que necesitas oír porque tú todavía no sabes expresarlo. Por eso es tan grave la censura, por eso es tan necesario compartir lo que genios como Baudelaire cuentan.

«¿Quién hay que ante el amor ose hablar del infierno?».

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La vuelta al mundo en 80 cementerios, de Fernando Gómez

la vuelta al mundo

la vuelta al mundoMe gustan los cementerios. Son lugares estupendos en los que perderse paseando. Me gusta caminar por entre las lápidas y hacer fotos a las tumbas antiguas, a las rotas  a las hundidas, o a las que se salen de la tendencia moderna y “normalizada”, de las lineales de ahora hechas en serie. Algunos domingos de otoño he ido a hacer fotos, (que luego subo a mi blog), y también he asistido a visitas guiadas del cementerio de Logroño en donde, caminando bajo la lluvia, se explicaban curiosidades de este, historia de los famosos de la ciudad enterrados en él, antiguas tradiciones… Y hace poco el programa Cuarto Milenio, el de Iker Jiménez, vino a grabar una de las tumbas más llamativas para el reportaje dedicado a un inventor conocido como “El ruso”.

Cuando les digo a mis amigos “mañana voy al cementerio, ¿alguien quiere venir?” Lo que obtengo son miradas de extrañeza.  Supongo que, como la mayoría de personas, ven en los cementerios un lugar al que ir cada uno de noviembre y en las tristes ocasiones en las que toca despedir a un ser querido o acompañar a alguien en la despedida del suyo.

Y sin embargo yo, si voy de vacaciones a algún lugar, una de las visitas obligadas, siempre que haya tiempo y siempre al final de la lista de cosas que ver o hacer, es visitar el cementerio local.

En los cementerios hay arte. Arte funerario, pero arte. Merece la pena perderse en ellos y admirar las esculturas, mausoleos, templetes, y hasta, de vez en cuando, leer los epitafios… Son un conjunto artístico. Hablo de cementerios más bien grandes, no los de, por ejemplo, un pueblo en el que en dos minutos ves las quince lápidas que tengan y que además son todas iguales.

Por eso he querido leer este La vuelta al mundo en 80 cementerios.  Para ver cementerios por los que me gustaría rondar y fotografiar.

En este libro conoceremos anécdotas, curiosidades antiguas, historias de famosos enterrados, cementerios simbólicos  (como el de Las Cruces, en Chile, en donde no hay nadie en sus tumbas ya que es un camposanto dedicado a aquellos fallecidos en el mar cuyos cuerpos no han sido recuperados), historias truculentas (¡vaya con Nicolas Cage!)…

Es muy recomendable tener un ordenador o el móvil a mano mientras se lee este libro, sobre todo cuando en los casos en los que el autor comenta que tal o cual cementerio es de una belleza espectacular o, como el de Skogskyrkogarden, catalogado como Patrimonio de la Humanidad, para poder comprobar y admirar lo que se nos está contando.

Vamos a descubrir bastantes curiosidades a lo largo de todo el libro. De primeras tenemos el cementerio de La Madeleine en Amiens, Francia. En donde lo más destacado es la tumba de Julio Verne, tumba que, si no conocéis, tras la descripción que de ella se hace no os va a quedar otra que echar mano de Internet para verla.

No voy a describir los 80 cementerios, pero vale la pena resaltar que iremos a Highgate; a Cross Bones, al cementerio de los marginados; a Whitby, famoso por estar en él ambientados algunos de los pasajes de Drácula; a las grutas del Vaticano, donde conoceremos sobre el Sínodo del Terror; al cementerio de los Manantiales, que no son sino cuevas repletas de calaveras; a las catacumbas de los Capuchinos, en donde está la que se considera “la más bella momia de mundo”, la de Rosalía, una niña fallecida a los dos años de edad; al muy curioso osario de Sedlec, o lo que es el primer cementerio exclusivo de vampiros; a un cementerio dedicado a animales;  al aún más curioso Cementerio Colgante de Sagada, en Filipinas, en el que multitud de ataúdes cuelgan en las rocas de los acantilados o aprovechando pequeñas cuevas; al de Waverley, en Australia, uno de los diez cementerios más bellos del mundo;  al de los 47 ronin, en Sengakuji; al de San Luis, en Nueva Orleans, en donde descansa el cuerpo de “una de las vampiras más aterradoras del continente americano” y cuya historia recuerda a las primeras páginas de Entrevista con el vampiro; y los siempre extraños cementerios caribeños (el de Colón, en Cuba) y mejicanos (el de Muñecas en Xochimilco).

Por nombrar por encima los más llamativos.

Un recorrido por el mundo en busca de los cementerios más hermosos o con las historias más atrayentes (por cierto, en los de Londres había unas cuantos con vampiros merodeando, y no me refiero al de Whitby), con las tradiciones más chocantes para nuestro modo de entender el concepto de cementerio, con anécdotas, leyendas o simples biografías de personajes célebres narrado todo ello de forma sencilla, como si el autor nos hablara de tú a tú, inoculándonos las ganas de conocer más, siempre más.

Si algún pero puedo poner es el de la escasez de fotos y que estas fueran en blanco y negro. Por lo demás, La vuelta al mundo en 80 cementerios es un libro para todos aquellos a los que los cementerios no les parecen un lugar al que ir una vez al año.

Instructivo, fácil de leer y muy entretenido.

¡Viva el necroturismo!

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La raíz cuadrada del verano, de Harriet Reuter Hapgood

La raíz cuadrada del verano

La raíz cuadrada del verano“El principio de Incertidumbre dictamina que uno puede saber dónde se encuentra una partícula, o puede saber a dónde se dirige, pero no puede saber ambas cosas al mismo tiempo. Y resulta que con las personas pasa lo mismo. Y cuando lo intentas, cuando te fijas demasiado, contraes el efecto del observador, que significa que, cuando intentas descubrir lo que está ocurriendo, interfieres en el destino. Una partícula puede estar en dos sitios a la vez. Una partícula puede interferir en su propio pasado. Puede tener muchos futuros y muchos pasados. El universo es complicado”.

Yo no soy mucho de empezar las reseñas usando una frase del libro ni transcribiendo párrafos. Pero es que esta vez no he podido evitarlo. Así, con esta frase sobre el principio de Incertidumbre es cómo empieza La raíz cuadrada del verano. Y me ha parecido un principio tan perfecto, tan redondo y tan bonito, que no he podido evitar plasmarlo en esta reseña para compartirlo con todos vosotros.

Y es que este libro trata un poco de eso, de lo difícil y complicado que es el universo. La vida, en general. Lo difícil que es lidiar con los problemas del día a día. Nuestros propios problemas que, quizás, a ojos de otro sean nimiedades y chiquilladas. Margot, o Gottie —como la llaman sus amigos—, lo sabe muy bien. La vida puede ser realmente complicada. No llegó a conocer a su madre, por lo que su padre y su abuelo fueron los pilares imprescindibles de su vida. Pero, con la muerte de su abuelo, a Gottie se le vino el mundo encima. Él la comprendía mejor que nadie. Él sabía todos sus secretos, aunque ella jamás se los hubiera contado. Gottie lo descubrió cuando encontró el diario de su abuelo, donde la mayoría de las páginas estaba dedicada a ella. Él entendía que Gottie fuera un cerebrito y que amara las ciencias y los problemas matemáticos ante todas las cosas. Y también sabía que había un chico que le había robado el corazón. Lo sabía absolutamente todo.

Eso fue demasiado para Gottie.

Así que desde ese momento, su mundo empezó a dar vueltas, casi literalmente. Gottie empezó a caer en lo que ella llamaba “agujeros de gusano”. Lapsus de tiempo que pasaban sin que ella se diera cuenta. De repente, su mundo se paraba y no recordaba nada. Como si hubiera caído dentro de un agujero negro y ella se hubiera paralizado mientras el resto de gente seguía con sus vidas. Y esto no hizo más que empeorar cuando llegó Thomas, aquel chico que le hizo tanto daño tiempo atrás.

Este libro, La raíz cuadrada del verano, escrito por Harriet Reuter Hapgood es un libro curioso. Parece que nos está contando una historia de amor más, en la que una chica adolescente tiene que lidiar con sus sentimientos, pero en realidad esto va más allá. Gottie intentará descubrir qué son esos viajes temporales que sufre y lo intentará hacer de la única forma que sabe: usando la ciencia. Y nos hará partícipes de sus teorías y sus hipótesis, aunque al principio ni ella sepa de lo que está hablando.

No es un libro más para adolescentes. Es un libro especial, cuya protagonista es la ciencia ficción pero sin pretenderlo. Es una historia cotidiana, del día a día, pero que de repente se ve interceptada por una historia fantasiosa en la que la física adquiere un papel muy importante.

Es un libro extraño, la verdad. No es lo que esperaba en absoluto. Sin significar eso que sea bueno o malo. Simplemente, no me esperaba que lo de los agujeros de gusano fuera a tomar tanta importancia. Me sorprende que en un libro así se trate un tema tan complicado como es la física cuántica y, lo mejor de todo, que lo haga de esa forma tan natural.

El papel de Gottie sin duda es el que más me ha gustado. Es una chica muy natural y cuya tristeza por la muerte de su abuelo traspasa el papel con una facilidad increíble. Además están sus dudas, sus inseguridades. Con respecto a su mejor amiga, su familia, su chico, incluso respecto a ella misma. Todo son titubeos, no sabe cómo gestionar su vida diaria, así que cuando llegan los viajes temporales… todo es caos. Y eso se transmite muy bien a través de la narración Harriet Reuter, que aunque es su primera novela, sabe plasmar las emociones de la protagonista a la perfección.

Como resumen, toda una novedad en el panorama actual de novela juvenil, que nada tiene que ver con las típicas historias de chica conoce a chico, lo que seguro que hará que se hable de ella durante muchísimo tiempo.

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El porqué del color rojo, de Francisco Bescós

el porque

el porqueNo mentiría si dijera que uno de los motivos que me hicieron querer leer este libro fue que transcurriera en mi tierra. Es más, fue un motivo de bastante peso aunque la balanza tras conocer la sinopsis ya se inclinaba totalmente hacia su lectura. Pero eso, la localización, fue el golpe de gracia que hizo que el libro pesara una tonelada.

Y no podría haber acertado más.

Si vas a situar una novela en una comunidad autónoma en la que todo o casi todo gira en torno al vino y su mundo, una comunidad en donde casi a diario se organizan catas, presentaciones de nuevos vinos y/o libros sobre el vino, en donde las bodegas diversifican su actividad gracias al enoturismo, se publican tesis universitarias para la mejora de la uva o se invierte e investiga en el estudio de nuevos métodos de fermentación, se abren y cierran plazos para solicitar ayudas para exportar  a terceros países, se pleitea contra denominaciones de idéntico nombre al otro lado del charco o contra zonas limítrofes que quieren acogerse a tu denominación, se organizan meses y mesas de actividades gastroculturales con concursos fotográficos, de pinchos y de todo lo que se te pueda ocurrir; una comunidad en donde todo es algo con vino, vino con algo o vino con vino;  vino, vino y más vino, siempre, ¿qué menos que ambientarla en plena vendimia, cuando el jaleo es aún mayor y el vino huele nada más salir de casa? (Es una hipérbole, copón, el olor no llega a tanto).

Dicho y hecho, en vendimia y en La Rioja Baja es en donde vamos a movernos. Y como en vendimia hace falta mano de obra, los viñedos se llenan de mano de obra extranjera, principalmente rumanos, pero también albaneses, portugueses y europeos del este.

Pero vayamos al grano, y no al de uva. Todo comienza cuando en el cuartel de la Guardia Civil de Calahorra se recibe una llamada avisando de la aparición del cadáver de un temporero en un viñedo. Lo lógico es pensar que es un temporero ilegal a quien la mafia obliga a trabajar para pagar una deuda. Sin embargo, no va a ser tan fácil. Bajo la, en principio aparentemente evidente solución, se van destapando asuntos a cuales más turbios: yihadismo, ETA, tráfico de personas, las presiones de un juez amigo del bodeguero dueño del viñedo en el que ha aparecido el cadáver que no quiere que se le echen los perros, pistas falsas y sombras inesperadas y muy muy largas.

Los picoletos protagonistas de resolver el caso nada tienen que ver con esa otra pareja ideada por Lorenzo Silva, Vila y Chamorro. A los de Silva ya los conocemos y les tenemos cariño, pero actúan principalmente en pareja. En El porqué del color rojo,  el protagonismo oscila entre el liderazgo de la teniente Lucía Utrera, alias La Grande (que no La Gorda, quien además acaba de ponerse a dieta, para desgracia de sus subordinados) y un reparto equitativo del peso del libro entre los miembros del cuartel, incluido el marido de Lucía. No son ni mejores ni peores  que Vila y cía. Son distintos y no hay que hacer comparaciones porque no viene al caso.

“Lucía piensa en un cojonudo, en un tío agus, en un champi. Nota cómo se le humedece la parte inferior de la lengua.”

Como digo, el libro tiene un protagonismo muy coral y, al margen de la investigación en sí, conoceremos detalles personales de cada uno integrados hábilmente en el meollo principal: el pasado de Lucía en el norte, lo fascinado que Ramírez está con su novia Elsa y lo poco que puede concentrarse en estudiar, los escarceos con la droga de los más jóvenes, los gustos frikis de la cabo Artero; las anécdotas del padre Borobia, (un cura exboxeador que a la mínima se pone de mala hostia y blasfema y con quien, por cierto, me descojoné con aquella en la que se saca la chorra en el altar delante de dos viejas pesadas)…  Detalles todos estos que van a dotar a los personajes de una impresionante fuerza tridimensional que ayuda y mucho a meterte en el mundo propio de cada uno y a comprender su actuación global en la historia y las interacciones entre ellos.

No obstante, a pesar de las múltiples voces, el grueso de la investigación lo llevan Lucía, Ramírez y el padre Borobia. Estos, bien juntos, bien por separado, van a moverse más que Willy Fog con bonobús y nos llevarán de Calahorra a Aldenueva de Ebro,  Rincón de Soto, de Logroño, otra vez a Calahorra, Pathfinder arriba, Pathfinder abajo… según vayan necesitándolo y según vayan tirando del hilo criminal.

“No sabes, niño, cuántas mentiras hay que contar en este trabajo para obtener una sola verdad”.

El porqué del color rojo es, estructuralmente hablando, perfecta. La alternancia de los puntos de vista de cada uno se sucede con la precisión necesaria. Las diversas tramas van enlazándose como ruedas dentadas de un mecanismo perfectamente engrasado y logra hacerte ver cómo se desarrollan las pesquisas de la Guardia Civil en la vida real.

Y lo primordial: el argumento engancha que da gusto y ya desde el principio, con esas reflexiones sobre las cucarachas en Madrid, tan tan tan de novela negra clásica, (y otras tantas perlas repartidas por el libro) es imposible dejar de leer.

“…ningún ser humano sobrevive a lo que no sobrevive una rata”

Personajes artesanalmente elaborados, creíbles, que se pueden tocar;  historia absorbente, lectura ágil y un final que me ha dejado con el culo torcido porque para nada me esperaba, hacen de El porqué del color rojo una novela que dará que hablar este año y que recomiendo sin dudarlo. Y da igual que la novela ocurra en La Rioja. Podría haber ocurrido en cualquier otra zona vitivinícola de España y seguiría siendo igual de excelente. Para mí Francisco Bescós es ya otro gran autor al que no perder la pista.

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El Asco, de Grant Morrison y Chris Weston

el asco

el ascoBienvenidos a El Asco, yo seré su guía.

Ahora se deben estar preguntando qué es El Asco. Déjenme que les ilustre: somos una agencia secreta con jurisdicción para operar en todo el mundo. Piensen en cualquier agencia gubernamental, cuerpo de seguridad u organismo oficial. Ellos son una panda de simples pelagatos. Nosotros somos la autoridad. Nosotros dictamos y ellos obedecen.

Pero, ¿a qué se dedica El Asco? Buena pregunta. Veo que están ansiosos por saber. El Asco es la última línea de defensa entre el orden establecido y la anarquía más irreverente o el libre albedrío más inmundo. Nosotros mantenemos el Estatus:Q. Nosotros nos ocupamos de que se mantenga el precario equilibrio sobre el que se sustenta la sociedad. Somos el sistema inmune de un cuerpo que es constantemente atacado por una miríada de bacterias y virus que podrían hacernos enfermar. Debemos mantener el control. Someter, oprimir, dominar…. Y para ello tenemos a nuestra disposición a los mejores agentes. Todos se deben a La Mano. “La Mano da y recibe. La Mano golpea. La Mano señala. La Mano acaricia. La Mano invoca.” La Mano es la encargada de limpiar la suciedad de este infecto culo que es el mundo. Luego podrán darnos las gracias, ahora déjenme continuar. Por cierto, recuérdenme que les hable de Dmitri 9, nuestro chimpancé comunista que asesinó a JFK.

Lo que les estoy entregando es un manual. El Asco de Grant Morrison y Chris Weston. Léanlo bien, con detenimiento. Una, dos, tres… las veces necesarias para asimilar el mensaje. A Grant Morrison, guionista y mago del caos natural de Glasgow, lo conocerán por obras tan brillantes como All Star Superman, We3, Los Invisibles o El Multiverso. Si ya han tenido el placer de embarcarse en alguno de sus psicodélicos viajes ya saben a lo que se atienen, si no, relájense, disfruten y dejen a mano un paracetamol. La Mano da y recibe. Él será el encargado de relatarnos la historia de nuestra agencia. Algo que logrará a través de las vivencias de nuestros agentes; en particular desde el punto de vista de Ned Slade, anteriormente conocido por su parapersonalidad de ocio Greg Feely. Un tipo mediocre, con su gato Tony como único amigo y los constantes gemidos de las películas pornográficas que emiten por televisión como único calor humano. “Unnh, fóllame con tu trofeo de ajedrez, Liam.” La Mano acaricia. Hallarán entre sus páginas, sí, veamos… vayan a la página 33 por favor, que Ned sufre un grave caso de amnesia. Así que mientras él intenta recordar quién es realmente, aferrándose a los jirones de su cordura para no caer en la demencia, ustedes serán testigos de sus aventuras. Divertido, ¿verdad? Para ustedes, no para el pobre bastardo de Greg Feely.

Déjenme advertirles que las aventuras de nuestro agente Slade son como una hedionda y retorcida versión de Los viajes de Gulliver. Viajarán, como así lo hizo el cirujano y capitán de barco creado por Jonathan Swift, a mundos extraños que no serán más que una excusa para satirizar la forma de pensar, sentir y actuar de los seres humanos. ¿Está el humano endiosándose a través de la tecnología? ¿El progreso de una sociedad está irremediablemente ligado a la caída y resurgimiento de esta? ¿De qué medios se valen los poderes fácticos para manipular nuestras vidas? ¿Nuestra capacidad de raciocinio sale indemne tras visionar una televisión podrida de juicios de valores? ¿Qué es la locura? ¿Estamos todos un poco locos? No, no me miren a mí. Lean El Asco. Busquen sus propias preguntas. Hallen luego sus propias respuestas.

Mientras tanto, continuemos con esos viajes, con esos personajes, mundos y seres abominables. Observen como la representación gráfica creada por el ilustrador Chris Weston nos recuerda a los cómics de mediados de los noventa: trazo duro, sombras remarcadas, con un detallismo sublime en lo desagradable y lo grotesco. Rostros repletos de arrugas, torsos masculinos de pelos retorcidos, secreciones humanas, gore sin mesura y desagradables escenas de sexo. Una perfecta conjunción entre lo feo y lo colorido, con las tonalidades más estridentes para mostraros a un puñado de agentes que, pertrechados como The Beatles en Sgt. Pepper’s, acaban siempre enfrentándose a casos dignos de una novela de espías. Si no fuera por esas montañas de basura pornográfica. Revistas con títulos tan sugerentes como: Sexo lésbico, Jovencitas cachondas, Chochos, Le dan por detrás. O por la posibilidad de atravesar la cuarta pared al visitar el Papelverso, donde los superhéroes no son más que un puñado de tinta bien ordenada sobre papel satinado. ¿Y qué me dicen de El desierto de piel muerta, en donde los ácaros son del tamaño de un camión volquete? Y hablando de camiones, observen en las últimas páginas de El Asco, déjenme ver… sí, a partir de la página 319, los bocetos de nuestro ilustrador para crear todos esos vehículos que son mitad metal mitad material orgánico y que parecen surgidos directamente de una de las películas del director David Cronenberg.

Para finalizar este itinerario déjenme que les haga unas recomendaciones: Mastúrbense. Dejen que el semen seco acartone sus calzoncillos. Introduzcan sus dedos en su húmeda vagina. Gocen. Que el fluido inunde sus bragas. Disfruten. Visionen a diario Telecinco. Sigan con su deprimente vida. Sean sumisos. Cuiden a sus piojosas mascotas. Tengan un hijo o dos. Hipotéquense. Lean La Razón. “Nos aseguramos de que duermen mientras actuamos…” No lean algo inteligente como El Asco, podrían acabar pensando. No pidan a ECC que continúe publicando cómics tan magníficos en un formato de tanta calidad, podrían seguir haciéndolo. Olvídense de Morrison. Olvídense de Weston.

“Prepárate para la inoculación. Ten a mano la bolsa para el mareo. Esto es El Asco.”

Espero que hayan disfrutado de la visita. Hasta la próxima.

Olvídense de mí.

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Todos marcharon a la guerra, de David Vogel

Todos marcharon a la guerra

Todos marcharon a la guerraHay amigos que a nivel de gustos literarios ya me conocen. Llevo muchos años hablando de libros, de mis lecturas y de las sensaciones que me producen; así que ya sabía que esta lectura, que ha sido un regalo de uno de ellos, sería muy especial… Y lo ha sido.

Conocía la editorial, ya les he traído algunos libros de ella, Xordica no edita cualquier cosa, cada una de sus obras es una joya, por eso suelo estar atenta a sus novedades y esta ya estaba en mi punto de mira. Como no conocía al autor me había documentado un poco sobre él y después resultó que no hacía falta pues el propio libro ofrece lo necesario para entender a qué se enfrenta uno con esta lectura y sobre todo nos muestra quien era David Vogel.

El autor ha resultado ser, ante todo, un poeta, y con este libro un narrador espectacular. Nació en Ucrania en 1891, pero ya en 1912 decide trasladarse a Viena para avanzar en su deseo de crecer como escritor y darse a conocer como poeta, también tomará una decisión que será trascendental en su vida y en su obra, decidirá escribir todo en hebrero, cuando lo mejor en aquel momento hubiese sido decidirse por el alemán, ya que por motivos geopolíticos era el idioma predominante en Centroeuropa, además de que sus primeras novelas están precisamente ambientadas en Viena, allí vivió la Primera Guerra Mundial y de hecho llegó a conseguir la nacionalidad austriaca.

Pero la vida, tras aquella terrible experiencia de la guerra, le lleva hasta París, aunque será por poco tiempo ya que emigró a Palestina con su segunda mujer. No logra adaptarse y regresa a Europa, donde tras una temporada en Polonia se traslada posteriormente a Berlín. Imagino que dada la situación política decide finalmente regresar a París, y allí se encuentra ese 3 de Septiembre de 1939, día en que Francia declara la guerra a Hitler, y con esa misma fecha comienza Todos marcharon a la guerra.

Es curioso lo difícil que era ser europeo en una Europa tan cambiante. Vogel, que había estado retenido en el centro de internamiento de Bourg por su condición de austriaco, o lo que “era” lo mismo en ese momento, alemán, pasase a ser un judío más en los campos franceses de Arandón y Loriol, para terminar en un tren camino de Auschwitz donde tendría el mismo terrible final que millones de personas.

Todos marcharon a la guerra, sin lugar a dudas me ha resultado muy interesante, y claro que me recuerda a Suit francesa de Iréne Némirosky, cada una de ellas me ha aportado una visión muy cercana de la situación vivida en Francia desde los momentos previos a la declaración de Guerra por Francia y posterior invasión de Hitler. Y los judíos, que no sé porque los nombramos de forma general, porque al leerles así, de forma individualizada, vemos que son mucho más que un pueblo, son seres humanos diferenciados, como lo somos cada uno de nosotros, con nuestros miedos y nuestras esperanzas, con nuestras bondades y nuestras miserias.

Interesante desde el punto de vista histórico no me cabe la menor duda, pero es que además nuestro autor nos deja narrados sus últimos años de vida con una estupenda estructura narrativa y una gran calidad literaria ¡Cuánta información de las condiciones de vida en los campos franceses! Y sobre todo, que bien refleja el deterioro humano según se va privando a cada uno de ellos de su dignidad. Cómo uno va dejando de ser un nombre y se convierte en un número ¡Qué bien nos lo describe Vogel! Y creo que casi saberlo. Es como si se hubiese propuesto ser un espectador externo con el fin de poder ser claro con el momento histórico que Francia les está haciendo vivir.

Coincide en su periodo de internamiento con algunos españoles comunistas a los que los franceses mantienen en barracones separados, y sí, hay alguna conversación sobre nuestra Guerra Civil, sobre como se había seguido porque todos tenían claro que era algo más que una guerra fraticida local, y como había hecho posicionarse a algunos de los compañeros de Vogel…, el comunismo, la socialdemocracia…
Pasado el tiempo van cambiando también las conversaciones y ya se empieza a hablar de comida, de frío, de piojos… Y así, poco a poco ya solo se piensa en sobrevivir un día más, se había perdido ya toda esperanza.

Nunca hay que dejar de leer a estos autores que nos han contado, así, casi sin querer, esta parte de la historia que nadie más nos podía relatar, porque nadie más lo ha vivido, porque nadie puede contarlo mejor que ellos, si además lo hacen de una forma tan bella y literaria como lo ha hecho Vogel, mejor, porque la historia no es agradable pero trasformada en buena literatura puede, al menos, resultar más digerible.

Yo les recomiendo su lectura, a través de la lectura de estos libros podemos encontrar mucha verdad, podemos conocer mejor al ser humano, es este un bello testimonio porque hemos tenido la suerte de que nos lo cuente un gran escritor, pero no hay que olvidar que es un testimonio veraz de una historia terriblemente real.

Podría dejarles aquí un trocito de Todos marcharon a la guerra, un pequeño fragmento, un simple párrafo, pero prefiero dejarles uno de sus poemas, por si a través de él, logro convencerles mejor de que se acerquen a esta parte de la historia que nadie más les podrá contar.

Ciudades de mi juventud.
Ahora a todas ya las he olvidado
y a ti en alguna de ellas.

En un charco, descalza,
aún bailas chapoteando frente a mí
y mira – de seguro estás muerta.

Cómo ansié escapar
de mi lejana infancia
hasta esta blanca mansión de la vejez,
tan grande y tan vacía.

Nunca regresaré
al punto de partida.
Jamás volveré a verte
ni a aquel que alguna vez fui.

A la distancia,
la senda de los días
continuará alejándose,
de la nada a la nada.

Sin mí.

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Por compasión, de Bryan Stevenson

Por compasión

Por compasiónEste es uno de esos libros que hacen que el lector se plantee una gran cantidad de reflexiones. La menos importante se refiere al título porque aunque el autor defiende algo que va mucho más allá de su labor como abogado y que no sólo debería arraigar en los tribunales sino sobre todo en la sociedad, algo que desde luego podría ser compasión y que bien podría resumirse en una frase que repite en muchas ocasiones: todos somos más que lo peor que hemos hecho, lo cierto es que lo que se expone en Por compasión es en realidad una cuestión de justicia. Del concepto de justicia, no del entramado burocrático que debería estar a su servicio y que en realidad sirve a otros intereses y que se ha convertido en un negocio más. Porque es una cuestión de justicia que un inocente cuya inocencia es claramente demostrable no pase la mitad de su vida en el corredor de la muerte. Porque es una cuestión de justicia que una madre no sea condenada a cadena perpetua sin posibilidad de revisión porque sufra la desgracia de que un hijo le nazca muerto o porque su pobreza le haga comprar regalos de navidad para sus hijos con un cheque sin fondos. Una sociedad democrática no debería asumir como propio el lema que inspiró la política penitenciaria de Stalin: es preferible tener mil inocentes en las cárceles que un culpable en la calle. La justicia debe estar al servicio de la sociedad y no al del negocio penitenciario o al de los intereses electorales de jueces y policías locales.
Bryan Stevenson nos muestra en Por compasión cómo el sistema legal de su país, Estados Unidos, y concretamente de los estados del sur, ha pervertido su espíritu hasta el punto de convertirse en un agente de injusticia, en una herramienta de discriminación por razones de raza, de género y de situación económica, un sistema que trivializa la pena de muerte o la privación permanente de libertad utilizándola para castigar delitos de gravedad más que discutible y en la que la presunción de inocencia sencillamente no existe. No si eres pobre y perteneciente a alguna minoría racial.
El autor es fundador de la EJI (Equal Justice Initiative), una organización sin ánimo de lucro que presta atención legal a personas en el corredor de la muerte o condenados a prisión permanente, convictos mayoritariamente negros y generalmente pobres que estadísticamente son el grupo mayoritario en esas circunstancias. Con el relato de su experiencia personal y la exposición de algunos de los casos que ha defendido, con éxitos y fracasos, nos introduce en un mundo profundamente represivo, en el que el ojo por ojo es un chiste porque el castigo es desmesuradamente mayor que el delito y en el que las garantías democráticas no siempre existen. Me dirán que Por compasión es una muestra de que la justicia sí funciona porque el autor muestra casos en los que logró sacar del corredor a sus clientes, demostrando su inocencia o consiguiéndoles una condena proporcional a su culpa, pero no es así. No lo es porque hay muchos casos en los que no lo logra, pero sobre todo porque el problema es de concepto. Se asume como algo normal hacer que alguien pase cincuenta años condenado a muerte por un delito que no ha cometido, cosas que pasan y para las que no existe en muchos estados previsto ningún tipo de indemnización, no hablemos ya de peticiones de disculpas. Uno de los más crueles ejemplos de la deshumanización de ese sistema es el caso de Walter McMillian, no sólo porque pasó décadas en el corredor de la muerte por un crimen del que era palmariamente inocente, no sólo porque fuese condenado con pruebas notoriamente falsas o porque fuese recluido en el corredor de la muerte incluso antes del juicio para presionarle y obtener una confesión, no sólo porque hubiese innumerables testigos que acreditaban su inocencia, el detalle verdaderamente macabro es que cuando por fin se demuestra su inocencia y sale a la calle, pese a ser una persona amable y pacífica, cuando sufre un accidente que acelera el proceso de demencia que padece, ninguna institución le presta los servicios que necesita porque el hecho de haber pasado por la cárcel le convierte en alguien peligroso por definición. Aunque su paso por la cárcel estuviese injustificado y su inocencia se probase. O un niño de trece años con discapacidad intelectual acusado de un crimen del que era inocente que pasó los siguientes trece y alguno más de propina no sólo en la cárcel sino en aislamiento. O unas madres a las que se las condena por asesinato por sufrir un aborto espontáneo.
Por compasión es un libro profundamente emocionante, conmovedor, no es una exposición fría de datos, no cuenta casos sino vidas y está narrado con un notable talento y una profunda humanidad. Pone al descubierto un sistema de justicia en el que la sombra de la duda pesa más que la presunción de inocencia y la simple acusación por parte de la policía ya es una sombra de duda insuperable para según que acusados, pero sobre todo habla de las vidas que hay detrás de esas historias. Bryan Stevenson es un buen narrador, consigue no sólo transmitirnos su trabajo y su experiencia vital, nos hace conscientes de las disfunciones del sistema que denuncia, logra emocionarnos y hacernos parte de una realidad que en principio nos es ajena. El subtítulo de este libro es “la lucha por los olvidados de la justicia en Estados Unidos” y tal vez sea esa una buena forma de definir esta obra, la memoria de la justicia. Bryan Stevenson recuerda lo que la justicia de su país quiere olvidar o hacer que los ciudadanos olviden o desconozcan y es por tanto si no una garantía al menos es una esperanza para muchas personas para las que la ausencia de esperanza forma parte intrínseca de su condena.
Todos somos más que lo peor que hemos hecho en nuestra vida, también somos más que lo mejor que hemos hecho pero es gratificante conocer las cosas buenas que hacen algunas personas como Bryan Stevenson. Leer sobre ellas es mucho más que informarse, mucho más que emocionarse.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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