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La ballena de St Piran, de John Ironmonger

La ballena de St Piran

La ballena de St PiranDe pequeño tuve mucha suerte con mis abuelos: entre los cuatro sumaban tres pueblos de procedencia, por lo que mis veranos nunca fueron aburridos. Mi abuelo materno, de hecho, no nació ni siquiera en un pueblo; las calles que le vieron crecer fueron las de una pequeña aldea que aun hoy ha conseguido mantener su esencia. Desde pequeños, cuando íbamos a la aldea, sus nietos sabíamos que allí las reglas no eran las mismas que en la ciudad: no había televisión, ni Internet, ni móviles —en aquellos tiempos era por imposibilidad de acceso, hoy por resistencia poética—. Pero lo que sí que había (y era algo que nos encantaba) era un sentimiento de cercanía con prácticamente todos los vecinos, que hacía que nadie cerrase la puerta con llave salvo cuando regresaba a la urbe y que generaba que tu interés por la vida del resto de los veraneantes fuese mil veces más real que el que sentías por aquellos a los que veías a diario en tu barrio.

Un sentimiento parecido es el que me ha generado La ballena de St Piran, la última novela de John Ironmonger. Un relato que comienza con la extraña aparición de un hombre desnudo en la playa de un pequeño pueblo del condado inglés de Cornualles. Su llegada es noticia obligada, ya que Joe Haak entra en escena a lomos de una ballena, a la cual socorre todo el pueblo para devolverla al mar. Pero su revolución en la tranquila vida de los habitantes de St Piran no acaba ahí, ya que además este joven, programador informático de profesión e inventor de un eficaz software de predicción de resultados bursátiles, sospecha que se aproxima una gran catástrofe a nivel mundial, motivo por el cual decide poner todo de su parte para proteger al pueblo.

Es una novela que va claramente de menos a más, al menos en lo que se refiere a tensión narrativa. Ironmonger no tiene prisa en deshojar la trama; prefiere destinar las primeras páginas a construir un escenario detallado y creíble, con una cantidad de personajes más que elevada, a la que cuesta hacerse al principio. A esta dificultad contribuyen los múltiples saltos entre los recuerdos de Joe de su vida en Londres y su presente en St Piran, que, en ocasiones, especialmente cuando todavía no has memorizado los nombres de los personajes, crean algo de confusión durante la lectura. Pero como digo, a medida que vamos conociendo a los habitantes del pueblo y al propio Joe todo empieza a cobrar sentido y la novela te absorbe hasta el punto de que, al llegar a la última página, te deja con muchas ganas de quedarte un rato más en ese recóndito lugar.

Uno de los aspectos que me han parecido más atractivos de este relato es el progresivo proceso de desalienación que sufre Joe desde su llegada a St Piran. Ironmonger refleja muy bien los fuertes contrastes entre la ciudad y el pueblo, que todos aquellos que los hemos vivido, aunque sea por cortos periodos de tiempo, podemos reconocer fácilmente.

En lo que respecta a la trama, la historia principal pasa durante buena parte de la novela a un segundo para dar protagonismo a un complejo triángulo amoroso, que consigue crear un nuevo foco de atención sin caer en lo pasteloso. Esto, que a muchos podría parecer una mala decisión del autor, me parece un gran acierto en esta ocasión. Y es que una novela que supera las cuatrocientas páginas no puede —o, mejor dicho, no debe— mantener elevada la tensión durante todas ellas; eso haría que sus lectores acabasen taquicárdicos perdidos. La ballena de St Piran es lo que Busquets es al fútbol (forofismos aparte): un relato que sabe medir los tiempos, que compagina a la perfección momentos de giros inesperados y diálogos rápidos con otros en los que parece que no pasa nada interesante, salvo la propia convivencia y solidaridad entre vecinos que se conocen para algo más que para saludarse en el ascensor. Y así, en mitad de la calma y cuando uno menos lo espera, Ironmonger te hace un cambio de ritmo —o un giro potente de guion— y apareces, sin saber cómo, en mitad de una situación insospechada.

Una novela, en definitiva, que te hace empatizar con sus personajes, que consigue emocionar con algunos fragmentos de humanidad pura y que deja el deseo de que, si bien nadie quiere que se produzca una catástrofe como la que se narra, si ello llega algún día a ocurrir lleguemos a ser capaces de afrontarla de la misma forma que los habitantes de este pequeño pueblo costero.

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Kaiki. Cuentos de terror y locura, de VV. AA.

Kaiki Cuentos de terror y locura

Kaiki Cuentos de terror y locura«Yo no creo en fantasmas, claro, pero una vez un amigo me contó algo que le pasó, una historia que escapa a toda lógica. Si sucedió de verdad o solo fue producto de su imaginación, yo no lo sé, no estaba allí. Pero lo que sí vi fue el terror en sus ojos mientras me lo contaba… Solo de recordarlo, me dan escalofríos».

A todos, alguna vez, un conocido nos ha contado, por ejemplo, una experiencia paranormal jugando con la ouija o una aparición extraña en su casa una noche que estaba solo. Este tipo de relatos se vuelven más perturbadores narrados por alguien cercano, y les demos verosimilitud o no, nos producen esa fascinación y miedo que nos hacen escucharlos en silencio y repetirlos después a otras personas.

Las historias de terror han pasado de boca en boca a los largo de los años y la cultura japonesa es especialista en ellas. Su idioma no tuvo escritura hasta el siglo VI, por lo que su tradición oral es, posiblemente, la más extensa y antigua, y está repleta de relatos sobre fantasmas, seres sobrenaturales y mitos populares. Tanto es así que tienen diferentes términos para designarlos, según el grado de desasosiego que provocan. Hace un tiempo reseñé El fantasma sin rostro, un manga publicado por la editorial Quaterni que recogía seis kaidan, algo así como cuentos clásicos sobre lo raro, lo extraño y lo místico, y en esta ocasión voy a hablaros del libro Kaiki. Cuentos de terror y locura, que está compuesto por doce historias muchísimo más tétricas y espeluznantes.

En esta antología se recogen los kaiki de Ryūnosuke Akutagawa, Juran Hisao, Kyōka Izumi, Kōda Rohan, Kōtaro Tanaka, Kaita Murayama, Mori Ōgai, Atsushi Nakajima, Kidô Okamoto, Rampo Edogawa, Junichirō Tanizaki y Yumeno Kyūsaku. Algunos de ellos son autores prestigiosos de finales del siglo XIX y mediados del siglo XX y otros son bastante desconocidos, pero todos los cuentos antologados atrapan al lector desde la primera palabra y lo envuelven en una atmósfera inquietante hasta golpearlo con el giro final. No es frecuente encontrar una antología de varios autores —ni siquiera de un único autor— en la que todos los relatos sean disfrutables, pero la selección que la editorial Quaterni ha realizado para Kaiki. Cuentos de terror y locura es excelente y hará las delicias de los que seáis aficionados a la novela gótica y de terror.

Supersticiones antiguas, apariciones infernales y maldiciones más allá de la muerte marcan el rumbo de los protagonistas de estas historias. ¿Y si de repente a tu lengua le diera por probar la comida del diablo?; ¿y si te enamoraras de una sádica mujer, aun sabiendo que pretende matarte?; ¿y si descubrieras que una misteriosa película provoca la desgracia de todo aquel espectador que la ve a solas? Habrá lectores que verán en estos kaiki el poder de las fuerzas sobrenaturales y otros que, en cambio, los interpretarán como una espiral de locura a la que sucumben los personajes. Opten por el enfoque que opten, la lectura resultará igualmente terrorífica. Con Kaiki. Cuentos de terror y locura nadie se librará de que un escalofrío le trepe por la espalda al final de cada relato.

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El primer peldaño, de Lev Tolstói

El primer peldaño

El primer peldañoHay dos cosas que debo confesar antes de que sigan leyendo: la primera de ellas, mi condición de devoto tolstoiano, la conocerán si siguen este blog porque si las cuentas no me fallan esta es la novena reseña de o sobre Tolstói que escribo para LibrosyLiteratura. La segunda es mi muy poco tolstoiana falta de predisposición al vegetarianismo. El primer peldaño es un libro de Tolstói sobre el vegetarianismo, lo cual parece cuadrar mejor con la primera que con la segunda de mis confesiones, sin embargo el mundo sería un lugar muy triste si uno debiera limitarse a leer sobre aquello en lo que coincide y sea desde el punto de vista que sea, militante o no, a favor o en contra, este libro es un verdadero disfrute para cualquier lector mínimamente inquieto. Lo que verdaderamente me llama la atención no es el tema en sí sobre el que habla el autor (o los autores, porque incluye otros textos) sino el despliegue intelectual que realiza para justificarlo.
Para Tolstói el vegetarianismo no es un fin en sí mismo sino un paso imprescindible (un peldaño) dentro de un proceso de perfeccionamiento moral de las personas, uno de sus temas recurrentes. Y su argumentación es tan contundente y está tan bien expuesta que resulta absolutamente imposible no reflexionar sobre el tema. Sostiene el autor que no sólo es un paso inevitable en el camino de autoperfeccionamiento moral que considera un deber de todo ser humano, sino que es el primero de ellos porque estos deben transitarse en un determinado orden lógico. La fuerza narrativa de Tolstói pone en este texto lo que le falta para gustarle a un lector poco inclinado a las tesis que se defienden.
Tengo que decir que, para mi gusto, El primer peldaño sería un libro mejor si se limitase a esa argumentación moral porque el resto de justificaciones científicas que se aducen a favor de la causa, tanto por parte de Tolstói como del resto de los autores, resultan especialmente poco convincentes para un lector del siglo XXI. No es culpa suya, ellos hablaban de un mundo completamente diferente y cuando se referían a la toxicidad de los alimentos de origen animal no podían imaginar este mundo nuestro lleno de aditivos en el que resulta difícil encontrar un producto comercial sin algún elemento cancerígeno o tóxico en alguna medida, o para cuya explotación se esquilman los recursos naturales o que tiene algún tipo de parásito como el anisakis o una cantidad tan desorbitada de azúcares añadidos que convierte su origen animal en el menor de los potenciales problemas para la salud del consumidor. Eso sin entrar en que las bondades de determinados alimentos se transforman en perjudiciales de un día para otro o las supuestas teorías científicas que demuestran una cosa generalmente son casi tan abundantes como las que demuestran la contraria de forma que para un ciudadano medio es prácticamente imposible saber a qué atenerse.
A mi modo de ver hay un punto de vista idóneo para acercarse a este libro y no es el vegetarianismo, sino el pensamiento de Tolstói en su globalidad. Dentro de ese marco este libro no es solo interesante, es imprescindible porque ilustra una de las facetas menos divulgadas del mismo, aunque no deja de ser una cara más que refleja el complejo mundo filosófico del autor. El primer peldaño que el vegetarianismo, o por ser más específico, la abstinencia, supone en esa escalera de autoperfeccionamiento moral tan característica de Tolstói puede ser también un primer paso para adentrarse en otros aspectos de su obra última como la no violencia, probablemente el más importante de ellos. Y en todo caso es un texto sumamente interesante para cualquiera que disfrute abriendo su mente a otras realidades.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Gran Bot, Pequeño Bot, de Marc Rosenthal

Gran Bot, pequeño Bot

Gran Bot, pequeño Bot¿Os gustan los robots? Digo así, en general, tampoco nada muy técnico. A mí siempre me han gustado estos bichitos autómatas. Una de mis películas preferidas de todos los tiempos es Wall-E (Eeeeevaaaa – no puedo evitar decirlo cuando pronuncio su nombre-).  También soy muy fan del robot espacial Curiosity desde que supe que lo programaban para que en el día de su cumpleaños sonara la melodía de cumpleaños. Me lo imagino ahí en Marte, con la canción sonando en la galaxia sin que nadie pueda oírlo y me enternezco cosa mala. ¿Soy demasiado sentimental? Pasadme unos Kleenex y seguid leyendo, por favor.

Bueno, ahora ya sabéis que me gustan los robots. También deberíais saber a estas alturas que me gustan mucho los niños y que soy tía de seis enanos maravillosos. Mi predilección son los peques entre uno y tres años de edad. Cuando aprendemos a hablar, a menudo empezamos a estropearlo todo. Pero esa es otra historia.  Lo bueno de los más peques y la literatura es que para ellos todo es descubrimiento en esa etapa y que, adentrarles en el maravilloso mundo literario es nuestra tarea. Una tarea preciosa, no me digáis que no. Al mostrarles los libros, enseñarles sus dibujos y leérselos se establece un vínculo muy especial. Y a mí es algo que me encanta hacer con mis sobris, disfrutar de la literatura con ellos.

Por todo esto, Gran Bot, pequeño Bot me parece un libro muy interesante. Se trata de un libro pensado para los más peques que incluye un montón de explicaciones con dibujos de robots. No me digáis que no mola.

Cada página del libro contiene un desplegable (otra de mis cosas favoritas en los libros infantiles) con un robot. Un total de ocho simpáticos robots que sirven para enseñar a los niños los contrarios. Desde el robot alto al bajo, pasando por el robot ruidoso y el silencioso o el robot lleno y el vacío.

Los robots, diseñados por Marc Rosenthal son realmente originales y llamativos. Este ilustrador, nacido en Nueva York, es autor de numerosos libros infantiles, además de cómics y tiras cómicas. Su trabajo aparece regularmente en The New York Times y otras publicaciones periódicas.

Este libro tan retrofuturista es una maravillosa manera de enseñar a nuestros pequeños estos conceptos contrarios de manera didáctica y muy divertida. Con tapa dura y un diseño muy fácil de manejar por los niños, este libro puede ser un gran compañero de juegos.

La verdad es que Gran Bot, pequeño Bot es un pequeño gran libro muy entretenido, diferente y, lo que es más importante, un libro que podemos compartir con nuestros niños con la seguridad de que están aprendiendo.

 

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No eres lo que busco, de Laura Mavor

No eres lo que busco

No eres lo que buscoSoy de novela policíaca, negra o thriller, me da igual cómo lo califiquen. Me gustan las investigaciones y las intrigas, así que siempre tengo alguna novela de estas encima de la mesa, deseando empezar, luego no me dura nada, porque me engancho y estoy ansiosa por ver cómo se resuelve.

No eres lo que busco es de las buenas. Con personajes carismáticos, con sorpresas y giros inesperados, con sospechosos por todos lados, con investigadores inteligentes y valientes, o sea, con todos los ingredientes necesarios y mezclados convenientemente.

La novela comienza presentándonos una aplicación para el móvil, Finder, una red social para ligar. Aquí hay un guiño, doble guiño, a Tinder. Después nos presenta a Telma, una escritora de mediana edad que vive en Santarés, Castellón, que trabaja de voluntaria en un taller de teatro en el pueblo. Está nerviosa porque ha quedado en casa de un chico muy atractivo que ha conocido a través de la aplicación. Se van a ver por primera vez, pero… se lo encuentra muerto. Esto en el primer capítulo. Después conoceremos al cuerpo de la Guardia Civil del lugar, especialmente a la teniente Miranda Vega, que es de la unidad de Policía Judicial. Esta mujer es una de los principales personajes, por no decir la protagonista. Si estabais esperando a una atractiva poli tipo Beckett de la serie Castle, o a la detective Rizzoli, pues os habéis equivocado de sitio. Miranda es un poco más parecida a Laura, de Los misterios de la misma, pero mayor y con más peso. Su departamento está relegado al ostracismo porque en la comarca nunca ocurre nada interesante, hasta ese día. Nos pasaremos esas pocas jornadas de finales de un mes de abril, en un trajín incesante para averiguar qué coño está pasando en el que era un tranquilo pueblo de la costa mediterránea, y en el que ahora se destapan asuntos muy, pero que muy turbios.

El libro es rápido, certero, con sentido del humor, bien escrito, con mucho diálogo que agiliza todavía más la lectura. Con descripciones muy acertadas y lenguaje cercano. Te hace ponerte en situación perfectamente. Me gustaría tomarme un café con la teniente Miranda, me gusta mucho, debe ser la edad. Hay otros personajes importantes, como el joven sargento Christian Ballesteros, al que acaban de traer a la unidad medio enchufado, pero que será una gran aportación, trabajador y abnegado. La teniente Lesboutx, inteligente y culta. Por su sabiduría popular, me ha hecho mucha gracia Mercedes, que trabaja en casa de Miranda, aunque sea un personaje muy secundario. Y otro secundario que me ha gustado por su relación especial con Miranda es Julio, el forense.

En resumen, que he disfrutado de lo lindo leyéndola, que os la recomiendo de forma entusiasta. No me importaría que hubiera una segunda parte, o más, y volver a investigar con Miranda y su unidad. Ya sabéis, de esas trilogías como las de César Pérez Gellida y Dolores Redondo, o las series de Stieg Larsson, John Verdon, Cämilla Läckberg… de las que nos engancha y estamos deseando que salga el siguiente libro. Yo sugiero.

Un apunte: no encuentro a Laura Mavor, solo leo la pequeña reseña que pone en la solapa del libro y que está repetida en internet: “criminóloga de profesión, amante de la arqueología, el arte y la literatura, de padre americano y madre española, se ha especializado en delitos que se comenten usando las nuevas tecnologías y aplicaciones para móviles”. Me preguntaréis que para qué quiero saber más, que soy una cotilla, con esto es suficiente. Pues sí, la tarjeta de presentación está bien y ha volcado ese conocimiento que tiene gracias a su profesión en el libro, sabe de lo que habla, pero a mí me gusta saber más de los escritores. Tampoco es que sea una fan loca que tiene que saber su fecha de nacimiento y color favorito, pero me resulta curioso que no aparezca una pequeña entrevista, una foto, algo. Bueno, esto no es importante, era una reflexión, me he acostumbrado a ver a los autores con el libro en la mano en las promociones, con cuenta en las redes sociales, blogs y demás. Lo que de verdad importa es si el libro mola, y sí, mola mucho.

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Pájaro de medianoche, de Alice Hoffman

pájaro de medianoche

pájaro de medianocheCorre el rumor de que en el pequeño pueblo de Sidwell vive una misteriosa criatura alada. ¿Y qué hacen los vecinos? Echarle la culpa cada vez que algo desaparece y vender merchandising de ella para aprovechar el tirón turístico. Sin duda, los tiempos han cambiado: los lugareños ya no parecen interesados en adentrarse en el bosque, armados con antorchas, para dar caza al monstruo. Aunque para la familia de Twig Fowler, una niña de once años, todo sigue igual que dos siglos atrás, cuando una bruja llamada Agnes Early les maldijo por un desengaño amoroso. Aún hoy acarrean las consecuencias de aquel hechizo, por lo que no se dejan ver demasiado por el pueblo y dedican su tiempo a cultivar su huerto, donde crecen unas insólitas manzanas rosas, y a cocinar con ellas deliciosas tartas que venden a vecinos y forasteros. Pero con la llegada de unos descendientes de la bruja Agnes a la casa de al lado, la maldición se cernirá sobre las Fowler con renovada fuerza. Esta familia y sus secretos son el eje de Pájaro de medianoche, de Alice Hoffman, autora de otras novelas como Prácticamente magia (1995), que fue llevada al cine por Griffin Dunne y protagonizada por Sandra Bullock y Nicole Kidman, con la que comparte la premisa de maldición familiar que hay que romper.

La portada y la sinopsis de esta novela llamaron mi atención y cuando la tuve entre mis manos, me atrapó desde la primera página. Siempre me ha atraído el realismo mágico, esas historias que incorporan uno o varios rasgos fantásticos en las personalidades de los personajes para trastocar la cotidianidad de todo su entorno y donde los acontecimientos se repiten en bucle, como si el destino fuera inquebrantable. Pájaro de medianoche juega con estos elementos y, a través de la narración de la pequeña Twig, conocemos a su peculiar familia y a ese pueblo que, aparentemente, convive con las supersticiones con total normalidad. Sin embargo, en el último tramo, la novela me decepcionó un poco porque la resolución me resultó excesivamente sencilla y arbitraria. No sé si peca de inocencia por estar destinada al público infantil-juvenil, pero yo he echado en falta ese toque oscuro al que daba pie la premisa y que novelas como La temporada de los accidentes, también de realismo mágico y destinada a lectores de similar edad, sí supo explotar, cautivándome de principio a fin.

Pese a esos puntos flacos, no negaré que esta novela se lee con gusto. Es una historia de amistad, amor y magia tan dulce como las tartas de manzana rosa que hace la madre de Twig, de la que comes un bocado tras otro sin darte apenas cuenta, hasta que no queda nada en el plato. Sí, lo reconozco: yo devoré Pájaro de medianoche en día y medio, y me quedé con ganas de algún trocito más, literaria y literalmente hablando. Alice Hoffman, que imaginó el poder de su receta, nos detalla en las páginas finales del libro los ingredientes y los pasos que debemos seguir para preparar el pastel de manzana rosa, sin necesidad de tener las extraordinarias manzanas que solo crecen en el huerto de las protagonistas; así que probaré a hacerla, a ver si me quito el antojo. Pero no os contaré cómo me ha quedado, me lo reservo. ¡No solo las Fowler van a tener secretos!

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Orfancia, de Athos Zontini

orfancia

orfanciaDe pequeño comía de todo. Si algo no me gustaba me obligaban a quedarme en la mesa hasta que no quedara nada y, si tiempo después, el plato seguía ahí, la comida se convertía en la cena. Y así siempre que hubiera algo que no me gustaba y me resistía a dejar que penetrara en mi interior. Afortunadamente, eso ocurría pocas veces porque, como digo, comía de todo y, lo que en un principio “se me hacía bola” (recuerdo lo mucho que odié las espinacas), acababa por comerlo.

No fui uno de esos niños repelentes y mimados de ahora, cuyos padres ceden a lloros y/o berridos y los cuáles ahora que ya son mayores (y con mayores quiero decir de un mínimo de 30 años) cuando preparas una comida o una cena o merienda te sueltan un “ay, ¿has hecho esto? Es que no me gusta el pimiento”, o un “ay, es que yo no como nada de color verde”, o un “ay, ¿no te dije que no me gusta el tomate?”. Y ahondando en los porqués de esas exclusiones, compruebas que no es cosa de alergias, gluten o nada relacionado con la salud, sino que desde pequeños no comen tal o cual cosa porque no les daba la gana. ¡No, no, no! ¡Así no! Yo incluso alguna vez tuve que cazar mi propia comida. Al principio con los mayores, luego ya solo, adentrándome en terrenos que a muchos de vosotros haría que os cagarais encima. Pero esa es otra historia.

En Orfancia tenemos a un niño de ocho años que no quiere comer. Es más: se esfuerza lo indecible por no querer comer. Y no porque no le guste la comida. Al contrario. Le gusta mucho la comida que hace su madre (de hecho es una gran cocinera), y la bollería industrial y las chuches, los pasteles… Si no come es solo porque está convencido de que cuando esté bien gordo sus padres se lo comerán, al igual que cree que el resto de padres se comerán también a sus hijos.

Los padres del protagonista, (en ningún momento se dice su nombre), se las ven y se las desean para que el niño coma. A su lado, los niños de su edad parecen gigantes. Él está débil, pálido, se cansa en seguida y simula comer para que sus padres le dejen en paz. Cuando va a su habitación vomita lo comido con naturalidad. Su padre se avergüenza de él, no deja que se corte el pelo (y le confunden con una niña), para que su delgadez se atenúe algo. El pediatra al que le llevan no sabe qué hacer. “No es posible que un niño de su edad nunca tenga hambre”. Por si fuera poco, en el colegio le acosan, se ríen de él y le pegan.

Anorexia, bulimia, acoso, maltrato animal, violencia, machismo, agresiones, soledad… Y al principio parecía una historia simple, ¿eh?, pero en Orfancia se da todo eso y más. La narración corre a cargo del niño en primera persona a lo largo de los cuatro capítulos titulados como las cuatro estaciones. Es una narración tremendamente dura en muchas ocasiones y a uno le dan ganas de zarandearle, de decirle “¡pero espabila, chaval, espabila!” Zontini se mete tan bien en su mente y consigue empatizar tanto, que nos da pena el chaval porque sufre a diario. Sufre mucho y, lo que es peor, ¡en silencio! Pero, de la misma manera, entendemos también la desesperación de los padres.

La lectura fluye con rapidez, las páginas se leen solas. Cuando lo lees no eres consciente del todo (un poco sí), pero ahora, una vez leído, caes en que has estado leyendo una fábula o, mejor aún, un cuento. Un cuento moderno, pero con toques clásicos. Y al acabarlo, te queda una sensación rara, porque es también un libro raro, muy poco convencional. Tiene un vocabulario sencillo, es ágil, engancha mucho, y se lee con facilidad y rapidez porque estás deseando saber cuánto más va a aguantar el protagonista y el final que puedes intuir a pesar de no darse hasta la última página. Y es entonces cuando ves lo perfectamente estructurado y pensado que ha sido este libro y lo bien que ha plasmado el cambio. Porque este es también un libro sobre el cambio y la pérdida de la inocencia.

Y sobre todo, ese finalazo. Un final que puede interpretarse de varias formas y que merece la pena leer una y otra vez (total, solo es una página). La primera vez que lo lees te quedas estupefacto aunque era uno de los finales que ves como posibles durante la lectura. La segunda vez ves algo que te dice que ese final puede ser el que has interpretado la primera y a la vez puede no ser (final Schrodinger, lo llamo en un derroche de originalidad). La tercera vez, me lo deja claro, aunque me gustaría que hubiera sido el final de la primera lectura.

Un libro duro por el retrato que hace de la infancia, un cuento para niños grandes y un indispensable del 2017.

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Aves y otros animales, con Pablo Picasso

Aves y otros animales

Aves y otros animales¿Sabéis dibujar? A mí no se me da del todo mal. También es que tengo una madre pintora y supongo que algo llevo en los genes. Lo cierto es que en mi casa somos todos un poco artistas. Eso sí, a mí lo que se me da realmente bien es copiar (o imitar, que queda mucho mejor) un dibujo. Imaginación a la hora de dibujar tengo más bien poca. Algún defecto tenía que tener. Pero claro, no siempre se tiene a mano el modelo para copiar. ¿Sabéis cuál es la auténtica prueba de fuego? Cuando un sobrino te pide algo tipo “dibújame un caballo o un tigre”. Esa es la verdadera prueba, amigos. Dibuja tú un caballo y que no se parezca en nada, verás la cara que pone el niño (lo sé por experiencia).

Gracias a la editorial Phaidon, el tema de las aves lo tengo casi resuelto, porque en Aves y otros animales tenemos todas las claves para aprender a dibujar aves tan chulas como flamencos, gallos, pingüinos, pelícanos, pavos reales, avestruces o lechuzas. Y lo mejor de todo, es que aprenderemos de la mano de Pablo Picasso. ¿No es genial?

Este libro de cartón, diseñado para que los niños aprendan a identificar y dibujar animales, contiene un montón de bocetos prácticamente inéditos del magnífico pintor malagueño. Animales diseñados en un solo trazo, animales con fuerza y dibujados de manera muy original (no podía ser de otra forma con Picasso) que los niños identificarán rápidamente. Además, debajo de cada boceto del artista, encontramos un texto que enriquece, explica y aclara algo sobre el animal. Así que, además de una guía para dibujar, también, si le echamos imaginación, este libro puede ser una especie de cuento para nuestros pequeños.

Las páginas de cartón y el tamaño del libro hacen que los niños no tengan ninguna dificultad en manejar el libro ellos solos. Es realmente práctico.

A mí me parece una forma maravillosa para introducir también a los peques en el mundo del arte. Poder explicarles a través de estos dibujos quién fue Pablo Picasso y enseñarle algunos de sus cuadros más famosos para que vayan aprendiendo a conocer y reconocer grandes pintores. En la página final encontramos un texto adaptado para los niños en el que se hace una breve reseña sobre Pablo Picasso que puede servirnos como introducción para hablar más sobre el artista y su obra e introducirles en el maravilloso mundo del arte.

Aves y otros animales entra dentro de una colección de la editorial Phaidon llamada Primeros pasos con grandes Artistas. En ella encontramos a otros magníficos pintores como Henry Matisse o Josef Albers.

Y aunque en el libro aparezcan principalmente aves, también podemos encontrar otros animales como el conejo, el zorro, la ardilla, el camello, el perro o las tortugas.

Ahora sí que no tengo excusa. La próxima vez que un sobrino me pida que le dibuje un animal, me tiene que salir perfecto. Eso sí, si me pide que le dibuje un elefante, le sugeriré: ¿no quieres que te dibuje mejor un avestruz? Y todos contentos.

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Al otro lado del río y entre los árboles, de Ernest Hemingway

Al otro lado del río y entre los árboles

Al otro lado del río y entre los árbolesDicen que los escritores dejan una huella autobiográfica en todas sus obras, en mayor o menor medida. Al fin y al cabo, suelen escribir de manera recurrente sobre los temas que les remueven por dentro, aquellos que marcan su existencia. En uno de los autores que más lo percibo es en Ernest Hemingway. He leído varias anécdotas sobre su vida, incluso una novela, Mrs. Hemingway en París, de Paula Mclain, que contaba la relación con su primera esposa y su estancia en París desde el punto de vista de ella. Eso me hace tener una imagen definida de Hemingway en mi cabeza y la proyecto en los protagonistas de sus historias involuntariamente: el pescador de El viejo y el mar, el soldado republicano de El viejo y el puente o el coronel, «criticón injusto y amargado», de Al otro lado del río y entre los árboles, una de sus novelas menos conocidas y de la que os voy a hablar hoy.

Publicada por primera vez en 1950, narra la estancia de un coronel en Venecia. Esta ciudad, tan bella y tan nostálgica, es el lugar idóneo para este hombre que ha dedicado su vida a la guerra y que se bate ya en retirada. Venecia y él mismo se despojan de exagerados romanticismos y muestran la crudeza que se esconde en el fondo.

El coronel ya ha pasado de los cincuenta años. Las cicatrices de su cara y los dolores de su cuerpo son el mapa de las batallas que ganó y sus pensamientos obsesivos, el de los errores que cometió. Una confianza alimentada a base de pastillas, unos paseos en góndola para cazar patos salvajes y comidas en restaurantes, acompañado por una bella mujer, apenas mayor de edad, son los pequeños placeres de los que disfruta mientras espera a la muerte. Con continuas referencias a acontecimientos y personajes históricos reales, lo cuestiona todo: sus mandos superiores; los supuestos enemigos; los escritores que escriben de la guerra sin haberla vivido; su país, Estados Unidos y sobre todo a sí mismo.

La trama de esta novela es lo de menos porque todo gira en torno a su protagonista, lo que piensa y lo que siente. Y en su brutalidad y su sensibilidad, en su pasión por la vida y su fijación por la vejez y la muerte, en su forma de vivir el amor y la guerra, yo no dejo de ver a Ernest Hemingway, que tenía la misma edad que su personaje en el momento en que la escribió.

No hay mejor manera de describir Al otro lado del río y entre los árboles que con las palabras de su propio protagonista: «solo un ruido entre las bambalinas de mi corazón. Mi puñetero corazón. Ese cabrón de corazón que es incapaz de resistirme»; una carta de despedida de un hombre que ama y odia la vida a partes iguales. Que cada cual valore si ese hombre es solo un personaje de ficción o también el mismísimo Ernest Hemingway. Yo, como os digo, lo tengo claro.

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El libro de cocina light + fácil del mundo, de J.-F. Mallet

El libro de cocina light + fácil del mundo

El libro de cocina light + fácil del mundoDesde que estoy en Libros y literatura, he reseñado algún que otro libro de cocina. Y no porque yo sea una cocinillas a la que le encanta pasar el tiempo entre los fogones. No. Todo lo contrario. No se me da especialmente bien cocinar. Pero porque no me gusta. No me apasiona eso de invertir mi tiempo preparando alguna receta. Prefiero las cosas rápidas, sencillas y fáciles. Vale, sí, es por pereza. Si me pongo a cocinar algo es porque tengo una mañana o una tarde completamente libre y puedo disfrutar de lo que estoy haciendo en ese momento. Si, después de cocinar, tengo mil cosas que hacer, mi cabeza nada más que va a estar pensando todo lo que viene después y que tendré que hacer tarde o temprano. Hay gente a la que le relaja cocinar. No es mi caso. A mí, me estresa. Pero por eso decido leer libro de cocina, para motivarme, para conseguir ideas que hagan que la pereza se vaya de mi cuerpo. Para probarme a mí misma y ver si soy capaz de hacer algo medio comestible. A veces lo consigo.

Por eso cuando descubrí El libro de cocina + fácil del mundo pensé que ese era mi libro. Que estaba escrito para mí. Y es para mí por tres motivos: el primero es que las recetas que propone conllevan una duración mínima; el segundo es que necesitan muy pocos ingredientes, que normalmente se pueden encontrar en cualquier nevera —no es como en esos libros de recetas que te piden sangre de unicornio para que el plato salga bien—; y, tercero, que la complejidad de la elaboración es menos tres. Vamos, recetas buenas, fáciles y asequibles. Qué más queremos. Pero parece que los de Larousse han pensado que sí que pueden ofrecernos algo más, y aquí es donde nace El libro de cocina light + fácil del mundo. Porque la operación bikini es una realidad y se acerca peligrosamente. Llega abril y empezamos a quitarnos capas de ropa y a ver que el invierno se nota en nuestros vaqueros un poco más de lo que nos gustaría. A ver, tenemos que partir de la base que yo soy una gran defensora del cuerpo de invierno. Aquí cada uno es como es, y lo único que necesitas para ponerte un dichoso bikini, es tener un cuerpo. Punto. Pero vale, acepto que la gente quiera dejar atrás ese par de kilos que se le han pegado como si fueran una lapa, para conseguir sentirse mejor con uno mismo. Y, precisamente para eso, ha llegado este libro de recetas. En él encontramos platos sencillos, rápidos y asequibles pero que tienen una carga calórica inferior a la que solemos ingerir normalmente. Echando simplemente un rápido vistazo a las recetas, vemos que incluyen dos datos extremadamente importantes: las calorías y su aptitud para dietas sin gluten o sin lactosa. Y, digamos, que a mí esto último me interesa más que las calorías, ya que me diagnosticaron celiaquía hace unos años y ahora tengo que controlar muchísimo lo que como. Ahora, después de tanto tiempo, comer en casa no supone ningún problema, pero sí que puede llegar a convertirse en algo monótono. El ser alérgico a algo, o estar a dieta para perder peso, limita. Hace que solo puedas ingerir determinados alimentos y su uso al final acaba siendo siempre el mismo. Teniendo a mano El libro de cocina light + fácil del mundo, cuyas recetas han nacido de la mente de J.-F. Mallet, la originalidad vuelve a aparecer en la cocina. Miras una pechuga de pollo y piensas que hay más opciones que no hacerla a la plancha. Digamos que te hace ver la comida con otros ojos.

No prometo nada. No sé si llevaré a cabo alguna de estas recetas o si seguiré con mi comida monótona en la que el arroz es la base de todo. Pero prometo que dejaré bien cerca este libro para que, en los momentos en los que me crea capaz de adentrarme en el mundo de las sartenes y las cazuelas, tenga un amigo fiel que me guíe en la oscuridad.

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Tres cuentos, de Eugenio Carmi y Umberto Eco

Tres cuentos

Tres cuentosCreo que una de las características principales que tiene que tener un escritor para que podamos empezar a tratarle como pope de la literatura es que no nos extrañe ver novedades editoriales con su nombre aun después de muerto. Esto es lo que pasa con Umberto Eco, aunque sinceramente digo que no me extrañaría que siguiera publicando desde ultratumba. Autor de un sinfín de obras, tanto teóricas como novelescas, y entre las que me atrevo a destacar – como fan fatal que soy de ese libro – El péndulo de Foucault, esta vez Umberto Eco llega a las librerías de la mano de DeBolsillo para recuperar tres cuentos escritos por su puño y letra y acompañados por las ilustraciones de un buen amigo suyo, Eugenio Carmi.

En estos Tres cuentos, traducidos por Esther Tusquets y Silvia Querini, se plasma la conciencia de un escritor que también fue, que sobre todo fue, persona. En ellos, los tres de lectura rápida y vocabulario infantil, Eco busca hurgar en la llaga de la tara que marca al ser humano. Si en el primero nos encontramos con un general que almacena bombas atómicas en el sótano para provocar una gran guerra, en el segundo viajamos con tres cosmonautas de tres países distintos que buscan en el universo, sin encontrarla, la reafirmación de que ellos y su sentimiento de patria son únicos, superiores; y en el tercero acabamos siendo la mofa de unos gnomos extraterrestres a los que vamos, por derecho propio, a conquistar. Taras universales.

He hablado de vocabulario infantil, de lectura rápida, pero ya veis que no siguen estas pautas los temas tratados. Umberto Eco y las ilustraciones de Eugenio Carmi que acompañan a cada página del texto buscan mostrar al lector lo engañados que estamos por sentirnos importantes, por sentirnos absurdamente importantes. En el primero de los cuentos, ‘La bomba y el general’, los átomos que componen la bomba atómica acaban representando la coherencia por encima del ser humano, ansioso de destrucción, destrucción externa e, inconscientemente, interna. En el segundo, ‘Los tres cosmonautas’, un americano, un ruso y un chino viajan hasta Marte en naves y trayectos distintos – porque ellos son distintos entre sí – y allí se encuentran, pero las diferencias – o eso creen ellos – son demasiado grandes para entenderse, por eso se odian y tendrá que ser un marciano con antenas y seis brazos quien les haga ver que la diferencia nace – y por consiguiente muere – en la imaginación. Y por último, en ‘Los gnomos de Gnu’, tienen que ser unos gnomos preguntones de un planeta muy lejano quienes muestren de cerca la realidad del planeta Tierra a un conquistador convencido de la superioridad humana con respecto a todo lo encontrable en el exterior. Nada más lejos de la realidad.

Tres cuentos es un libro cargado, en muy pocas páginas, de todo lo necesario para un niño – y para esos niños a los que ya la gente nos llama adultos –, y me vengo a referir a los valores de la fraternidad, de la amistad, la coherencia, la armonía, la felicidad, la verdad y, algo muy importante, el respeto a nuestro planeta, al medioambiente, a nuestro entorno. Porque está claro que si empiezas a cuidar lo que hay fuera acabarás cuidando lo que hay dentro, y lo que hay dentro eres tú. No mires arriba y sientas lástima o incluso te regodees porque los de allá arriba – que los hay – no están viviendo en este maravilloso planeta. Porque el adjetivo “maravilloso” está empezando a perder letras y ellos, los de allí arriba, lo están viendo mejor que nadie. Con Tres cuentos pasará lo que pocas veces ocurre en el género de la ciencia ficción, te pasará que no querrás ser como el protagonista. Debo terminar con la última frase del libro: «¿Por qué no nos ponemos nosotros a hacer lo que harían los gnomos de Gnu?».

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La niña de sus ojos, de Bryan y Mary M. Talbot

La niña de sus ojos

La niña de sus ojosSucede que un buen día, en algún momento de nuestra paternidad, descubrimos a nuestro padre agazapado en nuestro interior. Puede que lo encontremos en una palabra que decimos y que hacía treinta años que no oíamos, en un gesto que hacemos, en el modo de reñir a nuestros hijos o en los hábitos caseros que cultivamos. Quizá nos demos cuenta de ello en seguida, o quizá tenga que ser nuestra madre quien nos lo señale: “tu padre también siempre se sentaba así”. Pero esas palabras, que a la mayoría nos llenan de orgullo y emoción, nos revelan asimismo la triste condición del hijo, a saber, que sólo empezamos a conocer de verdad a nuestro padre cuando ya no está.

Algo parecido le sucede a Mary M. Talbot, que en el funeral de su padre, abrumada por el aluvión de testimonios de personas que lo conocieron y apreciaron, constata un hecho ante el cual un hijo no sabe muy bien cómo reaccionar:

Parece que mi padre era encantador en todas partes. Pero muy rara vez en casa.

Y esa doble faceta de la personalidad de su padre es tan sólo uno de los muchos paralelismos que la autora británica descubre entre su vida y la de Lucia Joyce, hija de James Joyce, y que nos narra de manera amena y magistral en La niña de sus ojos.

Parece ser que al autor de Ulises, uno de los grandes de la literatura universal de todos los tiempos, la paternidad no se le daba tan bien como retratar al joven artista adolescente, trasladar a Odiseo a Dublín, o crear palabras nuevas a partir de lenguas diferentes. Ésa fue una de las técnicas que empleó en su última obra, en la que empleó varios años de su vida que dieron como fruto Finnegan’s Wake, una novela prácticamente ilegible que a lo largo de los años ha hecho las delicias de apenas un puñado de eruditos. Entre ellos, James A. Atherton, el padre de la autora, reconocido experto en la opus magnum del irlandés.

Tanto Mary M. Talbot como Lucia Joyce, pues, crecieron a la sombra de un padre cuyo mayor deleite consistía en encerrarse con sus libros, sus diccionarios y su máquina de escribir. Pero Lucia tuvo además la mala fortuna de ser la hija de un genio, de alguien que vivía por y para (y el resto de preposiciones) su obra. Ser la hija de alguien admirado por todo el mundo podría parecer envidiable, pero cuando tú misma tienes serias inquietudes artísticas, el peso de la obra y la figura de tu padre puede resultar imposible de soportar.

Así, la autora entrelaza la narración de su infancia y adolescencia con la de Lucia Joyce, y lo hace con tanta destreza que pasamos de la una a la otra con la misma naturalidad con que pasamos la página. A ello se une el arte de su marido, el ilustrador Bryan Talbot, quien hace un trabajo espectacular, con el tipo de viñeta precisa para cada momento, desde el caos del ambiente familiar de las primeras páginas, hasta la monótona espera y la brutal escena del parto, pasando por el estilo periodístico con el que retrata los años de los Joyce en París. La propia Mary, incapaz, acertadamente, de retocar el trabajo artístico de su marido, opta, en un toque posmodernista, por insertar comentarios sobre un par de anacronismos en los que incurre su marido.

A la autora le tocó vivir esa pequeña tragedia, que mencionamos más arriba, de empezar a conocer a su padre el día en que éste murió.  Lucia Joyce, por su parte, conoció demasiado bien al suyo, el genio que contribuyó a hacer de su vida un auténtico infierno. Moviéndonos entre la Inglaterra que va de la posguerra a los años hippies y, por otro lado, el París de Josephine Baker, Samuel Beckett, Sylvia Beach y el modernismo, esta extraordinaria La niña de sus ojos nos narra ambas vidas en una historia que es, como cualquier obra del propio Joyce, emotiva, cruel y divertida.

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