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Furias divinas, de Eduardo Mendicutti

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furias-divinasLa vida es muy puñetera. Tan pronto como estás bien, recibes una mala noticia. Tienes un trabajo y al segundo no lo tienes. Te ríes o lloras según el momento, el sentimiento, o las palabras que te hayan hecho recordar lo que has vivido. Y a veces resulta que todo este caos resulta tremendamente divertido. Sonrisas que se escapan, extravagancias que resultan un espacio para dejar aparcados ciertos problemas, historias tan reales como sorprendentes de cómo la realidad puede intentar hacernos caer por todos los medios, pero con las que nos levantamos cueste lo que cueste. Eduardo Mendicutti suele tener ese humor socarrón y cercano al absurdo para describir a la perfección los problemas que surgen en el día a día. Y tiene la capacidad, sagrada e infinita – espero – de hacer cambiar el rictus a quien se adentra en una de sus historias. Con Furias divinas sucede una cosa curiosa: lo que estamos leyendo puede ser un auténtico drama, pero nosotros lo vivimos como una comedia. Y en ese viaje entre lo trágico y lo cómico es donde nos moveremos sin descanso por una novela que, sin ser perfecta, consigue lo que tenía estipulado: plantar un homenaje al mundo drag caigan las mentes obcecadas que caigan. Y nosotros, tan sonrientes.

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Guerra: ¿y si te pasara a ti?, de Janne Teller

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guerraLa literatura siempre ha tendido, o al menos muy a menudo, a fijarse en lo que sucede en la realidad para crear sus historias. Al fin y al cabo, toda obra escrita tiende a detenerse en un elemento, un detalle, o todo un acontecimiento histórico para tejer, con mayor o menor acierto, todo un entramado de tramas. Sucedió con la novela erótica cuando vio remontada su popularidad; con la crisis cuando este país llevaba a sus espaldas los errores que otros – y nosotros – cometieron; y lo mismo sucede con el drama que se observa en las noticias todos los días sobre los refugiados. Libros que se escriben con rapidez, libros que intentan explicar de forma detallada cuáles son los principales problemas y consecuencias de este particular – o no tanto, al fin y al cabo – episodio de nuestra humanidad. Millares de letras que se enlazan y acaban dejando de lado lo que realmente supone hablar del tema: las personas. Janne Teller lo explica en su epílogo y no adelantaré acontecimientos pero, ¿no estaría de más que hubiera libros que nos pusieran en la piel de esos hombres, mujeres y niños que sufren las consecuencias de una guerra? ¿Y si, como bien reza el subtítulo de esta obra, todo esto te sucediera a ti? ¿Lo aceptarías o en cambio, acabarías sucumbiendo a la desesperación? Preguntas que me planteo después de leer Guerra: ¿y si te pasara a ti? Preguntas que parece nadie quiere responder.

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La víspera de casi todo, de Víctor del Árbol

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la vispera de casi todoTras las buenas críticas recibidas por las anteriores novelas, tenía ganas de leer algo de Víctor del Árbol, y sin duda el Premio Nadal otorgado en enero de este año era la ocasión ideal para hacerlo. Las redes y los medios especializados han puesto novelas como La tristeza del Samurái y Un millón de gotas en una categoría altísima, y la mejor manera de descubrir cuánto de realidad tienen esas afirmaciones es leyendo La víspera de casi todo.

La última novela del escritor barcelonés se desarrolla principalmente en Punta Caliente, un pueblecito gallego de la Costa da Morte, donde terminan viviendo una serie de personajes de los que es mejor no hablar mucho, pues eso implicaría desvelar partes de la trama. Todos ellos tienen como denominador común la infelicidad que rige su vida. Quizá por eso terminan en un sitio tan alejado de todo, porque solo en sitios tan recónditos como ese uno es capaz de guardar y olvidar los secretos turbios que llevan marcado en su pasado. Y es que en lugares así, el pasado importa más que el presente.

Germinal Ibarra es un policía que conoció el éxito hace tres años resolviendo un caso, pero los remordimientos y la mala conciencia derivada de la resolución del mismo le hace querer olvidarse de todo. Pero eso será imposible cuando una misteriosa mujer aparece en un hospital y pide hablar con él. En ese mismo momento, un sinfín de historias (algunas olvidadas, otras silenciadas) empiezan a girar y a convergir, encaminándose a un punto final desconocido. Por el camino, el lector se va indignando, sorprendiendo, emocionando y también disfrutando.

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La dama de los muertos, de Bernhard Aichner

La dama de los muertos

La dama de los muertosA pesar de tener una pila de libros que nunca disminuye, uno siempre va en busca y captura de nuevos libros bien porque los de la pila ya están “seguros”, bien porque ese  no es “su” momento.

Y así, sin siquiera buscar una lectura en concreto, me dejo engatusar por una portada simple como lo es una rosa y más atraido aún por el título, La dama de los muertos. Semejante elección de palabras para titular un libro me lleva a pensar automáticamente en vampiros, en La Reina de los condenados o incluso en el personaje Muerte, creado por Gaiman para su Sandman. Pero nada más lejos. Semejante distinción no se refiere a ninguna criatura de la noche ni a la figura de la guadaña sino a Brunilda Blum, la dueña de una funeraria.

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Valeria, de Diego Palacios Marxuach

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No pasé de Bram Stoker. Y eso que me gustó mucho. De hecho, creo que Drácula es uno de los máximos exponentes del romanticismo del siglo diecinueve. Como buena novela decimonónica tiene todos los rasgos naturalistas y pre-industriales de la época, pero en medio de una compleja trama de vampiros que a mí, personalmente,  me entretiene mucho más que las obras de Goethe o  la mismísima Shelley.

Pero, como decía, no pasé de ahí. Mi afición vampírica se quedó en el siglo diecinueve. ¿Por qué? Pues digamos que la oferta que vino después de aquello… no me sedujo. Salvo alguna excepción en la gran pantalla, del tipo de Underworld, las historias de Van Helsing y compañía no me atrajeron demasiado. Después hubo un pequeño intento de la industria con vampiros que iban al instituto, con peinado rastafari y que les brillaban las escamas al sol cual trucha recién salida del agua, que le dio al género su toque de humor, pero que tampoco llegó a ser cosa seria. Cosa seria era Drácula. El conde de los Cárpatos fue el origen de todo y, en ese sentido, me interesa más el aspecto histórico y evolutivo de la especie. Quizá sea por esto por lo que me ha enganchado Valeria, de Diego Palacios Marxuach. Sigue leyendo Valeria, de Diego Palacios Marxuach

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Departamento de especulaciones, de Jenny Offill

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departamento-de-especulacionesQuizá alguien lo vea como un insulto -a cuál de los dos autores, lo dejo al arbitrio de cada uno-, pero las primeras páginas de Departamento de especulaciones me retrotrajeron a mis lecturas de aquellas obras de Ray Loriga cuando Ray Loriga era un escritor joven, muy pop y muy fragmentario y sus libros eran como caleidoscopios o como viajes en montañas rusas. Aquellos libros eran como puzzles de colores en diversos grados de ensamblaje o desensamblaje. Es un tipo de literatura que algunos tachan de fácil (o facilona) y sin mérito, pero es innegable que tiene su encanto.

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Estrómboli

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“Estrómboli”, de Jon Bilbao

estrómboliEs curiosa la manera en la que uno acaba por encontrarse con determinados libros o, como diría Rajoy I el Iluminado, “dicho de otra forma”, la manera en la que algunos libros lo encuentran a uno.

Supe de Estrómboli justo después de devorar una tras otra las siete temporadas de Hijos de la Anarquía, una serie de moteros a la que muchos –yo no– valoran por encima de Breaking Bad.

El libro me llamó por ser un libro de cuentos y por estar precisamente uno de ellos protagonizado por una banda de motoristas que acosa a una pareja que viaja por Estados Unidos.  Razones más tontas he tenido para leer un libro, aunque también he de decir que si no hubiera visto la serie este libro hubiera caído igualmente.

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El show de Gary, de Nell Leyshon

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el-show-de-gary¿Cuántas veces hacemos balance de nuestra vida? ¿De qué manera somos capaces de establecer el inicio y el final de toda una existencia? Y, poniéndonos más metafísicos, ¿cómo podemos resumir aquello que parece inabarcable? Las personas, los seres humanos, aquellos que caminamos por la vida observando a los demás y a nosotros mismos, analizamos la vida, la desintegramos en pequeñas partículas, y después, cuando cada eslabón de la cadena está donde debiera estar, creamos un esquema general de aquello que hemos vivido. En nuestra mano está pensar si ha sido todo un camino de rosas o una auténtica mierda. No hay medias tintas. Y además, ninguno de nosotros quiere pasar sin pena ni gloria, atravesando todo lo que sucede como si estuviéramos en un punto intermedio, en una zona gris donde nada nos toca. Queremos sentir, ese es el resumen. Las biografías, sean ficticias o reales, nos enseñan que toda una vida puede ser absurda, pero importantes para quien las ha vivido. Así que ahora os va a tocar conocer a Gary de la mano de Nell Leyshon, un hombre que lo pudo tener todo, que se aferró a los bolsillos de los demás para robarles, y que decidió, en un momento determinado, que vivir era casi lo mismo que esa imagen borrosa que deja el alcohol. Y es que las vidas nunca son fáciles, pero nadie dijo que no pudieran ser, al menos, interesantes.

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Desterro, de Manuel Barea reseñado por Diego Palacios Marxuach

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¡Se caga la perra! ¡Vaya que si se caga! ¡Con 26 años y ya ha parido una obra, la segunda, digna de Jim Thompson! ¡Y la primera, –aún más joven, hay que destacarlo–  ya fue I Premio Valencia de Novela Negra y finalista de unos cuantos más!

¡Joder! Me muevo otra vez más entre la envidia y la admiración más profunda. En serio.

Y para rematar, editado por Alrevés, de la que en poco tiempo he leído este y el no menos genial Te quiero porque me das de comer y reseñado por nuestro compa César Malagón. (Nota mental: Hay que tener en cuenta a esta editorial).

¿Pero qué es esto de Desterro, a qué tanta algarabía, qué es esta magna obra?

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La pertenencia

La pertenencia, de Gema Nieto

La La-pertenenciapertenencia se abre con una muerte. Muere una madre, joven, y el dolor que provoca esa muerte se extiende por la novela entera como una silenciosa mancha de petróleo en el mar. Al principio súbita, rápida, la mancha contamina todo lo que está cerca, provocando la intoxicación de los seres vivos a su alrededor y con ello las riñas, las disputas, los cambios de humor y las discusiones. Y sin embargo sus consecuencias inmediatas no son quizá las más trágicas ni las más duraderas. Una de las cosas que nos enseña este magnífico debut de Gema Nieto (Madrid, 1981) es que el dolor, inmenso, que provoca la pérdida se convierte en el golpe de viento que desencadena la caída de un débil castillo de naipes, que después cuesta años volver a poner en pie y que nunca queda como antes.

Podría resumir La pertenencia de manera simple: una niña pierde a su madre y queda al cargo de su padre, desorientado, de su débil y alcohólico tío y de su anciana abuela. Ninguno de ellos, como ninguno de nosotros, está preparado para esa muerte temprana, así que mientras lidian con ella la niña, epicentro del relato, deambula casi sin brújula por su adolescencia y su juventud. Más allá de esta reducción simplista, La pertenencia es una compleja novela de formación, que cumple con los cánones del género (un suceso muy trágico al principio, una protagonista en proceso de aprendizaje y un trayecto vital de descubrimiento que culmina en la madurez) pero que finalmente los desborda.

Una de las habilidades de Gema Nieto es su capacidad para dotar a los personajes aledaños al principal de características particulares y únicas, bien definidas y que evolucionan durante distintos pasajes del libro. El padre, el tío y la abuela, los principales roles que en la primera parte interactúan con la protagonista, tienen voz propia, toman la narración por momentos y también los vemos recorrer un camino que, como en el caso de la niña-adolescente-mujer, está transido por el dolor. La variedad en los personajes nos hace comprender también que la muerte se proyecta hacia el futuro pero de igual manera se despliega hacia el pasado; sobre todo en el caso de la abuela es notable la amarga sensación que conlleva el no encontrar un sentido a la vida pasada, consagrada a su hija muerta, y en sus pasajes observamos la destrucción como contrapunto a la construcción de la protagonista.

Cuando estos referentes van quedando atrás, o cuando la niña llega a una edad en la que dejan de serlo (cosa que ocurre justo a mitad de la novela), toman una importancia capital los libros y las lecturas como elementos definitorios de su personalidad, junto a sus propias experiencias en solitario. Vemos de esta manera pasar a la protagonista de una etapa de descubrimiento que se nutre del exterior a otra que comienza en su interior. Y entonces el sexo, las drogas y los viajes toman las páginas y el texto pierde parte de la crudeza inicial sin renunciar un punto a su calidad.

Desde el punto de vista formal, La pertenencia es intimista e hiperrealista. Gema Nieto demuestra una notable capacidad para describir en detalle, para posar la mirada sobre los objetos que rodean la trama y establecer una impronta de cada uno de ellos, sin menoscabo del ritmo del relato. A pesar de la profusión descriptiva, la narración no se resiente y las doscientas cuarenta páginas de la obra transcurren plácidamente. Aquellos que se decidan a aventurarse en este ejercicio de memoria e introspección seguramente, valga el juego de palabras, lo recordarán durante bastante tiempo después de haber cerrado su última página.

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Los impunes

Los impunes, de Richard Price

los-impunesLos guionistas de The Wire son, aparte de guionistas, en su mayoría, también escritores. Richard Price es uno de ellos y Los impunes es su novela más reciente. Como es de suponer, se desarrolla enteramente en el mundo de los policías, uno de los ámbitos profesionales más fértiles en cuanto a novelas y guiones de cine y televisión se refiere. Parece que no sólo su trabajo despierta curiosidad y guarda suficientes historias de interés como para dar lugar a un sinnúmero de relatos de ficción, sino que el desempeño policial, sus inextricables burocracias internas, sus ocasionales elementos podridos, los códigos morales, legales y de autoridad que rigen en el cuerpo, etc. son una fuente todavía más productiva.

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Euforia

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Euforia, de Lily King

euforiaLa antropología como ciencia vivió una etapa dorada en las primeras décadas del Siglo XX. Una de sus figuras femeninas más influyentes fue la norteamericana Margaret Mead, la protagonista indirecta de la reseña de hoy, porque Lily King se basa en un capítulo de la biografía de Mead para crear esta gran historia de amor, pasión y egos llamada Euforia.

“Creo que, por encima de todo lo demás, lo que busco con mi trabajo, en estos lugares tan remotos, es la libertad, encontrar un grupo de personas que les den a los demás el espacio necesario para ser lo que quieran ser. Y quizá nunca lo encuentre todo en una cultura, pero puede que encuentre fragmentos en diversas culturas, tal vez pueda ponerlos juntos como un mosaico y revelarlo al mundo.”

En 1933, Margaret Mead y su marido, Reo Fortune, también antropólogo, estudiaban las tribus pobladoras del rio Sepik en el territorio de Nueva Guinea. Allí coincidieron con otro antropólogo inglés, Gregory Bateson, formando un trío de mentes brillantes y muy distintas entre sí, pero dispuestos a colaborar. Rebautizándolos como Nell Stone, Schuyler Fenwick y Andrew Bankson, la autora ficciona lo que pudo ser ese triángulo amoroso en esa tierra inhóspita y casi desconocida. Sigue leyendo Euforia