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La leyenda de Sally Jones, de Jakob Wegelius

La leyenda de Sally Jones

La leyenda de Sally JonesDe los grandes libros infantiles, suele decirse que gustan por igual a niños y mayores. Si eso es así, La leyenda de Sally Jones debe de ser un grandísimo libro infantil, porque yo soy muy mayor y me ha gustado mucho.

Lo primero que nos llama la atención de este libro es su formato, alto, esbelto y exquisitamente editado. Nos sentimos poderosamente tentados a abrirlo y hojearlo, pero antes de ello hemos caído ya rendidos ante la calidad de las ilustraciones que nos encontramos en la portada, y las aventuras que desde allí se nos prometen.

Serán cosas mías, pero se me ocurre que alguien con un nombre tan fantástico y evocador como Jakob Wegelius estaba destinado a fabular mundos tan absolutamente irresistibles como el de Sally Jones, que nos lleva a una época pasada y, para muchos, olvidada. Algunos pensarán en la época de los inicios del cine, en los libros de Emilio Salgari, las aventuras de Julio Verne, las películas de Fu Manchú o las de Tarzán. Otros simplemente se acordarán de una cosa que se llama “infancia”.

La leyenda de Sally Jones nos cuenta la historia de una hembra de gorila nacida en mala hora, una noche sin luna ni estrellas, y condenada, por ello, a vivir una vida de grandes trabajos y desventuras. Y éstas no tardan en presentarse, en forma de cazadores furtivos belgas que la capturan y la venden a un comerciante de marfil turco, que se la quiere regalar a su caprichosa esposa. Comienza así una vida de aventuras, intrigas, soledad, violencia, lucha, nobleza y amistad eterna, recorriendo el mundo en cargueros, camiones, carromatos y caravanas circenses, y rodeada de la más alta y baja estofa de la sociedad. Por estas páginas de fascinantes ilustraciones pasan marineros, magos, condesas, contrabandistas y exploradores, que nos llevan del Congo a Borneo, pasando por Estambul, Hungría, Macedonia, París, Singapur, San Francisco, La Habana o Shanghai.

La inventiva de Jakob Wegelius, escritor y extraordinario (por si no había quedado claro) ilustrador no tiene límites ni da respiro al lector. La historia tiene tanta frescura que uno tiene la impresión de que el autor la está imaginando al tiempo que nos la cuenta, como hacemos cuando nuestros hijos nos piden que nos inventemos un cuento. Pero claro, si bien todos los padres somos capaces lanzar tantos cabos, ¡y más!, al mar, no todos sabemos luego recogerlos y hacer con ellos un soberbio nudo marinero.

Si no recuerdo mal, contaba García Márquez que nunca conoció a nadie que fuera tan buena contadora de historias como su abuela. Cada detalle, cada personaje que aparecía en aquellos cuentos  lo hacía por un motivo, y se equivocaba el pequeño Gabrielito si pensaba que su abuela se había olvidado del destino de este o aquel personaje, o que lo había introducido a tontas y a locas. A medida que la historia se encaminaba a su fin, todos y cada uno de aquellos personajes reaparecían y cumplían su, pequeño o no, pero siempre decisivo papel.

Así escribe Jakob Wegelius, un autor que, a los mayores, nos hace recordar el placer de la aventura, de la fantasía, de conocer y odiar a los malos malísimos, y de sufrir y llorar con los buenos buenísimos, que un buen día se cansan de recibir patadas y que, en el momento en que la banda sonora empieza a ponerse épica, agarran la mano que se disponía a azotarles con el látigo. Se nos pone la piel de gallina y aplaudimos entusiasmados.

Y si Sally Jones consigue hacer eso con los lectores adultos, qué os voy a decir de los niños.

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Qué haréis con este libro, de José Saramago

que hareis con este libro

que hareis con este libroSoy saramaguiana. Me da igual si no existe el término, yo me defino así desde hace una década, tras leer Ensayo sobre la ceguera. Fue mi segundo libro de José Saramago y el definitivo para que me declarara fan incondicional. Desde entonces, he leído catorce de sus novelas, uno de sus libros de poemas y uno de sus recopilatorios de artículos, y todos ellos ocupan un lugar de honor en mi librería. Solo me faltaba leer alguna de sus obras teatrales, pero gracias a Alfaguara, que ha recogido en Qué haréis con este libro su teatro completo, ya tengo esa cuenta completamente saldada.

Saber que Saramago no escribió teatro por inquietud literaria sino por encargo me hizo recelar. Enterarme de que no fue el tipo de encargo que me imaginaba —uno que quisiera aprovechar el tirón de un nobel— me tranquilizó: la primera propuesta la recibió en los años setenta, mucho antes de ser un autor conocido. Leer las páginas iniciales me bastó para que toda duda desapareciera: la impronta del autor portugués aparece desde la primera línea de diálogo.

Las cinco obras teatrales que componen este volumen recorren varias épocas y lugares: el Portugal del renacimiento, cuando Luís Vaz de Camões, actualmente considerado uno de los poetas portugueses más importantes de la historia, tuvo que ir puerta por puerta para conseguir que publicaran su primer libro (¿Qué haré con este libro?, 1980); el Münster (Alemania) del siglo XVI, durante el enfrentamiento de católicos, luteranos y anaptistas (In Nomine Dei, 1993); la Italia del don Giovanni de Mozart, una versión más del personaje, que se suma a las hechas por Molière, Byron, Espronceda, Zorrilla, Pushkin o Dumas (Don Giovanni o El disoluto absuelto, 2005); la redacción de un periódico a las órdenes del fascismo portugués, la noche en la que se inició la Revolución de los Claveles (La noche, 1979); y la sala de reuniones de una empresa, en un tiempo y lugar indeterminados, el día en el que reaparece su fundador, Francisco de Asís, para mostrar su disconformidad con los cambios de rumbo que ha sufrido su obra (La segunda vida de Francisco de Asís, 1987). En todas ellas encontramos personajes de firmes convicciones que luchan contra la injusticia, aun a expensas de perderlo todo.

Encontrarme con el Saramago al que ya conozco, con el que me siento tan cómoda y al que incluso añoro de vez en cuando, ha sido como volver a casa. Para los saramaguianos es un placer que aún nos queden obras que descubrir de nuestro autor favorito, y más esta, que reúne en un solo tomo todas sus obras de un género determinado. Pero creo que incluso para los detractores de su particular forma de escribir narrativa (en la que prescinde de puntos y de rayas de diálogo) es una oportunidad de redescubrir al autor portugués, sin que la forma desvíe la atención del fondo. Porque su fondo sí que está, el de siempre, con sus temas recurrentes (la dictadura sufrida por su país, las incoherencias religiosas, las convicciones políticas, la lucha por un mundo mejor), sus reflexiones y sus ironías. Su profundidad habitual, pero revestida de la aparente —solo aparente— sencillez del diálogo teatral. En cambio, quienes no soportan su retórica, esos que se atreven a tildarla de pedantería, no apreciarán este libro. Porque Saramago es Saramago, único e inconfundible, ya sea en prosa, en verso o en dramaturgia.

Como cualquier otro escritor, Saramago se planteaba para qué servirían sus libros en el futuro, cuánto tiempo perdurarían en el tiempo. El título escogido para su teatro completo nos lo pregunta directamente: Qué haréis con este libro. Yo, como buena saramaguiana, tengo clara la respuesta: leerlo recreándome en cada frase, recomendarlo a todo aquel que quiera escucharme y colocarlo junto a sus obras hermanas en el estante que tengo reservado solo a ellas, con la ilusión de estar un poco más cerca de tener todos sus libros conmigo y la pena de saber que, a partir de ese momento, no habrá más Saramago que descubrir. ¿Qué haré yo entonces, huérfana lectora a la deriva? Volver a ese estante para reencontrarme con mis viejos conocidos. Ellos siempre estarán ahí para mí cuando necesite una dosis de Saramago, una dosis de lucidez.

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Nosotros en la noche, de Kent Haruf

Nosotros en la noche

Nosotros en la nocheLa verdad es que esta novelita de apenas ciento veinte páginas me ha conmovido hasta límites insospechados y me ha removido y sacudido bastante. Tan solo con leer la sinopsis supe que me iba a gustar. Digamos que fue algo así como un flechazo.

Cuando leí el libro iba por su segunda edición. No sé si ha cambiado algo desde entonces, pero me parecería normal que fuese ya por una tercera. Se lo merece. Además, Nosotros en la noche, publicado por Literatura Random House, ha sido galardonado con el premio Whiting Award y nominado al National Book Award. No es una novelita cualquiera.

Kent Haruf, un escritor americano autor de cinco novelas más, es el creador de este libro. Yo no conocía a este escritor, pero creo que después de leer este libro voy a tratar de leer sus otras novelas. La historia que rodea a la escritura de esta novela es un poco nostálgica (algo así como el propio libro). Resulta que en 2014 los médicos diagnosticaron a Haruf pocos meses de vida. Aun estando enfermo, escribió esta novela y justo después de haber entregado a su editor las últimas correcciones, falleció. Nunca llegó a verla publicada, nunca supo que había vendido miles de ejemplares. Triste, ¿verdad? En realidad, lo que más me conmueve de todo esto es que, sabiendo que iba a morir, tuviera las fuerzas y las ganas de escribir un último libro. Me conmueve la historia que narra en él, porque todo adquiere otro cariz cuando conocemos las condiciones en las que la escribió. Me conmueve enormemente el mensaje que deja en él. Yo, que soy tremendamente sensible y este libro que es tremendamente emotivo. Ya podéis haceros una idea de lo que ha significado para mí, ¿no?

No me gusta destripar los argumentos de los libros y con éste corro el riesgo de hacerlo porque me van a poder la ganas y porque, aunque corto, es intenso. Tranquilos, voy a contenerme, no seré tan malvada.

Louis y Addie son los protagonistas de Nosotros en la noche. Ambos son vecinos desde hace muchos años en Holt, Colorado. Los dos, ahora en la vejez de sus vidas, llevan viudos muchos años. Y éste es uno de los primeros puntos que me toca especialmente la fibra: la gente mayor que vive sola, que se ha acostumbrado irremediablemente a la soledad. Addie, sin embargo, le echa valor y un día va a casa de su vecino Louis con una proposición: dormir juntos. Simplemente eso. Cuando anochece son las horas más difíciles para los dos, el momento en que la soledad se instala en sus casas y en sus cuerpos. Por eso, Addie quiere que su vecino vaya a su casa a dormir con ella. Así podrán charlar, podrán entretenerse y olvidar, durante esa noche, que están solos.

Louis acepta y como supondréis al principio es una situación bastante extraña. Cuando cae la noche, Louis coge su pijama y su cepillo de dientes y se planta en casa de su vecina. Pero esa sensación incómoda tarda poco en desaparecer. Pronto empezarán a sentirse muy a gusto en compañía. Charlan, repasan sus vidas, sus matrimonios y sus sueños. Y lo que es más importante, les importa muy poco lo que los demás habitantes del pueblo puedan pensar de esta atípica relación nocturna.

Sin embargo, aunque ellos, por decirlo de una manera coloquial, estén de vuelta de todo, no todo el mundo piensa ni siente igual que ellos. Y aquí, amigos, hay una lección muy grande para todos. Si dos personas adultas no tienen ningún miedo a la opinión del resto de la gente, ¿quién se cree la gente para opinar sobre ellos?, ¿quién nos creemos que somos? Sí, me enerva este tema y a la vez me emociona. Qué bien si no tuviéramos prejuicios, ¿verdad? Qué genial sería si la gente pudiese hacer lo que le dé la gana sin tener que dar explicaciones. Sabrán ellos, sobre todo nuestros mayores, lo que quieren, ¿no? Preciosa novela. Preciosa lección, lectores.

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Los gigantes dormidos, de Sylvain Neuvel

los gigantes dormidos

los gigantes dormidosLos mechas no son muy populares por estos lares, y mucho menos en la literatura de ciencia ficción que por aquí se consume. El único referente que tenemos en este país es Mazinguer Z, y solo para mi generación, la que creció con dos canales de televisión, tres si tenías autonómico, y que cursábamos aquello de la EGB. En los noventa, algunos mangas con más o menos fortuna también tocaron el tema.

Estos robots gigantes tripulados tan espectaculares, parece que por fin empiezan a dejarse ver por aquí, Los gigantes dormidos es una buena muestra de ello, además de algunas novelas más que llegaran en 2017.

La historia de esta novela ya la hemos visto antes; Sylvain Neuvel, doctor en lingüística, ingeniero de software, vendedor de helados e incluso descontaminador de suelos, colgó esta historia por entregas en una página web. Tal fue el éxito (la web de reseñas Kirkus Reviews le otorgó el premio a mejor novela indie en  2015)  que una editorial se decidió a publicarla en papel. Después llegaron la venta de los derechos a Sony para hacer una película y los elogios de tipos como Blake Crowch, autor de la trilogía de Wayward Pines.

Rose Franklin, de once años, sale a dar una vuelta con su nueva bicicleta. Llega hasta las afueras de la urbanización donde vive, que linda con el bosque, y se adentra un poco entre los árboles. Una luz brillante llama su atención, así que aparca su bicicleta y se acerca a ver cuál es la causa de dicho resplandor. Lo siguiente que recuerda es despertar en el fondo de un agujero, rodeada de bomberos, aturdida y al parecer, encima de una mano gigante de aspecto metálico.

Diecisiete años más tarde el caso de la mano gigante sigue sin resolver, pero el expediente acaba de ser transferido a la universidad de Chicago y para dirigirlo han contratado a una de las científicas más prestigiosas del país, una mujer llamada Rose Franklin, la niña que encontró la mano. Rose monta un equipo con lo mejor de lo mejor y no tarda en empezar a tener buenos resultados, incluso descubre la manera de encontrar más piezas de ese supuesto robot gigante si es que hubiera más por ahí enterradas.

La historia, sin revelar demasiado, toma la dirección que uno espera, las piezas del robot van apareciendo por todas partes del mundo y el robot va siendo ensamblado al mismo tiempo que el equipo intenta desvelar como hacerlo funcionar. Neuvel sabe cómo atrapar al lector, las dosificaciones de información están milimetradas, la acción está perfectamente medida, los cliffhangers son numerosos. Es ese aspecto recuerda mucho a un thriller, de hecho se podría considerar un thriller de ciencia ficción, con todo lo bueno y todo lo malo de esa etiqueta.

Una de las cosas que me ha gustado y que le da buen ritmo a la novela es la manera en que está concebida. Nada de una historia lineal convencional, Neuvel ha montado la trama a base de informes. Cada informe pertenece a un personaje, a veces central, ya que no hay un único protagonista, a veces secundario, a veces anónimo. Incluso hay informes de una cámara de vigilancia. Cada informe un capítulo diferente, un espacio diferente, entrelazados entre sí formando una historia única con diversos puntos de vista.

Los gigantes dormidos es una novela entretenida y adictiva, con algún fallo que otro, pero bien formulada y con un buen trabajo detrás. De estilo sencillo y directo, Neuvel es claro y conciso, sin entrar demasiado en profundidad en cuestiones técnicas sobre el robot o la tecnología empleada en construirlo, hacerlo funcionar y demás. Puede que se quede corto para alguien acostumbrado a leer mucha ciencia ficción, un lector de ciencia ficción dura, o alguien que busque algo más que un simple entretenimiento. Pero será suficiente para el resto. Y aunque para mi gusto, la historia pierde un poco la esencia hacia la parte final de la trama (por la dispersión y el cambio constante de rumbo de la historia),  Neuvel sabe volver a cogerte con un final sorprende (aunque quizá no demasiado inesperado si estabas un poco atento) y consigue inocularte las ganas de lanzarte a por la segunda parte.

En definitiva, una novela para empezar a cogerle el gusto a la ciencia ficción y profundizar en eso tan chulo que son los Mechas.

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Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal

Reparar a los vivos

Reparar a los vivosSimon Limbres tiene un accidente de tráfico. Muy grave. Se lleva la peor parte en un choque frontal cuando vuelve de hacer surf con unos amigos y queda en estado crítico. Este hecho, tan común como trágico, es el desencadenante de todo lo que ocurre en Reparar a los vivos, la excelente novela que lanzó a Maylis de Kerangal más allá de las fronteras francesas y que ahora incluye Anagrama en su catálogo de Compactos.
Reparar a los vivos explora con éxito la última frontera de la vida, la que la separa de la muerte. La vida que se tambalea encima de la cuerda del funambulista, a punto de caer al abismo, y las muertes de aquellos que la contemplan sin poder hacer nada, por muy unidos que estén a aquel que se la está jugando en el alambre. Entre ellos, los jóvenes padres del veinteañero Simon, sobre cuya separación aprendemos en las largas horas de sala de espera, Cordelia, la novata insegura que pasa una guardia entera pendiente de una llamada, Thomas Rémige, el enfermero que se gasta tres mil euros en un jilguero…
Ya adelanto que el argumento va más allá de la existencia incluso, y que aborda cuestiones de calado moral y científico relativas a los alrededores de la defunción. La sacralización del cuerpo, el vínculo entre el corazón y el espíritu y, sobre todo, la borrosa y discutida línea a partir de la cual se considera que todo ha terminado. Todo ello en salas de operaciones, entre cirugías, bisturís y electrocardiogramas, pero sin olvidar que detrás de siglos de evolución médica siempre se encuentran latiendo los corazones de hombres y mujeres que ríen, lloran y sufren como el resto. Y que se terminan convirtiendo, más allá de Simon Limbres, en los verdaderos protagonistas del relato.
El envoltorio técnico de Reparar a los vivos resulta abrumador, impresionante. Los procesos que discurren en el hospital son descritos de manera tan poética como precisa por Maylis de Kerangal, adicta al detalle, nunca corta de sustantivos y adjetivos para definir cada instrumento, cada sensación, cada movimiento. La obra no pierde tensión por ello, porque flota en el ambiente la sospecha de que puede girar y transformarse a la vuelta de la siguiente página. Sin embargo, sí es cierto que para los lectores más puntillosos habrá un cierto exceso barroco en la manera de expresarse de la autora, una tendencia a dar más explicaciones de las debidas y más vueltas de las razonables.
Por mi parte, me quedo con la impresión de que, como ocurre con la propia narración, este es un libro de digestión lenta. El lector que se enfrenta a él necesita tiempo para paladearlo, para disfrutarlo completamente, y su complejidad (sintáctica, gramatical) hace que no sea adecuado para el metro, los aeropuertos o los cafés concurridos, en los que cualquier distracción interrumpe la lectura. Es necesario poner todos los sentidos en él para disfrutar Reparar a los vivos, aunque les prometo que, cuando se consigue, se disfruta de manera tremenda.
En resumen, Reparar a los vivos es una de las novelas que más me han impresionado este año y uno de esos libros que, quizá, se vayan filtrando poco a poco en el inconsciente colectivo hasta quedar en el recuerdo como una obra importante. Por ahora ya tiene película, ha pasado por la SEMINCI de 2016 y cruzo los dedos para que tarde o temprano llegue al cine de mi barrio o (de manera legal) a la pantalla de mi ordenador. Será mejor el libro, seguramente, pero eso, en este caso, será lo de menos.

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Assassination Classroom 15, de Yusei Matsui

assassination classroom 15

assassination classroom 15«¡El sonido de los disparos retumba en el aula a primera hora de la mañana! La clase de 3º-E de la escuela secundaria Kunugigaoka es un aula de asesinato en la que todos los alumnos intentan matar a su profesor. ¡Empieza una peculiar dinámica diaria entre profesor y alumnos, que son víctima y asesinos en potencia respectivamente!».

Las premisas de los mangas suelen plantear dilemas morales muy atrayentes. Por eso, cuando leí la sinopsis de Assassination Classroom, de Yusei Matsui, no me fijé en nada más y me lancé a leerlo. Entonces me percaté del número 15 que acompaña al título y me di cuenta de que me había perdido demasiados capítulos de esta historia. Obviamente, me temí lo peor. Pero la presentación de personajes, el breve resumen inicial y los continuos recordatorios de acontecimientos anteriores han hecho posible que me ubicara en la trama y disfrutara de este volumen en solitario, aunque haya comenzado la lectura en un punto avanzado de la historia. Queda claro que, un tiempo atrás, un monstruo destrozó la Luna y, después de anunciar que dentro de un año haría lo mismo con la Tierra, se convirtió en el tutor de la clase 3º-E, donde acaban todos los alumnos que se portan mal, despreciados por el resto de la escuela. En el volumen 15 están a mitad de curso y este peculiar profesor ya ha salido airoso de más de una tentativa de asesinato. Los alumnos, muy aplicados, no dejan de intentarlo, por supuesto.

Es inquietante que tu tutor sea un monstruo que amenaza con destruir el mundo. Que el objetivo de la asignatura sea matarlo, también, y más aún cuando su nombre, Korosensei, significa «profesor imposible de matar». Pero el colmo es su ¿simpático? aspecto, su amabilidad y su perenne sonrisa.

korosensei

«Uno: Tratad de matarme de modo que os puedan mirar con orgullo y una sonrisa en el rostro.
Dos: Aceptaré cualquier intento de asesinato en cualquier momento, siempre y cuando eso no suponga un obstáculo a vuestros estudios.
Tres: No haré ningún daño a los alumnos que traten de matarme. Más bien me encargaré de que no se oxiden los cuchillos».

Según Korosensei, no los está enseñando a matar, sino a vivir. Tanto él como el director y los alumnos dejan algunas reflexiones sobre los ideales educativos y la muerte, y ahondan en esa dualidad de la moral de la que hablaba al principio. Su lectura, al igual que la de otros títulos manga, te deja con la sensación de no saber diferenciar el bien del mal.

En el volumen número 15 de Assassination Classroom se desvelan algunos secretos que sorprenderán a los que siguen este manga desde el principio, y estarán un poco más cerca de saber el verdadero motivo por el que hay que matar al encantador Korosensei antes de que finalice el plazo de un año. A los lectores despistados como yo, les plantea las suficientes preguntas para que se interesen por esta colección y quieran descubrirla desde el principio. Son 21 volúmenes (si no me equivoco) y además hay película, anime y videojuego inspirados en ellos. Así que, después de todo, no he llegado tarde: me queda mucho por descubrir de Assassination Classroom y su desconcertante protagonista.

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Diarios del Sáhara, de Sanmao

Diarios del Sáhara

Diarios del SáharaSi cuando uno revisa las emociones sentidas tras leer un libro cualquiera puede resultar difícil separar lo leído de lo sentido, en este caso la dificultad de hacerlo es tal que conviene rendirse y asumir que el libro es su protagonista y su protagonista es su autora. Así, cuando un piensa que en Diarios del Sáhara ha leído a Sanmao y lo ha hecho como si la hubiera conocido, qué se yo, sentado junto a una hoguera en el desierto, puede sentirse lo suficientemente reconfortado como para afrontar la tarea de reseñarlo como quien habla de una amiga. El magnetismo de Sanmao es tal que no hay otra opción, pero si la hubiera, si pudieran leerse los Diarios del Sáhara fríamente, analizándolos como el testimonio histórico que sin duda también es, sería tan triste, supondría una traición tan manifiesta al sentimiento con el que el libro fue escrito y a la vez se perdería uno tanta cosas que es mejor ni pensar en ello.
Pónganse por un momento en situación. Imaginen a una joven taiwanesa en la España de los setenta, una mujer de buena familia, de cierto nivel cultural y poseída por un espíritu de aventura tan irrefrenable que traducido en kilómetros resulta asombroso para su época. Y si esa imagen de una joven urbanita sola que probablemente fuera la primera persona de rasgos orientales que viera en su vida una amplia mayoría de las personas con las que se cruzara por la calle en Madrid no les parece lo suficientemente evocadora, trasládenla al Sáhara en sus últimos momentos como colonia española y entenderán cómo debe sentirse un marciano en Bollullos, por poner un ejemplo. El paso siguiente para entrar en situación es sencillo, lean y quieran al marciano.
El escenario es terriblemente atractivo para cualquier lector español actual mínimamente interesado en el Sáhara, que somos legión, pero no esperen encontrarse un retrato bucólico lleno de estampas románticas de los buenos y nobles beduinos del desierto. El retrato del ambiente y de las gentes que se encontró Sanmao es el único aceptable para alguien con una relación con la literatura tan sincera como ella, descarnado pero hermoso. Y la belleza no nace en el paisaje, que podría, sino de la mirada limpia de la autora. Fíjense que sencillo y piensen en lo infrecuente que es: simplemente cuenta lo que ve.
Dicen de Sanmao que fue un alma errante y puede que lo fuera, pero antes y después del Sáhara. Mientras estuvo allí su alma soñadora estuvo en su casa, y no creo que después de leer los Diarios del Sáhara tengan dudas al respecto. Quien ama un lugar siendo consciente de sus defectos, que existían y eran múltiples, es porque es su lugar. Ella no estuvo sola en el Sáhara, estuvo con su marido, otro personaje entrañable que Sanmao hace grande no idealizándolo, sino describiéndolo con total sinceridad, incluso riéndose de él en ocasiones. Esos pasajes en los que se burla de su marido (al que quería profundamente) son, si lo piensan bien, muy españoles, su sentido del humor cuando se divierte ante el desconocimiento de José de las tradiciones, especialmente las gastronómicas, de su país natal es muy nuestro, aunque no sea especialmente edificante.
Hay pasajes duros, la vida era difícil y a las adversidades propias del medio y la situación política se suman las que provocan las diferencias culturales con sus vecinos, porque no vivían en la zona de los españoles, sino en la de los saharauis. Los hay, especialmente el último, que no se pueden leer sin una gran tristeza. En otros sin embargo es imposible refrenar la sonrisa o incluso la risa, una sonrisa tan abierta como los ojos. Ella no escribía por perseguir la posteridad, la fama ni el dinero, lo hacía por necesidad. Simplemente no podría no haber escrito impostadamente como no podría no haber vivido el desierto y contentarse con una urbanización de relativo lujo equiparable a la de la colonia. No sé si me creerá pero lo digo con total sinceridad: empiece el libro por curiosidad, compromiso, coincidencia o cualquier motivo que le lleve a él, pasadas pocas páginas el espíritu de Sanmao logrará que continúe leyendo por necesidad. Al final puede que tenga que frotarse los ojos para enjugarse las lágrimas y los granos de arena, en todo caso tendrá una amiga más. Sólo le pido una cosa, dele recuerdos de mi parte. Se lo agradeceré.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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La caza del carnero salvaje, de Haruki Murakami

La caza del carnero salvaje

La caza del carnero salvajeMuchos conocimos a Murakami leyendo Tokio Blues y/o Kafka en la orilla, sus novelas más famosas. La lectura de una obra del autor nipón lleva a una reducción muy simplista, casi maniquea; o te encanta, o le aborreces. Los que decidieron (decidimos) seguir, tienen la suerte de poder leer casi completa la bibliografía del autor traducida al español, incluidas sus primeras obras, esas que pese a no tener la calidad literaria que atesoran sus “hermanas mayores”, ofrecen ya destellos de lo que sería capaz de producir en años posteriores. En 2015, tras levantar el propio Haruki su veto de publicación, llegaban a España sus dos primeras obras, Escucha la canción del viento y Pinball 1973, dos obras surrealistas pero muy interesantes protagonizadas por jóvenes sin rumbo, perfil usado por el autor repetidas veces. Y en este 2016, Tusquets publica su tercera obra, La caza del carnero salvaje (publicada en 1992 por Anagrama, cuando todavía “Murakami no era Murakami”).

Esta primera novela larga del autor japonés bien podría englobarse en una trilogía con las dos anteriores. Vuelve a estar protagonizada por el joven sin nombre. ¿Por qué sin nombre? El propio personaje lo deja claro en la novela, “supongo que porque no me gustan los nombres. Yo soy yo; y tú eres tú; y nosotros, nosotros; y ellos, ellos. ¿Y para qué más, si con eso basta?”. Actualmente tiene 30 años, una empresa de traducción con poco éxito, un divorcio reciente y una nueva novia (también sin nombre) con poco que resaltar, salvo unas orejas extremadamente atractivas. Su vida anodina da un vuelco tras recibir una carta de su amigo el Rata (el mismo Rata que salía en las novelas anteriores) con una foto de un carnero de ojos azules y una estrella en el lomo dentro de un paisaje montañoso. Al parecer, la publicación de esa foto molestará a una organización secreta, que impondrá al protagonista la misión de encontrar ese carnero, so pena de arruinar laboralmente su ya de por sí bastante decrépita carrera. Mochila al hombro, y acompañado de la mujer de las orejas, el joven sin nombre viajará al norte de Japón, a la isla de Hokkaidō, en busca de un imposible; localizar el dichoso animal y descubrir el por qué de su misterio.

La caza del carnero salvaje comienza lentamente. Tiene ese ritmo pausado de Murakami, que cambia de personaje en personaje entre diálogos intrascendentes que sin embargo no producen hastío. Páginas y páginas sin que pase absolutamente nada, pero siempre deseando saber más. Ese efecto, que unos consideran una virtud, otros lo ven como un defecto. ¿Quién tiene razón? El caso es que de no pasar absolutamente nada, la novela deriva en un pseudothriller bastante interesante, un viaje a dúo por el norte de Japón que es más bien una búsqueda personal de dos viajeros recién llegados a la treintena, una época marcada como punto de inflexión vital, el momento en el que echar un vistazo al pasado o pensar en el futuro puede dejarnos bastante desnortados. En definitiva, dos partes muy diferentes, tanto de temática como de estilo. Un bendito desequilibrio narrativo que descoloca mucho pero gusta más.

Ese crecimiento en la calidad de la trama desemboca en un final excelso. La ambientación y atmósfera creada por Murakami en sus últimos capítulos son literatura de alto nivel y ese surrealismo amateur de sus inicios se profesionaliza con la aparición de personajes como el Hombre Carnero. La caza del carnero salvaje tiene que leerse rápida al principio y lenta al final, saboreando todo lo que el autor quiere contarnos. Así es el mundo de Murakami, lleno de rarezas y fantasías.

En La caza del carnero salvaje estamos ya ante un Murakami maduro y auténtico, aunque siga creyendo que para empezar con el autor no hay mejor novela que Tokio Blues. Muchos han leído este libro tras leer Baila, baila, baila, libro posterior donde vuelve a aparecer el Hombre Carnero (y el Hotel Delfín). Yo haré el viaje contrario. Seguro que será igual de bueno. Cada libro que leo de Murakami me hace estar más convencido de que el bando bueno es el de los defensores del autor nipón. Eso que se pierden los detractores.

César Malagón @malagonc

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José Saramago, en sus palabras, de Fernando Gómez Aguilera

José Saramago en sus palabras

José Saramago en sus palabrasEl paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.

José Saramago en sus palabras es una recopilación de centenares de frases, pensamientos y declaraciones en la prensa que el Nobel de Literatura hizo desde la segunda mitad de los años setenta hasta comienzos de 2009. De esta manera, no solo podremos ir recorriendo su pensamiento a lo largo del tiempo, sino sobre todo confirmando algo que los que lo conocemos no necesitamos ratificar: su capacidad crítica, inteligencia, lucidez y libertad a la hora de decir lo que sentía, sin censuras y poniendo siempre el eje en la defensa de los excluidos y la reivindicación de los derechos humanos.

Fernando Gómez Aguilera, poeta, ensayista y filólogo, fue el encargado de recolectar las palabras del genio portugués y es digno de destacar su trabajo, que, a lo largo de más de 500 páginas, nos ofrece un panorama completo acerca de los valores éticos de Saramago. El libro en sí, está estructurado en tres grandes capítulos (Quien se llama Saramago, Por el hecho de ser escritor y El ciudadano que soy) que a su vez se dividen en decenas de temas que abarcan todo el mundo opinable del autor, entre los que podemos destacar los dedicados a Dios, el pesimismo, la muerte, la literatura, la historia, el comunismo, Europa o Sudamérica.

Particularmente, no pude despegarme del libro en el apartado “novela” en el que se recopilan todas las declaraciones de Saramago sobre los diferentes libros que fue publicando y que me permitieron descubrir muchos datos no conocidos sobre el “detrás de escena” de la creación de sus publicaciones. “Lanzarote”, donde cuenta su relación con esa isla española en la que residió hasta el final de sus días, es también muy interesante, porque narran el dolor que le causó tener que dejar su país, pero al mismo tiempo el hecho de, a una edad avanzada, encontrar un lugar en el mundo y volver, de alguna manera, a comenzar.

Disfruté del libro tanto como sus mejores novelas y a medida que iba leyéndolo, reconocía una vez más que la línea entre escritor y ciudadano, en Saramago, no existió nunca, ya que en la vida no ficcionada mantenía los mismos valores y el mismo compromiso con el mundo que, en forma de parábolas, mostraba en sus grandes éxitos literarios.

Recomiendo Saramago en sus palabras a todos aquellos lectores del mundo que, al menos, haya leído cinco o seis de sus novelas, ya que este libro actuará como un excelente complemento para su obra literaria y al mismo tiempo como un buen compendio de su enorme y eterna sabiduría.

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Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), de Liz Pichon

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)Tengo un morro que me lo piso. Si queréis saber por qué, seguid leyendo. De momento, para empezar, quiero expresar la envidia que me dan mis hijos, que tienen a su alcance lecturas tan divertidas como toda la serie de Tom Gates, un pequeño fenómeno editorial que lleva años arrasando en el Reino Unido, tanto en ventas como en crítica, y que aquí también está conquistando a todo lectorcito que se le acerca.

Será que la memoria me traiciona, o que mis padres no tenían buen ojo, pero yo juraría que, cuando era niño, no había libros como éste, al que, creedme, pocos chavales de entre 7 a 12 años se pueden resistir. Servidor era más que feliz con sus Astérix, sus Mortadelo y sus Clásicos ilustrados, pero las lecturas más densas (entiéndase, sin viñetas) acababan irremisiblemente acumulando polvo en las estanterías. Eran esos libros que me regalaban y que, decían, me iban a encantar, esos clásicos que encandilaron a papás y abuelos. Lo hubieran hecho, sin duda, eso de encandilarme, pero para ello antes debería haberme aficionado a la palabra desviñetada con un personaje como este pillo llamado Tom Gates, que nos habla de algo tan sencillo como la vida normal de un niño normal en un colegio normal. No hay fantasmas, piratas, misterios ni magia. Sólo las trastadas de un niño que se pasa las clases dibujando garabatos; sus horas libres, intentando que su grupo de música no desafine hasta niveles insoportables, y que, los lunes, de vuelta al cole sin los deberes hechos, se ve obligado a inventar las más fantásticas excusas.

Algo parecido a lo que he hecho yo (de ahí lo del morro que decía al principio), que he pedido a mis hijos, de 10 y 12 años, que me escriban la reseña. Yo estaba demasiado ocupado haciendo… No, sí que la había escrito, pero vino un alien, me ató las manos, me torturó haciéndome cosquillas y se llevó el ordenador. De verdad. Así que he tenido que pedir ayuda.

Dice mi hija:

“El señor Fullerman da regalitos el último día del trimestre, y Tom consigue… ¡un taco enorme de adhesivos! Pensaréis que es el peor regalo del mundo, pero Tom ha descubierto una cosa muy interesante que puede hacer con ellos.

“Tom se va a un campamento con sus padres, su hermana Delia (por desgracia), y también viene un personaje nuevo: Avril, la amiga de Delia. Tom se encuentra con Amy (compañera del cole) y espera que ella no le diga a nadie lo que ha visto hacer a Tom. En el campamento está lloviendo toooodo el rato y Tom se inventa muchos juegos interesantes para hacer.

“La mejor parte es cuando Tom, su padre, su madre, Delia y Avril se creen que están en el campamento de verdad, pero no, están en un campamento abandonado, por eso caen gotas del techo todo el rato”.

Todo ello, y esto lo digo yo, acompañado de unas ilustraciones  sencillísimas, casi de palo, pero al mismo tiempo sutiles (la autora, Liz Pichon, es ilustradora profesional) y francamente divertidas. De hecho, el diseño y las ilustraciones han sido lo que mi hijo mayor ha encontrado absolutamente irresistible. En sus propias palabras:

“En este libro, Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), hay muchísimas páginas para hacer dibujos y garabatos como Tom, por ejemplo:

Aprender a dibujar a Marcus (el nene repelente).

Tus propias excusas parano hacer los deberes.

Garabatofrutas.

Garabatopajitas

Lo que puedes ver por un catalejo…

En fin, creo que ni yo mismo lo hubiera dicho mejor. Mis hijos, incluida la pequeña, de 7 años, son fanáticos de la serie, y este volumen, me dicen, está a la altura de los mejores. Yo lo he leído, de verdad, pero el alien que me robó el ordenador también me borró la memoria.

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Plinius 1, de Mari Yamazaki y Tori Miki

Plinius 1

Plinius 1Nos ha tocado en suerte vivir en la era del cinismo. Somos capaces de dar explicación a aquellos misterios que durante siglos han sido insondables, y que llevaban a nuestros antepasados a elucubrar teorías que hoy nos hacen reír. Desde la furia de la naturaleza desatada en forma de tormentas, volcanes, terremotos, relámpagos o tsunamis, hasta el comportamiento del átomo, pasando por el funcionamiento de nuestro cuerpo, o la edad de las estrellas, sabemos que todo tiene una explicación científica, y que la revelación de aquellos secretos que todavía se nos escapan no es más que una cuestión de tiempo. Nada puede sorprendernos ya, pues estamos de vuelta de todo, y las más fantásticas predicciones científicas no son recibidas con asombro, sino con admiración por nuestra propia capacidad, como seres humanos, de dominar el ingenuo poder de la naturaleza, que ha pasado, o eso creemos, a estar a nuestro servicio. Deberíamos considerarnos afortunados por  vivir en esta época, ¿verdad?

No cabe duda de que, a lo largo de los siglos y hasta hace apenas cuatro días, nuestro mundo ha sido el mundo de la magia, la oscuridad, la superstición y el miedo, pero también un jardín de las maravillas donde bajo cada piedra se abría un universo por explorar. La reacción natural del ser humano ante un cielo que se les venía encima con su espantosa carga de rayos y centellas era implorar piedad a los dioses e intentar aplacar su furia. Pero siempre hubo unos pocos, muy pocos, que eran capaces de salir de la cueva que los protegía y mirar al cielo cara a cara, desafiando a esa presunta furia divina, para intentar hallar la verdadera explicación del fenómeno o, sencillamente, deleitarse con su belleza. Plinio el Viejo fue uno de ellos.

De esta guisa, precisamente, se abre Plinius 1, esta interesantísima y sorprendente novela gráfica de Mari Yamazaki y Tori Miki. Estamos en Pompeya, que está a punto de ser destruida por la erupción del Vesuvio. Tiembla la tierra, un pestilente gas se infiltra por cada rincón de la residencia de Plinio y empiezan a caer cascotes y piedras  del techo. El pánico se apodera de toda la corte de colaboradores, subalternos, familiares y esclavos que acompaña a nuestro héroe, quien, sin embargo, no se deja apresurar y se niega a abandonar la zona sin antes darse un baño y cenar tranquilamente. Su escribiente, Eukles, que lo acompaña desde los 18 años anotando cada una de las observaciones y reflexiones de su señor, se asombra de la sangre fría de su señor, y recuerda las circunstancias, muy parecidas, en que lo conoció, años atrás.

El flashback nos lleva al paisaje después de otro desastre, la erupción del Etna, en Sicilia, que destruyó la casa familiar de Eukles. Mientras intenta rescatar alguna de sus posesiones, el joven ve interrumpida su búsqueda por la aparición de un excéntrico romano que habla un griego perfecto y muestra un conocimiento ilimitado. El romano le pide a Eukles que le preste la tablilla de cera, el único recuerdo de su padre, pues necesita”dejar escritas unas cosas”. De este modo se inicia su colaboración. Plinio habla, fantasea, imagina y, probablemente, bromea. Eukles apunta frenéticamente y se admira de la curiosidad omnívora e insaciable y la sapiencia de Plinio.

No cabe duda de que a los cínicos nos cuesta tomarnos en serio algunas, si no muchas, de las teorías e historias de Plinio. ¿Un hombre que muere devorado por los piojos? ¿Rayos que se generan en el planeta Júpiter? Pero no os engañéis: Plinio se adelantó a su época. ¿Cuánto? Unos veinte siglos, aproximadamente.

Y mientras nuestro héroe y Eukles emprenden, dando un largo y lento rodeo, el regreso a Roma, entreteniéndose con historias de orcas y, en una escena genial, el testimonio de un niño que ha visto un monstruo marino, llegan órdenes del emperador Nerón. Plinio debe regresar inmediatamente a Roma. Seis veces lo ha hecho llamar para que acuda a su recital de cítara, y seis veces se ha negado el audaz naturalista. Nerón empieza a impacientarse, pero claro, si a Plinio no lo amedrenta la lava hirviendo, tampoco lo hará un vulgar emperador, por muy parricida que sea. En cualquier caso, se masca la tensión.

En el libro tenemos, pues, dos historias. Por una parte, la que nos muestra al genial naturalista, y por otra, un brillante retrato de Roma, de Nerón y de su intrigante amante Popea. Al mismo tiempo, Ponent Mon ha intercalado a lo largo del libro diversos fragmentos de una interesante entrevista con los autores, Miki Tori y Mari Yamazaki, esta última, auténtica apasionada de la Antigua Roma y autora de otro clásico del manga situado en la época: Thermae Romae.

En fin, queridos amantes del manga, de la biografía o de la Roma clásica: no os perdáis este Plinius 1, destinado a convertirse en un pequeño clásico del manga biográfico. Y todavía no hemos llegado al segundo volumen.

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La Esposa joven, de Alessandro Baricco

la esposa joven

la esposa jovenAlessandro Baricco.

¿He de decir algo más para que desees leer La Esposa joven?

¿¡Sí!?

Eso es porque no has leído antes a Baricco. Quien lee Seda queda fascinado para siempre, leyendo un libro tras otro, a la espera de hallar en otros autores la belleza y la lucidez que irradia Alessandro Baricco en cada frase. Y no es que yo sucumba con tanta facilidad a las artes de un diestro escritor, es que con Tierras de cristal me cautivó más si cabe. La conexión fue total. ¿Has sentido alguna vez que un escritor había escrito exactamente la historia que querías leer? ¿Has sentido alguna vez que esa era la historia que tú hubieras deseado escribir? Pues eso es lo que me pasa con Baricco.

Cuando vi La Esposa joven ni siquiera leí la sinopsis, algo impropio de mí. ¿Qué más me da de qué fuera? ¿Una joven de dieciocho años, la Esposa joven, llega a la casa de sus futuros suegros y se queda a vivir allí, a la espera de que regrese de su viaje el Hijo, con el que se casará? Pues bien, esa es la premisa, la excusa. No importa lo que pase desde ese momento hasta el final, solo quiero disfrutar de Baricco, palabra por palabra, de su humor desbordado de melancolía.

Los mundos de Baricco son inescrutables, con sus propias y extravagantes reglas. Aquí se teme a la noche, la infelicidad no es bienvenida porque es una pérdida de tiempo y tampoco se puede leer, pues es un paliativo de la vida innecesario. Los desayunos son actos ceremoniosos que duran horas, el Tío se pasa el día durmiendo, sin que eso le impida realizar sus labores e intervenir en las conversaciones cuando es necesaria su excepcional lucidez, y Modesto, el mayordomo, ha perfeccionado la tos como sutil código de comunicación y advertencia. Personajes que recuerdan a la literatura sudamericana, otra de mis grandes debilidades, donde los puntuales actos fuera de lo común se convierten en formas de vida.

El Padre, la Madre, la Hija; aquí nadie de la Familia tiene nombre, igual que hiciera Saramago en Ensayo sobre la ceguera. Y esa no es la única similitud que he encontrado con mi otro autor fetiche, pues los diálogos se suceden sin raya que los señalen, ni acotación que aclare quién parlamenta, aunque sin llegar al extremo de unirlos en una línea continua, recurso característico del nobel portugués. Y es que cuando la narración está en manos de genios, como lo son Baricco y Saramago, no se precisan etiquetas que concreten y limiten (los suyos son arquetipos universales) ni de líneas que guíen al lector (sus voces son siempre inconfundibles).

Por si esto fuera poco, Baricco también se permite un juego metaliterario, donde el narrador tiene su propia historia y se entromete en la acción de los protagonistas siempre que quiere, alterando las voces narrativas a su antojo, y reconociéndolo abiertamente, a sabiendas de que provoca quebraderos de cabeza al lector. Y tanto en la trama como en la subtrama: sexo, recurrente y obsesivo. Porque en La Esposa joven todo pasa a través de los cuerpos: conocer o desconocer el mundo y a las personas; amarrarse a la vida o abstraerse de ella.

La Esposa joven ha sido mi regreso a Baricco. En este libro he reconocido sus habituales personajes —extrañamente iguales, totalmente distintos—, esos que viven atados a sus pasiones y habitan un mundo entre lo real y lo onírico. Quizá sea porque todas las historias no son más que una, a fin de cuentas, y este escritor italiano sabe que el único gesto exacto es la repetición.

Seda, Tierras de Cristal o La Esposa joven.

Pero Baricco.

Siempre Alessando Baricco.

¿Hace falta algo más?

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