
De los grandes libros infantiles, suele decirse que gustan por igual a niños y mayores. Si eso es así, La leyenda de Sally Jones debe de ser un grandísimo libro infantil, porque yo soy muy mayor y me ha gustado mucho.
Lo primero que nos llama la atención de este libro es su formato, alto, esbelto y exquisitamente editado. Nos sentimos poderosamente tentados a abrirlo y hojearlo, pero antes de ello hemos caído ya rendidos ante la calidad de las ilustraciones que nos encontramos en la portada, y las aventuras que desde allí se nos prometen.
Serán cosas mías, pero se me ocurre que alguien con un nombre tan fantástico y evocador como Jakob Wegelius estaba destinado a fabular mundos tan absolutamente irresistibles como el de Sally Jones, que nos lleva a una época pasada y, para muchos, olvidada. Algunos pensarán en la época de los inicios del cine, en los libros de Emilio Salgari, las aventuras de Julio Verne, las películas de Fu Manchú o las de Tarzán. Otros simplemente se acordarán de una cosa que se llama “infancia”.
La leyenda de Sally Jones nos cuenta la historia de una hembra de gorila nacida en mala hora, una noche sin luna ni estrellas, y condenada, por ello, a vivir una vida de grandes trabajos y desventuras. Y éstas no tardan en presentarse, en forma de cazadores furtivos belgas que la capturan y la venden a un comerciante de marfil turco, que se la quiere regalar a su caprichosa esposa. Comienza así una vida de aventuras, intrigas, soledad, violencia, lucha, nobleza y amistad eterna, recorriendo el mundo en cargueros, camiones, carromatos y caravanas circenses, y rodeada de la más alta y baja estofa de la sociedad. Por estas páginas de fascinantes ilustraciones pasan marineros, magos, condesas, contrabandistas y exploradores, que nos llevan del Congo a Borneo, pasando por Estambul, Hungría, Macedonia, París, Singapur, San Francisco, La Habana o Shanghai.
La inventiva de Jakob Wegelius, escritor y extraordinario (por si no había quedado claro) ilustrador no tiene límites ni da respiro al lector. La historia tiene tanta frescura que uno tiene la impresión de que el autor la está imaginando al tiempo que nos la cuenta, como hacemos cuando nuestros hijos nos piden que nos inventemos un cuento. Pero claro, si bien todos los padres somos capaces lanzar tantos cabos, ¡y más!, al mar, no todos sabemos luego recogerlos y hacer con ellos un soberbio nudo marinero.
Si no recuerdo mal, contaba García Márquez que nunca conoció a nadie que fuera tan buena contadora de historias como su abuela. Cada detalle, cada personaje que aparecía en aquellos cuentos lo hacía por un motivo, y se equivocaba el pequeño Gabrielito si pensaba que su abuela se había olvidado del destino de este o aquel personaje, o que lo había introducido a tontas y a locas. A medida que la historia se encaminaba a su fin, todos y cada uno de aquellos personajes reaparecían y cumplían su, pequeño o no, pero siempre decisivo papel.
Así escribe Jakob Wegelius, un autor que, a los mayores, nos hace recordar el placer de la aventura, de la fantasía, de conocer y odiar a los malos malísimos, y de sufrir y llorar con los buenos buenísimos, que un buen día se cansan de recibir patadas y que, en el momento en que la banda sonora empieza a ponerse épica, agarran la mano que se disponía a azotarles con el látigo. Se nos pone la piel de gallina y aplaudimos entusiasmados.
Y si Sally Jones consigue hacer eso con los lectores adultos, qué os voy a decir de los niños.

Soy saramaguiana. Me da igual si no existe el término, yo me defino así desde hace una década, tras leer 
La verdad es que esta novelita de apenas ciento veinte páginas me ha conmovido hasta límites insospechados y me ha removido y sacudido bastante. Tan solo con leer la sinopsis supe que me iba a gustar. Digamos que fue algo así como un flechazo.
Los 
Simon Limbres tiene un accidente de tráfico. Muy grave. Se lleva la peor parte en un choque frontal cuando vuelve de hacer surf con unos amigos y queda en estado crítico. Este hecho, tan común como trágico, es el desencadenante de todo lo que ocurre en Reparar a los vivos, la excelente novela que lanzó a Maylis de Kerangal más allá de las fronteras francesas y que ahora incluye Anagrama en su catálogo de Compactos.



Si cuando uno revisa las emociones sentidas tras leer un libro cualquiera puede resultar difícil separar lo leído de lo sentido, en este caso la dificultad de hacerlo es tal que conviene rendirse y asumir que el libro es su protagonista y su protagonista es su autora. Así, cuando un piensa que en Diarios del Sáhara ha leído a Sanmao y lo ha hecho como si la hubiera conocido, qué se yo, sentado junto a una hoguera en el desierto, puede sentirse lo suficientemente reconfortado como para afrontar la tarea de reseñarlo como quien habla de una amiga. El magnetismo de Sanmao es tal que no hay otra opción, pero si la hubiera, si pudieran leerse los Diarios del Sáhara fríamente, analizándolos como el testimonio histórico que sin duda también es, sería tan triste, supondría una traición tan manifiesta al sentimiento con el que el libro fue escrito y a la vez se perdería uno tanta cosas que es mejor ni pensar en ello.


El paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.
Tengo un morro que me lo piso. Si queréis saber por qué, seguid leyendo. De momento, para empezar, quiero expresar la envidia que me dan mis hijos, que tienen a su alcance lecturas tan divertidas como toda la serie de Tom Gates, un pequeño fenómeno editorial que lleva años arrasando en el Reino Unido, tanto en ventas como en crítica, y que aquí también está conquistando a todo lectorcito que se le acerca.
Nos ha tocado en suerte vivir en la era del cinismo. Somos capaces de dar explicación a aquellos misterios que durante siglos han sido insondables, y que llevaban a nuestros antepasados a elucubrar teorías que hoy nos hacen reír. Desde la furia de la naturaleza desatada en forma de tormentas, volcanes, terremotos, relámpagos o tsunamis, hasta el comportamiento del átomo, pasando por el funcionamiento de nuestro cuerpo, o la edad de las estrellas, sabemos que todo tiene una explicación científica, y que la revelación de aquellos secretos que todavía se nos escapan no es más que una cuestión de tiempo. Nada puede sorprendernos ya, pues estamos de vuelta de todo, y las más fantásticas predicciones científicas no son recibidas con asombro, sino con admiración por nuestra propia capacidad, como seres humanos, de dominar el ingenuo poder de la naturaleza, que ha pasado, o eso creemos, a estar a nuestro servicio. Deberíamos considerarnos afortunados por vivir en esta época, ¿verdad?
Alessandro Baricco.