
Años 9
0. El manga hacía ya un tiempo que venía dando de qué hablar en España, pero fue durante esa década cuando aterrizaron, como una invasión alienígena bien orquestada, las versiones animadas de todos aquellos cómics japoneses que los otakus habíamos consumido con la voracidad de un toxicómano que llevaba semanas con el mono. Fue entonces cuando mostró todo su potencial. Violencia desenfrenada que en ocasiones traspasaba la frontera del gore, erotismo o sexo explícito, cyberpunk, fantasía, amor y compañerismo, pero sobretodo grandísimas historias. Y allí estaba yo, en el corazón de aquella vorágine, un adolescente cualquiera, que se ahogaba en el furor de sus propias hormonas, encantado de que por fin alguien dejara de tratarnos como a mojigatos. Esa fue mi primera toma de contacto con el, por aquel entonces bastante desconocido, país nipón.
Tras imbuirme de forma pormenorizada de la cultura japonesa a través del manga y el anime era de esperar que quisiera más. A los videojuegos estaba tan acostumbrado que ni siquiera me di cuenta de que también formaban parte de forma sustancial e intrínseca de la cultura del país asiático. Luego llegarían nombres ligados a la literatura como Natsume Soseki, Haruki Murakami o Natsuo Kirino. Maestros del cine como Hayao Miyazaki, Akira Kurosawa o Takeshi Kitano. La cocina japonesa fue introduciéndose poco a poco; donde antes había un restaurante chino ahora servían sushi, makis, sashimi o gyozas. Añádase un poco de wasabi a la salsa de soja, sumérjase por la parte del pescado y a la boca. Madres que habían sufrido los berrinches de sus hijos ante la perspectiva de comer pescado alucinaban al comprobar como éstos ahora lo engullían de forma gustosa. ¡Y crudo!
Más, más, más; yo necesitaba más Japón.
El Salón del Manga de Barcelona, reuniendo lo mejor de la cultura japonesa sería ese oasis que muchos estábamos esperando. El siguiente y lógico paso era tantear el idioma. A través del típico diccionario, o con algún programa online, incluso intentando escribir algo. Las tablas de hiragana y katakana me provocaron dolor de cabeza. Tras un chute de ibuprofeno miré los kanji y ni siquiera me atreví con ellos. Lo hacía mal. Si tenía que aprender, ante todo debía ser una experiencia divertida. Entonces, como agua de mayo, apareció Sakura: diccionario de cultura japonesa. ¿Qué mejor forma de profundizar en la cultura de un país que a través de su idioma?
Tras Sakura: diccionario de cultura japonesa no solo encontramos a la editorial Satori, especializada tanto en la cultura de Japón como en su literatura, sino que también hay cuatro colosos de la filología, en el manejo de idiomas y en el malabarismo de letras, así como de las tres escrituras diferentes que componen el idioma japonés. Sus nombres son: James Flath, Ana Orenga, Carlos Rubio y Hiroto Ueda.
Sakura no es un diccionario bilingüe; no encontraréis palabras comunes que tienen su equivalente en español. En Sakura las palabras, en su mayoría, son conceptos, profesiones, tradiciones, momentos de la historia, pensamientos filosóficos o gastronomía; todos ellos tan únicos, tan exclusivos del país nipón, que la traducción al español que hallaréis es en realidad una explicación bastante detallada. En algunas ocasiones acompañada de una imagen que facilitará la comprensión del lector. Porque el idioma japonés es capaz de definir con una sola palabra el suicidio cometido por dos amantes que se arrojan a un río atados por la cintura para que en la próxima reencarnación vuelvan a estar juntos, o la extraña profesión en la que unos funcionarios empujan a la gente en el metro para que las puertas del tren puedan cerrarse. ¡Ahí es nada!
Pero si lo que llama más la atención de este diccionario es su inédito y original enfoque, está en la forma de estructurar la entrada léxica gran parte de su atractiva magia. Y es que la palabra a diseccionar, siempre escrita en romaji para facilitarnos la lectura y pronunciación, también se nos muestra en hiragana, katakana o kanji (dependiendo del caso); información que sería algo escasa si no fuera porque ésta se amplía al mostrar a qué género pertenece, el grupo temático en el que ha sido ubicada (bebidas, armas, botánica, etnografía, religión, música y así hasta 43 grupos diferentes), seguido de la definición en español y (¡oh grata sorpresa!) también en inglés, consiguiendo así que el diccionario sea por ello mucho más internacional y absolutamente completo.
En este punto, y quizás como conclusión, debería hablar sobre qué expresiones me han llamado más la atención, a pesar de que muchas y debido a ser un yonki de la cultura japonesa ya me sonaban, o sobre qué grupo temático mi hambre cultural ha quedado más saciada. Pero si he de ser sincero no puedo elegir. Sería injusto quedarme con el folclore, por todos esos yokais terroríficos o amigables que rondan por estas páginas y no hablar de la indumentaria típica que se vestía durante el shogunato Edo; o dejar de lado la gastronomía, que sea dicho de paso es mucho más variada de lo que nos pensamos. Inaceptable sería también hablar de todas esas palabras, de significado escabroso, que hablan de las diferentes formas de suicidio a las que un japonés es capaz de abocarse, dejando de lado toda esa filosofía zen que estimula a vivir de forma sutil pero plenamente. Creo que sin más os invito a leer las más de 3000 definiciones que se aúnan en este libro. Solo de esa forma descubriréis que Sakura: diccionario de cultura japonesa no es un diccionario al uso, tampoco aprenderéis un idioma con él, pero es la forma más divertida (tan simple como eso) y acertada de acercarse a la cultura de un Japón que a día de hoy se muestra menos desconocido pero todavía muy misterioso.

Mi crisis lectora en cuanto a lo que el género romántico se refiere excluye a muy pocos libros en cuanto a lo que el sistema editorial español ofrece actualmente y en estos últimos años. Terapia amorosa ha sido, en este principio de 2017, uno de ellos. Pero, ¿qué tiene de especial que no tengan los demás? Mientras que la mayoría de los libros románticos ofrecen a sus lectores una historia que narra el comienzo o el final de una relación amorosa, este va mucho más allá.
Los seres humanos somos curiosos. Desde que nacemos hasta que morimos experimentamos una gran amalgama de sentimientos que vienen dados por las circunstancias en las que vivimos, pero al final, vengamos de donde vengamos, seamos como seamos y pertenezcamos a la época que pertenezcamos, todos terminamos pasando antes o después por experiencias si no iguales, sí parecidas. Esto es algo que se ve muy bien cuando de fiesta trabas “amistad” con desconocidos y termináis contándoos vuestra vida… o en la literatura. Es increíble como en libros escritos con siglos de diferencia, puedes encontrar puntos y temas en común. Siempre se dice –y es verdad–, que los conflictos morales a los que se enfrentaban los personajes de las obras de Shakespeare (por poner un ejemplo) son conflictos a los que hoy en día, en pleno siglo XXI, también nos enfrentamos. Temas como el amor, la amistad, la vida, la muerte… o sentimientos como los celos, el miedo, la nostalgia… conciernen a personas de todas las épocas y regiones del mundo. Es curioso cómo, a pesar de todas las barreras que nos ponemos: estatus, raza, genero o cultura, todos nos volvemos iguales ante los obstáculos de la vida. Uno de esos temas que nos unen e igualan es la madurez y las expectativas incumplidas al llegar a la mediana edad. Cuando somos pequeños y tenemos toda las decisiones por tomar y toda una vida que vivir, nos imaginamos una existencia de película y creamos miles de planes y expectativas, sin embargo, tarde o temprano tenemos que bajar de las nubes y caer en el mundo real. El golpe puede ser más o menos fuerte, pero todos de algún modo nos enfrentamos a él. De esto trata El libro y la hermandad, de la escritora y filósofa irlandesa, Iris Murdoch.
Cuando me dispongo a escribir una reseña, la primera pregunta a la que siempre me enfrento es 
Llevo tiempo sabiendo de la existencia de esta novela. Desde su publicación en 2014 cuando empezó a ganar premios hasta finalmente decidieron traducirla al castellano. He seguido todas las reseñas de los grandes medios y todas las pequeñas radiografías llevadas a cabo por el ciudadano medio. No, no creo que llegase a obsesionarme con la novela, pero sí sentí que, de algún modo, me vería arrastrado hacia ella. Ahora, una vez leída, entiendo que “arrastrado” es el término que mejor define mi experiencia. Y es que Atticus Lish ha ganado premios y renombre por desenterrar cadáveres en un día de lluvia. Esta es la historia de amor con más barro que recuerdo. Y decir que es una historia de amor es andar muy cerca de un desfiladero terminológico. Quería acercarme tanto a esta novela que no pude esquivar lo que recibí a cambio. No recuerdo una novela tan dura desde aquel festival de violencia que fue 
Antes de que todos supiéramos inglés, en España se traducían los títulos de las películas. Los traductores se lo pasaban pipa compitiendo por ver quién se alejaba más del original o, sencillamente, quién era capaz de desvirtuarlo por completo. Existen incontables ejemplos de ello, pero hoy me basta con citar sólo uno. ¿Os acordáis de aquella gran comedia de Billy Wilder, que inmortalizó la imagen de Marilyn Monroe sobre la salida de ventilación del metro? En español se tituló La tentación vive arriba, porque el personaje de Marilyn vivía encima del señor que se la mira en la famosa foto, y porque además ella era una chica muy tentadora. Todo muy sutil, como veis. Pues bien, en inglés el título era The seven-year itch, que hace referencia a ese picorcillo que, a decir de algunos psicólogos, les entra a los miembros de una pareja tras siete años de relación y que los lleva a tontear fuera de ella.
Portugal es un país que me encanta. He vivido allí durante un año y he visitado en muchas ocasiones sus ciudades y pueblos. Me gustan sus gentes, su lengua, su cultura, su gastronomía y esa decadencia tan visible en ciudades como Oporto o Lisboa. Es un país que me produce una nostalgia enorme, pero una nostalgia sumamente positiva. Como un fado, Portugal me envuelve y yo solo puedo dejarme llevar. Además, siendo extremeña, cruzar la frontera es realmente fácil y rápido. ¿Veis? Ahora me han entrado muchas ganas de perderme en uno de sus encantadores pueblos, pasear por sus calles y tomar café en cualquiera de sus cafeterías (por cierto, el café portugués es uno de los mejores del mundo).
Esta vez he hecho el experimento lector al revés. Los otros dos mangas que he leído de la editorial La otra H fueron 


Soy una fan incondicional de 
Cada uno imagina el infierno a su manera. Para algunos será un sótano con calderas hirvientes e instrumentos de tortura manejados por protervos ángeles caídos de tez candente, mientras para otros será un disco rayado de Juan Pardo en sonido cuadrofónico. En cambio, no cabe duda de que, a la hora de imaginar el cielo, todos estamos de acuerdo: el cielo es una biblioteca con las obras completas de 
Desde un primer momento supuse que este libro me iba a doler y me enfrente a él un poco con un escudo, un poco con curiosidad y a la vez con fuerza. Sé lo que es el duelo (o al menos mi particular duelo) y sé el daño que provoca. Sé que puede destrozarte, aniquilarte, convertirte en la sombra de lo que fuiste. Sé que el duelo es necesario y que hay que pasarlo. Sé que el duelo no es algo temporal, que en realidad se acomoda y se instala en nuestras vidas y que hay que aprender a convivir con él. Pero finalmente acaba por dejar de doler tanto, acaba por hacerte fuerte. Para Max Porter el duelo es un cuervo, para mí, el duelo es frío: glaciaciones y tiritonas sin nada a mano con lo que cubrirse, con lo que cubrir la pena. Sí, el duelo es algo tan único que cada persona lo experimenta a su manera. La idea de que el duelo sea un cuervo que grazna, que siempre está presente, que habla y que recuerda es inquietante. Pero quién soy yo para decirle a este autor nada sobre su duelo. Ni se me ocurre.