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El destino de la corona, de Evelyn Skye

El destino de la corona

El destino de la corona¡Cuidado, esta reseña contiene spoilers de El Juego de la Corona!

“No nos define lo que podemos hacer, sino lo que hacemos.”

Tras el final de El Juego de la Corona, no podía esperar a saber lo que ocurriría en la segunda y última parte de esta bilogía de Evelyn Skye. Si de la primera parte me sorprendieron sus personajes, su ambientación, la maravillosa narración de toda la magia que la rodea y el desarrollo de la trama, con sus giros argumentales y sus sorpresas; en esta segunda parte, los sentimientos que me provocaron estos y otros elementos se multiplicó por mil. Y es que El destino de la corona mejora considerablemente respecto a su predecesora.

En primer lugar, la acción que desde el principio se marca en esta nueva novela es muy distinta a la de la primera parte. Desde el principio, vemos cómo se avecinan dos peligrosas batallas: una mágica, que enfrenta a Nikolái y a Vika, el amor contra el desamor, y otra real, que enfrenta a las fuerzas revolucionarias decembristas contra Pasha, el futuro zar. Y esto, entre otras cosas, hizo que la novela se me hiciera demasiado corta pese a sus casi 500 páginas. Y es que El destino de la corona es de esos libros que saboreas por todos sus ingredientes desde el principio y hasta el final, sin ningún capítulo innecesario o de relleno.

Además, la acción y el ritmo de esta novela no se conseguirían sin un elemento que me ha encantado de esta segunda parte. La oscuridad se cierne sobre uno de nuestros protagonistas hasta el punto de desencadenar más de un problema para las personas que más le quieren y para el futuro de toda Rusia. Gracias a este factor sorpresa, Skye nos habla sobre el peso de la ambición y las ansias de poder. En cómo desembocan los acontecimientos cuando los seres humanos nos dejamos llevar por la venganza, el desamor y los celos. Y hago hincapié en estos dos últimos sentimientos, ya que son protagonistas en esta nueva novela y que me han llevado a sentir y sufrir de verdad junto a sus personajes. Y esto es lo que diferencia a las novelas que te llegan al corazón de las que no lo hacen: la empatía que sientes hacia los personajes, sus sentimientos, sus vivencias y las decisiones que toman a lo largo de la historia.

Sin embargo, la autora no solo nos habla de esto en este desenlace de bilogía. También trata una cuestión de gran importancia para todos nosotros: qué es lo que nos define y quiénes queremos ser. Nikolái, Pasha y Vika pasan por esta fase, como lo hemos hecho todos en algún momento de nuestras vidas, y se enfrentan a ello con más o menos valentía, pero con determinación. Y nosotros, como lectores, lo vivimos junto a ellos. Y a mí, al menos, me llenó de nostalgia y me hizo pensar en cómo nuestros actos y nuestros errores nos hacen aprender y definen lo que realmente somos.

Y si a todo esto le sumas la brillante mezcla que hace la autora entre realidad y ficción, gracias a la espectacular ambientación que crea, basada en parte en acontecimientos históricos y escenarios reales, y en parte en lugares imaginarios rodeados de una magia inesperada, es todo un placer de leer para los amantes de la fantasía como yo. Siempre dejando claro que la magia tiene un precio y que no todos pueden pagarlo… (Magic always comes with a price!)

Algo que me encantó desde el principio de estas dos novelas es la sensación que me dejaron después de leerlas. El pensamiento de que, a veces, “todo es posible”. Al menos, sí lo es en este increíble universo creado por Evelyn Skye. La magia que se respira mientras lees sus páginas y te sumerges en una Rusia zarista en la que existen los magos y en la que tienen lugar peligrosas, pero a su vez, maravillosas batallas en realidades alternativas. Pero también en sitios reales, como el Palacio de Invierno, las calles llenas de nieve en San Petersburgo… Y ahí es cuando se dispara tu imaginación. “Imagina y se hará realidad. No hay límites”, afirma uno de los protagonistas de este libro. ¿Acaso puede haber algo mejor? Aunque sea únicamente mientras te sumerjes en una lectura especial para ti…

 

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El concilio de los árboles, de Pierre Boisserie y Nicolas Bara

El concilio de los árboles

El concilio de los árbolesHay títulos que tienen un atractivo especial y, para mí, El concilio de los árboles es uno de ellos. Solo con verlo (y la ilustración de la portada también ayudó, no lo niego), tuve que leer la sinopsis de esta novela gráfica de Pierre Boisserie y Nicolas Bara, a ver si el contenido parecía tan sugerente como el título insinuaba: «Perdido en mitad de un oscuro bosque, un viejo hospital infantil es, desde hace días, el escenario de fenómenos extraños. Todas las noches, a las doce en punto, sus jóvenes pacientes entran en trance, como poseídos por una fuerza exterior, y comienzan a bailar una extraña danza en los tejados del edificio. Enviados por el Ministerio Público de Asuntos Privados, Casimir Dupré y Artémis D ‘Harcourt, dos agentes especializados en asuntos paranormales, tendrán que llevar a cabo la investigación con el fin de comprender las razones de estos inquietantes acontecimientos. Unos sucesos cuyo origen parece ligado al inmenso bosque en el que, varios siglos atrás, aconteció una horrible tragedia…».

¿Oscuro bosque? ¿Viejo hospital infantil? ¿Pacientes en trance? ¿Horrible tragedia? ¡Vaya! Este libro tenía los elementos que suelen llamar mi atención. Así que allá que fui a leer esta novela gráfica de estética gótica, ambientada en el siglo XIX. ¿Y qué me encontré? Pues a una pareja protagonista carismática, personajes que no son lo que parecen, mucho humor, giros imprevistos, buenas ilustraciones y ese halo oscuro que lo cubre todo. Vamos, que me lo leí de una sentada y lo disfruté muchísimo.

Tanto me gustó que me supo mal que fuera tan corto. El concilio de los árboles tiene tan solo sesenta y cuatro páginas, y aunque en esa corta extensión a sus autores les da tiempo a despertar nuestro interés por el misterioso fenómeno paranormal y a mostrar de forma efectiva las personalidades de los protagonistas, la resolución de todas las incógnitas es demasiado precipitada. Estos dos investigadores deben ser los mejores en lo suyo, porque es asombrosa la velocidad con la que llegan al intríngulis del asunto, sin necesidad de dar rodeos. Pero como me fue tan fácil sumergirme en la atmósfera gótica creada por Pierre Boisserie y Nicolas Bara y conectar con los personajes, enseguida les perdoné que hubieran resuelto todo con extremada sencillez y solo me quedó la pena de que la aventura fuera tan breve.

No tengo ni idea de si los autores tienen previstos nuevos misterios para el tándem formado por Casimir Dupré y Artémis D ‘Harcourt, aunque, desde mi punto de vista, el final de El concilio de los árboles deja abierta esa posibilidad, cosa que me alegra. Tal vez estén esperando ver la aceptación del público antes de arriesgarse a iniciar una serie, no sé. Así que no le deis demasiada importancia a lo que he dicho sobre la rápida resolución del misterio, fallo que podrían subsanar en las siguientes entregas, y leed El concilio de los árboles, por dios, que Boisserie y Bara sepan que merece la pena continuar. Hacedlo por mí, aunque sea, que quiero vivir junto a estos dos agentes especializados en asuntos paranormales más aventuras.

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Experimental film, de Gemma Files

Que una editorial se bautice como La biblioteca de Carfax ya es un puntazo a su favor y toda una declaración de intenciones. (Por si alguien no lo sabe, –¡ cosa que vergüenza me daría–, la abadía de Carfax es el lugar en el que Drácula se establece en Londres, al lado del manicomio en el que Renfield lleva una dieta sana y peculiar a la espera de poder servir al amo). Queda claro entonces que esta editorial, de reciente creación pero que avanza con paso firme y cuenta ya con siete títulos, se va a dedicar al género del terror (o, más que al género del terror, a la emoción del terror, como dicen en su web).

Y lo hacen bien. Ya tenía ganas de darles un tiento y podía haber escogido cualquier título de su catálogo pues todos me llamaban con poderosísima fuerza y todos querían que los leyera. Pero me decanté por este Experimental film, la novela que ganó el premio Shirley Jackson, –el galardón más prestigioso en el mundo del terror y fantasía oscura tras los Bram Stoker–, en 2016 (año en el que Wylding Hall hizo lo propio en la categoría de novela corta).

La sinopsis era breve, pero lo suficientemente sugerente y atractiva como para provocar el enganche. Una exprofesora de cine en paro (¿trasunto de la autora, que es además de escritora, periodista y crítica de cine canadiense?) descubre unas viejas películas perdidas que podrían pertenecer a la primera directora de cine de Canadá, pero también descubre que esa mujer fue víctima de una fuerza sobrenatural que parece ir ahora tras ella.

En la primera frase ya viene el primer aviso: “cada película, independientemente de su contenido narrativo real, es una historia de fantasmas”. Y ya no hay marcha atrás. No puedes dejar de leer porque la historia que nos cuenta Lois Cairns, aparte de ser una historia de terror, es una clase de cine y del funcionamiento interno de la industria.

Lois asiste a la proyección de una cinta “experimental” a base de cortapegas de otras películas, en la que alguno de esos cortes corresponden a trozos de la cinta Dama del mediodía. Cinta de principios del siglo XX y grabada en el fácilmente inflamable nitrato de plata. Esos recortes afectan y perturban a Lois como si hubiera visto los fotogramas de The Ring (y lo cierto es que algún paralelismo más con esa película se va a dar en el libro). A partir de entonces se obsesionará con dichos trozos e investigará hasta descubrir que la cinta fue dirigida y protagonizada por Iris Dunlopp Whitcomb, y que la historia del cine canadiense puede dar un giro si consigue demostrar que la señora Whitcomb fue la primera cineasta canadiense, y a Lois puede ayudarla a relanzar su carrera y a recibir alguna subvención de la Asociación Canadiense del Cine.

Pero cuanto más descubre sobre Iris Whitcomb más oscuro se va volviendo todo. Su hijo era especial, al igual que el de Lois (y que el de la autora), y desapareció años antes de que lo hiciera la propia Iris Whitcomb en pleno trayecto ferroviario de forma extraña dejando quemaduras en el compartimento, sospechosamente parecidas a las que deja el nitrato de plata al arder. Desde la desaparición de su hijo se obsesionó, como también le sucederá a Lois, con la mitología alrededor de la Dama del mediodía (leyenda de la que yo ni zorra idea tenía y pensaba que la autora se había inventado para el libro, pero que resulta que no es así, y es un antiguo y auténtico mito eslavo). Lois se dará cuenta de que hay muchas coincidencias entre ella e Iris. Demasiadas y demasiado preocupantes.

El personaje de Lois, –y el de todos, en realidad aunque la que nos importa porque es la que corta el bacalao es Lois– está perfectamente perfilado. Es un personaje complejo, que no caerá bien, aunque la entendemos. Es borde cuando tiene y con quien tiene que serlo, pero terca en la búsqueda de sus objetivos y, pese a su egoísmo, muy humana. Las pasa putas con todo lo que ya tenía de antes (dolor de espalda, dolor de hombro, depresión, su madre) y su hijo autista, del cual no sabe si realmente la quiere. Se ve como una mujer madura y fracasada y, desde luego, para nada como madre del año (cosa que la hace aún más humana). Además en algún momento del libro se pregunta a sí misma qué es lo que ha conseguido realmente en la vida, y la respuesta no la satisface en absoluto. Afortunadamente, su marido la apoya en todo y la reconforta.

La trama sigue un buen ritmo, los personajes son muy verosímiles, se lee con gusto, (a pesar de que a veces la organización temporal es deliberadamente caótica al avanzar o retroceder en el tiempo y de que al principio le cueste algo arrancar). La narrativa de Gemma Files tiene el poder o la habilidad de hacerte ver lo que lees, como si estuvieras viendo una película en lugar de leyendo un libro y eso es algo que a mí, particularmente, me gana. Y sobre todo la construcción del personaje de Lois. Perfecta. De los protagonistas con personalidad más sólidamente dibujada que he leído últimamente, no me cansaré de decirlo.

En resumen, terror, terror no me ha provocado, pero como todas las emociones, eso es algo muy subjetivo y lo que a uno puede acojonar a otro puede no le haga saltar del asiento. Sí me ha dado algún susto y es cierto que hay un “algo” inquietante flotando durante toda la lectura que te hace permanecer en tensión. No obstante, Experimental film es un libro que merece mucho la pena leerse. Lo he disfrutado, me ha entretenido y divertido, y ese era el objetivo.

Mitología, leyendas urbanas, investigación, thriller, cine y vida familiar es lo que el lector encontrará aquí. Y terror. Pero, de nuevo, resalto la construcción de personajes y la interacción de estos. Hala, por si no había quedado claro.

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El último apaga la luz, de Nicanor Parra

El último apaga la luz

El último apaga la luzEl último apaga la luz. O dicho de otra manera: ahí os quedáis que yo me voy. El título de la última obra de Nicanor Parra ha resultado ser absolutamente premonitorio: unos meses después de la publicación, el poeta chileno se ha marchado para no volver y nos ha dejado con la luz encendida. Una luz brillante y poderosa la suya, eso sí, encarnada en una obra que ilumina la noche poética como una antorcha infinita.

Pero que también quema, cuidado. Porque la premisa inicial siempre presente en la obra de Nicanor Parra es la revisión de todo lo anterior. Revisión, renovación y ruptura hasta el punto de hacer arder todo aquello inservible,  algo que queda claro desde su primera obra importante, Poemas y antipoemas, cuyo título le hizo cargar para siempre con el sambenito de “antipoeta”.

Afortunadamente, y al contrario de lo que les pasa a otros, a Parra no le pudo el calificativo fácil, y tuvo tiempo y fuerzas para extender su obra más allá de la anécdota. Sin llegar a convertirse en un “superventas” como Neruda, ni a saborear el Nobel como Gabriela Mistral (y el propio Neruda, sí), a Nicanor Parra le han llovido los reconocimientos oficiales y de la crítica en los últimos años. Premio Nacional de Literatura en Chile y Premio Cervantes en España, con él se va el último de los grandes poetas chilenos nacidos antes de la segunda mitad del siglo XX.

El último apaga la luz, publicado por Lumen (no podía ser de otra manera) alterna algunos de sus libros imprescindibles tal cual los publicó (Poemas y antipoemas y Hojas de Parra, por ejemplo) con otras obras dispersas, seccionadas o recopilaciones de poemas sueltos. La explicación a esta selección se da en una decena de párrafos al final del volumen, así que los puntillosos echarán en falta una justificación más extensa y quizá un aparato crítico o una introducción que aporte claves sobre la obra y su autor. Tampoco creo que sea absolutamente necesario. Para lo segundo no hacen falta muchas guías, si por algo se caracteriza Nicanor Parra es por ser un poeta de lectura agradable, sin demasiados escondites, que puede disfrutar cualquiera. Y para quien tenga interés en el resto de su obra, extensa como corresponde a alguien cuya producción literaria abarca siete décadas, ya están las “Obras completas & algo +”, en dos tomos, que el propio autor supervisó hace unos años.

En cualquier caso, la modernidad, necesidad y lucidez de Nicanor Parra se hacen patentes por todo el libro. Maestro del absurdo, es uno de los pocos poetas mayores que incluye con destreza el humor en sus poemas. También la muerte, con un toque único para mezclar ambos. No faltan además la religión, la relación hombre-mujer y su particular visión del mundillo literario, perfectamente documentada en sus Discursos de sobremesa. Un poeta original pero no estridente, siempre pendiente del tú en el poema, tan interrogativo como reflexivo. Imprescindible para desbordar los límites de las páginas y tirar abajo los muros de las bibliotecas.

El último apaga la luz ha sido la obra final, pero bien puede servir de comienzo para todos aquellos que deseen acercarse a Nicanor Parra. Y para quienes quieran continuar más allá, el chileno dejó escrita obra como para que no tengamos que pedirle que resucite y nos escriba más. Además, como escribió en El anti-Lázaro: “Muerto no te levantes de la tumba/ qué ganarías con resucitar/ una hazaña… y después… la rutina de siempre”.

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El arte de escribir, de David Vicente

El arte de escribir

El arte de escribir A menudo me pregunto si la gente subestima el arte de escribir o soy yo quien lo sobrevaloro. Mi pasión literaria viene de tan atrás y soy tan crítica con lo que escribo, que reconozco que me molesta cuando alguien, que apenas sabe redactar sin faltas de ortografía, dice que es escritor solo porque ha colgado su «libro» en Amazon. Eso me recuerda, irremediablemente, aquella anécdota que contó Pérez Reverte en su columna, hace ya algunos años. Estaba él sentado en una terraza cuando se le acercó un hombre a saludarlo. Tras reconocer que no había leído sus libros, ni ninguno en general, le pidió consejo para escribir una novela. No tenía una idea concreta en mente, ni siquiera había escogido un género, pero oye, al hombre le hacía ilusión escribir un libro. Estupefacto, Reverte le dijo que por qué no le había dado por componer música, y el hombre le replicó que eso no lo hacía cualquiera, que para eso había que valer.

Ese es el error más extendido: considerar que escribir literatura no requiere de aprendizaje alguno. Yo, que soy una romántica o, tal vez, muy inocente, pienso que, además de técnica, para escribir se precisa de una mirada especial. Y David Vicente, el autor de El arte de escribir, está de acuerdo conmigo, aunque también está convencido de que hasta eso puede aprenderse.

En este manual de escritura, recientemente publicado por la editorial Berenice, David Vicente no solo resume las enseñanzas que suele impartir en sus talleres de escritura creativa, sino que reproduce casi íntegros cuentos de escritores de la talla de Hemingway o Capote, para que sirvan de ejemplo, e incluye ejercicios al final de cada capítulo. Aunque los lectores no tendrán la suerte de que él se los revise y comente, al menos es una forma de llevar a la práctica lo leído. Después serán la persistencia y el ojo crítico los que harán que este curso exprés de ciento veinticuatro páginas dé sus frutos en los lectores que se adentren en él.

No es la primera vez que hablo de libros de escritura. Ya reseñé aquí La mecánica de la escritura creativa: en busca de una voz propia, una recopilación de artículos de profesores y colaboradores de la Universidad de Alcalá de Henares que reflexionaban sobre los retos y beneficios de la escritura creativa; Escribe con Rosa Montero, un precioso cuaderno donde escribir nosotros mismos, con reflexiones y consejos de la escritora madrileña e ilustraciones de Paula Bonet y Los 65 errores más frecuentes del escritor, un excelente manual para quienes ya llevan muchas páginas escritas a sus espaldas y buscan perfeccionar su estilo. En cambio, El arte de escribir, de David Vicente, está destinado a principiantes y, en ese nivel, cumple perfectamente su función.

David Vicente no se anda con rodeos. Con un lenguaje sencillo y cercano, aborda las cuestiones básicas que todo aspirante a escritor debería conocer: el punto de vista que requiere cada narración, los elementos para una buena construcción de personajes, cómo plantear el conflicto, de qué forma desarrollar la trama y sus nudos, cuándo es necesario introducir diálogos o descripciones, en qué momento plantearnos el tema de fondo de nuestra historia o la importancia de la reescritura. Y, deliberadamente, deja en un segundo plano la publicación, esa obsesión de muchos que, al final, poco tiene que ver con el verdadero arte de escribir.

El manual de David Vicente es una lectura que recomiendo tanto a los que pecamos de sobrevalorar la escritura como a los que la subestiman. A unos, porque comprobamos que hay una serie de conceptos que, bien interiorizados, hacen que cualquiera pueda escribir una historia que merezca la pena ser leída. Y a los otros, porque constatarán que esto del arte de escribir tiene muchísima más miga de lo que parece.

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La vida a veces, de Carlos del Amor

La vida a veces

La vida a vecesEn los telediarios de TVE destaca por su particular manera de enfocar la noticia. Apenas tiene un minuto y medio para informar de aquello que tanto le gusta, pero es más que suficiente para que, mientras todos estamos pendientes de nuestro plato de comida y de discutir con algún familiar sobre la noticia anterior de política, o de violencia, o de fútbol, triada que denota prácticamente lo mismo, levantemos la mirada al escuchar su voz. Es una narración cercana, sencilla y poética. Y pausada; deja las palabras levitando como si esperase inspiración para las siguientes, pero en realidad, ya las tiene pensadas, tan solo deja que paseen por nuestra conciencia. Sus reportajes de cultura con su peculiar punto de mira son los que le han hecho distinguirse en los medios de comunicación. También es la voz de las retransmisiones de los Oscar y, según estoy observando, ya ha creado escuela en algún que otro periodista deportivo que, como él en sus orígenes, intenta culturizar y darle un toque más interesante al aburrido reportaje de deportes. Se trata del periodista Carlos del Amor, autor de, hasta ahora, tres novelas, El año sin verano (Espasa, 2015), Confabulación (Espasa, 2017) y su obra debut de la que voy a hablar La vida a veces.

El título lo extrajo de un poema de Gil de Biedma que incluye en la primera página. Propio de su estilo de narrador poético, su primera obra va a ofrecer su faceta más personal en cuanto a lo que mejor sabe hacer, contar historias. Pero no serán historias grandilocuentes, de gigantes figuras artísticas que nos han legado su creación, sino, y por recurrir a otra referencia literaria que tanto le gusta a él, va a abordar la intrahistoria que ya nos enseñó Unamuno, historias de personas invisibles de vidas tradicionales muy visibles. Los decorados, bien conocidos por todos, aeropuertos, cines, un autobús y personas cuyas vidas podrían ser la tuya y podría ser la mía. Y en ocasiones, por el cariño y mimo con el que escribe casi como si hablara de sus recuerdos de niñez, creo que también la suya. Son relatos de situaciones ordinarias de gente que, al pasar al papel y formar parte de un libro, se convierte en extraordinaria.

Destaca, para mi gusto, el relato «El cine». Como no podría ser de otra forma, Carlos del Amor ofrece su visión más romántica sobre el séptimo arte. La semejanza con la película de Guiseppe Tornatore Cinema Paradiso no es gratuita. Tanto en el film italiano como en el relato de Carlos, el amor (valga este calambur para jugar entre el sustantivo y su apellido) por el cine está patente en cada palabra. En Almedina, todos los domingos sus habitantes se visten de gala para ir juntos al cinematógrafo. Están deseando que llegue ese día para poder disfrutar del arte brujo que les hechiza durante la proyección. Clark Gable, Rita Hayworth o James Stewart visitaban Almedina a través de la pantalla que proyectaban los rollos de película que se encargaba de traer Jenaro desde un cine de la capital gracias a un amigo suyo que allí trabajaba y se los conseguía. Domingo a domingo, Jenaro partía con su furgoneta hacia la ciudad de Madrid en busca de nuevas películas. Mientras, todos los habitantes esperaban deseosos para poder disfrutar de otra sesión de cine. Puntual a su cita llegaba para proyectar Rebeca, Historias de Filadelfia o Gilda. Jaime, apenas un niño cuando Jenaro proyectaba esas películas, siempre quedaba petrificado por el embrujo de ese arte. Se preguntaba si realmente los personajes de las películas morían de verdad y si era así, cómo era posible verles después interpretando en otras películas.

Uno de los domingos, Jenaro trajo el semblante serio y la triste noticia a los habitantes de su pueblo: su amigo y distribuidor de películas había muerto y ya no podría conseguir traer más rollos. Los domingos perdieron su esencia, su vitalidad. La sala de cine fue convertida en otro local y dejaron de proyectarse películas en Almedina. Pero, ¿qué fue del pequeño Jaime?

Historias pequeñas de gente pequeña, que se van haciendo grandes a medida que pasan las páginas de este La vida a veces. Diferentes relatos en muy diversas situaciones que se leen casi con el timbre de su autor, como si fuera otro de sus reportajes del telediario. La vida a veces une realidad y ficción. Y a veces sucede eso, que la vida es tan poco y tan intensa. La vida a veces es la mayor de las aventuras.

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Mi negro pasado, de Laura Esquivel

Mi negro pasado

Mi negro pasadoComo agua para chocolate quizá sea el libro que más veces he leído y, sin duda, es uno de los que más han marcado mi vida, pues con él descubrí el realismo mágico, el género literario que más me apasiona. Adoro ese libro, su dulzura y sensualidad, sus personajes y esas escenas que se mueven entre los límites de la realidad y la fantasía. Por eso, cuando me enteré de que Laura Esquivel iba a publicar Mi negro pasado, la continuación de Como agua para chocolate, tras El diario de Tita, me emocioné. Y también me temí lo peor, para qué negarlo. Porque ya sabemos todos que las segundas (o terceras) partes no suelen gozar de buena fama y porque leer la continuación de un libro idolatrado tiene todas las papeletas para defraudarte.

Con esas emociones encontradas, comencé la lectura de Mi negro pasado, historia que nos cuenta las vicisitudes de María, tatarasobrina de Tita De la Garza, cuando da a luz a un niño negro y todo el mundo cree que ha sido infiel a su marido. Entre unas cosas y otras, acaba en la casa de su abuela Lucía, donde descubre que tiene antepasados negros y se reencuentra consigo misma y con las tradiciones de su cultura, esas que la vida moderna, poco a poco, ha hecho caer en el olvido.

No es necesario haber leído Como agua para chocolate para leer Mi negro pasado, pues tiene elementos de sobra para funcionar como historia independiente. Si yo la hubiera leído así, habría disfrutado de un libro ameno que se lee en un suspiro. Pero, de ese modo, no hubiese significado nada para mí. Los que han hecho que esta lectura sea especial son los constantes guiños a la historia original, a sus momentos más recordados, a sus entrañables protagonistas. Reconozco que con solo leer las primeras líneas de la novela y reconocer ese inicio que me sabía de memoria —y que de pequeña recitaba como un mantra simplemente porque así comenzaba la película que me hizo descubrir el libro—, se me encogió el corazón. Igual que con el resto de referencias, que me daban ganas de leer por enésima vez mi adorado Como agua para chocolate.

Tanto me he acordado de la primera parte gracias a este libro, que he echado en falta más realismo mágico, esos momentos y metáforas que tanto me fascinaron en aquel. En Mi negro pasado, solo aparecen en contadas ocasiones, de la mano de la abuela Lucía y su difunto marido, principalmente. Quizá haya sido un recurso más de Laura Esquivel para evidenciar el trasfondo de esta novela: cómo, en la actualidad, hemos perdido la conexión con las emociones y con el mundo que nos rodea (aunque no todo es crítica a las nuevas tecnologías, pues el libro tiene su propia playlist en Spotify).

Lo que sí hay en Mi negro pasado, al igual que en Como agua para chocolate, es un homenaje a la cocina mexicana, que se presenta como una forma de dialogar con el universo; a la alquimia del amor, ese sentimiento capaz de iluminar el pensamiento y mantener con vida a los que ya se han ido; y a la fuerza de las mujeres, que cargan con los prejuicios, miedos y culpas de su pasado, pero, aun así, luchan por su libertad y por el cambio.

Mi negro pasado no pasará a la historia de la literatura como su predecesora, ni ocupará los primeros puestos de mi ranking personal, pero ha sido un grato reencuentro con la familia De la Garza, a la que siempre llevaré en mi corazón.

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Lento, de Andrés Barrero

Lento

LentoYa sé que alguien vino antes y les habló de él, y como no podía ser de otra manera les habló muy bien, pero me consta que ni a Marta (mi querida compañera y gran reseñista) ni a ustedes, les importará que venga yo (otra vez) a hablarles de Lento, el último libro de Andrés Barrero. Y tenía que hacerlo por dos motivos, porque soy una adicta a sus interesantes reseñas y porque quedé encantada con aquel libro que un día les reseñé, Todo el mundo odia a Yoko Ono.

Me ha gustado muchísimo la edición y la portada es de lo más sugerente, reflejan perfectamente lo que luego vamos a encontrar dentro, entre sus páginas.

Hay un tercer motivo escondido, y es que dicen las malas lenguas, aunque yo diría “las buenas bocas”, que Andrés es un hombre de buen comer, y si en este libro se habla de comida seguro que había que estar al tanto de sus propuestas. Y ya les adelanto que el libro, una vez leído, se lo he pasado a mis familiares más directos para que también ellos se animen a ser creativos los domingos en la cocina.

Y es que verán, estamos ante un libro familiar en el que un padre y un hijo comparten su afición culinaria los domingos, momentos que aprovechan para compartir sus vidas y rutinas. A mí me ha recordado los domingos en casa de mis padres, pero allí es a lo grande, quiero decir que todo el que llega pasa directamente a la cocina, mi madre es la directora de orquesta, y los demás revoloteamos a su alrededor, somos sus pinches, ¡y eso que mi sobrino Sergio es cocinero profesional! Porque en casa de mis padres seguimos acudiendo todos los domingos a comer casi todos los que podemos, hijos, nietos y desde hace muy poquito ¡Biznieta! Nuestra querida Mireia.

Esto es también lo que transmite en su libro Andrés, el cariño por la familia, por su padre, naturalmente, pero en general se le nota el trasfondo de su cariño por y con casi todo. Así pues, también por la comida. Y es que creo que uno es como transmite su forma de cocinar, algo que muchas veces nos recuerda nuestra hija cuando dice eso de “este caldo está hecho con cariño”.

En casa cocinamos unas veces unos y otras veces otros, pero las más de las veces a mí me toca hacer la comida rápida, la de diario, la que se hace con menos cariño porque sus ingredientes principales son las prisas y el cansancio del trabajo. Pero los fines de semana intentamos hacer la comida con otros ingredientes, ya saben, descanso, tiempo, sonrisas o incluso risas y una buena conversación mientras picoteamos alguna cosa y tomamos alguna copa de buen vino, o incluso si es verano una cervecita bien fría.

Y luego están las conversaciones de cocina, que para nada se parecen a las de comedor y mucho menos a las de bar, trabajo, parque o Club de lectura. Son conversaciones familiares en las que no hay que poner en antecedentes porque ya todos conocemos de donde viene cualquiera de sus hilos y además sabemos de qué pie cojea cada cual. En las conversaciones de cocina la genética siempre suele hacerse presente. Porque no hay nada más genético y tradicional que la cocina, la manera de cocinar, lo olores que generamos con nuestros guisos, que aunque hayamos personalizado siguen en ellos los ingredientes y las formas de nuestros antepasados…

Así pues, no es de extrañar que el tema de los niños robados se les cuele a los Barrero en su cocina ¿Dónde si no? Ese espacio en el que las confidencias quedan disueltas entre los sabores como un ingrediente más.

Y sí, el libro gestiona bien los momentos, los temas, pero sobre todo gestiona a la perfección el cariño que necesariamente debe haber en la familia, lo que sostiene el día a día, por encima incluso del amor… ¿? Es un pensamiento que expreso no excesivamente reflexivo, pienso en mi familia, y sé que la quiero, o creo que la quiero, pero sin duda alguna puedo asegurar al cien por cien que nos tenemos cariño, porque eso lo veo en las miradas. Claro que por deformación profesional he de decir que hasta la fecha nunca nos hemos tenido que repartir ninguna herencia.

El tiempo dirá…

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Cuba, al otro lado del espejo, de José María Mellado

Cuba, al otro lado del espejo

Cuba, al otro lado del espejoMi pasión por la fotografía ya viene de largo. Desde que tengo memoria puedo verme con una cámara de fotos en las manos. Primero, la de mi padre, que, aunque intocable, alguna vez se convertía en mi juguete. Después, mi primera cámara propia, la que me regalaron por mi comunión. No os imagináis la cantidad de fotos que hice ese día. Muy ridículas todas, por supuesto, pero ahora las veo y se me escapa una sonrisa. Con los años he ido avanzando en este mundo, hasta ganar, a los diecisiete, un premio que se convocaba en Barcelona. Se llamaba “La bici en la ciudad”. Yo presenté una foto que había tomado el verano anterior en Inglaterra, mientras trabajaba como aupair. Fotografié al niño que cuidaba mientras volvíamos a casa en bici. Él en la suya, diminuta y yo unos metros por detrás en la mía. Esa instantánea, en blanco y negro, hizo que llegara a mi poder mi primera cámara de verdad, una Sony DSC H50, que ha sido mi fiel compañera durante muchos de los mejores momentos de mi vida. Sobre todo, el viaje a Kenya, donde me ayudó a tomar unas fotos de las que estoy orgullosísima. Estas Navidades le pedí a Papá Noel una nueva compañera y ahora es una Nikon D3300 la que vivirá junto a mí lo que me depara la vida, al menos en un futuro próximo.

Con esta pequeña biografía, dejando ver una faceta de mí que quizás antes no había mostrado, entenderéis por qué me ha hecho tanta ilusión que Anaya me hiciera llegar un ejemplar de las dos últimas obras de José María Mellado. Por una parte, Fotografías de alta calidad, mis mejores técnicas y consejos y Cuba, al otro lado del espejo, del que vengo a hablar hoy. El primer libro es una obra maestra para todo aquel que ame la fotografía. Es un manual que todos deberíamos tener en nuestra mesilla para poder echarle un vistazo de vez en cuando. En ese libro aprenderemos a utilizar aplicaciones que harán de nuestras fotografías verdaderas obras de arte.

Pero hablemos del otro libro, Cuba, al otro lado del espejo. Cuando llegó a mi casa… puf. Qué difícil es describir todo lo que me hizo sentir. Llegué de trabajar y el repartidor lo había dejado en casa de mi abuela. Me avisó por la ventana nada más verme (ventajas de vivir en un pueblo pequeño) y con las mismas subí para ver qué había llegado. Sin darme tiempo ni siquiera a quitarme el abrigo, ya lo había desempaquetado. Me quedé anonadada con lo que me encontré. Si seguís alguna de mis reseñas ya sabréis que amo viajar. Que podría dedicar todo el dinero que tengo a viajar sin medida y sin fronteras. Así que toparme con este libro, que es un viaje condensado en sus páginas, me teletransportó. Me llevó a un país en el que no he estado, pero que parece que ahora conozco a la perfección gracias a las fotografías tomadas por José María Mellado. Y es que este libro es eso: una recopilación de una serie de fotografías hechas en Cuba que dejan sin aliento. No solo retratan la cara más amable de la isla, los paisajes paradisiacos y los colores que todo lo atrapan. Sino que también nos muestra la cara más dura de la pobreza, de la supervivencia y del abandono que esas personas han tenido que sufrir durante muchísimos años.

Es un libro precioso. Para observar muy detenidamente, bebiendo da cada foto que encontramos. Las páginas son de muchísima calidad, convirtiéndose en un libro que durará toda la vida en nuestra biblioteca personal y al que será bonito acudir de vez en cuando.

Este libro mezcla dos de mis pasiones: la fotografía y los viajes. Será por eso que me ha conmovido tanto. Pero tiene un pequeño problema: desde que lo abrí por primera vez, no he podido evitar imaginarme a mí misma en las coloridas calles de Cuba con mi amiga Nikon intentado seguir todos los consejos que he aprendido de José María Mellado. Ojalá algún día se haga realidad. Mientras tanto, siempre me quedarán sus libros.

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Chesil beach, de Ian McEwan

Chesil beach

Chesil beachSon varias ya las generaciones que no viven su primera experiencia sexual con inocencia, sino con decepción. Hoy en día, teniendo un aparato en el bolsillo del pantalón que te provee de las respuestas a todo lo que puedas plantearte, ya pocas cosas las descubrimos de cero; como mucho, las comparamos con lo que ya habíamos visto, leído o escuchado. Por ese motivo, un relato como el de Chesil beach, en el que dos jóvenes se enfrentan a su primera vez en la década de los años sesenta, sin apenas información previa y con todas las dudas del mundo, causa tanta ternura en su planteamiento. Porque lo que Ian McEwan nos propone, al menos esa ha sido mi percepción durante la lectura, es un recordatorio de nuestra inocencia perdida.

Edward y Florence son novios desde hace años, pero jamás han tenido un contacto íntimo entre ellos o con otra persona. Él esperaba con ansia el día que ya ha llegado: su noche de bodas, el momento en el que pueden intimar sin cometer pecado alguno. Pero pese a tener consigo el visto bueno de Dios ella no parece tener interés alguno por la consumación de su amor; es más, le repugna completamente la idea, pero no sabe cómo evitar una situación de la que ya es realmente difícil escapar. Con el pretexto de la tensa espera al inicio de esta primera relación sexual McEwan va relatando la vida de los dos protagonistas, a partir de lo cual nos permite comprender que sus diferencias van bastante más allá de los mayores o menores deseos sexuales.

McEwan, uno de los mejores narradores de la literatura actual (opinión completamente personal, pero refrendada por muchos lectores), no está a su máximo nivel en ese aspecto en esta novela (otra opinión completamente personal, esta no sé si tan refrendada). A diferencia de otras obras, como en la reciente Cáscara de Nuez, en la que trabaja enormemente el desarrollo de la historia, en este caso es mucho más complicado abstraerse con el relato, dado que la narración, sin apenas diálogos, no acaba de funcionar como conjunto, aunque sí como idea y como partes separadas. De hecho, no deja de ser un relato con una gran cantidad de virtudes. La propia construcción de los personajes, con notables diferencias sociales e incluso intelectuales, es fácilmente asimilable por el lector, ya que todos hemos vivido esas diferencias en nuestras propias carnes. Además, algunos de los pequeños relatos que se insertan a modo de recuerdos de los protagonistas, como el de la madre de Florence, afectada de un daño cerebral y a la que toda su familia se esforzaba por hacer creer que ella seguía realizando las labores del hogar, consiguen visibilizar el nivel de McEwan como escritor.

Chesil beach, publicada por primera vez en 2007, es una novela que, como toda buena relación amorosa que se precie, va a rachas. Cuenta con momentos apasionantes y absorbentes y con otros mucho más monótonos y terrenales. Al fin y al cabo, no cuenta nada que no sepa todo el mundo ya, aunque su lectura hace que te plantees si verdaderamente está ahí la raíz, en el saberlo todo, de tantos fracasos y decepciones que uno acaba cargando sobre su espalda a medida que se enfrenta a la realidad.

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Moby Dick, de José Ramón Sánchez y Jesús Herrán Ceballos

Moby Dick

Moby DickRecuerdo que la primera vez que leí Moby Dick fue precisamente en un cómic. Eso sí, era un cómic adaptado para niños, pero un cómic al fin y al cabo. Lo leí porque durante la carrera, una profesora nos mandó traducir al portugués una colección de cuentos y cómics que tenía ella por casa. La mayoría de mis compañeras se pidieron las historias de princesas, tipo Cenicienta y La Bella y la Bestia. Yo, que nunca he tenido mucho de princesita, elegí Moby Dick porque me pareció lo menos ñoño. Eso sí, aún hay palabras de la traducción que no he podido olvidar, como ese maldito espiráculo. Si no sabéis qué es, lo buscáis y eso que os lleváis.

Con los años me atreví a leer el Moby Dick de Melville, sin dibujitos ni nada, como una valiente. Y me gustó. Siempre ha tenido algo esta historia del capitán Ahab y el enorme cachalote que me ha atraído. También he visto adaptaciones de cine, pero he de decir que como el libro nada.

Y aquí estoy, de nuevo con un cómic sobre Moby Dick. Para que veáis las vueltas que da la vida, ¿verdad? Eso sí, esta vez no tengo la obligación de traducirlo, solo de disfrutarlo.

José Ramón Sánchez, Premio Nacional de Ilustración 2014, es el encargado de esta maravilla de libro, todo un homenaje a la novela de Melville por la que el ilustrador siente una enorme admiración. Jesús Herrán Ceballos es quien ha adaptado el texto literario a las ilustraciones del artista cántabro. Además, las emotivas palabras de Daniel Sánchez Arévalo que aparecen en el epílogo ponen un broche perfecto a esta obra. Algo que yo no sabía es que José Ramón Sánchez es el padre del director Daniel Sánchez Arévalo y cómo no, del amor de estos dos artistas nacen palabras tan bonitas como estas:

“Aunque si he de ser sincero, a veces tengo ganas de que mi padre pare. Porque cada vez que da un paso, me pone el listón más alto. Nos lo pone a todos los creadores. Qué castigo, qué inspiración. Qué fantasma inasequible al desaliento, qué ejemplo. Qué miedo, qué motivación. Qué imposible, qué real. Qué ayer, hoy y mañana. Qué siempre. Qué maravilla celebrar cada nueva creación de mi padre. No, no quiero que acabe nunca. Sé que nunca acabará. No lo permitiré. No se lo permitirá. Intenté huir de él. Intenté cazarlo. Ahora solo quiero nadar junto a él. Nado junto a él”.

No os voy a contar ahora la historia de Moby Dick, porque seguro que la mayoría de vosotros ya la conocéis. Y si no, este libro es una maravillosa forma de acercarse a la gran obra de Melville. Lo que sí puedo contaros es que si os gusta esta fascinante historia, si os encantan los buenos cómics y las ilustraciones impecables de este artista, esta versión de Moby Dick os encantará. Este es uno de esos libros que es puro arte se mire por donde se mire, donde la pasión emana en cada una de sus páginas, de sus ilustraciones. Una auténtica joya.

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Equatoria, de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero

Equatoria

Equatoria“Corto me enseñó a soñar con una existencia febril e incierta”, del prólogo de François Busnel

Siempre vuelvo a Corto Maltés, como a Harry Potter, los libros de Roald Dahl o las películas de Billy Wilder. Perdonadme aquellos no que compartáis mis referencias, son una extraña mezcla generacional, lo sé.

Pero volvamos a Corto. Una o dos veces al año, cojo uno de sus álbumes al azar y empiezo a leer. Normalmente empiezo de pie, delante de la estantería, y acabo sentada en el suelo, en la alfombra, o en el primer sitio que encuentre. He leído los álbumes de Hugo Pratt decenas de veces, pero no me los sé de memoria. Creo que en eso tiene algo que ver el característico caos artístico de Pratt, que empezaba a dibujar sin saber hacia dónde iban sus historias. Y, al menos en su caso, demuestra que a veces saber el final es lo de menos.

Por todo esto que os cuento, me hace tan feliz que Norma haya decidido, ya hace unos años, continuar la obra de Pratt de la mano de unos pesos pesados como son Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Así puedo ir sumando álbumes y tengo la ilusión de poder leer historias nuevas.

Hoy vengo a hablaros del último álbum de Corto Maltés que han creado Díaz Canales y Pellejero: Equatoria.

Esta nueva aventura se sitúa en la África colonial de 1910 y empieza con el marino en Venecia, con intención de regresar a Malta en busca del espejo del Preste Juan, un objeto del que se dice que tiene poderes mágicos. Pero el barco en el que viaja Corto no puede detenerse en la isla debido a una epidemia de cólera y sigue hasta Alejandría, donde la comunidad griega, a través de su amigo Cavafis, el poeta, le dará pistas sobre el lugar en el que se encuentra el espejo.

Por el camino, se cruza con la reportera Aïda (basada en Ida Treat), con la que tiene una escena memorable jugando a las cartas, y con Ferida Schnitzer, hija de un famoso explorador alemán que vuelve a África en busca de su padre desaparecido. Estos personajes femeninos, junto a la monja Lise, una antigua esclava africana de quien no sabemos el nombre hasta las últimas viñetas e incluso la isla de Malta, personificada como una silueta de mujer, llevan las riendas de la historia. Incluso llegan a arrebatarle el protagonismo a Corto, como hicieran, por otro lado, Pandora Groovesnore o Venexiana Stevenson en otros álbumes. La misteriosa africana, a la que encuentran en medio del mar (¿os suena?), es el personaje que me ha parecido más fascinante.

En Equatoria, como en todos los álbumes de Corto Maltés, viajamos. Nos trasladamos a Alejandría, Zanzíbar, el lago Victoria y el sur de Sudán, que perteneció, con el nombre de Equatoria, al Imperio Otomano. De ahí el nombre de álbum.

Antes de irme, querría hablaros del dibujo. En las entrevistas, Pellejero dice que ha creado su propio Corto, que no podía limitarse a imitar el dibujo de Pratt. Y no sabe cuánto me alegro de que haya sido así. Porque con sus lápices ha logrado crear una sensación de continuidad que siempre me sorprende. Cuando pones uno junto a otro La balada del mar salado, y Equatoria, ves que el personaje ha ido cambiando, ha evolucionado mucho a lo largo de sus cuarenta años de historia. Y no podía ser de otro modo. Corto sigue siendo Corto porque el marino ya es un personaje mítico, un amigo. Y, como ya os dije de Bajo el sol de medianoche, la capacidad que tienen Díaz Canales y Pellejero de continuar la línea de Pratt, tanto narrativa como gráficamente, sin renunciar a su estilo personal me parece alucinante.

Cuando, a lo largo de este año, coja alguno de los álbumes de Corto, recordaré con cariño mi lectura de Equatoria e incluso puede que desvíe un poco la mano del azar para acabar leyendo de nuevo esta última aventura del marinero maltés.

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