
Hacía bastante tiempo que no leía literatura “juvenil”, no por nada, no hay nada malo en esa literatura, pero, parece que a medida que crecemos la dejamos de lado y la cambiamos por las lecturas más “acordes” con nuestra edad. Y lo cierto es que, de no ser por la lectura juvenil, la cual suele ir precedida por el adjetivo “infantil”, no seríamos los lectores que somos ahora. Además, las categorías cambian con el tiempo y todo depende de un contexto. Que yo recuerde, mis primeras lecturas fueron 20.000 leguas de viaje submarino y Miguel Strogoff, de Julio Verne, un autor que escribía tanto para adultos como para adolescentes aunque normalmente se le considera más dentro de los últimos.
Sea como sea, lo que al final importa siempre en un libro es la historia que nos cuenta, y por eso me animé a leer 13 días a medianoche. Porque, a pesar de que podía caer en la trampa de leer el típico cliché de casa de fantasmas algo me decía que no, que era algo más, que me decidiera a dar el paso. Y cuando ese oportunista algo me dice cosas así, ¿quién soy yo para negarme?
La novela de 328 páginas trata de un chaval, Luke, de 16 años que recibe la noticia de la muerte de su padre, al que hace años que no ve, desde que los abandonara a él y a su madre. Un padre que sería el equivalente al doctor Jiménez del Oso (no creo que fuera correcto compararle con Íker, el otro Jiménez), quien contaba con un programa en la tele y ventas de deuvedés de temas paranormales.
Los padres de Luke están separados y Luke quiere pasar desapercibido en el instituto. Que nadie sepa de quién es hijo, ser uno más e intentar ligarse a la chica que le mola entre clases y entrenamientos de rugby. Por otra parte, su madre tampoco es que esté bien del todo. Aparte del reiki, los cristales y unas frecuentes cefaleas que la dejan noqueada, es un poco pánfila.
Pues bien, la muerte del padre de Luke convierte a este en heredero de una fortuna de seis millones de dólares, pero también de una hueste de ocho fantasmas de todo pelaje y variado nivel de cabronismo, que irán poco a poco apareciendo en su vida con un objetivo, por parte de uno de ellos que se erigirá en líder, bastante oscuro.
Afortunadamente Luke contará con Elza, que es la chica friki del insti y la única que junto con Luke podrá ver a los fantasmas. Juntos dispondrán de una semana para acabar con ellos o…
Hasta aquí puedo contar.
La historia se cuenta en primera persona con habilidad narrativa y una sintaxis y vocabulario más propio de alguien de más de 16 años. En cuanto al contenido, ¿me ha dado miedo? No. A estas alturas de la vida, con tantas cosas ya leídas en libros o vistas en películas, es sumamente difícil inventar algo nuevo que te asuste tanto como para que te cagues de miedo. Y es una pena…
Reconozco, eso sí, que el desarrollo es muy original y tiene partes que me han sorprendido por inesperadas y que me han tenido en vilo queriendo saber cómo iba Luke a resolver esas situaciones. Además, el libro es acción constante, no hay momento de aburrimiento y se lee muy deprisa.
No es una novela dirigida exclusivamente a adolescentes. En mi opinión, puede leerla cualquier adulto, siempre que este género le interese, y conseguirá un gran entretenimiento que le mantendrá enganchado hasta acabar la lectura.
Como detalle curioso, la sobrecubierta es a su vez, por su parte trasera, un poster en el que aparecen los ocho fantasmas.
Si no me equivoco, este libro es el primero de una saga, cosa que no me extraña pues el autor tiene un buen material para seguir desarrollando historias tan sugerentes como este 13 días a medianoche.
Ah, lo olvidaba. También hay cabida para el humor:
—¿Y qué hacemos ahora?
—Alguna especie de exorcismo, supongo.
—¿Gritamos que el poder de Cristo le obliga? —pregunto.
—Si te apetece, adelante.
—Déjalo. Me sentiría ridículo.
Si os gustan los libros de fantasmas, dadle una oportunidad. Pasaréis un buen rato, os mantendrá intrigados y puede que incluso os asuste un poco.

A falta de leerme 
A pesar de mi joven y tierna edad (ejem, ejem), esta señorita ya peina canas y tiene en su haber seis sobrinos maravillosos comprendidos entre los once y el año y medio de edad. Quizás por ese motivo y porque no sé muy bien si ya he madurado del todo (o quizá nunca lo haga) me gusta, de vez en cuando, leer libros para niños.
Muchos fans de Auronplay y El Rubius no se lo creerán, pero hubo una época en este país en que los niños luchaban por pasar el máximo tiempo posible en la calle. En esos años no hacía falta Educación para la Ciudadanía: entre lo que aprendías de los que eran un par de años mayores que tú y lo que comprendías cuando tus padres cogían la zapatilla a la primera de cambio (sin temer que les cayera una denuncia por ello) era más que suficiente. En aquellos tiempos, que a algunos sólo nos pillaron de pasada, las aventuras las vivías por ti mismo, sin necesitar ningún avatar de colores vistosos y un nombre con muchos números al final. Y ahora que hago un parón en la escritura para releer lo que he escrito y ser consciente de lo viejoven que me he vuelto, voy a contaros de qué manera exponen esa época Fernando Llor, Roger Vidal y Àlex Batlle, los autores de Ojos grises.
De un tiempo a esta parte veo en cómics cada vez con más frecuencia el nombre de Víctor Santos. Ya sea como escritor o como dibujante, es muy posible que estemos ante el autor que ha conseguido publicar en más editoriales españolas diferentes: Norma, Panini, Aleta, Astiberri, Dolmen, Planeta…
“Los libros son objetos curiosos. Tienen el poder de atrapar, transportar e incluso transformar a quien los lee, si corre con suerte. Pero en el fondo, los libros, hasta los mágicos, no son más que objetos fabricados con papel, pegamento e hilo. Ésa era la verdad fundamental que los lectores olvidaban: lo vulnerable que es el libro a fin de cuentas.”


Cuando quieres adentrarte en el mundo de lo fantástico siendo apenas un adolescente, la literatura es uno de los medios más fascinantes para ello. Cierto que el cine y su poder visual puede lograr captar la atención de muchos matices que en las páginas de los libros se te escapan, pero si te metes bien en la historia que te presentan, las emociones y aventuras que pasan los personajes de la historia te llegan a resultar de lo más entretenido con lo que te hayas encontrado. Es el caso de las aventuras de Finn en Bocanegra. La explosión de los mundos, de Shane Hegarty.
Llegar al final de una trilogía con un nivel bastante elevado de entretenimiento como ha sido el caso de Nacidos de la bruma, suele causarme cierta pena por tener que poner fin a la historia y a la relación que he entablado con sus personajes. Me había encariñado mucho con todos los miembros de esta curiosa historia en un mundo de cenizas y bruma. Sus batallas, sus relaciones personales, sus inquietudes y propósitos, el modo en cómo los han llevado a cabo…todo se termina. Es inevitable y hay que aceptar la decisión del autor tal y como nos la muestre. Después de tres tomos con una media cada uno de setecientas cincuenta páginas, a cada cual, más molona que la anterior, dejan de pasar. La última página de este Nacidos de la bruma 3. El héroe de las eras, cierra una batalla de conquista por un pueblo oprimido durante mil años y la reinstauración de un gobierno y una religión que indique el nuevo camino. Si hasta parece fácil y todo.
Bueno, bueno. Qué difícil, ¡pero qué difícil!, es encontrar una serie que no tenga altibajos, que no tenga un número aburrido que desees acabar para empezar el siguiente, que mantenga el nivel de interés, de curiosidad, una alta capacidad de sorprender y no defraudar, que sea capaz de emocionar y de dejarte con ganas de buscar por tu cuenta cosas relacionadas con lo que acabas de leer… No es fácil mantener ese nivel. Lo sé. Y estoy contento por haberme decidido en su día a empezar esta colección de Wonder Woman que, sin ninguna duda, releeré cuando llegue a su término (quiera Zeus que ese momento tarde aún en llegar).
“Prohibido inmiscuirse en la vida de los hombres”
Seguro que muchos estáis de acuerdo conmigo si os digo que se hace extraño el ver la publicación de un libro inédito hasta el momento de algún escritor de renombre fallecido hace ya unos años. Y se hace extraño porque esto nos deja dos hipótesis: o la editorial está buscando aprovechar el tirón que tiene ese escritor o el libro no tiene la calidad suficiente como para haber sido publicado anteriormente – obviando, claro está, los libros que el autor en cuestión pueda haber dejado acabados a propósito tras su muerte –. A mí se me hizo extraño ver que