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En busca del tiempo perdido: El manga, de Marcel Proust

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en busca del tiempo perdido el mangaHay libros que apabullan solo por su extensión. Es el caso de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. ¡Siete volúmenes y casi tres mil páginas! Es una de esas obras que hay que coger con muchas ganas y mucho tiempo para no morir en el intento. Yo soy muy de clásicos, ya lo sabréis los que me hayáis leído más de una vez, pero también me gusta variar lecturas, por lo que no me veía dedicándole meses en exclusiva al señor Proust, aunque me intrigara saber por qué es tan famosa su magdalena, que hasta ha dado nombre a un efecto psicológico. Sin embargo, al ver que la colección la otra h, de Herder Editorial, publicaba En busca del tiempo perdido: El manga, he aprovechado la ocasión. Al fin y al cabo, si habían conseguido explicarme Crítica a la razón pura, de Kant, a través de un cómic, los creía capaces de condensar satisfactoriamente una de las grandes narraciones de la literatura occidental en apenas cuatrocientas páginas. Así que, finalmente, un solo día me ha bastado para descubrir la incógnita de la magdalena y quedarme con la boca abierta por la revolución que debió ocasionar esta obra cuando fue publicada, hace un siglo ya.

Todo empieza con la famosa magdalena, que evoca en el protagonista y narrador de esta historia los recuerdos de su vida. El repaso a su infancia y primeros amores, así como su afán de codearse con la alta sociedad son temas recurrentes en la literatura de la época, por lo que me sentí en terreno conocido durante las primeras páginas. Y entonces, ¡zas! Una escena de sexo. Y luego otra y otra. Pero lo más sorprendente no fue eso, sino que estaban protagonizadas por hombres con hombres y mujeres con mujeres. El sexo y la homosexualidad cogían relevancia en la trama a medida que avanzaba, y no dejaba de pensar hasta qué punto Proust había sido explícito o sutil en la descripción de esas escenas. Seguramente, esta sea una de las primeras obras literarias con tantos personajes homosexuales y, ahora que ya he saciado mi curiosidad con la magdalena, me intriga saber si este libro sufrió censura por ello.

A simple vista, En busca del tiempo perdido es una historia de líos amorosos y frivolidades de la alta sociedad, pero entonces llega el final y Proust da una vuelta de tuerca que enlaza todas esas banalidades para que adquieran un significado lleno de trascendencia. Y es que, a través de los sentimientos con los que evoca sus recuerdos el protagonista, Marcel Proust nos da una lección magistral del valor de la memoria para que nuestro pasado persista y para que todo —nuestra vida, nuestro mundo— adquiera sentido al final del camino.

Soy consciente de que con En busca del tiempo perdido: El manga no he podido conocer la forma de escribir de Proust, que, según dicen, se caracteriza por frases interminables, en un continuo monólogo interior, algo imposible de representar en un cómic. Pero ya no tengo miedo de enfrentarme a esta obra, y sé que la leería con ganas. Ahora solo falta encontrar el tiempo para embarcarme en esa titánica lectura, y no descarto buscarlo algún día, porque ya no me cabe duda que dedicárselo a Marcel Proust no será tiempo perdido.

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Los niños de la viruela, de María Solar

los niños de la viruela

los niños de la viruelaEn 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró al planeta Tierra zona cero de viruela. Una de las enfermedades más devastadoras de la historia de la Humanidad había sido erradicada mediante la vacunación. Esta ha sido la única vez, hasta el momento, que se ha logrado un hito médico de semejantes dimensiones y Los niños de la viruela, de María Solar, nos cuenta cómo comenzó todo, para rendir homenaje a los veintidós niños que pusieron su cuerpo al servicio de la ciencia.

Tenemos que remontarnos a los primeros años del siglo XIX y viajar hasta el hospicio de A Coruña, donde malvivían los niños abandonados por ser fruto de la deshonra o por la falta de medios de sus familias. Nadie esperaba nada de ellos —más allá de que se convirtieran en delincuentes—, ni ellos esperaban nada de nadie —si acaso, algo que llevarse a la boca para saciar su hambre—. Y hasta allí llegó el doctor Francisco Javier Balmis para cambiarles la vida, encabezando una expedición filantrópica sufragada por el rey Carlos IV.

Su propósito parecía descabellado: crear una cadena humana que transportara la vacuna de la viruela desde España hasta América, inoculándola de brazo en brazo, durante los meses que durara el viaje. Y para eso necesitaban muchos colaboradores, al menos veintidós; a poder ser, niños de unos tres años. Pero ¿qué padre en su sano juicio dejaría que introdujeran el virus de una vaca (de ahí el nombre de «vacuna») en el cuerpo de su hijo? Pues ninguno. Por eso los desarrapados del hospicio fueron los elegidos.

«De las mayores locuras han salido los grandes avances», dice el doctor Posse Roybanes en un momento de la novela, y esta historia es prueba de ello. Hoy en día se pone el grito en el cielo por la cancelación de vacunas o se acusa de ignorantes a los padres que se niegan a ponérselas a sus hijos, pero ni siquiera sabemos a quién agradecer ese cambio de mentalidad y de hábitos sanitarios que ha salvado millones de vidas y que se gestó en España. En Los niños de la viruela, María Solar recuerda la odisea de los doctores Balmis, Josep Salvany y Posse Roybanes, de la rectora del orfanato de A Coruña, Isabel Zendal, de los veintidós niños de los hospicios de Madrid, Santiago de Compostela y A Coruña y de los incalculables voluntarios que ayudaron a mantener la cadena de vacunación y extenderla por todo el mundo. Ninguno de ellos tuvo entonces el reconocimiento oficial merecido —si acaso, Balmis— y su hazaña es bastante desconocida en la actualidad, a pesar de que la salud mundial sigue disfrutando de sus logros.

Esta novela juvenil de Anaya, cuya lectura recomiendo a jóvenes y adultos, recrea este hito médico y solidario, poniendo sobre la mesa la hipocresía de la época en el trato a los niños y el enfrentamiento entre el inmovilismo religioso y el afán de progreso de la ciencia. Pero, sobre todo, rinde homenaje al altruismo de esos locos que lucharon por el bien común a costa del propio hasta las últimas consecuencias. Para los protagonistas de aquella historia, la puesta en valor de su esfuerzo llega con dos siglos de retraso, pero nunca está de más rendirles tributo si eso sirve para prestar atención a los locos de nuestro tiempo y reconocerles sus logros cuando aún están vivos para agradecerlo.

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Clarissa, de Stefan Zweig

Clarissa

ClarissaNo empecé con buen pie con Stefan Zweig. Mi primer acercamiento fue Veinticuatro horas en la vida de una mujer, una lectura que me dejó fría en todos los sentidos. Pero si la gente insistía en que era unos de los grandes autores del pasado siglo, por algo debía ser. Así que, pese a la decepción, sabía que le daría una segunda oportunidad, quizá con Carta a una desconocida o Novela de ajedrez, sus libros más famosos. Pero ha sido Clarissa la obra que, finalmente, se ha cruzado en mi camino.

Esta novela cuenta la distante pero sentida relación de Clarissa y su padre, un disciplinado teniente militar austríaco, y la historia de amor de esta joven con un socialista francés, que pasa de ser amante a enemigo de un día para otro, por el inicio de la Primera Guerra Mundial, un acontecimiento ajeno a ellos en ese momento, pero desgraciadamente determinante para el resto de sus vidas. A través de Clarissa y los hombres vinculados a ella, que representan los diferentes ámbitos de la sociedad —ejército, ciencia, política o salud—, Stefan Zweig plasmó los ideales humanísticos que siempre le guiaron. Su escritura transmite honestidad, al igual que la mayoría de los personajes. Sin embargo, las circunstancias no siempre favorecen a que sean leales con ellos mismos, y sus actos terminan contradiciendo su voluntad inicial. Y esa es la carga que arrastra Clarissa a lo largo de su vida y que nos muestra a través de sus recuerdos. Una carga que, al parecer, el propio autor no estaba dispuesto a acarrear, por lo que decidió acabar con su vida antes de presenciar como Europa se desmoronaba por culpa del nazismo.

Como todos los grandes escritores que pasan a la posteridad, Stefan Zweig tenía la capacidad de condensar en frases memorables las realidades más elementales de la condición humana, y Clarissa está llena de ellas. No me resisto a poneros unos cuantos ejemplos:

Sobre la guerra: «Solo hay una forma de conservar una actitud normal y humana ante la guerra: verla por ti mismo y no dejar que te la expliquen sus instigadores, que jamás pisarán el frente».

Sobre la democracia y el socialismo: «Nuestra democracia se ha extendido demasiado, y también el socialismo; han dejado de ser comunidades reales para convertirse en sistemas y organizaciones».

Sobre el poder del grupo: «Los ambiciosos de este mundo están unidos, se estimulan unos a otros. Los empresarios tienen sus preocupaciones; los profesores, sus congresos. Así es como todos creemos que somos los más poderosos. Solo la gente pequeña, los silenciosos, los carentes de ambición no están unidos, y esa es la desgracia del mundo en el que vivimos».

Sobre el patriotismo: «El nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que comenten nuestras naciones».

Sobre el amor: «El mundo lo aguantamos de dos en dos».

Estos extractos de la novela son una buena muestra de que su crítica a la sociedad de hace un siglo se ha convertido en atemporal, ya que la falta de humanidad que predomina actualmente en muchas áreas de nuestra forma de vida hace que la gran mayoría de sus reflexiones sigan en plena vigencia. Y esa es la grandeza de Zweig que he descubierto en Clarissa y que por fin me ha hecho entender por qué es considerado uno de los escritores referentes del siglo XX. Si Carta a una desconocida o Novela de ajedrez consiguen removerme como esta obra, estoy deseando leerlas.

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El paciente inglés, de Michael Ondaatje

El paciente inglés

El paciente inglésUna vez oí a una mujer africana decir que no se podía describir África, que África solo se entiende si se ha vivido allí. Hace años ya de aquel momento y, sin embargo, esas palabras se me han quedado grabadas y las recuerdo con frecuencia. Por ejemplo, me han venido a la memoria al leer El paciente inglés, de Michael Ondaatje, y no solo porque hable de lo que supone atravesar el desierto de Libia, algo inimaginable para nuestras cabezas acostumbradas a vidas sencillas, sino porque además transmite el peso de la guerra, un hecho también inconcebible para los que siempre hemos vivido en paz.

Un paciente quemado que no recuerda quién es y una enfermera de veinte años llamada Hana conviven en un hospital de campaña de Florencia, abandonado meses atrás. Sin electricidad, noticias del exterior ni seguridad —aunque es 1945 y la guerra ha pasado de largo, el terreno aún está plagado de minas—, parece que les basta su mutua compañía, un pequeño huerto y una biblioteca bien surtida para seguir adelante y recomponerse del trance vivido. Hasta allí llega Caravaggio, un ladrón amigo del padre de Hana, y Kip, un zapador indio que se dedica a desactivar las bombas fallidas. Y, en torno a estos personajes y sus vivencias, Michael Ondaatje crea un pequeño universo donde el tiempo se detiene.

El paciente inglés relata la estrecha y peculiar unión de esos cuatro desconocidos. La única defensa de la que disponen para enfrentarse a la vida que les ha tocado vivir es buscar la verdad de los otros, puesto que no son capaces de encontrar la de sí mismos: ya no saben quiénes son ni de dónde vienen; se han convertido en otras personas, muy a su pesar, y han dejado de reconocerse en la tierra que los vio nacer. Todos necesitan cuidar a ese enigmático paciente inglés, quizá porque ese hombre de rostro quemado, sin nombre ni pasado, es un reflejo de cómo se sienten en ese momento.

La lectura de esta obra es lenta y, por momentos, enrevesada, tanto por la alternancia del presente y pasado de los personajes como por el constante cambio de primera a tercera persona en la narración. Y para mí, más que ser una historia o un cruce de varias, ha sido una sensación permanente de vacío y búsqueda, como la de los propios personajes, que rememoran lo que un día amaron y perdieron, lo que un día fueron y ya no volverán a ser. Y pese a ello, al acabar la lectura de El paciente inglés, ha renacido en mí la esperanza en la humanidad, en el amor, en el perdón.

Quizá este sentimiento final tan positivo solo sea porque no es lo mismo leer sobre la guerra que vivirla, tal y como dejó entrever aquella mujer africana de la que os hablé al comienzo. O quizá sea gracias a la maestría de un escritor como Ondaatje, que se sirve de uno de los peores episodios de la Historia para que redescubramos la verdadera esencia de los seres humanos, esa que aflora solo cuando todo lo demás se ha destruido.

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La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

la biblioteca de los libros rechazados

la biblioteca de los libros rechazadosImaginad una biblioteca que acepta todos los libros que han rechazado las editoriales, un lugar donde los autores fracasados los abandonan, cansados ya de tantos desengaños. Pues esa biblioteca existe en Vancouver (Washington) y fue creada por el escritor Richard Brautigan. Ese refugio en el que los libros esperan a que algún lector les dé una oportunidad y el autor de esa idea tan inusual han inspirado a David Foenkinos para escribir La biblioteca de los libros rechazados.

Me sentí irresistiblemente atraída por este libro en cuanto lo vi. La palabra «biblioteca» atrajo la atención de mi parte lectora y «libros rechazados» la de mi parte de escritora inédita. Que su autor fuera Foenkinos me pareció una garantía de acierto, puesto que guardo un recuerdo agradable de La delicadeza, el único libro suyo que había leído hasta el momento. Todo ello me llevó a abrir su nueva novela con altas expectativas y estas se han visto más que cumplidas.

En esta comedia satírica Foenkinos nos envuelve en literatura, para bien y para mal. Las continuas referencias a otros libros o autores me dieron ganas de descubrirlos o releerlos, según el caso, y los dardos al mundo editorial me hicieron chocarme de nuevo con la realidad de hoy en día, en la que la forma prima sobre el fondo. La clave del éxito no está en la historia o la calidad del texto, sino en la campaña de marketing que haya detrás. Y como bien demuestra David Foenkinos en esta historia, de eso tienen culpa los editores, los lectores, los medios de comunicación e, incluso, los propios escritores.

Una joven editora en busca de nuevos talentos. Un escritor recién publicado que creía su sueño cumplido, pero que se ha dado cuenta de que nadie quiere comprar su libro. Un crítico literario endiosado que se ha quedado en paro. Un pizzero de pueblo convertido en escritor superventas tras su muerte. Y su viuda y su hija, que ven como sus vidas se trastocan de la noche a la mañana por esa faceta desconocida de su ser querido. Todos estos personajes componen el puzle de La biblioteca de los libros rechazados, que habla con sencillez y belleza del amor: tanto del que se da entre personas, como del que se siente por los libros. Y del silencio. El silencio juega un papel importante, siempre presente en los diálogos y tanto o más expresivo que las palabras. Con solo tres puntos, Foenkinos me ha hecho reír y pensar. ¿Tal vez sean una metáfora del rechazo, del anonimato, del libro cerrado? No sé, pero nunca había visto sacar tanto jugo a este recurso.

¿Qué parte de mí se ha enamorado más de este libro? La de escritora, sin duda. Es más, recomendaría este libro a cualquier escritor frustrado, ya sea por seguir inédito o por haber comprobado que el cuento no era tan bonito como se lo había imaginado. A mí me ha sido imposible no verme reflejada en las pequeñas reflexiones del narrador, en las ilusiones y decepciones de los protagonistas. La biblioteca de los libros rechazados es una de esas novelas que he leído con una sonrisa permanente, deseando que no se acabara, porque me sentía comprendida, arropada, como en casa.

¿Llevaría yo mi libro a este rincón de homenaje (y olvido)? Creo que no, pero quizá solo sea porque aún no he recibido los rechazos editoriales necesarios para merecer tal honor (o desgracia). Preferiría que acabara en mi propia estantería, entre mis libros adorados, y ofrecerlo a quien lo quisiera leer. Porque soy de la romántica opinión de que un libro, mientras sea leído (y disfrutado), nunca podrá considerarse un fracaso.

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Ataque a los titanes: no regrets 1 – Birth of Levi, de Hajime Isayama

Ataque a los titanes no regrets 1 Birth of Levi

Ataque a los titanes no regrets 1 Birth of LeviNo suelo ver animes, pero a veces me hablan de alguno que pica mi curiosidad. Por ejemplo, Death Note: ¿qué pasaría si con solo escribir el nombre de una persona en un libro, mientras visualizas su cara en tu mente, esta cayera muerta al instante? ¿Lo harías? ¿Contra quién? ¿Se podría utilizar para que el mundo fuera mejor? No me digáis que no es una premisa sugerente. Yo disfruté mucho con esta serie, compuesta solo de dos temporadas, si no recuerdo mal, pero quizá no me habría animado a verla si antes no hubiera conocido Ataque a los titanes.

Ataque a los titanes, de Hajime Isayama, nos muestra un mundo donde los últimos habitantes de la tierra viven en un perímetro dividido en tres ciudades concéntricamente amuralladas para protegerse de los titanes, gigantes que un siglo atrás casi aniquilaron la especie humana. Por supuesto, la distribución no está hecha al azar: en el centro se refugian el poder político y el económico, y la gente de a pie, como tú y como yo, se aglutinan en la ciudad más expuesta, con solo un muro que les separe de los peligros del exterior. Aun así, han vivido en paz cien años, hasta que un nuevo titán, más grande e inteligente, rompe el muro y se adentra en la ciudad, sembrando el caos y comiéndose a todo aquel que se le cruza por delante. Más o menos eso es lo que pasa en el primer capítulo de la primera y, por ahora, única temporada de este anime, que vi hace ya dos años.

Se rumorea que la segunda temporada está al caer, pero como se están haciendo tanto de rogar, la versión manga está sacando bastante material sobre lo que sucedió antes de ese fatídico acontecimiento y sobre personajes que se presentaban como secundarios, pero que ganarán protagonismo a medida que la historia avance. Ese es el caso de Ataque a los titanes: no regrets 1 – Birth of Levi, el manga que acabo de leer. En él se cuenta cómo Levi, un buscavidas de la ciudad subterránea, acaba en el cuerpo de exploración, es decir, el ejército encargado de hacer expediciones periódicas al exterior para luchar contra los titanes. Para mí, la ciudad subterránea es un nuevo descubrimiento (si se mencionaba en el anime, no lo recuerdo, ¡ha pasado tanto tiempo!), que me confirma la mala espina que me da ese mundo. Se trata de una ciudad bajo tierra en la que intentan sobrevivir los pobres y delincuentes, hombres y mujeres abandonados por la monarquía años atrás. A medida que conozco más detalles de la estructura y la forma de vida de este último reducto de la raza humana y de los titanes, más claro tengo que, pese a lo que les hayan hecho creer a lo largo de décadas, el mayor peligro acecha dentro de esos muros en vez de fuera de ellos.

Ojalá la segunda temporada de Ataque a los titanes se emita este año, tal y como están anunciando, porque esta historia dará para muchos capítulos y estoy segura de que me sorprenderán gratamente. Mientras tanto, tendré que enterarme de otros animes interesantes o leerme el material extra que Norma Editorial nos ofrece para hacer más amena la larga espera.

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El arte de la guerra ilustrado, de Sun Tzu

el arte de la guerra ilustrado

el arte de la guerra ilustradoMe parece fascinante leer un texto escrito hace más de dos mil años y ver que sus enseñanzas siguen siendo necesarias. Si en un principio El arte de la guerra era estudiado por estrategas de guerra, hoy en día resulta igual de instructivo para políticos y empresarios y, en definitiva, para todo aquel que tenga que gestionar conflictos y rivalidades.

Sun Tzu, un legendario filósofo-guerrero, creó esta especie de manual para la guerra en el período de los Estados Combatientes de la antigua China, que duró desde el siglo V al III a. C., y actualmente sigue considerándose la obra de estrategia más influyente. La edición de la editorial Edaf de este clásico está ilustrada con obras pictóricas y esculturas de China, Japón y Corea, y presenta la versión del traductor Thomas Cleary, en la que, además de los aforismos del maestro Sun, se recogen los comentarios que hicieron once lectores diferentes a lo largo de casi mil años, seleccionados para arrojar luz sobre el texto original y mostrar cómo se transforman las interpretaciones de las enseñanzas de Sun Tzu con el paso del tiempo.

Thomas Cleary aclara que en su traducción ha suprimido algunas alusiones a armas y cuestiones locales y que ha querido preservar las ambigüedades propias del chino para que los lectores del presente sean quienes las diluciden según su contexto y vivencias. Yo, por ejemplo, soy socióloga y me especialicé en recursos humanos, por lo que los pilares que asienta esta obra sobre la psicología de masas me han resultado de lo más atractivos. Sun Tzu y sus comentaristas reflexionan sobre el buen liderazgo, que es el que consigue la solidaridad y comprensión entre dirigentes y dirigidos; la delegación de responsabilidades según el talento de cada cual, pues todas las personas tienen alguno, y la importancia de conservar tanto los recursos materiales como los humanos, ganando sin combatir.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, El arte de la guerra habla sobre todo de paz. Frases como las siguientes lo demuestran: «La guerra es destructiva incluso para los vencedores, a menudo contraproducente y solo razonable cuando no hay otra opción» o «Las armas son instrumentos desfavorables, no herramientas de los iluminados. Cuando no existe más remedio que utilizarlas, es mejor permanecer en calma y libre de la codicia, además de no celebrar la victoria. Quienes celebran la victoria están sedientos de sangre, y los sedientos de sangre no pueden imponerse al mundo». El arte de la guerra da las claves para entender el conflicto y salir vencedor de él, pero, sobre todo, para evitarlo.

Me parece increíble que las lúcidas premisas de un texto tan analizado y con un tremendo calado en la ciencia, psicología y tecnología asiática no se pongan en práctica con más frecuencia en occidente. El análisis racional del conflicto, dejando a un lado la ira y la codicia, o la puesta en valor del equipo humano, por encima del beneficio material a corto plazo, son cuestiones que, a mi parecer, deberían aplicarse más a menudo en política y en economía. El maestro Sun lo sabía hace ya más de dos mil años. Leámoslo y hagámosle caso.

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Sabias, la cara oculta de la ciencia, de Adela Muñoz Páez

Sabias La cara oculta de la ciencia

Sabias La cara oculta de la cienciaEl cerebro de la mujeres es de menor tamaño que el de los hombres. Por naturaleza son más frías y débiles. ¡Ah, y tienen un diente menos! No lo digo yo, lo decía Aristóteles, el sabio más célebre de la Antigüedad. Pero no tenemos que remontarnos tan atrás en el tiempo: a los largo del siglo XVIII, reputados médicos afirmaron que a las mujeres estudiosas se le atrofian los ovarios y en el siglo XIX, que un gran esfuerzo intelectual pone en peligro su salud ¡y hasta su belleza! Como es lógico, esto ha hecho que las mujeres se hayan mantenido alejadas del saber; porque serán tontas, sí, pero no estaban tan locas como para arriesgarse a volverse feas, infértiles y, encima, morirse.

Aunque, como siempre hay inconscientes —¡ay, pobrecillas!, ¿no veis que no dan para más?—, hubo algunas a las que le dio por estudiar, descubrir los enigmas del universo, adentrarse en las matemáticas, filosofar sobre la existencia, contribuir al nacimiento de la química o descifrar la estructura del ADN o la penicilina… sin casi medios, sin cobrar y sin que su trabajo se reconociera en ninguna parte. ¿A que eran tontas? Ahí, dándolo todo por amor al arte. Por supuesto, muchas de ellas enfermaron y, obviamente, todas murieron. ¿Qué esperaban?

Una tal Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet, dijo: «Estoy convencida de que la mayoría de las mujeres o ignoran sus talentos por defecto de educación, o los entierran por prejuicio o falta de coraje. Lo que yo he experimentado en mí me confirma esta opinión. El azar me hizo conocer gente de letras que se hizo amiga mía. Vi con sorpresa que me prestaba atención. Empecé entonces a creer que era una criatura pensante». Y hubo mujeres que se lo creyeron y, lo que es peor, ¡hombres! Es necesario aclarar que muchos de ellos —Pitágoras, Pericles, Lavoisier— estuvieron emparejados con las mujeres insurrectas, lo que debió trastocarles el raciocinio. Y no sé ya quién tuvo más culpa: si ellas, por pensarse que eran iguales que los hombres, o ellos, por animarlas a hacer lo que quisieran, a pesar de lo que dijeran los demás.

La cuestión es que este pensamiento ha ido calando a lo largo de los años, de ahí que cada vez haya más mujeres científicas y que se publiquen libros como Sabias. La cara oculta de la ciencia, escrito por Adela Muñoz Páez, en el que se hace un recorrido desde tiempos remotos hasta la actualidad, para hablar de sacerdotisas sumerias, oradoras griegas, matemáticas alejandrinas, monjas en la época de las Cruzadas, súbditas del rey Felipe II, artesanas de los gremios alemanes del siglo XVII, salonnières en la época de la Revolución francesa, astrónomas alemanas e inglesas del siglo XVIII, físicas polacas del finales del siglo XIX, químicas españolas de antes de la guerra civil, cristalógrafas inglesas y bioquímicas italianas; mujeres que se empeñaron en utilizar su minúsculo cerebro a pesar de la oposición social y de las infinitas trabas de la comunidad científica, y que consiguieron salirse con la suya, las muy puñeteras. Eso sí, la historia de la ciencia se ha encargado de borrar su rastro, poniendo a buen recaudo sus descubrimientos, claro está.

Actualmente, este tipo de mujeres cada vez proliferan más. Las del denominado Primer Mundo batallan en todas las esferas académicas y sociales, y todo apunta a que las del Tercer Mundo pronto seguirán su ejemplo. A la comunidad científica, y a la sociedad en general, se le complica la tarea de acallar sus voces, de relegarlas al anonimato y al olvido. Así que, a esas mujeres que todavía les quede algo de juicio, les recomiendo no leer Sabias. La cara oculta de la ciencia, que pone al descubierto aquellas historias silenciadas por largo tiempo, no vaya a ser que se contagien de la osadía de sus protagonistas. Y, por supuesto, los hombres tampoco deberían leerlo bajo ningún concepto. Si ellos se tragan eso de que «todos somos iguales», ¿quién se encargará de poner las limitaciones a las mujeres?

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El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán

El pianista

El pianistaEsta es mi primera lectura de Manuel Vázquez Montalbán. Aparte de ser el creador del detective Pepe Carvalho, no sabía nada más de este autor y, tras haber leído El pianista, me da hasta vergüenza confesarlo. Porque ahora tengo claro que es un intelectual indispensable para entender la sociedad española del último siglo.

El pianista, publicada por primera vez en los años ochenta, es la primera de la trilogía que Vázquez Montalbán denominó «ética de la resistencia», que se completa con las obras Galíndez (1990) y Autobiografía del general Franco (1992), y que gira en torno a la memoria y el olvido, tanto en el ámbito individual como en el colectivo, mucho antes de que este tema cobrara protagonismo en las esferas públicas y políticas.

Vázquez Montalbán pasa de la historia de unos jóvenes desencantados en los primeros tiempos de la transición española a la de unos vecinos que tratan de sobrevivir a las carencias de los años cuarenta, para hablarnos de aquellos que fueron vencidos y callados por la historia. Estas dos primeras partes transcurren en el barrio del Raval, en Barcelona, en el que el propio autor se crió, mientras que la tercera parte sucede en el París de 1936, el paraíso prometido de la vanguardia española. Todas ellas tienen una potente carga autobiográfica y son el homenaje que Vázquez Montalbán hace a la generación de sus padres, republicanos de izquierdas que defendieron sus valores por encima del beneficio personal. Pero El pianista es mucho más que unas historias de tres épocas distintas unidas por el personaje de Rosell, cuya profesión da nombre a la novela; es el retrato del vínculo existente entre esas tres etapas, ya que el presente siempre nace de un pasado que se rememora o se intenta olvidar, y fantasea con un futuro, a veces con el deseo de que sea mejor y, otras veces, ni siquiera con esa esperanza.

«Cada barrio debería tener un poeta y un cronista, al menos, para que dentro de muchos años, en unos museos especiales, las gentes pudieran revivir por medio de la memoria». Esta es mi frase favorita de la novela y su esencia misma, pues El pianista es un collage de personajes de diferentes clases sociales y aspiraciones; anécdotas reales confundidas entre las ficticias; canciones populares, tanto de España como de Francia; párrafos de artículos de revistas, anuncios y periódicos; reflexiones sociales, políticas e históricas; conformismos y luchas interiores. No cabe duda de que el calificativo de «escritor enciclopedista», con el que se denomina a Vázquez Montalbán en el extenso prólogo de la edición de Cátedra, es más que adecuado.

En definitiva, tres momentos de nuestra historia contados desde la perspectiva de aquellos que nunca pudieron hablar o a los que nunca se les escuchó. Vázquez Montalbán es el cronista que merecía el Raval y tantos otros barrios olvidados, y El pianista es una mirada certera y crítica de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos, gracias a la memoria y a pesar del olvido.

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Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

tres tristes tigres

tres tristes tigresLo único que sabía de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, es que aparecía en más de una lista de libros imprescindibles. Y yo, que siempre tengo curiosidad por descubrir qué tendrán esos libros para merecer tan alto reconocimiento, he aprovechado la edición conmemorativa por su cincuenta aniversario que le ha dedicado Seix Barral para descubrirlo.

Lo primero que destaca de esta obra es la fijación que tuvo el Ministerio de Información y Turismo español por censurarla, allá en los años sesenta, y cuyos respectivos expedientes se recogen en esta edición. «Obsceno», «moralmente objetable» y «políticamente condenable» son algunas de las razones alegadas y por las que se postergó su publicación hasta 1967, tres años después de haber ganado el Premio Biblioteca Breve. Reconozco que tiene varias escenas sexuales que pudieron escandalizar a algunos en la España de aquellos tiempos, aunque en la actualidad no causarán ni sonrojo; también que hay afirmaciones moralmente criticables, incluso hoy en día delictivas, pero que acepto como opiniones de los personajes y no del autor (espero); pero lo que apenas he percibido es ese ensalzamiento de determinadas ideas políticas, pues sus alusiones a Trotsky, Batista o Fidel Castro son, a mis ojos, anecdóticas.

Lo segundo más llamativo de este libro es que Cabrera Infante escribió lo que le dio la gana. Literalmente. Porque si me preguntáis de qué va Tres tristes tigres, no sé qué decir. Quizá, que de Cuba, porque Cuba lo impregna todo; y también de la noche, del sexo, de la desinhibición, de la muerte y del humor. Y de pasión, porque hay muchísima pasión; por las mujeres, por la música, por el cine, por la lengua, por la literatura. Recoge relatos al uso, reflexiones, duelos dialécticos, juegos de palabras, trabalenguas, dibujos, escritos al revés, páginas en negro o en blanco. En definitiva, un cúmulo de textos dispares, en el que todo tiene cabida si sirve como medio de expresión.

Lo tercero que sorprende de Cabrera Infante y su Tres tristes tigres es el uso que hace de la lengua. Desde la primera página se salta las normas de la gramática y la ortografía, las acribilla sin miramiento, captando la esencia de las diferentes jergas habaneras (saveis de ke os avlo, no?), para más tarde pasar a un discurso con el vocabulario más cultivado, saltando de un registro a otro como si nada. Este arriesgado ejercicio está al alcance de muy pocos, solo de aquellos que dominan el lenguaje a la perfección, como es el caso de Cabrera Infante, que juega probando sus límites, coqueteando con el inglés, mezclándolo con el español, creando «palabras a-fines» para sus «ideas sinfines».

Que Tres tristes tigres sea tan moderna hasta para los tiempos que corren, fuera de cualquier encorsetamiento artístico, y, pese a ello, tan reconocida, me asombra gratamente. No busca la perfección, sino que disfruta de la imperfección, muchas veces más expresiva. Una obra atípica que nos demuestra que con «dos palabras y cuatro letras» se pueden crear «un himno y un chiste y una canción» y esa es, a fin de cuentas, la grandeza del lenguaje y de los escritores. Personalmente, no considero que Tres tristes tigres sea una lectura imprescindible para cualquier lector, pero sin ninguna duda me parece que es una obra indispensable para la historia de la literatura.

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Amor y Amistad, de Jane Austen

amor y amistad

amor y amistad¿Alguna vez os habéis preguntado con qué escritor o escritora os iríais a tomar una cerveza? No tengáis en cuenta si sigue vivo o hace años —siglos— que murió, dejad volar vuestra imaginación.

¿Ya lo sabéis?

Puede que hayáis optado por un autor que sepa de todo y que seguramente os dé mucho tema de conversación. Quizá, a vuestro escritor favorito, para decirle cuánto lo admiráis. O tal vez a ese que os cae muy bien por lo que deja traslucir de su personalidad en los libros que escribe o escribió, al que incluso os hubiera gustado conocer en la juventud y ser amigos de farra. Yo no me había hecho esa pregunta hasta ahora, pero tras leer Amor y Amistad pienso que me hubiera gustado conocer a Jane Austen y, en concreto, a la Jane Austen adolescente.

Jane Austen me conquistó con su célebre obra Orgullo y prejuicio, sobre todo por el grandísimo matrimonio de los Bennet —lo que me pude reír con ese adorable padre y esa insoportable madre—, me supo a poco en La abadía de Northanger y Persuasión, y en Amor y Amistad, que recoge tres cuadernos escritos durante su adolescencia, ha vuelto a sorprenderme. Si algo me gusta de esta autora, por encima de las historias que cuenta, es cómo las cuenta, con ese derroche de sentido del humor y de crítica inteligente a la forma de vida y costumbres de su época (por eso, pese a las pequeñas decepciones, siempre vuelvo a ella). Y en Amor y amistad, estos elementos que tanto disfruto están multiplicados por cien. En este conjunto de relatos y esbozos de novelas escritos entre 1791 y 1793, la jovencísima Jane Austen dio rienda suelta a su ingenio y su desenfado. Diálogos ocurrentes y sátira social sin filtro destinados a los lectores de su entorno; hermanos, primos, amigos o sobrinos, a los que una chica de quince años les dedicaba sus textos sin saber que algún día, varios siglos después, serían leídos por millones de personas. Jane Austen en estado puro, demostrando que el talento es algo innato, pero también que hace falta mucho trabajo para encarrilarlo. Porque algunos de estos escritos tienen tramas forzadas, inconexas o inacabadas, pero ya destilan la impronta de la autora: esa elegancia para hablarnos de lo absurdo del comportamiento humano, esa retranca con la que se ríe de sus personajes.

Qué suerte haber tenido una pariente así en la estirada época victoriana. Lo que debieron de disfrutar sus conocidos con sus pequeñas historias y con sus comentarios cotidianos. O quizá les sacaba los colores y no le hacían ni caso, quién sabe. Incluso hoy, en el siglo XXI, dejaría sin palabras a más de uno con sus irreverentes observaciones. Y es que Austen es mucha Austen, se ponga en la época que se ponga y con los años que sean. Por eso, a mí me hubiera encantado conocerla y tomarme algo con ella. Si leéis Amor y Amistad puede que penséis lo mismo. Tal vez, si somos muchos, nos dé para pagar el viaje en el tiempo: de nosotros hacia el pasado o de ella hacia el presente. Un té con pastas a las cinco o una caña en cualquier bar, da lo mismo. Si es en compañía de la joven Jane Austen, el buen rato está asegurado.

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Cuentos populares portugueses, edición de José Viale Moutinho

cuentos populares portugueses

cuentos populares portuguesesEstoy hecha de cuentos. Del de la ratita presumida buscando marido, del de las aventuras de Pulgarcito, del de la aparente valentía de Juan Sin Miedo, del de la carrera de la liebre y la tortuga. De esas historias que me contaba mi abuela en su regazo, que me gustaban tanto o más que las series de dibujos animados. Quizá los libros siguen siendo mi refugio porque aún busco la emoción de esas tardes de la infancia. Hay una niña en mí, lo reconozco, que no desprecia las «cosas de niños», sino que las valora más que antes si cabe, porque esas «cosas de niños» me han hecho ser cómo soy y amar lo que amo.

Por eso, cuando leí «cuentos populares» contuve un suspiro y me dije «sí, quiero leerlo». Poco me importó que fueran portugueses, al fin y al cabo, no tienen que distar mucho nuestras historias de las de nuestros vecinos de península. Y sí, en Cuentos populares portugueses he reconocido personajes, aunque con otros nombres y en otros contextos, y también he descubierto a muchos nuevos en los ciento diecisiete cuentos que componen la edición de José Viale Moutinho publicada por Siruela. En el fondo, las tramas son recurrentes: que si jóvenes casaderos o en busca de riqueza, que si parejas infieles o que añoran tener un hijo, que si hombres que recorren el mundo en busca de vivencias o animales que se comportan como seres humanos. Reyes, príncipes, labradores, frailes o demonios son personajes habituales. Y las armas para salir airosos, las esperables: la bondad imponiéndose a la malicia, pero también la astucia imponiéndose a la bondad; y, sobre todo, el poder de la palabra, siempre presente. Historias inocentes, surrealistas, mágicas, crueles, procaces e incluso meros chascarrillos, que demuestran que hay cuentos para cada público y para cada ocasión.

José Viale Moutinho fue uno de esos niños que creció con los cuentos de sus abuelos, y ha visto necesario recoger la tradición oral de su país en este libro, esas historias que han pasado de boca en boca, generación tras generación, adaptándose a la época y a las circunstancias gracias a la imaginación de los cuentistas que se han apropiado de ellas a través de los años. Fuente de cultura popular y parte del imaginario colectivo, estos cuentos están compuestos por las expresiones del pueblo, sus tópicos y lugares comunes, y son una forma de conocer a la sociedad portuguesa de antaño, sus aspiraciones, sus miedos y su sentido del humor.

Quizá poner los cuentos populares sobre papel sea un atentado a su esencia, como el propio Viale Moutinho reconoce. Pero en estos tiempos de videojuegos e internet, en los que los abuelos que sientan a sus nietos en el regazo para contarles historias parecen en peligro de extinción, es necesario hacer algo para que estos cuentos no desaparezcan en el silencio. José Viale Moutinho ha puesto su granito de arena recogiéndolos en Cuentos populares portugueses y ahora es misión de nosotros, los lectores, que volvamos a ellos y los contemos en voz alta como en los viejos tiempos. Para entretener o para reflexionar. A niños o a mayores. Da igual. Lo importante es que nunca demos el cuento por acabado.

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