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Joyas del sol -Trilogía irlandesa I-, de Nora Roberts

14-18 Volumen 1

Joyas del solIrlanda es un destino que tengo pendiente desde hace  muchísimo tiempo. Si seguís mis reseñas, sabréis que una de mis pasiones es viajar (además de los libros, por supuesto) y siempre que puedo, me concedo una escapada. Irlanda está, como quien dice, a un tiro de piedra, pero por unas cosas o por otras, nunca he tenido la oportunidad de visitarlo. Mi mejor amiga estuvo allí el verano pasado estudiando inglés y vino enamorada. Y no es para menos. Ya no solo la arquitectura, la naturaleza o la gente. Es su historia, su magia, su mitología. Y es que a mí estas cosas me apasionan. Las leyendas, los enigmas, las historias… Recuerdo que cuando era pequeña mi madre me leía un cuento sobre mitología, donde los duendes, elfos y hadas eran los protagonistas. Desde entonces, cada vez que veo un bosque (y os aseguro de que es casi a diario), no paro de imaginar todo tipo de historias, yéndose mi cabeza por las ramas de los árboles y dejando volar la imaginación.

Así que cuando conocí esta trilogía de Nora Roberts (introdúzcase aquí una breve reverencia a la que, a mi entender, es la mejor escritora de historias de amor de nuestra época), no dudé en leerla. He empezado por el principio, como debe ser, y me he adentrado en esta historia a través de Joyas del sol. Este libro tiene dos ingredientes principales: el amor —como no podía ser de otra manera— y la mitología. Jude es una norteamericana que está desencantada con su vida. Después de muchos años ejerciendo como psicóloga, ve que su propia mente se está desmoronando y, abatida y derrotada, decide dar un cambio radical a su vida mudándose a Irlanda. Allí vivirá en una pequeña cabaña que será el escenario perfecto para que ella, tan curiosa y “culoinquieto” conozca poco a poco la mitología que rodea los bosques irlandeses. Entonces aparecerá Aidan, guapo donde los haya y que no tardará ni un segundo en ofrecerse voluntariamente para ayudar a Jude con esa nueva inspiración. Jude empezará a escribir artículos sobre la historia que está conociendo —y viviendo— y verá cómo la chica que vino de Estados Unidos nada tiene que ver con la que ahora vive en Irlanda.

Si me gusta Nora Roberts es, básicamente, porque en cada libro encontramos personajes muy desarrollados y muy creíbles. Como dije antes, en sus novelas, el protagonista es siempre el amor, pero alrededor puede haber historias de asesinatos, de intriga o, como es el caso, de mitología. Tiene una mente que diseña cualquier escenario que hace que los lectores se introduzcan rápidamente en la historia y deseen leer más y más. Yo la descubrí en Polos opuestos donde la escena de un crimen fue lo que dio lugar al romance. Y es que ella dibuja el amor en cualquier panorama, en cualquier ubicación y en cualquier contexto. Nos lleva de un lado a otro del mundo y nos demuestra que el amor siempre triunfa.

Obviamente, sabiendo que me encanta la mitología y las historias románticas, Joyas del sol no podía defraudarme. Y ya os aseguro que no lo ha hecho. No solo me han gustado mucho los protagonistas, sino que los personajes secundarios están muy bien desarrollados y juegan un papel muy importante en el libro, haciendo que te intereses por ellos y quieras saber más y más. Todavía no he tenido oportunidad de leer las otras dos partes de esta trilogía, Lágrimas de la luna y Corazón del mar, pero en cuanto lo haga volveré a pasarme por aquí a deciros si estos libros siguen haciéndome soñar con duendes y hadas. Esperemos que así sea.

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La hora violeta, de Sergio del Molino

La hora violeta

La hora violetaEl duelo, como el amor, es una historia de dos en la que nadie debería entrometerse. Después de que su padre se suicidara, David Vann escribió una novela pequeña, del tamaño de una isla, Sukkwan Island, en la que diseccionaba a modo de hipótesis, “qué hubiera pasado si”, su propia relación con su progenitor. El resultado era una historia oscura y tortuosa, lírica pero violenta, donde los cuerpos pesaban, y las frases, las palabras, el dolor se descomponía. No era una hermosa visión. Y, sin embargo, era literatura y era duelo.

Tras la muerte de su hijo, Wolfgang Hermann compuso su Despedida que no cesa, una bella y breve historia en la que con un lenguaje que rozaba lo poético, si no era poesía en sí, atravesaba las heridas y lograba recomponerse. Por su parte, Joan Didion tuvo que convivir con la muerte de su marido y de su hija en apenas un espacio temporal de dos años. Su pérdida dio paso a dos de sus libros más famosos, El año del pensamiento mágico y Noches azules, que discurrían entre el ensayo, el diario personal y la literatura.

A medio camino entre ambos, entre lo poético de Hermann y el ensayo de Didion, con toques a veces de memorias, casi crónica periodística como defecto de profesión, Sergio del Molino, autor también de La España vacía, cuenta en La hora violeta, título que por cierto hace referencia a un verso de T. S. Eliot, la muerte de su propio hijo Pablo.

Desde ahí, desde la herida, y solo se me ocurre ese lugar para leer su libro, al menos con el respeto que se merece, cuesta diseccionar su novela. Entrometerse en el dolor ajeno, en algo que está escrito con tanta honestidad, sufrimiento y ternura. Y es que, a lo largo de sus páginas, el escritor madrileño entona una prosa sosegada, como un murmullo, una carta íntima y privada en la que cualquier intromisión, más allá de la de su lectura, podría tornarse de más. O al menos, cuesta pararse a cuestionar su lenguaje, el ritmo, la voz narrativa o los recursos literarios que utiliza. Que los hay. Porque La hora violeta es, además de dolor, literatura.

Escrita bajo el influjo de cierto control, donde la emoción está pero no explota anárquica, la novela de Del Molino tiene la delicadeza propia de quien compone movido por el amor más profundo. De fondo, Pablo, su enfermedad, los hospitales, las mejoras y las recaídas, el personal sanitario, los procedimientos, los viajes, el inmenso desasosiego de unos padres que temen lo que podría venir después. Y todo ello distanciándose del lamento fácil, legítimo, con un lenguaje contenido y literario, a partir del cual el periodista investiga su propio dolor, le pone cerco, lo recompone.

No creo que haya respuesta para tanto, en realidad. Si, en palabras de Wolfgang Hermann, no puede ser, ni si quiera cabe en la mente. Lo que sí hay, probablemente, es necesidad. También hay belleza en La hora violeta porque hay literatura, porque de fondo subyace el infinito amor de un padre a un hijo. La escritura de Sergio del Molino invade las habitaciones de hospitales y recorre los recuerdos con absoluto mimo y elegancia. Su lectura te aprieta fuerte el alma. Encogida. Poco más se puede escribir al respecto. Salvo acompañarle en su pérdida.

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Samurai 7 volumen 1, de Akira Kurosawa y Mizutaka Suho

samurai 7 volumen 1

samurai 7 volumen 1Más de sesenta años después de que Los siete samuráis de Akira Kurosawa se estrenara en los cines, continúa siendo una de las mejores y más influyentes películas de todos los tiempos.

Podría pensarse que Akira Kurosawa no se esperaba que su película, con el tiempo, alcanzara tal éxito; que la crítica se rindiera a sus pies de igual forma que lo hizo el público; que llegara a estar nominada en los Oscars… Pero hablamos de un director que poseía un ego descomunal y que era capaz de llevar al límite a sus actores con tal de que una escena se mostrase en pantalla como él la veía en su mente. Baste como ejemplo la batalla final: escena bellísima y épica, clímax del filme, que no alcanza las tres horas y media de duración por unos minutos, en la que los samuráis defienden la ciudad bajo un tremendo aguacero. Escena que debería haberse rodado en verano pero que entre parones y retrasos, algunos de ellos propiciados por el desmesurado incremento de los costes, tuvo que filmarse en invierno, con el resultado de que algunos actores, después de que Kurosawa gritara ¡corten!, apenas podían moverse debido a estar totalmente ateridos de frío.

A pesar de esa media sonrisa tímida y de poseer un rostro de buenazo, no es de extrañar que algunos lo consideraran un megalómano obsesivo incapaz de aceptar el fracaso, un tipo que huía de las malas críticas (nos ha jodido ¿y quién no?) porque era incapaz de soportar la más mínima, algo que en su momento lo llevaría a intentar suicidarse. Por ello su esfuerzo infectaba a los que le rodeaban, llevándoles a entregarse en cuerpo y alma; aunque fuera en contra de su voluntad. Si el filme trataba sobre samuráis, y teniendo en cuenta que Kurosawa venía de una estirpe de estos guerreros que moraron en la época feudal de Japón, para él era un deber que el resultado fuera de sobresaliente. Así pues, sí, seguro que Akira Kurosawa sabía que Los siete samuráis sería un éxito, pues había puesto todo su empeño en que su tarea no solo llegara a buen puerto, sino que cuando lo hiciera no pasara desapercibida.

De igual forma pasa con el manga que nos ocupa hoy: Samurái 7 no pasa desapercibido.

Samurái 7, de Akira Kurosawa y Mizutaka Suho, nos cuenta a grandes rasgos la misma historia que el filme ya narró en la década de los cincuenta. Los habitantes de un pequeño pueblo, que periódicamente son atacados por una banda de villanos que expolia todos sus bienes y cosechas, envían una partida en busca de ayuda. La guerra ha acabado y, donde antes habitaban samuráis que servían con honor a su señor, ahora solo hay ronin que venden su espada al mejor postor. Por lo cual, guerreros no sobran. El problema es que los aldeanos, debido a los sucesivos saqueos, no tienen dinero con el que contratar a esos guerreros vagabundos. Tras intentarlo con algunos, ofreciendo solo comida y poco más, y tras recibir solo negativas, burlas y algún que otro insulto, aparece en sus vidas Katsuhiro. El joven muchacho, un samurái que oculta algunos secretos tras su apariencia de guerrero errante, se apiada de ellos y se encarga de reclutar a seis samuráis más; pues parece ser que con siete samuráis bien entrenados serían capaces de defender la pequeña aldea.

Como he mencionado anteriormente, este manga narra a grandes rasgos lo que ya hizo la película de Kurosawa; pero tiene sus diferencias. Y ciertamente son muy notables. La más significativa se pone de manifiesto en cuanto ves que por entre las páginas de este manga aparecen mechas, robots de toda clase, naves espaciales, ciborgs y construcciones de acero que nada tienen que ver con la época de Oda Nobunaga. Con todo, algo de esa época sí que hallaremos entre las páginas de este manga, pues este mundo futurista (retrofuturista más bien) repleto de contrastes, se mezcla con los vestuarios y las viviendas tradicionales que se podían encontrar en el Japón del siglo XVI. Por este motivo, algunos de los samuráis protagonistas de este shonen de ciencia ficción, a pesar de vestir ropajes tradicionales, portan espadas que son mitad katana y mitad arma de destrucción masiva. Elemento imprescindible cuando hay que enfrentarse a los Raiden: gigantescos robots manejados por humanos.

A pesar de estas marcadas y extravagantes diferencias, este primer volumen publicado por Panini Cómics traslada a las viñetas, con una fidelidad algo desvaída pero con admiración, la historia ya narrada en Los siete samuráis. Y lo hace gracias al idóneo dibujo de un desconocido Mizutaka Suho, que sobretodo sobresale en las excelentes escenas de acción.

En definitiva, este primer volumen de Samurái 7, a pesar de poseer un envoltorio que difiere bastante de la obra maestra de Akira Kurosawa, sigue manteniendo una chispa de ese espíritu que fluye hasta el espectador cada vez que los siete valientes guerreros empuñan sus armas.

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El valle de los lobos – Crónicas de la torre – 1, de Laura Gallego

El valle de los lobos

 

El valle de los lobosCuando tenía ocho años, inspirada por J. K. Rowling, empecé a escribir. Recuerdo que el primer cuento que terminé se llamaba ¡Estela que te pierdes! y que toda mi familia lo leyó como si se tratara de una obra maestra. Con los años, fui escribiendo poquito a poquito. Cada vez cosas más elaboradas, tocando diferentes palos. Hasta que empecé una novela. Motivada por mi deseo de convertirme en escritora, escribía y escribía sin parar, en cualquier momento. Sobre todo en clase, lo que hizo que me llevara alguna que otra reprimenda por parte de mis profesores. Pero un día, esa novela se quedó en el cajón. Son muchas las veces que la he retomado, sabiendo que llevo escritas más de doscientas páginas y que el final podría estar muy cerca. Pero no sé por qué, cada vez que me pongo con ella, me frustro porque no me gusta nada de lo que he escrito. Así que empiezo a borrar, a cambiar, a tachar y al final pierdo más tiempo en esas historias que en escribir. Por lo que el proyecto queda como estaba al principio: metido dentro de un cajón.

 

Laura Gallego García tuvo un inicio muy parecido al mío. Movida por las letras, inventó una historia junto con una amiga suya. Ese fue el comienzo de una larga trayectoria como escritora. El punto de inflexión se produjo cuando ganó el premio Barco de vapor y a partir de ahí, su carrera fue viento en popa. Yo la conocí gracias a Memorias de Idhún —saga que me está tentando de nuevo y no descarto reseñar— y desde entonces fue un no parar. Me encantaban sus historias fantásticas, sus mundos perfectamente diseñados, los nombres inventados, los conflictos internos de los personajes, la calidad humana de los protagonistas y, sobre todo, las moralejas de todas sus historias.

Pero, por increíble que parezca, yo, que tan fan me considero de Laura, no había leído la saga Crónicas de la torre, a pesar de las buenas críticas que había oído sobre ella y el afán con el que una amiga me la recomendaba una y otra vez. Y, la verdad, es que no me explicó por qué no me había adentrado en este mundo antes, ya que es el prototipo de libro que tiene todos los ingredientes para que me guste. Tiene magia, brujos oscuros, unicornios, elfos, enanos y licántropos. Tiene una protagonista fuerte, Dana, que con diez años descubre que dentro de su interior vive una bruja muy poderosa, lo que la lleva a irse a vivir a la Torre con el Maestro, quien le enseñará todo lo que una bruja debe saber. Tiene a Kai, que es el mejor amigo que se puede tener, pero que esconde un terrible secreto. Tiene a Fenris, un elfo que también es aprendiz de mago y que, al igual que Kai, guarda muchas cosas en su interior que Dana tendrá que descubrir. Y tiene a Maritta… ¡qué adorable es Maritta! No se me ocurren palabras para describirla, y es que tendréis que leer el libro para descubrir de lo que os estoy hablando.

La saga comienza con El valle de los lobos, que es la primera parte de una trilogía a la que después se le sumó un cuarto libro. Es un libro extremadamente fantástico, donde la amistad —como en todos los libros de Laura— es la mayor protagonista. Es una historia que bien podría gustar a adultos y a niños. Mientras lo leía y disfrutaba página tras página, no paraba de pensar que ese libro se lo tendría que dejar después a mi tía para que se lo leyera por la noche a mis primos pequeños, a sabiendas de que se van a enamorar de la historia.

¿Y la comparativa con Idhún? Bueno… es cierto que El valle de los lobos tiene reminiscencias de la que es la saga más importante de Laura hasta la fecha (digo más importante porque este mes se ha anunciado en su cuenta oficial de Twitter que está sumergida en una trilogía que verá la luz muy pronto). Encontramos un gran mago, unicornios, magia, elfos, una protagonista fuerte que tiene que descubrir todo su potencial y una historia de amor un tanto imposible. Sí, es cierto que todo eso lo encontramos en Idhún, pero a mi parecer no tienen nada que ver. Crónicas de la torre es una saga más light, donde las historias son más llanas y más sencillas. En cambio, Memorias de Idhún es una trilogía muy elaborada, donde decenas de personajes adquieren mucho protagonismo y donde los lugares de desarrollo de cada escena están sumamente cuidados. Las comparaciones son odiosas, no queda más remedio que entenderlo así. El caso es que yo estoy encantada de que Laura escriba y escriba. Este ritmo de publicar uno por año hace que mis ojos brillen cada vez que veo en Twitter la noticia de que está metida en un nuevo proyecto. Y es que Laura ha conseguido lo que a mí tan difícil me parece: crear una generación de lectores que aman la fantasía y que desearían estar leyendo libros de esta autora día y noche. Os dejo ya, que tengo que seguir con la segunda parte, que ya me está haciendo ojitos.

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Paraíso Imperfecto, de Juan Laborda Barceló

Paraíso imperfecto

Paraíso imperfectoHay pocas editoriales que me ofrezcan tanta fiabilidad como Alrevés. Su catálogo de novela negra nacional es alabado en cualquiera de los certámenes del género negro que tan de moda se han puesto en nuestro país. En esta ocasión vengo a hablaros de Juan Laborda Barceló, el último de este gran elenco de escritores, y su última novela, Paraíso Imperfecto. Aunque la verdad, viendo la excelente reseña que ya publicó anteriormente mi compañero Andrés Barrero creo que poco más se puede decir de esta novela. Pero vamos a intentarlo.

Paraíso Imperfecto arranca en un pueblo costero de la costa mediterránea, Albessora. Un pueblo ficticio, sí, pero cuya situación política y social tiene poco de ficción y mucho de realidad. En este municipio, regido por un alcalde de dudosa reputación, conviven los pocos lugareños con las miríadas de turistas que invaden cada verano la costa y con un número también indeterminado de inmigrantes que subsisten en las plantaciones agrícolas de los alrededores. Un verano más, todo el turismo abandona esta tierra, que se prepara para unos siete u ocho meses duros. Las sangrías y los helados en el paseo marítimo desaparecen y tocan meses de largo peregrinar.

Pese a no encontrarnos con una novela negra como tal, todo comienza con un muerto. Aunque parece un suicidio, hay gente que empieza a tener sus dudas. La mala gestión del caso levanta ampollas en una parte de la sociedad, harta de los tejemanejes de la alcaldía. Por eso un pequeño grupo de ciudadanos, encabezados por el padre del fallecido y guiados intelectualmente por Julio, un idealista comprometido que busca un mundo mejor, intentarán revertir esa situación y dar al pueblo una renovación social y moral que se antoja más que necesaria.

Aunque son muchos los puntos fuertes que tiene esta novela de Juan Laborda Barceló, lo más destacable no es solo lo que sucede, sino la forma que elige el autor de contarlo. Acostumbrados a novelas rápidas, de giros improvisados y diálogos atropellados, en Paraíso Imperfecto tenemos un relato detallado, mimado hasta el extremo. Las descripciones adjetivadas y los diálogos pausados dirigen la acción, introduciendo poco a poco al lector en la trama, que va saltando de personaje en personaje hasta que la historia empieza a tomar forma. Tanto es así que finalmente uno echa en falta una centena (o más) de páginas, para poder seguir disfrutando de un estilo tan personal y certero.

Paraíso Imperfecto es una novela coral, llena de personajes llamativos. Y aunque todos tienen rasgos con los que uno podría identificarse, me quedo con Julio Malagón, ese entrañable profesor jubilado con el que tengo el placer de compartir apellido. Julio es un hombre culto lleno de ideales, de los que buscan el bien común antes que el suyo propio. Un personaje cuya bonhomía intenta inculcar al resto de vecinos.

El autor utiliza esta novela para reflejar, una vez más, las miserias que la corrupción es capaz de sacar en el ser humano. Todo en nosotros es vulnerable, susceptible de ser corrompido, como demuestran muchos de los personajes. Por suerte siempre habrá otros que busquen, en ese contrapunto de fuerzas, la parte buena que también se alberga en nuestro interior, aunque a veces esa lucha se convierta en una utopía. Pero como decía Gabriel García Márquez, “todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”. Y eso Julio Malagón, Uca, Olmeda y compañía no lo olvidan.

César Malagón @malagonc

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Antes de Adán, de Jack London

Ates de Adán

Ates de AdánCuando Charles Darwin expuso su teoría de la evolución no fueron pocos los enemigos que se granjeó por esta causa. Las diversas conquistas en ciencias a mediados del siglo XIX irrumpían en el colectivo basado en folclore y supersticiones, religiosidad y fe, que poca cabida dejaban a argumentaciones sobre la procedencia de las especies y sus costumbres evolutivas. Los tiempos cambiaban y el pensamiento se supeditaba a esta nueva corriente. Jack London, el célebre escritor estadounidense que con tanto acierto conseguía reflejar la vida a través de la experiencia y la observación, narró en 1907 una novela que explicaba su particular visión de la evolución humana. Reforzaba así la doctrina de Darwin y me consta que no debieron ser pocos los que contuvieron el aliento y se guardaron sus objeciones ante su versión novelizada. El título, toda una declaración de intenciones: Antes de Adán.

¡Imágenes! ¡Imágenes! ¡Imágenes! Así arranca la historia en las palabras que relata el protagonista. Y resulta muy representativo en un autor como London que puede presumir de ser uno de los mejores escritores en conseguir evocar en el lector precisamente eso, imágenes. Ya fue sorprendente la descripción tan exhaustiva y próxima en novelas como Colmillo Blanco o La llamada de lo salvaje y vuelve a serlo en la obra que ahora recomiendo. Una historia que, fundamentada en el realismo imperante de la sociedad con la inclusión de elementos oníricos, refleja fielmente la brutalidad de la vida salvaje en los tiempos oscuros del Medio Pleistoceno.

¿Cómo consigue contar la historia? A través de las pesadillas que desde niño padece el joven protagonista y narrador. En sus sueños, el joven no es el chico del civilizado e industrial mundo del siglo XX, sino un homínido que habita un mundo completamente desconocido para él: fieras de colmillos afilados que acechan entre el follaje; serpientes que cuelgan de las exóticas plantas; hombres simiescos que viven en los árboles; una civilización más avanzada y brutal que los ataca. Cada noche se repiten las visiones de aquel mundo. Todo le es extraño al joven protagonista del mundo actual ya que, por los estudios aprendidos en la escuela, le enseñaron que los sueños no son más que visiones de aquello conocido, sin embargo, este chico jamás había tenido conocimiento alguno de nada cuanto se representaba en sus pesadillas.

Aquí, Jack London intenta infundir una idea rompedora acerca de la capacidad del desdoblamiento de identidad. Aquellos recuerdos ancestrales que hemos heredado de una especie muy anterior a nosotros y que, generación tras generación, permite que un chico de primeros del siglo XX consiga recordar unos hechos acontecidos miles de años atrás. Pone como ejemplo el sueño de la caída en el espacio, conocido y experimentado por prácticamente todo el mundo. Esto no es más que un recuerdo racial, originario de nuestros antecesores, que vivían en los árboles. La posibilidad de caerse era para ellos una continua amenaza. Muchos caían y morían, y otros conseguían agarrarse a las ramas y salvarse. Los golpes producidos en la caída producirían cambios moleculares en las células cerebrales que son los que se trasmiten como recuerdos de la raza a lo largo del tiempo. Esta explicación, en nada erudita, sino contada de una forma eficaz y simple, determina los recuerdos del protagonista y permite que a través de ellos conozcamos el salvaje mundo en el que el álter ego del chico, un joven homínido, experimente diversos acontecimientos ocurridos en su tiempo.

El hombre avanzaba hacia una especie cada vez más brutal y organizada. Antes de Adán muestra esos primeros síntomas evolutivos y es, en parte, un antecesor del estilo de obras como El planeta de los simios en donde se aprecia la diferencia entre ambas especies separadas por miles de años de evolución. También valdría como ejemplo aprendido el emocionante inicio (solo el inicio) de la novela de Michael Crichton, Next, donde una turista de un safari aseguraba que un mono había hablado y la había insultado.

Jack London nos ha legado una novela de aventuras apasionante en cada uno de sus capítulos, que consigue transportarte a un mundo antiguo y peligroso en el que la lucha por la vida es una constante. Con un ritmo muy atractivo se convierte en un libro ideal para disfrutar casi de una sentada por su adictiva lectura.

 

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La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie

La flor púrpura

La flor púrpuraHay personas tan inteligentes, directas y honestas que es irremediable sentarse a escucharlas cuando hablan. Y no para aprender de sus palabras, que también, sino porque nos hacen reflexionar, mirar a nuestro alrededor con nuevos ojos, teniendo en cuenta puntos de vista que antes ni siquiera sabíamos que existían, y sacar nuestras propias conclusiones.

Chimamanda Ngozi Adichie es una de esas personas. Yo la descubrí con Querida Iljeawele. Cómo educar en el feminismo, una lúcida carta que todos deberíamos leer en algún momento para tener claro qué es el feminismo y por qué hay que aspirar a él. Quedé tan fascinada con su elocuencia que, cuando vi que la editorial Literatura Random House publicaba el resto de sus obras en una edición limitada, me abalancé sobre ellas; concretamente, sobre sus tres novelas: La flor púrpura, Medio sol amarillo y Americanah. Ya conocía a la Chimamanda divulgadora, ahora quería descubrir a la Chimamanda novelista.

Pero empecemos por el principio, en esta reseña os hablaré de La flor púrpura, su primera novela, galardonada con el Commenwealth Writers’ Prize or Best First Book y con el Hurston/Wright Legacy Award, ni más ni menos. En este libro, Chimamanda Ngozi Adichie nos cuenta la historia de dos hermanos, Kambili y Jaja, hijos de Eugene, director del periódico que critica abiertamente la corrupción y represión del gobierno nigeriano, y benefactor de aquellos niños que no tienen medios para seguir estudiando. Reconocido de puertas para afuera por su gran labor política y social y por ser uno de los defensores más activos de los derechos humanos  en su país, dentro de su hogar tiene sometidos a su mujer y a sus hijos bajo una inflexible moral religiosa. Por eso, aunque Kambili y Jaja tienen una vida llena de privilegios económicos y buena reputación, su día a día es amargo. Pero no son conscientes de ello hasta que pasan una temporada con su tía Ifeoma y sus primos, una familia que se sobrepone a las carencias con amor, confianza, comprensión y risas.

Mediante la temerosa voz de Kambili, esta novela muestra los contrastes y conflictos internos tanto personales como de la sociedad en su conjunto, plasmando temas complejos, extrapolables a otros países y a otros tiempos: la represión (estatal y familiar) y el despertar de la adolescencia hacia la vida adulta a través de la construcción de la libertad y de la identidad propias. Y pese a las capas y capas de profundidad que subyacen, su lectura es sencilla; a veces dura, sí, pero llena de ternura. Eso se debe a la capacidad narrativa de Chimamanda Ngozi Adichie, que representa esas complicadas realidades a través de la cotidianidad de sus personajes, siempre bien perfilados y creíbles. Y con sus historias derriba nuestros prejuicios y llega a nuestro corazón sin necesidad de recursos maniqueos y sin pretensión alguna de aleccionarnos. Porque Chimamanda Ngozi Adichie abre el camino a la reflexión, pero no nos marca la senda.

Si la Chimamanda divulgadora habla, yo escucho. Si la Chimamanda novelista escribe, yo la leo. Porque tiene el poder de la palabra, con el que nos incomoda, nos emociona, nos despierta. Hacen falta más escritoras como ella en la literatura. Hacen falta más personas como ella en el mundo.

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7LR (Siete lágrimas rojas), de Juan Miguel de los Ríos

7lr Siete lagrimas rojas

7lr Siete lagrimas rojasEl año pasado tuve el inmenso privilegio de acudir como representante de Libros y Literatura a la cena de gala del Premio Planeta 2016. En uno de los posts donde contaba mi experiencia durante ese fin de semana, y dejándome llevar por el frenesí de quinielas y rumores que se desataba entre los periodistas presentes, me atreví a dar mi apuesta como favorito a uno de los manuscritos finalistas, desenmascarando (gran atrevimiento el mío) el famoso autor que se escondía detrás. Ese manuscrito era 7LR, que en aquel momento lo firmaba un misterioso Blanco Dálmata, aunque para mí tras ese seudónimo se encontraba Javier Sierra. Mi lanzamiento a la piscina fue doblemente fallido. Ni 7LR ganó el Planeta 2016 (aunque quedó en un meritorio cuarto puesto) ni tras Blanco Dálmata se encontraba el autor de El maestro del Prado. El autor en cuestión era Juan Miguel de los Ríos, como pude saber a posteriori, y fue el propio escritor el que me hizo la promesa de mandarme su manuscrito si finalmente conseguía publicarlo.

Gracias a Ediciones del Genal, el autor ha podido cumplir con su promesa, y ahora me toca a mí hablaros sobre 7LR (Siete lágrimas rojas), la que es su tercera novela. He de ser sincero, como siempre soy con mis reseñas: Este género literario lo tengo bastante apartado de mis lecturas habituales, pues el atracón que me di hace más de una década con El Código da Vinci y sus sucedáneos fue tan grande que se me quitaron las ganas de seguir leyéndolos durante una buena temporada. Sin embargo, mi curiosidad lectora quería saber qué se escondía detrás de este enigmático título, y comprobar de primera mano lo que vieron los miembros del jurado para elegir una obra así como la cuarta mejor entre los más de 550 manuscritos que se presentaron a concurso.

Con Juan Miguel y su novela viajamos a una Málaga que vive un periodo de catarsis. En fechas próximas a la Semana Santa, seis de las vírgenes de la ciudad empiezan a llorar sangre. El milagro lleva a millones de fieles a ocupar la ciudad, paralizando por completo la vida diaria de la misma. El Vaticano, alarmado, decide llevar a uno de sus jesuitas, Elías, a investigar qué hay detrás de este curioso misterio. Ya en la capital de la Costa del Sol, el joven sacerdote recibirá la ayuda de Javier, comisario de la Policía Local y Micaela, periodista malagueña. El jesuita, malagueño de nacimiento, descubrirá no sólo los misterios que se esconden tras las lágrimas sangrientas; también descubrirá cosas de su pasado que parecían olvidadas tras muchos años viviendo fuera de la ciudad.

Uno de los jurados del Premio Planeta, Juan Eslava Galán, con su humor característico, definía esta historia como “una intriga trepidante al estilo de El Código da Vinci, solo que está muy bien escrita”. Y una vez terminado, no puedo estar más de acuerdo con el escritor jienense. Juan Miguel de los Ríos sorprende con esta historia bien estructurada y documentada de manera casi exhaustiva. El perfil de los personajes es muy completo, siendo Elías una buena versión made in Spain del profesor Robert Langdon. Pero lejos de quedarnos en una superficial comparativa con Dan Brown, hay que agradecer a este autor el esfuerzo que hace por contextualizar la historia de Málaga dentro del mismo relato, retrotrayéndose a los años previos a la Guerra Civil y rememorando episodios negros de nuestra historia como fue la quema de conventos de mayo de 1931, de tan infausto recuerdo para la ciudad malacitana.

En 7LR (Siete lágrimas rojas), pasado y presente van entremezclándose, abordando a su paso temas como el amor, la pertenencia, el olvido y la religión. Y por supuesto, mucho misterio, que va desvelándose poco a poco. Como parte negativa del libro, hay que señalizar que en ocasiones la lectura se vuelve un poco densa. El autor se recrea en descripciones largas y se echa en falta un poco más de diálogo para que la historia fluya de un modo más rápido. Sin embargo, los pocos diálogos que hay en la historia están llenos de humor, agudeza y agilidad, punto que quizá se debería explotar más en publicaciones futuras, pues creo que proporcionaría un resultado aún mejor en el lector.

7LR (Siete lágrimas rojas) no solo es un homenaje al pasado y presente de una ciudad como Málaga. Es además una gran historia que hará las delicias de todo aquel lector que disfrute de las novelas de misterio. Quizá en próximas ediciones volvamos a ver a Juan Miguel de los Ríos entre los finalistas del Planeta. Y quién sabe si algún día recibirá tan ansiado galardón (con su suculento cheque incluido) en esa cena de postín. Pero tampoco juguemos a ser adivinos (yo ya he demostrado mi poca pericia tirándome a la piscina), y disfrutemos de esta gran historia.

César Malagón @malagonc

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Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

Americanah

AmericanahEl racismo está superado, es cosa del pasado. Solo quedan algunos bocazas incultos por ahí, que aún no se han enterado de que todos pertenecemos a una única raza: la humana.

Ja.

Si crees eso, probablemente seas una persona blanca, para la que la cuestión de la raza nunca ha constituido una barrera. Pero pregúntale a un negro («un negro», sí, nada de eufemismos absurdos como «persona de color» o diminutivos humillantes) si alguna vez alguien ha juzgado sus actos en función del color de su piel, y ya verás la cantidad de anécdotas que le vienen a la cabeza. Y ni se te ocurra acusarlo de victimista porque se atreva a quejarse, ni mucho menos le des la vuelta a la tortilla diciéndole que, con esa actitud, es él el que demuestra ser un racista. Si estás en ese plan, ya estás tardando en leer Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, a ver cuántas de esas convicciones siguen en pie tras la lectura.

Tres, tres libros seguidos llevo de Chimamanda Ngozi Adichie, y cuando creía que no me podía cautivar más, llega esta novela y se convierte en mi preferida. Con ironía y vehemencia, Americanah habla a las claras del incómodo tema del racismo y del proceso de adaptación (o de sometimiento) del inmigrante al país de acogida. Bueno, y también cuenta una bonita historia de amor, que no todo va a ser echarnos verdades a la cara.

En la década de los noventa, los universitarios Ifemelu y Obinze se enamoran. Pero ambos son conscientes de que esa Nigeria dominada por la dictadura militar no va a ofrecerles el futuro que esperan. Obinze se marcha a Inglaterra e Ifemelu a Estados Unidos, dispuestos a reunirse más adelante, pero sus vidas en esos nuevos países harán mella en ellos, cambiándolos y distanciándolos. Ifemelu rememora aquellos tiempos trece años después, cuando se dispone a regresar a su país y, quizá, a retomar el contacto con Obinze, su primer y gran amor.

A través de sus recuerdos, conocemos cómo ha sido su estancia en Estados Unidos, ese país que grita a los cuatro vientos que allí todo está bien y que todos son iguales. Pero Ifemelu ha comprobado que eso no es así, y ha dejado constancia de sus experiencias en un blog, Raza o Curiosas observaciones a cargo de una negra no estadounidense sobre el tema de la negritud en Estados Unidos. Y es que ella repara por primera en que es negra al llegar allí; había sido un rasgo al que nunca había prestado atención en su país, pero de repente condiciona todos los aspectos de su vida. Y, sin embargo, cuando vuelve a casa, la sociedad nigeriana le atribuye otra etiqueta: a partir de entonces es americanah, apelativo con el que sus compatriotas designan a aquellos que regresan de allá para marcar distancias. Para ellos, los retornados ya no son nigerianos, aunque nunca hayan llegado a ser americanos.

Americanah es una novela irreverente tremendamente adictiva, que te saca de tu zona de confort a base de disecciones perspicaces de los comportamientos culturales y sociales de unos y de otros. Los extractos del blog son reflexiones inteligentes que desmontan todos los clichés habidos y por haber en torno al denominado Tercer Mundo y la raza; las vivencias de los dos protagonistas, un retrato realista de los claroscuros de la inmigración, del camino hacia la madurez y de las relaciones interpersonales; y la historia de amor, el hilo conductor perfecto para unir todas esas partes que por sí solas ya merecen la lectura de esta novela.

Leer a Chimamanda Ngozi Adichie es necesario, ya lo he dicho más de una vez, pero leer Americanah es imprescindible. Un ejemplo de buena literatura, de esa que te sacude y te desmonta, para que cuando recompongas tus pedazos seas otra persona: más crítica, más empática… mejor.

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Los pequeños hombres libres, de Terry Pratchett

los pequeños hombres libres

los pequeños hombres libresTerry Pratchett solo había uno.

No son pocas las veces que han caído en mis manos libros que narran historias con alto contenido en humor. Tampoco son pocas las veces que en la faja que acompaña al libro, o en cualquier otro sitio que sea visible desde dos kilómetros de distancia, hay un comentario en el que, posiblemente un amigo del autor, compara el estilo de éste con el que elaboraba Terry Pratchett. Tras unas pocas páginas leídas descubres que sí, hay humor, pero que la narración ni de lejos se acerca a la elegancia natural con la que Pratchett hacía fluir las vidas de sus personajes para que éstos, a su vez, elaboraran sus propias historias. El humor, al final, era un invitado inherente a esas historias; una función vital en la biodiversidad que habitaba el Mundodisco, no un añadido artificial.

Terry Pratchett era inimitable.

Y esto solo significa que los que disfrutábamos con sus libros, tras su muerte en 2015, nos hemos quedado un poco huérfanos. Por suerte tenemos muchísimos libros para leer y releer, para volver a disfrutar, para reír, para emocionarnos, e, incluso, para sorprendernos. Sorprendente, sí. Ese es el adjetivo para calificar el libro que nos ocupa hoy. Yo que he leído algo más de la mitad de la obra de Terry Pratchett (de una forma tan desordenada que hasta la habitación de un adolescente gozaría de cierta estructura organizativa), yo que ya creía que el caballero del sombrero negro no podría cogerme con la guardia baja… Entonces va y cae en mis manos Los pequeños hombres libres para sacarme de mi error.

Los pequeños hombres libres, publicado por Debolsillo, es el primer libro del arco argumental protagonizado por Tiffany Dolorido. Tiffany es una muchachita de nueve años que vive en La Caliza, un lugar al que podríamos describir como la versión fantástica de aquellos bellos Alpes, repletos de prados en flor, ovejas pastando y de montañas escarpadas que Johanna Spyri nos mostró en Heidi. Tiffany vive una vida apacible con su familia: ordeña ovejas, evita que Bolsa de Ratas, su gato, cace pajaritos, elabora quesos y sale a pasear con su hermano pequeño Wentworth. Y entonces su hermano es secuestrado. Y parece que el acto ha sido perpetrado por un ser mágico, alguien que vive en un país que resulta ser el reflejo distorsionado de la realidad. A la misma velocidad que Tiffany halla una aventura y un enemigo, también se topa con unos extraños aliados: los Nac Mac Feegle. Las alianzas se producen. La magia se sucede. La aventura está servida.

Pero antes de que Tiffany se embarque en la aventura, vosotros, como lectores, asistiréis a la forja de una amistad con momentos delirantemente absurdos. Y todos vienen dados por esos pequeños seres que podrían ser el cruce definitivo entre un pitufo y un escocés. Vale, no sé qué está imaginando vuestra mente calenturienta, pero ya podéis parar. Su forma de hablar ya logrará que esbocéis una sonrisa (gracias Pilar Ramírez Tello, pues traducir a Pratchett debe ser un infierno). Continuemos… porque aunque Los pequeños hombres libres comienza con mucho cachondeo y con sucesos que bien podrían estar directamente extraídos de unos dibujos animados, poco a poco el hilo narrativo toma un cariz más “serio” y en algunos tramos muy lúgubre; en especial cuando la protagonista, en contra de su voluntad, acaba atrapada en el interior de una pesadilla por obra de un somníbulo: un ser de morfología sobrecogedora que os erizará el vello del cogote además de haceros preguntar hasta dónde habría llegado Terry Pratchett si hubiera decidido escribir novelas de terror. De todas formas, no temáis, pues toda esa oscuridad, toda esa sensación espeluznante que acompaña al lector en algunos tramos, se va mezclando con trazos de humor que rebajan la tensión o con los recuerdos de Tiffany, que no son más que breves historias, que moran en un pasado cercano, cargadas de emotividad y nostalgia.

Y si la aventura ya es excepcional, su protagonista es fascinante. De carácter fuerte pero compasiva. Autosuficiente y madura, pero con los miedos e inseguridades de alguien de su edad. Dispuesta a aprender de sus tropiezos pero no a que le tomen el pelo. En definitiva: Tiffany Dolorido es un personaje sumamente humano, de esos que no se olvidan con facilidad.

Los pequeños hombres libres es una novela de fantasía en la que Terry Pratchett hace malabarismos con los sentimientos del lector, éste puede pasar de sentirse conmovido a encontrarse con una gran sonrisa en el rostro en unas pocas páginas, y todo ello mientras descubre que las lecciones más importantes son las que te enseña la propia vida.

“Y las cosas no dejaban de ser mágicas solo porque descubrieras cómo se hacían.”

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Cuando el olvido nos alcance, de Raúl García Reglero

Cuando el olvido nos alcance

Cuando el olvido nos alcanceEl sábado pasado estuve en un festival. Actuaba The Offspring, uno de mis grupos favoritos. Aprovechando un descanso entre concierto y concierto, mi amiga y yo nos fuimos colando entre la gente hasta conseguir primera fila. Repito: primera fila. Me dejé la garganta y el alma en ese concierto. Grité hasta quedarme afónica y al día siguiente estaba tan cansada que sentía que mi cuerpo ya no me pertenecía.

Podría decir que ha sido el mejor concierto que he visto, pero eso mismo es lo que digo cada vez que salgo de uno. Lo que sí ha sido es memorable. Inolvidable. Algo que espero que jamás se borre de mis recuerdos y que pueda contarlo todas las veces que quiera sin perder de vista ni uno solo de los detalles. Poder recordar cómo se me erizaba la piel cada vez que empezaba una canción nueva y cómo se me saltaron las lágrimas al escuchar una de mis favoritas.

Empiezo mi reseña de esta manera porque para mí, los recuerdos, lo son todo. Este concierto va a ser uno más entre los miles que se agolpan en mi mente y que quedan grabados a fuego. No solo las experiencias, también los sonidos o los olores son algo que consigue emocionarme. Porque yo soy una persona muy nostálgica, que ama recordar experiencias vividas y sonreír cada vez que lo hago.

Así que no sé si podría vivir en el mundo que propone Raúl García Reglero en Cuando el olvido nos alcance. En esta novela nos adentramos en un mundo distópico en el que existen hackers que manipulan la mente de toda la población. Los recuerdos pueden borrarse, las mentes pueden vaciarse y llenarse con historias y alusiones falsas. La gente puede cambiar de vida con la facilidad de chascar los dedos; solo hay que pedirlo y tu vida comenzará de cero. Por una parte, parece algo muy interesante. No haría falta estudiar una carrera, porque con hackear la mente podríamos introducir todos los conocimientos necesarios para ejercer una profesión. Si hemos vivido un gran trauma, podríamos olvidarlo de manera automática. Adiós sufrimiento. Así de fácil. ¿O no? Suena idílico, pero la verdad es que no todo es tan bonito como parece. Falta tiempo para que una organización comience a delinquir valiéndose del sistema de hackeo. Se pueden cometer miles de delitos y después usar de chivo expiatorio a una persona a la que le hemos introducido recuerdos falsos, haciéndole creer que fue ella quien realizó el delito. Se puede estafar, traficar, matar. Sin consecuencias. Por eso surge el movimiento de La Amapola, un grupo de personas que intenta acabar con el hackeo y regresar a ese tiempo en el que los recuerdos de la gente tenían mucho más valor que el económico.

¿Lo entendéis ahora? Vivir en la realidad propuesta en Cuando el olvido nos alcance sería una locura. Nunca llegaríamos a saber si nuestros recuerdos son los verdaderos o si están dentro de nuestra cabeza como consecuencia de una manipulación. Yo nunca podría llegar a saber si ese escalofrío que me recorre la espalda cada vez que recuerdo el concierto del sábado es real o alguien lo metió a la fuerza dentro de mi cabeza. Si fuera esta segunda opción, sería una verdadera lástima.

Lo que está claro es que Raúl García Reglero me ha dado mucho que pensar. Y cuando leo algo nuevo, es una de las cosas que más aprecio. Me encantan los libros que proponen un mundo distópico que bien podría representar nuestro futuro (véanse las locuras propuestas en Un mundo feliz, que hoy en día no son tan locura). Una idea muy original que, espero, no se me olvide en mucho tiempo. Pero no todo iban a ser cosas buenas, hay aspectos que, en mi opinión, son mejorables. Lo primero —y es algo en lo que yo no puedo evitar reparar— son las faltas de ortografía. No sé cuál ha sido el motivo, pero hay bastantes fallos que deberían corregirse. Cosa que choca con el lenguaje enrevesado que usa el autor. Raúl García hace uso de palabras poco comunes, de manera que los sinónimos confluyen por todo el libro. Yo, que soy muy tiquismiquis con lo de las faltas de ortografía, sentía que la lectura se iba paralizando cada vez que encontraba una. Y eso me daba rabia y pena, porque el escritor nos está narrando una gran historia que, inevitablemente, se ve interrumpida y escalonada por culpa de las faltas. Pero esto es algo que el lector debe juzgar y que adquirirá mayor o menor importancia dependiendo del nivel en el que se encuentre dentro de la escala de “tiquismiquis de la ortografía”.

Por otra parte, están los personajes. Vemos cómo tenemos varios protagonistas, en concreto, cuatro. Son hombres que viven en diferentes partes del país y con vidas completamente dispares. Y con vidas me refiero también a ideologías. Los hay que apoyan el sistema de hackeo mientras que hay otros que apoyan a La Amapola. Los cuatro tienen algo en común: que son muy canallas y muy mal hablados. Son hombres a los que la vida les ha enseñado mucho y cuyos ideales están arraigados a sus propias experiencias. Y esto se junta con el hecho de que ya sabemos que la memoria, en este libro, es voluble y los recuerdos y experiencias que uno cree tener no tienen por qué ser reales. ¿A que suena interesante? Pues imaginadlo en un entorno hostil, donde los baretos y los puticlubs son los escenarios habituales en los que se desarrolla la vida de nuestros protagonistas. Drogas, sexo, muertes, violaciones… todo vale. Y eso hace que la historia vaya adquiriendo interés página tras página.

Como decía, destaca el lenguaje malhablado de los personajes. Esto le da un toque bizarro (uso este término en contra de lo que dice la RAE, pero qué le vamos a hacer, nadie es perfecto) que le sienta muy bien a la novela. Esto me ha ayudado a imaginarme a los protagonistas como cuatro tíos macarras que bien podrían salir de Pulp Fiction o Sin City. Vale, es posible que me haya imaginado a los personajes como una versión de Bruce Willis. Pero si leéis la novela, me entenderéis. Son tipos duros que parecen no tener nada que perder en sus vidas. Y sus juergas e idas y venidas en los puticlubs de toda la ciudad lo corroboran. Y entre tanto macho, encontramos a Lia, un personaje que, aunque secundario, es imprescindible. Aporta la frescura que le falta a los otros protagonistas y es una pieza fundamental en la historia. Me la imaginaba al estilo Lisbeth Salander, de Los hombres que no amaban a las mujeres, por su gran inteligencia y su forma de ser. Aunque salvando las distancias, claro, porque no está tan trastornada como la informática sueca (¡y menos mal!)

El caso es que es un libro que me ha divertido bastante y que desde el primer momento me ha tenido intrigada. En cuanto leí la sinopsis supe que iba a ser mi estilo de libro —inciso: que me dé por leer de vez en cuando novelas romanticonas no quita para que me deleite con este tipo de literatura—. Y no me equivocaba. La historia me ha parecido muy original y la ejecución de la trama está muy bien. El autor sabe mantener la intriga cuando tiene que hacerlo y nos deja con la miel en los labios constantemente. Eso me encanta. Porque a mí no me gustan las novelas que te lo dan todo hecho. Quiero emoción, intriga, que me invada la curiosidad desde la primera hoja, que llegue la noche y esté deseando abrir el libro para ver si mis sospechas se confirman en el siguiente capítulo. Si la novela no es así, os aseguro que cuando me meto en la cama acabo cogiendo el móvil para cotillear Facebook o cualquier otra red social en vez de hacer lo que tengo que hacer. Y eso, es una pena.

Creo que no me dejo nada en el tintero. Como conclusión diré que estamos ante una novela muy entretenida, con una historia fácil de leer y que engancha desde la primera página, aunque, como casi todo en esta vida, mejorable. Mi deseo es que en las siguientes ediciones el aspecto ortográfico se corrija y, en cuanto a vosotros, lectores, que os dejéis llevar por el mundo propuesto por Raúl García, no vaya a ser que algún día los recuerdos falsos hablen por nosotros y ya no sepamos ni quiénes somos.

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Primavera azul, de Taiyo Matsumoto

primavera azul

primavera azulLa maldita adolescencia: ese momento de locura transitoria en el que las personas se convierten en una inestable bomba de relojería. Personalidades volátiles y cambiantes que estallan por una mirada inoportuna, una palabra malinterpretada o una situación que, a priori, no vaticinaba un desenlace de cariz violento. ¿Qué pasa contigo? ¿Qué coño miras? Si quieres pelea la tendrás. Parece una buena idea reunir a todos estos muchachos y muchachas, que intentan tomar el control de un cuerpo que parece ir a la deriva, en un mismo lugar. Añadámosles, en algunos casos, marginalidad, drogas y la falsa creencia de ser eternos. No existen peligros, la inmortalidad les ampara. Morir es solo de viejos. Sí, parece una buena idea concentrarlos en un único edificio que les infunda la engañosa sensación de perder su libertad. El instituto: un polvorín atestado de seres frágiles y cargados de inseguridades que solo buscan subsistir. De este tipo son los personajes y las situaciones que vamos a encontrar en Primavera azul, la última obra del mangaka Taiyo Matsumoto publicada por ECC.

Primavera azul de Taiyo Matsumoto es una recopilación de siete historias que nos mostrarán el lado más extremo de lo que significa ser adolescente. Extremo porque el autor añade elementos como las drogas, la violencia a través de las armas o el más hondo desprecio por la vida; la de los demás y la propia. De hecho, las primeras cuatro páginas del manga ya son toda una declaración de intenciones de lo que nos vamos a encontrar a continuación. Cuatro páginas de color ocre que muestran a jóvenes divirtiéndose, comiendo, peleándose e incluso suicidándose. Jóvenes con el rostro marcado por el sufrimiento y con la mirada perdida que, aun rodeados por una multitud, se sienten solos e incomprendidos.

Si eres feliz y ya lo sabes, bate palmas es la primera de las historias que encontraremos en Primavera azul. Un comienzo por todo lo alto; en varios sentidos. Un relato sobre muchachos que se ven en la obligación de mantener su estatus en el instituto mediante un juego arriesgado que pondrá sus vidas en peligro. Igualmente ocurre en Revólver, un relato contado en tres actos en el que el autor introduce una variante: un arma de fuego que puede cambiar la vida de sus dueños. En Verano de mahjong un grupo de jóvenes deportistas se enfrentan al estrés que tienen que soportar ante la posibilidad de acceder a la final de un torneo de baseball. Muchachos que intentarán rebajar dicha tensión jugando al mahjong y descubriendo que se juegan en esos partidos más de lo que creen.

Y así hasta siete historias: truculentas y extrañas, como la de Paz; divertidas, distendidas y que muestran lo que significa la amistad a esas edades (como en ¡Los restaurantes familiares son nuestros paraísos!) o amar hasta la últimas consecuencias (véase ¡Esto no está bien!); o agradablemente reveladoras, como la de Señor Suzuki, en la que asistiremos a los primeros pasos juntos del yakuza conocido como “El ratón” y su joven pupilo Kimura, tiempo antes de que se cruzaran con Blanco y Negro, los niños protagonistas del manga Tekkon Kinkreet; la magnum opus del autor.

Fue dicha obra la que nos enseñó que Taiyo Matsumoto era un mangaka que se salía de lo normal. Rompía sobre todo las normas narrativas visuales llevándolas al extremo, y pasaba olímpicamente de proporciones y de dibujos de aburrida perfección. Es por ello que algunas de sus viñetas acercan al lector a un insólito, diría que onírico, mundo visto a través de una lente ojo de pez o, en otras ocasiones, de un exagerado gran angular. No importa si está narrándonos un partido de ping pong, una historia de samuráis o las desventuras de un grupo de muchachos huérfanos, pues entre las páginas de sus mangas encontraremos picados, contrapicados, primerísimos planos, perspectivas imposibles y un diseño de personajes y escenarios que se alejan totalmente del estilo kawaii del que tan acostumbrados estamos en el cómic japonés. Es, sin ningún género de dudas, un tipo de dibujo chocante, de surrealismo explosivo, que goza de una gran fortaleza descriptiva debida a su trazo inquieto y, en ocasiones, sobrecargado. Un tipo de dibujo que, afortunadamente, en Primavera azul volvemos a encontrar.

Primavera azul de Taiyo Matsumoto es un seinen de corte dramático que muestra sin tapujos y de forma realista situaciones desgarradoras y violentas en las que también hay cabida para el amor y la amistad. A esto hay que añadirle la lucidez que revela el autor a la hora de hacer un profundo y laborioso retrato sobre la psicología de unos personajes hastiados de la vida y que buscan la libertad en los lugares o de las formas más insospechadas.

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