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Pequeños fuegos por todas partes, de Celeste Ng

Pequeños fuegos por todas partes

Pequeños fuegos por todas partes

Con tan sólo un libro en su haber, esta autora ha conseguido que se publique de manera simultánea en diferentes lenguas su segunda novela. Celeste Ng no es una principiante y tras el éxito que supuso Todo lo que no te conté, vuelve a la carga. Urbanizaciones en las que el drama entra por la puerta de atrás y se cuece a fuego lento ante unos personajes que lo ignoran por completo. Ahí es donde la autora norteamericana es una maestra. Su sutileza le ha ganado un sinfín de seguidores y es lógico. No hace ruido, no fuerza la situación, pero te ata de pies y manos a las páginas de su libro. Consigue que lo que te está contando importe. No exagero si digo que es muy posible que veáis este libro en las listas de lo mejor del año. La escritura de Celeste Ng es como los conflictos que plantea en sus novelas. Nadie se da cuenta de que ha llegado hasta que todo ha cambiado para siempre.

Mia Warren, cansada de la vida itinerante que ha llevado en los últimos años, decide asentarse con su hija Pearl en Shaker Heights. Una comunidad bien intencionada donde comenzar de nuevo y donde conocerá a Elena Richardson, propietaria de la casa que alquilan. El encuentro de las dos mujeres cambiará el curso de sus vidas para siempre. Elena, madre de cuatro hijos y miembro reputado de su comunidad, sentirá cómo los preceptos vitales de Mia chocan con los suyos propios.

Son los hijos de ambas mujeres quienes estrecharán lazos en detrimento de las diferencias puestas sobre la mesa. Aunque todos sabemos que los parches no son soluciones perdurables. Cuando el caso de adopción de una niña china por un matrimonio blanco pone en entredicho la ética y el buen hacer de los integrantes de Shaker Heights, las dos mujeres acabarán enfrentadas. Y, por ende, también los hijos de éstas. Alargando el conflicto de raza y clase desde los tribunales a la zona de juegos. A lo largo de la novela todos aprenderán la facilidad con la que puede propagarse un fuego que se creía controlado.

El estilo de Celeste Ng acaba subyugando al lector. Convierte a cada uno de sus múltiples personajes en un pequeño foco de atención, empatía y verosimilitud. No hay buenos ni malos. Desde el narrador omnisciente, consigue ponernos en la tesitura de cada uno de ellos. Otorgándole a la verdad una dimensión múltiple. Ideas como estatus o pertenencia cobran nuevos significados dependiendo del personaje que nos acompañe, dándole voz y peso a los argumentos que esgrimen.

En recientes entrevistas, la autora ha comentado que ella se crió en una población de esta índole, a las afueras de Cleveland. Conoce al dedillo los entresijos de estos vecinos que corren las cortinas para invocar una suerte de privacidad. Sabe qué esconden las familias perfectas, así como el grado de suciedad de la colada que no se muestra públicamente. La viveza con la que desarrollan su día a día los vecinos de Shaker Heights es un reflejo del grado de conocimiento que posee la autora. Celest Ng usa la mirada de Mia para criticar esta postal perfecta y hacer arte con las grietas que va encontrando en la vida diaria de estas personas.

Narrativamente estamos ante un sólido escenario que todos conocemos, a pesar de que la mayoría nunca hayamos pisado una de estas comunidades. Celeste Ng consigue aportar su granito de arena en este imaginario colectivo de barrios residenciales norteamericanos que tantas veces hemos presenciado en otras novelas.

No quería acabar esta reseña sin hablar de la maternidad. Ya que sin duda es el asunto más importante que se nos presenta en la novela. Madre no hay más que una, eso es cierto. Pero esta máxima acepta un sinfín de matices y Pequeños fuegos por todas partes recoge todos y cada uno de ellos. La capacidad de romperse por un hijo, la sangre fría de retenerlos contra su voluntad. Hijos deseados y padres primerizos. Madres ausentes y niños robados. El arte de la combinatoria se expande cuando hablamos de progenitores y descendientes. La Biblia nos habla de dos mujeres enfrentadas por la custodia de un hijo. Una, capaz de compartir un trozo de dicho hijo; otra, forzada a ceder. Celeste Ng asume la tarea de continuar con la tradición de toda esa literatura ancestral centrada en las madres y parte en dos el universo de Mia y Elena con el fin de satisfacer el deseo de verdad que reside en el lector.

Rectifico lo que dije antes. La novela de Celeste Ng no habla de maternidad, sino de maternidades. Hay algo que asusta en traer vida a este mundo. Te expone y te convierte en el blanco de los miedos y las dudas. Parir te obliga a romperte y a dejar ir. La creación de otro humano es algo engorroso y arbitrario en grado sumo. ¿Dónde acaba nuestro papel? ¿Cuándo podemos sentirnos orgullosos ante el buen trabajo realizado? No existen respuestas. Los hijos llegan para heredar nuestro legado o para construir el suyo propio sobre nuestros cimientos. No existen las madres perfectas. Por desgracia, tampoco los hijos pródigos.

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Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela, de Yusei Matsui

assassination classroom 19

assassination classroom 19Página cinco de mi diario de lectura del manga Assassination Classroom. O página diecinueve si lo hubiera leído desde el principio. ¡Ay, qué lástima no haberlo conocido antes!

Querido Yusei Matsui:

Gracias. Imagino que leíste mi anterior reseña, en la que te decía que no sabía si podría perdonarte otro episodio de relleno, y veo que has escuchado mis súplicas. ¿Qué dices? ¿Que eres un escritor serio y ya tienes toda tu historia trazada?, ¿que no haces caso a las rabietas de tus lectores? Bueno, vale, haré como que no he oído eso y seguiré recomendando tu manga a quienes aún no se hayan animado a leerlo.

La portada de Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela es negra, algo que no es trivial en esta historia. Tanto es así que siempre va acompañada de la explicación oportuna. En esta ocasión, simboliza la ira, pero como viene siendo habitual en el aula de asesinato de escuela secundaria Kunugigaoka, es ira orientada a fines educativos. Y esa negrura ocupa toda la portada, a excepción de dos pequeñas luces: los ojos de su protagonista, Korosensei. Ni rastro de su sonrisa, esa que nunca desaparece, lo que no presagia nada bueno… Y yo, que estaba deseosa de acción y de acontecimientos relevantes, me echo a temblar. A las pocas páginas, para rebajar la tensión, aparece el Korosensei de siempre, con sus bromas y sus mil estratagemas para seguir creando momentos inolvidables con sus alumnos de 3º-E. Y me rio, pero no bajo la guardia. Que ya sabes, Yusei, que me encanta el humor de este personaje, pero me niego a que esta entrega se convierta en otra sucesión de gags.

Entonces, sucede lo que tanto temí. Ahora sí, comienza la cuenta atrás para el asesinato de Korosensei.  Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela recorre la última semana hasta ese fatídico momento que supondrá el desenlace de este manga. ¿Conseguirán acabar con Korosensei? Espero que no, pero no me hago ilusiones. Porque ya he aprendido, Yusei, que contigo nunca se sabe por dónde va a tirar la historia.

Si en mi fase de lectora decepcionada deseaba que llegara el siguiente número, ahora, en la fase de lectora enganchadísima, estoy que me subo por las paredes. Qué larga se me va a hacer la espera de esas dos entregas que contarán los noventa minutos que quedan para el gran final. Menos mal que la salida del número 20 ya está anunciada y yo lo tengo reservado.

Así que gracias, Yusei Matsui, por haber puesto toda la carne en el asador en Assassination Classroom 19: Hora de ir a la escuela, para que el final de este manga sea tan apoteósico como parece que será. Gracias también por haber creado un personaje como Korosensei, tremendamente divertido, entrañable y sabio.
Y gracias por tu crítica al sistema educativo que no se fija en el potencial de cada alumno, a esa ciencia que rebasa los límites de la ética, a esos medios de información que manipulan a las masas a través de medias verdades y cultura del miedo.

No podía concluir la quinta página de este diario de lectura  sin darte la enhorabuena por Assassination Classroom. Con esta historia estás demostrando que, aunque algunos cómics se disfracen de puro divertimento, cuentan historias necesarias con personajes inolvidables.

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Lost in Translation Again, de Ella Frances Sanders

Lost in translation, Again

Lost in translation, AgainParece que este es el mes de las segundas partes. Hace poco os recomendaba Valerosas 2, la segunda parte de Valerosas que acaba de publicar Dibbuks y hoy me toca hablaros de la segunda parte de Lost in translation, un libro que reseñé hace ya unos meses y que me encantó.

La verdad es que esta vez no sabía que habría segunda parte, así que cuando vi que Libros del zorro rojo había sacado un segundo volumen me hizo bastante ilusión. Como os comentaba en la reseña de la primera parte, estudié Traducción e Interpretación porque me gustan mucho los idiomas y las palabras. Así que esta clase de libros me vuelven loca. Si Lost in translation era “un compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo”, Lost in translation –again- va un poquito más allá. En esta ocasión no se trata de palabras intraducibles, este libro es pues “un compendio ilustrado de expresiones curiosas de todas partes del mundo”. Y sí, sigue siendo igual de curioso que el primero. Porque lo cierto es que en este mundo hay cantidad de expresiones raras de narices. Seguro que en español os habéis parado a pensar alguna que otra vez de dónde vendrá tal o cual expresión. Creo que los españoles somos especialistas. Pero no los únicos, eh. Con Lost in translation –again- vamos a descubrir que la mayoría de lenguas tienen sus propias expresiones curiosas. Algunas de ellas pueden recordarnos a algunas que nosotros usamos, pero otras es mejor descubrirlas.

Por ejemplo, en coreano existe la expresión “cuando el cuervo echa a volar cae un pera”. Esta expresión quiere decir que dos incidentes que parecen conectados entre sí no tienen por qué obedecer necesariamente a una relación de causa-efecto. Interesante, ¿verdad?

Si un serbio te dicen que estás soplando patitos quieren decir que estás mintiendo. No me digáis que no mola, ¿eh?

Otra que me parece genial es la expresión sueca “deslizarse sobre un sándwich de gambas”. Alguien que se deslice sobre tal es que lo ha tenido todo fácil en la vida. Hombre, la vida desde un sándwich de gambas debe ser mucho mejor. Y si son al ajillo ya ni os cuento.

En japonés si llevas un gato en la cabeza significa que estás fingiendo inocencia con la intención de hacer creer a los demás que eres una persona buena, aunque tus intenciones no sean las mejores. Con dos gatos en casa sé lo que es llevar uno en la cabeza, pero prometo que las mías no son malas intenciones.

Podría pasarme horas escribiendo sobre este libro y sus curiosas expresiones. Otra más, en persa si te dicen que se comerían tu hígado no salgas corriendo. Realmente te están demostrando cariño y un afecto profundo. Un pelín macabro, pero es hasta bonito, ¿no?

Si os gustó la Lost in translation no podéis perderos Lost in translation –again-. Es otra maravilla de libro para los amantes curiosos de las lenguas y las palabras. Os aseguro que vais a pasar un buen rato descubriendo expresiones tan chulas como la del sándwich de gambas.

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Tránsito, de Rachel Cusk

Tránsito

TránsitoTodo se renueva, evoluciona, se transforma, no hay nada que no sea susceptible de mutar. Nuestra existencia está plagada de cambios, y de hecho hay temporadas enteras durante las cuales, como si habitáramos el ojo de un ciclón, el universo entero da vueltas a nuestro alrededor y no tenemos claro cuánto se va a parecer lo que resulte de la caída de nuevo al suelo de los objetos a lo que era nuestra vida hasta entonces.
Faye acaba de comprar una casa en un barrio de Londres donde, por lo general, no podría permitirse vivir. La casa, a cambio, necesita una renovación profunda, de la que no está muy segura de salir con éxito. La tortuosa reforma se convierte en una analogía perfecta de su situación personal: separada recientemente, dos hijos, un trabajo (escribir) que nunca da la seguridad suficiente para plantearse la vida más allá de los años más cercanos y de vuelta en la gran ciudad después de una década viviendo en el campo, no tiene alrededor precisamente muchos asideros.
El tiempo que abarca Tránsito lo pasa Faye entre citas con amigos, contratistas, conocidos y las clases de escritura creativa que imparte, inmersa en escenas muy del estilo de “Las invasiones bárbaras” solo interrumpidas por las llamadas telefónicas de sus hijos y las intervenciones de sus vecinos para hacerle la vida imposible. En ningún momento desentraña el sentido de su vida ni soluciona casi ninguna de sus dudas, así que visto en perspectiva lo que tenemos finalmente es polvo en suspensión, ruido y caos.
Sin embargo, esta mezcla no arroja como resultado una obra entrópica. Al igual que ocurría en A contraluz, su antecesora, Tránsito es una novela ordenada, reposada y tranquila que además no da la impresión de hacerse larga o tediosa. Los capítulos están más compartimentados y quitando el par de capas que constituyen las obras de la casa y sus hijos, el resto de historias que construye Rachel Cusk son efímeras y no vuelven a aparecer en momentos posteriores al que les corresponde. También como ocurría en la anterior, aprendemos sobre la protagonista en boca de otros, a través de las descripciones y de las preguntas de quienes la rodean. Esta manera elegante de narrar ya no sorprende si se ha leído a Cusk anteriormente, pero no deja de tener un mérito extraordinario. La protagonista escucha y pregunta, y a través de su curiosidad aparecen en el texto grandes temas como la soledad, la pugna entre la libertad individual y el compromiso de pareja, el cambio, cómo no, y la manera que tenemos de enfrentarnos a él. Temas capitales y otros más livianos, la vivienda en la gran ciudad, por ejemplo, porque la realidad tiene estas cosas, que mezcla cal y arena sin que podamos evitarlo, y porque ser intenso mucho tiempo resulta tan cansado como aburrido.
Aquellos que ya estén enamorados de esta autora no encontrarán argumentos para romper con ella después de leer Tránsito. También la disfrutarán los más aficionados a escuchar, los que aprecian que cualquiera les cuente su historia, los empáticos, como ahora está de moda decir. Para mí es una nueva obra redonda de Rachel Cusk, dos de dos, y mención especial otra vez a la traducción de Marta Alcaraz, que, sin haberla comparado con el original, me parece perfecta. Tengo la impresión de que el estilo preciso y detallista del que hace gala el texto no es solo mérito de la autora original, y merece la pena comentarlo.
Después de sus dos primeras entregas queda una tercera, Kudos, que tendría que aparecer en 2018. Las ganas de que llegue, por supuesto, continúan intactas tras recorrer Tránsito.

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El placer del amor, de Alain de Botton

El placer del amor

El placer del amorA ver cómo me enfrento yo a esta reseña, porque la novela de la que quiero hablaros es una novela bastante rara de esas que tienen algo que me gusta, pero que no sé muy bien explicar ni cómo ni por qué. Será mejor que empiece desde el principio.

El placer del amor fue publicado por primera vez hace más de veinticinco años y está considerado como un clásico. Este libro fue la primera novela del autor Alain de Botton, a la que le siguieron otras como Las consolaciones de la filosofía, Cómo cambiar tu vida con Proust, La arquitectura de la felicidad y La fatiga del amor. Como veis, Alain de Botton suele unir amor y filosofía en su escritura. Actualmente colabora en un canal de televisión británico en programas de divulgación. El tipo es un crack de la filosofía y se nota su pasión por ésta en sus novelas.

El libro del que os hablo hoy, El placer del amor, mezcla perfectamente filosofía y amor en sus páginas. Dicen de él que es “un compendio de humor y sabiduría, una novela provocadora (…) que no ha perdido un ápice de actualidad.” Y la verdad es que tengo que dar la razón en todo. Veinticinco años después, la forma en la que se trata el amor en este libro sigue estando de total actualidad.

Si tuviera que explicaros en pocas palabras de qué va el libro, creo que lo más fácil sería deciros que esta novela trata sobre una relación de amor narrada por Woody Allen en cualquiera de sus películas. Y creo que con eso me entenderíais, ¿no? A quienes nos gusta este director estamos acostumbrados a que nos narre relaciones amorosas analizadas desde todos los puntos de vista, sobre todo el neurótico y filosófico. Pues algo así es El placer del amor, solo que sin tanta neurosis (si eso es posible en el amor).

Un día cualquiera, un hombre cualquiera conoce en vuelo entre París a Londres a Chloe, su compañera de asiento en el avión. Desde ese momento, él ya sabe que ella es la mujer de su vida. A partir de ahí, viene lo normal en todas las relaciones: la primera cita, la primera cena juntos, la primera noche que se acuestan, etc.

Pero, por supuesto, también viene todo lo demás. Tras esos primeros momentos juntos, viene la otra cara del amor. Las discusiones por nimiedades, la monotonía, los celos. Y todo narrado desde ese prisma filosófico que os comentaba. Un verdadero análisis de las relaciones amorosas desde el punto de vista de la filosofía y los grandes intelectuales de la historia de los que el autor se vale para ir desgranando esta relación.

El placer del amor no es un libro cualquiera, esto está claro. Tampoco es un libro para todos los públicos.  Creo que es más un libro para pensadores, curiosos e inquietos, para filósofos y amantes del amor y Woody Allen. Si ese es tu caso, entonces esto libro te encantará. A mí me ha fascinado.

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Historias de cine. Relatos que inspiraron grandes películas, de Juan Antonio Molina Foix

Historias de cine. Relatos que inspiraron grandes películas

Historias de cine. Relatos que inspiraron grandes películasA todos los que nos dedicamos y/o nos gusta escribir sabemos que la parte más complicada del proceso de creación de un texto es empezar, encontrar un hilo del que tirar; encontrar esa semilla que crezca poco a poco hasta convertirse en un árbol alto, fuerte y sano; encontrar, en definitiva, la idea del millón. Y para encontrar esa idea bebemos de la inspiración, ese estímulo que nos anima a crear.

La inspiración puede encontrarse en todos lados. En la visión de una pareja que discute y airea sus trapos sucios delante de todos en el súper; de un niño que le cuenta emocionado a su padre como le ha ido en el último entrenamiento de fútbol; de dos amigas que intercambian maquillaje en el metro mientras van a una cita a cuatro; de una chica que pide consejo a una dependienta para elegir un vestido para la boda de un exnovio; de un anciano que con su nieto le echa migas de pan a las palomas… La inspiración se encuentra a la vuelta de cada esquina. Todo lo que vemos, leemos, oímos o nos pasa es susceptible de convertirse en la semilla que nos inspire una gran historia. Y a veces esa inspiración nos viene de la idea de otro. Mientras leemos una historia, nuestra mente va imaginándose lo que lee, va poniendo cara a los personajes; va desplazándose por la casa, el parque, el bar, la calle… donde se desarrolla la historia; va asimilando y comprendiendo, empatizando, con los sentimientos de los protagonistas de la obra… Eso es lo que supongo que le ha pasado a muchos de los grandes directores de cine de la historia. Algunas veces las ideas les habrán surgido de manera directa y novedosa y otras veces, al leer las palabras de otra persona, se habrán imaginado como lo plasmarían en imagen. Gracias a Historias de cine. Relatos que inspiraron grandes películas, edición de Juan Antonio Molina Foix, podemos ver el origen de algunas de las grandes películas de la historia del cine.

J.A. Molina Foix ha creado una antología de relatos que inspiraron a algunos de los mejores directores de cine de todos los tiempos. Pero, además, esas historias fueron escritas también por algunos de los mejores escritores. Así bien, en este libro podemos leer historias escritas por autores como Guy de Maupassant, Stefan Zweigt, Agatha Christie, Daphne du Maurier, Fiódor Dostoievski o James Joyce. Historias que inspiraron algunas películas como Rashomon de Akira Kurosawa, La paura de Roberto Rossellini, Testigo de cargo de Billy Wilder, El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, Los pájaros de Alfred Hitchcock, Una historia inmortal de Orson Welles o Dublineses de John Huston. Como el propio Molina Foix dice en el prólogo, no están todos los que son, pero sí son todos lo que están.

Como en toda antología de relatos el nivel de todos ellos no es lineal, unos son mejores que otros y, además, en este caso, al ser de distintos autores las temáticas son muy distintas. No obstante, todos tienen un nivel bastante alto y aunque Molina Foix no ha podido incluir en el libro todas las historias que le habría gustado por cuestiones de espacio y de permisos, ha escogido una muestra que pretende ser una buena representación de la idea que defiende con esta obra: cuando una película está inspirada en un libro, más que una adaptación totalmente fiel al mismo, debe tratarse de una creación nueva y autónoma. Por eso, ha seleccionado once relatos, porque al ser historias más breves y menos desarrolladas que una novela, los directores tienen tanto la oportunidad como la obligación de extenderse más y elaborar una historia mayor, creando así una película autónoma y personal. Como decía, no todos los relatos me han parecido igual de buenos. Mientras que unos son un pequeño esbozo de una historia a la que los directores han tenido que darle forma y empaque, en definitiva, convertirlos en una historia de verdad; otros brillan por sí solos y aunque breve, nos cuentan una historia con una presentación, un nudo y un desenlace.

Esta reseña es, probablemente, una de las que más me ha costado porque quería hacerlo bien. Quería tener la oportunidad de ver las dos caras de la moneda: el relato y la película; al escritor y al director. Así pues, me he leído los once relatos y he visto las once películas correspondientes, tras lo cuál, creo que he podido vivir la experiencia completa y sí, estoy de acuerdo con Molina Foix. Cuando lo que se lleva al cine es un gran libro, pocas veces (por no decir ninguna) se supera al libro. Pero la cosa cambia cuando lo que se lleva a la gran pantalla es una historia corta. La experiencia es mucho más libre y mientras ves la película, ves la película. Me explico. En muchas ocasiones cuando vemos la película que se ha hecho de un libro (que encima amamos) no podemos evitar comparar cada escena y cada diálogo; comparar a los actores escogidos para dar vida a los personajes del libro con la idea que nosotros habíamos creado de ellos en nuestra mente. Sin embargo, al ver estas películas, apenas pensaba en el relato porque en este caso las películas vuelan solas ya que gozan de una autonomía casi absoluta.

Entonces, ¿qué estoy diciendo?, ¿me ha gustado Historias de cine. Relatos que inspiraron grandes películas o no? Sí, sí me ha gustado porque me ha hecho ir más allá en muchos sentidos. He descubierto historias no tan conocidas de algunos autores muy conocidos y películas que no había visto, me ha hecho reflexionar sobre las diferencias entre el lenguaje literario y el lenguaje cinematográfico y además, aunque algunos relatos no me han”llenado” del todo, otros sí lo han hecho. Como ejemplo, Miedo de Stefan Zweig. Es un relato maravilloso que en pocas hojas te hace experimentar el éxtasis y la emoción de lo prohibido y el miedo y la angustia a verse descubierto. Pocos autores captan mejor los sentimientos y pensamientos de sus personajes y te hacen empatizar más con ellos que Stefan Zweig. Por lo tanto, aunque recomiendo más este libro a amantes del cine que de la literatura, creo que los segundos también se verán recompensados con algunas buenas historias que es posible que no conocieran de algunos de sus autores de cabecera.

 

 

 

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La pequeña Roque, de Guy de Maupassant

la pequeña Roque

la pequeña RoqueNo hay muchos escritores que hayan pasado a la historia por sus cuentos, habiendo escrito novelas. Guy de Maupassant, el célebre autor francés del siglo XIX, es uno de ellos, y eso demuestra la calidad de sus relatos cortos.

¿Cuál fue su secreto? Nadar contracorriente, diría yo. Guy de Maupassant no cumplió ninguna de esas pautas que hoy en día se repiten hasta la saciedad en cualquier curso de escritura. No buscaba una frase inicial atractiva para enganchar, un conflicto nunca antes visto con el que sorprender o crear personajes con los que fuera fácil empatizar. Al contrario, su narración se limitaba a encadenar hechos que solo adquirirían sentido al final y los personajes se movían por instintos como el sexo o la avaricia, para humillar e incluso destruir a los que eran buenos e inocentes. Unos rasgos que ya percibí cuando leí, hace un par de años, Carta encontrada a un ahogado, y en los que he profundizado ahora con La pequeña Roque, un relato más extenso y que he disfrutado muchísimo.

Reconozco que yo no me fijo especialmente en las primeras frases de una historia (aunque sé reconocer un buen inicio cuando lo veo), que no me hace falta un conflicto trascendental para engancharme y que tengo predilección por los personajes de moral distraída. Así que me fue fácil sucumbir a la narración de Guy de Maupassant en La pequeña Roque, una historia que nos traslada a una idílica campiña francesa para contarnos el hallazgo del cadáver de una niña y la búsqueda del culpable entre sus apacibles habitantes. Un argumento truculento que el autor relata con suma elegancia. Además, la preciosa edición en cartoné de Yacaré Libros acompaña el texto con las ilustraciones de Yolanda Mosquera. Sus trazos sencillos y sus tonos grises nos hacen adentrarnos todavía más en el ambiente sombrío que se adueña del pueblo tras el crimen de la pequeña Roque, en la incertidumbre de los habitantes y en la creciente tensión del culpable.

Más allá del esclarecimiento el crimen, lo que Guy de Maupassant quiere plasmar es la psicología de los personajes, como individuos y como colectivo. Los diálogos son una muestra excelente de cómo se pueden traslucir los prejuicios de una época en tan solo unas frases. Sabe dosificar la información y el lector intuye desde el principio que nada es lo que parece, pero descubrir al culpable acaba siendo lo de menos. Eso deriva en dos giros de la trama que hacen que el desenlace resulte inesperado.

Sin duda, Guy de Maupassant no es un buen ejemplo para ilustrar los consejos de escritura tan en boga hoy en día, pero manejaba con destreza esos mecanismos narrativos no tan evidentes que son los que consiguieron que sus historias fascinaran a sus lectores de entonces y sigan haciéndolo a los de ahora, más de un siglo después. Tal vez sea difícil desentrañar los elementos concretos que convierten a un relato en atemporal, pero es fácil sentir que están presentes en historias como La pequeña Roque. Olvidémonos por un momento de hallar el secreto de la buena literatura y disfrutemos simplemente de ella.

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Océano, de Anouck Boisrobert y Louis Rigaud

Océano

OcéanoLa verdad es que me fascina el agua, los mares y los océanos. Tampoco debe ser tan raro teniendo en cuenta que la mayor parte de nuestro cuerpo está formado por agua. Así que, visto así, cómo no iba a gustarme fundirme con el mar, es como fundirse con una misma y desparecer un poquito, ¿no?

Otra cosa que también me fascinan son los libros infantiles. ¿Cómo no iban a gustarme?, ¿habéis visto las preciosidades de libro que se editan hoy en día? Se me cae la baba en la sección de infantil de las librerías, sinceramente. Y si hay algo más que también me requetefascina son los libros pop-up o despegables. Me chiflan.

Así que este libro, Océano, reúne todas las características para que un libro me encante. Y efectivamente, así ha sido.

A bordo de Océano, un precioso velero con un casco rojo, nos disponemos a emprender una expedición alrededor del mundo. Yo, desde luego, no quiero bajarme de este barco. En este fascinante viaje nos encontraremos con aventuras de todo tipo. Una ballena que asoma su aleta en el mar en calma y que junto a su ballenato, se aleja de los buques de pesca que tratan de capturarlos o medusas que flotan a sus anchas por las cálidas aguas.

Y así, navegando bajo un inmenso cielo azul llegamos al Ártico, tan blanco y helado. Gracias al submarino del capitán descubriremos a sus habitantes: focas, orcas y bancos de peces voraces.

También habrá noches de tempestad, en las que intentaremos seguir navegando entre olas enormes y un viento tremendo. Pero, después de la tormenta siempre llega la calma y la laguna parece un buen sitio para echar el ancla. La tripulación decidirá entonces zambullirse en sus aguas transparentes para admirar la belleza de los miles de peces de colores que nadan entre sus aguas. Un sitio paradisíaco en el que perderse. ¿A qué a vosotros también os apetece emprender un viaje con este velero llamado Océano? Ya os digo yo no os arrepentiréis.

Océano es un libro precioso porque en él está todo. Está la magia de los viajes por mar, las aventuras y los grandes descubrimientos. ¿Qué más podemos pedirle? Pues si necesitáis más, para eso están sus páginas desplegables con unas ilustraciones coloridas preciosas y unos pop-up que invitan a perderse dentro.

Es un libro que encantará a los más pequeños. Yo tengo un cierto sobrino rubio de tres años al que ya estoy deseando regalárselo. Seguro que disfrutará tanto como yo viajando a bordo de este aventurero velero.

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Tranvía 83, de Fiston Mwanza

Tranvía 83

Tranvía 83Onírica. Si tuviese que definir esta novela con una sola palabra sería esa sin duda. Y es que pocas veces he tenido una sensación tan parecida a estar en mitad de un sueño como durante la lectura de esta novela, sobre todo a lo largo de sus primeros capítulos. Porque esa percepción de encontrarte en escenarios completamente surrealistas, a los que por mucho que te esfuerces no consigues encontrarles sentido alguno, pero que, con el paso del tiempo, logran hacerte sentir que verdaderamente la realidad es eso y no otra cosa es lo que más me ha marcado de Tranvía 83.

A Fiston Mwanza, su autor, se le ha vinculado por su singular estilo con los beatnicks, aquella generación de escritores estadounidenses que revolucionaron la literatura en la década de los cincuenta, pero yo me atrevería a afinar un poco más la comparación. Desde las primeras líneas del libro la escritura de este autor congoleño me ha hecho retrotraerme al realismo sucio más primigenio, el de John Fante o Charles Bukowski. No en vano, algunos de los recursos que más emplea, como las larguísimas enumeraciones de elementos, el lenguaje directo y a medio camino entre lo obsceno y lo culto o la utilización de frases recurrentes a modo de estribillos son el santo y seña de estos dos autores. También me ha forzado a establecer esta comparación su especial interés por lo más crudamente mundano y vulgar, por el sexo explícito y los detalles escatológicos o de mal gusto. O las frases catedralicias que va sembrando con mimo, de esas que te obligan a estirar la mano para buscar un rotulador o un pósit para señalarlas, al más puro estilo de Ray Loriga.

Mwanza construye unos ambientes incómodos, cargantes, obsesivos y claustrofóbicos, que maridan perfectamente con unos personajes tremendamente extravagantes y con las conversaciones y situaciones absurdas que protagonizan. El caos en este libro llega a hacerlo costoso de leer en algunos tramos, ya que, especialmente en su comienzo, uno puede llegar a pasar un buen número de páginas sin intuir siquiera algo parecido a una trama. Pero, como comentaba al inicio, de forma prácticamente imperceptible uno va asimilando las situaciones esperpénticas que se producen en torno al Tranvía 83, un club en el que cada noche se reúne lo peorcito de una sociedad que ya es lo bastante mala de por sí; en la Ciudad-país ideada por Mwanza todo se resume en sexo y dinero. Es un territorio hiperpoblado y peligroso, repleto de sicarios, prostitutas, yonkis, estafadores, violadores, alcohólicos, corruptos… Y en ese ambiente, Lucien, un escritor recién llegado que busca desarrollar su potencial, se ve continuamente superado y aislado. Da la impresión de ser el último hombre en la Tierra cuyos intereses se apartan de los placeres del bajo vientre.

Creo que Tranvía 83 obliga a ser leído con la voluntad del que no quiere leer una novela. Aquel que busque una historia cerrada y de desarrollo lineal se llevará una decepción. Al fin y al cabo, durante su desarrollo apenas pasa gran cosa a nivel argumental; quizás el mayor interés a este respecto se encuentre en la relación de amor-odio entre Lucien y Réquiem, un pícaro y oscuro compañero de batallas que se mueve como pez en el agua en los peores ambientes y compañías. Pero es en las descripciones y en las relaciones entre los personajes principales donde se fragua la esencia de este libro. En estas y en el particular estilo de Fiston Mwanza, cuya musicalidad y técnica me han hecho disfrutar de un sueño tan surrealista como atractivo.

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Sabor a coco, de Renaud Dillies

Sabor a coco

Sabor a cocoEn mitad del desierto y bajo un sol de justicia, una cigüeña llamada Jiri y un zorro bastante afelinado que responde al nombre de Polka tienen calor y pasan sed. Parten en busca de algo que beber, pero, tras una serie de encuentros con personajes a cual más curioso, no encuentran más que un coco. ¿Cómo abrirlo?

A veces, para ser felices no necesitamos más que un trago de agua. Y a veces, no hace falta más que combinar un puñadito de elementos para crear un cómic tan extraordinario como éste. Dos personajes principales, un problema existencial (¿hay algo más existencial que la superviviencia?), un poquito de imaginación, un mucho de absurdo, un montón de talento y… voilà! Una obra sencillamente magistral y magistral sencillamente. Que no es lo mismo.

Dicen los entendidos que en Sabor a coco Dillies rinde homenaje a Krazy Kat, la legendaria tira de cómic que aupó la viñeta a la categoría de arte. Y aunque, a los que no conocíamos al gato en cuestión, un rápido vistazo nos confirma que eso es así, las referencias literarias y las relaciones que evoca esta obra en el lector son incontables. De entrada, la cigüeña y el zorro nos remiten a las fábulas de Esopo (¿recordáis aquélla en que el zorro se pitorreó de la cigüeña, y la venganza que ésta se cobró?). También es evidente que, con esa pipa y ese lenguaje rimbombante, Jiri ha tomado prestado mucho de Sherlock Holmes. Por su parte, el personaje de Polka, de carácter mucho más pragmático y de lenguaje más prosaico, se nos antoja una recreación de Sancho Panza, pero un Sancho pasado por el prisma de Samuel Beckett. En efecto, uno no puede ver a estos dos animalillos vagando por el desierto en busca de un agua que nunca aparece sin acordarse de Vladimir y Estragón, aquel par de vagabundos que, en Esperando a Godot, nos regalan algunos de los diálogos más absurdos y, por ende, más profundos de la historia del teatro.

Y ya que hablamos del teatro, resulta evidente que Sabor a coco también está en deuda con escenarios y pantallas. No obstante, aquí los referentes se nos antojan mucho más eclécticos, hasta tal punto que uno se pregunta si la riqueza visual y la fantasía que Dillies consigue imprimir a un escenario tan desolado no habrá hecho que veamos espejismos allí donde no hay más que arena. Así, ¿es posible que ese enorme pez volador que aparece por las noches esté tomado de Arizona Dream, una película hoy casi olvidada? Y de entre todos los bares que la historia del cine ha plantado en medio del desierto, ¿por qué éste me recuerda tanto al de la olvidable Abierto hasta el amanecer? Pero hay más. Las andanzas de Jiri y Polka, vapuleados por el infortunio e inasequibles al desaliento, no pueden dejar de recordarnos a Laurel y Hardy, o incluso, permitidme la salida de tiesto, a Leoncio el León y Tristón. En definitiva, sean cuales sean sus referentes culturales, todo lector los encontrará reflejados en esta historia sencilla y universal, que, recuperando el sabor de los primeros cómics o del teatro de marionetas, nos cuenta la aventura primordial del ser humano.

Todas y cada una de las páginas de Sabor a coco, y me atrevería a decir, sin miedo a exagerar, que incluso cada una de sus viñetas, es una obra de arte, una deslumbrante puesta en escena de un desierto que es nuestro mundo, y donde, entre flores, garabatos y cuadros enmarcados como paisajes, trípticos o tapices, el telón sube y baja una y otra vez para maravilla de este espectador que, por la magia del arte, vuelve a ser niño y a asomarse por primera vez al misterio y la maravilla del mundo.

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Asimetría, de Adam Zagajewski

Asimetría

AsimetríaA lo largo de la historia del arte, la simetría ha sido uno de los pilares de la belleza. No hay más que visitar la Alhambra, el Taj Mahal, cualquier catedral gótica, o echar un vistazo al más conocido estudio de Leonardo sobre el cuerpo humano para ver cómo esa especie de propiedad matemática ha sostenido durante siglos nuestro concepto de la perfección.

Ello no significa, sin embargo, que la asimetría tenga que ser sinónimo de fealdad. De acuerdo, mi nariz torcida y mis dientes irregulares no hacen de servidor un Adonis, precisamente, pero, por suerte, existen en el mundo otros parámetros para medir la belleza, y gracias a ellos los asimétricos podemos reivindicar nuestra espectacular belleza interior.

Junto con Czeslaw Milosz, Wistawa Szymborska y Zbigniew Herbert, Adam Zagajewski es uno de los grandes nombres de la poesía polaca en los últimos 50 años, y si eso de la poesía polaca os suena a algo remoto que interesa a cuatro avejentados académicos y poco más, os diré que no sabéis lo que os estáis perdiendo. Si bien Milosz puede resultar relativamente “difícil”, signifique eso lo que signifique al hablar de poesía, lo cierto es que se me ocurren pocos poetas más inmediatamente accesibles a cualquier lector que Szymborska y el que hoy nos ocupa, Zagajewski. El impagable trabajo que está haciendo Acantilado con éste último me ha permitido leer maravillas como Mano invisible, Tierra del fuego, Deseo o este emotivo Asimetría, y cada uno de ellos me confirma aún más que estamos ante un grande.

Espero que nadie me pregunte en qué radica el carácter asimétrico del poemario, porque no sabré muy bien qué decir. Zagajewski nos habla en este libro ni más ni menos que de algunos de los temas eternos de la literatura, es decir del recuerdo, de la presencia del pasado en nuestras vidas o de la proximidad de la muerte, que poco a poco nos va arrancando pedazos de nuestra vida, hoy un amigo, mañana a nuestro padre. Nos habla de su relación con los poetas que han marcado su vida, y aunque sólo menciona el nombre de Ósip Mandelstam, los hace revivir a todos en un poema hermoso y, por raro que suene, simpático como “Mis poetas preferidos”:

Mis poetas preferidos / no se han encontrado nunca / Vivieron en diferentes países / y en diferentes épocas / Rodeados de la banalidad / por gente buena y mala / vivieron modestamente / como un manzano en un jardín / Amaron las nubes …

Encontramos también un canto elegíaco por la infancia perdida, en el bellísimo y sencillo poema “Infancia”:

Devolvedme mi infancia / la república de los locuaces gorriones, las infinitas selvas de ortigas (…) / Ahora seguro que sabría / cómo ser niño, sabría / cómo mirar la escarcha en los árboles / cómo vivir inmóvil.

Pero es sin duda el recuerdo de sus padres, siempre por separado, el que predomina. Esa extrañeza y esa sensación de abandono mezclado con liviandad que nos embarga tras la muerte de un ser querido abren el libro, con el poema “En ningún lugar” (Fue un día en ningún lugar al volver del entierro de mi padre…). mientras que “Acerca de mi madre” puede llegar a hacernos saltar las lágrimas:

Acerca de mi madre no sabría decir nada / cómo repetía vas a lamentarlo / cuando ya no esté, y yo no creía / ni en ya ni en no esté…

Que nadie piense, no obstante, que Zagajewski no hace más que mirarse embelesado el ombligo. Al contrario, lo que hace grande a este poeta es su pasmosa capacidad para fundir su experiencia personal con los sentimientos del lector, y para hacer de sus recuerdos más íntimos un referente de la historia de su país. Nos dice en “Autopista”:

Tendría unos doce años / En el desguace debajo del viaducto de la autopista construida / por Hitler buscaba huellas de aquella guerra, huellas / de la edad de hierro…

En pocas palabras, Asimetría es un libro hermoso, emotivo, ameno y hasta divertido. Zagajewski, un poeta enorme.

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El truco, de Emanuel Bergmann

el truco

el truco¿Qué es más fácil, hacer reír o hacer llorar?

Es evidente que en temas de humor no todos reaccionamos igual. Algunos podemos encontrar tronchante una situación absurda, una conversación de besugos o una broma escatológica. A otros en cambio les asoma una traviesa sonrisilla cuando alguien da un traspiés, cae escaleras abajo y se parte la crisma o ante un chiste de Carrero Blanco y sus dotes como saltador olímpico. La Audiencia Nacional, por ejemplo, no estaría entre los del segundo grupo.

Lo que nos aflige, lo que provoca ese nudo en la garganta (preludio de lágrimas amargas que tal vez alivien ese gran pesar que sentimos en el pecho) probablemente nos dispone a todos en un único grupo. ¿Quién no lloraría la muerte de una madre o padre que lo ha dado todo por sus hijos? ¿Y la de ese amigo íntimo que estuvo a las duras y a las maduras siempre apoyándote? ¿Y qué me dices de tener la cruda certeza de que jamás volverás a acariciar el suave pelaje de ese perro que estuvo a tu lado más de diez años? ¿Quién no ha llorado alguna vez al encontrarse cara a cara ante el cruel rostro del desamor? La soledad, la incomprensión, la enfermedad, el abandono… ¿una cebolla?

La verdad, no sé si es más fácil hacer reír o hacer llorar pero de lo que sí estoy seguro es que es dificilísimo narrar una historia en la que ambas emociones mantengan cierto equilibrio. El truco de Emanuel Bergmann es una de esas obras.

El truco es la historia de dos personajes. Dos vidas separadas por el tiempo pero unidas por los acontecimientos. Por un lado tenemos a Mosche Goldenhirsch: un anciano desvergonzado y de carácter huraño, con tendencias suicidas, que se pasa la vida en clubes de streptease en busca de compañía que previo pago le hagan sentir menos vacío. Pero Mosche es solo la sombra desvaída de lo que antaño llegó a ser. Anteriormente se le conoció como el gran Zabbatini, el famoso mago mentalista que recorrió la Europa que posteriormente sería ocupada por los nazis. El otro personaje es Max Cohn: un muchacho de diez años que se enfrenta a la cruda realidad de descubrir que sus padres están a punto de separarse. Por una de esas extrañas casualidades de la vida Max descubrirá que existe un conjuro de amor que podría volver a unir a sus padres. El único capaz de realizar dicho conjuro es Zabbatini. Así pues, el muchacho escudriñará cada rincón de su ciudad con tal de encontrar a ese gran mago y mentalista que podría salvar la felicidad de su familia.

En El truco hay magia, esperanza, desencanto y disparatadas aventuras narradas en clave de tragicomedia. Esa tragicomedia que es en sí misma la vida y el acto de vivir; esa valentía de afrontar retos, de aceptar las pérdidas y las derrotas pero también de mantener los pies en el suelo cuando se triunfa. El personaje de Mosche, anciano casi centenario, sabio a su manera y repleto de experiencias (algunas tienen que ver con el amor, otras con la magia y las peores con El Holocausto perpetrado por los nazis) es la representación de aquellos que se sienten desengañados por una vida demasiado larga y tortuosa. Por otro lado, y como contrapartida, Max, todavía puro de corazón, sensible como solo un niño puede serlo y optimista, es el agradable punto de candidez que contrarresta el cinismo de los desencantados que se toman la vida demasiado en serio. Ambos personajes convergerán no sin que antes Emanuel Bergmann nos relate, con una prosa fácil de leer, elegante y embaucadora, como era la vida de cada uno antes de que sus destinos se cruzaran. Con todo, a pesar de que la historia de Max no está mal, está claro que su protagonismo es sobre todo una excusa esencial a la hora de poner en marcha los recuerdos de Mosche: la verdadera historia de esta novela. Una historia que tarda en arrancar pero que cuando lo hace se muestra repleta de momentos divertidos (en ocasiones haciendo uso de humor algo simplón), de situaciones algo absurdas y de un truco de magia, un fantástico e inolvidable truco, que conseguirá que tus ojos llenos de lágrimas susurren tristeza mientras tu sonrisa grita esperanza.

El truco de Emanuel Bergmann publicado por Anagrama aúna con cierta pericia la comedia y el drama, esos dos géneros narrativos que por separado presionan unas teclas determinadas y dispares creando melodías únicas pero que al unirse, como en este libro, componen una sinfonía agridulce; una suerte de broma melancólica que perdura más allá de la última página.

 

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