
Vinilos no es exactamente un libro, del mismo modo que un tomate no es exactamente una fruta o que Donald Trump no es exactamente un presidente. Es cierto que tiene forma de libro, que está publicado en papel e incluso que tiene algunas palabras (no muchas) escritas sobre sus páginas. Pero su objeto último no es el de narrarnos una historia, sino el de ofrecernos una gran recopilación de portadas de discos, para que seamos nosotros los que tengamos que ponerles la letra y la música.
Se trata de un trabajo muy minimalista, en el que los autores —los franceses Richard Gouard, Christophe Geudin y Grégory Bricout— han tenido muy claro lo que querían ofertar al público. Así, con una simple división en dos apartados, «fotografía» e «ilustración», se exponen ante nosotros un total de 242 portadas —que en muchos casos van acompañados de sus contraportadas, casi por obligación artística— sin que haya un orden aparente. Ni falta que hace.
Hablamos, como digo, de casi doscientas cincuenta portadas, recogidas bajo la atrevida denominación de “las mejores portadas de discos de la historia”. Y aquí se es obligada la pregunta impertinente de todas las listas de este tipo: «¿realmente son las mejores?» No seré yo el que lo afirme o lo desmienta. Por supuesto que me han faltado unas cuantas de mis favoritas en esta recopilación—ejem, Abbey Road, ejem, Is this It?—, pero al mismo tiempo me alegro de no haber visto otras muchas hasta el momento de encontrarlas en las páginas de este libro. Porque yo, que apenas viví la época en la que la primera referencia que uno tenía de un grupo era la portada del disco que se iba a atrever a comprar, he podido experimentar la sensación de sentirme seducido por algunas fotografías e ilustraciones realmente maravillosas, de las que luego he podido descubrir que contenían música de muy diversa calidad (lo siento, Roxy Music, pero soy más de vuestras portadas que de vuestros temas).
Como explicaba al comienzo de la reseña, además del prólogo y de los dos artículos que abren las secciones, los textos son muy escasos en este libro y se limitan a repasar la biografía de algunos de los fotógrafos e ilustradores más importantes de la historia reciente de la música. Y creo que esto es algo que en el fondo hay que celebrar. De todas las épocas y estilos musicales que están recogidos en este trabajo se han hecho fenomenales reportajes y ensayos; Vinilos, en lugar de entrar en esta pugna, deja que sean las propias portadas las que hablen. Y es complicado explicar el placer que se siente al admirar con detenimiento y en buen tamaño y calidad portadas como la de From the inside, de Alice Cooper o la de Appetite for destruction, de los Guns and Roses.
Por todo ello diría que estamos ante un libro (o no exactamente) que merece la pena disfrutar lentamente, página a página, disco a disco, con paradas imprescindibles en las estaciones de servicio de YouTube o de Spotify para comprobar tranquilamente qué hay detrás de esos envoltorios tan trabajados e impactantes. Vinilos es, por desgracia, un reflejo del pasado de la música, en la que era tan importante trabajar el continente como el contenido. Por eso hay que guardarlo a buen recaudo, porque sus páginas contienen un tesoro al que no debemos renunciar: el de la convivencia del arte estético con el musical.

Hay libros con los que casas nada más empiezas a leerlos y este en concreto lo consiguió por la anécdota que cuenta al inicio. Seabrook comienza hablando del choque generacional que todos hemos vivido a la hora de escuchar música. Ya saben, lo normal es que te encante unas canciones que a tus padres les horrorizan y que a tus hijos les aburrirán soberanamente; lo contrario es raro, nos pongamos como nos pongamos. En el caso del autor de este libro es especialmente llamativo, porque para un amante de la música popular clásica, en la que los artistas componían y tocaban en directo sus canciones, la contemporánea, en la que lo habitual es que los cantantes sean productos de marketing tan bien diseñados como distanciados de la música que interpretan, le pilla muy a contrapié. Por ello se esfuerza en descubrir cuándo y cómo cambió la forma de producirla. El resultado de su investigación, bautizado como La fábrica de las canciones, es, en mi opinión, un trabajo soberbio a muchos niveles.
Aquellos maravillosos años en que acababas el instituto y tenías que decidir rápidamente qué carrera querías estudiar, a qué profesión te gustaría dedicarte, ¿los recordáis? Había gente tan perdida que no tenía nada claro. Normal, pídele tú a alguien con diecisiete años que piense en su futuro y la mayoría de estos adolescentes se pondrá blancos. Siempre ha habido gente con ciertas inclinaciones: que si ciencias, que si letras, que si a mí lo que me va es el artístico. Y luego está el grupo de muchachos que, a pesar de la edad tan mala para elegir sobre su futuro, tienen muy claro a qué (a grandes rasgos) le gustaría dedicarse.
Al periodismo, también conocido como el Cuarto Poder, tal vez se lo debería rebautizar. En este mundo híper conectado, el poder de los medios de comunicación es tal que para bien o para mal, con buenas o malas intenciones, tumba gobiernos, desprestigia personas, sube y baja la bolsa de valores y, sobre todo, crea opinión y le da un producto listo para ser consumido y repetido a todos aquellos que toman la decisión de no pensar por propia cuenta. Más que Cuarto Poder, en muchas ocasiones el periodismo es El Poder.
No podemos elegir dónde ni como nacemos, ni cuáles serán nuestros familiares, pero es bueno saber que desde el primer momento en que tenemos uso de razón y la suficiente edad para ser independientes, podemos elegir qué hacer con todo aquello que el destino o las casualidades o los ADN hicieron de nosotros. A mí me tocó nacer en una ciudad de clase media baja en el oeste de la capital de Argentina, pero me podría haber tocado llegar al mundo en medio de África o bien al norte del mundo, allá por Noruega; después, mis elecciones (eso es lo que somos, nuestras elecciones) me llevaron al presente, ese que me tiene frente a un ordenador, en Inglaterra, tratando de escribir la reseña del libro de Juan Sebastián Marroquín Santos, más conocido como Juan Pablo Escobar, o aún más conocido como el hijo del que fuera el narcotraficante más buscado del mundo en los 80: Juan Pablo Escobar. Cambiar depende de nosotros, pero a veces la herencia que recibimos es tan grande que vale la pena conocer la historia de ese cambio.
No soy una persona fanática, pero reconozco que tengo mis debilidades. Woody Allen es una de ellas. Creo firmemente que Woody es un genio, alguien con una mente tan brillante y privilegiada que me fascina. No recuerdo cuál fue la primera película suya que vi, pero con dieciséis años ya había visto toda su filmografía (hasta la fecha) y su humor y forma de ver el mundo me han acompañado desde entonces. También tengo que decir que me siento un poco identificada con él, al menos con su hipocondría, sus neuras, fobias y esa forma de enmascararlo todo mediante un humor muy fino y a la vez muy punzante. Soy una joyita, sí.
Lo malo de los muros es que no te dejan ver más allá del ladrillo. No te dejan ver el mar ni los cuerpos que, si hay suerte, no llegarán a tus costas en verano. Se los tragará el agua, como nos los tragamos nosotros, en algún lugar de nuestras cabezas donde no incomoden en exceso. No. Lo que tienen los muros es que no te hacen más libre, ni más seguro. De hecho, te doblegan ante ciertas palabras. El miedo es una de ellas. Hablamos de él con cierta ligereza, con la frivolidad del rico nuevo que le dice al hambriento lo duro que es pasar hambre. Y se lo decimos a ellos, que huyen del terror. Porque de algún modo hemos construido vallas a nuestro alrededor que nos protegen, nos aíslan y nos encierran en nosotros mismos, ensimismados. Después, un día nos despertamos y somos incapaces también de reconocer la existencia del otro y de su dolor.


«Este libro es un canon de la mejor literatura de nuestro tiempo, a través de la voz de sus creadores». No le falta razón a esta primera frase de la sinopsis. Y es que nos llega de la mano de Xavi Ayén y Libros de Vanguardia (La Vanguardia Ediciones) la posibilidad de citarnos con los mejores escritores de nuestro tiempo en La vuelta al mundo en 80 autores. Ayén, al cual presentan como uno de los periodistas literarios más importantes del país y que muchos conoceremos por su extensa carrera profesional en La Vanguardia, nos trae aquí sus encuentros con la gran mayoría de los nombres que copan nuestras estanterías: 


Ocurrió un incidente curioso mientras estaba leyendo este libro y creo que no está de más comentarlo. Seguro que muchos todavía os acordaréis (si es que para cuando se publique esta reseña el individuo al que voy a nombrar no ha preparado un show aún más bochornoso bochornoso): Juan Torres, catedrático de Economía, acudió al programa televisivo La Sexta Noche para presentar su último libro. Ante las acusaciones y las interrupciones continuadas de Eduardo Inda, periodista y desde hace no mucho tiempo propietario de un diario digital, el economista tuvo que abandonar el plató, ante la sorpresa del presentador, que no entendía por qué no se quería someter a ese juego. Minutos antes Inda había puesto en duda el testimonio del padre de uno de los militares fallecidos en el accidente del Yak-42, había banalizado sobre las responsabilidades de la Guerra Civil y había menospreciado a un compañero de profesión en repetidas ocasiones llamándole Copérnico cada vez que éste le interpelaba por la forma en la que sus reporteros hacían su trabajo. Y todo ello en menos de tres horas. ¿Cómo no va a estar en duda la legitimidad del periodismo cuando se permiten prácticas como estas semana tras semana? Sobre ello precisamente, sobre el papel de los medios, habla Ética de los medios de comunicación, el ensayo de la doctora en Filosofía y periodista chilena María Javiera Aguirre.
El paso del tiempo hace que todo se olvide y ponerse a pensar en que dentro de una o dos generaciones tras nuestra partida pocos se acordarán de nosotros, es entrar en un terreno del cual uno no puede menos que salir angustiado. Para ser recordados por largo tiempo, muchos seres humanos intentan sobresalir en diversas actividades; así, disfrutaremos de por vida la música de Beethoven, los cuadros de Picasso o los goles de Maradona. En todas las formas posibles del arte, los artistas buscan el paso a la eternidad. Saramago, para quienes lo leímos, lo leemos y lo leeremos, es y será inmortal, tal vez no porque haya buscado en vida esa eternidad, sino, sobre todo, por haber vivido y honrado la vida sin pensarla como un camino a transitar para llegar a lo que, dicen, viene después, sino por haberla transcurrido con una responsabilidad terrenal y cotidiana que lo llevó a comprometerse más allá de las cómodas quejas desde el sofá.