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Esto no es Hawaii, de Jesús Ordovás

Esto no es Hawaii

Esto no es HawaiiUna de las cosas que siempre me han impresionado más de los libros es la capacidad que estos tienen para revelarte cosas que hasta ese momento creías distintas o incompletas. Solemos llenarnos de conocimientos parciales y pocas veces profundizamos en alguno de estos. Sabemos un poco de todo pero no sabemos mucho de algo. Y un claro ejemplo soy yo. Me encanta la música en español, soy un ferviente seguidor tanto de nuevos grupos como de bandas y cantantes ya consolidados y vivo pegado a mis auriculares. Y hasta hace unos días creía que podía defenderme si alguien me preguntaba sobre la movida madrileña. Hoy, gracias a Esto no es Hawaii, no es que pueda defenderme, es que incluso puedo atacar. Y gracias a un libro, el que cuenta «la historia oculta de la movida», de Efe Eme.

Esto no es Hawaii es como una biblia de la movida madrileña. En este libro, Jesus Ordovás, periodista musical y creador del programa ‘Diario Pop’ de Radio3 (con la sección ‘Esto no es Hawaii’ encabezada por la canción homónima de Loquillo y Los Trogloditas), nos ofrece una mezcla de recuerdos personales mezclados con las entrevistas que él mismo hizo en esos años a todas las bandas que despuntaban. Hablo de despuntaban pero debo decir que si lo hacían era en gran parte gracias a Ordovás. Y es que él era quien descubría a todos estos grupos nuevos y los mostraba al público a través de su programa. Loquillo y Los Trogloditas, Kaka de Luxe (con Alaska, Carlos Berlanga, Nacho Canut, «El Zurdo», Manolo Campoamor y Enrique Sierra), Nacha Pop, Radio Futura, Tequila, El último de la fila, Almodóvar y McNamara o Siniestro Total son algunos de los grupos que pasaban día tras día por un programa recalado al horario nocturno pero que cada vez escuchaban más jóvenes, hasta el punto de llegar a ser uno de los programas radiofónicos favoritos por estos.

Ordovás lo ha vivido todo, desde el inicio de lo que se llamó el «Rrollo» (con Burning a la cabeza), pasando por lo que él mismo etiquetó como la «Movida», hasta el momento de ver a los grupos de la época entrar a tocar en televisión. Pero a lo largo de ese trayecto – que se puede realizar en el libro – no todo ha sido un camino de rosas para el periodista musical. Y es que gracias a esta obra, en la que podemos disfrutar de amplias e inéditas –muchas de ellas – entrevistas a personajes ilustres del momento como Alaska, Almodóvar, Ariel Rot, Carlos Berlanga, Ramoncín, Manolo García o Loquillo – entre otros –, también descubrimos la cara oculta de un negocio con el que muchos vieron la forma de lucrarse sin ningún tipo de miramiento. Ordovás nos cuenta cómo tuvo que sufrir las presiones de los altos directivos de RNE cuando estos querían que dejase ya de promover nuevas bandas y centrarse en lo comercial, y nos ofrece a través de otras voces los entresijos de los contratos discográficos del momento, firmados por bandas de chavales inocentes sin conocimientos empresariales ni legales que lo único que querían era tocar y que poco tiempo después, tras su éxito, vieron que gran parte de lo conseguido pertenecía a su discográfica.

Esto no es Hawaii nos muestra, tal y como el propio nombre indica, que aunque la movida madrileña parezca una época de fiesta sin fin, de orgía musical diaria, un paraíso, también tuvo sus contras, como pueden ser esos malvados contratos, el afán de lucro por parte de empresarios o el poder de atracción de una Muerte disfrazada de droga. Pero a la vez puede verse el libro como un canto a la pasión profesional por parte de un amante de la música que lo único que ha buscado hacer en su vida es dar alimento al género musical en forma de nuevos talentos. Ordovás nos muestra que hay muchos que “triunfaron” profesionalmente en su mundo periodístico mediante falsedades, mentiras y daños. Pero también nos enseña, aunque no lo haya querido hacer conscientemente, que el que de verdad ha triunfado – esta vez sin comillas – es él. Por el amor que todas las bandas y sus componentes demuestran en este libro hacia su labor realizada, por la pasión que transmiten sus palabras, por las vivencias y anécdotas que nadie le podrá quitar. Eso debe de ser el éxito. O, como leí alguna vez, el éxito tiene que ser irse a la cama cada noche y poder dormir tranquilo. Y estoy seguro de que Ordovás lo ha conseguido.

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Se llama usted Michelle Martin, de Nicole Malinconi

Se llama usted Michelle Martin

Se llama usted Michelle MartinEn el año 1996, un trágico suceso conmovió al pueblo belga. Uno de sus vecinos, Marc Dutroux, fue detenido por haber secuestrado, violado y asesinado a varias niñas. Yo tenía once años por aquel entonces y no recuerdo nada de lo que se conoció como el “Asunto Dutroux”. No conocía este caso, pero desafortunadamente, en los años posteriores me ha tocado conocer algunos sucesos similares. Todos atroces, todos horribles y tremendamente duros. Sucesos que no deberían haber ocurrido jamás, sucesos que muestran la cara más feroz del ser humano; esa que no debería existir.

Marc Dutroux es un pederasta, un secuestrador, un maltratador y un asesino. En el transcurso de un año secuestró y violó a seis niñas de entre ocho y diecinueve años. Cuatro de esas muchachas fallecieron en uno de los sótanos donde Dutroux las escondía. Afortunadamente, gracias al testimonio de un joven que pudo identificar la furgoneta de Marc Dutroux, todos estos horrores salieron a la luz y este horrible monstruo cumple aún condena en la cárcel.

Pero este libro no trata sobre él y sus horribles crímenes. Se llama usted Michelle Martin es un libro escrito por la periodista belga Nicole Malinconi y está basado en las conversaciones que mantuvo durante un año en los vis a vis de la cárcel con Michelle Martin, la ahora ex mujer de Marc Dutroux. Michelle Martin cumple una condena de treinta años y fue ella misma quien, tras diez años de encarcelamiento y silencio, solicitó a la periodista Nicole Malinconi que escribiese un libro sobre su situación en la cárcel. La periodista aceptó el encargo y comenzaron las conversaciones en la cárcel. Estos encuentros se prolongaron durante más de un año y este libro es el resultado de aquellas conversaciones.

Sin embargo, este libro no es exactamente el libro que la ex esposa del monstruo Dutroux quería escribir. Ella tan sólo quería escribir sobre su situación en la cárcel, obviando todos los motivos que la habían llevado hasta allí. Por ello, cuando este libro salió a la luz, la propia Michelle desaprobó su publicación, pues pensó que podría perjudicar su petición de libertad condicional. Pero Nicole Malinconi, la autora, no podía dejar pasar de largo todas las preguntas que le corroían cada vez que mantenía las conversaciones con Michelle: ¿cómo había llegado ella a permitir los horrores que su marido había cometido?, ¿cómo una hija, una esposa y una madre podía ser cómplice de semejantes barbaridades?

La escritora no pudo obviar todas estas preguntas. Como buena periodista, como ser humano, quiso saber cómo una mujer podía haberse convertido en la cómplice de un monstruo, convirtiéndose al mismo tiempo, en un monstruo también.

Se llama usted Michelle Martin habla sobre la vida de Michelle, su complicada infancia, su sumisión a una madre déspota y su posterior sumisión a Marc Dutruox, su pareja, el perpetrador de los horrores. Michelle llega a decir que la sumisión que sentía hacia Dutroux era tal que es como si perteneciese a una secta. Sólo podía hacer lo que su marido le pedía, únicamente vivía por y para él, a pesar del maltrato y el horror. Michelle Martin sólo fue libre cuando él fue detenido. Entonces, cuando él ya no tenía ningún poder sobre ella, pudo hablar y confesar todo lo ocurrido.

Tras leer este libro, nos surgen las mismas dudas que a la autora. ¿Es posible que una infancia así condicione a un ser humano?, ¿cómo puede alguien ejercer tal sumisión a otra persona hasta el punto de convertirse en testigo y cómplice de los sucesos más horribles? Realmente es difícil encontrar las respuestas a estas preguntas. Además, todas ellas nos llevan a una cuestión aún más compleja: ¿cabe la redención en un caso así?

Este libro es mucho más que la historia de Michelle Martin. Es un libro que nos plantea un montón de interrogantes sobre la condición humana. Un libro para hacernos reflexionar.

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Textos críticos, de Thomas Mann

Textos críticos

Textos críticosTodo el que me conoce o sigue mis lecturas sabe que uno de mis libros favoritos es La muerte en Venecia, un libro que he leído en varias ocasiones y que además he trabajado en profundidad tanto con mi club de lectura como con otros grupos de trabajo literario; por él llegué al autor y por el autor llegué a La montaña mágica. Más que los autores me gustan los libros en particular, pero he de reconocer que cuando se habla de Thomas Mann, hablamos de un autor completo, un autor de esos que no escandalizaría que se le diera el de Nobel de literatura en su día.

Está claro que cuando aparecen en España estos Textos críticos de la mano de Navona no puedo dejarlos pasar por alto, debo y quiero leerlos, y anticipando que no ha sido una lectura sencilla de entrada, cosa que desde luego ya imaginaba, si les tengo que decir que me ha dejado maravillada. Por cómo escribe, pero sobre todo por lo que escribe, por la pasión que pone en lo literario, por su esfuerzo para comprender el sentido de la vida, por su inmensa formación cultural y humana, y naturalmente, por la capacidad para transmitir todo ese saber dando en particular a cada lector lo que puede asimilar en su lectura.

Así pues, si conocía algo de la biografía del autor y había leído algunos de sus libros, no podía ni imaginar lo que iba a encontrar entre estos textos seleccionados entre los más importantes ensayos del alemán que escribió a lo largo de su vida. De ser y existir hoy, no duden que no habría mejor crítico literario.

Textos en los que se adentra en los mundos que más le fascinan y mejor conoce: la filosofía, la política y la literatura. Y es por ello que encontraremos un análisis en profundidad de uno de los personajes que más marcó la formación del autor, y será por ello que la editorial inicia estos textos con un ensayo íntegro sobre Schopenhauer que leí con auténtica pasión y no precisamente porque sea una seguidora del filósofo, sino por la propia reflexión que de sus teorías hace Mann.

“La verdad y la belleza deben remitirse la una a la otra; tomadas por separado y sin el soporte que cada una encuentra en la otra se quedan en valores muy inestables…”

Tampoco falta en esta obra su maestro, Friedrich Nietzsche, y ahora sé un poco más de él y es posible que incluso lo entienda un poco mejor.

El prologo a una novela de Joseph Conrad me ha parecido de lo más interesante y literariamente intenso. Pero siendo yo reseñista no puedo pasar por alto el especial cariño que he puesto en la lectura de sus críticas o reseñas sobre los libros de Knut Hamsun.

Y he de reconocer que me ha sorprendido muy gratamente, el libro es el protagonista pero el pensamiento de Mann y su propio sentir tras la lectura de su adorado Hamsum es lo que prevalece. Nada le incomoda hablar de él con el extremado cariño que le profesa, desde el amor que siente por él por haber sido quien le hiciera amar la literatura… ¿Se puede ser más sincero y honesto al mismo tiempo que se conserva la objetividad? Se puede, lo sé, porque sería como cuando yo misma hablo de Mann, nada de lo que les diga será nunca comparable a lo que realmente merece que se diga de él.

Dejo para el final la conferencia en la que habla sobre La montaña mágica, porque en ella habla de él, de su vida, de su familia, de sus pensamientos, sobre lo que creyó que iba a ser y lo que realmente fue… Así, como la vida y la literatura, una sorpresa, una guerra de por medio, y el escritor que crece como hombre, como ser humano que siente y piensa. Dice Mann que la cultura, la intelectualidad, no puede ser apolítica; que la mente y la política van de la mano, así lo creo yo y así debe ser.

Sé que a los amantes del autor ya los tengo convencidos ¿Y a usted?

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En busca de Muhammad Ali, de Davis Miller

En busca de Muhammad Ali

En busca de Muhammad AliEsta historia termina un 3 de junio de 2016. Se acaba, como ocurren las cosas en la vida real, sin un punto final en un momento concreto, muy poco a poco. Termina y en nuestras televisiones, periódicos y redes sociales retumba un único eco. El nombre de Muhammad Ali resuena en cada rincón. No en vano es considerado como uno de los personajes más influyentes en la historia del siglo XX. Su palmarés así lo evidencia. Tres veces campeón mundial de los pesos pesados y oro olímpico de los pesos semipesados, Ali derrochaba carisma y seguridad en sí mismo. Convertido al islam, fue capaz de liberar a quince estadounidenses prisioneros en Irak y su negativa a participar en la guerra de Vietnam le llevó a sacrificar, como represalia, varios años de su carrera deportiva en su mejor momento como boxeador. Era el hombre en el ring y el niño fuera de él, con un gran sentido del humor y trucos de magia debajo de la manga.

Pero además era otras muchas cosas y por eso su historia no acaba precisamente aquí ni en ninguna otra parte sino que se extiende a lo largo de muchas otras páginas. “He vivido la vida de cien hombres” cuenta el crítico deportivo, Davis Miller, en En busca de Muhammad Ali que el campeón le comentó alguna vez. De hecho, cuando, en marzo de 1988, el periodista le conoce por segunda vez, el boxeador es ya un enfermo de párkinson retirado, al que no le gusta conceder entrevistas, que vive a ratos en una caravana y que siempre trata de complacer a todos sus fans.

Este es el Ali, al menos, del que nos habla Miller en su novela, también el que personalmente más me interesa. Un hombre extremadamente generoso, cercano y familiar, consciente de la influencia que ejerce en los demás y volcado en los otros. En busca de Muhammad Ali, traducido al español por Miguel Ros González, habla, además, de los últimos años del deportista, el ocaso de una leyenda que vivió con absoluta dignidad el declive de su salud, aquejado por su enfermedad durante la mitad de su vida. Ali golpeó tan fuerte como los golpes que recibió a lo largo de su existencia. Bien es cierto que no noqueó todos los obstáculos, escribe Miller. “Solo los suficientes para que lo recordemos por haberlo hecho”.

De un modo íntimo y privado, el escritor se acerca a través de su prosa y de sus encuentros a lo largo de estos años a la figura del ídolo de su infancia, aquel que, en sus propias palabras, le salvó la vida. Una historia de superación, la del propio autor, pero también, de ahí ese subtítulo que cuelga en la portada, de amistad. Así, el periodista bosqueja la imagen de un Ali que le abrió las puertas de su hogar cuando apenas se trataba este de un desconocido para él. A partir de ese momento, la trayectoria de estos encuentros, que suceden de forma paralela a la vida del escritor, va forjando una relación que, posiblemente, signifique mucho más para el propio Miller que para el boxeador.

Producto de aquellos ocasionales momentos, obtenemos este retrato íntimo, esta perspectiva distinta que, aunque recuerda algunas de las proezas de Ali y de su vida, de sus grandes logros o conquistas, como aquella que contó Norman Mailer en El combate, se centra además en el paso del tiempo, en el lado más humano de uno de los iconos más celebres de la historia contemporánea y en cómo el más grande del boxeo influyó a su vez en su propia vida. La sensación que queda entonces es que nosotros también hemos tenido el placer de compartir, en la intimidad de su casa o de sus paseos, uno de esos momentos cercanos con el campeón. Y si esta era la intención de Davis Miller, tal y como nos confiesa en su prólogo, su objetivo está más que cumplido.

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Historia a pie de calle, de Alberto de Frutos

Historia a pie de calle

Historia a pie de calleSe titula Historia a pie de calle, pero podría perfectamente haberse titulado Historia viva. Servidor, que ya peina unas cuantas canas, vivió muchas de las historias que conforman este libro, y aquéllas que no, siguen vivas en el recuerdo de mi señora madre. Y allí donde su memoria no llegue, sí lo hará la de muchos de vuestros abuelos. Y ahí para de contar, porque insisto, aquí no hay carlistas ni guerras de Marruecos: esto es historia viva.

La generación a la que pertenezco se ha entregado en cuerpo y alma a la nostalgia, y el fenómeno de alguna página web ha dado lugar a un auténtico bombazo editorial. Pero Historia a pie de calle va bastante más allá de la mera nostalgia y el buen rollo. Nuestra historia reciente comprende ocho décadas, algunas más alegres y prósperas que otras, otras más duras y grises que algunas, y este libro les hace a todas un somero a la vez que completo repaso, recordando nuestras efimeras glorias, sin escatimar los momentos de dolor.

Son del siglo pasado, sí, pero muchos de estos recuerdos parecen aún más lejanos en el tiempo. Y si no, decidme: ¿cuándo terminaron las emisiones del programa de Elena Francis? 1984. ¿Y el NO-DO? 1981. ¿Cuándo dejó de publicarse El Caso? Agárrate, lorito: en 1997.

Sería un error, no obstante, pensar que este libro se limita a entretener, que lo hace y mucho, y a dejarnos en el pecho un suspiro de uf, parece que fue ayer o jo, parece que hace siglos. De lectura fácil accesible y enromemente amena, Historia a pie de calle, ante todo, informa, y además, algo más que meritorio en estos tiempos que corren, lo hace sin recurrir a los tópicos manidos y casi inevitables en los que, por aquello del qué dirán, tantos cronistas se ven obligados a incurrir al recordar los momentos más espinosos de nuestra historia. Y el que quiera entender, que entienda.

Alberto de Frutos ha dividido el libro en seis periodos históricos que, a su vez, están compuestos de pequeños artículos o crónicas. Los de mi generación, desde luego, disfrutaremos con los dedicados a la movida madrileña o el mundial de España, pero, como señalaba antes, no todo ha de ser buen rollo, y de Frutos hace muy bien al recordar episodios tan tristes como el aceite de colza o los años más sangrientos de ETA. Y al lado de estos artículos, digámoslo así, inevitables, también hay otros de gran interés para ver de dónde venimos, como los dedicados al inicio del programa Erasmus, a la huelga general del 88, o a la capacidad de superviviencia del dinosaurio falangista durante todo el periodo de la transición.

Personalmente, sin embargo, y como aprender me gusta todavía más que revolcarme en la nostalgia, he disfrutado sobre todo con el retrato de aquella España en la que crecieron mis padres y abuelos, la de la República, la guerra, la posguerra, el Auxilio Social, el nacimiento de El Corte Inglés, las primeras quinielas, la mariquita Pérez con la que jugaba mi madre o las coplas que tarareaba mi abuela.

Hay muchos libros sobre nuestra historia reciente, pero pocos se dejan leer tan bien como Historia a pie de calle.

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Los tesoros de Bob Dylan, de Brian Southall

los secretos de Bob Dylan

los secretos de Bob DylanEsta año, el Nobel de Literatura, ha llegado causando un gran revuelo; la concesión del máximo galardón y reconocimiento del mundo de la letras a Bob Dylan, ha causado cierta sorpresa en muchos sectores del público en general y de la crítica en particular. Y yo pienso que no es malo que el mundo entero debata sobre literatura, sobre todo de esa parte excelsa de la literatura que es la poesía, y que algunos creían reservada a un puñado de filólogos que escribían por y para ellos y sus colegas, pero ha resultado que también, la poesía está en el viento.

El Jurado le otorga el galardón por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”, y está bien esta aclaración del propio jurado, aunque está claro que a los seguidores de siempre de Bob Dylan, no le hacen falta razones para entender que con sus letras y sus historias cantadas han vibrado y se han emocionado como con el más bello de los poemas de Homero.

Y así, no es de extrañar que la Editorial Libros Cúpula “relance” este impresionante homenaje al hombre que ha sabido fundir poesía y música, y ello es lógico pues de musicalidad hablamos cuando hablamos de poesía, cantautores que elevan sus poemas con ritmos y melodías, poetas que recitan mientras de fondo suena, como antaño, las cuerdas de un laud. La poesía es aquella parte de la literatura capaz de atravesar nuestra piel con delicadeza para llegar al corazón, pero también la que llega al cerebro en forma de martillazo seco. La que está destinada a despertar conciencias…

Para que vean una comparativa les preguntaría ¿Quien ha hecho más por la poesía en España que Joan Manuel Serrat? No solo nos ha acercado a los grandes poetas sino que nos ha cantado sus propios poemas, tal como Dylan, haciendo que incluso pensemos que son temas de poemas populares cuando han sido composiciones propias… ¿Qué más se les puede pedir a estos poetas?

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Muchas veces he comentado que aprendí francés por poder traducir las canciones de George Moustaki, también auténticos poemas, el inglés se lo dejé a Dylan, pero sí, sus poemas si me he preocupado de traducirlos, de comprenderlos, y este libro que ahora tengo entre mis mandos ha sido un paso más allá, un libro para tener, para conocer al hombre en profundidad, un libro para los amantes del autor, y para regalar a aquellos que sí comprenden que la poesía está allá donde haya alguien que te haga sentir cosas con las palabras.

Un regalo familiar para compartir. Los padres, incluso los abuelos disfrutaran de los recuerdos a través de todos los sentidos, la música en el recuerdo, la imagen en el papel y las palabras que nos trasladan al fondo de nosotros mismos. Los hijos podrán ver que la poesía está viva, que es joven cada vez que suena o que se recita, que renace con cada lector, con cada estado de ánimo, con cada actuación.

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Un libro para leer escuchando de fondo sus temas de siempre, para comprender el proceso de un músico y poeta que nació como Robert Zimmerman y que por amor a sus dos pasiones pasó a ser Dylan por el famoso poeta galés Dylan Thomas, y probablemente Bob, como diminutivo de el más grande de sus ídolos Woody Guthrie, por el que abandonó su Minnesota para trasladarse a Nueva Jersey y finalmente a la ciudad de Nueva York.

Un hermoso libro con formato 28 x 24, que nos recuerda un antiguo Lp, ya saben, aquellos vinilos que nos hacen regresar a un tiempo pasado, y que como ellos viene con su funda exterior, y en su interior con todo tipo de detalles, entradas a conciertos, posters, postales de esas que suele haber en los pubs donde hay actuaciones en directo, impresionantes fotografías del poeta y una completa biografía que nos ofrece Brian Southall, y que nos llevará uno a uno por todos los grandes discos y conciertos de Dylan.

En estos días son muchos los que me preguntan ¿Qué me recomiendas de Bob Dylan?, pues esta puede ser mi contestación, darse uno el capricho de tener algo así en la biblioteca, algo que poder disfrutar mientras suenan sus temas de fondo.

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Yo soy más de series, de varios autores

Yo soy más de series

Yo soy más de seriesNo sé si a ti también te ha pasado, pero no es una situación nada agradable. Enciendes el ordenador, te metes en Netflix (o en una de esas alternativas inmorales de las que nunca he oído hablar), repasas durante minutos, tal vez horas, toda la oferta de series televisivas, dudas durante aún más tiempo y al final decides apagar el ordenador y ponerte a ver Telecinco. Estás seguro de que lo que están echando en ese momento es peor que un canal que emita Ana y los siete ininterrumpidamente (perdón por la idea), pero al menos no te obliga a decidir entre los centenares de interesantes opciones que tenemos en la llamada Edad de Oro de las series.

Yo soy más de series viene a ocupar el lugar de ese amigo que todos tenemos y que ha visto el último capítulo de todo lo que se ha emitido en televisión desde Verano azul. El libro de Esdrújula Ediciones nos ofrece una selección de 60 series escogidas y analizadas por sendas personas, bajo la coordinación de Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo Barragán. Es una selección puramente personal, lo que tiene su parte mala y su parte buena. La mala, es que se echan (mucho) en falta algunas emisiones míticas, como Los Simpson, Black Mirror o Cómo conocí a vuestra madre. Me hubiese encantado leer una reflexión profunda sobre la personalidad de Barney Stinson o acerca de la estupidez supina de Homer Simpson, no voy a negarlo. La parte buena es doble, eso sí: por un lado, se percibe en cada artículo que las series reseñadas de verdad apasionan a los autores. En segundo lugar, el libre albedrío a la hora de escoger me ha permitido descubrir unas cuantas series de las que no tenía ni idea de su existencia, así como apuntarme para ver en el futuro alguna otra con la que seguramente no me hubiera atrevido nunca de no ser por los textos.

Los autores son tan heterogéneos como sus elecciones, y eso se refleja en sus aportaciones a este libro. Nos encontramos así con valoraciones de periodistas, profesores, escritores, investigadores, políticos, poetas o actrices. Por ello, no es de extrañar que sus artículos sobre las series sean de lo más variopinto; los hay breves y extensos, descriptivos y opinativos, sencillos y académicos, divertidos y tediosos…La nota general es la originalidad, que hace que ninguno de los 60 artículos siga la misma estructura. Por poner un par de ejemplos para abrir boca, podremos encontrarnos una descacharrante y surrealista valoración en cómic de la magnífica Utopía o una opinión sobre The Big Bang Theory en la que se cita, entre otros, a la música grunge, a las Olimpiadas de Barcelona o a Nelson Mandela.

Y la pregunta que más de uno se estará haciendo: ¿Hay spoilers? Pues sí, la mayoría inofensivos y necesarios para contextualizar, pero debo confesar que alguno que otro me ha fastidiado un poco, sobre todo los que afectaban a series que todavía no he visto pero que tengo intención de disfrutar. Así que, ávido lector seriéfilo, te hago una recomendación si decides adquirir este libro: lee primero las reseñas de las series que ya hayas visto y deja en standby las que afectan a las que vayas a ver pronto. Y es que, como todo buen consumidor masivo de series sabe, todo se perdona en esta vida excepto un spoiler.

Yo soy más de series tiene dos aportes fundamentales, en mi opinión: reflexión y consejo. Reflexión porque permite que profundicemos y, en varios casos, redescubramos desde una perspectiva distinta algunas de las historias que nos han acompañado durante años (o que todavía lo hacen). Y consejo porque, ante las innumerables opciones que pone cada día ante nosotros Netflix (y esas alternativas de las que, de verdad, jamás he oído hablar), nunca viene mal que alguien nos separe el grano de la paja.

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Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender

Viaje a la aldea del crimen

Viaje a la aldea del crimenSalvo en la publicidad y en las películas de Disney, nada suele ser blanco o negro. Todos los periódicos históricos tienen sus manchas, puntos negros que no sólo no deben quedar en el olvido, sino que merece la pena que se recuerden con cierta frecuencia para que no se vuelvan a producir. Y los crímenes que se cometieron entre el 10 y el 12 de enero de 1933 en Casas Viejas, una diminuta localidad gaditana, fueron tan cruentos, injustos y desproporcionados que difícilmente podrían ser justificados, ni siquiera por los más defensores de la Segunda República.

¿Y qué ocurrió en Casas Viejas? Pues a grandes rasgos, que un grupo de vecinos, hartos de pasar hambre y de contemplar las tierras sin labrar que les rodeaban, decidieron proclamar el comunismo libertario, de la misma manera que estaba ocurriendo en otros puntos del país. El gobierno republicano, presidido por Manuel Azaña y asfixiado por las continuas afrentas que recibía tanto desde la derecha monárquica como desde la izquierda anarcosindicalista, decidió sofocar esta insurrección de la manera más cruel e inhumana posible: mandando ejecutar a todo aquel sospechoso de traición. De esta manera, la rebelión fallida se saldó con 25 muertos: 22 civiles y tres guardias. El periodista Ramón J. Sender acudió a Casas Viejas en los días posteriores a los hechos para contar lo ocurrido a través de breves crónicas, que serían publicadas primero en el diario obrero La Libertad y posteriormente a modo de libro, bajo el título de Viaje a la aldea del crimen.

Son unas crónicas noveladas, en las que el autor actúa como narrador omnisciente y se permite ciertas licencias narrativas, como la exposición de los pensamientos de alguno de los protagonistas, que difícilmente pudo conocer al haber sido éstos asesinados. La prosa de Sender es llana, viva y expresiva; utiliza mucho las frases cortas y adjetiva con sencillez y precisión. Las crónicas son de escasa extensión, de apenas cuatro o cinco páginas casa una, pero Sender no busca la concisión en sus narraciones; el escritor y periodista se explaya en las descripciones de los lugares, ambientes y personas cuando lo cree necesario, al tiempo que introduce conversaciones y opiniones de los lugareños, transcritas fonéticamente, que ayudan a construir un rico reflejo de lo que vio y sintió en su visita a la pequeña pedanía de Medina Sidonia.

Son precisamente estos detalles, esas conversaciones con los lugareños, los que permiten comprender el marco de pobreza, miseria, analfabetismo y hambre en el que se produjeron los sucesos. Me dejó especialmente tocado la siguiente frase durante la lectura: “Un compañero, con el que celebramos haber coincidido en el viaje, nos dice cuando volvemos a la fonda: —Después de ver a estos hombres, da vergüenza comer”.

Sender no esconde su ideología para construir su relato. Al contrario: durante toda la narración da muestras de su progresismo, de sus fuertes principios de izquierdas, de su conciencia obrera. Ésto no evita que sea duro, durísimo, con el gobierno de Azaña, al que no sólo critica su reacción en Casas Viejas, sino que lo responsabiliza de no poner remedio a las graves desigualdades existentes en el país.

Lo ocurrido en Casas Viejas fue una respuesta desproporcionada, vengativa e insensible ante un levantamiento idealista y desesperado, impulsado por el hambre y por las ganas de formar parte de una sociedad más justa. Viaje a la aldea del crimen es, por tanto, un relato tan amargo como necesario para no olvidar una de las peores manchas de la historia reciente de España.

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Siria, el país de las almas rotas, de Javier Espinosa y Mónica G. Prieto

Siria, el país de las almas rotas

Siria, el país de las almas rotasHay un pasaje en La zona de interés de Martin Amis en que uno de sus tres protagonistas, Szmul, un judío que colabora con el nazismo, toma la palabra y dice: “Un héroe, por supuesto, escaparía para contarlo al mundo. Pero yo tengo la sensación de que el mundo lo sabe ya desde hace tiempo”. Aquello me sonó a otra historia la primera vez que lo leí. A otras muchas, en realidad, aunque en ese momento solo pensara en una.

Ahora, tiempo después, sucede que, mientras leía Siria, el país de las almas rotas, aquellas palabras volvieron a mi cabeza. En esta ocasión el que hablaba era alguien de carne y hueso. Abu Sufian, uno de los organizadores de las protestas de Baba Amr, que, en alusión a la catástrofe de Hama de 1982, cuyo crimen tardó meses en conocerse, reclamaba la importancia de documentarlo todo. “Que esta vez el mundo sí sepa que nos están matando”. Esto ocurría en las primeras páginas del libro, los primeros meses de la revolución, cuando los periodistas eran un aliado más en aquel movimiento que clamaba por una democracia real con mayores derechos y libertades. Cinco años después, posiblemente mucho antes en verdad, los sirios habrían de llegar a la misma conclusión que Szmul. Lo cierto es que, como afirmaba aquel, la cruel realidad era que el mundo ya lo sabía desde hacía tiempo.

Así las cosas, con aquel mismo afán, el de que esta vez –que todas las veces, de hecho– se sepa, Mónica G. Prieto y Javier Espinosa tratan de arrojar luz en Siria, el país de las almas rotas a uno de los conflictos más oscuros, y desde luego complejos, de la historia contemporánea. No se puede decir que no supiéramos. O que no nos lo contaran. En un excelente ejercicio que va desde un breve repaso al régimen, los inicios de las revueltas o la implacable represión de Al Asad hasta la irrupción del extremismo en territorio sirio, los periodistas, ambos conocidos por su trayectoria profesional, desgranan a lo largo de algo más de cuatrocientas páginas cómo las fauces del radicalismo islamista terminaron por engullir el idealismo revolucionario.

A los que les duele Siria, como a una servidora, este libro les romperá un poco más el alma si cabe. A cachitos y por historias. Con una prosa demoledora y adictiva que, a ratos, la mayoría de ellos, se te enrosca en el estómago, lo cierto es que el recorrido que ambos iniciaran, allá por el año 2011, a partir del cual viajarían en diversas ocasiones a lo largo del país sirio, arriesgando su integridad, y que concluyera con el secuestro y puesta en libertad del propio Espinosa, es una magistral lección de periodismo y de corresponsalía de guerra. También de honestidad. Sin apartarse nunca del rigor de su oficio, conocedores del terreno y de las costumbres árabes, con un tono profundamente respetuoso, evocador y descriptivo, y un afán informativo, ambos construyen una visión completa e íntegra del conflicto sirio, en una voz que se aúna, y cuya narración va avanzando irreversiblemente a través de sus páginas hacia la desesperanzadora situación actual.

Ahora bien, aunque necesario y altamente recomendable para comprender la situación real del país árabe, no es fácil leer Siria, el país de las almas rotas, al que seguirá La semilla del odio. De vez en cuando, hay que parar en medio de esa vorágine que te arrastra al fondo de las entrañas del infierno, por sus miserias, sus heridas y su brutalidad desmedida, para tomar algo de aire. Después lo que queda es el vacío. El vacío y esa impotente sensación de saber lo que el mundo sabía, y sabe, cuando decidió mirar hacia otro lado. Quizás entonces sí hubiera merecido la pena.

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Mientras haya bares, de Juan Tallón

Mientras haya bares

Mientras haya baresA Juan Tallón lo leo a menudo en dosis de 140 caracteres y a veces un poquito más. Especialmente cuando escribe en rojiblanco, aunque nunca he sido demasiado fetichista de los colores en según qué otros contextos. Como me gusta lo que dice y, en particular, cómo lo dice, siempre he tenido la curiosidad, aunque no la ocasión, de leer alguna de sus novelas. Sucede que cuando ya estaba casi decidida a hacerme con un ejemplar de El váter de Onetti, apareció Fin de poema, aunque no sé si precisamente en ese orden, y terminé bajando al bar. Metafóricamente, claro. O en otras palabras empecé por el final, que es también su último libro publicado y que lleva el título de Mientras haya bares.

Así las cosas, desconozco si hay en la literatura española un homenaje mayor a los bares –qué lugares, que diría Gabinete Caligari– que este libro que es en realidad una recopilación de las mejores columnas del autor gallego, donde habla de todo menos de bares pero también, y esencialmente, de ellos.

A partir de su experiencia propia y de la ajena, Juan Tallón reflexiona con ironía y humor sobre cualquier circunstancia susceptible de comentarse detrás de una barra de bar, como aquella donde un día se encontró con Paul Auster. Sobre la vida en general, el cine, el fútbol y la literatura, en particular. Pero también sobre las resacas, los bocadillos de nocilla y chorizo, la puntualidad, las ferreterías, el insomnio o el proceso de escritura.

Cualquier excusa es buena, en realidad, para escribir sobre algo. Por ejemplo, una grieta en la pared, un cajón cerrado o un post-it amarillo. A Tallón se le dan especialmente bien los regates que derivan en la literatura, a cualquier altura del campo, y que siempre terminan en gol. Mentiría si no dijera que admiro, hasta la mala envidia de hecho, su capacidad de recordar y utilizar citas, referencias y anécdotas en cualquier momento y justo en ese lugar donde todo encaja perfectamente, como las comas o los signos de puntuación cuando están bien empleados.

De hecho, cualquier excusa es válida, también, para leer Mientras haya bares. Su novela funciona como cualquier antro a cualquier hora del día. No decepciona. Más bien al contrario. Uno sabe cuándo llega, pero nunca cuándo se marchará. Lo que sucede es que entre sus páginas también te encuentras a Thomas Pynchon, Cortázar, Faulkner, Hemingway o Cheever, entre otros. Y por supuesto a Onetti. Pero también a Audrey Hepburn o Dean Martin. Incluso a Yosi, el cantante de Los Suaves, con zapatillas de andar por casa. Y así sí que sí, es imposible querer marcharse.

Recomendado para cualquier amante de la literatura y de los bares en general, sus textos tienen la misma moraleja que algunas noches, o que algunos despertares. Igual de amenos, divertidos y profundamente reveladores. Hasta que el tiempo, como sus columnas, pasa y uno se encuentra de golpe con la hora de cierre. La diferencia aquí, es que no hay baladas lentas ni luces que lo anuncien. Solo la última página que trata curiosamente sobre el valor de ciertas deudas. Y es que, hablando de cuentas pendientes, tal vez ya sea hora de que de una vez por todas me haga con alguna de sus otras novelas. Entre tanto, no sé vosotros, pero yo me bajo al bar.

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El Hambre, de Martín Caparrós

El Hambre

El HambreHay libros que cambian la manera de entender el mundo. Libros que abren los ojos, o que, si uno los tenía ya abiertos, hacen que se enfoque la mirada. Sobre todo en determinadas etapas de la vida. En mi caso fue Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, durante la universidad. Me impresionó, me deslumbró, se colaba en mis conversaciones y tuvo un hueco en mis sueños. Con el tiempo he terminado admitiendo sus fallos, que los tiene, pero nunca se ha borrado de mí la huella que dejó.

El Hambre, de Martín Caparrós, quizá pueda ser uno de esos libros. No me ha alcanzado en esa época en la que, como si la mente fuera papel fotográfico, uno es tan sensible a la luz que un relámpago así lo deja marcado para siempre. Pero al menos he salido de él arañado, y sé que con otros hará lo que conmigo hizo el de Galeano. Y lo celebro, para qué engañarnos. El Hambre es un libro tendencioso, en el que es fácil ver a un Caparrós muy escorado a la izquierda, radical, peleando a la contra todo el rato. Pero también me parece un documento fundamental, lleno de verdades irrefutables en forma de números y, sobre todo, lleno de las vidas que hay detrás de esos números.

Solamente dos para que quede constancia: en su estado actual, la agricultura mundial podría alimentar a 12.000 millones de seres humanos. Y, sin embargo, cada cinco segundos muere por causas relacionadas con el hambre un chico de menos de diez años. Eso es el Hambre, con mayúsculas.

El Hambre como libro es el recorrido personal, personalísimo, de Martín Caparrós por una palabra tan grande y a la vez tan ignorada. Se estructura en torno a las historias de aquellos que se asoman al abismo de la falta de alimento. Que uno aprende con las páginas que no es no tener qué comer, estrictamente hablando. Que es más bien no saber si se va a comer mañana, y pasado mañana. Imaginen cómo resulta la vida si uno se la pasa pensando si va a tener algo que echarse al estómago al día siguiente.

Caparrós deambula por el día a día de los hambrientos en diversos lugares del planeta y les hace preguntas, se hace preguntas a sí mismo y se las hace a los lectores. El libro se abre en Níger, con una mujer que carga a la espalda con el cadáver de su niño. Una imagen fortísima, que no hará más que repetirse aunque el escenario cambie por la India, Sudán, Madagascar o Argentina. Entre destino y destino vamos descubriendo una historia del Hambre, una política del Hambre, una sociología del Hambre. Y mientras el autor nos va contando todo ello, la gente sigue muriendo de hambre. El resultado tiene un punto innegable de Jordi Évole, de Michael Moore, y puede ser al ensayo escrito lo que estos documentales son a la televisión que nos tragamos día a día. Vamos, una buena bofetada.

A pesar, como digo, de llevar consigo una carga ideológica (anti-capitalista, anti-mercado) que no esconde, Martín Caparrós dibuja una realidad poliédrica y huye de las explicaciones únicas. En la mayoría de los casos ofrece, pero no impone, su manera de ver cada problema, algo que se agradece. Porque el hambre es un problema y son muchos problemas. Es la escasez de tierra cultivable en Níger y a la vez la mala gestión de una cantidad enorme de cultivo en la India. Caparrós carga contra los organismos internacionales, responsables de la exposición obligada a los mercados, pero tiene su pluma dispuesta también para atizar a las propias comunidades locales. Trata en profundidad, por ejemplo, el tema de las semillas transgénicas, y el control que de ellas hacen corporaciones como Monsanto, con el perjuicio que supone para las comunidades campesinas. Pero a la vez se enfrenta a los activistas “ecololós”, como él los llama, y argumenta que no podemos darle la espalda a los avances tecnológicos, porque ellos han estado durante siglos presentes en la agricultura.

En resumen, El Hambre es un libro que asalta todas las certezas, que leído con atención hace que uno se plantee muy seriamente qué estamos haciendo aquí, hasta dónde hemos llegado para que unos pocos tengan tanto y otros tantos tengan tan poco que ni siquiera les alcance para comer. Martín Caparrós habla del hambre en setecientas páginas de libro de bolsillo y parece que no termina, que no concluye. Yo me siento incapaz también de resumirlo en setecientas palabras y acabar con la sensación de haberle hecho un poco de justicia.

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Las mil caras de Anonymous, de Gabriella Coleman

anonymous

Vivimos en una época en la que absolutamente todo está conectado. Parece un tópico, pero es la cruda realidad. Vivimos una época en la que estamos absolutamente interconectados hasta el punto de que un agricultor extremeño, con su móvil, tiene el mismo acceso a la información sobre plagas que atacan los cultivos que un estudiante de doctorado del MIT. Internet nos brinda esta oportunidad pero no debemos olvidarnos de que cada vez que accedemos a la red, una parte de nosotros queda al descubierto y no es menos verdad que dichas posibilidades de acceso son tan grandes como frágil es la seguridad de dicha comunicación. Volando raso sobre la delgada frontera que separa lo que debe o no debe saberse por los servicios de información de un país o por las grandes corporaciones está una organización que ha copado el protagonismo digital de nuestros días: Anonymous.
Anonymous es, por derecho propio, el fenómeno más importante del activismo digital de la última década. Google encuentra 430 millones de entradas sobre el movimiento. Ciberactivismo, hacktivismo y un montón de términos más para definir un movimiento que se centra en denunciar actividades que abarcan temas como la corrupción política, corridas de toros, el sistema financiero o la libertad en internet.
En este libro descubrimos que Anonymous no es un único individuo, ni una sociedad sujeta a las órdenes de un líder, sino que en cada país existen diferentes facciones del movimiento. Anonymous es la más pura anarquía protegida por la propia masa de la que emanan. Antonio Ramos, profesor de hacking y seguridad informática, contaba en una entrevista que Anonymous no es más que
“la respuesta a algo que las democracias no han sabido manejar. Es la protesta de toda la vida pero llevada al mundo digital”.
Digamos que mil personas gritando en la plaza del pueblo no son una amenaza para mi empresa pero si atacan mis sistemas informáticos provocando pérdidas millonarias debo, cuando menos, replantearme lo que estoy haciendo.
Gabriella Coleman, antropóloga canadiense autora de Las mil caras de Anonymous, fue capaz de verse con uno de los líderes de la organización (denominado Sabu y considerado “el gran traidor” por negociar con el FBI para reducir su condena), no sin antes concretar la cita mediante una cabina pública, como si de una película de espías se tratase.
“Me cayó mejor al verle en persona, porque online era un cabrón arrogante”
declaró Coleman en una entrevista. La antropóloga canadiense ha conseguido erigirse, tras la publicación de este libro, en una de las mayores especialistas del mundo del fenómeno Anonymous.
La autora nos cuenta cómo las acciones del grupo cambiaron la broma pesada por una lucha por la transparencia, la libertad de expresión y los derechos humanos. Además sus objetivos no paran de cambiar y son completamente impredecibles: hace poco, el grupo detrás de la máscara de Guy Fawkes le declaraba la guerra, ni más ni menos, que al Estado Islámico. Atrás quedaron sus inicios como plataforma que se dedicaba a “trollear” a la Iglesia de la Cienciología para recibir su bautismo político con el caso WikiLeaks en 2010. Su papel en la primavera árabe y su apoyo a los movimientos de indignados de todo el mundo han terminado de hacer de Anonymous una organización a tener muy en cuenta por todos los cuerpos de ciber-seguridad.
Las mil caras de Anonymous está estructurado de una manera que hace muy fácil su comprensión. Mezcla datos de política internacional, términos técnicos utilizados por hackers y conversaciones espontáneas mantenidas en incontables horas de chats que juntos entretejen una narración coherente para entender, desde su inicio, qué hace Anonymous y sobre todo, por qué lo hace. Es cierto que el libro ha recibido muchísimas alabanzas por su profundidad pero también ha recibido críticas por ser demasiado condescendiente con el colectivo.
Como lector, es muy difícil abstraerse y no empatizar con Anonymous y sus acciones de alguna manera.  No obstante, una lectura pausada nos hará darnos cuenta de que contamos con un cantidad de datos tan ingente que podemos llegar a diferentes conclusiones cada vez que releamos el texto. Lo que es obvio, sin embargo, es que hay cosas que no funcionan en el mundo y hay que hacer algo al respecto. Gabriella Coleman nos ha ofrecido un viaje por las entrañas de la organización narrado en primera persona. Un derroche de valentía para escribir el que ya ha sido denominado como el mejor libro sobre Anonymous. Un libro que cambia la perspectiva del lector. Un libro que te hace pensar. Un libro tras el que no volverás a ver las noticias de la misma manera en que lo hacías antes. Un libro que hay que leer.
@gorka_rojo
gorkarojo@gmail.com
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