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Leñador, de Mike Wilson

Leñador

LeñadorLa llamada de lo salvaje vuelve a susurrarme con esta obra, Leñador, al igual que lo hicieran las novelas de Jack London o de Jon Krakauer con Hacia rutas salvajes. El territorio de Yukón, en Canadá, vuelve a ser el mágico escenario para evadirme de las distracciones y vulgaridades de la civilización. Una habitación rural en un hotel de Cercedilla en Madrid no es Canadá, pero yo, que soy lector de método y me meto en el papel de los personajes, me fui allí a leer este libro. Y fue el libro el que me hizo viajar mucho más lejos. La literatura, siempre la literatura, vuelve a convertirse en el mejor medio de transporte para viajar a lugares lejanos, naturalezas con tanta belleza como hostilidad y que, en mente y espíritu, me permite vivir una de las mejores experiencias. Experiencias sonoras: los vientos del norte, el ulular de las aves nocturnas, los aullidos de los lobos; experiencias olfativas: el olor de la miel recién extraída de los panales, el de las hojas de los pinos, el de la carne en las brasas; también visuales: los paisajes salvajes e inhóspitos de las tierras del norte, los atardeceres tras las montañas. Esas tierras a las que huyó el autor de esta obra, Mike Wilson. Sus motivos tenía para emprender este duro viaje y vivir la mayor aventura de su vida. En palabras de Thoreau, uno de los padres de la literatura estadounidense: «Cada cierto tiempo, el escritor debe recorrer la senda del leñador para beber en una nueva y más tonificante fuente de las musas».

Esa senda fue la que decidió seguir Mike Wilson cuando, en un acto de crisis existencialista, decidió abandonar cuanto tenía y conocía para emprender esta aventura y asentarse en una comunidad de leñadores al noroeste de Canadá. Quizá buscaba un motivo para encontrar sentido a la vida. Quizá tan solo necesitaba volver a sentirse vivo. Vivir es alejarse de las preguntas que se hacen los hombres; vivir es el fortuito encuentro con un oso o un alce en pleno bosque; vivir es seguir el curso del río para pescar allí donde confluye el cambio de corrientes; vivir es aullar por la noche junto a los lobos y por la mañana trabajar duro cortando leña.

Cuando supe de este libro no me lo pensé dos veces. Tras la experiencia de la novela ya citada de Jon Krakauer, esta aventura prometía aportar otra visión de alguien que, lejos de aislarse y buscar la soledad como el protagonista de esa obra, quería adentrarse en una comunidad. Vivir con una comunidad ruda como es la de los leñadores rurales de Yukón. Aprender con ellos, su trabajo, su día a día, su modo de cazar, observar lo cotidiano dentro de ese pequeño grupo en un lugar tan magnífico. Lo que no esperaba es que este libro se convirtiera en un atlas sobre la vida en el bosque. Ahora lo explico mejor.

Yo partía de la base de que se trataba de la experiencia personal de su autor y las aventuras que allí vivió convertidas en novela. Bueno, desencaminado no iba, pero este libro tiene eso y mucho más. Es novela, es una guía de viajes, es un diccionario, es un tratado de naturaleza, es… en fin, son muchas cosas que nunca había leído. Durante todas las páginas encuentras definiciones sobre todo aquello que empleaba en su día a día con los leñadores: desde herramientas de pesca, leña o caza con todas sus piezas y utilidades bien detalladas, a los orígenes de los inuit, antiguos pobladores de Yukón. Emplea en toda su obra los distintos tipos de textos: expositivos, descriptivos, instructivos y narrativos. Estos últimos son más escuetos y preceden o continúan a las explicaciones vertidas sobre un elemento de la naturaleza concreto. Por ejemplo, para narrar la experiencia que vivió de cómo los leñadores navajos le enseñaron a identificar las huellas sobre el terreno y las plantas, dedica unos párrafos a contar los hechos para después hilvanarlos con una explicación etimológica sobre el sistema de rastreo y el tipo de árboles o fauna que se encuentra en esa zona concreta.

Leñador, que no llamaré novela porque no lo es como tal —las etiquetas que puedo ponerle son infinitas—, tiene, también, varias formas de ser leído y comprendido. Se pueden leer solo los párrafos narrativos que desarrollan la acción y seguir, más o menos, el recorrido que experimentó el autor. Ya te digo que vas a seguirlo más bien menos. Puedes solo tomarlo como un atlas de vida salvaje, es la mar de práctico con todas sus descripciones y consejos informativos. O puedes leerlo en su totalidad y vivir, por unas cuantas tardes y tal como hice yo, lo que Mike Wilson vivió durante años en aquella comunidad. Todo comenzó así:

«Hui hasta llegar a los bosques de Yukón. Me recibieron en un campamento de leñadores […]. Eran hombres rudos. Me otorgaron un hacha, filo de acero. Aprendí cosas».

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Leer, de André Kertész

Leer

LeerTodavía no he conseguido saber si el hecho de encontrarme repetidamente con una misma imagen, situación o escena viene dado por tener en la mente o el subconsciente la voluntad de encontrarme con ello o es, simple y llanamente, el azar quien lo pone allí. No sé por qué es y tampoco sé si quiero saberlo. La cuestión es que muchas veces me encuentro parado, de lejos, mirando a alguien que lee y me veo metiendo la mano en el bolsillo para sacar el teléfono y guardar la estampa en una fotografía. Y lo extraño – de ahí vienen mis dudas – es la cantidad de veces que me encuentro con imágenes de ese tipo en mi día a día. No entiendo por qué entro en la universidad y se me llenan los oídos de voces catedráticas que se quejan de que ya nadie lee y luego salgo de ella y me encuentro siempre con alguien leyendo. O salgo de casa, paseo y veo a gente leer. Luego, cuando miro las fotografías, me pregunto por qué estaban o quién los puso o qué les hizo estar allí.

En una de esas veces en las que me lo preguntaba, llegó a mí – los libros siempre llegan en el momento preciso – el libro Sobre la lectura, de Steve McCurry. En él, decenas de fotografías de gente de alrededor del mundo leyendo me hicieron ver que lo mío no era extraño, me hicieron ver lo que suelen hacer ver los libros: que antes que tú alguien ya ha pensado en eso. Ese libro, impreso en papel fotográfico, de gran tamaño, te hace bañarte en la mirada más inocente que hay: la de una persona en un libro.

Pues bien, de eso han pasado ya varios meses y, como si la Literatura quisiera seguir mandándome tablas de salvación – es lo que mejor hace -, ahora tengo en mis manos Leer, de André Kertész, publicado por Periférica y Errata Naturae. Podría daros diferencias entre uno y otro – la autoría, la editorial, el tamaño del libro, la encuadernación, el tipo de edición, etc. – pero todas serían más formales que de contenido. Porque el contenido es el mismo y no lo es. André Kertész, como hace Steve McCurry, recopila en su obra las fotografías hechas a lo largo de más de cincuenta años (1915-1970) a gente leyendo. Niños en la escuela, en la calle, en la iglesia, solos o en compañía; adultos con prensa, con libros, en terrazas, azoteas, transporte público, casas; ancianos en sus despachos, en bibliotecas o en bancos. En definitiva, libros siendo leídos.

Y que libros tan metaliterarios como este se publiquen me hacen ver que hay más gente como yo, que hay más gente a la que ver a otros leyendo le provoca esa sensación de alegría, de comprensión, de hermandad con el desconocido que siento yo al verles. Tengo que confesar que me tranquiliza. No sé si te pasa a ti, que ahora estás leyendo esta reseña. Pero si es así, no te sientas mal. Y si mis palabras no te sirven – algo que consideraría lógico – y las dudas te corroen, ves corriendo a una librería, coge Leer de André Kertész y ábrelo por la página que tú quieras. ¿Lo has hecho ya? ¿Qué has sentido?

 

 

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Los últimos. Voces de la Laponia española, de Paco Cerdá

Los últimos. Voces de la Laponia española

Los últimos. Voces de la Laponia españolaExiste en España una realidad de la que muchos, me atrevo a afirmar, no tenemos constancia. Y yo soy el primero que asume esta falta, que no es otra que el desconocimiento de lo que se ha venido a llamar la Serranía Celtibérica. Esta región no reconocida engloba territorio de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castellón, con una extensión que dobla la de Bélgica, pero poblada por poco menos de medio millón de valientes (habitantes) en el total de 1355 pueblos que la componen. Esto arroja una densidad de población de 7,4 habitantes por kilómetro cuadrado, dato que comparado con los 5.000 habitantes por kilómetro cuadrado de Madrid o los 15.000 de Barcelona desvela una dura realidad. Esta Laponia del Sur es el lugar más deshabitado de Europa, solo igualado por la verdadera Laponia nórdica, con la que solo comparte el frío reinante, pues mientras que la región septentrional de Europa lleva años instalada en esas cifras, la despoblación de la Serranía Celtibérica crece a pasos agigantados, con casi la mitad de sus pueblos por debajo de 100 habitantes, y eso siendo generosos y respetuosos con los datos del padrón.

Con esta realidad como aliciente, el periodista Paco Cerdá inicia un viaje de 2.500 kilómetros por estas duras tierras para dar voz a sus habitantes y hablar de ese concepto que ya se empieza a acuñar en su seno, el de la ‘demotanasia’, la muerte lenta y silenciosa del modo de vida rural. Cada uno de los diez capítulos está dedicado a una de las provincias de esta Serranía Celtibérica. En todos ellos encontramos una concatenación de números y estadísticas, un frío baremo que refleja el auténtico drama que se vive año a año. Pueblos abandonados, moradores únicos en villas sin corriente eléctrica ni servicios básicos, colegios cerrados ante la falta de niños… esta es la verdadera cara de gran parte del mundo rural, que lejos de acercarse al tópico medieval del locus amoenus se convierte en un infierno, sin saber claramente en qué momento la pasividad gubernamental y el capitalismo voraz dejaron descolgado a estos territorios que en unas décadas pueden crear un agujero negro y vergonzoso en mitad de nuestro país.

Además de números, en Los últimos encontramos testimonios que reflejan lo que es vivir en estas condiciones. Testimonios tan valiosos como Marcos, ese quijote riojano de El Collado que lucha por el resurgimiento de su pueblo junto a otros tres vecinos, que obtienen la luz eléctrica gracias a placas solares. O la conversación mantenida con Moisés, el prior del monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos, buscando los causantes (de pensamiento, palabra, obra y omisión) de la situación actual. O el neorruralismo que empieza a instalarse en Maderuelo (Segovia), con unos habitantes de los que seguro se sentiría orgulloso el escritor Henry David Thoreau. O la rocambolesca historia que ha llevado el rico patrimonio de un Grande de España a la pequeña localidad soriana de Bretún. Este es un libro lleno de personajes valientes que tienen en “Los últimos de Filipinas” un espejo en el que mirarse, mientras suenan, recordando viejos tiempos, acordes como el célebre Resistiré que tantos años lleva cantando El Dúo Dinámico.

Sin embargo, el poso que dejan lecturas como esta (o como La España vacía que tanto éxito le está dando a Sergio del Molino) es desolador. La Serranía Celtibérica mira hacia el futuro con gallardía, pero sabiendo que el espejo le devuelve una imagen poco halagüeña que lleva escrita, con frío y nieve, una palabra; la Nada.

Y no viene mal terminar recordando los célebres versos de Antonio Machado, que quitando el componente guerracivilesco que guarda, refleja claramente la situación a la que se ha llegado. “Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios./ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón“. Por eso se tiene que conseguir que esa otra España, alejada de los focos urbanos, no termine helándose. Ni helándonos. Porque esa otra España habla de nosotros, de nuestro pasado, nuestras tradiciones y nuestra cultura. De nuestro corazón. Y si ella muere, morimos todos.

La puerta con el número 16, junto a la cual había un bastón apoyado, se cierra. Dentro queda Faustino. Afuera, la nada. Aflige saberlo solo en la larga y oscura noche de Tobillos. Y así mañana. Y al otro. Y al otro. Y ahora mismo. Y así hasta el final de Tobillos.

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El paseo, de Robert Walser

El paseo

El paseo¿No es la misma vida un paseo? Caminas a lo largo de varios años, ves cosas que siempre te llegan a través de tu percepción sin saber si esta te engaña o no, conoces gente que se acaba yendo, y siempre vas contigo, hasta el último momento. Quizás por eso llaman tanto a las personas los paseos, porque es el momento en que más cerca estás de vivir tu vida en plenitud. O quizás no y es solo lo que yo pienso. Pero por lo menos hoy me acompaña alguien, otro amante del paseo: Robert Walser.

Nada más empezar el prólogo de El paseo (Siruela), obra de Menchu Gutiérrez, y saber de la pasión e incluso de la necesidad que Walser tenía para con el paseo, me han venido a la cabeza dos personajes – bueno, en realidad tres, pero el tercero no tiene importancia -. Estos dos son Friedrich Nietzsche y José Ortega y Gasset. Los dos usaban, al igual que Walser, el paseo como mecanismo de engranaje del pensamiento. Del primero me viene a la cabeza cómo lo cuenta su íntimo amigo Franz Overbeck en La vida arrebatada de Friedrich Nietzschey del segundo, su libro Meditaciones del Quijote, con el que nos lleva de paseo por un bosque que enciende su pensamiento.

Walser igual. Es ponerse a caminar y llenarse de materia prima su cabeza de escritor. A lo largo de un día entero vamos con él de la mano por un paseo en el que conocemos a sus amistades, a sus conocidos, le acompañamos a las obligaciones y quehaceres diarios y disfrutamos del frescor mental que produce el contacto con la naturaleza. Todo lo narra Walser a través de la percepción de unos sentidos que él reconoce como dudosos pero también como única vía de expresión para todo aquello que nos quiere contar. Asume esa narración tan poco fiable a la que se agarraba Borges para relatarnos lo vivido en un día de paseo.

El paseo es el título del libro y también es el contenido. El paseo gobierna la obra y se erige como proclama de la observación andante. Poco hay mejor que perderse sin rumbo solo dejándose conectar con vibraciones naturales. Poco hay mejor que dejar pasear a cuerpo y mente, sin barreras, obstáculos ni fronteras. Pero cuando ello no se puede, por cualquier causa ajena o no a nuestra voluntad, hay otra opción de paseo: los libros. Leer es también pasear, por mentes ajenas y también por la tuya al convertirte en un segundo autor, en un traductor de la propio obra. Leer es pasear igual que pasear es leer. Y a mí me encantan ambos. Yo soy ese tercer personaje.

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Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio

industrias y andanzas de alfanhui

industrias y andanzas de alfanhuiLa edición ilustrada que Literatura Random House ha publicado de Industrias y andanzas de Alfanhuí es atípica: por sus dimensiones, inferiores a las habituales (un tamaño ideal para llevar en el bolso, he de decir); por el tacto rugoso de su tapa, dura y blanca; y por el trazo sencillo del dibujo del niño protagonista en la cubierta —creado por Asen Stareishinski, como todas las ilustraciones de la obra— con solo un toque de color bajo sus labios. Una edición atípica, que incluso desentona en la estantería de novedades literarias, pero la edición idónea para esta historia que, publicada por primera vez en 1951, también se desmarcó de los cánones de la época y del realismo predominante. La encuadernación y las ilustraciones le otorgan un halo de libro antiguo que es perfecto para la historia del niño llamado Alfanhuí, pues sus andanzas nos llevan al mundo primigenio, ese donde la naturaleza y la inocencia intentan prevalecer sobre todo lo demás.

Industrias y andanzas de Alfanhuí, el primer libro publicado por Rafael Sánchez Ferlosio, puede verse como una novela de aprendizaje, las vivencias de un niño de camino a la madurez. Aunque, en realidad, es el pequeño Alfanhuí el que da más de una lección a los adultos de su alrededor, como si fuera una especie de Principito, enseñándoles que son tesoros todo aquello que no se puede vender, lo que vale tanto que no vale nada. Se podría considerar también que es una historia de realismo mágico, donde hay una criada disecada, pero que sonríe de vez en cuando, y una marioneta se mueve como Pedro por su casa por las calles de Madrid. Pero la verdad es que se publicó mucho antes de que eclosionara el género como tal en Hispanoamérica, y no todos sus elementos casan con esta corriente literaria. Tal vez solo sea un retablo de maravillas, donde Sánchez Ferlosio exploró el lenguaje y la fantasía a tal nivel que, aún hoy, resulta sorprendente. Encasillamientos aparte, Industrias y andanzas de Alfanhuí es una lectura para el deleite, pues pocas veces el lector se encontrará con una prosa que invada sus sentidos como lo consigue esta.

El color es un elemento clave a lo largo de la historia. Alfanhuí planea mil industrias para atrapar los colores de su entorno, esa belleza de la que nadie más parece percatarse. Su capacidad de ver más allá, de crear inventos inverosímiles, asusta a muchos y fascina a unos pocos. Y movido por las reacciones de unos y otros, viaja por el interior de España, desde las tierras de Guadalajara o Palencia hasta la ciudad de Madrid, cruzándose con personajes que quebrantan todas las leyes de la lógica y que, por eso mismo, resultan fascinantes. Pero entre tantos colores, peripecias y fantasías, se entromete el blanco, la muerte y la incómoda realidad, todo eso que parece tan ajeno a Alfanhuí, pero a lo que tarde o temprano ha de enfrentarse.

Un toque de Principito, decía, y del Lazarillo de Tormes, añado. Y, pese a las semejanzas, esta obra es diferente porque su prosa y su inventiva lo son. Sánchez Ferlosio describió imágenes tan visuales y originales que hoy causan el mismo impacto que hace sesenta años. De ahí que Industrias y andanzas de Alfanhuí siga siendo una pequeña rareza literaria, y se revaloriza con el paso del tiempo, con ese encanto que tienen los retratos de otras épocas, en los que aún nos reconocemos.

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New York, New York…, de Javier Reverte

New York, New York

New York, New YorkPese a estar ya en edad de jubilación, Javier Reverte sigue regalándonos su cita anual con la literatura de viajes. Este viajero infatigable sigue con el espíritu joven y las ganas intactas de narrar cada una de sus aventuras. Cierto es que ya no está para grandes viajes por la sabana africana, el Amazonas o el Ártico, pero como buen trotamundos, el escritor madrileño sabe sacarle el jugo a cada país o ciudad que visita.

En esta ocasión llega el turno de conocer, a ritmo de Frank Sinatra, la Capital del Mundo, la ciudad de los rascacielos, la ciudad que nunca duerme… ¡La Gran Manzana! Tras ganar un premio literario en 2010, Javier Reverte decidió darse un capricho, alquilarse con el dinero del premio un estudio en Manhattan y dedicar tres meses de su vida a pasear y contemplar la ciudad, sin más ánimo que escribir e impregnarse del frenético ritmo de vida neoyorquino. Y al igual que hiciera con su libro de viajes por Roma, elige el otoño como estación perfecta para narrar sus experiencias (“Si me dejaran escoger una vida entera para vivirla a lomos de una sola estación, elegiría el otoño sin dudarlo”).

New York, New York… no es un libro típico para los que conocemos la trayectoria de Javier Reverte. No es la narración de un viaje que tiene como objetivo un destino final. Digamos que esta vez Reverte no quiere ser viajero, quiere mimetizarse con la gente y convertirse en un vecino más de la imponente isla de Manhattan. Por eso su libro se convierte en una especie de diario en el que anota sus idas y venidas, sus citas, los bares y museos visitados… y es que Nueva York es tan grande y siempre tiene tanto que ver que da la sensación que uno podría estar años allí sin repetir ningún día el mismo plan.

Escribir un diario y no un relato de viajes tiene sus pros y sus contras. Es cierto que las mejores páginas del autor están escritas en África, y eso ya, a su edad, es muy difícil de superar. La parte más auténtica del autor sale a relucir en las cataratas Victoria, el río Congo o las reservas naturales de Kenia y Tanzania. Pero por otro lado, este diario nos permite conocer el otro lado del autor, su parte más personal. Tres meses en Nueva York dan son suficientes para conocer a una persona y saber sus gustos culinarios, musicales o deportivos. La gran urbe ejerce una influencia positiva en el autor, que se muestra exultante por la experiencia vivida. Cada esquina neoyorquina rezuma vida. Desde el Harlem hasta el puente de Brooklyn, en la isla de Manhattan (y sus alrededores) huele a hot-dog, suenan acordes de jazz y la gente vibra con los Knicks, los Rangers o los púgiles de sus famosas veladas en el Madison Square Garden. Pero Nueva York es tan grande que la literatura también tiene cabida en ella, como era de esperar. Y por eso Reverte, en su repaso histórico por los hechos más importantes de la ciudad también tiene tiempo para hablar de los grandes literatos que vivieron en sus calles o hablaron de ella. Hay hueco en New York, New York… para Whitman, Twain, Poe, Stevenson o Melville, pero también para dos escritores patrios que dejaron impronta en la ciudad, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez.

Y con esta mezcla de música, deporte, literatura e historia, Javier Reverte nos regala un relato amable, desenfadado y cercano de esta gigantesca ciudad, la ciudad mundial por antonomasia, capaz de encarnar lo mejor y lo peor de los Estados Unidos de América.

“Esta ciudad no ha temido nunca al futuro ni lo teme todavía, porque de alguna manera es futuro.”

César Malagón @malagonc

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El gran imaginador, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

el gran imaginador

el gran imaginadorQuien haya leído las anteriores obras de Juan Jacinto Muñoz Rengel, como El asesino hipocondríaco,  habrá visto que este autor malagueño busca la novedad en la escritura y le gusta romper los encorsetamientos de los géneros literarios.

Quien haya acudido a alguna de sus presentaciones o charlas habrá comprobado que es un apasionado de la ficción, en su vertiente creadora pero también en la lectora, y posee un significativo bagaje cultural, por lo que sus referencias a otros autores son habituales y muy instructivas.

Quien se aventure a leer su nueva novela, El gran imaginador, encontrará esa novedad, rotura de etiquetas y referencias literarias habituales en él, y disfrutará de su historia más ambiciosa (hasta el momento) y de un protagonista que tiene los elementos necesarios para pasar a la posteridad. Porque Nikolaos Popoulos, el imaginador, el soñador anacrónico, el fabulador interior, el salvador del mundo, nacido en Grecia, la tierra de la tragedia, los dioses prodigiosos, los héroes legendarios y los monstruos imperecederos, es el personaje que todo escritor quisiera crear… o ser, pues tiene el talento de inventar desde la nada, recordar todo lo visto y lo nunca visto y adelantarse siglos a sus contemporáneos.

No voy a adentrarme en detalles sobre la trama, ya que la grandeza de esta obra es su capacidad de sorprender al lector. Solo decir que podría considerarse una novela iniciática a grandes rasgos, una amena novela de aventuras por el Occidente y Oriente del siglo XVI, una puntual inmersión en los géneros de terror y ciencia ficción, una trama con fuertes anclajes históricos, una narración con un maravilloso toque de realismo mágico y un despliegue absoluto de fantasía, todo ello aderezado con el humor característico de Muñoz Rengel. El subtítulo de la obra, La fabulosa historia del viajero de los cien nombres, aporta el resto de información necesaria.

El gran imaginador es un libro que solo un gran lector podría escribir. Está plagado de guiños a otras obras, desde clásicos como Homero a contemporáneos como Oliver Sacks o G. R. R. Martin, aunque las referencias más evidentes y continuas son a Cervantes y El Quijote. Muñoz Rengel plantea así un juego metaliterario para los lectores más avezados, sin olvidarse de los lectores ocasionales, que encontrarán igualmente una historia llena de acción.

Pero El gran imaginador es, sobre todo, una obra que solo un gran escritor podría crear. La invención de un personaje de la magnitud de Popoulos y el manejo de una compleja estructura, que ensambla sin aristas ficción y hechos históricos, demuestran la capacidad de un autor que ha alcanzado su madurez narrativa y el excepcional trabajo de documentación que ha llevado a cabo. No sorprende que Muñoz Rengel haya invertido catorce años en gestar este libro.

Los amantes de la lectura empatizarán con Popoulos, pues les hará revivir la emoción infantil con la que se descubre la literatura y el cataclismo interior que provocan ciertos libros. Pero aún más lo harán los escritores, que comparten con él ese desbordamiento de las ideas, esas ganas de publicar, ese deseo de escribir el libro para el que han sido creados.

Popoulos dice, en un momento dado de la novela,  que no se puede sentir otra cosa que admiración por los autores de los libros que encierran vidas y mundos enteros, que nos transportan y embriagan y que nos hacen vivir un tiempo regalado. Y estoy completamente de acuerdo con él. Por eso, quiero mostrar en estas últimas líneas mi admiración, como lectora y escritora, hacia Muñoz Rengel, por si en el resto de la reseña no ha quedado evidenciado. Quien lea El gran imaginador, creo, coincidirá conmigo.

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Las altas montañas de Portugal, de Yann Martel

Las altas montañas de Portugal

Las altas montañas de PortugalPrimero: argumento.

Tomás camina hacia atrás, literalmente de espaldas, por Lisboa. Estamos a finales del año 1904 y tiene en mente una misión: llegar a las Altas Montañas de Portugal para encontrar un crucifijo extraordinario, que le ayudará en su venganza contra ese Dios que le había arrebatado todas las personas a las que quería en menos de una semana. A los que le rodean no les ha explicado bien su objetivo, solo que piensa que allí va a encontrar un tesoro que por fin hará que le reconozcan en el Museo de Arte Antiguo en el que trabaja. Precisamente por su trabajo, ha dado con un diario escrito por el padre Ulises, en el siglo XVII, cura destinado en São Tomé, en el Golfo de Guinea. Ese diario le produce un gran impacto y se siente identificado con los sentimientos de soledad e incomprensión del cura. En él encuentra consuelo y las pistas para encontrar el magnífico crucifijo. Emprende un viaje increíble, largo y doloroso por Portugal en uno de los primeros coches de la historia, que le presta su tío, hombre excéntrico y muy rico.

Así empieza este libro que está dividido en tres grandes partes: “Sin casa”, “A casa” y “En casa”. Tomás es el protagonista en la primera parte. Eusebio, patólogo forense aficionado a las novelas de Agatha Christie, de la segunda en 1938 y Peter, político canadiense, de la tercera en los años 80. Los tres van a tener relación con esa región que llaman Las Altas Montañas de Portugal y los tres tienen que superar pérdidas de seres queridos.

Segundo: sensaciones.

Surrealista, este es el calificativo que me ha estado rondando todo el tiempo por la cabeza mientras leía esta novela. Cuando cerraba el libro, pensaba: ¿cómo voy a explicar esto? Las sensaciones que me ha producido sí os las puedo decir. Me ha encantado, del verbo encantar, o sea, de encantamiento de verdad. De estar pensando en el libro incluso cuando no lo tenías delante, de acostarte dándole vueltas a lo que habías leído ese día, de explicárselo al que tienes al lado, leerle trozos, para que te pueda entender cuando le dices que hay algo mágico que te tiene sorbido el seso, pero que no puedes explicarlo. Me ha divertido mucho, ha habido párrafos que me han hecho reír a carcajadas. Me ha sorprendido y ¡de qué manera!, de dejarme boquiabierta y ojiplática. Me ha emocionado, porque es enternecedora y dulce. Me ha gustado mucho literariamente hablando: rica, preciosa e inteligente, con magníficos diálogos y descripciones.

Tercero: confesiones.

Uno de los motivos por los que elegí leer esta novela fue por el escenario en el que transcurre el libro: Portugal. Son mis vecinos y amigos. La región a la que se refiere, Tuizelo que pertenece a Vinhais, la tengo a tiro de piedra. Compartimos las mismas montañas, clima y paisaje. Es un país que siempre me ha tratado bien, en el que he disfrutado mucho y por el que siento un gran cariño. Ahí no me equivoqué, hay unas descripciones muy acertadas, tanto de lugares como de gentes, con las que estoy totalmente de acuerdo. Yann Martel transmite cariño y admiración por el lugar; también mucho respeto, incluso ha protegido en muchos pasajes la lengua, no han traducido muchas expresiones y frases en portugués, creo que con buen criterio.

Enfrenté el libro como una novela normal, con mucha ilusión porque me gustó La Vida de Pi que es del mismo autor, aunque confieso que solo he visto la película. Error: no es una novela al uso, aunque sí la he disfrutado desde la primera frase. Tuve que caminar con Tomás bastante rato, de espaldas porque estaba enfadado con el mundo y era su manera de protestar. Tuve que pelearme con Tomás por esos caminos ingratos en esa máquina infernal. Disfruté con la autopsia que realizó Eusebio a Rafael, sí, aunque os suene macabro: me gustó una autopsia. La descripción que la senhora María Dores Passos Castro le hace a Eusebio de su casamiento y de su vida matrimonial creo que es de lo más bonitos que he leído en mi vida. Ya llevaba casi dos tercios del libro leídos cuando me empecé a dar cuenta de que lo que tenía entre manos es un gran cuento, una parábola enorme. Me tuve que quitar el raciocinio durante unas horas para disfrutar más y dejarme llevar. Me quité prejuicios, limpié mi mente de presupuestos y las piezas empezaron a encajar. Entonces llegué al final y el Principito me susurró al oído: “tienes que volver a empezar porque has estado viendo el sombrero y lo que tenías que ver era el elefante dentro de la boa”.

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Prosa del observatorio, de Julio Cortázar

Prosa del observatorio

Prosa del observatorioAl ver que una editorial se lanza con un libro desconocido para muchos de un autor célebre es inevitable pensar en que se está usando su nombre para vender sus libros sin centrarse en la calidad de estos. Probablemente por ese motivo quise leerme este. Como amante de la escritura de Cortázar, quería ver si esto no era una mera herramienta para seguir usándolo como causa de grandes ventas. Si habéis seguido mi camino en la web, seguro que ya os habéis fijado en que muchas veces – la mayoría – me equivoco en mis predicciones. Aquí no iba a ser distinto.

Prosa del observatorio, libro que mezcla la prosa cortazariana con fotografías tomadas por el propio escritor en su visita al observatorio de Jaipur (India), es un reflejo breve – pero extenso en el recuerdo que deja – de todo lo que contiene la escritura del escritor argentino nacido accidentalmente en Bruselas. Como digo, encontramos fotografías en blanco y negro impresas en papel grueso e intercaladas en el texto del observatorio estelar que construyó el sultán Jai Singh en el siglo XVIII para ver lo que Cortázar llama la «interminable lluvia de abejas de medianoche». A partir de ellas, Cortázar da inicio a una cascada de palabras con su sello más característico impreso. Esa prosa poética que a tantos lectores – que luego algunos han sido grandes escritores – enamoró y que sigue enamorando. De las estrellas y su configuración en el cielo para pasar al mundo de las anguilas y su evolución, su cambio de hábitat, su devenir vital. Todo ello cohesionado por la figura central del sultán Jai Singh, ese «hombre que de pie dialoga con los astros» atento al alba, a la «noche pelirroja».

Cortázar entona en este libro un grito que pide huir de la hiperdefinición, de un mundo donde la etiqueta, el número y el dogma es esencial para vivir. Él se dirige a la Dama Ciencia para quejarse, para expresar el desagrado que le produce sentir que nada puede sentirse ya, que todo parece estar estudiado, tratado, encuadrado en una visión cerrada y conclusa. Cortázar busca romper esa solidez de la cosmovisión humana, busca reivindicar la porosidad de la vida, el carácter rizomático del saber, del comprender, del vivir. Sí, Prosa del observatorio es también una queja a la sociedad en la que él se encuentra, es una queja a científicos concretos, al mundo en general; es una oda a la Naturaleza y su configuración azarosa, inaccesible a un entendimiento humano que busca, desde siempre y para siempre, abarcarlo todo.

Pero la queja, como todo en el universo cortazariano, tiene su visión positiva. Y es que para el escritor argentino hay salida, hay esperanza de apertura de brazos y mentalidad ante algo que nos rodea día a día, que es parte imprescindible de nosotros. El entorno, esa diana para el ojo de Cortázar, es un mar en el que bañarse y disfrutar de todo lo que nos ofrece; es, como piensa el escritor si decidimos hundirnos en ese mar de belleza infinita «algo así como un golpe de ala, un descorrerse, un quejido de amor y entonces ya, entonces tal vez, entonces por eso sí».

Si todavía no lo habéis hecho – cosa que envidio porque será una novedad total que yo ya no voy a poder vivir nunca más –, leed a Cortázar, de verdad. Y no es una obligación, es la invitación a la mayor fiesta literaria que no ha habido jamás.

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Sobre la lectura, de Steve McCurry

Sobre la lectura

Sobre la lectura«Las maravillosas fotografías de este libro, realizadas por Steve McCurry en muchos países y a lo largo de varias décadas, son la prueba visual de buena parte de lo que he escrito: la compostura del lector, la mirada luminosa, el concepto de soledad, la posición relajada, la singularidad del esfuerzo, la sensación del descubrimiento y la insinuación de la alegría».

Con estas palabras termina Paul Theroux el prólogo al exquisito libro del que hablo hoy: Sobre la lectura, de Steve McCurry. Paul Theroux, aclamado escritor de novelas y libros de viajes, nos regala una oda a los libros en unas primeras páginas que serán las únicas contenedoras de palabras, porque a partir del prólogo todo son mágicas e inolvidables fotografías. Coloco como uno de los mejores libros que he leído en este año uno que no tiene palabras pero que, de igual forma, cuenta historias. ¿Quién me lo iba a decir? A través de las fotografías tomadas por Steve McCurry, viajamos alrededor del mundo de la mano de lectores. Niños y adultos, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, blancos, negros, pobres, ricos, altos o bajos, e incluso humanos o no humanos. Todo en Sobre la lectura orbita alrededor del libro como objeto generador de mundos. En todas las fotografías veremos una mirada posada en las páginas de un libro.

Como aquella famosa frase que defiende que «una persona leyendo un libro que te gusta es un libro recomendándote a una persona», aquí, todo son recomendaciones de personas, personas de todo el mundo, el mundo en sí nos es recomendado. De esta forma, Steve McCurry consigue que a través de la defensa de la lectura el mundo se una y demuestre la base de humanidad que todos contenemos. Sin importar la raza, el género o la edad, aquí lo importante es comprender que existe un lenguaje que todos hablamos, que todos compartimos y que nos hace uno: el lenguaje de los libros.

¿Qué hay más maravilloso que ver a un niño leyendo? Ver a todo el mundo leyendo. Esculturas, perros, monjes, ancianos, tullidos, turistas, alumnos, escritores, parejas, viajeros, empresarios. En la montaña, en la calle, en el coche, en un parque, en un avión, en el suelo, en voz alta, en grupo, en clase, en el bar, en la montaña,… pero siempre la creación del hilo solitario que une al lector con su libro a través de la mirada. Dicen que no hay nada como perderse en la mirada de otro. Sí lo hay, perderse en la mirada de un libro. Y perderse en este es encontrarse para siempre.

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California, de Jordi Coca

California

California¿Habéis viajado alguna vez en coche en plan road trip? Uno de esos viajes en el que el fin no es llegar a un sitio concreto sino el camino mismo. Por supuesto que tiene que empezar y acabar en un lugar, pero esos sitios solo son eso: un principio y un final. Lo interesante es andar en coche, cambiar la ruta, parar donde te parezca, improvisar, perderte, dejarte tragar por el camino. Si no lo habéis hecho nunca, plantearos una escapada así. Es una forma muy interesante de conocer un territorio, más profunda quizá.

Dicen que Nueva Zelanda es estupenda para viajar en autocaravana. Lo tengo apuntado en cosas que tengo que hacer antes de morir, pero me pilla algo a desmano desde el norte de España. Estados Unidos es otro país en el que se puede viajar muy bien así también, pero en coche de alquiler y parando en moteles. No hay prácticamente peajes, las carreteras son buenas y la gasolina es barata. Además, el transporte público no es precisamente su fuerte, por lo que es mucho más cómodo andar en coche. Yo lo hice en 2009, por el oeste del país y fue una experiencia inolvidable. Es un tema que han tocado varias películas (road movies) en las que se viaja de esta manera por diferentes motivos: Little Miss Sunshane por ejemplo, o la famosa huida de Thelma y Louise. No todas son en USA, me viene ahora a la cabeza la argentina Diarios de Motocicleta o la española Vivir es fácil con los ojos cerrados.

Esta novela de Jordi Coca es esto: un viaje en coche que hace un profesor de universidad catalán desde Denver hasta San Francisco en 1992. Unos dos mil kilómetros si lo haces lo más recto posible. Este profesor tiene 34 años y se acaba de separar. Está algo harto de su vida, así que acepta una oferta de la universidad de Berkeley como profesor visitante con la idea de poder acabar de escribir un libro sobre los pintores paisajistas norteamericanos del siglo XIX, que le obsesionan. Su idea es ir visitando los paisajes que inspiraron a estos famosos pintores de la Hudson River School. Planteado como un viaje iniciático tipo En la carretera de Jack Kerouac, aunque al protagonista esa generación beat no le interesa para nada, él busca más una mirada mística como la de Walt Whitman.

Una idea preciosa, ¿verdad? Cobras por hacer algo que te entusiasma, viajas, trabajas y recompones tu cabeza y tu alma al mismo tiempo. Pero en el fondo, este viaje no es más que una huida, así que las cosas no fluyen tal como las tenía planeadas. Aparece un extraño poeta que le hace cambiar la ruta inicial, que trastoca todo. Jordi Coca se inspiró en el poeta Miquel Bauçà a quién dedica el libro y en un viaje que planearon juntos en los 80 a Estados Unidos, según cuenta en una entrevista. También en la idea de que hay personas que tienen la capacidad de conmocionarnos aunque estén poco tiempo en nuestras vidas.

Hacía tiempo que no leía un libro que me pareciera tan honesto, tan sincero. Esa es la primera sensación que he tenido, la que me ha acompañado todo el relato. Está escrito en primera persona y en pasado. El protagonista llevó una especie de cuaderno de viaje, diario o como le queráis llamar y California es el resultado de repasar esas notas y los recuerdos de esa magnífica experiencia 20 años después. Tiene un trabajo profundo de los personajes, de verdad, incluido lo feo que tenemos todos. No hay héroes, ni siquiera los que ostentan el título. También hay una reflexión sociopolítica importante, además de unas interesantes descripciones de los paisajes que recorre. Aunque es profunda, es muy fácil de leer. No es un regocijo en lo ultra humano, ni es una oda al “todo el tiempo pasado fue mejor”, solo nos enseña cómo se sintió en aquel momento de su vida, pero tomando distancia, intentando ser objetivo.

Se me ha hecho muy corta. Dos tardes me ha durado. He aprendido muchas cosas con el libro. Sobre algunas ya había oído pero no había profundizado y sobre otras no tenía conocimiento. Me ha gustado mucho. Lo he disfrutado cada página. No se le puede pedir más a una novela: que te guste, que te entretenga, que te deje poso tanto en el sentimiento como en el cerebro, que sea sincera, que no se ande con tonterías.

 

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Las rosas de piedra, de Julio Llamazares

Las rosas de piedra

Las rosas de piedra

Siempre he creído, supongo que por ser costumbre o ser lo tradicional, que los libros de viajes cuentan un recorrido por una zona, una ciudad, una costa o cualquier sitio apartado y admirable; pero este libro no hace exactamente eso, sino que te lleva de visita a unas edificaciones concretas, sin desvío ni lugar a la duda: las Catedrales de España, entendidas, tal como dice en el preámbulo el autor, como el lugar en el que tiene la cátedra el obispo. Este libro, primera parte de un proyecto más grande, recorre, más o menos, la parte norte de España si esta se partiera por dos. Es decir, visita las catedrales de Galicia, Castilla-León, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. “Las rosas de piedra” es un itinerario hecho en varias fases y años, y que cumplimenta un protocolo, casi un rito concreto, en cada una de las ciudades y templos a los que visita, admira o critica. Dicho protocolo empieza cuando llega a la ciudad, allí encuadra el templo en su contexto, admirándolo y describiéndolo desde fuera, hasta que penetra en su interior, momento en el que busca un guía personal o literario, según casos y necesidades, que le muestra la parroquia y sus sitios conocidos o escondidos, o sus historias reales o legendarias; al mediodía sale a comer, y vuelve a la tarde para acabar el recorrido y, en la mayoría de los casos, admirar el museo diocesano. Pautas que van repitiéndose en todos los lugares visitados mostrando, casi, un inventario y un cuadro exacto de cada lugar.

Las rosas de piedra” son un recorrido por lo material, por lo sólido, pero también una mirada y un guiño a  lo humano; a las personas agradables, antipáticas, respondonas, simpáticas, tímidas, escurridizas, cansadas…que encuentra en cada lugar. No todas ellas trabajadores o rectores de esos lugares de culto, sino que también aparecen una multitud de variados personajes, a veces principales, a veces secundarios, que se mueven en esas ciudades y en aquellos años: taberneros, pordioseros, drogadictos, libreros, albañiles, turistas, amigos del autor o puros transeúntes. Todos partes del paisaje del jardín donde se encuentran esas rosas de piedra de las que habla Julio Llamazares.

No todas las catedrales son del gusto del viajero que habla desde las páginas del libro: hay algunas olvidadas, otras vulgarmente nuevas, otras mal cuidadas, otras con residentes mal encarados; pero , así y todo, en casi todas encuentra , o le descubren, un vestigio, o multitud de ellos, de lo que iba buscando: sitios exactos en los que aparezcan esos aires y esas piedras, esas alturas y bellezas que concibieron hace siglos aquellas personas para las que construir era un arte que debía durar para siempre. Artistas que imaginaban y construían no solo los edificios, sino también sus altares, las capillas,  los retablos, las vidrieras o las simples esculturas, como partes de un mundo superior; destinados, por ello, a honrar, amar y también a enseñar al pueblo, los dictados de la fe. Julio Llamazares, hace revista de todo lo que ve, de modo que habla de autores, estilos, años, materiales o restauraciones; pero también enseña su opinión personal, demuestra la pasión y el gusto por las cosas bien hechas, por los retablos hermosos, por los edificios grandiosos, o por las estatuas, tumbas o capillas, que despiertan algo más que curiosidad en su mente.

Este visitar, enseñar y hablar sobre catedrales es también un recorrido por la juventud del lector, la mía, que enseña o, más bien, recuerda  los nombres de los elementos arquitectónicos, estilos, autores o excelencias que se desarrollan en esas Catedrales góticas, románicas o neo-clásicas. Así vuelven a ti, alimentando tu ego y tu recuerdo: aquellas columnas infinitas, arquivoltas, pechinas, arcos de medio punto, rosetones, tímpanos, pórticos o arbotantes; y, también, personajes como Churriguera o el maestro Mateo, Herrera o Berruguete… Partes de un pasado común a casi todos los posibles lectores del libro. Un recorrido por esas obras es un recorrido por un momento concreto de la historia, no ya de España, sino también del mundo; en el que todo se movía al ritmo de la religión. Siendo ahora exponentes, esas obras, de un universo en el que compaginar belleza, utilidad y fe, era lo único posible.

Este viaje muestra un posible y apetecible viaje, no ya solo por lugares de culto y de arte, sino un paseo por el pasado de un pueblo o una ciudad. Pasado, a veces penoso, a veces grandioso, que nos enseña la futilidad del poder de las personas y los pensamientos, pero, también, la permanencia del arte, de lo sólido, de lo palpable. Siempre somos parte de los pasados y, por ello, somos posibles viajeros a los lugares donde nos lo muestran.

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