
Diccionario de nombres propios, de Amélie Nothomb

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Tenerlo todo. Tenerlo todo pero no ser suficiente. Buscar más, y cuando se vuelve a tener, no ser suficiente. Sentir que algo falta, pero no saber muy bien qué es. Recorrer el día a día sintiendo que una pequeña parte de nuestra vida está vacía, pero increíblemente es la más importante. ¿Por qué, si lo tengo todo, no soy feliz? ¿Acaso no es esto lo que andaba buscando? ¿Me he confundido en los sueños? Y es que “El bolígrafo de gel verde” es un examen interno, una evaluación sobre lo que somos, o mejor dicho, sobre lo que querríamos ser.
La historia de un hombre que, todas las noches, sueña con dejarlo todo, con abandonarlo todo, buscando lo que le falta, lo que ansía recuperar, sin saber que lo había perdido. Esta es la historia de un hombre cualquiera, pero puede ser la de cada uno de nosotros. Porque cuando la vida te pide un cambio, ¿seremos capaces de llevarlo a cabo?
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La bella bestia, de Alberto Vázquez-FigueroaIrma Grese fue conocida con el sobrenombre de “Ángel rubio de Auschwitz”. Fue la más cruel celadora de dicho campo de concentración y la persona más joven, 22 añitos, de los criminales nazis condenados y sentenciados a muerte en los juicios ejemplarizantes de Nuremberg.Numerosos testigos detallaron las torturas, golpes y malos tratos que daba a los reclusos y el desmedido placer que mostraba con ello. (Sirvió de inspiración para la cinta “Ilsa, la loba de las SS”, de 1975, un rollo, por cierto).
Su sadismo continuaría después en los campos de Bergen-Belsen (entre las SS era conocida como “la perra de Belsen” por sus crueles métodos de tortura) y Ravensbrück.
Podría dar muchos ejemplos de ese sadismo que aparece en La bella bestia, pero tal vez sea mejor no herir sensibilidades y que quién esté interesado en ellos lea el libro.


Habiendo tenido la suerte de ver la película homónima basada en “La mujer de negro” (la de 1989, una auténtica joya; pienso ver la de 2012 en cuanto tenga la oportunidad), y aprovechando que esta obra de Susan Hill vuelve a estar de moda, decidí leerla.
Y me ha sorprendido, porque he encontrado algo totalmente distinto a lo que esperaba. Acabo de terminarla, pero sospecho que será una de esas obras que se quedan con uno durante días, en su pensamiento; como el fantasma protagonista de la historia. Porque “La mujer de negro” es una novela asombrosa.
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Un brillante relato sobre un tema tan universal como el paso del tiempo, sobre lo que se pierde, lo que cambia y lo que permanece.
Para ser fiel al espíritu de Los años, no debería hablar directamente del libro o de su autora. De hecho, no debería hablar de nada concreto. Sería más apropiado comenzar, con flema británica, por el tiempo, por el calor asfixiante de este verano, por el cielo despejado, atravesado por apenas un par de nubes perezosas, predecesoras de otras más oscuras que ya se apiñan en el horizonte, presagiando los celajes de un invierno que aún tardará en llegar. A vista de pájaro, podría describir el azul intenso del mar, plano como el fondo de un plato, las olas lamiendo mansas la arena de las playas atestadas de familias que apuran sus pocos días de descanso estival, los campos agostados, los caminos polvorientos.
Descendería después sin prisa y recorrería las calles casi vacías; los pocos transeúntes anhelando el refugio de una sombra, el cansino trasiego del tráfico, las tiendas cerradas por vacaciones. Al ponerse el sol vería a la gente, como llamadas por un reclamo inaudible, abandonar sus casas y ocupar terrazas y restaurantes. Entonces seguiría aproximándome y entraría en mi propia casa, describiría los muebles y la decoración, deteniéndome en algunos objetos queridos. Ahí estaría yo ocupado en alguna actividad cotidiana; leyendo este libro de Virginia Woolf, por ejemplo. Aparecerían amigos y familiares y mantendríamos conversaciones intrascendentes. Pero nunca ocurriría nada en mi relato, el verano pasaría, yo leería otro libro y después otro más, los años se sucederían…
Me temo que un texto así no funciona; mi verano no tiene el romanticismo de la lluvia en Londres o en Oxford, el ajetreo de mi ciudad carece de atractivo (¿cómo comparar un vulgar atasco con el desfile de cabriolés, victorias y landós dirigiéndose hacia la Ópera) y por supuesto, no me parezco en nada a los personajes burgueses, siempre tan elegantes y correctos, que protagonizan las novelas de Virginia Woolf. Y, sobre todo, porque yo no sé escribir como ella.


Somos hijos. Desde el primer momento en el que venimos al mundo, nos une un cordón invisible, mitad sangre mitad cariño, a una persona importante en nuestras vidas: nuestra madre. Ella nos mira, nos acoge entre sus brazos y, después, según pasan los años y las arrugas del tiempo se van acentuando, nos enseña lo que es la vida, nos anima a conseguir nuestros sueños, y en un nuevo juego del tiempo, debemos despedirnos de ellas, saber decirles adiós de la misma forma que ella nos dio la bienvenida. Pero a veces, en un mundo donde no todos son alegres finales, la vida nos la quita de un plumazo, sin tiempo para poder cerrar los ojos y recordar bien su figura, su cara, sus lágrimas derramadas por nosotros. Eso es “Me deseó felices sueños”: una lágrima que había permanecido estancada, pero que ha podido, por fin, recorrer nuestra mejilla.
Massimo Gramellini siguió con su vida después de la desaparición de su madre. Pero al mismo tiempo que no ha podido avanzar, se hace preguntas que no tienen respuesta. Será entonces, en un momento de su vida, cuando descubre un secreto sobre su madre, que le habían guardado desde que era un niño, gracias al cual puede empezar a crecer y convertirse en adulto.


Recuerdo que oí en un programa de radio que cuando allá por 1992 se estrenó Reservoir Dogs (Tarantino), Wes Craven (el director de Pesadilla en Elm Street entre otras) abandonó la proyección en la famosa escena de la oreja. Él aducía que Freddy Krueger era un personaje inventado y que lo que acababa de ver en la pantalla recreaba una escena real. Recuerdo que yo pensé “menudo g… Lo de Tarantino sigue siendo ficción”. (Que conste que, a pesar de lo que viene a continuación sigo pensando exactamente lo mismo. La ficción es ficción sea más o menos creíble).
No creo que me equivoque si afirmo que Mi hijo era de ETA es el libro de no ficción más duro que he leído en bastante tiempo. Y no porque haya destripamientos, amputaciones y escenas gore, que no los hay, sino porque es algo real que tiene detrás muchos muertos, heridos y familias destrozadas, que día tras día eran portada de periódicos y sobremesas del telediario. Es muy duro tanto por la realidad y trasfondo social de lo que cuenta, como por el lado emocional, que atenta directamente a la patata.
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Ya simplemente viendo la portada de “Lobisón” y semejante título (hombre lobo en portugués), se intuyen por dónde van a ir los tiros. El primer párrafo del libro, el que he anarroseado al comienzo de la reseña, los confirma. Lobisón es y/o no es una historia de hombres lobo.




Pensar. Reflexionar. Ponerse en el lugar de los personajes. Son verbos y situaciones que todos conocemos. Y sin embargo, muchas veces nos es complicado que nos sucedan con un libro. Bien sea porque el argumento es poco convincente, porque es pura ciencia ficción o porque, en el peor de los casos, no logramos congeniar con ninguna de las personas que desfilan ante nuestros ojos. Pero, ¿qué sucede cuando, en un libro, conseguimos trasladarnos a su mundo y nos sentimos igual que el personaje principal, odiamos al secundario de turno, o nos encoge el corazón la trama hasta el punto de tener que dejar de leer durante unos minutos? Pues que estamos ante una gran historia. Y eso es lo que nos vamos a encontrar aquí, en esta “Casa de verano con piscina” que no dice mucho de por sí, pero que encierra dosis extremas de realidad (y no precisamente de la más delicada).
Un médico que no dedica a sus pacientes ningún cuidado. Un matrimonio feliz, pero en el fondo desgraciado. Unas hijas que crecen a marchas forzadas y que empiezan a despertar los primeros sentimientos. Un actor enfermo, casado con una mujer que cautiva en las distancias cortas. Y un incidente que va a hacer que todas las relaciones caigan en picado, se revuelvan, y acaben en un final que nadie esperaba en un principio.
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Un libro que intuyes que dolerá desde su primera página, porque yo poco sé de la historia de Haití, pero de lo que sé, todo es triste para muchos y bueno para muy pocos. Así que sin conocer mucho del país y nada de esta autora, y esté en el lado que esté de la historia, seguro que me tocará sufrir con ella, o por ella, o junto a ella.
Y así ha sido.
Pero es un libro que hay que leer, porque sólo adentrándonos en el horror de las historias que tan bellamente nos cuentan los que han sufrido las dictaduras de primera mano, podremos entender y valorar la libertad más allá del propio concepto.
Y ahora, antes de pasar a hablarles un poco del libro, no puedo evitar contarles algo de Marie Vieux-Chauvet, al menos creo que será interesante que sepan que nació en Haití en 1916, que su familia pertenecía a la burguesía perteneciente a los milat o mulatto, un grupo que es el resultado de la mezcla entre africanos y europeos. Hija, al parecer, de un senador haitiano y una emigrante judía de las Islas Vírgenes. Hasta la llegada al poder de Duvalier, y ya desde la Revolución Haitiana de 1804, esta comunidad haitiana había ostentado el poder político y la riqueza del país. Estos datos les pueden servir a la hora de enfrentarse a la lectura de este libro. Aunque en realidad les diré que a mí toda la historia de esta mujer e incluso la de la propia Haití, me ha interesado mucho más tras la lectura del libro.
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No sé si la buena literatura se nutre del descontento social. Si es así, cabe esperar en los próximos años una generación gloriosa de escritores españoles. Mientras eso sucede, remontémonos a tiempos pretéritos y algo menos revueltos.
En la década de los 50 y principios de los 60, Inglaterra ya se había recuperado completamente de las heridas de la guerra. No había grandes conflictos sociales y la economía del país crecía a un ritmo que hoy nos parecería envidiable. La sociedad seguía cómodamente dividida en clases: la clase alta seguía en las alturas, la clase media estaba orgullosísima de su medianía y de no estar tan abajo como la clase baja, que, a su vez, había conseguido subir algunos peldaños. Todos sabían cuál era su sitio, y sabían también que la mejor manera de evitar problemas era quedarse en ese sitio. En definitiva, érase una vez un país feliz. Es en este contexto cuando surge el movimiento literario de los “Angry young men”, que tradicionalmente se ha dado en traducir como “jóvenes airados”. Si es que siempre hay alguien que tiene que fastidiarlo todo…
¿Y qué es lo que llenaba de ira a estos jóvenes?
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