
Imagina esta escena: tienes ante ti al amor de tu vida. Solos tú y esa persona. La miras a los ojos y deseas que todo salga bien, que sigáis adelante juntos.
Qué bonito, ¿verdad?
Ahora abramos un poco más el plano: el amor de tu vida y tú, solos… flotando en mitad del espacio, con el planeta Tierra allá al fondo y rodeados de infinitas estrellas.
Sigue pareciéndote romántico, ¿no?
Ampliemos más la panorámica: además de las estrellas, hay un cinturón de asteroides contra el que podéis chocar en cualquier momento.
Vaya, seguro que ya no te gustaría estar ahí. Pues eso no es lo peor: por un problema en vuestros equipamientos, solo os queda noventa minutos de oxígeno.
Noventa minutos para encontrar una forma de sobrevivir.
¿A que ahora eso de mirarle a los ojos y desear que todo salga bien, que sigáis adelante juntos, adquiere un significado mucho más trascendental?
Ese es el punto de arranque de Tocar las estrellas, la primera novela de Katie Khan. En ella, esta escritora londinense no solo nos hace sufrir con la lucha de Carys y Max por sobrevivir, sino que además nos muestra un futuro utópico bastante creíble. Para ello, intercala el presente y el pasado de los protagonistas. Por un lado, asistimos a la dramática cuenta atrás (noventa minutos de oxígeno, ochenta y cinco, ochenta…), en la que Carys y Max idean formas de regresar a su nave, ayudados por una inteligencia artificial llamada Osric y sin perder el sentido del humor para no desesperar. Y por otro lado, nos cuenta cómo se conocieron en ese mundo perfecto. Perfecto para todos, menos para ellos, porque en ese mundo su amor no estaba permitido.
El mundo utópico que nos presenta Katie Khan ha surgido tras una guerra nuclear entre Estados Unidos y Oriente Próximo. Ya no existen las identidades nacionales ni las divisiones religiosas por las que la humanidad se ha matado durante siglos; los avances tecnológicos facilitan el día a día y llevan la interconexión hasta límites insospechados; la democracia por fin es real y mantiene unos altísimos niveles de participación y las medidas sociales promueven la realización personal de todos los individuos, porque cuando cada uno da lo mejor de sí, la sociedad avanza. Pero ese logro es precisamente el mayor problema de Carys y Max, ya que, para defender esa individualidad, ninguna persona puede permanecer en el mismo lugar durante más de tres años y solo se permite establecer vínculos afectivos duraderos y tener familia a partir de los treinta y cinco. Y a Carys y Max aún les queda una década para que llegue ese momento. ¿Tienen derecho a cuestionar un sistema perfecto solo por lo que sienten ellos dos?
Con todos estos elementos, Tocar las estrellas se convierte en una historia de amor para el recuerdo, una novela de ciencia ficción convincente y una reflexión social de las que dan para un largo debate. Y por si esto fuera poco, nos rompe los esquemas hasta la última página.
Antes te he pedido que te imaginaras junto al amor de tu vida flotando en el universo, luchando por sobrevivir. Pero es mejor que no lo hagas y leas directamente Tocar las estrellas. Porque te aseguro que nada de lo que imagines será ni la mitad de épico de lo que Katie Khan ha plasmado en esta novela.

Mirad esta portada. ¿A qué os recuerda? ¿No es muy parecida a lo que pasó el 8 de marzo en muchas ciudades de España? Una huelga multitudinaria, la unión de millones de mujeres para reivindicar nuestros derechos.
Si alguna vez has deseado que tu vida fuera como un 
Es difícil plantear un escenario más angustioso que el que sirve de punto de partida a esta novela: un padre y su hija pequeña viajan solos a bordo de un barco y cuando, en una noche de tormenta, el padre se acerca a arropar a su hija, que está durmiendo en el camarote, se encuentra con que la niña no está. Y cuando digo pequeña me refiero a una niña de siete años. Se trata además de un libro menudo, no parece que semejante tema pueda caber en esas pocas páginas, cuánto más cualquier otro. Y sin embargo es asombroso hasta qué punto la desaparición de la niña y el viaje por el mar del norte sirven como vehículo para la reflexión sobre la relación entre padres e hijas. La parte argumental es realmente magnífica, está llena de sorpresas, de situaciones brillantemente construidas y de una emotividad fuera de lo común en cuanto que se provoca con tanta honestidad como talento. Pero la que me resulta fascinante es la parte reflexiva. Decir todo lo que dice Toine Heijmans en las pocas páginas de En el mar no es algo al alcance de cualquier escritor. Que un lector y padre como yo se sienta tan absolutamente identificado con ese marinero que recoge a su hija para finalizar una navegación de tres meses en solitario es la mejor explicación de porqué la literatura es tan grande como es. Cierra uno En el mar y siente que ha vivido algo, y eso que lo cierra al poco rato de abrirlo porque es imposible no leerlo del tirón. Y además de sentirse impresionado y conmovido, siente que también ha aprendido algo y no necesariamente sobre el mar, la navegación o la literatura.
El primer libro que leí de Amélie Nothomb fue Cosmética del enemigo. Lo encontré por casualidad en la casa de un amigo al que había ido a visitar. Yo por aquel entonces, con los dieciocho años recién cumplidos, tenía una lista de libros leídos que se nutría básicamente de novelas negras, fantasía y más novelas negras. Tenía una amiga que siempre me decía que debía variar mis gustos literarios, descubrir cosas nuevas, pero yo no encontraba ni el momento ni el libro que me llevara a esas cosas nuevas que me estaban esperando. Pero unos meses después de esa charla en la que, básicamente, me dijo que era una “conformista literaria”, llegó a mis manos Cosmética del enemigo. Lo empecé con un poco de reticencia y no sabiendo muy bien qué iba a encontrar. Así que, antes de seguir, me metí en Internet para ver qué decía la gente sobre él. Leí una y otra vez estas dos palabras: “obra maestra”. Por lo que me entró un miedo horrible: no sabía si iba a ser capaz de apreciar todo lo que 
Dice Ismael Orcero Marín en el epílogo de su primer libro de relatos, El fin del mundo, que estas historias surgieron de momentos reales e inventados y que «el resto es 
No es fácil ser una chica. Tampoco lo es ser chico, ojo. Pero si nuestra vida es una película de terror, ser chico suele ser más fácil. Simplemente basta con resistirse a morir, morir finalmente y ya. En cambio, siendo una chica tienes que ir ligera de ropa y correr por cementerios neblinosos o campamentos donde hasta hace poco alguien te sobaba las tetas o atravesar fríos bosques, golpeándote la cara con ramas y arañándote las piernas con la maleza mientras tratas de escapar de un maniaco con un hacha, cuchillo, motosierra o el fetiche elegido por el tunante de turno para desmembrarte.



Las movilizaciones del 8 de marzo, en defensa de la equiparación de derechos entre mujeres y hombres, fueron todo un éxito en toda España («Desde el ‘No a la guerra’ y la de Miguel Ángel Blanco no había visto nada así», oí decir en más de una ocasión). Sin hacer un análisis profundo, no cabe duda de que una de las principales razones de ese apoyo masivo que demostró la sociedad española es que las peticiones que se hicieron en las calles y plazas de nuestro país eran (y son) tan razonables como justas: eliminar la brecha salarial, combatir con mayor eficacia la violencia machista, fomentar desde las escuelas el conocimiento de los logros de las mujeres a lo largo de la historia… De entre ellas, hubo una que, escuchada a modo de lema, me revolvió por dentro: «Las calles de noche también son nuestras». Qué tristeza, pensé, tener que pedir a gritos algo tan básico.
Hoy voy con uno de esos libros que me da cierto recelo reseñar, básicamente porque sé que mis palabras nunca podrían llegar a expresar su grandeza, su majestuosidad, la calidad de unas palabras que si se encontrasen con las mías lo máximo que les ofrecerían sería una palmadita en el hombro. Hace un rato pensaba que este libro es algo así como aquellas bolas mágicas de color negro que hace ya varios años se hicieron famosas y todo niño tenía y que ofrecían respuesta a cualquier preguntaba que tú hicieras. Solo tenías que agitarla y ya está, en una pequeña pantalla aparecía la respuesta. Pensaba en eso porque algo así sucede con este libro, que solo tienes que cogerlo, abrirlo, leerlo y esperar a que tus preguntas, incluso algunas que todavía nunca te has hecho, queden respondidas. ¿Para siempre? Eso ya yo no lo sé. Hoy hablo de Un andar solitario entre la gente, del gran 
Lo primero que llama la atención de la magnífica portada de We Stand On Guard es que muestra una guerra en la que los contendientes son Estados Unidos y Canadá. Puede extrañar que dos naciones que han alcanzado importantes acuerdos y que tienen en su haber sociedades que se presumen tan similares puedan llegar a un conflicto bélico. Bueno, el escenario no es tan inverosímil ni la idea tan osada. Digamos que los Canadienses son más de guardar las formas, tomar el té a las cinco e inclinar la cabeza, que no la rodilla y siempre desde su soberanía, ante la reina Isabel II. Es lo que tiene compartir lazos históricos con el Reino Unido. Por otra banda tenemos a los del American way of life, la banderita en el jardín, la comida basura y el rencor eterno hacia aquellos contra los que una vez tuvieron que batallar para conseguir su independencia.
