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Tocar las estrellas, de Katie Khan

Tocar las estrellas

Tocar las estrellasImagina esta escena: tienes ante ti al amor de tu vida. Solos tú y esa persona. La miras a los ojos y deseas que todo salga bien, que sigáis adelante juntos.

Qué bonito, ¿verdad?

Ahora abramos un poco más el plano: el amor de tu vida y tú, solos… flotando en mitad del espacio, con el planeta Tierra allá al fondo y rodeados de infinitas estrellas.

Sigue pareciéndote romántico, ¿no?

Ampliemos más la panorámica: además de las estrellas, hay un cinturón de asteroides contra el que podéis chocar en cualquier momento.

Vaya, seguro que ya no te gustaría estar ahí. Pues eso no es lo peor: por un problema en vuestros equipamientos, solo os queda noventa minutos de oxígeno.

Noventa minutos para encontrar una forma de sobrevivir.

¿A que ahora eso de mirarle a los ojos y desear que todo salga bien, que sigáis adelante juntos, adquiere un significado mucho más trascendental?

Ese es el punto de arranque de Tocar las estrellas, la primera novela de Katie Khan. En ella, esta escritora londinense no solo nos hace sufrir con la lucha de Carys y Max por sobrevivir, sino que además nos muestra un futuro utópico bastante creíble. Para ello, intercala el presente y el pasado de los protagonistas. Por un lado, asistimos a la dramática cuenta atrás (noventa minutos de oxígeno, ochenta y cinco, ochenta…), en la que Carys y Max idean formas de regresar a su nave, ayudados por una inteligencia artificial llamada Osric y sin perder el sentido del humor para no desesperar. Y por otro lado, nos cuenta cómo se conocieron en ese mundo perfecto. Perfecto para todos, menos para ellos, porque en ese mundo su amor no estaba permitido.

El mundo utópico que nos presenta Katie Khan ha surgido tras una guerra nuclear entre Estados Unidos y Oriente Próximo. Ya no existen las identidades nacionales ni las divisiones religiosas por las que la humanidad se ha matado durante siglos; los avances tecnológicos facilitan el día a día y llevan la interconexión hasta límites insospechados; la democracia por fin es real y mantiene unos altísimos niveles de participación y las medidas sociales promueven la realización personal de todos los individuos, porque cuando cada uno da lo mejor de sí, la sociedad avanza. Pero ese logro es precisamente el mayor problema de Carys y Max, ya que, para defender esa individualidad, ninguna persona puede permanecer en el mismo lugar durante más de tres años y solo se permite establecer vínculos afectivos duraderos y tener familia a partir de los treinta y cinco. Y a Carys y Max aún les queda una década para que llegue ese momento. ¿Tienen derecho a cuestionar un sistema perfecto solo por lo que sienten ellos dos?

Con todos estos elementos, Tocar las estrellas se convierte en una historia de amor para el recuerdo, una novela de ciencia ficción convincente y una reflexión social de las que dan para un largo debate. Y por si esto fuera poco, nos rompe los esquemas hasta la última página.

Antes te he pedido que te imaginaras junto al amor de tu vida flotando en el universo, luchando por sobrevivir. Pero es mejor que no lo hagas y leas directamente Tocar las estrellas. Porque te aseguro que nada de lo que imagines será ni la mitad de épico de lo que Katie Khan ha plasmado en esta novela.

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Feminismo para principiantes, de Nuria Varela y Antonia Santolaya

Mirad esta portada. ¿A qué os recuerda? ¿No es muy parecida a lo que pasó el 8 de marzo en muchas ciudades de España? Una huelga multitudinaria, la unión de millones de mujeres para reivindicar nuestros derechos.

Habrá quien diga que qué reivindicamos a estas alturas, que qué pesaditas nos hemos puesto últimamente con el tema. A todos los que digan eso —o que lo piensen, aunque no se atrevan a expresarlo en voz alta—, les recomiendo leer Feminismo para principiantes, escrito por Nuria Varela e ilustrado por Antonia Santolaya. En serio, leedlo. Seguro que dejaréis de tenerle tanta manía al feminismo. Y quienes hayáis empezado a tomar conciencia ahora, leedlo también; os encantará y encontraréis un montón de libros recomendados para seguir profundizando en el pensamiento feminista.

Feminismo para principiantes nace con el espíritu de «proponer una puerta de entrada a todo el mundo a la mirada feminista» y lo consigue a través de un ameno recorrido por la historia del feminismo, repleto de menciones a las mujeres más representativas del movimiento, pero también a los hombres que han contribuido significativamente a él. Podría enumerar aquí a todas las figuras de las que nos habla Nuria Varela, pero no lo haré. Porque no quiero que leáis esos nombres y los olvidéis a los pocos minutos. Lo que realmente deseo es que los descubráis leyendo Feminismo para principiantes, para que los situéis en su contexto y comprendáis lo que supusieron en su momento. Solo así os sorprendereis con esos discursos y reivindicaciones que fueron pronunciados muchas décadas —e incluso siglos— atrás, pero que todavía hoy no son una realidad palpable.

Feminismo para principiantes también recopila textos históricos como la Declaración de Seneca Falls (1848) y el discurso de Clara Campoamor en las Cortes de 1931 (al movimiento feminista de España le dedica todo un apartado), y hasta una cronología de los avances del sufragio universal y un mapa que refleja las fechas en las que se alcanzó en cada país (Nueva Zelanda, en 1893, fue de los primeros en abrir camino, pero Sudáfrica no lo logró hasta ¡¡1994!!). Y Nuria Varela, junto a profesoras de Sociología del Género, economistas y otras profesionales especializadas en feminismo, nos hace reflexionar analizando las contradicciones de la Revolución francesa (que reivindicaba la igualdad universal a la vez que encarcelaba y guillotinaba a las mujeres que exigían ser tenidas en cuenta), el «matrimonio mal avenido» entre el marxismo y el feminismo o los artículos de la Constitución española en los que queda patente la desigualdad entre hombres y mujeres. Pero no solo mira al pasado, sino que nos presenta las distintas ramas que han nacido del feminismo y que seguirán desarrollándose en el futuro, como el feminismo institucional, el ecofeminismo, el ciberfeminismo o el feminismo romaní.

Es impresionante leer todo lo que le debemos, aun sin saberlo, a las feministas. No solo han conquistado muchos de los derechos humanos que se les habían negado a las mujeres, incluso poniendo en riesgo su propia vida, sino que han denunciado otras injusticias como la esclavitud e inventado formas de agitación social que han sido decisivas a lo largo de la historia, como las manifestaciones, la interrupción de oradores mediante preguntas sistemáticas, la huelga de hambre, la tirada de panfletos o el autoencadenamiento. Y pese a lo que han contribuido a otras causas que promovían un mundo mejor, sus reivindicaciones particulares, esas que solo atañen a las mujeres, siempre han acabado relegadas.

Quizá, huelgas como las del 8 de marzo sean un síntoma de que, por fin, ha llegado el momento. Solo cuando este mundo sea de verdad para todo el mundo, tanto en la esfera pública como en la privada, el movimiento feminista habrá alcanzado su cometido.

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La puerta del bosque, de Melissa Albert

la puerta del bosque

la puerta del bosqueSi alguna vez has deseado que tu vida fuera como un cuento de hadas, eso quiere decir que nunca has leído verdaderos cuentos de hadas. En esas historias abundan las envidias, las traiciones y las venganzas, los abandonos, los raptos y los asesinatos. Incluso, a veces, los verdaderos monstruos son quienes menos esperabas. Nadie está a salvo en los cuentos de hadas; ni siquiera la protagonista, aunque haya nacido princesa; tampoco el verdugo, por mucho tiempo que lleve tramando su crimen. Y si no, échale un ojo a las historias de Angela Carter. Seguro que Melissa Albert, la autora de La puerta del bosque, se las ha leído.

La preciosa ilustración de la portada de La puerta del bosque —repleta de símbolos que iremos reconociendo a lo largo de la trama— nos deja claro que estamos ante una novela de fantasía, aunque no es precisamente del estilo que imaginamos al verla. No viajamos a tiempos lejanos ni a un lugar imaginario, sino a la época actual y a la ciudad de Nueva York. Allí han acabado Alice y su madre, Ella, tras vagar de un sitio a otro, siempre perseguidas por la mala suerte. Alice piensa que la culpable de su vida errática debe de ser su abuela Altea Proserpina, ya que su madre nunca ha querido que la conociera. Altea es la autora de Cuentos desde el Interior, una colección de cuentos de hadas oscuros y retorcidos imposible de encontrar ya en bibliotecas, librerías o internet, y que obsesiona a quienes en su día la leyeron. La excéntrica escritora vive recluida en una finca ilocalizable llamada el Bosque de los Avellanos, y Alice y su madre nunca han recibido noticias de ella, hasta que les llega el anuncio de su muerte. Alice cree que por fin su mala suerte terminará, pero la repentina desaparición de su madre le demostrará que eso solo es el comienzo de nuevos problemas. Y pronto descubrirá que la clave de todo está en Cuentos desde el Interior.

Melissa Albert nos plantea un interesante juego metaliterario, donde los protagonistas de su novela se convierten, a su vez, en personajes de ese mundo ficticio llamado Interior, y de esta forma, reinterpreta los mecanismos habituales de los cuentos de hadas, mostrándonos que siempre hay algo espantosamente real detrás de ellos. Y es que ese mundo de fantasía es duro y horrible, y aunque esté salpicado de una magia hermosa, en él ocurren cosas espantosas. Y lo peor de todo es que no ocurren por un motivo concreto ni las desgracias sufridas tienen moralejas que las mitiguen ni que dejen un poso de justicia. Interior no tiene reglas ni las quiere tener, y ni siquiera a la autora que narra los cuentos que dentro de él acontecen le importa lo que le suceda a sus personajes, y lo describe todo con indiferencia despiadada. ¿Quién querría vivir en semejante cuento de hadas? Por supuesto que Alice no, así que hará todo lo que esté en su mano para cambiar el final de su historia.

Y tú, desde el otro lado, no podrás despegarte de ella. Cuando termines La puerta del bosque no te quedarán ganas de protagonizar un cuento de hadas, porque tal y como Melisa Albert nos demuestra, vistos desde dentro son todavía más oscuros.

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En el mar, de Toine Heijmans

En el mar

En el marEs difícil plantear un escenario más angustioso que el que sirve de punto de partida a esta novela: un padre y su hija pequeña viajan solos a bordo de un barco y cuando, en una noche de tormenta, el padre se acerca a arropar a su hija, que está durmiendo en el camarote, se encuentra con que la niña no está. Y cuando digo pequeña me refiero a una niña de siete años. Se trata además de un libro menudo, no parece que semejante tema pueda caber en esas pocas páginas, cuánto más cualquier otro. Y sin embargo es asombroso hasta qué punto la desaparición de la niña y el viaje por el mar del norte sirven como vehículo para la reflexión sobre la relación entre padres e hijas. La parte argumental es realmente magnífica, está llena de sorpresas, de situaciones brillantemente construidas y de una emotividad fuera de lo común en cuanto que se provoca con tanta honestidad como talento. Pero la que me resulta fascinante es la parte reflexiva. Decir todo lo que dice Toine Heijmans en las pocas páginas de En el mar no es algo al alcance de cualquier escritor. Que un lector y padre como yo se sienta tan absolutamente identificado con ese marinero que recoge a su hija para finalizar una navegación de tres meses en solitario es la mejor explicación de porqué la literatura es tan grande como es. Cierra uno En el mar y siente que ha vivido algo, y eso que lo cierra al poco rato de abrirlo porque es imposible no leerlo del tirón. Y además de sentirse impresionado y conmovido, siente que también ha aprendido algo y no necesariamente sobre el mar, la navegación o la literatura.
Suelo disfrutar de las lecturas, supongo que algo pongo de mi parte para que así sea, pero En el mar no es uno de esos libros de los que uno puede decir simplemente que le ha gustado (habiéndome gustado mucho), que lo recomienda (lo que hago fervientemente) o incluso que le ha impresionado (y me dejó boquiabierto). Es una novela que uno integra en su vida, que recuerda en conversaciones, que siente como referencia en su escasa sabiduría a la hora de hablar de relaciones de pareja o con lo hijos, del trabajo o de la soledad, que interioriza hasta sentirlo suyo. A lo mejor en unos años olvido el título o el nombre del autor, pero lo que escribió y, sobre todo, lo que sentí leyéndolo, me acompañará siempre.
Una de las cosas que siempre debería incluir en las reseñas y al final acostumbro a olvidar, es una mención a la traducción. Sospecho que traducir del neerlandés al castellano no debe ser especialmente sencillo, pero hacerlo con un texto como este, tan intenso, conciso y al tiempo cargado de significado debe haber sido bastante más que complicado. Por eso quisiera al menos citar a la traductora, Goedele de Sterck, en reconocimiento agradecido a su trabajo.
Poco más, dicho lo dicho no tiene sentido añadir palabras sobre En el mar porque no son mis palabras sino sus emociones y pensamientos los que servirán para darle la medida de lo que es este gran libro, simplemente les advierto: leerlo no es solo navegar por el universo del protagonista o del autor, también lo harán por el suyo propio y, como ocurre en el libro, no les será fácil esquivar la tormenta.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Metafísica de los tubos, de Amélie Nothomb

Metafísica de los tubos

Metafísica de los tubosEl primer libro que leí de Amélie Nothomb fue Cosmética del enemigo. Lo encontré por casualidad en la casa de un amigo al que había ido a visitar. Yo por aquel entonces, con los dieciocho años recién cumplidos, tenía una lista de libros leídos que se nutría básicamente de novelas negras, fantasía y más novelas negras. Tenía una amiga que siempre me decía que debía variar mis gustos literarios, descubrir cosas nuevas, pero yo no encontraba ni el momento ni el libro que me llevara a esas cosas nuevas que me estaban esperando. Pero unos meses después de esa charla en la que, básicamente, me dijo que era una “conformista literaria”, llegó a mis manos Cosmética del enemigo. Lo empecé con un poco de reticencia y no sabiendo muy bien qué iba a encontrar. Así que, antes de seguir, me metí en Internet para ver qué decía la gente sobre él. Leí una y otra vez estas dos palabras: “obra maestra”. Por lo que me entró un miedo horrible: no sabía si iba a ser capaz de apreciar todo lo que Nothomb me iba a ofrecer en ese corto libro.

Pero, amigos, os diré que por supuesto que fui capaz. Las hojas iban pasando a un ritmo lento mientras mi mente daba vueltas y vueltas, riéndose en más de una ocasión ante el lenguaje irónico de la escritora belga. Esa ironía, ese frivolizar con las cosas más sagradas, fue lo que me enganchó. Sin duda, esa novela no se parecía a nada de lo que hubiera leído anteriormente. Me abrió los ojos a un nuevo género literario del que después he sido muy asidua. Y más que llevarme a un nuevo género, me llevó a un nuevo modo de ver la lectura, a una nueva forma de exigirle a la literatura. Eso es, me llevó a exigir. Así descubrí a Bukowski y después a Palahniuk. Y no sabéis lo agradecida que estoy por haber abierto los ojos.

Así que después de ese primer libro, vino Ordeno y mando, que también me gustó muchísimo pero no tanto como el primero. Y por último, Metafísica de los tubos, novela de la que vengo a hablar hoy.

Mi sensación al abrir el libro y comenzar a leer las primeras páginas es de absoluta sorpresa. Vale, Amélie Nothomb ya era conocida para mí, así que me lo tendría que haber esperado. Pero la verdad es que eso de que compare a Dios con un tubo que todo lo engulle y todo lo caga como si no hubiera nada en su interior que procesara ese alimento, me dejó atónita. Eso me hizo seguir y seguir leyendo. Y cuando lo terminé, unas tres horas después de haberlo empezado, mi cara seguía siendo esa de “¿pero qué narices acabo de leer?”.

Y no me malinterpretéis, porque esa cara, esa de incredulidad, de no saber qué está pasando, es la mejor cara que se te puede quedar después de leer un libro. Porque eso significa que la historia ha puesto patas arriba tu mente, que te ha hecho pensar, dudar, reflexionar… que ha conseguido lo que se proponía.

Pero no os penséis que la historia se queda ahí con esa metáfora de Dios y el tubo, no. Os diré que esta novela está protagonizada por una niña pequeña. Cuando nace, los médicos anuncian a sus padres la mala noticia de que la niña se va a quedar vegetal para siempre. Pero el caso es que aquel bebé no es ningún vegetal; es Dios, ni más ni menos. Así que Dios, que ahora es esa niña que está en la cuna sin moverse, es el que cuenta la historia en primera persona, narrando cómo es la vida en un Japón al que sus padres, belgas, han tenido que emigrar. Y Dios es irónico, listo, perspicaz y muy maduro. Así que resulta raro escuchar hablar a un bebé de apenas un año en un tono que bien podría utilizar un adulto de cincuenta.

Metafísica de los tubos es un libro imprescindible. No puedo decir que me haya gustado más que el primero que leí de esta autora, pero la verdad es que es el culpable de que quiera seguir leyendo más obras suyas. Porque ahora me da miedo perderme todo lo que me puede llegar a ofrecer. Con ella me transporto, es como si Amélie jugara con mi mente a sus anchas y yo la dejara hacer. Y al final es lo que busco cuando leo sus libros: que haga conmigo lo que le dé la gana.

No soy muy de copiar citas, pero en este caso creo injusto no terminar esta reseña sin hacer referencia a un párrafo que me puso los pelos de punta, ya que me hizo reflexionar de una manera increíble. Y es este:

La mirada es una elección. El que mira decide fijarse en algo en concreto y, por consiguiente, a la fuerza elige excluir su atención del resto de su campo visual. Esa es la razón por la cual la mirada, que constituye la esencia de la vida, es, en primera instancia, un rechazo”.

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El fin del mundo, de Ismael Orcero Marín

EL FIN DEL MUNDO

EL FIN DEL MUNDODice Ismael Orcero Marín en el epílogo de su primer libro de relatos, El fin del mundo, que estas historias surgieron de momentos reales e inventados y que «el resto es Bradbury, Lovecraft, Moyano, Gardini, Donoso, García Márquez y Quiroga». Y es que los escritores son lo que viven y, sobre todo, lo que leen.

El fin del mundo, de tan solo ochenta páginas, está compuesto por diez relatos, y todos ellos nos dejan con la sensación de que son demasiado cortos. Y no me refiero únicamente a su breve extensión, sino al hecho de que Ismael Orcero Marín siempre logra dar un golpe maestro en la última línea. No hablo de finales inesperados (que también), sino de finales que son nuevos comienzos y que hacen que el lector desee saber qué pasará a partir de ese momento. Solo por esos finales ya merece la pena leerse el primer libro de este ingeniero técnico naval metido a cuentista.

Las premisas son de lo más variadas. En «El banquete», un accidente de coche deja tirados en el desierto, sin agua y sin comida, a cuatro desconocidos que estaban de vacaciones. En «El inquilino», una mujer vuelve al pueblo de su infancia para comenzar en un nuevo trabajo, pero pronto descubre que no es la única que habita en su vivienda. En «La picota», el alcalde, la monja y el médico del pueblo acusan a una joven de haber llevado el mal a la comarca. En «El fin del mundo», unos monos violentos amenazan con destruir el mundo tal y como lo conocen los humanos. En «Mamá robot», un cuarentón se compra un robot de cocina que habla, huele y guisa igual que su fallecida madre. En «El ángel que nos guarda», un cura visita una pedanía de Murcia para estudiar de cerca unos supuestos milagros. En «Tesoro», una niña hereda de su abuela el don de hablar con los muertos, pero intenta llevar una vida normal. En «La caverna», un hombre escribe cartas a su hermana contándole su trabajo en unos túneles, donde, según el folclore de la región, viven unos gnomos a los que es mejor no perturbar. En «Mala hierba», un país es arrasado por una misteriosa enfermedad que provoca agresividad e incluso la muerte. Y en «El pozo», la fiesta de inauguración de una casa no acaba como los invitados esperan.

En estas diez historias confluyen el realismo y el pensamiento mágico, el desencuentro entre generaciones y entre habitantes del pueblo y de la urbe, e incluso alguna parece ciencia ficción, aunque, si se mira de cerca, no es más que una pronóstico bastante atinado de lo que nos espera como sociedad.

Ismael Orcero Marín se maneja bien en el realismo mágico, en el terror y en el humor negro, poniendo un poco de cada según el devenir de cada historia, lo que convierte a El fin del mundo en un libro de relatos bastante equilibrado y disfrutable.

Decía al principio que los escritores son lo que viven y lo que leen. Y en El fin del mundo, Ismael Orcero Marín demuestra que es capaz de ver lo que se esconde en la realidad del día a día, lo que escapa a nuestros sentidos y aviva nuestros miedos. Con los magníficos referentes literarios que enumera en su epílogo, es evidente que ha aprendido de los mejores. Tal vez sea exagerado decir que ha logrado emularlos en su debut, pero lo que sí me atrevo a afirmar es que ha hecho un gran homenaje a sus obras y que tiene capacidades de sobra para seguir aproximándose a su maestría en próximas publicaciones.

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Las Supervivientes, de Riley Sager

lassupervivientes

lassupervivientesNo es fácil ser una chica. Tampoco lo es ser chico, ojo. Pero si nuestra vida es una película de terror, ser chico suele ser más fácil. Simplemente basta con resistirse a morir, morir finalmente y ya. En cambio, siendo una chica tienes que ir ligera de ropa y correr por cementerios neblinosos o campamentos donde hasta hace poco alguien te sobaba las tetas o atravesar fríos bosques, golpeándote la cara con ramas y arañándote las piernas con la maleza mientras tratas de escapar de un maniaco con un hacha, cuchillo, motosierra o el fetiche elegido por el tunante de turno para desmembrarte.

No, no es fácil. Pero tampoco es fácil ser la superviviente de una de esas matanzas. Imagínalo. Planeas un finde con los amigos, pilláis una casa rural, lleváis juegos, comida, hacéis senderismo… Un finde en el que incluso habéis tenido en cuenta la previsión del tiempo y este os acompaña. ¿Qué puede salir mal?  Tantas cosas, ¿verdad? Imagina que un loco empieza a matar a tus amigos y sobrevives. Vives con ello, con el recuerdo diario de ellos y con la culpa de haberles sobrevivido. Y, sobre todo, te reconcome el haber olvidado unos minutos de esa escena. Tienes una pequeña laguna temporal en el suceso más importante de tu vida.

Eso le pasa a nuestra prota, Quincy Carpenter, quien pasó a ser etiquetada como otra más de las integrantes del grupo de las “últimas chicas”, en el cual también están Lisa y Sam, únicas supervivientes de otras matanzas.

Diez años después de la terrible carnicería, Quincy parece haber superado todo eso: se dedica a la repostería y sube fotos de sus creaciones a su blog, que parece ser muy visitado e incluso tiene patrocinadores; y comparte su vida con una pareja comprensiva. Además, cuenta con el policía que le rescató al cual puede acudir siempre que lo necesite como si de un terapeuta se tratase.

Todo parece ir bien, hasta que se presenta en su casa Sam y poco después la policía encuentra a Lisa en la bañera con las venas cortadas.

¿Acaso hay un psicópata suelto que va a dedicarse en su tiempo libre, o puede que a tiempo completo, laborables y festivos, a matar a las supervivientes de este tipo de tragedias? ¿A hacer justicia porque ese era el “destino” de esas chicas?

Sea como sea, este es el planteamiento de Las Supervivientes, una novela, primera del autor, que se lee con interés, con la intriga  y el comeuñas del “qué pasará” propio de este tipo de thrillers y en el que somos capaces de empatizar con alguien como Quincy, a pesar de que a veces la abofetearíamos sin dudarlo. La entendemos, sí, pero a veces hace cosas bajo la influencia que vaya…

Un punto que me ha gustado ha sido el enfoque que se hace sobre la prensa, ya sea sensacionalista o general. Una crítica inteligente hacia todos los carroñeros que viven del morbo y desgracia ajenas sin importarles las consecuencias de sus actos.

Pero volviendo al tema principal y sangrante, Riley Sager va a jugar con nosotros desde el principio. Apoyándose en la baza de la laguna en la memoria de Quincy va a plantar en nosotros la semilla de la incertidumbre, haciéndonos incluso sospechar de la propia protagonista. ¿Realmente ella no recuerda, o dice que no recuerda porque sabe perfectamente lo que hizo? ¿O tal vez encubre a alguien? ¿Es verdad que Lisa se suicidó? ¿Y Sam? ¿Por qué aparece justo ahora? Cuantos interrogantes…

Como digo, Las Supervivientes se lee con facilidad, los personajes más o menos están bien perfilados, y la historia no te permite abandonarla. Pero ese final chirría algo. Y chirría más cuando ves en las solapas a King alabar el libro (claro que King hace tiempo que no acaba bien un libro), a otro decir que “mirarás al otro lado de la habitación cuando el personaje escuche a alguien que se acerca” (venga ya, por favor que no es un libro de terror),  o a Lisa Gardner afirmar sin cortarse un pelo que es “el mejor libro del año”. Francamente, esas aseveraciones van en contra del libro porque te crean unas expectativas que no se cumplen y el famoso giro final (porque en el fondo desde que empiezas a leer el libro –o cualquiera similar a este– estás buscando ese giro final sorprendente que te cagas y que te va a dejar con el culo torcido), no es ni tan sorprendente ni sería creíble en la realidad a nada que te pongas a pensarlo.

Al margen de eso, si se acude sin hype y leyendo la sinopsis y nada más que la sinopsis tendremos una entretenida y disfrutable lectura. Ni de coña la mejor del año, pero, desde luego, entretenida y muy muy disfrutable.

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Poké: Cuencos de sushi con inspiración hawaiana, de Celia Farrar y Guy Jackson

pokeSi de algo podemos presumir en España es de tener una gastronomía potente, de la que hablamos con orgullo vayamos donde vayamos. Pero en nuestras calles cada vez hay más espacio para conocer los manjares que en otros países también son motivo de orgullo. Todo empezó con los italianos, sus pastas y sus pizzas. Luego vino el boom de la comida china, para pasar más tarde a los kebabs turcos. Después fue el sushi y todas las variantes de la comida japonesa. Y aunque ahora tenemos en auge gastronomías como la peruana o la india, ya empieza a despuntar una nueva moda culinaria de la que, si todavía no habéis oído hablar, no creo que tardéis en hacerlo. Estoy hablando del poké, plato estrella de la gastronomía hawaiana. Quizá más de un lector haya levantado la ceja y haya puesto cara de sorpresa al oír esto del poké, aunque si vives (o paseas) por el centro de las grandes ciudades es posible que ya hayas visto, y quizá probado, este plato tan sugerente, vistoso y sano.

Dicen de este majar que es “más barato que el sushi y más completo que una ensalada”. Como campaña de marketing nadie duda de lo efectista de esta frase pero, ¿qué es realmente el poké? Esta palabra, que significa “partir en trozos” en el idioma hawaiano, más que un plato define una forma de comer en estas islas del Pacífico. Aunque tiene múltiples variedades y combinaciones posibles, el poké básico (siempre servido en boles) se compone de una base de arroz, pescado crudo encima (sobre todo atún, pero también bonito o salmón), un marinado para el pescado (normalmente hecho con salsa de soja o aceite de sésamo) y, por último, diferentes aliños, aderezos o cualquier ingrediente extra que le queramos añadir (algas, guindillas, encurtidos, frutas…).

Tras un largo estudio recorriendo los mejores restaurantes y mercados de Hawái y Los Ángeles, Celia Farrar y Guy Jackson nos dejan esta completa guía con la que nos convertiremos en unos expertos en poké. Aficionado como soy a los libros de cocina, tengo que destacar de este el gran esfuerzo de los autores en acercar y explicar de manera detallada una gastronomía tan poco conocida a neófitos como yo. Sus explicaciones son amenas, sencillas y, sobre todo, muy visuales. Todo empieza primero hablándote de los productos que conforman el poké y su distribución en los boles. Después vienen los (valiosos) consejos que enseñan cómo elegir un buen pescado y cómo cocer correctamente el arroz. Una vez que sabemos más sobre este plato, toca empezar con los primeros cuencos. Eso sí, antes de nada, un consejo que nos dan los autores y que hace de este tipo de comida algo de lo más estimulante. En el cuenco de poké, la imaginación juega un papel importante. Láminas de aguacate, pepinillos encurtidos, trozos de mango, mayonesa picante… todo puede ser bien recibido dentro de un cuenco de poké, ¡solo hay que atreverse a usarlo! Y en este punto, cada receta viene con un apartado de ingredientes extras que, si nos atrevemos con ellos, seguro que dan una chispa especial a las recetas.

receta pokeSi te enganchas a este tipo de cocina, es probable que tu despensa empiece a llenarse de ingredientes raros como la pasta umeboshi, mirin o vino de arroz, setas shiitake deshidratadas o algas hijiki. Pero que todo esto no te frene o impida disfrutar de esta gastronomía. Un poké con arroz, atún, cebolla, aguacate y una marinada sencilla estará también igual de apetecible. Eso sí, sin olvidar otro consejo básico. El producto, cuanto más fresco, más bueno estará. Yo ya he podido poner en práctica alguna de sus recetas, para gusto y disfrute de mi siempre agradecido estómago.

Pero Celia Farrar y Guy Jackson no quieren que tu descubrimiento de esta gastronomía se quede solo en su plato estrella. Por eso, Poké: cuencos de sushi con inspiración hawaiana, va mucho más allá y también incluye recetas para conseguir los mejores encurtidos, las marinadas perfectas, los aperitivos más sorprendentes y los mejores postres del lugar. ¡Incluso termina con recetas para hacer cócteles y bebidas locales! Con un libro así, organizar una fiesta hawaiana en tu casa no se va a basar solo en collares floreados, faldas de rafia y el típico amigo gracioso intentando tocar el ukelele. ¡Que aproveche!

César Malagón @malagonc

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Dieciocho meses y un día, de Paz Castelló

Dieciocho meses y un día

Dieciocho meses y un díaLas movilizaciones del 8 de marzo, en defensa de la equiparación de derechos entre mujeres y hombres, fueron todo un éxito en toda España («Desde el ‘No a la guerra’ y la de Miguel Ángel Blanco no había visto nada así», oí decir en más de una ocasión). Sin hacer un análisis profundo, no cabe duda de que una de las principales razones de ese apoyo masivo que demostró la sociedad española es que las peticiones que se hicieron en las calles y plazas de nuestro país eran (y son) tan razonables como justas: eliminar la brecha salarial, combatir con mayor eficacia la violencia machista, fomentar desde las escuelas el conocimiento de los logros de las mujeres a lo largo de la historia… De entre ellas, hubo una que, escuchada a modo de lema, me revolvió por dentro: «Las calles de noche también son nuestras». Qué tristeza, pensé, tener que pedir a gritos algo tan básico.

Ese miedo a la violencia machista lo ha recogido excelentemente Paz Castelló en su tercera novela, Dieciocho meses y un día, aunque de una forma poco habitual. Y es que en esta historia ya no se puede hacer nada por la víctima: Lola fue asesinada a tiros por un motorista hace algo más de un año. Su amiga Sabina logró reconocer bajo el casco a Eugenio, su exmarido, pero no consiguió convencer al juez de ello y la coartada que le ofreció su nueva novia bastó para que fuese absuelto. Además, desde el mismo momento en que se produjo el incidente Sabina, pintora de profesión, desarrolló una severa agorafobia, que le hizo encerrarse en su ático de Peñíscola a cal y canto. No obstante, una vez que conoce la noticia de la puesta en libertad de Eugenio, decide buscar la forma de que se imparta justicia, con la esperanza añadida de que eso sirva para poder poner fin a su cautiverio autoimpuesto.

Castelló, que ya dio muestras el año pasado de su talento en el campo de la novela de suspense con Mi nombre escrito en la puerta de un váter, cambia completamente de temática, aunque no abandona su particular forma de construir el entramado de la novela. Así, la escritora alicantina continúa dando suma importancia a la creación fidedigna de los personajes, a los cuales va dotando de personalidades más o menos complejas por medio de las largas descripciones de estos y de la inclusión de monólogos interiores, sobre todo en el caso de la protagonista, Sabina Lamer. Esto nos permite conocer los motivos que la llevan a prolongar su encierro voluntario y contribuyen a empatizar con su causa, aunque esta no sea otra que acabar con la vida del asesino de su amiga para volver a recuperar la suya.

La trama se va cocinando a fuego lento y hasta bien pasado el ecuador del libro bien podría parecer que nos encontramos ante una foto fija, en la que todo gira en torno a la angustiosa situación vital de Sabina. Pero al igual que en su anterior novela, Castelló sabe cuándo debe tocar las teclas adecuadas para provocar giros inesperados de guion y mantener al lector pegado al texto. Así, al tiempo que con sus cuidadas descripciones te mantiene pendiente del tortuoso hacinamiento en el que vive la protagonista, va intensificando la trama poco a poco, sin prisa ninguna, hasta que, sin darte cuenta, como les ocurre a los cangrejos cuando son cocidos, te acaba abrasando en el tramo final del relato.

Dieciocho meses y un día, ganadora del premio Letras del Mediterráneo, confirma a Paz Castelló como una maestra en el manejo de los tiempos y renueva la manera de plantear un tema tan incómodo como, por desgracia, habitual: la desprotección a la que se ven sometidas tantas y tantas mujeres por el simple hecho de serlo.

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Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina

Un andar solitario entre la gente

Un andar solitario entre la genteHoy voy con uno de esos libros que me da cierto recelo reseñar, básicamente porque sé que mis palabras nunca podrían llegar a expresar su grandeza, su majestuosidad, la calidad de unas palabras que si se encontrasen con las mías lo máximo que les ofrecerían sería una palmadita en el hombro. Hace un rato pensaba que este libro es algo así como aquellas bolas mágicas de color negro que hace ya varios años se hicieron famosas y todo niño tenía y que ofrecían respuesta a cualquier preguntaba que tú hicieras. Solo tenías que agitarla y ya está, en una pequeña pantalla aparecía la respuesta. Pensaba en eso porque algo así sucede con este libro, que solo tienes que cogerlo, abrirlo, leerlo y esperar a que tus preguntas, incluso algunas que todavía nunca te has hecho, queden respondidas. ¿Para siempre? Eso ya yo no lo sé. Hoy hablo de Un andar solitario entre la gente, del gran Antonio Muñoz Molina.

Primero de todo debo decir que todavía no entiendo por qué este libro se vende como novela. O quizás sí lo entienda pero no quiera hacerlo. Un andar solitario entre la gente, para que nos entendamos, es el resultado de unos meses en la vida de Muñoz Molina en los que este estuvo (y ha estado y está y estará) recogiendo fragmentos de anuncios, de revistas, de propaganda, de conversaciones para uso personal y público, porque han acabado en este libro. Encabezados siempre por un título que es un lema comercial, los textos de este libro van desde la reproducción exacta de, por ejemplo, la noticia de un asesinato múltiple a la confesión más personal e íntima de un Muñoz Molina que mira desde arriba un pozo que lleva tatuado en la roca su nombre. Todo ello hilado por el caminar del propio autor. La caminata como punto de unión, como nudo de ramajes, como epicentro desde el cual nacen todas las historias de una mente brillante que, probablemente, haya pasado por encima de nuestro tiempo.

Leyendo este deambular pesaroso de Muñoz Molina por las calles de lugares como Madrid o Nueva York, me he acordado de tantos otros que leí y que nunca llegarán al nivel (en cantidad) de todos los que él ha leído y que menciona en este libro al estilo, o casi, hiperreferencial de Borges. Me ha recordado a Annie Dillard, recuerdo que me ha llevado a Thoreau. Me ha recordado por supuesto a Vila-Matas, recuerdo que me ha llevado a Walser. Me ha recordado a Cirlot, a Ortega y Gasset, a Umbral e incluso a Nietzsche; todos ellos caminantes sabedores de que los pies en el camino son el encendido de la mecha del pensamiento. Habla Muñoz Molina aquí de la Deambulología como ciencia, como arte y práctica de tantos que han decidido pensar y crear caminando. Caminantes, paseantes, flâneurs. Habla de tantos él…: Poe, de Quincey, Benjamin, Woolf, Beaudelaire, Wilde, Dickinson, Pessoa, Melville, Joyce, Whitman, Dickens, Proust, etc. Ojalá poder habitar por un día o por un rato o por un instante la cabeza de Muñoz Molina.

Es cierto que hay en el libro pasajes, recortes casi de la realidad, que pueden pasar desapercibidos ante otros de tal grandeza como los que dedica a su pareja (¿para qué nombrarla si ya todos sabemos quién es?) o como los que dedica a esa sombra que siempre persigue a quien alguna vez se ha encontrado cara a cara con ella, la sombra del pesar, de la tristeza, del nunca llenarse de algo sin función de llenado que es la vida. Hay momentos de gran asombro, de genialidad total que hace inevitable el subrayado sobre el papel.

Escrito en el final de un verano, Un andar solitario entre la gente es el zapato que siempre encaja para aquel que se haya sentido alguna vez escritor mientras pensaba caminado o mientras caminaba pensando. Es la certeza de que siendo un caminante se puede crear una vida, de que existe la posibilidad de ser tu propia oficina itinerante. Dice Muñoz Molina en alguna parte del libro, a modo de asceta o filósofo cínico que «Mi oficina, vaya donde vaya, es el cuaderno, el lápiz, la pluma, el tintero, el sacapuntas, las tijeras, la barra de pegamento, una carpeta con recortes, tres o cuatro libros, todos ellos livianos». Podemos hablar de recortes, de fragmentos aleatorios, de grabaciones encontradas; o podemos hablar de parches, de remedos, de suturas perfectas. Yo me quedo con lo segundo. Yo decido coger la mano auxiliadora que ofrece el libro. ¿Y tú?

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We Stand On Guard, de Brian K. Vaughan y Steve Skroce

we stand on guard

we stand on guardLo primero que llama la atención de la magnífica portada de We Stand On Guard es que muestra una guerra en la que los contendientes son Estados Unidos y Canadá. Puede extrañar que dos naciones que han alcanzado importantes acuerdos y que tienen en su haber sociedades que se presumen tan similares puedan llegar a un conflicto bélico. Bueno, el escenario no es tan inverosímil ni la idea tan osada. Digamos que los Canadienses son más de guardar las formas, tomar el té a las cinco e inclinar la cabeza, que no la rodilla y siempre desde su soberanía, ante la reina Isabel II. Es lo que tiene compartir lazos históricos con el Reino Unido. Por otra banda tenemos a los del American way of life, la banderita en el jardín, la comida basura y el rencor eterno hacia aquellos contra los que una vez tuvieron que batallar para conseguir su independencia.

No es de extrañar pues que, con tal acumulación de inquina, los norteamericanos crearan entre los años 20 y 30 del siglo pasado el denominado Plan Rojo. Éste preveía una hipotética guerra contra el Reino Unido. El ejército norteamericano suponía que éstos atacarían desde Canadá, así que ellos tomarían el país antes. Básicamente era un movimiento preventivo contra los ingleses. Lo mejor de todo es que por aquella época los canadienses, oliéndose la tostada, habían trazado también un plan de contingencia contra los EEUU. Cuando toda esta información se desclasificó y se hizo pública las tensiones entre estos dos países, como habréis imaginado, no mejoraron. Y ahí andan desde entonces, manteniendo el tipo mientras intercambian pullitas.

Pero dejemos la historia para ponernos con un cómic de ciencia ficción que arranca en el año 2112 con una impactante escena en la que La Casa Blanca es atacada. Este grave incidente servirá de pretexto para que EEUU vaya con todo contra Canadá. Unos Estados Unidos que sufre una grave sequía contra un Canadá que goza del mayor grupo de lagos de agua dulce de todo el mundo. Una guerra quizá no buscada, pero que para uno de los dos países resultará beneficiosa. Con lo que no contaban es que tras doce años de ocupación unas fuerzas rebeldes todavía se atrevan a plantarles cara. A grandes rasgos esto es lo que nos ofrece Brian K. Vaughan, guionista de carrera prácticamente intachable. Creador de grandes y originales obras como la intrigante y nostálgica Paper Girls o la space opera fantasy Saga.

Quien introduce al lector en este slice of life bélico de ciencia ficción es Amber, una muchacha que perdió a su familia en los primeros compases de la guerra. Al inicio de los capítulos veremos cómo se las apañó para sobrevivir en un país asolado por la guerra, para luego enlazar y mostrarnos a una Amber ya adulta. Un esquema que recuerda mucho a las series de televisión y que consigue que poco a poco vayamos comprendiendo, incluso temiendo, a esa muchacha que en un principio parecía mostrarse casi desvalida. De Amber será de la única que lleguemos a conocer un pasado. De los demás personajes Brian K. Vaughan solo nos ofrece algunas miguitas que en algunas ocasiones son suficientes pero que en otras no llegan a saciar el hambre por conocer las motivaciones reales que les llevaron a crear ese grupo de insurgentes. Con todo, triunfa incontestablemente a la hora de mostrarnos que en la guerra no existen héroes, solo supervivientes con diferentes aspiraciones. Mientras unos se conforman con conseguir la paz, otros no descansarán tranquilos hasta alcanzar la venganza. Por ello, no deja ser incómodo llegar a empatizar con personajes que ejecutan enemigos a sangre fría o que consideran la inmolación dentro de sus tácticas de guerra.

¿Y a nivel gráfico que nos encontramos? Pues perros de metal. Perracos gigantes del tamaño de un puto edificio. Camiones de un tamaño acojonante. Y drones pantagruélicos que sirven como bases flotantes. Éstos, además de otros engendros de guerra, surgen de los lápices de Steve Skroce. Maquinaria de guerra que es una clara y lógica evolución de la que existe hoy en día. Los perros, por ejemplo, no son más que una versión altamente armada y preparada para entrar en batalla de las criaturas que fabrica Boston Dynamics. Algunos de ellos de titánico tamaño son pilotados por humanos, revelando lo que podría ser una combinación entre los AT-AT de Star Wars y el típico mecha japonés pero con una bandera de los USA estampada en su fuselaje. Pero Steve Skroce no solo demuestra defenderse holgadamente en el diseño de armamento futurista, sino que también lo hace a la hora de dotar a sus personajes de un complejo y verosímil lenguaje corporal, consiguiendo que con un gesto corroboren lo que están manifestando con palabras. En lo referente a la narración visual esta es tan rápida como explosiva. Debido en mayor medida a una configuración de viñetas muy limpia, que casi nunca se sobreponen y en las que lo que contienen jamás abandona las cuatro líneas. Una configuración de escenas nada inusual para alguien que, aunque ha trabajado muchísimo en el cómic, también lo ha hecho creando storyboards para películas como la trilogía Matrix o V de Vendetta. La guinda del pastel la pone el colorista Matt Hollingsworth con un color suave pero enérgico que realza y enriquece el trabajo del dibujante.

En definitiva, We Stan On Guard es un cómic publicado por Planeta Cómic que no solo nos narra una historia bélica de ciencia ficción tremendamente ágil y repleta de acción, sino que también busca que el lector reflexione sobre como las guerras cambian a las personas.

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Justo, de Carlos Bassas del Rey

justo

justo“Siempre he sido discreto.
Siempre he sido más de saber hacer que de hacer saber.”

Creo que fue Chaplin el que dijo aquello de que el mundo pertenece a los que se atreven. Y si no era así, era al menos algo parecido. Y hoy vengo a hablaros de un atrevido. ¿Su nombre? Carlos Bassas. ¿Su atrevimiento? Crear a Justo. Estábamos muy a gusto con su personaje de Herodoto Corominas, un inspector de policía culto como pocos. Pero no, el señor Bassas no ha querido darnos otra ración de Corominas y nos ha descolocado a todos con este personajillo del que hoy os vengo a hablar. Ya te vale, Carlos…

Os hablaré de Justo Ledesma. Estamos ante un abuelete tranquilo, un barcelonés de casta que vive por la zona del Born, disfrutando de los paseos entre sus callejuelas llenas de historia, que pasa el día en el Damián, su bar de cabecera, y que de vez en cuando se ve con la Remedios para dar rienda suelta a la aún vigorosa capacidad sexual que le queda. Como todos los barceloneses de pro que quedan por su barrio, está hasta los cojones del circo turístico en el que se ha convertido Barcelona. Hartos de los putos guiris que vienen a emborracharse y a ensuciar la ciudad, y que están acabando con todos los negocios que durante años se asentaron por los alrededores. Menos mal que todavía le queda Damián…

El problema de leer esta novela es que le coges cariño a Justo. Y Justo parece un buen tío, una persona decidida con un plan de vida trazado de forma milimétrico. Pero para otros, Justo puede ser un hijo de puta más grande que la basílica de Santa María del Mar. Porque este viejecillo irascible y gruñón tiene una misión. Es un tzadik, uno de los treinta y seis justos de la tradición judía. De ahí su nombre. Y este justiciero de la tercera edad tiene que mantener a raya el equilibrio entre el Bien y el Mal, por eso no duda en limpiar de escoria su barrio, cueste lo que cueste. El problema es que con su última víctima ha abierto la caja de Pandora y ya no hay marcha atrás. Vamos, que la ha liao parda, como decía aquella chiquilla del famoso video de Youtube.

“Cualquiera puede matar a un hombre, pero convertirlo en un arte discreto lleva su tiempo.”

Contado en primera persona, y con continuos guiños al lector, Justo es un libro que impresiona. Su protagonista sabe que está en la última etapa de su vida, y que no tiene tiempo que perder, de ahí que la novela tenga algo menos de 200 páginas. El lenguaje, despojado de todo lo accesorio, es rápido, claro y conciso. Y con una narración así, la novela se lee de un tirón, casi sin tiempo para coger aliento.

Mira que yo esperaba como el comer otra historia de Herodoto Corominas, pero he de reconocer que quedo satisfecho con Justo, una novela con unos personajes que se alejan de lo que uno espera de ellos y que no paran de sorprender. Esta es una historia de venganza, sangre y acción, pero a la vez un homenaje a una ciudad y unas calles, las del barrio de Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera, que desaparecieron hace años. Y es una muestra más de la calidad literaria de Carlos Bassas, cuyo atrevimiento del que os hablaba al principio se ha saldado de forma sobresaliente.

César Malagón @malagonc

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