
Claraboya, de José Saramago
Tengo dos abuelos platónicos y ninguno verdadero. A los de sangre nunca los conocí, porque fallecieron antes de mi nacimiento, por ende crecí sin tener a mi lado a ese deseado viejito de bigotes blancos que me hubiera contado historias y me hubiese dado consejos sobre la vida. En cuanto a los platónicos, uno continúa vivo, Gabriel García Márquez, y al otro lo perdí hace casi dos años, aquel 18 de junio de 2010 en el que su mujer y traductora, Pilar Del Río, anunciaba que tras una noche tranquila José Saramago comenzó a sentirse mal y nos dejó a todos sin su lúcida presencia.
Cuando me enteré de aquella terrible noticia mi vena egoísta se hizo presente automáticamente y en lugar de pensar en el dolor que significaba para su esposa y el mundo cultural, lo primero que atiné a decir fue “Ya no habrá más novelas de él” Y eso me golpeó mucho, porque su extensa biografía ya había desfilado por mis ojos, porque inconscientemente pensaba leer cada año, hasta el fin de mis días, un libro de Saramago.
Sin embargo, como fabulador que era, el autor de “Ensayo sobre la lucidez“ y “El evangelio según Jesucristo“ nos tenía reservada una sorpresa, que además guardaba en sí mismo una historia digna de ser contada. Es que como un círculo que se cierra, como una especie de engaño a la muerte, la primera de sus novelas aparece ahora como la última en salir publicada. Su origen literario llega en el fin de sus días, sus primeras mágicas palabras son las últimas en brillar. Y entonces uno siente que el genio portugués se fue, es verdad, pero no tanto.
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